"Octubre del año 2010. La reconocida publicación Foreign Policy, de
moderada línea liberal, publica una lista denominada como la de "Los
malos ex". Pretende valorar cuáles han sido los gobernantes del planeta
que peor se han adaptado tras abandonar sus presidencias y menos han
contribuido al bienestar de sus países.
En la lista, con cinco nombres,
José María Aznar se sitúa en el segundo lugar. Quizá sea el resumen
perfecto para describir al jefe de Gobierno en España de 1996 a 2004, el
hombre que primero renovó la derecha española para luego recuperar su
línea más exacerbada.
Un personaje árido, cáustico y de gesto
malencarado, alguien que, como decíamos
en esta misma publicación la pasada semana, no ha dicho aún su última
palabra. A los individuos que se creen portadores de una misión
histórica hay que observarles siempre con cautela, aquellos que además
atesoran poder pasan de inquietantes a peligrosos.
En marzo de 1990 el Partido Popular realiza su primer congreso en
Sevilla, tras la refundación de Alianza Popular un año antes. Todo se ha
dispuesto para elegir al presidente del nuevo partido que dé el relevo a
Fraga, es decir, aquel destinado a dejar atrás las vinculaciones
directas con el franquismo: Aznar es el hombre señalado para esa
sucesión.
Se produce entonces una peculiar escena donde el jefe de las
derechas, Fraga, al que nadie se atreve a toser pese a su marcha, rompe
en medio de su discurso la carta de dimisión sin fecha que Aznar le
había entregado: eran tiempos de poca confianza en el éxito. Aznar, ante
el gesto, llora tapándose la cara con las dos manos, el auditorio rompe
en aplausos mientras que Fraga pronuncia la antológica frase "aquí no
hay tutelas ni hay tutías". De ahí a que Aznar se convirtiera en
presidente del Gobierno pasaron seis años.
La imagen del candidato popular en aquellos noventa era de todo menos
agresiva, a pesar de sus "váyase, señor González", que repetía
incansablemente, quizá como venganza al vapuleo que el presidente
andaluz le procuró en el segundo debate de 1993. Se diría que nunca se
recuperó de aquello, arrastrando esa cara que se les queda a los
tenistas cuando creen que tienen el partido hecho y el rival les da la
vuelta en el último minuto. En 1996 la victoria fue relativa: España
estaba más cansada de González que ilusionada por Aznar.
Pactó con
nacionalistas catalanes y vascos su primera legislatura, negoció con ETA
bautizándola como "movimiento de liberación nacional vasco", enfrentó
el asesinato de Miguel Ángel Blanco y profundizó las privatizaciones de
las grandes empresas públicas que ya había empezado González. Su
victoria por mayoría absoluta en el 2000, con una baja participación,
fue el final de aquel hombre que se pretendía moderado. Comenzaba a
configurarse el personaje que hoy conocemos.
Su segunda legislatura fue la de la lucha con los estudiantes y los
sindicatos, la del incidente bélico con Marruecos por el Islote de
Perejil, la del conflicto soterrado con el Rey, que no ofreció ningún
título nobiliario a Aznar tras el fin de su mandato, a diferencia de a
sus antecesores. Fue la legislatura del Euro, del inicio de la
especulación inmobiliaria sin contención, de un llamado milagro
económico que empezaba a dejar a una parte del país atrás.
Fue también
la del Prestige, acontecimiento accidental donde su Ejecutivo no tuvo
ninguna responsabilidad pero que, sin embargo, anticipó lo que serían
sus últimos días: una política de comunicación que bordeaba lo
indecente. Y fue la legislatura de la Guerra de Irak en el año 2003,
donde Aznar metió a España, convirtiéndose en uno de los más firmes
defensores de la mentira de "las armas de destrucción masiva" que se
buscó como casus belli.
Aquella agresión dejó al derecho internacional tocado, restó poder a
la ONU y costó, a lo largo de la primera década del siglo, incontables
vidas. Configuró una endeble foto de las Azores de la que España sacó un
escaso rendimiento, no así el presidente, que acabó recibiendo la
medalla de oro del Congreso de EEUU, previa intermediación de un lobby
pagado con dinero público. La guerra de Irak fue un movimiento
geoestratégico de gran calado que sin embargo fracasó estrepitosamente
en lograr los mezquinos fines que la impulsaron.
