Mostrando entradas con la etiqueta n. Albert Rivera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta n. Albert Rivera. Mostrar todas las entradas

15.2.22

Ayuso vapulea a Pablo Casado... Porque Ayuso acompleja a Casado... Casado quería con estas elecciones vencer a su rival interno en el partido, Ayuso, y al externo en su espectro ideológico, Vox, pero va camino de reforzar a ambos y seguir el camino de Albert Rivera... Ayuso puede enterrar a Pablo Casado en la tierra donde nació simplemente asistiendo al espectáculo

 "Isabel Díaz Ayuso realizó una declaración en la Asamblea de un minuto que no incluía ningún dato falso ni manipulación y que se separaba del discurso de la extrema derecha. 

(...)  lo que dijo fue totalmente cierto en respuesta al discurso racista de VOX contra la inmigración ilegal al asociarla con la delincuencia de las bandas. No lo hizo por convencimiento, porque si necesita a la extrema derecha para sacar adelante unos presupuestos y los posfascistas le vuelve a pedir poner a los menores no acompañados en la diana lo hará sin complejos. No es que tenga muchos escrúpulos, pero eso no implica que la declaración puntual vaya en la línea correcta. 

El problema es que en su delirio populista habitual no hay coherencia en sus palabras y no lo acompaña de hechos. No hay diferencia entre la relación con VOX que tiene Ayuso y una declaración puntual con el discurso que Pablo Casado tuvo en la moción de censura. Son retazos de derecha europea que rápido caen en el olvido. 

Pero Ayuso marca tendencia en el PP, todo lo que hace influye en Casado. Es su némesis.

Isabel Díaz Ayuso es la misma que solo un día antes declaró que su partido tiene que pactar con VOX en Castilla y León solo para llevar la contraria a la estrategia de Pablo Casado, que intentó en campaña evitar decir que pactarán con la extrema derecha. Ayuso puso en valor su política y reconoce lo que todos sabemos y la dirección en Génova no se atreve a explicitar.

 Si algo tiene la lideresa es que cuando habla de sus políticas y estrategias a los de su clase suele ser clara, expresa de manera diáfana sus intenciones y deja claro a los suyos que va a gobernar para ellos, por eso gusta a los suyos. No juega a ser la presidenta de todos los madrileños, es solo la presidenta de quien le ha votado y pertenece a una clase social determinada. Y sigue marcando el paso a Pablo Casado.

La relación de Ayuso con VOX suele ser el termómetro que marca la relación que quiere Pablo Casado para combatir a la extrema derecha en su espectro basada en la falsa premisa de que Isabel Díaz Ayuso y su discurso tapan a los posfascistas. Porque eso no ocurre. En Madrid el éxito de Ayuso se debió a la absorción íntegra de Ciudadanos y la infiltración en bolsas del PSOE, pero en ningún caso logró parar a VOX, que creció en apoyos. 

 El error de diagnosis del éxito electoral de Ayuso ha llevado al PP a iniciar una serie de delirios políticos y discursivos que creen posible imitar la campaña madrileña en Castilla y León sin contar que la base electoral del votante es totalmente diferente y el contexto diametralmente opuesto. Porque Ayuso acompleja a Casado.

 Teodoro García Egea y Génova han planteado la campaña electoral en Castilla y León como una mala copia de la que Miguel Ángel Rodríguez planteó en Madrid. Ayuso basó la campaña en contraposición a Pedro Sánchez después de meses confrontando contra el gobierno por la crisis de la pandemia y aprovechando el error de Moncloa de aceptar esa dinámica que finalizó con aquella reunión bilateral en la sede la Comunidad de Madrid con banderas y boato de representación de jefes de Estado. Con esos mimbres era fácil plantear la campaña en oposición al "sanchismo", más aún cuando Pablo Iglesias se presentó a las elecciones en Madrid y le dio hecho un lema: 'Comunismo o libertad'.

Ahora nos parece chusco, pero tenía un elemento concreto de contraposición en el líder de Unidas Podemos que daba credibilidad a las elecciones de Madrid como plebiscito contra el gobierno central en una de las regiones más derechizadas de España y con la pandemia y las medidas de restricción como elemento troncal de la elección de los ciudadanos. 

Todos los condicionantes favorecían la campaña de Ayuso y son irreproducibles en Castilla y León. No son exportables. Sin contar que los genios estrategas de Génova no han valorado la falta de carisma de Mañueco que, consciente de sus limitaciones, suplicaba a Génova que le dejara llevar a Ayuso a todos los mítines.

