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20.5.26

Thomas Piketty: En la época dorada del conflicto electoral entre la izquierda y la derecha, aproximadamente entre 1910 y 1990, el enfrentamiento político enfrentaba a las clases favorecidas en su conjunto con las clases populares... Este sistema clasista se desmorona entre los periodos 1980-1990 y 2010-2020. En todas las democracias occidentales se observa que los ingresos y el nivel de estudios comienzan a tener efectos divergentes sobre el voto... la explicación principal radica en las decisiones políticas de los partidos socialdemócratas y afines, que han ido abandonando progresivamente toda ambición redistributiva, empujando así a una parte cada vez mayor de los votantes más desfavorecidos (especialmente entre las personas con menor nivel educativo de las pequeñas ciudades) hacia los nacionalistas y la abstención. Para salir de la crisis actual y del enfrentamiento ficticio entre élites, la izquierda debe retomar la ambición igualitaria del pasado y aglutinar a las clases populares de todos los territorios, asumiendo al mismo tiempo que las élites se unen en su contra. Es la única forma de recuperar la posibilidad de alternancias verdaderas y hacer frente a la desintegración democrática

 "En las sociedades trifuncionales tradicionales, el ímpetu de los guerreros se ve atenuado por los sabios consejos de los brahmanes. Se supone que esta alianza entre las dos clases dirigentes, los guerreros y los intelectuales, aporta equilibrio a la fuerza y garantiza un desarrollo armonioso de la sociedad, bajo la dirección de sus élites naturales, que pueden así encauzar eficazmente a la clase trabajadora, dotándola a la vez de orden y sentido, y repartiéndose prestigio y ventajas.

Guerreros, sacerdotes, trabajadores: el antropólogo George Dumézil creyó detectar ahí el punto común decisivo de las civilizaciones indoeuropeas. En realidad, esta estructura es mucho más general y, sobre todo, se asemeja cada vez más a un discurso normativo que a una realidad inmutable. Suele ser formulada por los sacerdotes, ya sean brahmanes hindúes en el Manusmriti (redactado hacia el siglo II a. C.) o obispos cristianos en la Europa del año mil. Su objetivo principal es disciplinar a los guerreros e imponerles un mínimo de respeto por el vasto saber y la cultura escrita de los intelectuales, lo que, evidentemente, no resulta nada evidente en la realidad histórica, donde nuevas clases guerreras toman el poder y se derrocan unas a otras constantemente. Pero a veces también es retomado por los guerreros, que ven en él una herramienta útil para ayudarles a mantener el orden y obtener el consentimiento de los dominados.

 Hoy en día, la historia parece repetir esa mala partitura de la rivalidad entre élites. Por un lado, una derecha mercantilista, belicista, nacionalista y a la que le gusta presentarse como antiintelectual, encarnada en Estados Unidos por Trump y los republicanos. Por otro, una izquierda brahmánica, titulada, liberal e internacionalista, encarnada al otro lado del Atlántico por los demócratas.

Al igual que en la era trifuncional, esta oposición entre la derecha mercantilista y la izquierda brahmánica es en gran parte ficticia. Permite a las élites nacionalistas y liberales repartirse el poder y afianzar su dominio sobre las clases trabajadoras, al tiempo que impide cualquier alternancia popular verdadera.

Digan lo que digan unos y otros, los trumpistas también se apoyan en cientos de expertos y académicos, reunidos en poderosos think tanks como la Heritage Foundation. El programa hipercapitalista que defienden —defensa visceral de las jerarquías sociales, glorificación de la concentración extrema del poder y la fortuna y de la fiscalidad favorable a los ricos que la sustenta— no difiere mucho del de los economistas liberales. En la época dorada del orden «liberal», cuando Bush invadió Irak, la brutalidad militar no tenía nada que envidiar a la actual. 

 Más allá de los enfrentamientos retóricos, siempre existirá una diversidad de aspiraciones, estilos e identidades dentro de las élites, al igual que ocurría con los conservadores y los liberales bajo las monarquías censitarias. Pero lo cierto es que a estas múltiples élites les conviene exagerar esas diferencias para alternarse en el poder, aunque sus opciones fundamentales apenas difieran.

¿Cómo hemos llegado a esta situación y cómo salir de ella? El mundo no siempre ha estado gobernado por las élites. A raíz de las revoluciones sociales del siglo XIX y del triunfo del sufragio universal en el siglo XX, las clases populares y sus organizaciones sindicales y políticas lograron imponer una profunda transformación social, a veces accediendo directamente al poder (socialdemócratas suecos de 1932 a 1976, los laboristas británicos en 1945, los socialistas y comunistas franceses en 1936 y 1945, los demócratas rooseveltianos en 1932), y, de manera más general, invirtiendo las relaciones de fuerza entre el trabajo y el capital. 

 En la época dorada del conflicto electoral entre la izquierda y la derecha, aproximadamente entre 1910 y 1990, el enfrentamiento político enfrentaba a las clases favorecidas en su conjunto con las clases populares. En todos los países y en todas las elecciones, las primeras votaban mucho más a los partidos de derecha que la media, independientemente del criterio que se tomara (patrimonio, ingresos, titulación), y lo contrario ocurría con las segundas. Las élites están políticamente unificadas, al igual que las clases desfavorecidas, y las clases populares rurales votan casi tan mayoritariamente a la izquierda como las urbanas. Esta dialéctica motriz permite situar la reducción de las desigualdades sociales en el centro del conflicto político.

 Este sistema clasista se desmorona entre los periodos 1980-1990 y 2010-2020. En todas las democracias occidentales se observa que los ingresos y el nivel de estudios comienzan a tener efectos divergentes sobre el voto. Para un mismo nivel de estudios, unos ingresos más elevados siguen conduciendo a un mayor voto a la derecha. Pero, para un mismo nivel de ingresos, un título académico más alto conduce ahora a un voto más a la izquierda. Esto puede explicarse por varios factores estructurales, empezando por la creciente complejidad de la estructura social (con la democratización de la educación, un mismo nivel de titulación da ahora acceso a ingresos muy diferentes, por razones tanto elegidas como impuestas) y el espectacular aumento de la brecha territorial (las ciudades pequeñas tienen menos acceso que las grandes aglomeraciones a las universidades y los hospitales y están más expuestas a la competencia internacional). 

 Pero la explicación principal radica en las decisiones políticas de los partidos socialdemócratas y afines, que han ido abandonando progresivamente toda ambición redistributiva, empujando así a una parte cada vez mayor de los votantes más desfavorecidos (especialmente entre las personas con menor nivel educativo de las pequeñas ciudades) hacia los nacionalistas y la abstención. Para salir de la crisis actual y del enfrentamiento ficticio entre élites, la izquierda debe retomar la ambición igualitaria del pasado y aglutinar a las clases populares de todos los territorios, asumiendo al mismo tiempo que las élites se unen en su contra. Es la única forma de recuperar la posibilidad de alternancias verdaderas y hacer frente a la desintegración democrática."

(Thomas Piketty, blog, 19/05/26, traducción DEEPL, enlaces en el original)

10.9.25

Los actuales dirigentes de las democracias occidentales, en general, suelen ser impopulares. El descontento con el gobernante también alimenta la abstención, los partidos nuevos, el voto nulo o a actores extrasistémicos... la gobernabilidad se vuelve mucho más complicada. Francia es el último ejemplo... el retrato de la política occidental señala que algo profundo está cambiando, y en todas partes... la aparición constante de líderes nuevos con un punto de insurgencia, cuando no antiestablishment, es producto de las dinámicas occidentales. El votante está buscando caminos de salida a situaciones que entiende muy negativas y busca fórmulas diferentes... La incapacidad de las opciones políticas para generar confianza entre las poblaciones provoca que el voto se reparta en tres direcciones: la de sectores politizados, cada vez más reducidos en número, y cada vez más enfrentados; una masa de la población que no cree en la política, que vota a la opción que percibe como el mal menor y que se alejará de los nuevos gobernantes rápido; y la de la abstención... Argentina y Francia son interesantes porque muestran los espacios por los que la política se rompe. En Francia, los sectores populares, en especial los de fuera de las grandes ciudades, eligen a la derecha lepenista. Ocurre igual con clases medias bajas. En las elecciones de Ciudad de Buenos Aires, celebradas en mayo de este año, las clases populares que habían apostado por Milei en las presidenciales se alejaron rápidamente de él. En Provincia de Buenos Aires, los peronistas vivieron su mayor avance entre las clases medias bajas, que notaron mucho los ajustes. Son los sectores que más sufren con la presión económica los más dados a buscar nuevas opciones, a izquierda o derecha... Los demócratas estadounidenses comenzaron a perder las elecciones al no reconocer la brecha abierta entre la macro y la micro. A Milei le ocurrió igual, porque insistía en que las cosas se estaban arreglando por arriba, pero en el medio y por abajo se percibe de una manera muy distinta. En Francia, que saben lo que supone un presupuesto restrictivo al tiempo que se aumenta el gasto en defensa, ambos lados del espectro político hacen muy complicada la gobernabilidad. Este es un elemento esencial que también causará problemas a Trump (Esteban Hernández)

 "Los actuales dirigentes de las democracias occidentales, en general, suelen ser impopulares. Gobernar suele desgastar, pero en los últimos años bastante más, al parecer. Una diferencia respecto de tiempos no tan lejanos es que la caída en el aprecio popular de un presidente no alimenta de modo directo a los líderes opositores. Lo que antes se parecía bastante a un juego de suma cero, ahora recorre caminos más tortuosos. El descontento con el gobernante también alimenta la abstención, los partidos nuevos, el voto nulo o a actores extrasistémicos. No solo los opositores sacan partido. La fragmentación se multiplica, la gobernabilidad se vuelve mucho más complicada. Francia es el último ejemplo.

Las dificultades para generar estabilidad política dependen de varios factores, y el sistema electoral es muy relevante para ese objetivo. Allí donde se fomenta que los partidos pequeños tengan representación parlamentaria, la fragmentación es mayor, lo que conduce a complicados acuerdos poselectorales. España es un ejemplo evidente. Pero un sistema que favorece que “el ganador se lo lleve todo” tampoco es garantía. En el Reino Unido, los últimos años han consistido en el ascenso abrumador de los tories y su declive, el auge de Starmer y su pérdida de popularidad casi inmediata, con Farage asomando por el horizonte. Tampoco en los países donde los acuerdos entre partidos parecen sólidos, como Alemania, la inestabilidad desaparece; Scholz tuvo que sobreponerse a muchos obstáculos creados por sus socios, y a Merz le está creciendo AfD; veremos cómo reaccionan sus aliados. En definitiva, el retrato de la política occidental señala que algo profundo está cambiando, y en todas partes.

El plan B

El caso argentino, por más que pueda parecer ajeno a la política europea, muestra algunas de las constantes electorales de los últimos tiempos. Los resultados de los comicios del pasado domingo en Provincia de Buenos Aires, territorio en el que reside casi el 40% de la población del país, ofrecen algunas enseñanzas.

Han sido elecciones con nombres propios: el del ganador, Axel Kicillof, y el del perdedor, Javier Milei. Partían de momentos muy diferentes. Kicillof se había rebelado contra su partido cuando decidió separar las elecciones de Provincia de Buenos Aires del resto de legislativas, que tendrán lugar el 26 de octubre. Ni Cristina ni Máximo Kichner eran partidarios de ese movimiento y presionaron para que no se produjera. Kicillof ganó el pulso. Le salió bien, si no muy bien.

