30.12.20

2020 fue el año en que los sanitarios se convirtieron en los héroes cívicos de una sociedad espantada, pero también lo hicieron los cajeros, carteros, mensajeros, panaderos, policías, farmacéuticos, todos los que dieron un paso adelante en los tiempos más inciertos. España ha logrado emerger como un ejemplo global de resiliencia, luz y belleza. Sobresale la imagen de esta sociedad civil poderosa y moderna, comprometida consigo misma y con el país. Al final, 2020 fue el año del futuro...

 "¿Cómo recordarán los niños de hoy este tiempo?

 Nos hemos encontrado con una población infantil que desea ir al colegio. Pienso, a punto de cerrar el año, que mientras ellos puedan estar cerca de sus amigos todo estará bien

 Estoy convencida de que la experiencia quedará por escrito en el futuro misterioso de la literatura que está por llegar. Ellos escribirán lo que nosotros hemos tratado de narrar torpemente, en un diario, en un artículo de periódico. Pero los niños futuros contarán con la perspectiva del tiempo y también, ojalá, con algo parecido a un final con el que cerrar esta historia. 

Desde que nos inundó la pandemia he ido preguntando a familia y conocidos cómo estaban sobrellevando los niños el encierro, la desescalada, la vuelta a la escuela. Mientras me resultaba sencillo penetrar en los sentimientos de los viejos —con qué exactitud han expresado que para ellos, octogenarios, perder un año es perder toda la vida—, imaginarme a las pequeñas criaturas, tan amantes del gregarismo y la intemperie, sometidas de pronto a una existencia de clausura me provocaba extrañeza y asombro. 

Con vocación de psicóloga iba preguntando. En general los niños han conseguido ser sorprendentes. Muchos de ellos disfrutaron de la inesperada cercanía con sus padres que se produjo de un día para otro.

(...)  por no ser noticia se nos olvida cuánto amor han prodigado padres a hijos y viceversa. Madres que han sufrido los deberes escolares, soportado una agenda extenuante, y añadido a su papel de trabajadoras el de tutoras de los estudios de los niños. Padres que se enfrentaban a su ineptitud como revisores de la tarea escolar diaria. Las criaturas empalidecieron cuando avanzó el encierro como pequeños vampiros que habitaran en una noche eterna, y luego hubieron de acostumbrarse de nuevo a salir a la luz. 

En mi indagación aficionada supe de niños que durante un breve periodo de tiempo huían en el parque de sus pares, o que tenían trastornos físicos provocados por una ansiedad que durante el confinamiento había pasado inadvertida. Pero en la niñez todo es plasticidad. Un día se abrieron los colegios y aquello que parecía un escollo insalvable, proteger a niños, profesores y familias del contagio masivo, se fue desarrollando con asombrosa normalidad. Ya lo dijo aquella extraordinaria niña en su defensa de la mascarilla, mejor esto que morirse. Así fue. 

Los miedos se fueron esfumando. Mejor las burbujas escolares que una vida sin compañeros. Mejor enfrentarse al frío en la clase que aprender desde una pantalla. Mejor arroparse con una manta que estar condenado al bienestar casero. Las criaturas fueron adoptando con rigor las medidas que los adultos sobrellevamos con torpeza: la toma de temperatura, el gel, el lavado de manos, la falta de abrazos, la distancia con una parte de sus compañeros. 

Nos han demostrado que el teletrabajo debería considerarse como un parche ocasional. La sociabilidad no es un capricho sino un camino hacia la independencia, un desprenderse de la protección familiar para gozar de horas de libertad. Nos hemos encontrado con una población infantil que desea ir al colegio. Pienso, a punto de cerrar el año, que mientras ellos puedan estar cerca de sus amigos todo estará bien. Su comportamiento, sufrido y alegre, contiene un precioso mensaje de esperanza."             (Elvira Lindo, El País, 27/12/20)

"España, te veo mejor con mis gafas.

 (...) Una de las cosas que más me sorprenden de España es el nivel de autodesprecio que tiene respecto a sí misma, el rechazo casi constante hacia cualquier cosa positiva. Tal vez, si miro al mundo ahora mismo, podría entenderlo. Pero la verdad es que, ahora más que nunca, encuentro cosas aquí que no sólo me permiten afrontar 2021, sino que, además, me atrevo a decirlo, me hacen incluso seguir teniendo esperanza en la prosperidad.     

 España, en pocas décadas, ha tenido (...) niveles asombrosos de inestabilidad política, desastres naturales, graves incertidumbres económicas, y sin embargo, de alguna manera, ha logrado emerger como un ejemplo global de resiliencia, luz y belleza.

 Y claro que habrá mucha gente que lea esa última frase y me diga lo equivocado que estoy. Pero se me ocurren tantos ejemplos que colocan a España en el centro del escenario mundial… (...)

 Este país es uno de los más progresistas del mundo con respecto a los derechos LGTBI. El Parlamento español destaca en Europa en igualdad de género pese al ascenso de la extrema derecha. En una nota más ligera, España también tiene el mayor número de barras de todo el continente. Y uno de los restaurantes más antiguos del mundo, Casa Botín. Este país inventó la grapadora, la fregona y produjo la primera gran novela moderna del mundo: El Quijote.

