"(...) Jakob Augstein
Hesse, uno de los 16 estados federales de Alemania, celebró
elecciones municipales el 6 de marzo del 2016, y hubo sorpresa: AfD
(alternativa para Alemania, partido eurocrítico, derechoso y contrario a
la llegada masiva de refugiados) se alzó como tercera fuerza
desbancando a los Verdes, que del 18% pasaron al 13´2% y por detrás del
CDU: con el 28, 2 y del SPD 28%, perdiendo más del 5% el primero y casi
el 4% los segundos.
“La derecha camina y su éxito es también
una respuesta de la sociedad a una enfermedad del capitalismo, ignorada
por los partidos establecidos. Y que nada tiene que ver con los
refugiados.
Afd arrolla en Alemania, vivimos una revolución. Y como toda
revolución tiene también su justificación, su porqué: el capitalismo
está enfermo y alguien tiene que curarlo. A los medios y la política les
resulta difícil el reconocer. Tienen que admitir su propia culpa:
llevan aplaudiendo décadas mientras el neoliberalismo sigue envenenando
nuestras sociedades.
Gente como Donald Trump y Frauke Petry
(copresidenta de AfD) es nauseabunda. ¿Pero acaso en medio de todo no
debemos estarles agradecidos por demostrarnos la grave enfermedad que
padece nuestro sistema?
Bad Karlshafen no es por lo demás algo
especial, lugar que se ha hecho famoso porque el domingo, 6 de marzo, un
22,3% votó AfD en las municipales, más que al SPD o al CDU. Una muestra
de lo herida que está nuestra sociedad.
En USA los 400 más ricos
poseen más que el 61% de los americanos con menos ingresos. Los
ingresos de una familia media bajaron en los últimos 20 años unos 5000
dólares. El último informe sobre la pobreza en Alemania de la
Confederación paritaria benéfica alemana manifiesta que el 15, 4% de los
alemanes viven por debajo del umbral de la pobreza, lo que significa
más de 12 millones de alemanes.
“La justicia distributiva, el
principio supremo de cualquier política sería impositiva, se desoye y
desprecia gravemente en la distribución del producto social obtenido”,
escribía el historiador Hans-Tlrich Wehler hace ya dos años, y
preguntaba: “¿Hasta dónde debe agravarse la crisis para que este país
sea capaz de introducir reformas?”
Lo que las izquierdas no han
logrado solucionar quizá ahora lo consiga la derecha. El odio a los
extranjeros da alas al movimiento, pero al resentimiento se junta la
crítica al sistema.
Björn Höcke, un hombre de AfD, es un demagogo
popular, pero tiene razón cuando dice que es “una vergüenza” que más de
dos millones de niños en Alemania estén amenazados por la pobreza.
También se queja el SPD, ¿pero quién puede creer a un partido que desde
1998 detentó durante 13 años el gobierno y vio crecer la desigualdad sin
pestañear?
La derecha hace la revolución que no hizo la
izquierda. Matteo Salvini de la derecha radical ENF (Europe of Nations
and Freedom Group, è un gruppo politico del Parlamento europeo di
estrema destra) ha arrojado a la izquierda a la papelera de la historia.
Clama que no la izquierda sino la derecha es hoy la “campeona de la
clase trabajadora”.
Y la derecha muestra a la izquierda cómo funciona
con éxito un movimiento político. La gente, que prende fuego a las casas
de los que claman asilo, es criminal. Pero no nos engañemos: son
criminales exitosos.
La gente, que escupe a los refugiados, que camino
de sus acantonamientos pasa por delante, son unos indeseados. Pero no
nos engañemos: se impone su inhumanidad. La derecha aprovecha desde la
violencia en la calle hasta los artículos de opinión en el FAZ
(periódico) para conseguir la hegemonía cultural.
Lo que no ha logrado
la izquierda con la crisis financiera logra la derecha con la crisis de
los refugiados: protestas clamorosas en las calles, una protesta
política que va conquistando los parlamentos. Y existe la protesta
publicitaria, a la que en los medios se le presta ayuda.
Sólo, aislado,
nadie puede influir ni modificar nuestro sistema político. La derecha
impulsa la política hacia adelante. Para amainar, aminorar el
resentimiento contra el extranjero se endurecerán las leyes sobre asilo.
Y para aflojar la presión revolucionaria social el SPD recuerda sus
raíces políticosociales.
De pronto Sigmar Gabriel exige un
“proyecto de solidaridad” junto con la introducción de una renta mínima.
Y también de pronto ya nadie habla de “adelgazamiento del estado”. Al
contrario, la gente piensa que el desmantelamiento del estado es un mal
que hay que corregir.
Fueron políticos y medios del denominado “centro”,
quienes han venido aplaudiendo al neoliberalismo mientras éste iba
disgregando y envenenando las sociedades occidentales, y ahora les
resulta difícil reconocer el error. En lugar de eso buscan su salvación
apelando a la razón: “podemos ahorrarnos el redoble de tambor
medialmente intensificado”, escribió Nils Minkmar: “Hay que airear,
enfriar la temperatura y lanzar una mirada al mundo con las ventanas
abiertas”.
Pero los nuevos movimientos políticos no surgen por
una escasez de concentración. Y no se los combate tampoco con sentido
común. Las necesidades políticas reales exigen medidas políticas reales.
La revolución de la derecha censura y ataca el mal que nos ha deparado
el capitalismo salvaje. Hubiera sido más bonito si los denominados
partidos establecidos por fin hubieran tomado en serio la advertencia de
los votantes y hubieran solventado el verdadero problema de Alemania:
la falta de equidad, que nada tiene que ver con los refugiados”. (Mikel Arizaleta, Rebelión, 10/03/16)
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