Kicillof se ha convertido en el candidato peronista. Si su partido prefiere a otro, tendrá que derribarle del pedestal

El gobernador de la provincia de Buenos Aires pertenecía a la segunda fila del peronismo, y era considerado por los suyos como demasiado controvertido para optar a una candidatura presidencial. Kicillof había advertido al establishment de su partido de que no podían ser como las viejas bandas de rock, que repiten los mismos éxitos una y otra vez. Algunas estrellas de rock siguen llenando estadios, pero de esa clase quedan muy pocas; la gran mayoría de las bandas actúan en pequeñas salas porque el público que quiere escuchar las viejas canciones es cada vez más reducido. CFK creyó que el peronismo continuaría llenando estadios solo con adaptar un poco el sonido de las canciones a los tiempos, y su partido apostó por Sergio Massa como candidato, un perfil moderado. Kicillof aseguró que era la hora de grabar nuevas canciones. Le ignoraron, y ahora suenan mucho más los nuevos temas que los viejos éxitos.

Milei fue capaz de llevar una música completamente distinta a las derechas. El PRO, los macristas, aceptaron su subordinación al líder y optaron por concurrir a las elecciones bajo el paraguas de La Libertad Avanza. Habían sido convencidos de que LLA era la marca que producía éxitos, que el respaldo de Milei era su mejor baza y que los candidatos concretos importaban mucho menos. El presidente optó por encarar las elecciones como una confrontación personal y aseguró iba a poner el último clavo en el ataúd del peronismo. Los 13 puntos de ventaja que obtuvo Fuerza Patria han resonado con fuerza en la Casa Rosada.

El entorno de Provincias Unidas es la vía de salida para las fuerzas de la derecha en el caso de que Milei pierda tirón

El 26 de octubre se celebrarán las elecciones legislativas, en las que se elegirán 24 senadores y 127 de los 257 diputados. Serán interesantes por muchos motivos. Queda por constatar la capacidad de resistencia de La Libertad Avanza, cómo funciona el peronismo fuera de Buenos Aires y, muy especialmente, el papel que jugará el entorno de Provincias Unidas, la vía de salida para las fuerzas de la derecha en el caso de que Milei pierda tirón. El establishment argentino, lo que han denominado ‘el círculo rojo’, observa con atención. Nunca ha confiado en el presidente, y necesita un plan B. Kicillof observará muy atentamente, porque se ha convertido en el candidato peronista. Si para las presidenciales su partido quiere presentar a otro, tendrá que derribarle del pedestal, porque ya se ha subido a él.

Enfrentarse a los suyos

La llegada al poder de Milei y el auge actual de Kicillof reflejan una constante en la política occidental: los outsiders, los que vienen de fuera, o los que combaten a su partido, son quienes más posibilidad de éxito electoral poseen. Ha ocurrido más en la derecha que en la izquierda, pero esa es la tendencia. Boris Johnson resultaba un personaje risible y despreciado por los suyo cuando era alcalde de Londres, pero llegó al 10 de Downing Street; qué decir de Trump. Meloni venía de fuera del sistema y ahora es la presidenta. En Francia, Macron creó un nuevo partido y llegó al poder para evitar que lo tomase Marine Le Pen, otra figura que impuso nueva música al viejo grupo que lideraba su padre. Sánchez tuvo que enfrentarse a todos, empezando por su partido, y eso fue lo que llevó a la presidencia.

Esta aparición constante de líderes nuevos con un punto de insurgencia, cuando no antiestablishment, es producto de las dinámicas occidentales. El votante está buscando caminos de salida a situaciones que entiende muy negativas y busca fórmulas diferentes. Desde la crisis de 2008, las democracias occidentales están cada vez más fragmentadas y generan menos confianza. Valga el ejemplo que describe, respecto de Francia, Jérôme Fourquet: en junio de 2012, al inicio del mandato de Hollande, 21 de las 50 personalidades analizadas en aquel momento eran valoradas positivamente por un 50% de la opinión pública. En junio de 2017, con Macron recién llegado al gobierno, solo quedaban 8. Hoy, ninguna de las figuras políticas francesas llega a ese 50%.

Cuando crecen tanto el malestar con la política como el alejamiento de la misma, es lógico que los votantes busquen una promesa distinta

En un contexto en el que aumenta la insatisfacción con las instituciones, en el que crecen tanto el malestar con la política como el alejamiento de la misma, y en el que existe inseguridad respecto del futuro, es lógico que los votantes busquen una promesa distinta. La política antiestablishment crece en eficacia electoral.

Sin embargo, es difícil estar a la altura de lo prometido cuando se llega al poder. Muchas de las esperanzas activadas se esfuman. El primero en pagar ese precio fue Tsipras, y desde entonces, los vaivenes en los gobiernos han sido constantes. Gobernar suele ser sinónimo de perder.

El lugar por el que todo se rompe

El gobierno de Milei es otro ejemplo de poblaciones defraudadas. El líder de LLA llegó al poder prometiendo tiempos duros, lágrimas y sacrificio antes de la curación. Era previsible que, si transcurrían los meses y la situación no cambiaba favorablemente, la paciencia de quienes sufren los ajustes se agotara. Con un programa tan duro como el implantado, era inevitable que ese malestar apareciese en algún momento. Ha ocurrido antes de lo esperado, lo que debería ser una señal que el gobierno argentino tomase muy en cuenta. Sus declaraciones indican todo lo contrario: en la medida en que se responsabiliza de la derrota a una mala campaña, a problemas internos, al escándalo de corrupción de Karina Milei o a la negativa del pueblo argentino a premiar la buena marcha macro del país, es todavía más difícil que tome nota de la situación de fondo.

En las elecciones del domingo, los peronistas vivieron su mayor avance entre las clases medias bajas, que notaron mucho los ajustes

No es un problema del gobierno argentino. En Europa es inusual que un gobierno genere estabilidad. La incapacidad de las opciones políticas para generar confianza entre las poblaciones provoca que el voto se reparta en tres direcciones: la de sectores politizados, cada vez más reducidos en número, y cada vez más enfrentados; una masa de la población que no cree en la política, que vota a la opción que percibe como el mal menor y que se alejará de los nuevos gobernantes rápido; y la de la abstención.

Y todo esto ocurre cuando no hay centro al que regresar: no hay un espacio en el que se puedan crear consensos, como ocurría en décadas pasadas. Argentina y Francia son interesantes porque muestran los espacios por los que la política se rompe. En Francia, los sectores populares, en especial los de fuera de las grandes ciudades, eligen a la derecha lepenista. Ocurre igual con clases medias bajas. En las elecciones de Ciudad de Buenos Aires, celebradas en mayo de este año, las clases populares que habían apostado por Milei en las presidenciales se alejaron rápidamente de él. En Provincia de Buenos Aires, los peronistas vivieron su mayor avance entre las clases medias bajas, que notaron mucho los ajustes. Son los sectores que más sufren con la presión económica los más dados a buscar nuevas opciones, a izquierda o derecha.

Es natural. Por más que se insista en los números macroeconómicos, la economía cotidiana continúa siendo la dominante. Los demócratas estadounidenses comenzaron a perder las elecciones al no reconocer la brecha abierta entre la macro y la micro. A Milei le ocurrió igual, porque insistía en que las cosas se estaban arreglando por arriba, pero en el medio y por abajo se percibe de una manera muy distinta. En Francia, que saben lo que supone un presupuesto restrictivo al tiempo que se aumenta el gasto en defensa, ambos lados del espectro político hacen muy complicada la gobernabilidad. Este es un elemento esencial que también causará problemas a Trump, aunque EEUU, dado que es el país dominante, cuenta con posibilidades de las que los demás carecen.

Milei diseñó un programa idóneo para los acreedores, pero que causa mucho daño en los deudores. El retroceso político de los mileístas era cuestión de tiempo. Es también una señal para los tiempos europeos que vienen. Starmer ha llegado al gobierno con un tipo de gestión económica alineada con los mercados, pero eso no le libra de los riesgos. Francia afrontará complicaciones similares, así como España e Italia, porque la deuda volverá a ser un problema. La falta de equilibrio entre las necesidades de la población y las necesidades (ahora también geopolíticas) de los mercados son la causa primera de la inestabilidad. Sin solucionar ese desencaje, pocas cosas en la política actual tienen solución."

(Esteban Hernández, El Confidencial, 10/09/25)

9.1.25

Branko Milanovic: Cómo la corriente dominante abandonó los principios económicos universales (pero olvidó mencionarlo)... las semillas del ascenso de Trump fueron en realidad sembradas por las políticas neoliberales que han ido perdiendo apoyo popular... Los objetivos ya no son la libre circulación de mercancías porque los aranceles la impiden; la circulación de tecnología está limitada por las llamadas preocupaciones de seguridad; la circulación de capital está reducida porque a los chinos (y más recientemente a los japoneses, como en el caso del acero estadounidense) a menudo no se les permite comprar empresas estadounidenses; la circulación de mano de obra ha sido severamente restringida. Entonces, esto Implica la vuelta a políticas mercantilistas en las que priman los intereses de cada país. También significa el abandono de cualquier perspectiva cosmopolita e internacionalista en la que las normas sean, al menos en principio, universales... Este no es un mundo de globalización, sino de regionalismos parcelados e incluso nacionalismos

 "Mi reciente Substack sobre la elección de Donald Trump y su asunción de poderes presidenciales ha atraído bastante atención, así como críticas entre personas que malinterpretaron el artículo como una alabanza a favor de Donald Trump. Estoy muy satisfecho de que el artículo atrajera la atención de Martin Wolf, del Financial Times, que es uno de los analistas más respetados de las políticas económicas nacionales e internacionales. Puede encontrar su crítica y mi breve respuesta en la parte inferior (en la sección de comentarios) del artículo original aquí. En mi respuesta quería argumentar que los economistas de la corriente dominante habían abandonado los principios fundamentales de la globalización neoliberal mucho antes del 20 de enero. Este último es sólo un acontecimiento simbólico: ese día terminará efectivamente la era de la globalización neoliberal que ha comenzado (en este episodio de la globalización) con la caída del Muro de Berlín. Sin embargo, la mayoría de sus elementos han sido desmantelados mucho antes y por personas que nunca reconocieron abiertamente haberlo hecho.

 Sé que a muchos economistas neoliberales de la corriente dominante les gusta tratar la aparición de Donald Trump como un acto de Dios. Lo tratan como un terremoto o una tormenta repentina cuyo origen nadie puede desentrañar. Sin embargo, se ha argumentado (y creo que es obvio) que las semillas de su ascenso fueron en realidad sembradas por las políticas neoliberales que han ido perdiendo apoyo popular. No es casualidad que 77 millones de personas hayan votado a Trump ni que en la actualidad se estén produciendo movimientos similares que desestabilizan políticamente a grandes países occidentales como Alemania y Francia. Este aspecto interno y el papel del neoliberalismo en el aumento de la desigualdad, la reducción de la movilidad social, el aumento de la morbilidad y la mortalidad entre las clases medias en EEUU, la disociación de los intereses de los ricos del resto de la sociedad, han sido ampliamente documentados tanto en la literatura económica como en la politológica. No quiero extenderme sobre ello.

 Me gustaría, por el contrario, centrarme en el abandono de los principios neoliberales en el ámbito internacional. Esto es especialmente relevante para el Financial Times, considerado por la llamada comunidad internacional del desarrollo como el periódico de referencia. El Financial Times tiene una perspectiva internacional de la que carece, por ejemplo, el Wall Street Journal. Pero el Financial Times ha estado engañando a sus lectores haciéndoles creer, o sin darse cuenta, que la mayor parte del establishment neoliberal ha abandonado en realidad los principios de la globalización que esa misma gente ha estado defendiendo antes, durante unos 20 años o más. En mi opinión, el Financial Times no lo ha hecho debido a su estridente política antichina y a su obsesión por el éxito de China. Ahora bien, esa obsesión por el éxito de China o más bien aversión por su éxito (o deseo de su fracaso) sólo tiene sentido si se mira a China desde un ángulo estrictamente político o estratégico. Allí China puede ser un gran competidor, rival o incluso enemigo de Occidente. Pero no tiene ningún sentido si se observa el éxito de China desde un punto de vista internacionalista o cosmopolita, que es, en principio, lo que se supone que hacen los economistas del desarrollo. Desde ese punto de vista, el éxito de cualquier país en desarrollo, ya sea China, Nigeria, Indonesia, Chad, Paraguay o Malí, debe ser aplaudido. Esta es la primera incoherencia.

