6.2.17

La extrema izquierda europea ha adoptado también un discurso “antisistema”, contra la Unión Europea pero, al ser minoritaria, sus posiciones terminan favoreciendo a la extrema derecha europea

"(...) Al cierre del 2016 y mientras esperábamos el 2017, el brexit era una realidad y lo más probable es que la Unión Europea seguirá “funcionando” sin el Reino Unido, así como la zona Euro, si en la segunda vuelta de las elecciones francesas previstas para mayo de 2017 no gana la extrema derecha que lidera la populista Marina Le-Pen.

 De esta variable depende en muchos sentidos el futuro de la Unión Europea, que ha tenido como motores principales el eje Berlín-Paris, ahora más averiado que antes con el surgimiento del brexit

Por otra parte, la victoria del republicano, en extremo conservador, Donald Trump en los Estados Unidos, como representativo de una tendencia global de auge de las fuerzas de derecha, nacionalistas y de extrema derecha o neofascistas, constituye un estimulo a sus similares europeas para los comicios electorales de 2017 en diferentes países de la Unión Europea. 

Las posiciones nacionalistas, antiinmigrantes, antiélites y antiglobalización del discurso de Trump tienen eco en Europa e ilustran un auge de las corrientes populistas de derecha en las llamadas democracias occidentales. Y es que a nivel europeo y global hay un despertar, se despiertan las naciones y llega al paroxismo, al chovinismo. 

El hecho de que esto ocurra en los Estados Unidos tiene un alcance simbólico muy fuerte por tratarse de la única superpotencia con un verdadero alcance mediático y cultural en todo el sistema internacional. 

Los líderes de estos movimientos recibieron con júbilo y sensación de victoria propia, a fines del 2016, el triunfo del magnate estadounidense, estimando que es un buen augurio para sus partidos.
En el caso de Francia esta tendencia se incrementa desde las elecciones regionales celebradas en diciembre de 2015. 

Ante el claro desgaste de la derecha sarkozista y de los socialistas galos, se visualiza que la extrema derecha francesa es un actor a tener en cuenta por sus capacidades de proyección a la hora de capitalizar las múltiples crisis que afectan a Francia y a toda Europa. También existen notables diferencias entre las fuerzas de extrema derecha estadounidenses y francesas por razones culturales e históricas que merecerían de un estudio sociológico específico. 

Aunque el llamado voto republicano pueda impedir su victoria en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en mayo de 2017, como ha sucedido en repetidas ocasiones en la historia reciente, ha sido el auge obtenido por el Frente Nacional, conducido por Marine Le Pen, en Francia, el corolario que más impacto tiene para toda la extrema derecha en Europa, siendo también reforzado, como hemos dicho, por la victoria de Donald Trump en los Estados Unidos, lo que demuestra la posibilidad de que estas fuerzas extremas lleguen al poder en distintos países del bloque de países occidentales. 

Por otra parte, en sintonía con los tiempos que corren, la derecha francesa ha endurecido sus posiciones con respecto a la inmigración y en la lucha contra la criminalidad para adoptar un discurso que se acerque más al del Frente Nacional, fortaleciendo así, en la práctica, al partido de los neofascistas galos. 

Sin embargo, existen pequeñas agrupaciones extremistas y neofascistas que no militan en el Frente Nacional y actúan en la sociedad francesa con autonomía y gestionan sus intereses a través de la violencia en las calles y plazas atemorizando a la sociedad y aprovechando las divisiones que debilitan a la izquierda francesa. 

En Reino Unido, muchos de los votantes que apoyaron la salida de la Unión Europea, en 2017, seguirán escuchando los llamados del partido eurófobo UKIP a “recuperar” el control del país. 

En Alemania, el partido populista de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD), que centra su discurso radical en la inmigración, intentará nuevas victorias electorales como logró en 2016 en las regiones alemanas. 

En Austria, Holanda y en los países escandinavos la extrema derecha también está en auge y consideran que la victoria de Trump es histórica para todas las fuerzas en el extremo de la derecha.

El primer ministro húngaro Viktor Orban y el presidente checo Milos Zeman, a menudo criticados por su discurso de derecha populista, también expresaron su apoyo al presidente electo de los Estados Unidos. 

Todos estos partidos de extrema derecha denigran a las “élites” político-financieras y a la globalización, a la que consideran burocracias fraudulentas inventadas por los ricos. 

