"Desde aquel grandilocuente "Día de la Liberación" del 2 de abril del año pasado en que lanzó la guerra arancelaria, el segundo ciclo político de Donald Trump ha estado marcado por un constante anunciar decisiones de alto impacto geopolítico y, poco después, verse obligado a corregirlas o directamente revertirlas en pocos días. No por presión diplomática clásica, ni por resistencia institucional interna, sino por un actor mucho menos visible pero más determinante como son los mercados financieros.
Las bolsas, convertidas en el verdadero termómetro del capitalismo global y de las estupideces de su presidente, han actuado como un freno sistemático a las iniciativas más agresivas de Trump. Y no lo han hecho de forma sutil. Cada amenaza, cada escalada, cada gesto de ruptura ha sido respondido con caídas abruptas, volatilidad extrema y señales inequívocas de pánico inversor. Trump, que siempre se presentó como un líder fuerte, ha terminado chocando una y otra vez contra este muro invisible.
La guerra comercial con China como primer aviso serio
El enfrentamiento con China fue probablemente el primer gran episodio donde se evidenció este patrón. La imposición de aranceles masivos, presentada como una defensa de la industria estadounidense, desencadenó represalias inmediatas por parte de China y una creciente incertidumbre global.
Los mercados reaccionaron con nerviosismo desde el primer momento, con el bono norteamericano en primera línea. Cada nuevo anuncio de aranceles era seguido por nuevos shocks de los índices y huida hacia valores refugio como el oro. Estaba claro que la economía global, profundamente interconectada, no podía absorber una guerra comercial contra China sin consecuencias.
Ante ese escenario, Trump se vio obligado a retroceder. Pasó de la confrontación total a negociar treguas parciales, acuerdos intermedios y aplazamientos. No fue una decisión ideológica, sino una respuesta directa a la resistencia de los mercados.
Groenlandia, otro paso en falso
Tras las meteduras de pata con Canadá, el intento de comprar Groenlandia podría parecer anecdótico, pero ilustra bien la lógica de este periodo turbulento. La propuesta, recibida con incredulidad internacional, generó tensiones diplomáticas con los aliados europeos.
Y no fue la valentía de estos países, que en realidad se tornó en triste cobardía, quien paró a Trump. Fueron de nuevo los mercados quienes pusieron de manifiesto que la política exterior estadounidense bajo Trump se movía por impulsos más que por estrategias, algo que los inversores penalizan sistemáticamente porque la incertidumbre es siempre sinónimo de riesgo.
Irán de nuevo en la línea roja de los mercados
El caso de Irán es aún más patético. Las tensiones militares, acompañadas de amenazas de bombardeos, han llevado a los mercados a un estado de alerta máxima. El petróleo se dispara ante cada rumor, mientras las bolsas reflejan el temor a una guerra abierta en una región clave para el suministro energético global.
El punto culminante ha llegado a finales de marzo con el anuncio -finalmente aplazado- de un ataque militar en 48 horas. Y si patético es un anuncio de ataque militar, lo ocurrido en los mercados solo se puede calificar de carroñero. Tras el anuncio del ataque Trump se ha echado atrás de nuevo provocando un giro hacia arriba de los mercados que se estaban desplomando. Pero en este caso, dos horas antes de hacerse público, alguien que conocía la noticia que iba a dar Trump lanzó operaciones multimillonarias masivas en los mercados de futuros. Alguien que, sabiendo lo que iba a ocurrir, ha apostado fuerte y ganado muchos, muchos millones.
Más allá del escándalo, el episodio pone de manifiesto algo más profundo que no es otra cosa que los mercados no solo reaccionan a la política, sino que la están condicionando y, en gran medida ante la arbitrariedad de Trump, la están controlando. Esta filtración no ha sido una anomalía aislada, sino un síntoma de un sistema donde la información y el capital se entrelazan de forma opaca.
Este poder de los mercados no sería tan determinante si no estuvieran en una situación de extrema vulnerabilidad. Actualmente, las bolsas globales presentan niveles de sobrevaloración muy importantes. Las valoraciones están infladas por años de políticas monetarias expansivas, tipos de interés bajos y liquidez abundante. Pero esa aparente fortaleza es engañosa. Bajo la superficie y precisamente por su sobrevaloración, el sistema es altamente sensible a cualquier shock. Decisiones como una guerra comercial total o un conflicto militar abierto funcionan como detonantes potenciales de una corrección abrupta, incluso de un colapso. Por eso los mercados reaccionan con tanta violencia. Y por eso, también, terminan imponiéndose.
China en el centro del tablero
Mientras Estados Unidos lidia con estas tensiones internas entre política y mercados, China ha ido consolidando una posición central en el equilibrio geopolítico global.
A diferencia del enfoque errático de Trump, China ha adoptado una estrategia estable y predecible. Y en medio de las turbulencias, se presenta como un socio fiable, capaz de sostener cadenas de suministro y mantener el crecimiento.
Y ese crecimiento no es menor. China aporta más del 30% del crecimiento económico mundial, una cifra que la convierte en el pilar fundamental del sistema global. En un momento donde otras economías muestran signos de fatiga, su estabilidad relativa adquiere un valor estratégico enorme.
El resultado de todo este proceso es un contraste llamativo. Por un lado, un liderazgo político que intenta imponer cambios geopolíticamente caprichosos y agresivos y que se ve frenado constantemente por los mercados. Por otro, un país -China- que avanza de forma gradual y constante, consolidando su influencia sin provocar sobresaltos.
Trump ha querido desafiar el orden global, pero ha terminado chocando contra sus propias limitaciones estructurales. Las "malditas bolsas", lejos de ser un simple indicador económico, se han convertido en un actor político de primer orden.
Y en ese juego, China, en silencio, parece haber entendido mejor que nadie las reglas del equilibrio."
( Pedro Barragán , Público, 31/03/26)
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