25.10.22

La China de Xi Jinping... Un partido altamente cohesionado en torno a Xi y su ideario, un líder fuerte con una imagen interna alabada desaforadamente como en los viejos tiempos... ratificación del modelo de modernización que Xi ha canonizado con un mercado gobernado, una planificación en pleno apogeo, una fuerte presencia del sector público, un sector privado como complemento, etc., es decir, una economía mixta conducida al detalle por el PCCh y con las clases poderosas emergentes contenidas y sin posibilidad de proyectarse en las instituciones del sistema bajo arbitrio del propio partido... La “prosperidad común” que abandera Xi y que se halla en fase experimental en la provincia de Zhejiang (su líder provincial Yuan Jiajun es una de las novedosas incorporaciones en el Buró Político) está llamada a corregir las desigualdades deducidas del denguismo, pero también a ganarse la adhesión de la clase media. Esta es una de las claves de la nueva era de Xi, junto al énfasis en la innovación o en un desarrollo más sostenible ambientalmente. Por el contrario, la reforma política solo muestra una dirección posible: fortalecer la hegemonía del PCCh

 "¿Qué balance podemos hacer del recién clausurado XX Congreso del Partido Comunista de China? Por extraño que parezca, la clave última puede residir en la reforma de los estatutos del Partido. Habitualmente, en este tipo de eventos y en cualquier formación política, esto constituye casi un asunto de menor calado. Sin embargo, en esta China de Xi Jinping en la que la ideología avanza a marchas forzadas sobre el pragmatismo, las innovaciones en este aspecto pueden ser trascendentales.

En efecto, entre los conceptos introducidos figura el de las “dos determinaciones”, que en la narrativa del Partido se ha repetido generosamente en los últimos tiempos. ¿Qué quiere decir? Dos cosas: que Xi Jinping es el “núcleo” inexpugnable del Partido al que todos deben lealtad, y que sus ideas –el xiísmo– constituyen el pensamiento guía principal en esta “nueva era”.

La onda expansiva del concepto en el balance del XX Congreso del PCCh sugiere otras dos determinaciones esenciales que impregnan y explican el sentido de algunas decisiones clave, incluyendo la conformación del liderazgo. Primera, la firme voluntad expresada por sus actuales dirigentes de llevar a China hacia la meta del segundo centenario –el primero, el año pasado, fue el del Partido; el segundo será en 2049, cuando se cumplan cien años de la fundación de la República Popular– culminando ese largo proceso histórico de modernización del país, que si bien arranca a finales del siglo XX tiene en la irrupción del PCCh en 1921 un momento referencial. Y segunda, la determinación del Partido de liderar de forma absoluta y hegemónica ese proceso, sin concesiones, con fidelidad a la misión fundacional.

La “revolución interna” anunciada por Xi para poner plenamente a punto ese partido en formación tortuga, con el objetivo de cumplir su principal meta histórica, abunda en una idea que ha formado parte también de su gestión en los diez últimos años: la de construir un partido entregado, disciplinado y virtuoso, con la corrupción –el proyectil almibarado que decía Mao– a buen recaudo. Pero a ello ha sumado otro elemento en el informe presentado a los delegados: la necesidad de desarrollar un activo “espíritu de lucha” ante las adversidades que se esperan, tanto en función de las complejas circunstancias internas como del previsible incremento de la hostilidad exterior por parte de quienes rechazan que China pase a ocupar de nuevo un papel central en el sistema internacional.

Un partido altamente cohesionado en torno a Xi y su ideario, un líder fuerte con una imagen interna alabada desaforadamente como en los viejos tiempos, dotado de una perspicacia sin parangón y excepcionales cualidades para el mando, con una militancia determinada a servir a la causa (un partido transmutado en ejército de partidarios de Xi), armados con una ideología que no reniega de su ascendente marxista y lo complementa eclécticamente con la singularidad civilizatoria, debieran permitir acelerar el paso de las transformaciones que vive actualmente el país, imprimiéndole velocidad de crucero. ¿Funcionará?

Exclusión de los vacilantes

A la postre, esa exigencia de determinación habría inspirado la exclusión de los vacilantes, simbolizada en el desconcertante episodio protagonizado con Hu Jintao en la clausura del congreso. Xi no dudó en excluir de la máxima dirección del partido a quienes abrigaran dudas sobre el ritmo y la orientación a imprimir en los próximos años. El portazo a esos escépticos que en el pasado reciente abogaban por una mayor homologación con el liberalismo occidental, especialmente en lo económico (recuérdese la propuesta China 2030 avalada por Li Keqiang y el Banco Mundial en 2012), se explicita tanto con la eliminación de sus hipotéticos valedores como en la ratificación del modelo de modernización que Xi ha canonizado con un mercado gobernado, una planificación en pleno apogeo, una fuerte presencia del sector público, un sector privado como complemento, etc., es decir, una economía mixta conducida al detalle por el PCCh y con las clases poderosas emergentes contenidas y sin posibilidad de proyectarse en las instituciones del sistema bajo arbitrio del propio partido. (...)

En este contexto, la apertura al exterior seguirá siendo un pilar esencial de la estrategia china, aunque es probable que se resienta la captación de inversión occidental. Con independencia de los inevitables ajustes, esta China de Xi seguirá apostando por el incremento de su presencia e influencia en el mundo, allá donde no se la limite, y con la economía como principal instrumento de proyección de sus intereses estratégicos. 

Esa economía será también una de sus prioridades internas y está por ver cómo se acierta en la gestión, si como parece el nuevo primer ministro resulta ser Li Qiang, exjefe de gabinete de Xi cuando estaba en Zhejiang, un cuadro que no tiene experiencia ni como ministro ni como viceprimer ministro, como venía siendo exigencia habitual en la promoción meritocrática. (...)

El entusiasmo de unos y la preocupación de otros conviven hoy en la sociedad china. La inquietud abarca no solo a los segmentos díscolos del partido o a los linajes que hoy tienen menos expectativas de progreso o a los beneficiarios privilegiados de las reformas de los últimos años, sino a esa clase media que ansía, simplemente, mejorar su nivel de vida material y disponer de un mínimo de libertad para tomar aire. La “prosperidad común” que abandera Xi y que se halla en fase experimental en la provincia de Zhejiang (su líder provincial Yuan Jiajun es una de las novedosas incorporaciones en el Buró Político) está llamada a corregir las desigualdades deducidas del denguismo, pero también a ganarse la adhesión de esa clase media. Esta es una de las claves de la nueva era de Xi, junto al énfasis en la innovación o en un desarrollo más sostenible ambientalmente. Por el contrario, la reforma política solo muestra una dirección posible: fortalecer la hegemonía del PCCh.

Con la concentración del poder en torno a Xi y la debilidad o práctica inexistencia de contrapesos o controles en un sistema que ahora tiene en la lealtad su clave de bóveda, también sin claro sucesor a la vista, el riesgo de crisis no es menor. Los pasos atrás en la institucionalización y la prisa y resolución transmitidas para llevar a cabo la “nueva expedición” han tenido en el pasado complejas, cuando no pésimas, consecuencias. ¿Será diferente esta vez?"                 (Xulio Ríos  , CTXT, 24/10/2022)

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