"Entre las reacciones más sonadas al nuevo gobierno griego esta la del
premier británico Cameron, calificando a Grecia como la amenaza más
grave para la economía global…
Dice mucho de la fragilidad de la eurozona, el que se pueda pensar
que los problemas de un pequeño país, que pesa menos del 3 % del PIB
europeo, puedan tener consecuencias tan graves. (...)
Pero la exageración no lo es tanto si se piensa cuales podrían ser
las consecuencias de un “Grexit”, salida descontrolada de Grecia del
euro, sobre la estabilidad de la unión monetaria y de rebote sobre el
sistema financiero mundial.
Nadie tiene interés en que esto ocurra. Ni los griegos, ni los demás
europeos, porque se volatizaría el valor de los prestamos que sus
gobiernos le han hecho a Grecia, substituyéndose a los bancos que eran
los creditores originarios. Pero sobre todo, por el riesgo de contagio a
los demás países que tendría consecuencias imprevisibles. (...)
En EE.UU. el Estado de California, que pesa el 17 % del PIB
americano, ha estado en situación de quiebra y lo han arreglado en
semanas sin ningún problema parecido al drama griego que se arrastra ya
desde hace mas de 5 años.
¿Y qué diríamos si en España, los problemas fiscales de una Comunidad
como Murcia o La Rioja, pudiese poner en peligro al país entero? La
diferencia es que en ambos casos la unidad monetaria es parte de una
unidad política y existe un sistema fiscal común y un presupuesto
central con la dimensión suficiente para hacer frente a un choque
externo que afecte a una de las partes de la unión.
En las actuales circunstancias, la negociación que va a empezar entre
Grecia, los demás gobiernos europeos y las instituciones comunitarias,
va a ser un test de gran importancia para la zona euro. (...)
A ello puede contribuir la decisión del BCE, horas después de la reunión
de Draghi con el ministro griego de Hacienda, de dejar de aceptar Deuda
griega como garantía para financiar a los bancos griegos. Una decisión
que no está justificada en el momento que se ha tomado y que implica una
presión política que el BCE no hubiera debido ejercer. (...)
Grecia pide un plan de ayuda de “transición”, que dure unos cuatro meses
para poder acordar un nuevo contrato con Europa. Y Tsipras dice no
estar dispuesto a recibir los 3.500 millones que faltan del actual plan,
si ello implica aceptar las nuevas medidas de austeridad que el propio
Samaras rechazo antes de las elecciones.
El acuerdo no se había cerrado,
y hacerlo ahora seria desmentir radicalmente su programa electoral.
Tsipras no lo hará pero tiene que hacer frente a vencimientos de Deuda a
finales de mes y necesita la financiación europea. (...)
Ahora se trata de estudiar otras propuestas, como la de convertirla en
Deuda perpetua con un tipo de interés indexado con el crecimiento del
PIB griego, lo que se ha hecho en otras ocasiones y, a fin de cuentas,
es la propuesta que han hecho los economistas del Instituto de Estudios
Internacionales de Ginebra, que no es precisamente un nido de
extremistas, con su programa PADRE (Politically Aceptable Debt
Reestructuring in Europe).
Lo de “políticamente aceptable” es la madre
del cordero, porque se trata de eso, de hacer políticamente aceptable lo
que es una necesidad económica. Grecia necesita crecer para poder
pagar, en mejores condiciones, su Deuda.
Y no lo hará sin una ayuda
exterior de sus socios en la unión monetaria, como cada vez hay más
economistas que reconocen que, en las condiciones en que esta la
economía griega a la que unas sangrías demasiado fuertes han dejado
exangüe, su Deuda es impagable. Y sobre eso deberían llevar las
negociaciones. (...)" (
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