"La Unión Europea es el lugar donde los políticos de cada nación proyectan sus fantasías ideológicas. La crisis del coronavirus está poniendo esto de manifiesto una vez más. Para los socialdemócratas,
debería ser un espacio marcado por una solidaridad sin fisuras basada
en la mutualización de todos los riesgos, un estado de bienestar siempre
creciente y unos valores identificados de manera sistemática con el
progresismo.
Para los democristianos es, por encima de
todo, un mercado único, el instrumento necesario para garantizar que
ningún país comete locuras financieras que, inevitablemente,
desestabilizarían a los demás y, además, el espacio por definición de
los viejos valores humanistas del continente.
Para los autoritarios de derechas,
es una paradójica Internacional Nacionalista: en ella, cada nación
puede declararse al mismo tiempo la más agraviada por el
internacionalismo (y, en consecuencia, merecedora de más fondos
estructurales) y mostrarse como la más admirable del continente, y en
todo caso es el último reducto en el que defender un cristianismo
identitario frente a la invasión exterior musulmana y la interior
cosmopolita. Para la extrema izquierda, es el lugar donde debería empezar el fin del neoliberalismo y la OTAN,
donde deberían ser compatibles la aceptación del ecologismo, la Rusia
petrolera y una cierta latinoamericanización de la política.
Nada de esto es remotamente verosímil. Pero los partidos sienten que Bruselas está tan lejos que su programa europeo puede ser, si cabe, más fantasioso aún que el de la política nacional.
Hoy, los europeos seguimos proyectando nuestras narrativas culturales y
políticas preferidas en la Unión Europea. Pero, en mitad de ese debate,
con frecuencia olvidamos algo: que la UE ha existido,
en distintas versiones, durante casi 70 años y que, más allá de lo que
nos gustaría que fuera y de las simbologías del viejo imperio, ya
sabemos lo que es y cuáles son sus funciones específicas.
Es una suma de códigos que rigen instituciones concretas con filosofías
evidentes. Un lugar en el que los países del norte no quieren
mutualizar las deudas y no lo harán en el futuro próximo. (...)
Un lugar que parece una colmena de burócratas anónimos, fríos y racionales,
pero cuyas acciones en última instancia siempre estarán dirigidas por
los políticos escogidos nacionalmente. En el que difícilmente nunca se
hará nada contra el criterio de Alemania,
pero en el que Francia tratará de utilizar el peso de su alianza tácita
con los países del sur para avanzar sus propios intereses.
En el que las reglas fiscales
combinarán el exceso de rigor y, al mismo tiempo, la impotencia cuando
sean vulneradas. En el que se oye una alta retórica humanitaria, pero en
materia inmigratoria acaba imperando un pragmatismo en ocasiones
insensible. En el que las proclamas de solidaridad entre países miembros estarán muy matizadas por las necesidades internas de los países y las urgencias electorales de los partidos que los gobiernan.
La Unión Europea es todo eso, y es poco probable que deje de serlo para enfrentarse a esta crisis. Países Bajos y Alemania seguirán defendiendo nociones distintas
que España e Italia, incluso con la mediación francesa. Imaginarla
sistemáticamente como una realidad pendiente de cristalizar en la
fantasía propia hace que esté condenada a parecer siempre un arreglo amorfo como
el de su predecesor remoto. La obsesión por cambiarla, además, nos hace
olvidar que ahora tal vez lo urgente sea simplemente preservarla y exprimir al máximo sus amplias competencias y su notable eficacia. Empezando por la del Banco Central Europeo. (...)
Sabemos las funciones que tiene la UE. Pedirle otras puede ser una
manera atractiva de proyectar un ideal, pero, en la realidad, no servirá
para nada más que alentar la insatisfacción y el desafecto. Debemos exigirle que mejore.(...)" (Ramón González Férriz, El Confidencial, 28/04/20)
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