Quizá Aznar vio una oportunidad de negocio para las multinacionales
españolas previa masacre de iraquíes. Quizá aquel movimiento tan sólo
fue el deseo atolondrado de un señor de provincias que pasó de jugar al
dominó en Quintanilla de Onésimo a verse poniendo las piernas encima de
la mesa junto a George Bush.
Para las elecciones de 2004, Aznar, que ya parecía más un monarca que
un presidente, designó sucesor a Mariano Rajoy. El atentado del 11M
trastocó todo lo que estaba previsto. Aznar culpo a ETA "sin ningún
género de dudas" sabiendo que había serias dudas sobre la autoría,
enrocándose en aquella postura hasta la propia jornada de reflexión
cuando ya diferentes medios y Gobiernos extranjeros daban por seguro la
autoría islamista. Su gabinete dedujo que si la gente vinculaba aquel
atentado con la Guerra de Irak, perderían las elecciones.
Aunque es
indudable que fue la motivación de los terroristas, una buena gestión
informativa podría haberle granjeado incluso el apoyo del electorado:
rara vez se culpa de algo al agredido aunque antes fuera agresor, más
con 193 fallecidos y dos mil heridos en suelo español. La gente votó
contra Aznar, sobre todo, por haberse sentido engañada y por haber visto
como un presidente mintió a todo un país para ganar unas elecciones.
Esa, y no otra, fue la razón.
Y hasta aquí llegó la vida de Aznar en la política institucional.
¿Cómo es posible que alguien que abandonó la primera línea en 2004 siga
hoy no sólo siendo centro informativo sino mano en la sombra de la
derecha española?
(...) Aznar, quizás, tenía como plan de jubilación enseñar en alguna
universidad, como así hizo por un tiempo, y dedicarse a dar conferencias
donde recibiera sonoros aplausos. Aznar tuvo que reconfigurarse en otra
cosa porque, sencillamente, no podía soportar haber sido licenciado con
deshonor. Pero también por haber perdido las riendas de la derecha
española, herramienta decisiva para comenzar la restauración
reaccionaria que tenía prevista.
¿Cuál era aquel proyecto de restauración reaccionaria? El que surge
de su segunda legislatura frustrada, una que a juzgar por los resultados
electorales debería de haber sido tranquila pero resultó una tormenta
de conflictos. Si la derecha quería además de gobernar España,
cambiarla, debía alterar el sentido común mayoritariamente progresista
de la ciudadanía.
Es Aznar quien recupera la rojigualda con la
gigantomaquia nacionalista de Colón, es este presidente quien deja
puestos los cimientos para un resurgir nacionalista que encontró,
sorpresivamente, un aliado inesperado en los éxitos que hasta entonces
se habían escapado a nuestros deportistas.
Puede que alguien lea en este resurgir del nacionalismo español un
intento de hacer frente a los nacionalismos periféricos: que atienda a
cómo acabaron las cosas en Cataluña. Zapatero, que fue continuista en lo
económico con respecto a Aznar, giró sin embargo hacia un patriotismo
cívico de raigambre republicana, que situaba la nación más que como un
sentimiento, peligrosamente manipulable, como la cuna de nuestros
derechos y obligaciones: se era español en tanto que se construía
España, la gracia de dios quedaba a un lado.
Lo cierto es que el nacionalismo de Aznar podía tener como impulso
confrontar con otras banderas, pero tenía como fin el vincular la idea
de España a un tipo concreto de ideología: la suya. Si volvían los
"malos españoles" señalados por el franquismo, si se creaba un "enemigo
interior" tal y como esgrimía Thatcher, entonces ser de izquierdas ya no
era una opción, era estar fuera del debate público y contra el país.
¿Encuentran ya la raíz de ciertos discursos actuales?
Pero para llevar a cabo este plan hacía falta algo más que los
laureles deportivos, hacía falta volver a tener poder sin que bajo tu
nombre se vinculara un cargo público. En la década y media larga desde
que Aznar salió de la Moncloa, el expresidente ha tenido relaciones
empresariales con el magnate de la comunicación Rupert Murdoch, con la
inmobiliaria J.E. Robert, con la energética Endesa, con la empresa de
datos y software Afiniti, con la extractiva Barrick Gold, con el fondo
de inversión Centaurus, con la aseguradora KPMG y con el bufete Latham
& Watkins. Sí, de algo hay que vivir, sobre todo si ese algo, además
de reportarte unos ingresos notables, te proporciona una red de
influencia para tirar de determinados hilos con fuerza.