A pesar de todos esos criterios de las fuerzas populistas y demagogas en el contexto de la crisis sistémica del capitalismo, no debemos olvidar que una vez la extrema derecha llega al poder sirve a los ricos y a los intereses del gran capital transnacional. 

Todos los extremos al aproximarse se tocan, la extrema izquierda europea ha adoptado también un discurso “antisistema” o contra la construcción de la Unión Europea pero, al ser ella minoritaria en términos de intenciones de votos y contar con pobre influencia política sobre la población, sus posiciones terminan favoreciendo a la extrema derecha europea. 

Asociado a lo anterior, se encuentra el auge de la inmigración procedente de África del norte y la subsahariana y del Medio Oriente, que con frecuencia se estigmatiza como «culpable» —especie de «chivo expiatorio»— de una crisis económica que tiene sus causas más profundas en la naturaleza del capitalismo globalizado contemporáneo. 

Esta situación ha llegado a un punto en el que el Consejo de Europa reconoció la existencia de un populismo y un extremismo en ascenso que afecta a casi toda la geografía europea, con su carga de racismo, intolerancia, violencia contra los extranjeros —en particular los gitanos y musulmanes—, el crecimiento de agrupaciones políticas xenófobas, que no aceptan una identidad europea cada vez más multicultural. 

Las tendencias autoritarias – o potencialmente autoritarias – instaladas en los gobiernos comunitarios y la ineficiente gestión por parte de muchos países en la cuestión de los refugiados solo sirvió para promover el antieuropeismo y la “Fortaleza Europa”. 

Las acciones emprendidas por Hungría o Eslovenia que blindaron sus fronteras, al tiempo que algunos estados, como Polonia, endurecieron su postura respecto a los valores “humanistas” que se creyeron arraigados en el continente, constituyendo un serio reto para la Comisión Europea y la cohesión comunitaria en general. 

La resurrección de esas fuerzas populistas y de extrema derecha ha sido el resultado de la crisis económica, de la descomposición y pérdida de los beneficios sociales que, durante décadas, había garantizado el llamado «Estado de bienestar» impulsado por los socialdemócratas, la indiferencia de la clase política hacia los reclamos de los ciudadanos y la ausencia de una estrategia humanista que enfrente el empuje de la inmigración en el contexto de la crisis económica sistémica del capitalismo globalizado. (...)

El conjunto de los factores enumerados advierten que una construcción europea irreversible constituye una percepción falsa, pues la historia ha demostrado que cualquier proceso social puede ser revertido, y debe reconocerse que los partidos políticos no han sabido ofrecer respuestas creíbles a las problemáticas mencionadas, ni a los temores de los ciudadanos por la pérdida de riqueza material y, como consecuencia, de las libertades individuales relacionadas con el consumo y el nivel de vida, la igualdad de género, laicidad o, al menos, preeminencia del Estado sobre la religión, entre otros temas no menos importantes. 

En este panorama, es la socialdemocracia la que más ha perdido en la batalla electoral, al practicar una política casi idéntica a la de sus rivales de derecha o conservadores, los que, a su vez, se han aproximado al populismo y a la demagogia política típica del discurso y la práctica de las fuerzas de extrema derecha o neofascistas. 

Todas estas son condiciones peligrosas y desafiantes para el futuro de la construcción europea, ya que tales fuerzas buscan ascender al poder en cada país y a nivel de las instituciones europeas, con su rechazo al proceso de integración y a la moneda única (euro). 

Existen justificados temores sobre las posibilidades de que las posiciones xenófobas y ultranacionalistas continúen propagándose. (...)

El auge nacionalista y de la extrema derecha será en el 2017, en el contexto electoral de Holanda, Francia y Alemania, un verdadero desafío para la Unión Europea y a las instituciones internacionales en general. El populismo es una señal de alerta para que los políticos europeos presten más atención a las demandas de una parte de la población desconcertada y pesimista acerca de su futuro. ¿No será demasiado tarde? 

Lo cierto es que, desde el 2008, la reticencia a hacer frente a asuntos difíciles, la incapacidad para aceptar los costes del ajuste necesario y la falta de liderazgo ha resultado en un estancamiento. No es probable que esto vaya a cambiar en el 2017.(...)"                                 (Leyde E. Rodríguez Hernández , Rebelión, 01/02/17)