11.5.26

Varoufakis: Elogio a Francesca Albanese... de vez en cuando, en momentos terribles, aparece alguien que da un paso adelante cuando los demás retroceden. Alguien que pronuncia el nombre de las cosas cuando todos los demás están ocupados nombrando otras cosas... Francesca Albanese es esa persona... Se presenta ante el mundo –sola, desarmada, armada únicamente con la ley, el lenguaje y una valentía excepcional– y dice lo que lo que los ministerios de Asuntos Exteriores no dirán, lo que las redacciones no dirán. Ella dice: “Esto es un genocidio. Y lo estamos presenciando”... Y por eso, han ido a por ella. Desprestigio. Investigaciones. Editoriales virulentos. Cuentas bancarias congeladas. Despojo del único apartamento que había tenido en su vida. La maquinaria de la respetabilidad se puso en marcha para aplastarla. Porque la respetabilidad no puede tolerar lo que ella representa: un espejo que refleja su complicidad... ella hace algo peligroso en un mundo que ha perfeccionado el arte de no ver. Ella ve. Y habla. ella habla como jurista. Como ser humano. Como una mujer que ha visto el abismo y se ha negado a llamarlo un “paisaje geopolítico complejo”... Albanese amenaza algo muy preciado para los poderosos: el derecho a cometer atrocidades sin ser señalados... Así que alabémosla. No con estatuas o premios que ella no busca. Sino con algo más difícil: con nuestra propia negativa a mirar hacia otro lado... Francesca Albanese se está levantando ahora. En nuestro tiempo. En nuestro nombre. Bajo nuestro cielo indiferente. Apoyémosla

"Hay una pregunta que me asalta en las primeras horas de la madrugada, cuando el sueño no llega y la mente remueve viejos recuerdos. La pregunta es esta: “¿Qué habría hecho yo en la década de 1930, la mañana después de la Noche de los Cristales Rotos?”.

No lo que digo que habría hecho. No lo que espero que hubiera hecho. Sino lo que realmente habría hecho: cuando los trenes empezaron a circular, cuando los vecinos se callaron, cuando el precio de la decencia se convirtió en la pérdida de todo.

Creo que la mayoría de nosotros habríamos hecho muy poco. No por malicia, sino  por miedo. Por la sutil e insidiosa convicción de que alguien más hablaría, de que la situación era compleja, de que debíamos ser “razonables”. No lo olvidemos: lo ordinario es la coartada de lo extraordinario. ¡Y cómo nos hemos aferrado a esa coartada! ¡Cómo seguimos aferrándonos a ella!

Y entonces, de vez en cuando, en momentos terribles, aparece alguien que no se aferra. Alguien que da un paso adelante cuando los demás retroceden. Alguien que pronuncia el nombre de las cosas cuando todos los demás están ocupados nombrando otras cosas.

Francesca Albanese es esa persona.

Se presenta ante el mundo –sola, desarmada, armada únicamente con la ley, el lenguaje y una valentía excepcional– y dice lo que los centristas no dirán, lo que los ministerios de Asuntos Exteriores no dirán, lo que las redacciones no dirán. Ella dice: “Esto es un genocidio. Y lo estamos presenciando”.

No me digan que es una hipérbole. No me digan que el término es controvertido. Ella no lo ha utilizado a la ligera. Lo ha utilizado como un médico llega científicamente a un diagnóstico: no para herir, sino para advertir. No para provocar, sino para nombrar.

Y por eso, han ido a por ella. Oh, cómo han ido a por ella. Desprestigio. Investigaciones. Editoriales virulentos. Cuentas bancarias congeladas. Despojo del único apartamento que había tenido en su vida. La maquinaria de la respetabilidad se puso en marcha para aplastarla. Porque la respetabilidad no puede tolerar lo que ella representa: un espejo que refleja su complicidad.

Viajemos, una vez más, a la década de 1930. Volvamos a aquellos pocos que se alzaron cuando los trenes comenzaron a circular cargados de judíos.

