10.11.22

Wolfgang Streeck: Ninguno de los repentinamente numerosos "expertos en defensa" alemanes parece dispuesto a confirmar que lo que Biden llama Armagedón, es un futuro que puede convertirse en un presente, sólo después de una prolongada fase de guerra nuclear "táctica" en lugar de "estratégica" en Europa, y de hecho, en los campos de batalla de Ucrania... Una de las armas elegidas es una bomba nuclear estadounidense llamada B61, diseñada para ser lanzada desde aviones de combate... ningún miembro del gobierno alemán hablará de qué tipo de lluvia radiactiva puede producir el uso de una B61 en Ucrania... Lo que está claro es que, comparado con la guerra nuclear, incluso del tipo localizado, el accidente nuclear de Chernóbil sería absolutamente insignificante en sus efectos

 "A medida que la Alemania posterior al Zeitenwende speech –esto es, posterior al histórico discurso pronunciado por Olaf Scholz ante el Bundestag el pasado 27 de febrero sobre la política exterior y de seguridad alemana– se declara cada vez más dispuesta a ser la nación dirigente de Europa, su política interna se convierte indefectiblemente en un asunto de interés europeo. La mayoría de la ciudadanía alemana piensa en la guerra nuclear como una batalla intercontinental entre Rusia, antes la Unión Soviética, y Estados Unidos, con misiles balísticos equipados con cabezas nucleares que cruzan el Atlántico o, según el caso, el Pacífico. 

Europa puede ser golpeada o no, pero como el mundo se hundiría de todos modos, no hay necesidad de pensar realmente en ello. Tal vez por miedo a ser acusado de Wehrkraftzersetzung [subversión del poder militar], delito castigado con la pena de muerte durante la Segunda Guerra Mundial, ninguno de los sorprendentemente numerosos «expertos en defensa» surgidos de improviso en Alemania parece dispuesto a confirmar que lo que Biden denomina el Armagedón seguirá siendo durante algún tiempo una cuestión del futuro, un futuro que puede convertirse en presente sólo después de una prolongada fase de guerra nuclear «táctica», en lugar de «estratégica», verificada en Europa y de facto en los campos de batalla ucranianos.

Una de las armas de «Occidente» es la bomba nuclear estadounidense denominada B61, diseñada para ser lanzada desde aviones de combate sobre concentraciones militares en tierra. Aunque todos los miembros del actual gobierno alemán han jurado dedicarse a promover «el bienestar del pueblo alemán [y] a protegerlo de cualquier daño», ningún de ellos se referirá públicamente al tipo de lluvia radiactiva que puede producir el uso de este tipo de bomba en Ucrania, ni explicará hacia dónde la llevarán probablemente los vientos predominantes, ni mencionará cuánto tiempo permanecerá inhabitable la zona alrededor del campo de batalla bombardeado, ni cuántos niños y niñas discapacitados nacerán cerca y lejos del lugar de la explosión ni durante cuántos años: todo ello para que la península de Crimea siga siendo o vuelva a ser ucraniana. 

Lo que está claro es que comparado con una guerra nuclear, incluso de tipo localizado, el accidente nuclear de 1986 registrado en Chernóbil, que aceleró el ascenso de los Verdes en Alemania, sería absolutamente insignificante en sus efectos. Es destacable que los Verdes alemanes se hayan abstenido hasta ahora de pedir precauciones para proteger a la población alemana y europea contra la contaminación nuclear —reuniendo reservas de contadores Geiger o de pastillas de yodo, por ejemplo—, lo que cabía pensar que sería objeto de recomendación después de la experiencia de la Covid-19. No plantear estas cuestiones por temor a las reacción previsible de la población tiene obviamente prioridad sobre la salud pública o, para el caso, sobre la protección del medioambiente.

No es que «Occidente» no se esté preparando para una guerra nuclear. A mediados de octubre, la OTAN organizó unas maniobras militares denominadas «Steadfast Noon», descritas por el conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung como un «ejercicio anual de instrucción en el uso de armas nucleares». En el ejercicio, que tuvo lugar sobre Bélgica, el Mar del Norte y el Reino Unido, participaron sesenta aviones de combate pertenecientes a catorce países.

 «Frente a las amenazas rusas de utilización de armas nucleares», comentaba el Frankfurter Allgemeine Zeitung, «la Alianza Atlántica informó este año de forma activa y previsora sobre sobre las maniobras para evitar malentendidos con Moscú, pero también para demostrar su predisposición y decisión». En el centro de tal acontecimiento estaban los cinco países firmantes del «acuerdo de participación nuclear» con Estados Unidos (Alemania, Italia, Países Bajos, Bélgica y Turquía (¡!), a cuyo tenor algunos de los aviones de combate de los mismos pueden transportar bombas nucleares B61 estadounidenses dirigidas a objetivos designados por Estados Unidos.

