“En la demanda que disecciona a primera hora del lunes la entidad reclama 166.000 euros; la hipoteca, firmada en 2005, fue de 168.000 euros. Da la impresión de que solo pagaron 2.000 euros.
Pero no. Vuelve atrás:Mira, dejaron de pagar en noviembre de 2010”. Durante cinco años abonaron mes a mes sus cuotas de la hipoteca. Todo ese dinero es como si se hubiera esfumado: los primeros años de préstamo casi todo lo que se amortiza son intereses.
Dos años después, los implacables intereses de demora han ido elevando sin descanso la cantidad de la deuda. Cuanto más se alarga el proceso, más debe la familia. Y lo normal es que se extienda un año y medio por el atasco judicial. (...)
A esta familia la van a echar de su casa. El juez lo sabe. No puede hacer nada, defiende. Su bolígrafo dibuja una letra uve de visto en la portada de la carpeta. Ya ha comprobado que la demanda cumple todos los requisitos formales para ser admitida. Poco más. Lista para ejecutar. Se levanta y la deja en la mesita de una salita de estar que hay en su despacho.(...)
El magistrado se cuida mucho de hacer valoraciones —“No puedo como juez”, se justifica—, pero sí es consciente de los problemas de la ley que aplica todos los días.Por ejemplo, que la deuda no prescribe nunca (se puede reclamar toda la vida del deudor).
“Encuentro casos en los que al cabo de los años, cuando la gente ya ha rehecho su vida, el banco vuelve a reclamar el crédito después de adjudicarse la casa”, explica. “Eso en Francia o Alemania no es así, al cabo de cinco o siete años hacen borrón y cuenta nueva”.
Y agrega: “En ese sentido el deudor puede llegar a tener peor trato que el asesino. El asesinato prescribe a los 20 años y, sin embargo, puedes irte a la tumba con una deuda”. (El País, 05/11/2012)

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