 También está la incoherencia por la que se interpreta que el éxito chino se debe en parte al robo de tecnología a Occidente. Ahí puedo dar fe, después de haber trabajado durante más de 20 años en el Banco Mundial, de que la queja permanente que he oído ha sido que los países pobres son «desgraciadamente» incapaces de utilizar con éxito la tecnología de las naciones más desarrolladas debido a su corrupción o a su falta de educación. No es que Occidente no estuviera dispuesto a compartirla con ellos. Por eso, cuando un país como China demostró por fin que sí podía copiar la tecnología occidental, utilizar su tamaño como moneda de cambio y mejorar la tecnología extranjera, desde una perspectiva cosmopolita a la que presumiblemente se dedica el Financial Times, ese éxito debería haber sido saludado y acogido con satisfacción. Por el contrario, fue ridiculizado y presentado como un robo. Las organizaciones internacionales deberían, de hecho, aconsejar a Etiopía y Tanzania cómo replicar la copia china de tecnologías occidentales en lugar de tratarlo como un acto de ilegalidad. Esta es la segunda incoherencia.

La tercera, en cierto modo una incoherencia múltiple, es que los aspectos internacionales de la globalización neoliberal han sido abandonados por las personas que solían defenderla. Los trataré uno por uno.

 Los aranceles. Desde el mismo establecimiento del sistema de Bretton Woods y desde los principios básicos de la globalización, los aranceles se consideran a veces un mal necesario, pero en principio el instrumento que debe desalentarse y utilizarse lo menos posible. Esta ha sido la política seguida sistemáticamente tanto por los países desarrollados como por los países en desarrollo desde principios de los años ochenta. Así pues, los recientes aumentos de los tipos arancelarios en Estados Unidos y Europa suponen una desviación de uno de los principios fundamentales de la globalización. El aumento de los aranceles contra las importaciones chinas comenzó bajo la primera administración de Donald Trump, pero muy rápidamente fue asumido por Joe Biden y por su administración. Además, amplió la política de protección arancelaria contra los productos chinos e incluso en algunos casos amenazó con prohibir totalmente las importaciones de algunos productos como los vehículos eléctricos.

 Bloques comerciales. También ha sido un planteamiento constante de los globalizadores argumentar en contra de los bloques comerciales. No hace falta remontarse al Camino de servidumbre de Hayek para descubrir que los bloques comerciales se asocian generalmente con regímenes militaristas o autárquicos que intentan crear zonas de influencia económica. Pero más recientemente esa política en particular ha encontrado el favor de la clase dirigente neoliberal, incluida la propia editora asociada y columnista del Financial Times, Rana Faroohar, que publicó un influyente libro, ampliamente criticado, basado en varios de sus escritos y discursos anteriores. En él argumenta a favor de devolver a Estados Unidos los puestos de trabajo que aparentemente se perdieron en China y a favor del llamado friend-shoring (ver mi opinión aquí). Friend-shoring es simplemente una palabra diferente para la creación de bloques comerciales políticamente motivados. Es una política que en realidad no se atreve a decir su verdadero nombre porque es la misma política que siguieron en los años treinta el Reino Unido con las Preferencias de la Commonwealth, la Alemania nazi con la zona centroeuropea de Grosse Deutschland o Japón con la zona de Coprosperidad. Son antitéticas a cualquier idea normal de lo que debe significar la globalización.

Las políticas industriales, como los aranceles, sólo se consideran aceptables en circunstancias extremas. Nunca han sido aplaudidas por los defensores de la globalización porque conducen a una subvención injusta de la producción nacional y desvían los incentivos de lo que habrían sido en un mundo competitivo. Pero esa política también ha encontrado recientemente el favor de los principales economistas neoliberales e incluso del Financial Times. El debate se centra ahora en cómo debe aplicarse esa política y parece que hay un reconocimiento general de que Biden ha dado un gran paso adelante al institucionalizarla mediante la Ley Antiinflacionista. El problema de nuevo con esta política es que es incompatible con la idea de globalización y despolitización de la toma de decisiones económicas. Como mencionaré en la parte final, deja a la comunidad del desarrollo en la confusión, porque si la política industrial es buena para Estados Unidos o para Europa, la pregunta es ¿por qué habría de desaconsejarse en Egipto o en Nigeria?

La coerción económica tampoco es aceptada por los economistas liberales. Sin embargo, Estados Unidos y Europa la utilizan cada vez más. Trump la empleó bastante y aumentó el número de sanciones a regímenes políticos que no le gustaban, como Cuba y Venezuela. Estos regímenes de sanciones continuaron bajo Biden: EEUU tiene actualmente 38 regímenes de sanciones diferentes que de una u otra forma afectan a más de cincuenta países. Se ampliaron mucho con las guerras de Ucrania y Palestina, y la incautación de activos rusos, y de forma bastante incomprensible, con el castigo impuesto a los oligarcas rusos por no tener suficiente poder político para detener la guerra de Putin. En cualquier caso, el uso de la coerción económica también es antitético a la idea de la globalización neoliberal.

La libre circulación de trabajadores es, en principio, un objetivo de la globalización. Nunca se ha logrado por razones políticas, pero al menos ha permanecido en la agenda y ha sido un objetivo al que se aspiraba. Desde un punto de vista puramente global, no hay ninguna razón para que el mercado de trabajo no se internacionalice y no abarque todo el planeta del mismo modo que lo hace el mercado de capitales. Pero soy consciente de que las razones políticas dictan que las cosas sean de otro modo. Sin embargo, recientemente se ha desechado incluso el objetivo aspiracional de la libre circulación de trabajadores. No sólo Trump ha construido el muro contra México. El muro se siguió construyendo bajo Biden. Del mismo modo, las deportaciones de extranjeros indocumentados continuaron bajo Biden como de hecho han estado presentes bajo Obama. Esto no es algo que Trump haya inventado por su cuenta: la política anti-inmigración en los EE.UU. se ha agudizado gradualmente en los últimos 10 a 15 años. Lo mismo ocurre, e incluso de forma más dramática, en la Unión Europea. Teóricamente se enorgullece del multiculturalismo y la multietnicidad, mientras que al mismo tiempo está erigiendo fronteras físicas en las regiones limítrofes y ha aumentado las patrullas antimigrantes en el Mediterráneo. Es en su propio interés que el número de muertes debido a tales cercas y patrullas nunca se revela y sólo se puede adivinar. Pero asciende a varios miles al año.

Entonces, ¿qué podemos pensar cuando intentamos observar el panorama general? Llegamos a la conclusión de que todos los ingredientes esenciales de la globalización neoliberal han sido abandonados por los economistas de la corriente dominante y por la administración demócrata en EE.UU., como lo serán aún más por Trump. Es en ese sentido que la asunción del poder de Trump el 20 de enero representa una fecha simbólica para el rechazo final de estos principios. Los objetivos ya no son la libre circulación de mercancías porque los aranceles la impiden; la circulación de tecnología está limitada por las llamadas preocupaciones de seguridad; la circulación de capital está reducida porque a los chinos (y más recientemente a los japoneses, como en el caso del acero estadounidense) a menudo no se les permite comprar empresas estadounidenses; la circulación de mano de obra ha sido severamente restringida. Entonces, ¿qué ingredientes esenciales de la globalización neoliberal se han dejado intactos?

No se trata aquí de discutir si el abandono de estos principios es bueno o no para Estados Unidos, Europa, China o el mundo. Se trata simplemente de demostrar que no ha sido Trump el único agente del cambio, sino que estos principios han estado en suspenso durante al menos una década o quizá década y media. El Financial Times ha engañado a sus lectores al no decir claramente que su promoción de los bloques comerciales y la revisión de otros principios clave significa en realidad el abandono de la globalización neoliberal como proyecto. Esto sucede por (1) la competencia geoestratégica con China y porque (2) tales políticas neoliberales han sido perjudiciales a nivel interno para las clases medias occidentales.

Un problema importante en el que rara vez se repara (y el Financial Times debería haberlo hecho) es que renunciar a estos principios deja al sistema de Bretton Woods en la ruina. Como mencioné en uno de mis artículos anteriores, hubo dos marcos esenciales del sistema internacional: en 1944 y después, aunque no tan formalmente como en 1944, a principios de los años ochenta con la introducción del Consenso de Washington a escala mundial en los países formalmente comunistas, así como en India, África y América Latina. Pero aunque el Consenso de Washington fue, y puede ser legítimamente, criticado tenía al menos cierta coherencia. El actual abandono de los principios de la globalización neoliberal deja todo el campo del desarrollo internacional sumido en el caos porque no está nada claro qué tipo de políticas deben sugerirse o imponerse al resto del mundo. No se puede imaginar cómo una misión del Banco Mundial en Egipto podría defender la reducción de los aranceles o de las subvenciones mientras que, al mismo tiempo, el país más importante, no sólo económicamente sino en términos de ideología económica sugerida o impuesta, Estados Unidos, está aumentando sus aranceles y subvenciones."

( Branko Milanovic , blog, 08/01/25, traducción DEEPL, enlaces en el original)

4.11.24

Esteban Hernández: Lo que viene a partir de ahora: los efectos políticos de una semana devastadora... El grado de castigo político que los ciudadanos exigirán está por verse, pero es evidente que la derecha pagará un precio. No solo por los fallos en la gestión, también por la negación de la responsabilidad. Las desafortunadas declaraciones de Feijóo el día posterior a la catástrofe, así como algunas declaraciones desde la Generalitat señalando a la AEMET, trajeron de vuelta al PP del Prestige, del Yak-42, del 11M y demás, el que trató de cargar con la culpa a los demás. La sensación de que se pudo haber hecho mucho más a la hora de prevenir a la población está muy instalada ya, pero también la de que la gestión de la ayuda tras la catástrofe está siendo muy deficiente... y ha vuelto a aparecer la hipocresía. Es un gran lastre que los populares han arrastrado desde el Gobierno de Aznar, y evocar de nuevo todos aquellos acontecimientos, las mentiras y el cinismo, supone un deterioro para el PP, no solo para Mazón. La hipocresía regresa al primer plano político... Este es también el momento del fango político, centrado en la respuesta a las enormes necesidades de la población afectada. La ayuda insuficiente tratará de cargarse en las espaldas del Gobierno o en las de la Comunidad, dependiendo de los intereses, y cada parte volverá al juego permanente de señalar al rival... Cuando las poblaciones pasan de la etapa de la desafección a la de indignación, el campo de juego se transforma sustancialmente. Son demasiadas crisis seguidas ya, y el emponzoñamiento de las instituciones es muy elevado. Sin embargo, este es un momento de shock, por lo que los verdaderos efectos se percibirán dentro de un tiempo. Lo previsible es que se eleve todavía más el tono del enfrentamiento entre bloques ideológicos y que la tensión existente, que es mucha, se haga más insoportable. Habrá más alejamiento de la política institucional, pero también es previsible que estas consecuencias operen de manera distinta según los estratos sociales... La hipocresía afianza la idea: los políticos solo se preocupan por lo suyo y se olvidan de nosotros. Si hubiera en España un partido populista, tendría mucho éxito... la catástrofe en Valencia lo subraya, la capacidad de gestión de las instituciones es cada vez más deficiente. Buena parte de los problemas provienen de la falta de visión y conocimiento de quienes toman las decisiones... La semana ha sido políticamente devastadora, por lo que implica de errores, de hipocresías, de retrato de lo peor del mundo político, y también por lo que subraya acerca de equivocaciones que no serán corregidas... el clima social ya está asentado... el 61% de los españoles pensaba hace dos años que "a los partidos tradicionales y a los políticos no les importa la gente como yo"

 "(...) Acto 4. Los problemas de la derecha

La semana no solo ha traído un maremoto en la izquierda, sino una dolorosa catástrofe cuyas consecuencias en vidas humanas aún tienen que conocerse del todo. Los efectos políticos de la tragedia serán notables, sobre todo porque ahondan en esa visión que buena parte de la sociedad tiene de las instituciones: cuando son necesarias, estamos solos. Esta sensación es devastadora en la medida en que recae en un terreno ya abonado.