Alrededor de un centenar de estas bombas B61 se hallan supuestamente almacenadas en Europa, custodiados por tropas estadounidenses. Las fuerzas aéreas alemanas mantienen una flota de bombarderos Tornado dedicada a su «participación nuclear». Se afirma, sin embargo, que los aviones están anticuados, lo cual tal vez explique que durante las negociaciones para formar el gobierno de coalición, la nueva ministra de Asuntos Exteriores entrante, Annalena Baerbock (Verdes), planteara como una exigencia no negociable que los Tornados se sustituyeran lo antes posible por treinta y cinco bombarderos furtivos F35 estadounidenses, cuya fabricación se ha ordenado en estas fechas y cuya entrega probable se verificará, previo pago de 8 millardos de euros, en un plazo aproximado de cinco años, todo ello para consternación de los franceses, que esperaban ser incluidos en el acuerdo. Se calcula que el coste de mantenimiento y las reparaciones correspondientes duplicarán o triplicarán esa cantidad a lo largo de la vida útil de los aparatos.

Es importante conocer de modo preciso en qué consisten las maniobras militares «Steadfast Noon». Durante las mismas los pilotos aprenden a derribar los aviones interceptores del enemigo y, cuando están lo suficientemente cerca del objetivo, realizan una complicada maniobra, denominada «shoulder throw» [lanzamiento por el hombro], consistente en acercarse al mismo a una altura muy baja, con una bomba nuclear fijada en la parte inferior de cada uno de los aviones, para luego invertir repentinamente la dirección efectuando un rizo hacia adelante y arrojando la bomba en el punto máximo de su ascenso. 

A continuación, la bomba sigue ascendiendo y avanzando en la dirección original del avión, hasta que cae trazando una curva balística que elimina lo que se supone que debe eliminar al final de su trayectoria. En ese momento el avión ya debe estar camino de vuelta a casa volando a velocidad supersónica, lo cual le habrá permitido evitar la onda causada por la explosión nuclear. Para que sus lectores se sientan bien, el informe añade, no obstante, que en el ejercicio «participarán» «bombarderos estadounidenses estratégicos B-52 de largo alcance, equipados con bombas nucleares guiadas que pueden ser lanzadas desde gran altura».

 Aquellos capaces de leer detenidamente las declaraciones públicas de la coalición gobernante de los dispuestos pueden reconocer las huellas de los debates entre bastidores en curso sobre la mejor manera de evitar que la ciudadanía común y corriente se interponga en su camino. El 22 de septiembre, uno de los redactores-jefe del Frankfurter Allgemeine Zeitung, Berthold Kohler, un partidario de la línea dura donde los haya, señaló que incluso entre los gobiernos occidentales «lo impensable ya no se considera imposible». En lugar de dejarse chantajear, los «estadistas» occidentales tienen que reunir «más valor [...] si los ucranianos insisten en liberar la totalidad de su país», insistencia que no tenemos derecho a discutir. 

Cualquier «acuerdo con Rusia a expensas del pueblo ucraniano » equivaldría a un «apaciguamiento» y «traicionaría los valores e intereses de Occidente». Para tranquilizar a aquellos de sus lectores que, no obstante, preferirían vivir para sus familias antes que morir por Sebastopol —y a quienes hasta ahora se les había dicho que la entidad denominada «Putin» es un loco genocida totalmente impermeable a los argumentos racionales—, Kohler nos informa de que incluso en Moscú cunde ahora un miedo suficiente al «Armagedón nuclear, en el que Rusia y sus líderes también sucumbirían», como para que Occidente apoye a ultranza la concepción de Zelensky sobre el interés nacional ucraniano.

 Sin embargo, tan sólo unos días después, uno de los miembros del gabinete de Kohler, Nikolas Busse, anunciaba sin tapujos que «el riesgo nuclear es cada vez mayor», señalando que «el ejército ruso dispone de un gran arsenal de las denominadas armas nucleares tácticas reducidas, adecuadas para ser empleadas en el campo de batalla». La Casa Blanca, de acuerdo con Busse, «ha advertido a Rusia, a través de canales directos, de las graves consecuencias» que se derivarían de su utilización. 

Sin embargo, no está claro que el intento estadounidense de «elevar los costes potenciales para Putin» tenga los efectos deseados. «Alemania, que se halla –continúa el artículo­– bajo la presunta protección derivada de la estrategia de Biden, se ha permitido un debate asombrosamente frívolo sobre la entrega de carros de combate a Ucrania», en referencia a los carros que permitirían al ejército ucraniano entrar en territorio ruso y provocar una respuesta nuclear, sobrepasando lo que aparentemente es el papel asignado a los ucranianos en la guerra por delegación estadounidense con Rusia: «Más que nunca no deberíamos esperar que Estados Unidos arriesgue su cabeza por las aventuras en solitario (Alleingänge) de sus aliados. Ningún presidente estadounidense pondrá el destino nuclear de su nación en manos europeas».

