24.7.12

¿Por donde arrancar, qué hacer? ... Estrategias de crecimiento para España

"¿Por donde arrancar, qué hacer? Necesitamos cambiar: cambiar todo, en profundidad, y ahora mismo. España necesita un horizonte a largo plazo, un plan maestro –un plan estratégico dirían algunos- que dibuje un escenario realista para los próximos 20 años, partiendo de la situación en la que estamos, sin idealismos ni falsas expectativas, pero evitando la actual parálisis económica, social y política. Estamos en una situación radical y necesitamos medidas radicales. 

 Hay vida más allá del IBEX 35. La mayoría del sector exportador español son medianas empresas, poco capitalizadas, pero muy activas a nivel internacional, que requieren de una política industrial decidida hacia la internacionalización. 

Ese músculo de medianas empresas sufrió mucho durante los años del boom inmobilario, ya que la financiación disponible se dedicaba a las promociones urbanísticas más que a favorecer la inversión y la innovación en estas empresas que generan una parte muy importante de nuestro empleo. 

Mauro Guillén las ha caracterizado como “las nuevas multinacionales españolas”[1], y merecen una política intensiva de apoyo y expansión, en la búsqueda de la excelencia y la competitividad.(...)

 Según los últimos datos disponibles homogéneos para Europa, correspondientes a 2007, en España existían más empresas industriales manufactureras que en Alemania (217.000 frente a 202.000) pero que, en conjunto, generaban aproximadamente una cuarta parte del valor añadido producido por las alemanas. A este músculo productivo hay que dotarle de tamaño y capacidad.

En primer lugar, España necesita urgentemente un pacto de rentas, una política que permita moderar drásticamente beneficios empresariales y rentas del trabajo, para favorecer el ahorro interno y la inversión productiva.

 Este pacto sólo se puede alcanzar desde el diálogo social, poniendo de acuerdo a los agentes sociales, en la distribución de las cargas de la crisis. Necesitamos urgentemente mejorar nuestras tasas de ahorro interno, y destinar este ahorro a la inversión productiva.  (...)

En segundo lugar, favorecer la innovación, la investigación y el desarrollo. La inversión privada en I+D es ridícula y no puede suplir la menguante capacidad del Estado para financiar la innovación.

Es necesaria una política radical de promoción de la innovación, a través del fortalecimiento del apoyo financiero prestado a la Investigación y el Desarrollo a través del Capital Riesgo. ENISA (Empresa Nacional de Innovación), COFIDES (Compañía Española de Financiación del Desarrollo), y AXIS (Empresa de participaciones empresariales y capital riesgo del Instituto de Crédito Oficial), instrumentos financieros del estado, deben ser provistas de capital suficiente para poder ejercer sus tareas de manera adecuada.

El capital de estas tres compañías, a fecha de hoy, apenas suma 600 millones de euros anuales de inversión. Un 0,6% del dinero que se va a destinar al rescate bancario.

La oportunidad que nos ofrece el rescate bancario, así como la ampliación prevista de actividades del Banco Europeo de Inversiones (que ampliará su capacidad de crédito de 40 a 60 mil millones de euros) ofrecen la posibilidad de reservar varios miles de millones para multiplicar la capacidad de actuación de estas entidades, y disponer de, de esta manera, de capital en abundancia para financiar la innovación.
 En tercer lugar, efectuar una auténtica reforma de nuestro sector energético –al contrario que la contrarreforma actualmente en curso- que fortalezca nuestra capacidad de autoabastecimiento, que reduzca la dependencia de los combustibles fósiles importados, y que permita cumplir ambiciosos objetivos en materia de reducción de dióxido de carbono. (...)

Las energías renovables nos permitirían subirnos al tren del progreso, de la recuperación de la competitividad de la economía española, del cambio del modelo productivo que necesitamos para salir de esta crisis, al tiempo que se afronta la mayor amenaza que gravita sobre nuestro planeta, el cambio climático.  

No podemos permitirnos una fuga de cerebros. Lo que hace falta en España es personal altamente cualificado y productivo. La inversión realizada en mantener una educación pública de calidad debe ser rentabilizada, y urge encontrar soluciones para evitar que los más preparados, en un afán de supervivencia totalmente comprensible, decidan abandonar España para desarrollar su futuro profesional fuera de nuestra fronteras. (...)

Debemos plantear un programa de recuperación de talento de manera urgente, fomentando centros de excelencia –pocos, pero muy bien dotados y con estabilidad presupuestaria- para recuperar capacidad intelectual, que nos va a resultar imprescindible en la transición hacia una economía del conocimiento y la innovación. 

 España es una potencia verde. España es el país con mayor biodiversidad de Europa. Concentra el 80% del total de especies vegetales y el 50% de las aves, mamíferos y reptiles del continente. Este capital natural debe ser valorizado y rentabilizado. No habrá desarrollo sostenible que no se base en la preservación y aprovechamiento de esta realidad.

