"El patriotismo es un sentimiento sobre el que conviene desconfiar.
Dan miedo las cosas que a lo largo de la historia se han justificado en
nombre de las patrias. Pero incluso los menos permeables a las consignas
patrióticas necesitamos un grado de vinculación sentimental con la
sociedad en la que vivimos.
Es importante que nos salude con simpatía el
portero del edificio, nos trate bien el camarero del café a media
mañana, nos merezcan un mínimo de respeto las instituciones y no nos
provoquen vergüenza los políticos que protagonizan las noticias de la
radio o del televisor.
Vivir en España significa ahora recordar
una y otra vez el famoso soneto de Quevedo: “Miré los muros de la patria
mía, / si un tiempo fuertes ya desmoronados”.
Muy fuertes no han sido
nunca los muros de la España en la que me ha tocado vivir, pero incluso
alguien tan poco patriota como yo ha podido sentir alegría durante años
al comprobar que el país moderaba su dependencia de la caverna,
dignificaba su cultura, su educación, su sanidad, y vivía en busca de
unos derechos cívicos decentes.
Ay, la vida es sueño, por pasar de
Quevedo a Calderón. O esperpento, por pasar de Calderón a Valle-Inclán.
Miro
a España y veo índices espectaculares de pobreza infantil, familias
angustiadas y condenadas a la marginación, una brecha entre ricos y
pobres cada vez más grave y un futuro laboral mezquino para los jóvenes.
Veo también infantas imputadas, políticos corruptos, partidos con
dinero negro, cuentas en Suiza, sindicalistas en la cárcel, recortes,
universidades estranguladas, colegios con alumnos desnutridos,
hospitales en los huesos, políticos precocinados y muchas, muchas
mentiras. Resulta difícil no tener el sentimiento de sobrevivir en una
nación desmoronada.
Supongo que hay quien disfruta con el
espectáculo. A mí no me divierten las desgracias de una infanta, ni las
vergüenzas de un mal alcalde cazado, ni los ridículos de un Tribunal de
Cuentas, ni las sospechas que planean sobre la Justicia. (...)
El Gobierno pervierte el lenguaje para mentir y mancha con una trampa
lingüística todo lo que toca. Afirma que defiende los derechos de la
mujer cuando promueve una ley sobre interrupción del embarazo que supone
una agresión dogmática sobre su libertad.
Vende como medida
electoralista una reforma fiscal y una rebaja de impuestos que en
realidad suponen nuevos privilegios para las rentas más altas y nuevas
infamias contra la clase media y los sectores más débiles de la
sociedad. Llama responsabilidad de Estado a la perpetua improvisación en
manos de unos insensatos.
Sus actitudes desacreditan la política,
generan lodo. Pero el lodo juaga a su favor. La gente desprecia la
política, opina de manera suicida sobre la inutilidad de la política,
olvidándose de que la política es muy eficaz a la hora de preparar las
corrupciones, humillar a la Justicia y generar medidas que favorezcan la
acumulación de la riqueza en pocas manos, la degradación laboral y el
empobrecimiento de la mayoría. (...)" (La patria desmoronada, de Luis García Montero en Público, en Caffe Reggio, 26/06/2014)
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