 El artículo de Busse marcó en ese momento el perímetro de lo que el establishment político alemán consideraba adecuado que conocieran los sectores más informados de la sociedad alemana sobre el contenido de sus debates con sus aliados y sobre lo que Alemania podría tener que soportar si se permitía que la guerra continuara. Esto, sin embargo, está cambiando rápidamente. De nuevo, al cabo de apenas una semana, Kohler, expresando las mismas dudas sobre la predisposición de Estados Unidos a sacrificar Nueva York por Berlín, pidió explícitamente que Alemania adquiriera bombas nucleares propias, algo que había estado siempre completa y evidentemente fuera de los límites del pensamiento político aceptable en Alemania. Mientras que una capacidad nuclear alemana debía ofrecer seguridad frente a la imprevisibilidad de la política interna y la estrategia global estadounidenses, también constituiría una condición previa para el liderazgo alemán en Europa ahora independiente de Francia y más cercano a la concepción del mundo de países de Europa del Este como Polonia.

Goethe dijo que Frankfurt, su ciudad natal, «está llena de rarezas». Lo mismo puede decirse hoy de Berlín y, de hecho, de Alemania. Suceden cosas extrañas, cuya reflexión pública está estrechamente controlada por una sólida coalición entre los partidos centristas y los medios de comunicación, además de sostenida hasta un punto sorprendente por la censura autoimpuesta en la sociedad civil, de cada uno de nosotros y de los demás. Ante nuestros ojos, una potencia regional de tamaño medio, a primera vista democrática, se está convirtiendo, y se está convirtiendo por sí misma, en una dependencia transatlántica de las grandes máquinas de guerra estadounidenses, de la OTAN al Estado Mayor Conjunto, del Pentágono a la NSA, y de la CIA al Consejo de Seguridad Nacional.

Cuando el 26 de septiembre los dos gaseoductos North Stream 1 y 2 fueron volados en un demoledor ataque submarino, los poderes fácticos intentaron durante unos días convencer a la opinión pública alemana de que el autor sólo podía haber sido «Putin» con la intención de demostrar a los alemanes que no se volvería a los viejos tiempos del gas barato. Sin embargo, pronto quedó claro que esto desbordaba la credulidad incluso del más crédulo de los Untertanen [siervos] alemanes. ¿Por qué el denominado «Putin» habría de privarse voluntariamente de la posibilidad, por remota que fuera, de volver a atraer a Alemania a la dependencia energética, tan pronto como los alemanes fueran incapaces de pagar el asombroso precio del gas natural líquido estadounidense?

 Y, ¿por qué no habría volado Rusia los gaseoductos de su propiedad, total o parcial, instalados en aguas rusas y no en aguas internacionales, estando estas últimas más vigiladas que cualquier otro escenario marítimo del planeta excepto, quizá, el Golfo Pérsico? ¿Por qué arriesgarse a que un escuadra de choque rusa, cuyo tamaño sin duda habría sido considerable, fuera sorprendida con las manos en la masa, desencadenando un enfrentamiento directo con varios Estados miembros de la OTAN en virtud del Artículo 5 del Tratado Atlántico?

Al carecer de una «narrativa» mínimamente creíble –la nueva palabra en la jerga culta para designar una historia fabricada con un propósito– el asunto fue efectivamente abandonado al cabo de una semana. Dos días después de la explosión, un solitario reportero de un minúsculo periódico local con sede en la entrada del Mar Báltico observó que el USS Kearsarge, un «buque de ataque anfibio» preparado para transportar hasta dos mil soldados, abandonaba el Báltico en dirección oeste, acompañado de dos lanchas de desembarco; una fotografía de dos de los tres poderosos buques se abrió paso en internet. Ningún miembro del establishment político alemán ni medio de comunicación nacional alguno se dio por enterado y menos aún abordó el asunto públicamente. A mediados de octubre, Suecia, que ha solicitado su ingreso en la OTAN, anunció que se reservaría los resultados de su investigación sobre el suceso, porque la calificación de seguridad era demasiado alta como «para compartir sus conclusiones con otros Estados como Alemania». Poco después, Dinamarca también se retiró de la investigación conjunta.