 La urgencia de Pablo Casado se le ve en la mirada y en los gestos, ha usado las elecciones en uno de sus feudos para reforzar su posición y las expectativas dicen que saldrá de ellas como un líder tocado al que se le pondrá en cuestión que sea el candidato en las generales. Casado quería con estas elecciones vencer a su rival interno en el partido y al externo en su espectro ideológico pero va camino de reforzar a ambos y seguir el camino de Albert Rivera. Ayuso puede enterrar a Pablo Casado en la tierra donde nació simplemente asistiendo al espectáculo."                   (Antonio Maestre , blog, La Sexta, 11/02/22)

14.2.22

Descanse ya, Albert(o) Rivera, que del socialdemócrata cuyo objetivo era un partido bisagra anti-nacionalista catalán, al pollito que, cuando lo consiguió, dejándose las plumas socialdemócratas por el camino, la lió (será por pollitos, ultimamente)... El caudillo providencial se convirtió en un siniestro metepatas de los que se caen, nunca mejor dicho, con todo el equipo... Y lo que más me molesta de todo es que, a día de hoy, sigo sin saber quién es exactamente Albert Rivera ¿Sabe ya lo que quiere ser de mayor?

 "Ni dos años ha durado Albert Rivera en el bufete madrileño de abogados Martínez Echevarría (que había ampliado su nombre a Martínez Echevarría y Rivera tras el fichaje del expolítico). 

Se había llevado con él a su leal Villegas, que también causa baja, manteniéndose fiel a su líder natural, aunque en un pasado no muy lejano ejerció como de Robin que cambia de Batman cuando le conviene: antes de ser el hombre de confianza de Rivera en Ciudadanos, ocupó el mismo cargo con los cesantes Antonio Robles y Pepe Domingo (si Rivera inicia una carrera de tertuliano en Tele 5, ¿exigirá que le pongan al lado una silla para Villegas?, me pregunto).

El bufete dice que se enteró por la prensa de la fuga de Rivera, y ahora que este exige que se le abonen los honorarios previstos por contrato hasta 2025, contraataca asegurando, con más o menos buenas palabras, que el cesante no daba un palo al agua (y que su fiel Villegas tampoco se mataba precisamente): se verán en los tribunales.

Y a todo esto, ¿qué hará Rivera a partir de ahora? ¿Sabe ya lo que quiere ser de mayor? Ha dicho que a la política no piensa volver, pero también es verdad que en el PP ya han dicho que no quieren saber nada de él. Si quiere seguir ejerciendo la abogacía, que te echen de un bufete prestigioso por tu escaso rendimiento no parece la mejor carta de recomendación: todo parece indicar que el señor Rivera pasa por eso que los anglosajones definen como un all time low.

Y da la impresión de que se lo ha buscado él solo, de la misma manera que se cargó Ciudadanos hace unos años al rechazar la vicepresidencia que le ofrecía Pedro Sánchez en un posible Gobierno de coalición y que a algunos nos habría parecido más razonable que el que finalmente se constituyó con la colaboración de Podemos y los separatistas. No sé si será consciente de ello, pero con aquel gesto de soberbia, Albert Rivera se cargó de un plumazo diez años de trabajo de un partido que podría haber llegado más lejos de donde se encuentra en la actualidad, a medio camino entre la irrelevancia y la desaparición.

A Rivera no le parecía suficiente ser vicepresidente de la nación (con aspiraciones a la presidencia si lo hacía bien y su partido funcionaba), quería ser califa en el lugar del califa y sustituir al PP en el ranking de la derecha española. Para eso, previamente, había convertido un partido de centro izquierda antinacionalista en un partido de derechas nacionalista español, uno de esos viajes para los que, como se suele decir, no hacen falta alforjas.

Antes de eso, se había fugado a Madrid sin acabar el trabajo iniciado en Cataluña, dejando al frente de la nave a la tan bienintencionada como robótica Inés Arrimadas (que, en cuanto pudo, salió también pitando para Madrid). Luego vinieron la derechización del partido, que incluyó el exterminio de toda su ala social demócrata --su líder natural, Jordi Cañas, estaba convenientemente destacado en Bruselas--, y los intentos de suplantar al PP, olvidándose de la condición de bisagra que había definido a Ciudadanos desde el principio y su función de impedir que los gobiernos de España tuviesen que depender de los nacionalistas.

El resultado de este ego trip es del conocimiento de todos: la implosión de un partido que, en sus orígenes catalanes, parecía una alternativa más que razonable a las fuerzas políticas ya existentes. Los que rondábamos por allí en aquella época sabemos, pese a lo que digan las malas lenguas, que Ciutadans no nació como un partido de derechas con ganas de ocupar el lugar del PP, sino como una convención de rebotados del PSC partidarios de la socialdemocracia y hartos del nacionalismo obligatorio impuesto por Jordi Pujol y sus sucesores. Y ahora, cuando miramos hacia atrás, nos decimos: qué pena, ¿cómo se ha podido hacer todo tan mal?