Estaba Aristides de Sousa Mendes, cónsul portugués en Burdeos. Desafió a su propio gobierno. Firmó miles de visados, a mano, durante horas, hasta que le sangraron los dedos. Salvó más vidas que Schindler. Y murió sin un centavo, deshonrado, borrado.

Hubo un oficial alemán en Varsovia llamado Wilm Hosenfeld. Escondió a un pianista judío entre los escombros. No salvó a miles. Salvó a uno. Pero ese uno –Władysław Szpilman– conservó el recuerdo. Y el recuerdo es “el único refugio del que no podemos ser expulsados”.

Estaba Raoul Wallenberg. Estaban los aldeanos de Le Chambon. Estaban los anónimos, los silenciosos, los pocos furiosos que dijeron: “No mientras yo esté aquí”.

Francesca Albanese es su heredera. No porque lleve un arma. No porque esconda a refugiados en su sótano. Sino porque hace algo igualmente peligroso en un mundo que ha perfeccionado el arte de no ver. Ella ve. Y habla.

No habla como diplomática. ¡Menos mal que no lo hace! Los diplomáticos nos han dado el lenguaje de “hay argumentos en ambos bandos” y “moderación” y “proporcionalidad”. El lenguaje diplomático es la tumba perfumada de la claridad moral. No, ella habla como jurista. Como ser humano. Como una mujer que ha visto el abismo y se ha negado a llamarlo un “paisaje geopolítico complejo”.

Edna O’Brien describió una vez a un personaje que “tenía la temeridad de quienes ya lo han perdido todo lo que vale la pena perder”. Francesca Albanese no lo ha perdido todo. Tiene su dignidad, su cargo, su voz, su familia. Pero ha calculado el coste de decirle la verdad al poder. Y ha decidido que ese coste es infinitamente menor que el coste del silencio.

¿Cuál es ese coste? Nombremoslo. La han tachado de antisemita –ella, que se apoya en el terreno del derecho internacional forjado en las cenizas de Auschwitz y los fuegos de Nuremberg–. La han tachado de conspiranoica –ella, que cita cada fuente, cada nota al pie, cada resolución de la ONU–. La han tachado de ingenua –ella, que entiende mejor que la mayoría la maquinaria de la realpolitik–.

Estas acusaciones no son argumentos. Son la saliva de los amenazados. Porque Francesca Albanese amenaza algo muy preciado para los poderosos: el derecho a cometer atrocidades sin ser señalados.

Amigos, los años treinta no llegaron con botas militares y pogromos desde el primer día. Llegaron poco a poco. Con restricciones “razonables”. Con medidas “proporcionales”. Con el silencio de los respetables.

Nos decimos a nosotros mismos que habríamos sido diferentes. Que habríamos sido Sousa Mendes. Que habríamos sido Wallenberg. Pero la mayoría de nosotros, me temo, habríamos sido los vecinos que más tarde dijeron: “Yo no lo sabía”.

Francesca Albanese lo sabe. Y se niega a fingir lo contrario.

Así que alabémosla. No con estatuas o premios que ella no busca. Sino con algo más difícil: con nuestra propia negativa a mirar hacia otro lado. Con nuestras propias voces, alzadas en lugares que son seguros para nosotros pero peligrosos para ella. Con nuestros propios cuerpos, si llega el caso.

Una mujer valiente, que resultó herida mientras se manifestaba frente a una base militar nuclear estadounidense en 1982, la infame Greenham Common, me había dicho que “el corazón es un cazador de lo que no puede tener”. Pero yo digo que el corazón es un cazador de lo que no perderá. Y lo que no perderemos es el recuerdo de quienes se levantaron cuando levantarse lo costaba todo.

Francesca Albanese se está levantando ahora. En nuestro tiempo. En nuestro nombre. Bajo nuestro cielo indiferente.

Apoyémosla.

No mañana. No cuando sea seguro. Ahora.

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Extracto de un discurso pronunciado en Atenas el domingo 3 de mayo de 2026."

( Yanis Varoufakis, CTXT, 07/05/26)

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