Ha aparecido la hipocresía también en el otro lado político. Es un gran lastre que los populares han arrastrado desde el Gobierno de Aznar

El grado de castigo político que los ciudadanos exigirán está por verse, pero es evidente que la derecha pagará un precio. No solo por los fallos en la gestión, también por la negación de la responsabilidad. Las desafortunadas declaraciones de Feijóo el día posterior a la catástrofe, así como algunas declaraciones desde la Generalitat señalando a la AEMET, trajeron de vuelta al PP del Prestige, del Yak-42, del 11M y demás, ese que no supo afrontar los hechos y trató de cargar con la culpa a los demás.

La sensación de que se pudo haber hecho mucho más a la hora de prevenir a la población está muy instalada ya, pero también la de que la gestión de la ayuda tras la catástrofe está siendo muy deficiente. Mazón es el presidente de la Comunidad Autónoma, por lo que tiene una responsabilidad difícilmente discutible. En todo caso, ha vuelto a aparecer la hipocresía, pero ahora en el otro lado del espectro político. Ese es un gran lastre que los populares han arrastrado desde el Gobierno de Aznar y evocar de nuevo todos aquellos acontecimientos, las mentiras y el cinismo, supone un deterioro para el PP, no solo para Mazón.

La derecha sufre su propia contradicción entre las banderas abstractas y los resultados concretos, entre sus palabras y sus hechos. La impronta de una buena gestión de la que hacen gala se ve confrontada con la realidad de sus deficiencias; y cuando estas se hacen evidentes, aparece la negación. La hipocresía regresa al primer plano político.

Acto 5. Nuestros problemas

Este es también el momento del fango político, centrado en la respuesta a las enormes necesidades de la población afectada. La ayuda insuficiente tratará de cargarse en las espaldas del Gobierno o en las de la Comunidad, dependiendo de los intereses, y cada parte volverá al juego permanente de señalar al rival.

Cuando las poblaciones pasan de la etapa de la desafección a la de indignación, el campo de juego político se transforma sustancialmente

Mientras tanto, un buen número de ciudadanos han acudido a ayudar tras la catástrofe, lo que en sí mismo tiene algo de indignante: están supliendo con su apoyo carencias que no deberían existir. La nobleza de esa solidaridad, que dice mucho de nosotros como sociedad, no puede relegar a un segundo plano el hecho de que están desempeñando esas tareas porque si no, nadie más las haría. Es la constatación de una falla profunda que transmite que las instituciones no están cumpliendo con su papel y que, cuando vienen mal dadas, dependemos de la solidaridad de quienes nos rodean; transmite la idea de que no hay red de seguridad.

La traducción que esos hechos tengan en términos electorales es ahora lo de menos, pero no hay que perderlas de vista. Cuando las poblaciones pasan de la etapa de la desafección a la de indignación, el campo de juego se transforma sustancialmente. Son demasiadas crisis seguidas ya, y el emponzoñamiento de las instituciones es muy elevado. Sin embargo, este es un momento de shock, por lo que los verdaderos efectos se percibirán dentro de un tiempo. Lo previsible es que se eleve todavía más el tono del enfrentamiento entre bloques ideológicos y que la tensión existente, que es mucha, se haga más insoportable. Habrá más alejamiento de la política institucional, pero también es previsible que estas consecuencias operen de manera distinta según los estratos sociales. Aquellos más politizados, los que cuentan con mayor renta y mayor formación, aumentarán su crispación. La gente común vive en otro lugar, ese en el que están solos, en el que entienden que han sido abandonados, en el que no cuentan. La hipocresía afianza la idea: los políticos solo se preocupan por lo suyo y se olvidan de nosotros. Si hubiera en España un partido populista, tendría mucho éxito.

Acto 6. "No les importamos"

En esas circunstancias, es bueno tomar distancia y entender de dónde vienen los problemas que nos golpean recurrentemente. La degradación de las instituciones tiene que ver con el debilitamiento de un Estado cuyas capacidades se mueven permanentemente en el alambre, de modo que cuando ocurre algo fuera de lo normal, llega el colapso. Vivimos en un mundo en el que todo parece funcionar bien, salvo cuando se necesita. Hemos tenido pruebas de toda clase: económicas, epidemiológicas y sociales. Eso fue la pandemia, Estados sobrepasados que no podían hacer frente al virus porque no tenían ni mascarillas. No ocurre solo en acontecimientos imprevisibles y excepcionales: durante Filomena (otro ejemplo de mala gestión) fueron los ciudadanos los que tuvieron que sacar las palas y arreglar por su cuenta la situación. Las instituciones se mueven en el mínimo, de modo que cualquier cosa que añade carga, genera paralización.

Los cargos ocupados por personas que han hecho carrera en el partido o por jóvenes que quieren sumar algunas líneas en su CV

En segunda instancia, y la catástrofe en Valencia lo subraya, la capacidad de gestión de las instituciones es cada vez más deficiente. Buena parte de los problemas provienen de la falta de visión y conocimiento de quienes toman las decisiones. El desprestigio del sector público es grande, de manera que las personas con mayor experiencia y competencia optan sin pensarlo por lo privado: salarios mucho mejores y sin esa exposición que supone la política. De modo que los puestos son ocupados por personas que han hecho carrera en el partido, y que encuentran un premio en los cargos, o por jóvenes que quieren sumar algunas líneas al currículum que le den algo de brillo.

Ambos elementos no son casuales, son producto de una deriva ideológica que perjudica especialmente a la hora de encontrar soluciones. Es hora de poner arreglo a esos males, que es el único modo no de que estas cosas no vuelvan a ocurrir, lo que es imposible, sino de que cuando sucedan, estemos mejor preparados y se pueda dar una respuesta más rápida y eficaz. Y aquí hay que poner todo el énfasis en un modo de pensamiento que ha dominado durante las últimas décadas y que Reagan sintetizó en una frase: "Las palabras más terroríficas del idioma inglés son 'soy del Gobierno y vengo a ayudar'". Eso no es lo que sienten los ciudadanos afectados cuando los bomberos o los policías o los militares tienen que rescatar a los damnificados por la tragedia, o cuando los servicios sanitarios tienen que curar a los enfermos y heridos, o cuando los servicios de mantenimiento tienen que devolver a la normalidad calles y vías, o cuando acuden a proporcionar electricidad y agua. La incompetencia en la gestión, de la que ayer se vieron varias muestras más, genera la sensación de soledad entre los ciudadanos, que están esperando precisamente que las instituciones vengan a ayudar.

Y esto es significativo porque la opción política que más está reclamando la intervención del Estado es justamente aquella que ha insistido una y otra vez en la necesidad de la no intervención del Estado. Las consecuencias de esa visión han sido catastróficas, y no solo por lo apreciable en esta tragedia. Los países más importantes del mundo están operando justo al revés y han apostado por reforzar sus capacidades estatales. Solo Europa apuesta por seguir con las fórmulas de la era global y del orden basado en reglas mientras da bandazos respecto de su futuro: las fórmulas que se han utilizado hasta ahora, y que nos han causado grandes problemas, ya no sirven. El resto del mundo, desde EEUU hasta China, pasando por India o Turquía son conscientes de ello, hasta el punto de que miran al continente desde la suficiencia.

La semana ha sido políticamente devastadora, por lo que implica de errores, de hipocresías, de retrato de lo peor del mundo político, y también por lo que subraya acerca de equivocaciones que no serán corregidas. Ha mostrado las debilidades de las dos formas de pensamiento política, las de la derecha y las de la izquierda, de una manera brutal. Hay que insistir en que las consecuencias se verán a medio plazo, ahora es el momento del shock, pero el clima social ya está asentado. La encuesta de Ipsos, el Broken System Index, es contundente al respecto: el 61% de los españoles pensaba hace dos años que "a los partidos tradicionales y a los políticos no les importa la gente como yo". Y eso era entonces."

( Esteban Hernández , El Confidencial, 03/11/24)

11.8.24

Entendiendo el ascenso de la extrema derecha global... y entendiendo el fascismo en la India... Lo que se denomina extrema derecha abarca desde los regímenes antidemocráticos hasta el fascismo y los partidos nativistas de extrema derecha. Cada Estado tiene sus propias condiciones... Pero hay tres características comunes e inconfundibles: Defensa descarada y apuntalamiento del capitalismo y la propiedad privada casando el fascismo religioso/étnico con el liberalismo económico... Rechazo categórico de la democracia... se construye sobre la fuerza de la movilización constante del consenso público... y se pueden establecer paralelismos, por ejemplo, entre el supremacismo hindú y el sionismo: supremacía racial, politización de la religión y la idea de que una nación puede construirse sobre una identidad singular (Clifton D'Rozario)

 "Es innegable que la extrema derecha se ha convertido en una fuerza política formidable en todo el mundo. Por ejemplo, en las elecciones parlamentarias europeas de junio, la Agrupación Nacional Francesa, los Hermanos de Italia y Alternativa para Alemania obtuvieron buenos resultados. La extrema derecha acabó siendo el segundo bloque más grande del Parlamento Europeo, lo que llevó al político holandés Geert Wilders a declarar tras la sorprendente victoria de su partido de extrema derecha antiinmigración en Holanda: "El genio ha salido de la botella".

Pero el auge de la extrema derecha no es un fenómeno exclusivo de Europa. Ha surgido como una fuerza política fuerte y resurgente en varias democracias de todo el mundo. Véase, por ejemplo, la victoria de Javier Milei en Argentina y los avances de los populistas de derechas en Chile, Paraguay y El Salvador. Mientras tanto, parece probable que Donald Trump vuelva al poder en Estados Unidos y que el primer ministro indio Narendra Modi esté de vuelta -aunque su mandato se haya visto disminuido, eso no cambia el hecho de que el partido político de derechas de Modi esté disfrutando del poder por tercer mandato consecutivo-.

Este giro mundial hacia la derecha se produce en el contexto del neoliberalismo global, en el que el capital -ante las crisis recurrentes- está a la ofensiva. El neoliberalismo ha visto cómo las políticas económicas diezmaban el Estado del bienestar y los derechos de los trabajadores, cómo se transfería el dinero de los ciudadanos a las empresas en nombre de exenciones fiscales y rescates, cómo se privatizaban los recursos naturales y otros activos, etc.

 Ha espoleado un aumento desmesurado de la desigualdad social y económica y una pobreza sin precedentes, ha presidido la diezma de la clase obrera y el campesinado, ha alimentado la explotación de los recursos naturales y el cambio climático y, lo que es más importante, ha cercenado la democracia. Este entorno global -tierra fértil para la aparición de regímenes fascistas- hace improbable la oposición internacional a nivel de Estados a Modi y los de su calaña. Más bien existe colaboración y legitimación mutuas. El liberalismo económico allanó el camino a la extrema derecha.