A tenor de los resultados, es evidente que Francesc de Carreras se equivocó al ungir a su exalumno como máximo dirigente del partido, aunque ya se sabe que es muy fácil hablar a toro pasado y que en aquella época Rivera interpretaba muy bien el papel del joven socialdemócrata y antinacionalista de verba amena dotado de cierto carisma. El problema estribaba precisamente en eso, en que se trataba de interpretar el papel que le convenía en aquel momento, sin cerrarse a las posibilidades de interpretar otros si le parecían más adecuados para lo único que parece haberle interesado de la política española: llegar a presidente.

Así fue como el joven social demócrata fue mutando en un señor de derechas, si es que no lo había sido siempre (a fin de cuentas, no hay que olvidar que pasó brevemente por el PP antes de integrarse en Ciutadans). Fiándolo todo a su olfato y sin hacer caso a nadie, Rivera profundizó en la derechización del partido (que se había recrudecido al pasar este a escala nacional, cuando aquello se llenó de oportunistas con ganas de pillar cacho) y en su alejamiento cada día mayor del grupo fundacional barcelonés y sus compañeros de viaje, que se iban descolgando del proyecto a marchas forzadas y mascullando obscenidades.

Lo más probable es que Rivera nunca haya tenido una ideología clara y que siempre le haya importado más el cómo que el qué. Pero se pasó de listo. Teniendo campo de sobras para correr en el centro izquierda, se empeñó en desplazar al PP del liderazgo de la derecha española. Por eso no le bastó con la vicepresidencia que le ofrecía Sánchez y nos dejó en manos de Podemos y los nacionalistas. O presidente o nada, se dijo. Y el resultado ha sido nada, con el agravante de que su hundimiento personal propició el del partido, que pasó de ganar unas elecciones autonómicas en Cataluña a no pintar prácticamente nada, ni en Cataluña ni en el resto de España.

No sé dónde se meterá ahora el señor Rivera, pero reconozco que tampoco me importa mucho. Para mí siempre será el sujeto que se cargó un partido en el que llegué a creer durante un tiempo y que, con sus arbitrariedades y sus tendencias erráticas, condujo a la actual irrelevancia (cuando apareció Manuel Valls, lo trató a patadas por si le hacía sombra), aunque sigan militando en él algunas personas de mérito y Félix de Azúa insista en que los seguirá votando hasta el día del juicio. El caudillo providencial se convirtió en un siniestro metepatas de los que se caen, nunca mejor dicho, con todo el equipo.

No sé si lo han echado del bufete por no dar golpe o por no cumplir las reglas de las puertas giratorias: atraer contactos de interés para la empresa que te contrata tras tu paso por el poder político. Si esa era la intención de Martínez Echevarría, le faltó algo de vista. Deberían haber esperado a que Rivera llegara a vicepresidente de la nación y, a ser posible, a presidente: quizás ahora se den cuenta de que fichar a un suicida político no es una idea especialmente brillante (entre otros motivos, porque no le has dado tiempo a desarrollar esos contactos que tan útiles te pueden ser para tus cosas).

Con los fracasos acumulados en la política y en la abogacía, no parece que Albert Rivera lo tenga muy fácil para seguir viviendo tan bien como hasta ahora, pues no le quedan muchos más terrenos que quemar (y peor lo tiene el sidekick Villegas). Y lo que más me molesta de todo es que, a día de hoy, sigo sin saber quién es exactamente Albert Rivera ni qué le mueve en esta vida aparte de las ansias de medrar."                   (Ramón de España, Crónica Global, 12/02/22)

10.2.22

Dos años ha durado el fichaje estrella de Albert Rivera, como aquellos futbolistas rutilantes que Ramón Mendoza traía en su última etapa como presidente del Real Madrid para luego acabar calificándolos de “castaña”... Es lo que tiene fichar a alguien para que te haga lobby y descubrir que su influencia y agenda estaban tan infladas como las columnas de opinión que, a mediados de la década pasada, se escribían afirmando que Rivera era el líder que España necesitaba... A Rivera se le sacó de una probeta y a base de comunicación y dinero se le convirtió en la némesis de Iglesias, pero sobre todo en la figura que sintetizaba a la clase media aspiracional, esa identidad del “quiero y no puedo” que protesta contra el impuesto de sucesiones estando muy lejos de pagarlo... Pero, como destilación refinada de lo aspiracional, Rivera confundió su personaje con su persona, su papel público con su misión encomendada: la de servir de muleta para un maltrecho PP y de buen consejero para que Pedro Sánchez no se juntara con malas compañías. Despreció varios Gobiernos porque, simplemente, se creyó las mentiras que otros contaban sobre él... Y así llegó el otoño en la Plaza de Colón... Y Rivera, tanto como Casado, empezó a decirle a todos esos treintañeros, que fumaban en shisha tabaco falso de frambuesa, que ser de ultraderecha no estaba tan mal. Por eso, ni cinco años después del primer aquelarre en Colón, Abascal camina con paso firme, a Casado le están tomando medidas para un traje y Rivera es ya sólo motivo de chiste para redes sociales

 "A estas horas, unas pocas antes de que ustedes lean este artículo, la página web del despacho de abogados Martínez-Echevarría aún sigue llevando el ampersand que les une al nombre de Albert Rivera. La foto del otrora líder de Ciudadanos aparece en las imágenes que se desplazan en su parte superior, la mayoría de ellas mostrando a un Rivera dinámico, en reuniones, conferencias, a punto de tomar grandes decisiones.

