2.2.21

Juan Laborda: el lado tenebroso de la austeridad. Occidente no planifica nada (y así nos va). Nuestra ineficacia contra la covid nos está desangrando económicamente. La actual estrategia, no hacer nada, nos está llevando al caos más absoluto

 "Occidente y España se adentran en la tercera oleada de la pandemia sin visos de una solución satisfactoria en el corto plazo, y con la espada de Damocles de una nueva recesión pendiendo sobre nuestras cabezas. Por si todo esto fuera poco, el proceso de vacunación, en palabras suaves, aquí y allá, está dejando mucho que desear.

 Tanto los gobiernos, como la dependencia de una industria farmacéutica ruin, nos están mostrando sus primeras patitas. Nos quejamos del sistema financiero, pero la industria farmacéutica, el día que sus profesionales se decidan a hablar, dejará a aquellos como meros aprendices de brujo.

 ¿Cómo es posible tanto desatino, tanta calamidad? El Estado, secuestrado por una súper-clase, los nuevos señores feudales, es incapaz de planificar nada, salvo el expolio continuado que estas élites imprimen a la cosa pública. Estos días, como botón de muestra, hemos conocido que durante la nevada que se produjo en la Comunidad de Madrid, desgobernada por patriotas de hojalata, diversas máquinas quitanieves públicas no fueron utilizadas porque el servicio en sus zonas de la región fue privatizado en noviembre. 

¡Cómo para anticipar nada está esta gente! De las narrativas, a modo de cuentos infantiles, sobre la eficiencia de los mercados y el laissez faire, unos lodazales que devienen en cenagales nauseabundos.

 Las democracias han devenido en Totalitarismos Invertidos, sé que me vuelvo cansino con esta afirmación, pero a las pruebas me remito. Da igual quien gane las elecciones, los partidos que se turnan no cambian la política económica, la clave de todo. Y, claro está, todo sigue igual. 

Da igual que se haya demostrado totalmente inoperante e ineficiente la política económica implementada en las últimas décadas. Da igual, sirve para mantener los intereses de clase. La decadencia es evidente a los ojos de cualquier investigador social. Y esa decadencia tiene por encima de todo un trasfondo, la más absoluta incapacidad a la hora de implementar cualquier proyecto con perspectivas de futuro, de largo plazo.

 El problema es que la gobernanza mundial ya ha cambiado. Hay un nuevo jugador mucho más eficiente que nosotros, China. Aquí también soy muy cansino, lo reconozco, pero el proceso se está acelerando más allá de lo inimaginable. La clave de todo, la planificación a largo plazo, el establecimiento de objetivos claros en todos los ámbitos de la sociedad, desde la erradicación de la pobreza extrema, pasando por la guerra a la covid-19, y continuando por la ciencia y tecnología. 

Y frente a la parálisis inducida de Occidente, los responsables de la cosa pública en China si se equivocan en los resultados, por una incorrecta evaluación, cambian de rumbo y de políticas, sin estar sometidos a ningún tipo de corsé preconcebido, como por estos lares.  (...)

Es evidente que el modo de vida del que nos hemos dotado, y que nos han impuesto, está siendo hasta ahora incompatible con la lucha contra la covid-19. El individualismo recalcitrante, el anarco-liberalismo extremo, todo ello aderezado con la ausencia de un modelo educativo que nos despoje de todos los yugos que nos impiden devenir en una sociedad libre, nos han hecho olvidar el bien común, el buen vivir.

 Nos hemos transformado en sociedades egoístas, infantiles, caprichosas, corruptas, desiguales, injustas, con derecho a todo, especialmente entre esas capas de la sociedad mejor ubicadas. Y luego están nuestros políticos, siempre con sus cálculos electorales, cómo sacar tajada ante cualquier situación. Por eso, una segunda oleada, una tercera, y otras tantas más hasta que no entendamos lo básico.

Nuestra ineficacia contra la covid nos está desangrando económicamente. La relación causa-efecto es exactamente la contraria a la asumida por los negacionistas, Ayuso mediante: como no protegemos la salud, la pandemia se activa tras los innumerables episodios de salvar al soldado Ryan (hostelería, verano, Navidad…). Pero había alternativa. 

Desde un punto de vista económico era muy sencillo, pero implicaba aplicar instrumentos que pondrían de manifiesto el tocomocho de la teoría macroeconómica actual, una pseudociencia, en palabras de alguien que sí dio un paso adelante y abandonó el lado tenebroso de la macroeconomía actual, el premio Nobel de economía de 2018, Paul Romer.

 La agenda económica contra la pandemia requería de dos fases bien diferenciadas. En la primera, durante el confinamiento, los gobiernos deberían haber intervenido con un estímulo fiscal masivo para garantizar que la ciudadanía pudiera permitirse lo básico -alimentos, vivienda, atención médica…- y que las quiebras de empresas, a su vez, fueran las mínimas posibles. Solo se puede hacer mediante la monetización directa del gasto del coronavirus aplicando la Teoría Monetaria Moderna. Sé que predico en el desierto.

 En la segunda fase, en el momento que termina el confinamiento y se descongela la economía, se debería haber asumido un cambio de paradigma económico que abordara las causas subyacentes de la fragilidad actual derivada de una financiarización excesiva de la economía. Incluía abordar la más que necesaria reestructuración de los balances privados. Pero no se ha hecho nada, por miedo al sacrosanto mandamiento de la estabilidad fiscal. Aquí Calviño es una alumna aventajada del lado tenebroso de la austeridad. 

Un Momento Minsky tal como van las cosas ya no es nada improbable. Nos encontramos ante la tercera oleada de la pandemia y volveremos de nuevo a las andadas. La actual estrategia, no hacer nada, nos está llevando al caos más absoluto."                (Juan Laborda, Vox Populi, 28/01/21)

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