"(...) Dentro de los que hemos llamado “los del cambio” existe una variedad a
los que podríamos denominar los pangermánicos, ya que piensan que los
causantes de todos los males se sitúan en Alemania y en sus países
satélites.
No les falta razón, puesto que la Unión Monetaria se ha
construido según el modelo impuesto por el país germánico, y así se ha
plasmado en los Tratados, con lo que el resto de los Gobiernos están
atados de pies y manos. Ahí se encuentra la explicación de que todos los
ajustes tengan que recaer sobre las economías deudoras y en ningún caso
sobre las acreedoras.
Los países de Sur se han visto sometidos a
fuertes políticas de deflación competitiva que han arruinado a buena
parte de sus poblaciones, mientras que Alemania y Holanda continúan
incrementando su superávit en balanza por cuenta corriente, que alcanza
ya la escalofriante cifra del 8% y del 9% del PIB respectivamente,
factor de desestabilización no solo de la Eurozona, sino de la economía
internacional.
¿Pero tiene la culpa Alemania de todo ello? Al
menos habría que convenir en que no en exclusiva. Lo que ha hecho
Alemania en todo momento ha sido defender e imponer lo que consideraba
mejor para los intereses de su economía. Quizás de lo único que se la
puede acusar es de cortedad de miras y de no querer ver que la situación
a largo plazo es insostenible.
Pero mayor responsabilidad, creo yo,
recae sobre los gobernantes de uno u otro signo de todos los demás
estados, que aceptaron un juego tan peligroso y que ratificaron unos
Tratados que introducían a las economías de sus países en una trampa de
difícil salida. Es por eso por lo que resulta tan irritante ver a esos
mismos gobernantes, llámense Aznar o Felipe González, salir dando
lecciones tras el embrollo en el que nos han metido.
Desde las
posiciones críticas se suele manifestar que lo que se precisa es más
Europa. Frase bonita pero vacía de contenido. Europa está a años luz de
constituirse como un Estado, ni siquiera federal. Los países ricos como
Alemania nunca permitirán la creación de aquellas estructuras necesarias
para que una unión monetaria funcione.
La unión política conllevaría
democratizar el poder y trasladarlo de Alemania, que ahora lo detenta, a
todos los ciudadanos, y la integración fiscal implicaría la
transferencia de enormes recursos económicos de los países más ricos a
los menos favorecidos.
Es comprensible que Alemania y demás naciones del
Norte se opongan. Pero, por esa misma razón, los mandatarios de los
países del Sur nunca deberían haber consentido la creación de la moneda
única. (...)
El quid de la cuestión radica en que una unión monetaria no es
concebible sin una unión fiscal y política, tanto más si se realiza en
un régimen de libre circulación de capitales. Los partidos
socialdemócratas y en general todas las fuerzas progresistas tendrían
que haber pensado en ello antes de dar su aquiescencia a los Tratados y
deberían haber sido conscientes de que con su aprobación condenaban
irremisiblemente no solo la realización de una política de izquierdas,
sino el Estado Social y la propia democracia." (Taxonomía europea, de Juan Francisco Martín Seco, República de las ideas, en Caffe Reggio, 28/05/16)
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