Pero además de la misión histórica, el dinero y la influencia, se
necesita un último elemento: que tus ideas acaben llegando a la gente.
FAES, la fundación de pensamiento presidida por Aznar, ha estado detrás
de la mayor parte del combustible ideológico que ha animado a los
escritores revisionistas, a los radio predicadores y a las cadenas
ultra-conservadoras que consiguieron, en ese tiempo que va de mitad de
los dos mil hasta mitad de la década pasada, crear un suelo electoral
para la derecha más radical. La eclosión vino con el otoño
independentista y la posibilidad de referenciarse en un un partido ultra
como Vox, pero alguien había sembrado cuidadosamente durante esos años
aquel sustrato.(...)
Aznar, además, no descuidó la rama de la política institucional. Cometió
de nuevo un error al apostar a caballo perdedor, tal y como hizo en
1987, salvo que esta vez lo hizo apoyando a la opción más conservadora:
Esperanza Aguirre, que se enfrentó contra un Rajoy que ya había sido
tildado como traidor y fracasado. La Gran Recesión de 2008 no sólo vino a
arruinar al país y encumbrar a Rajoy, sino que, por una de esas
extrañas carambolas del destino, frenó los planes de Aznar.
De nuevo la paciencia, quizás mirando a aquellos dos jóvenes sonrientes
que le seguían en 2011 en un acto de la fundación DENAES. Uno era su
presidente, Santiago Abascal, mimado con subvenciones por Aguirre, el
otro Pablo Casado. Uno acabaría formando Vox en 2014, lo que en
principio no fue más que una escisión del PP contra Rajoy. El otro
acabaría llegando a presidente del Partido Popular tras el imprevisible
congreso de 2018.
El tercero en discordia, Albert Rivera, recibió
también las bendiciones en la sombra de la eminencia gris de la derecha
española. La última en ser ungida públicamente ha sido Isabel Díaz
Ayuso. El marionetista que llevó a Aznar a la presidencia en 1996,
Miguel Ángel Rodríguez, es quien está detrás de la presidenta madrileña.
Todo queda en casa.
Desde 1978 España no había tenido una derecha en las instituciones
tan radical, unos medios de comunicación tan descaradamente parciales,
una judicatura tan enconada y unos cuerpos armados tan susceptibles de
ser mirados con desconfianza, como ya les conté por aquí a principios de diciembre de 2020. Pueden pedir cuentas al procés,
pueden asumir que el coronavirus ha sido un generador de incertidumbre o
pueden acordarse del hombre que ha ocupado todo este artículo, uno que
llamaba a "apuntar y no olvidar" al lado de una Ayuso que, unos días
antes, dejó al rey señalado para que los más exaltados le acabaran
calificando como traidor.
Apunten que esta rama de la derecha española, una que ahora llamamos
ultra, quizá trumpista, dependiendo de su cara visible, tiene un mismo
fondo común: Aznar, bajo cuya égida se desarrolló la Gürtel y se trajo
el nacionalismo rojigualdo de vuelta. Fue de los primeros, junto a
Aguirre, en pedir una derecha desacomplejada, cuando los complejos eran
lealtad democrática. (...)
Importó diversas guerras culturales despertando el lado "políticamente
incorrecto" de la derecha. Boicoteó con denuedo cualquier medida
política que condujera a la distensión del nacionalismo periférico.
Sentenció el fin de ETA como una traición. Sirvió como abrevadero de
agitación para la creación de unos medios y una audiencia ultra.
Movilizó a los sectores más conservadores del PP contra Rajoy. Abrió la
caja de pandora de las teorías de la conspiración para tapar su
desastrosa gestión del 11M. Se atrevió a ilegitimar abiertamente a sus
rivales políticos, los que se sentaron en Moncloa y el que se sentó en
la Zarzuela.
(...) puede que la fortuna no siempre marque lo que necesitas, pero lo que es
seguro es que para poder ganar hay que estar sobre el tablero. Tómense
en serio a Aznar de una vez por todas: mientras la mayoría le
minusvalora, él sigue librando su partida." (Daniel Bernabé , Público, 29/06/21)