Revitalizar nuestro entorno rural y natural, y enfocarlo como factor de competitividad internacional puede generar mucha riqueza y empleo[2]. Al mismo tiempo, España tiene excelentes vinos y productos “delicatessen” que nada tienen que envidiar, en calidad, a los ofrecidos por otros países. Incorporar valor añadido a nuestra agricultura es una buena inversión de futuro.
España debe aprovechar la “Economía de la experiencia”. Tom Peters, famoso gurú del Management, lleva una década hablando de que estamos pasando de la economía de los servicios a la economía de la experiencia vital.

Apple lo ha entendido perfectamente, y sus productos, que aunque son tecnológicamente impecables, no son muy superiores a los de sus adversarios, gana la partida en el mercado por lo que se ha denominado “la experiencia del usuario”.

Cualquiera que haya probado un iPad y otra tablet, (Samsung Galaxy, por ejemplo) sabe de lo que se habla. La generación de una amplia capa de clases medias –cientos, si no miles, de millones de personas- en los mercados emergentes, con un poder adquisitivo creciente, y con vocación de consumo de masas, es una oportunidad de oro para un país que puede ofrecer una gran variedad de experiencias de calidad.

El sol y la playa, el turismo residencial, y la oferta cultural de Barcelona y Madrid deben ser completadas con el turismo ambiental y la complementariedad de servicios culturales, sanitarios y de ocio. Muchos analistas lamentan que España se convierta en el asilo o en el parque de atracciones de Europa –y recientemente, de China.

Sin embargo, el Turismo representa el componente más importante de nuestra balanza de pagos y todo lo que se invierta en mejorar su competitividad internacional será bienvenido. La preservación de nuestro entorno natural, de manera muy particular del litoral, debe convertirse en una prioridad, pues es un factor diferenciador, que atrae turismo de calidad y redunda en una mayor rentabilidad de la oferta turística.

En este sentido, la recientemente anunciada reforma de la Ley de Costas es un retroceso de casi 25 años, con efectos negativos permanentes sobre el atractivo turístico español.
 España es una potencia cultural. Nuestro idioma principal, el castellano, tiene un mercado potencial de 500 millones de personas, y además es creciente. Los estudios desarrollados por la Fundación Telefónica y el Instituto Cervantes en relación al valor económico del español nos indican la oportunidad desaprovechada que significa no sacar rendimiento a esta realidad[3]

 Pero para ello, la producción cultural española debe abrirse al mundo, dejar de lado el provincianismo, el casticismo y la reivindicación de lo propio para convertirse en un fenómeno universal. Estamos a tiempo de ello, pero no surgirá espontáneamente.

 El K-Pop, fenómeno cultural Coreano que está generando cientos de millones de dólares de ingresos en los cinco continentes, no fue espontáneo, sino fruto de una atención dedicada a la industria cultural y del ocio en Corea, durante años. (...)

Los videojuegos, sector considerado menor, suponen una industria de 980 millones de euros en España, muy por encima de la industria musical o del cine. El potencial de venta en América Latina o Estados Unidos es enorme. (...)

En conclusión: pacto de rentas, apoyo a la innovación, transición hacia una economía sostenible, del conocimiento y de la experiencia, enfocados hacia las medianas empresas que pueden generar músculo competitivo y crecer orgánicamente. En definitiva, tener una auténtica política industrial

 Dani Rodrik, profesor de la Universidad de Harvard y especialista en crecimiento y desarrollo económico, lo llamó el retorno de la política industrial[4]. En un mundo donde las políticas competitivas de Asia están fuertemente orientadas por los gobiernos –hasta el punto en que The Economist habla del nuevo “capitalismo de estado”- abandonar el tejido productivo a los vaivenes del mercado es una mala decisión, por muy poco regulado que esté.

La Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD) elaboró en 2009 un excelente informe sobre la gobernanza del desarrollo[5]. Necesitamos un nuevo gobierno económico, un gobierno que deje actuar al mercado allí donde este es eficaz, pero que actúe, precisamente, para generar mercado y para fortalecer sus instituciones, que dirija estratégicamente el desarrollo de la economía. Regular para liberalizar. (...)

Para poner en marcha esta nueva estrategia de crecimiento, España necesita recursos financieros y fiscales. No vendrán, al menos ahora, del sector privado: el acceso a los mercados está prácticamente cerrado y será difícil que fluya el crédito en una economía con tan alto nivel de endeudamiento (más del 300% de nuestro PIB). 

Necesitamos recursos públicos que sólo pueden venir de una política fiscal más progresiva y racional, eliminando gasto superfluo, incrementando los ingresos y la progresividad del sistema impositivo, y alargando los plazos de consolidación fiscal pactados con Europa.
 
 Muchos pensarán que abogar por esta nueva política industrial es lo que los anglosajones llaman “wishful thinking” (pensamiento ilusorio), pero estamos en una situación radical que requiere de medidas radicales, y ya sabemos a donde nos ha traído el “Business as usual”.                 (Economistas frente a la crisis, 24/07/2012, José Moisés Martín)
 

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