8.5.25

Es cierto que eólica, fotovoltaica e hidroeléctrica no pueden estar siempre en funcionamiento; pero la nuclear tampoco. Entre sus recurrentes paradas técnicas por seguridad, su escasa flexibilidad para servir de respaldo, su vida útil limitada y sus absurdos costos no solo de construcción sino de gestión de sus residuos, no tiene ningún sentido gastar millones de euros y comprometer las decisiones energéticas de las generaciones futuras para, en el mejor de los casos, pasar de 7.000 MW a 10.000 MW de potencia nuclear frente a los 42.000 MW renovables... Confío en una inversión razonable en mecanismos de seguridad adicionales para la generación renovable, tanto por parte del Estado como por parte de las empresas privadas -como requisito indispensable para levantar nuevas placas y molinos- y en soluciones basadas en el almacenamiento. Ya hay dinero sobre la mesa, pero vista la demanda del sector privado, no es suficiente y hay margen para ampliar las cantidades, ahora que la sombra del apagón, irremediablemente, ya planea... un futuro renovable ofrece muchas más certezas y mucha más justicia que cualquier alternativa real a día de hoy... Las tecnologías limpias, para empezar, son mucho más baratas... La eólica y la fotovoltaica tienen un inmenso potencial, aún desaprovechado, para una generación de verdad distribuida, no en forma de 500 o 600 parques sino en millas, decenas de millas de infraestructuras energéticas en cada comunidad y en cada barrio... las tecnologías limpias son una obligación básica de justicia social... Y no podemos renunciar a ellas. Pero tampoco darlas por hecho, pues las ayudas para la rehabilitación energética crecen a un ritmo mucho menor del necesario por la asfixia burocrática y la aparente imposibilidad de automatizar un solo trámite en este país. A la transformación del sector agroalimentario ya no se la espera... el país debe fortalecer sus mecanismos para la seguridad de suministro. Planteándose, incluso, una nacionalización completa de REE (Contra el diluvio)

 "(...) Sin querer ponerme excesivamente técnico, un simple dato: la potencia instalada de energías renovables multiplica por 12 la de energía nuclear. Es cierto que eólica, fotovoltaica e hidroeléctrica no pueden estar siempre en funcionamiento; pero la nuclear tampoco. Entre sus recurrentes paradas técnicas por seguridad, su escasa flexibilidad para servir de respaldo, su vida útil limitada y sus absurdos costos no solo de construcción sino de gestión de sus residuos, no tiene ningún sentido gastar millones de euros y comprometer las decisiones energéticas de las generaciones futuras para, en el mejor de los casos, pasar de 7.000 MW a 10.000 MW de potencia nuclear frente a los 42.000 MW renovables en nombre de una supuesta estabilidad por demostrar aún. En este boletín no somos mucho de dato mata relación, ya me conocen, pero por si les preguntan por ahí.

Confío en una inversión razonable en mecanismos de seguridad adicionales para la generación renovable, tanto por parte del Estado como por parte de las empresas privadas -como requisito indispensable para levantar nuevas placas y molinos- y en soluciones basadas en el almacenamiento. Ya hay dinero sobre la mesa, pero vista la demanda del sector privado, no es suficiente y hay margen para ampliar las cantidades, ahora que la sombra del apagón, irremediablemente, ya planea. En lo que no confío, desde luego, es en la capacidad política del PSOE para la ambición transformadora.

Afiliado, como no podía ser de otra manera, a las tesis del crecimiento verde, las reformas del Ministerio para la Transición Ecológica solo han podido brillar en plenitud en la instalación de energías renovables en nuestro país. El Ejecutivo no ha logrado atajar los debates y el rechazo de algunas zonas a la instalación de grandes parques y/o el troceo tramposo de los proyectos para esquivar evaluaciones ambientales, pero es innegable que ha colocado al país como líder de la energía verde en menos de una década. Ayudado, eso sí, por un fuerte viento de cola en forma de apetito inversor privado y por el listón por los suelos que dejó el anterior Gobierno del PP; buena parte de la labor consistió, simplemente, en eliminar tareas.

