"(...) Tenemos en Europa el problema general del neoliberalismo, pero ese
problema general conoce una complicación particular, que es la
complicación ordoliberal alemana.
¿Por qué doy tanta
importancia a la idiosincrasia monetaria alemana?
Porque es el grillete
del grillete, y porque para mí es el núcleo de una anticipación razonada
que podría hacernos ganar tiempo haciéndonos recorrer, mediante el
pensamiento, el proceso del plan A para llegar inmediatamente a su
término.
Y al final del trayecto, e incluso habiendo superado
todas las demás dificultades, la complicación alemana será, me temo, el
último obstáculo con el que toparían las tentativas de reconstrucción de
un euro democrático.
Pues si por algún motivo extraordinario dicho
proyecto llegase a tomar consistencia, sería Alemania –podemos estar
convencidos de ello– la que tomaría el portante, ¡posiblemente
acompañada, por lo demás! ¡Y he ahí la hipótesis sistemáticamente
olvidada, la tarea ciega por excelencia, el Grexit! (...)
Si no tuviese miedo de su sombra, sería la izquierda la que podría
introducir una diferencia políticamente digna: la diferencia de la
salida del euro, la diferencia de la soberanía democrática restaurada,
la diferencia del bloqueo a toda política progresista finalmente
levantado, la diferencia del internacionalismo real.
Si
consigue liberarse de todas las prohibiciones imaginarias y de todas las
inconsecuencias que hasta ahora han pesado terriblemente sobre la
cuestión del euro, el plan B no tiene otro sentido que ser el portador
histórico de esta diferencia.
Y en el punto en que nos encontramos,
digámoslo con énfasis: es el único restaurador posible de la democracia.
Pero todavía es necesario que tenga las ideas un poco más
claras, y un poco menos de esa pusilanimidad que ha condenado a Tsipras a
tantas renuncias, a tantas derrotas y, desgraciadamente, a fin de
cuentas, a tantas humillaciones.
Tener las ideas claras es
saber por qué se pone uno en movimiento y por qué se lucha. Si no quiere
ser la B de Baratija o de Bagatela, el plan B tendrá que apuntar como
mínimo al objetivo máximo, que es de hecho el mínimo admisible: el
objetivo de la plena democracia. (...)
La experiencia decisiva para convencerse de ello consistiría en
preguntar simplemente a los electores alemanes si aceptarían que el
estatus del Banco central, la naturaleza de sus cometidos, la
posibilidad de la financiación monetaria de los déficits, el nivel de
las deudas, la posibilidad de anularlas, en fin, si aceptaría que todas
estas cosas se sometiesen a la deliberación ordinaria de un Parlamento
europeo.
Y, por supuesto, también cuando las posiciones alemanas en
estos asuntos quedasen en minoría. Pues, en una primera aproximación ¡la democracia es eso! (...)
El plan B como bagatela, como fruslería, sería flaquear ante el único
compromiso importante –la democracia total–, y montar una máquina de
guerra de cartón-piedra para recuperar algunas anulaciones de deudas, o
la autorización de un punto suplementario de déficit presupuestario,
dejando por supuesto intacto el resto de la estructura antidemocrática. (...)
¿Quiere realmente la democracia? Entonces no puede querer quedarse en el euro. (...)" (Frédéric Lordón , Rebelión, 27/02/16)
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