14.12.20

En España, la crispación no se justifica por lo que realmente está haciendo el gobierno sino porque las grandes empresas y los bancos tienen miedo: saben que necesitan un salvamente gigantesco y permanente y quieren tener en el gobierno a empleados dóciles y a su servicio. ¿Dónde estarían los "florentinos" sin influir en quienes escriben en el BOE o resuelven los concursos públicos? ¿Cuánto ganarían los bancos sin los favores legales de los gobiernos y qué sería de los banqueros sin la generosidad de tantos jueces?

 "(...) hay que tener presente quiénes son los protagonistas de la crispación y desde dónde la difunden. Y ahí es donde entra en juego una clase política y un sistema de medios de comunicación promovidos, alentados, sostenidos y magníficamente financiados por los grandes poderes empresariales y bancarios y por la alta jerarquía de la Iglesia católica. Hay crispación porque estos lo consienten. Y la consienten porque les interesa.

Ninguna de las atrocidades y mentiras que se difunden para crispar la convivencia entre los españoles se podrían difundir sin la ayuda de esos poderes que llevan manteniendo una clase política y a las altas autoridades del Estado para que actúen y gobiernen en su beneficio.

La razón de fondo que explica la crispación tan grande que se vive en España es que la fomentan esos grupos de poder porque tienen miedo. Ni las grandes empresas españolas ni los bancos saben vivir ni podrían salir adelante sin colgarse de la teta del Estado. ¿Dónde estarían los "florentinos" sin influir en quienes escriben en el BOE o resuelven los concursos públicos? ¿Cuánto ganarían los bancos sin los favores legales de los gobiernos y qué sería de los banqueros sin la generosidad de tantos jueces, o sin políticos como los del ayuntamiento de Madrid y de tantos otros que lo primero que hacen es volver a subir la deuda municipal que la izquierda ha reducido previamente?

 Las grandes empresas y los bancos saben perfectamente que la irracional lógica económica de nuestros días les obliga a estar constantemente al borde del abismo, en la cuerda floja del endeudamiento creciente ante una economía lastrada por la contención salarial y el dominio de las finanzas y que, ante eso, necesitan gobiernos dispuestos a ayudarles y salvarlos en cualquier momento y sin mirar el dinero público que se gaste en ello.

Los poderes económicos de nuestro tiempo han creado una economía diabólica que actúa contra ellos mismos. Nunca ha habido más crisis económicas y financieras, es decir, no sólo más desempleo y vidas destrozadas, sino más empresas destruidas que en los últimos cuarenta años de neoliberalismo. Para sobrevivir, las empresas de nuestro tiempo no sólo necesitan concentrarse cada día más, dominar los mercados y acabar con la competencia, sino disponer de todos los resortes del Estado. Lanzan y financian a docenas economistas para que propaguen las virtudes del mercado frente al Estado, pero la realidad es que no quieren que éste desaparezca, sino que se ponga a su servicio para acabar con la competencia, dominar los mercados y salvar con su ayuda las cuentas de resultados.

A ese fin se dirigen la crispación, el desprestigio de la política y de las instituciones y, en fin, el auténtico desmantelamiento de la democracia que estamos viviendo. Un trabajo sucio para el que se ha promovido y financiado a los movimientos populistas de extrema derecha en todo el mundo. No nos engañemos: no podrían existir o serían puramente marginales sin la aquiescencia y el apoyo material y financiero del poder económico.

En España, la crispación no se justifica por lo que realmente está haciendo el gobierno sino porque las grandes empresas y los bancos tienen miedo: saben que necesitan un salvamente gigantesco y permanente y quieren tener en el gobierno a empleados dóciles y a su servicio. Sobre todo, en momentos de emergencia y crisis como los que vivimos. Y no van a parar hasta que lo consigan si las izquierdas no espabilan y no se dan cuenta de que no basta con gestionar, sino que es preciso empoderar y movilizar a la sociedad a la que representan.

Pero no vale culpar de lo que ocurre tan solo al gran capital que, al fin y al cabo, no hace sino defender sus propios intereses. Son las izquierdas las han bajado la guardia, las que han despreciado el trabajo militante, la pedagogía y la formación de la gente, el debate social abierto y plural, la creación de experiencias para fomentar otro tipo de vida y creación de riqueza, las que también reproducen lo peor de la vida política y las que se han alejado de la gente corriente en el día a día y a la hora de elaborar estrategias y tomar decisiones. Si dejamos aparte la polaridad maniquea, llevaba mucha razón Martin Luther King cuando decía que "lo preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos".              (Juan Torres López, Público, 11/12/20)

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