Esta extrema derecha se aprovecha de las inseguridades y la desilusión de la gente a la vez que desata un frenesí de masas contra los enemigos internos percibidos como amenazas para el Estado, la nación, la civilización, la cultura e incluso las nociones de orden público y salud pública. Esto conduce a la guerra, la xenofobia, la islamofobia, la consolidación de la derecha y el debilitamiento de la democracia burguesa.
Características y atributos comunes

Lo que se denomina extrema derecha abarca desde los regímenes antidemocráticos hasta el fascismo y los partidos nativistas de extrema derecha. Cada Estado tiene sus propias condiciones materiales peculiares que han engendrado formas particulares de política de extrema derecha. Eso significa que cada régimen tiene su propia especificidad e intensidad.

 Dicho esto, hay algunos rasgos comunes que aparecen en diversos grados en los regímenes de extrema derecha, como el populismo, el nacionalismo, el autoritarismo, el mayoritarismo y el nativismo. Por populismo entendemos la movilización de personas descontentas contra las élites mediante la creación de un sentimiento común basado en responsabilizar a "los de arriba" de los agravios de la gente. Modi lo hace, Trump también.

El nacionalismo es la base de la mayoría de los populistas: un nacionalismo nacido del nativismo, con la creencia de que los intereses de los "nativos" deben tener prioridad absoluta sobre los demás por el hecho de que los primeros son nativos. Por supuesto, la categoría de "nativo" viene acompañada del borrado de las poblaciones indígenas pasadas y presentes: Nativos americanos en EE.UU., adivasis en India, Primeras Naciones en Australia, etc. Esto se combina normalmente con el antimulticulturalismo y la creencia de que el "pueblo" y la cultura de la nación sólo pueden ser singulares, lo que exige una persecución implacable contra el pluralismo y la diversidad. Junto a estos aspectos hay otras características: la negación del cambio climático, el antigenerismo, el revisionismo histórico y una intensa islamofobia.

Pero hay tres características comunes e inconfundibles:

- Defensa descarada y apuntalamiento del capitalismo y la propiedad privada casando el fascismo religioso/étnico con el liberalismo económico. Lo que estamos viendo es, en efecto, una toma del poder del Estado por parte de las empresas y la consolidación de las clases dominantes que no tolerarán ninguna disidencia. Se trata de un proyecto de clase apoyado predominantemente por la clase alta, pero que recluta a sectores de las clases bajas como soldados rasos en su contrarrevolución.

-    Rechazo categórico de la democracia y de los principios generales en los que se basa la democracia: libertad para disentir, elecciones libres y justas, derechos para las minorías, medios de comunicación libres, etc.

-    Construido sobre la fuerza de la movilización constante del consenso público en favor de su ideología y a través de movilizaciones callejeras.

Entender el fascismo en la India

El BJP (Bharatiya Janata Party o Partido Popular Indio) de Modi retuvo el poder en las elecciones generales de 2024, a pesar de obtener un resultado peor que en 2019. Fueron las elecciones más desiguales celebradas en la India hasta la fecha, dirigidas por una comisión electoral a la que no podían importarle menos sus responsabilidades constitucionales y la rendición de cuentas, y que se comportó como una extensión del ejecutivo.

Bajo el ataque, la oposición se unió tardíamente en la alianza INDIA. Aunque carecía de la cohesión, la claridad y el dinamismo que exigía la situación, la gente la hizo funcionar, utilizando INDIA como vehículo para canalizar su energía contra la apisonadora fascista. Más allá de la coalición INDIA, las elecciones se convirtieron en un movimiento popular de base apoyado por activistas comprometidos de la sociedad civil y una comunidad de guerreros digitales muy eficaz y dedicada.

Las elecciones de 2024 serán recordadas por producir un veredicto verdaderamente histórico en una coyuntura muy crítica de la India moderna. La India lanzó un enorme suspiro de alivio cuando el BJP perdió su mayoría absoluta. La batalla para lograr una derrota más aplastante debe llevarse a cabo ahora con mayor unidad, valentía y determinación para frenar al ejecutivo, restaurar el Estado de derecho constitucional y deshacer el daño causado al tejido social y al marco federal de la India.

Para entender el actual régimen fascista de la India, hay que comprender el papel de la Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS, Asociación Nacional de Voluntarios), una organización supremacista hindú fundada en 1925. Su principal objetivo es hacer de India un Estado mayoritario religioso (hindú). Tiene organizaciones afiliadas que trabajan entre todos los sectores de la sociedad -estudiantes, mujeres, trabajadores, adivasis, dalits, agricultores, abogados, etc.- para conseguir aceptación y propagar su ideología. Ha ido acumulando poder a lo largo de su casi centenaria existencia mediante implacables campañas de odio, mentiras y rumores, y penetrando en toda una serie de instituciones clave.

La decisiva victoria del Sangha Parivar [en referencia al conjunto de organizaciones nacionalistas hindúes de fachada afiliadas al RSS, incluido el BJP] en las elecciones de 2014 fue el resultado de la movilización de cada vez más sectores de la sociedad y de llenar un vacío político. Retuvo el poder con una victoria aún mayor en 2019, en la que Modi 2.0 se apresuró a una velocidad vertiginosa a poner en práctica su principal agenda económica y comunal. Sin duda, el clima internacional de neoliberalismo e islamofobia ha facilitado el crecimiento de Modi.

El producto final es un Estado mayoritario hindú marcado por un capitalismo de amiguetes descarado, la sumisión al imperialismo, un mayoritarismo agresivo, el desmantelamiento de la Constitución y la democracia, la persecución implacable de cualquier disidencia ideológica, los ataques concertados contra la clase trabajadora y la privatización de la violencia -especialmente contra musulmanes, cristianos y dalits- a organizaciones supremacistas hindúes, junto con un aumento de la agresión patriarcal y de castas. Lo que durante décadas fue una filosofía marginal es ahora la corriente dominante.
Paralelismos ideológicos

En algunos casos, las fuerzas de extrema derecha se inspiran y conforman mutuamente sus políticas. Se pueden establecer paralelismos, por ejemplo, entre las ideologías y políticas del hindutva [supremacismo hindú] y el sionismo.

Las ideas que Theodar Herzl expuso en su libro de 1896 El Estado judío se hicieron populares en la década de 1920. Con la Declaración Balfour de 1917, el gobierno británico hizo público su apoyo al establecimiento de un "hogar nacional para el pueblo judío" en Palestina. Por la misma época, el ideólogo clave Vinayak Savarkar acuñó el término Hindutva en 1922. Savarkar no ocultaba que veía el sionismo como un paralelo etnonacionalista cuya ideología se asentaba sobre bases similares: supremacía racial, politización de la religión y la idea de que una nación puede construirse sobre una identidad singular.

Savarkar afirmaba:

   "Si los sueños de los sionistas se hacen realidad algún día -si Palestina se convierte en un Estado judío- nos alegrará casi tanto como a nuestros amigos judíos".

También argumentó:

    "Si mañana estalla una guerra entre Pakistán y Bharat, casi todos los musulmanes se pondrán del lado de Pakistán en oposición a nosotros, y su enemigo Israel será nuestro único amigo. Por lo tanto, yo digo que Bharat debería reconocer inequívocamente a Israel."

Muchos pensadores han señalado la ironía inherente a la comparación entre Savarkar y Herzl, teniendo en cuenta que Savarkar y otros ideólogos del Hindutva eran conocidos admiradores del fascismo europeo y expresaban abiertamente su admiración por la ideología y los métodos nazis.

Otro ideólogo del RSS, el Dr. B.S. Moonje, hizo explícita su conexión con el fascismo ascendente en Europa cuando visitó Italia en marzo de 1931 para reunirse con Benito Mussolini y recorrer varias instituciones fascistas en Roma, incluida la Balilla (la organización juvenil de Mussolini), sobre la que escribió:

"Las instituciones de Balilla y la concepción de toda la organización me han gustado más, aunque todavía no hay disciplina y organización de alto orden. Toda la idea ha sido concebida por Mussolini para la regeneración militar de Italia. Los italianos, por naturaleza, parecen amantes de la facilidad y no marciales, como los indios en general. Han cultivado, como los indios, el trabajo de la paz y descuidado el cultivo del arte de la guerra. Mussolini vio la debilidad esencial de su país y concibió la idea de la organización Balilla. ... Nada mejor podría haberse concebido para la organización militar de Italia."

En 1940, el supremo del RSS Madhav Sadashiv Golwalkar defendió la noción del resurgimiento nacional hindú y argumentó que los hindúes debían unirse para combatir las amenazas que los extranjeros, especialmente musulmanes y cristianos, planteaban a la cultura india. Golwalkar admiraba abiertamente los esfuerzos de la Alemania nazi por "limpiarse" de minorías étnicas no deseadas:

    "Para mantener la pureza de la raza y su cultura, Alemania conmocionó al mundo al purgar el país de las razas semíticas, los judíos. Aquí se ha manifestado el orgullo racial en su máxima expresión. Alemania también ha demostrado lo casi imposible que es para las razas y culturas, que tienen diferencias que van a la raíz, ser asimiladas en un todo unido, una buena lección para nosotros en Hindusthan para aprender y aprovechar."

 Hoy, cuando decimos que el fascismo en la India ha encontrado un modelo en Israel, se debe a estas profundas similitudes ideológicas entre el hindutva y el sionismo."

Contraatacar

Mientras proliferan las políticas de extrema derecha, el pueblo libra una batalla histórica en todo el mundo. En la India, el fascismo no solo se combate en la arena electoral, sino también en las calles.

Desde 2014, hemos sido testigos de un enorme levantamiento popular. Las leyes agrarias proempresariales de Modi se enfrentaron a una lucha decidida y a la unidad de los grupos de agricultores. Una acampada de un año en las afueras de Delhi obligó al Gobierno a retirar las leyes. La Ley de Enmienda de la Ciudadanía comunal fue testigo de la movilización de cientos de miles de personas a favor de la democracia. Estudiantes y trabajadores libraron batallas campales contra las políticas antipopulares de Modi. Estas luchas crearon el ambiente propicio para un frente unido en el terreno electoral.

Ahora tenemos que ir más allá. La batalla por la democracia contra las fuerzas fascistas en la India engloba la lucha contra los restos feudales, la batalla por la aniquilación de las castas y la igualdad de género, y la lucha por acabar con el fundamentalismo religioso y el comunalismo, que siguen siendo un obstáculo para una democratización completa de la sociedad. La lucha política y económica por la democracia contra el capitalismo constituye el otro pilar de la democratización que puede forjar la unidad de las masas.

 Vinod Mishra [ex secretario general de Liberación del PCI(ML)] declaró acertadamente que el reto básico al que se enfrentan los marxistas hoy es explorar la forma más amplia de democracia proletaria -más allá de los límites de la democracia parlamentaria- para que la inevitable derrota del capitalismo mundial sea la victoria tanto del socialismo como de la democracia. Para ello, el proletariado no puede, como dijo Lenin, "depositar su fe en consignas democráticas generales, sino que debe contraponer a ellas sus propias consignas proletario-democráticas en toda su amplitud".