Aquí no rige ninguna ley contra la desnudez pública (aunque a veces sería muy bueno que existiera). España tiene una de las esperanzas de vida más altas de los países de la OCDE (en el informe de 2019 ocupó el tercer puesto tras Japón y Suiza). Es líder mundial en producción de aceite de oliva y en donación de órganos humanos. (...)

El primer sello postal que representa a una mujer desnuda se imprimió en España en 1930 para conmemorar La maja desnuda, de Goya. En el mismo año, el Gobierno de Estados Unidos prohibió cualquier correo con esos sellos (serán gilipollas). ¡Coño, hay una calle en Leganés en honor a la banda AC/DC, por Dios! El primer traje espacial de astronauta se desarrolló en España en 1935.(...)

 El parque del Retiro de Madrid cuenta quizá con el único monumento dedicado al diablo en el mundo.

Cuando me alejo de la ruidosa política, la furiosa indignación y la hostilidad de la extrema derecha e izquierda con sus tristes, anónimas y vacías redes sociales, o de la descarada parcialidad de la prensa y de toda esa capa superficial de barro y mierda, puedo ver por encima lo mejor y ser testigo de un país que, hasta en medio de esta pandemia, me parece, sencillamente, un milagro y una inspiración."     (James Rhodes, El País Semanal, 27/12/20)

  "(...) Como en toda catástrofe, hay y ha habido también motivos de esperanza, aunque apenas sirvan de consuelo.

 En España, la responsabilidad de las gentes, también de los más jóvenes, resalta por doquier, y solo se pueden reseñar escándalos puntuales. La dedicación y esfuerzo de los profesionales de la sanidad, del todo admirable, merece un mejor reconocimiento por parte de las autoridades del Gobierno central y de los autonómicos. Menos aplausos, más personal, y un presupuesto acorde con las necesidades: salarios dignos y medios adecuados.

 En resumen, nuestros ciudadanos sí lo están haciendo mejor de lo que pueden. Frente a un Estado espasmódico, sometido a convulsiones sin cuento (...) sobresale la imagen de esta sociedad civil poderosa y moderna, comprometida consigo misma y con el país, cuyo silencio resignado empañan los bocinazos de la extrema derecha, el griterío de la ensoñación nacionalista (...)

Ojalá en el año que entra Gobierno y oposición se apeen de su narcisismo y, ante la amenaza común, sean capaces de demostrar al pueblo al que han jurado fidelidad que son capaces de caminar juntos aunque piensen diferente."           (Juan Luis Cebrián, El País, 28/12/20)

 "(...)  2020, el año de la pandemia, ha sido uno de los periodos más desastrosos en tiempos de paz que ha vivido el mundo. 

El miedo —a la enfermedad, a la pérdida del trabajo, a la pobreza, a la soledad, a la situación de las personas mayores y de nuestros familiares, incluso a la posible ausencia de suministros básicos (sí, habíamos visto demasiadas películas de zombis)— marcó los primeros meses de un año que fue una especie de Vietnam colectivo. Luego nos fuimos acostumbrando a convivir con la enfermedad, a las mascarillas, a los geles, a los calentadores en las terrazas, todo ello en medio de cifras intolerables de ingresados en la UCI y fallecidos. Sin embargo, en medio de este desastre colectivo, fuimos capaces de encontrar un espacio para nuestras infancias felices.

 2020 fue el año en que los sanitarios se convirtieron en los héroes cívicos de una sociedad espantada, pero también lo hicieron los cajeros, carteros, mensajeros, panaderos, policías, farmacéuticos, todos los que dieron un paso adelante en los tiempos más inciertos.  (...)

La pandemia trajo profundos cambios en las ciudades, que se llenaron de silencio e incluso de animales salvajes: los vídeos de jabalíes paseando por varias urbes españolas se hicieron rápidamente virales. Los canales de Venecia se limpiaron por primera vez en mucho tiempo y aparecieron delfines en un Bósforo libre de ferris. Nunca se había producido una reducción tan radical de los niveles de contaminación. 

En las primeras semanas de mayo, cuando se acabó el confinamiento, se dispararon las ventas de bicis y algunas ciudades, como París, cambiaron para siempre y los coches dejaron de reinar sobre las calles. Otros lugares, como Madrid, se convirtieron en una excepción mundial con una resistencia sorprendente a la movilidad ciclista, cual aldea gala de los humos podridos y el uso del coche. (...)

Los movimientos sociales de masas nos enseñaron a hacernos grandes preguntas y a imaginar un futuro mejor”. Tal vez ese haya sido el gran legado del funesto 2020, la esperanza. Porque este fue el año de la pandemia, pero también el año en que la ciencia, a través de vacunas logradas en un tiempo récord, empezó a derrotar a la pandemia. Al final, 2020 fue el año del futuro."         (Guillermo Altares, El País, 27/12/20)

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