No sería de recibo que, por seguir instalado en el business as usual , España dejara escapar por el sumidero de la reacción su mayor potencial. De la gestión de las próximas semanas y meses depende que la capacidad renovable se mantenga, con sus claroscuros y tensiones a resolver, como una de las principales bazas del país para navegar el futuro; o que dicha capacidad sea desguazada a la primera de cambio en nombre de una supuesta seguridad. Sigo pensando, a pesar de lo ocurrido el lunes, que un futuro renovable ofrece muchas más certezas y mucha más justicia que cualquier alternativa real a día de hoy.

Las tecnologías limpias, para empezar, son mucho más baratas; algo que no debería pesar tanto en un hipotético escenario anticapitalista pero que cuenta si queremos tener un debate actual y real. La eólica y la fotovoltaica tienen un inmenso potencial, aún desaprovechado, para una generación de verdad distribuida, no en forma de 500 o 600 parques sino en millas, decenas de millas de infraestructuras energéticas en cada comunidad y en cada barrio. Si algún día tenemos la fuerza para torcer el rumbo de la historia y el decrecimiento deja de ser un argumento fácil para ganar debates fantásticos en grupos de Telegram para convertirse en una alternativa civilizatoria, la energía renovable distribuida es mucho más fácilmente desescalable que cinco centrales nucleares.

Y, por supuesto, las tecnologías limpias son una obligación básica de justicia social en un país que se ha beneficiado y mucho del descontrol fósil de los últimos dos siglos (¡no somos siempre las víctimas, por favor, quitémonos la venda de los ojos!). La electricidad barata y libre de emisiones que generan es palanca de cambio, en definitiva, de un cambio que modifica por fin las reglas del juego.

Y no podemos renunciar a ellas. Pero tampoco darlas por hecho. En términos de transición ecológica, el Gobierno se ha apuntado varias victorias e impulsos claramente necesarios y pertinentes, pero la lista de los fracasos empieza a ser digna de consideración, incluso dentro de su propia agenda socioliberal. El vehículo eléctrico sigue en el limbo y es una derrota mucho más dolorosa de lo que se piensan los ecologistas; Teníamos una herramienta para abrir una brecha en el sentido común cochista y entre remilgos puristas e inutilidad estatal la estamos echando a perder. Las ayudas para la rehabilitación energética crecen a un ritmo mucho menor del necesario por la asfixia burocrática y la aparente imposibilidad de automatizar un solo trámite en este país. A la transformación del sector agroalimentario ya no se la espera, si es que alguna vez pudimos dibujar alguna esperanza. No me gustaría perder otro partido, esta vez en el minuto 93.

Cerrar filas con el Gobierno y/o apoyar, directa o indirectamente, una salida en falso del apagón del lunes es pan para hoy y hambre para mañana. Confío en que es posible poner coto a los delirios antirrenovables de unos y otros sin pasar de puntillas por lo que ha pasado. A corto plazo y de manera urgente, el país debe fortalecer sus mecanismos para la seguridad de suministro. Planteándose, incluso, una nacionalización completa de una REE en un punto medio que no agrada a nadie; ni lo suficientemente privado para echarle las culpas, ni lo suficientemente público para no tener que responder ante el capital.

Y ya no por la posibilidad de un segundo apagón, insisto. Podríamos y podremos con ello, a mí aún me quedan cortinas que descolgar y una tentadora vigésimo primera run del Pokémon Plata. Sino por el inmenso peligro de que se vincule en el imaginario -más de lo que ya está- la tecnología renovable con la inseguridad. Es el eje en el que el neofascismo se mueve como pez en el agua; la promesa (falsa) de un mundo tranquilo edificado sobre la cruel oferta de aplastar al disidente, al diferente, a lo extraño. Apretemos, por favor, para poder afrontar lo que vendrá con la certeza, al menos, de que no se lo pusimos en bandeja a los malos.

 (...)"              (Contra el diluvio , blog, 04/05/25)

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