(Este artículo se basa en la presentación de Clifton D'Rozario en Ecosocialism 2024. D'Rozario es dirigente del Partido Comunista de la India (Marxista-Leninista) Liberación y participa en la campaña de sindicalización y lucha por las condiciones de los trabajadores dalit de los servicios de saneamiento en el estado de Karnataka. ZNetwork, 11/08/24, traducción DEEPL)

17.7.24

Loretta Napoleoni: La América "enferma" de J.D. Vance... Vance creció pobre en el llamado Rust Belt, la región industrial de Estados Unidos, con una madre en constante lucha contra las drogas... Esta es la América enferma, la que hay que curar, la que sufre desde hace al menos veinte años porque el mecanismo mágico se ha atascado: el trabajo escasea, ha volado en alas de la globalización y la deslocalización para aterrizar en otras orillas... Esta es también la América encerrada en la tenaza de la crisis de los opioides, donde la gente toma fentalyn para olvidar la humillación de una vida que ya no vale nada, la América de las sectas religiosas que busca consuelo y amor en un Dios imaginario que, como un marinero, promete una vida mejor que nunca llegará... Trump y Vance sólo se preocupan por esta América, quieren redimirla, encarrilarla desde donde se descarriló... ¿Absurdo? ¿Anacrónico? Tal vez, pero tal vez no

 "América es una nación compleja, un hervidero al que fueron a parar muchos, inmigrantes hambrientos, gente que en su país era perseguida por la pobreza, la política y la élite dirigente. Puede verse como una costilla desprendida de la vieja Europa, que el viejo continente no estaba interesado en remendar y que acabó por levantar el vuelo, al otro lado del océano, lo más lejos posible del cuerpo que la había generado. Por eso América es una nación construida sobre el sufrimiento, sobre la violencia, sobre la redención de un pasado oscuro, pero también es el resultado de un esfuerzo valiente e inhumano porque quienes cruzaron ese océano a lo largo de los siglos sabían que al hacerlo quemaban todos los puentes con su pasado.

Podría haber salido mal, uno podría haberse encontrado en una nación distópica, sin moral, ética, religión ni humanidad. En cambio, el experimento funcionó durante al menos tres siglos por varias razones, la principal de ellas el deseo de no dejar escapar una segunda y preciosa oportunidad de vivir. En el centro de la identidad estadounidense ha estado el trabajo, el instrumento de mejora económica y social, el cerrojo que permite que funcione todo el engranaje de la nación. Trabajo de cualquier tipo, desde el más humilde hasta el más importante, siempre que produzca. Mientras este principio ha funcionado, los Estados Unidos de América han brillado, dándonos lo mejor de la cultura occidental, desde la música a la literatura, desde el arte a la ciencia.

 Así nació el sueño americano, emanación de una sociedad de trabajadores tendencialmente igualitaria, donde todo es posible, incluso lo imposible, por ejemplo la victoria de la cruzada por los derechos humanos para lavar la vergüenza de la segregación racial en los años sesenta. Martin Luther King sólo podía ser estadounidense, como Malcolm X, indiferente a los obstáculos aparentemente insuperables a su sueño, ambos tenían fe en su nación y tenían razón.

Al repasar los tres siglos de historia estadounidense, uno se encuentra a menudo con cambios de época, a veces imprevisibles y a veces incluso contradictorios, desde la Revolución y la Guerra de Independencia hasta la Guerra de Secesión, desde la Doctrina Monroe hasta la entrada en guerra junto a los aliados europeos. Es cierto que los asesinatos y las persecuciones políticas, incluso la decisión de lanzar dos bombas atómicas sobre Japón, tiñen de sangre el torrente de la historia de esta nación. Pero Estados Unidos es también la nación donde nació el movimiento hippie, la que nos dio el blues y los grandes novelistas del siglo XX. Andy Warhol era estadounidense, como estadounidense era el primer cono antisistema de la posguerra y la bandera de la paz del movimiento contra la guerra de Vietnam.

 De América los europeos siempre hemos percibido los ecos que surgen de las costas, la de la sofisticada Nueva York y la de la artística Los Ángeles. Pero la nación es infinitamente más grande y se encierra en las dos costas, en un espacio inmenso donde se eligen presidentes. Se trata de una América que a menudo se nos presenta como un páramo culturalmente desolado, poblado por fanáticos religiosos, granjeros reaccionarios, trabajadores sin clase y vaqueros machistas. Pero no es así.

El sueño americano le pertenece, es aquí donde la magia del trabajo como principio activo de la vida americana lo creó.  Elvis Presley nació en Tupelo, Mississippi, en el Sur Profundo; Ernest Hemingway nació en Oak Park, Illinois, incluso Ronald Reagan era de una pequeña ciudad de Illinois, Tampico; Magic Johnson era de Michigan, de Lansing; Mohammed Ali nació en Louisville, Kentucky; Jackson Pollock era de Cody, una pequeña ciudad de Wyoming; Louis Armstrong nació en Nueva Orleans, Luisiana y Marlon Brando en Omaha Nebraska. Todos ellos nacieron relativamente pobres y fuera del círculo mágico de las élites.

 J.D Vance, el candidato a la vicepresidencia elegido por Donald Trump, también pertenece a esta América. Nacido en Middletown, Ohio, Vance creció pobre en el llamado Rust Belt, la región industrial de Estados Unidos, con una madre en constante lucha contra las drogas. La historia de Vance es bien conocida, la contó en unas memorias «Hillbilly Elegy» que se convirtieron en un best seller y en una película de éxito. Es similar a la obra maestra de Barbara Kingsolver, Demon Copperhead, que ganó el Premio Pulitzer de literatura en 2023, la versión moderna de David Copperfield, situada en la misma zona donde creció Vance, los Montes Apalaches.

Esta es la América enferma, la que hay que curar, la que sufre desde hace al menos veinte años porque el mecanismo mágico se ha atascado: el trabajo escasea, ha volado en alas de la globalización y la deslocalización para aterrizar en otras orillas, en México, al otro lado de la frontera estadounidense, pero también en Laos, en Bangladesh, allí donde el coste de la mano de obra es más barato para las grandes multinacionales estadounidenses. Esta es también la América encerrada en la tenaza de la crisis de los opioides, donde la gente toma fentalyn para olvidar la humillación de una vida que ya no vale nada, la América de las sectas religiosas que busca consuelo y amor en un Dios imaginario que, como un marinero, promete una vida mejor que nunca llegará.

 Trump y Vance sólo se preocupan por esta América, quieren redimirla, encarrilarla desde donde se descarriló. Todo lo demás es irrelevante para ellos, desde la política de inmigración hasta la política exterior. ¿Absurdo? ¿Anacrónico? Tal vez, pero tal vez no."              

(Loretta Napoleoni, L'Antidiplomatico, 17/07/24, traducción DEEPL)

7.7.24

Los Bancos Centrales son unos de los responsables últimos de los problemas alrededor de dos de sus funciones básicas: evitar espirales inflacionistas; preservar la salud del sistema bancario... Los Bancos Centrales, con su “independencia”, se convirtieron en los vigilantes del orden neoliberal, hoy en clara decadencia... una de sus consecuencias ha sido el ascenso del fascismo y del racismo. Y a ello también han contribuido de manera notoria los bancos centrales... El mercado se convirtió en la entidad más influyente en la política democrática occidental, con el abandono el pleno empleo como objetivo político, los mercados laborales flexibles, la maximización del valor para los accionistas, que dio origen a un auge de la economía fraudulenta, y la globalización de los flujos de personas, capital, y comercio... El régimen neoliberal en extinción ha llevado a un descenso de la tasa de inversión productiva, a un menor crecimiento de la productividad, a un aumento de la desigualdad, a un descenso de la seguridad laboral, a un aumento de la pobreza, y a unas crisis financieras y de deuda privadas recurrentes... a la pregunta de si la independencia de los bancos centrales ha generado mayor bienestar de la ciudadanía, la respuesta es no (Juan Laborda)

"Uno de los rasgos característicos del orden neoliberal, consolidado al albor del hundimiento de la antigua Unión Soviética, fue la profunda animadversión de elites y tecnócratas hacia la política fiscal. Se apostó todo al libre albedrío de los Bancos Centrales “independientes”, como una parte no constituyente del gobierno, y la política monetaria. Sin embargo, un análisis crítico del papel de los Bancos Centrales de las tres últimas décadas no pasa la prueba del algodón. Son unos de los responsables últimos de los problemas alrededor de dos de sus funciones básicas: evitar espirales inflacionistas; preservar la salud del sistema bancario.

Los Bancos Centrales, con su “independencia”, se convirtieron en los vigilantes de dicho orden neoliberal, hoy en clara decadencia. Uno de los rasgos políticos, consecuencia del orden neoliberal que se estableció hace cuarenta años, ha sido el ascenso del fascismo y del racismo. Y a ello también han contribuido de manera notoria los bancos centrales. El mercado se convirtió en la entidad más influyente en la política democrática occidental, bajo una serie de pilares básicos. Primero, el abandono del pleno empleo como objetivo político deseable, que fue reemplazado por objetivos de inflación, controlados por los bancos centrales independientes. Segundo, el aumento en la globalización de los flujos de personas, capital, y comercio. Tercero, el enfoque empresarial basado en la maximización del valor para los accionistas, que dio origen a un auge de la economía fraudulenta. Por último, la “promoción” de los mercados laborales flexibles, que convirtieron el trabajo como mera mercancía. Todos y cada uno de esos pilares se sostenían en hipótesis, digámoslo suavemente, al menos discutibles, sino falsas. 

Diversas paradojas que contradicen la macro moderna

Para entender la decadencia de la macro moderna, basta echar una ojeada a la cantidad de paradojas que contradicen dichas hipótesis y supuestos. Algunas de las paradojas macroeconómicas generales, que todo responsable de políticas debería conocer, son las siguientes. Primera, la paradoja del ahorro de Keynes, donde, frente a las chorradas de la macro moderna, lo que sucede realmente es que mayores tasas de ahorro devienen en caídas de actividad. Segunda, la paradoja de costes de Kalecki, donde de nuevo, frente a lo esperado por la macro moderna, en realidad salarios más altos llevan a mayores beneficios empresariales. Tercera, la paradoja de los déficits públicos, también de Michal Kalecki, donde, de nuevo frente a las previsiones de la macro moderna, el déficit gubernamental incrementa los beneficios privados. Cuarta, la paradoja de la demanda impulsada por los beneficios empresariales de Blecker, según la cual, y al contrario de lo previsto por la ortodoxia, el aumento de los beneficios empresariales no necesariamente conduce a un incremento en la demanda agregada o en el crecimiento económico. Al revés, salarios más bajos llevan a un descenso del crecimiento económico. Finalmente, la paradoja de la flexibilidad de Krugman, Seppecher y Dosi nos dice que, al revés de las tonterías que transmiten los medios de comunicación, cuanto más fácil sea para los empresarios contratar y despedir, menos empleo se creará.

A estas añadamos toda una serie de paradojas macroeconómicas relacionadas con la Gran Recesión y el sistema financiero que todo hacedor de políticas públicas debería al menos leer y entender. La paradoja de la tranquilidad de Hyman Minsky 1975 nos dice que la estabilidad es desestabilizadora (ya la hemos tratado ampliamente en otros post). Segunda, la paradoja de la deuda de Irving Fisher y Steindl nos dice exactamente lo contrario a la macro moderna: los esfuerzos por reducir el apalancamiento pueden llevar a ratios de apalancamiento más altos. Tercera, la paradoja de la liquidez de Hyman Minsky, Nesvetailova, y Dow nos dice que las innovaciones financieras parecen aumentar la liquidez cuando en realidad la están reduciendo; y que los esfuerzos por buscar la liquidez transforman los activos líquidos en ilíquidos. Finalmente, nos encontramos con la paradoja del riesgo de Wojnilower que ya nos avisaba que la posibilidad de cobertura individual del riesgo (MBS, CDS) conduce a más riesgo en general.

Cuando hay tantas paradojas económicas que contradicen la visión dominante de la economía algo no funciona. Y claro que no funciona. El régimen neoliberal en extinción, por las buenas o por las malas, ha llevado a un descenso de la tasa de inversión productiva, a un menor crecimiento de la productividad, a un aumento de la desigualdad, a un descenso de la seguridad laboral, a un aumento de la pobreza, y a unas crisis financieras y de deuda privadas recurrentes.