En cuanto a Alemania, el pasado 7 de octubre el gobierno tuvo que responder en el Bundestag a la pregunta de un miembro de Die Linke sobre lo que sabía de las causas y los autores de los ataques a los gaseoductos Nordstream 1 y 2. Más allá de afirmar que los consideraba «actos de sabotaje», el gobierno afirmó no tener ninguna información al respecto y añadió que probablemente tampoco la tendría en el futuro. Además, «tras un cuidadoso examen, el gobierno federal ha llegado a la conclusión de que no puede darse más información sobre el asunto por razones de interés público» (en alemán, aus Gründen des Staatswohls, literalmente: por razones de bienestar del Estado, un concepto aparentemente inventado siguiendo el modelo de otro neologismo acuñado por los Verdes, Tierwohl, bienestar animal, que en la reciente jerga jurídica alemana se refiere a lo que los criadores de pollos y cerdos deben permitir hacer a sus animales para que sus prácticas agrícolas puedan considerarse como «sostenibles»). 

Esto, continúa la respuesta, se debe a que «la información solicitada está sujeta a las restricciones de la “regla de terceros”, que se refiere al intercambio interno de información entre los servicios de inteligencia» y, por lo tanto, «afecta a intereses de secreto que requieren protección de modo tal que el Staatswohl supera el derecho parlamentario a la información, por lo que el derecho de los diputados a hacer preguntas en estos casos debe quedar excepcionalmente subordinado al mencionado interés de secreto del gobierno federal». Que este escritor sepa, este intercambio no ha sido mencionado en absoluto en los medios de comunicación alemanes orientados en pro del Staatswohl. 

(...)   el almirante Mike Gilday, Jefe de Operaciones Navales de Estados Unidos, hizo saber en una audiencia ante el Congreso estadounidense celebrada el 20 de octubre pasado, que Estados Unidos tenía que estar preparado «para una ventana de oportunidad en 2022 o potencialmente en 2023» a fin de desencadenar la guerra con China en torno a Taiwán. A pesar de toda su obsesión con Estados Unidos, el hecho banalmente conocido por la opinión pública transatlántica de que la guerra de Ucrania es de hecho una guerra por delegación entre Estados Unidos y Rusia se le escapa por completo a la opinión pública oficial alemana, mientras siguen pasando deliberadamente desapercibidas las voces de gente como Niall Ferguson o Jeffrey Sachs, que advierten urgentemente contra el la prepotencia bélica nuclear, el primero en un artículo publicado en Bloomberg, titulado «How Cold War II Could Turn into World War III», que ningún editor alemán con mentalidad Staatswohl habría aceptado publicar.

En la Alemania actual, cualquier intento de situar la guerra ucraniana en el contexto de la reorganización del sistema de Estados global tras la desaparición la Unión Soviética y del proyecto estadounidense de «Nuevo Orden Mundial» relacionado con la misma resulta sospechoso. Quienes sugieren esta perspectiva corren el riesgo de ser tachados de Putinversteher [comprensivos con Putin] y de ser invitados a una de las tertulias cotidianas de la televisión pública para enfrentarse a una armada de neoguerreros de derecha, que le apabullarán a gritos por su «falsa ecuanimidad».

 Al principio de la guerra, el 28 de abril, Jürgen Habermas, filósofo de la corte de los Verdes alemanes, publicó un largo artículo en el Süddeutsche Zeitung, bajo el largo título de «Schriller Ton, moralische Erpressung: Zum Meinungskampf zwischen ehemaligen Pazifisten, einer schockierten Öffentlichkeit und einem abwägenden Bundeskanzler nach dem Überfall auf die Ukraine» [Tono estridente, chantaje moral: sobre la batalla de opinión entre los antiguos pacifistas, una opinión pública conmocionada y un canciller ponderado tras el ataque a Ucrania]. En él discrepaba del exaltado moralismo de los neobelicistas presente entre sus seguidores, expresando con cautela su apoyo a lo que en aquel momento parecía ser una reticencia por parte del Bundeskanzler a implicarse de lleno en la guerra de Ucrania. Por ello, Habermas fue acérrimamente atacado desde el seno de lo que en su opinión debe haber pensado que era su campo, habiendo permanecido en silencio desde entonces. (...)

Por supuesto, para que la gente de a pie permanezca al lado de su bandera hay que idear «narrativas» eficaces para convencerles de que el pacifismo es una traición o una enfermedad mental. También hay que hacer creer a la gente que, a diferencia de lo que dicen los derrotistas para minar la moral de Occidente, la guerra nuclear no es una amenaza: o bien el loco ruso resultará no estar lo suficientemente loco como para seguir con sus delirios, o bien, si realmente no se detiene, los daños seguirán siendo locales y, por consiguiente, limitados a un país cuyos hombres y mujeres, como nos asegura cada noche su presidente en la televisión, no tienen miedo de morir tanto por su patria como, en palabras de von der Leyen, por «la familia europea», la cual, cuando llegue el momento, les invitará a entrar con todos los gastos pagados. (...)"                           (Wolfgang Streeck , Sidecar, 07/11/22; traducción DEEPL)

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