¿Bancos Centrales Independientes? Un análisis crítico

Los principales aspectos donde los Bancos Centrales tuvieron un papel relevante fueron los siguientes. Por un lado, la promulgación de leyes que desmontaron el estado social y de derecho en el conjunto de países occidentales, que hasta ese momento habían sido ejemplo de cohesión social y desarrollo económico. Por otro, la eliminación de la separación de banca comercial y banca de inversión; junto a una relajación de los criterios geográficos de dónde y cómo podían operar los bancos; y una desregulación de los mercados financieros. También, haciendo dejación de responsabilidad, promovieron una “suavización” supervisión bancaria, confiando en absurdos códigos de buenas prácticas. A todo ello unamos algo que hemos detallado desde estas líneas, el aliento y soporte a la financiarización de la economía y de derechos humanos básicos –agua, alimentos, electricidad, vivienda, pensiones, …-; así como la reestructuración, bajo el fundamentalismo del libre mercado, de sectores productivos, como el eléctrico. Las consecuencias más inquietantes, burbujas y “spillovers” en los precios de la energía y alimentos no elaborados, aumento del poder de mercado de las empresas; y una extracción de rentas descomunal. Esta sería una nueva paradoja, los bancos centrales, adalides de la liberalización, desregulación y reestructuración de sectores productivos, contribuyen a un aumento de los precios y de la inflación que difícilmente se pueden solucionar con política monetaria.

La otra paradoja, consecuencia de todo lo que hemos señalado, sería el aumento de la fragilidad y opacidad del sistema bancario occidental. Frente al objetivo final del banco central de velar y vigilar el sistema bancario, las políticas auspiciadas por los bancos centrales han devenido en lo opuesto. Tras la Gran Recesión, por ejemplo, se produjo una concentración todavía mayor del sistema bancario. Ciertos bancos han alcanzado un tamaño excesivamente grande y constituyen un auténtico riesgo sistémico para nuestra economía y la economía global. Nos referimos al riesgo moral “demasiado grandes para quebrar”, bancos subsidiados por los contribuyentes de las distintas naciones. Además, el cartel bancario decide aumentar sus márgenes trasladando inmediatamente las subidas de tipos de interés oficiales a los préstamos e hipotecas, pero olvidándose de remunerar a los depósitos de sus clientes. Nueva extracción de rentas, que acaban en las manos de una gerencia y unos consejos de administración excesivamente bien remunerados, y, fuera de nuestro país, vía un reparto de dividendos descomunal y desproporcionado.

En definitiva, a la pregunta de si la independencia de los bancos centrales ha generado mayor bienestar de la ciudadanía, la respuesta es no. Solo un comentario final, al hablar de los bancos centrales me refiero a la entidad como un todo abstracto, al cual se le ha confiado un papel excesivamente protagonista en nuestras democracias, y no a los magníficos profesionales que allí trabajan y que muchas veces publican y comparten estudios y análisis que se desvían y contradicen la misión última de los mismos."                     (Juan Laborda, El Salto, 07/07/24)

6.7.24

En todo Occidente, las dos primeras décadas del siglo XXI se han caracterizado por una creciente ola de ira colectiva contra las instituciones políticas... ¿Podríamos concebir la ira actual como una especie de «insurrección de los fracasados»? El populismo identifica correctamente la raíz del problema: pretende dar voz a un sentimiento generalizado de exclusión —o al menos de marginación— del ejercicio del poder político... Tras el fracaso del populismo «de izquierdas», el resentimiento popular se canaliza ahora, en Italia pero también en Francia, hacia una forma de populismo identitario y nacionalista (Carlo Invernizzi Accetti)

 "(...) En todo Occidente, las dos primeras décadas del siglo XXI se han caracterizado por una creciente ola de ira colectiva contra las instituciones políticas

(...) hay un hilo conductor, un estado de ánimo subyacente que ha impregnado todos los acontecimientos más significativos de las dos últimas décadas: la rabia contra las instituciones políticas. 

Del mismo modo que en Francia se habla de las Trente Glorieuses para describir el periodo de crecimiento económico entre 1945 y 1975, y se utilizó el Fin de la Historia para describir el optimismo triunfalista del periodo inmediatamente posterior al final de la Guerra Fría, podríamos describir los primeros veinte años del siglo XXI como los años Veinte de la rabia. (...) 

La insurrección de los fracasados

La sociología electoral de los últimos veinte años hace tiempo que puso de relieve este fenómeno. 

En los meses que siguieron a la victoria del «no» en el referéndum sobre el proyecto de Tratado Constitucional Europeo —que no fue sino el primero de una larga serie de «noes» contra toda la élite política— se inventó la categoría de «perdedores de la globalización» para identificar a quienes se sentían —y claramente siguen sintiéndose— excluidos y marginados del sistema de valores dominante en el mundo globalizado.

También en este caso, la atención se centró principalmente en la dimensión económica. Según el politólogo Hanspeter Kriesi, creador de la expresión «los perdedores de la globalización», son los que no se benefician materialmente del aumento de los flujos e intercambios internacionales en el mundo globalizado, los que salen perdiendo. Pero el concepto de loser en inglés tiene un significado más amplio, que también se refiere a la dimensión simbólica del reconocimiento social.

En el argot, el loser es la persona que no es reconocida como cool, es decir, como digna de respeto por los demás —el fracasado—. Mientras que la persona cool es aquella a la que los demás aspiran a ser, el fracasado —en el sentido de loser— es tratado con desprecio, humillado. 

¿Podríamos concebir la ira actual como una especie de «insurrección de los fracasados»? Esto es lo que sugiere el filósofo alemán Peter Sloterdijk en su provocador ensayo de 2006 titulado Ira y tiempo, en el que la figura cósmico-histórica del perdedor se eleva a la categoría de clave de interpretación de todo nuestro mundo contemporáneo.

Mientras que, en la filosofía hegeliana —y más tarde marxista— de la historia, la figura clave de la Antigüedad es el «esclavo», definido por la privación de derechos legales, y la de la Modernidad el «proletario», definido por la privación económica, para Sloterdijk los principales sujetos de la rabia contemporánea disfrutan tanto de derechos legales universales como de un relativo grado de bienestar material. En cambio, perciben un ataque a su estatus social. En otras palabras, se sienten relegados a la condición de «fracasados» —y por ello se enfurecen.

Precisemos que no se trata aquí de minimizar el problema, ni de subestimar la importancia de la dimensión jurídica o económica. Pero debe interpretarse como un intento de resolver una paradoja.

 Después de todo, también había algo de verdad en la narrativa autocomplaciente del Fin de la Historia como afirmación global del modelo social de las democracias capitalistas. Hoy, los individuos disfrutan de derechos legales y niveles de bienestar material sin precedentes. Así lo demuestran no sólo las recientes tasas de crecimiento, sino también los niveles de libertad y consumo de las sociedades contemporáneas. Pero entonces, ¿por qué tanta rabia contra el mundo globalizado?

La tesis que aquí se defiende es que no podemos entender los grandes acontecimientos y movimientos políticos de los últimos veinte años sin tener en cuenta la dimensión simbólica del reconocimiento social, es decir, la forma en que ciertos sectores de la población se han sentido percibidos y humillados por el orden mundial al que han desafiado cada vez más.

(...) El populismo y la tecnocracia han sido las dos fórmulas políticas dominantes de los años Veinte de la rabia. Pero en lugar de apaciguar el enfado general, contribuyeron a exacerbarlo, por dos razones diferentes de igual importancia: el populismo y la tecnocracia.  (...)

 En cierto sentido, el populismo identifica correctamente la raíz del problema: pretende dar voz a un sentimiento generalizado de exclusión —o al menos de marginación— del ejercicio del poder político. (...)

La experiencia del Movimiento 5 Estrellas en Italia es esclarecedora a este respecto. El lema de sus orígenes —»Uno Vale Uno» («Todos son iguales»)— recogía perfectamente un deseo generalizado de reconocimiento, es decir, de dignidad y, por tanto, en última instancia, de participación en el ejercicio del poder político.(...)

 Tras el fracaso de este experimento de populismo «de izquierdas» —o al menos, en sus intenciones, de populismo democrático—, el resentimiento popular se canaliza ahora, en Italia pero también en Francia, hacia una forma de populismo identitario y nacionalista. Este último ofrece una respuesta aún más fácil al deseo generalizado de reconocimiento, es decir, de afirmación de un estatus. (...)

La tecnocracia, por su parte, pretende practicar la «buena gobernanza», pero ignora por completo la dimensión de la participación colectiva. En este sentido, propone abiertamente lo que el populismo pretende combatir pero de hecho reproduce: la reducción del pueblo al papel de receptor pasivo de la acción gubernamental. En la medida en que la rabia de nuestro tiempo procede de un sentimiento generalizado de exclusión o marginación del ejercicio del poder político, sólo puede contribuir a exacerbarlo, sea cual sea la calidad de las decisiones que así se tomen.

Una vez más, la experiencia italiana puede servir de ejemplo a la francesa. En Italia, ha habido dos «gobiernos técnicos» en los últimos veinte años: el dirigido por Mario Monti de 2011 a 2013 y el dirigido por Mario Draghi de 2021 a 2022. Ambos gobiernos han trabajado duro para llevar a cabo las reformas que los expertos llevan tiempo calificando de «necesarias», y han logrado resultados bastante decentes: las cuentas públicas han mejorado, la economía ha vuelto a crecer y las tasas de pobreza y desempleo también han descendido. Sin embargo, en las primeras elecciones, tanto Monti como Draghi fueron rotundamente rechazados por los votantes, lo que refleja el descontento generalizado con las fórmulas tecnocráticas de gobierno.  (...)

Estos veinte años de la rabia que acabamos de vivir podrían prolongarse fácilmente: veinticinco, o incluso treinta —antes de que la inagotable imprevisibilidad de la historia nos depare algunas sorpresas más—"                 

(Carlo Invernizzi Accetti , El Grand Continent, 05/07/24)

14.6.24

El fenómeno Milei... “A su alrededor no hay partidos. Hay 4 perros, su hermana y él. No le importa nada, si se cae el Estado no pasa nada”... Ahora Milei es una referencia mundial que desea extinguir las sospechas contra los billonarios, convirtiéndolos en héroes. Y su popularidad crece a pesar de las dificultades sociales que ha supuesto su terapia de shock... es el representante de un problemático espíritu de nuestro tiempo

 "Time, la prestigiosa revista norteamericana ha publicado en su última portada el rostro del presidente argentino Javier Milei. Además, dedica un artículo principal al controvertido y populista mandatario. Según la revista, la figura de Milei y su discurso político se enmarcan en el contexto de un movimiento populista de derecha que avanza y gana terreno en varios países del mundo, desde Italia con Giorgia Meloni hasta la Hungría de Viktor Orbán, Brasil y la fuerza del bolsonarismo, Perú, India y el trumpismo en EEUU.

El argentino que habla con su perro muerto y con una infancia de violencia paterna, Javier Milei, pretende ser el líder mundial de un nuevo movimiento. Su figura se suma a la consolidación de la ultraderecha mundial, la cual ya no puede ser ignorada. Un buen aviso para los europeos ante los importantes comicios continentales del domingo 9 de junio. Milei es un personaje mesiánico que es retratado desde la objetividad y el análisis, sin ser un texto “de parte”, en un nuevo libro de Arpa Editores, 'El fenómeno Milei'. El experto en procesos de transformación política, sociólogo, escritor y consultor chileno, Alberto Mayol, despeja en este libro las incógnitas que hay en torno a la figura del líder argentino y detalla las razones que lo han convertido en el “representante de un problemático espíritu de nuestro tiempo”.

Todo en Milei es inusual y conflictivo, tanto es así que a su alrededor flotan numerosas preguntas: ¿qué significa y qué consecuencias acarrea su crecimiento? ¿Cómo entender su «motosierra» contra el Estado en un país tan dependiente de él? ¿Cuál es su destino más probable? ¿Cuál es la relación de Milei con otros liberalismos y anarquismos de corte ultraconservador? ¿Cómo comprender un liberalismo que cree en el cambio radical? En esta obra, el experto en procesos de transformación política Alberto Mayol despeja las incógnitas que hay en torno a la figura del líder argentino y detalla las razones que lo han convertido en el representante de un problemático espíritu de nuestro tiempo.

Entrevistado en el programa Al Pan Pan del medio chileno 'El Mostrador', el autor de este libro dice sobre Milei que “A su alrededor no hay partidos. Hay 4 perros, su hermana y él. No le importa nada, si se cae el Estado no pasa nada. Si nada funciona no pasa nada”. También cree que a largo plazo, el enfrentamiento surgido con Pedro Sánchez tras sus declaraciones descalificadoras en el acto de Vox en Madrid, le viene muy bien al presidente argentino. Piensa Mayor que en ese fango de la “motosierra”, el presidente argentino gana. Augura que en el enfrentamiento con los poderosos sindicatos argentinos, vencerá Milei. Y vaticina que las “derechas tradicionales” pactarán con la ultraderecha como ya está pasando en Argentina. Relaciona este espíritu sin límites con su infancia y la violencia recibida, algo que repite en el libro. Durante la campaña electoral argentina, la esposa de Sergio Massa, el candidato peronista derrotado en el balotaje dijo: “Milei es un señor con el corazón lleno de agujeros y el cerebro infartado de odio. Es adicto a los likes, porque es lo más cercano que tuvo al cariño de quienes lo rodean”.

Fue tildado por muchos de "fenómeno barrial", denostándolo porque su influencia no tendría la estatura para salir al mundo, pero al poco tiempo creció y se convirtió en el primer presidente anarcocapitalista de la historia. Luego vino Davos, la visita a Israel, su acercamiento a Trump y a otros líderes de la extrema derecha europea y americana. Ahora Milei es una referencia mundial que desea extinguir las sospechas contra los billonarios, convirtiéndolos en héroes. Y su popularidad crece a pesar de las dificultades sociales que ha supuesto su terapia de shock.

En este libro, 'El fenómeno Milei' de Alberto Mayol, se descubren muchas claves para su entendimiento porque nos hallamos ante un análisis en profundidad de este movimiento y personaje tan controvertido, tan extraño como peligroso en el futuro de la democracia argentina y su contagio a otros países."               (Juan Luis Valenzuela, El Plural, 25/05/24)

31.5.24

La edad de la ira... es posible que en los años venideros los historiadores consideren el intento de asesinato del Primer Ministro eslovaco, Robert Fico, como otra estación de paso en el alarmante descenso de Europa hacia la acritud y la violencia políticas extremas... Gran Bretaña ya ha visto asesinados a dos legisladores -Jo Cox y David Amess- desde 2016. Y la policía federal alemana informó la semana pasada de que había documentado un récord de 60.000 delitos penales por motivos políticos en 2023... A medida que aumentan los temores por la marginación, la migración masiva, la injusticia social y el quedarse atrás, a medida que se frustran las expectativas sobre los beneficios del bienestar material, hierve la rabia, y los populistas se benefician de ello, avivando con entusiasmo las llamas con un lenguaje incendiario en el que el ganador se lo lleva todo. Después de pensar que éramos inexpugnables tras el triunfo de Occidente sobre el comunismo, lo que los votantes ven ahora a su alrededor son guerras inútiles, incompetencia institucional y el hecho de que sus hijos vivirán peor que ellos... Los políticos centristas de Europa tampoco ayudan. Con demasiada frecuencia, están desconectados de unos votantes desesperados y agotados por crisis aparentemente permanentes. Son demasiado rápidos a la hora de culpar a la desinformación y a la manipulación demagógica del auge del populismo, en lugar de tomarse en serio los inconvenientes retos del presente que agitan a las familias corrientes, o de hacerlo tarde, dando a los populistas margen de maniobra (Jamie Dettmer, POLITICO)

 "Décadas antes de que el chasquido de dos disparos de pistola en Sarajevo sumiera al continente en la Primera Guerra Mundial, Otto von Bismarck predijo que sería «alguna maldita tontería en los Balcanes» lo que probablemente desencadenaría la siguiente gran guerra de Europa.

Aquel conflicto dejó unos 20 millones de muertos y encaminó a Europa hacia otra gran conflagración un cuarto de siglo después. El diplomático estadounidense George Kennan se refirió más tarde a la Primera Guerra Mundial como la «catástrofe seminal del siglo XX», ya que gran parte de la agitación política, los desastres y los horrores posteriores de Europa pueden, en cierta medida, remontarse a ella.

Sin embargo, algunas cosas han cambiado desde entonces. Por ejemplo, aunque Juraj Cintula haya disparado más balas en su intento de asesinato del Primer Ministro eslovaco Robert Fico que el estudiante serbobosnio Gavrilo Princip en el asesinato del Archiduque Francisco Fernando y su esposa en 1914, este episodio de violencia no llevará al continente a otra gran guerra, que se añadirá a la que el Presidente ruso Vladimir Putin ya está librando en Ucrania.

Sin embargo, es posible que en los años venideros los historiadores consideren este atentado contra la vida de un jefe de gobierno europeo -el primero desde 2003- como otra estación de paso en el alarmante descenso de Europa hacia la acritud y la violencia políticas extremas.

Gran Bretaña ya ha visto asesinados a dos legisladores -Jo Cox y David Amess- desde 2016. Y la policía federal alemana informó la semana pasada de que había documentado un récord de 60.000 delitos penales por motivos políticos en 2023. Así pues, las acciones de Cintula deberían ser sin duda una llamada de atención para todos aquellos que se preocupan por la democracia y temen que Europa se vea arrastrada a un pasado habitual, en el que la violencia política era moneda corriente.

La llamada Belle Époque -que comenzó tras el final de la guerra franco-prusiana en 1871 y continuó hasta la violenta intervención de Princip- suele recordarse como un periodo marcado por la alegría de vivir, la opulencia, la ilustración, la paz regional, la prosperidad económica y una notable innovación tecnológica y científica, todas ellas cosas que celebramos tras la caída del Muro de Berlín y hasta la crisis financiera de 2008 y Covid-19. Acontecimientos que nos hicieron comprender que, de hecho, la historia no había terminado.

Pero como siempre ocurre con la memoria histórica, todo depende de quién haga la crónica: los beneficiarios o los perdedores; la alta sociedad, la media o los pobres.

Por ejemplo, la edad de oro también tuvo un lado oscuro: la violencia política se extendió por Europa mucho antes del estallido de la guerra. El recuento de líderes asesinados en la época es alucinante, incluidos los primeros ministros de Grecia, Bulgaria, Serbia y España (dos), un ministro de Justicia finlandés y los monarcas de Grecia, Italia y Portugal, así como una emperatriz austriaca.

A medida que se desarrollaban estos asesinatos, algunos se tranquilizaban argumentando que eran obra sangrienta de chiflados y locos. «Hay más clases de locos de las que uno puede protegerse», comenta un personaje de la novela de época de Joseph Conrad «El agente secreto».

En la actualidad, resulta igualmente difícil no clasificar a Cintula, de 71 años -políticamente fluido, a veces poeta, minero del carbón, albañil e, irónicamente, cofundador del efímero partido Movimiento contra la Violencia- como cualquier cosa menos un desquiciado. Pero los locos pueden ser a menudo canarios en la mina de carbón.

Al igual que en los últimos años en Europa, en la bella época crecieron las milicias políticas, los movimientos proclives a la violencia y también el pensamiento nacionalista agresivo. Al ser una época de excesos y escandalosas desigualdades de renta, era comparable a la actual, enmascarando graves dislocaciones sociales y económicas, que a su vez alimentaron el resentimiento generalizado, y muchos buscaron refugio en los grandes «-ismos» fundamentalistas de la época: fascismo, comunismo, anarquismo y nacionalismo.

Para estudiosos como el ensayista indio Pankaj Mishra, las similitudes entre la llamada edad de oro y la nuestra son claramente visibles, ya que «gran parte de nuestra experiencia resuena con la de la gente del siglo XIX». Sin embargo, en su libro «Age of Anger» (La edad de la ira), Mishra advertía de que en la actualidad asistimos a sacudidas económicas de magnitud aún mayor, con «peligros más difusos y menos predecibles».

Las sacudidas que se están produciendo hoy bajo nuestros pies son presagios de los terremotos políticos que se avecinan, entre los que probablemente se incluya el resultado de las próximas elecciones al Parlamento Europeo, en las que se prevé un aumento del apoyo a los partidos populistas de derechas.

A medida que aumentan los temores por la marginación, la migración masiva, la injusticia social y el quedarse atrás, a medida que se frustran las expectativas sobre los beneficios del bienestar material, hierve la rabia, y los populistas se benefician de ello, avivando con entusiasmo las llamas con un lenguaje incendiario en el que el ganador se lo lleva todo. Después de pensar que éramos inexpugnables tras el triunfo de Occidente sobre el comunismo, lo que los votantes ven ahora a su alrededor son guerras inútiles, incompetencia institucional y el hecho de que sus hijos vivirán peor que ellos. También se sienten privados de sus derechos, ya que las decisiones parecen ser tomadas cada vez más por organismos mundiales y supranacionales que no rinden cuentas directamente al electorado.

 Los políticos centristas de Europa tampoco ayudan. Con demasiada frecuencia, están desconectados de unos votantes desesperados y agotados por crisis aparentemente permanentes. Son demasiado rápidos a la hora de culpar a la desinformación y a la manipulación demagógica del auge del populismo, en lugar de tomarse en serio los inconvenientes retos del presente que agitan a las familias corrientes, o de hacerlo tarde, dando a los populistas margen de maniobra.

Por supuesto, los enemigos de la democracia están haciendo todo lo posible para desacreditar nuestro orden mundial con desinformación difundida a través de las redes sociales y amplificada por una red mundial de organizaciones de noticias falsas operadas por Rusia, China, Irán y aliados como la Venezuela de Nicolás Maduro. Pero los políticos democráticos de Occidente no deberían ser cómplices involuntarios de ellos -o de los populistas cínicos y oportunistas de derechas o izquierdas- vendiendo mal la democracia. Deben prestar atención a la desafección, ser honestos sobre las dolorosas opciones y compensaciones, y hacer que el sistema democrático funcione mejor.

Intentar engañar a los votantes puede añadirse a la lista de cargos a los que se enfrentan estos políticos. Por ejemplo, prometer eliminar el impuesto de sucesiones -como hizo la semana pasada el canciller británico Jeremy Hunt- resulta cínico, ya que los conservadores suelen prometer exactamente lo mismo antes de las elecciones y luego, por supuesto, no hacen nada.

Mientras tanto, negarse a decir la verdad es otra táctica que molesta a muchos votantes. Como señaló POLÍTICO hace dos meses, con el telón de fondo de las airadas protestas de los agricultores de todo el continente, los líderes de la UE decidieron reducir al mínimo las conversaciones sobre la ampliación antes de las elecciones parlamentarias, por temor a que sólo ayudaran a los populistas.

«Seamos sinceros: nadie quiere hablar de esto [la ampliación] antes de las elecciones europeas», dijo un funcionario de la UE a POLITICO. «Hablar de menos subsidios para los agricultores europeos no es algo que quieras poner en tus eslóganes de campaña - o dar como munición electoral para la extrema derecha».

Pero este enfoque desacredita la democracia, añadiendo a la acritud y la ira ya presentes, ofreciendo munición. Y dentro de poco, no sólo tendremos que temer a los lobos solitarios."              

(Jamie Dettmer , POLITICO, 31/05/24, Traducción realizada con la versión gratuita del traductor DeepL.com, enlaces en el original)