 Un retrato de medio cuerpo, no demasiado favorecedor, nos aclara su cargo en la empresa: presidente ejecutivo. Al menos hasta este lunes, cuando conocimos que Rivera, junto a su escudero José Manuel Villegas, habían mandado un email al bufete que presidían para dar por terminada su relación laboral, aduciendo que no les han concedido el 5% del capital ni les habían abonado la retribución variable. España discutiendo sobre leyes laborales y llega Rivera y se despide mediante un correo electrónico.

 El despacho, por su parte, ha declarado a los medios que “su productividad estaba alcanzando niveles preocupantes, muy por debajo de cualquier estándar razonable”; también que “su aportación fue ninguna y su implicación, nula [...] auténtico fiasco”, afirmando que huirán “de políticos vacíos, desinteresados y sin capacidad de trabajo". Dos años ha durado el fichaje estrella, como aquellos futbolistas rutilantes que Ramón Mendoza traía en su última etapa como presidente del Real Madrid para luego acabar calificándolos de “castaña”.

 Era lo que tenía fichar a un delantero que no te metía goles pero que repartía, generosamente, su sueldo por los clubes de la Castellana. Es lo que tiene fichar a alguien para que te haga lobby y descubrir que su influencia y agenda estaban tan infladas como las columnas de opinión que, a mediados de la década pasada, se escribían afirmando que Rivera era el líder que España necesitaba.

Y quizá era cierto, salvo que nunca se precisaba que era el líder que una parte de España necesitaba, esa parte que se sienta en los consejos de administración. A Rivera se le sacó de una probeta y a base de comunicación y dinero se le convirtió en la némesis de Iglesias, pero sobre todo en la figura que sintetizaba a la clase media aspiracional, esa identidad del “quiero y no puedo” que protesta contra el impuesto de sucesiones estando muy lejos de pagarlo. 

La manera de concitar los intereses de los que tienen el dinero con los intereses de aquellos que creen tenerlo. Albert Rivera fue a la política española lo que los chicles etiqueta negra son al mundo de las golosinas, la ginebra rosa a las bebidas alcohólicas y los geles de placer al sexo: cosas de las que podríamos prescindir, que no nos aportan nada, pero que nos hacen sentirnos por encima de la media.

 Que el ascensor social se estropeara, en un país donde realmente nunca funcionó muy bien, dio para que en lo peor de la anterior crisis nos llenaran la vida de baratijas, algo que la sociedad española, tras el primer momento de indignación, abrazó encantada como los indios el cofre de pulseritas por el que vendieron Manhattan. 

Así Rivera, mientras que nos vendía que no había rojos ni azules –algo muy de moda en el momento–, posaba en la portada de Vanity Fair arremangado jugando al billar, representando ese sueño de urba residencial adosada que mi generación, los que nacimos alrededor del ochenta, gustaba tanto de paladear. Gilipolleces premium y gestión de extremo centro: sensación de vivir, 90210.

 El invento funcionó por un tiempo, los resultados electorales eran magníficos, casi tanto como las visitas de Rivera a El Hormiguero para hablar con un guiñol y dos hormigas. Pero, como destilación refinada de lo aspiracional, Rivera confundió su personaje con su persona, su papel público con su misión encomendada: la de servir de muleta para un maltrecho PP y de buen consejero para que Pedro Sánchez no se juntara con malas compañías. 

Despreció varios Gobiernos porque, simplemente, se creyó las mentiras que otros contaban sobre él, algo que en política siempre se paga caro: sucumbir al elogio. Y así llegó el otoño rojigualdo, respuesta nacionalista al procés, y aquellas reuniones en la Plaza de Colón, que no se hacían en la Plaza de Oriente no por falta de ganas. Aunque Rivera se rodeaba de banderas LGBT en cada ocasión, era casi imposible desprenderse de aquella imagen tan alejada que le habían construido: el buen chicho padefo interesado más en el SUV de su jefe que en jaleos con la bandera del pollo. 

El problema es que un líder político, la posición de un partido, no es sólo un receptor de las simpatías de los votantes, sino que con su presencia y acciones construye a esos votantes. Y Rivera, tanto como Casado, empezó a decirle a todos esos treintañeros, que fumaban en shisha tabaco falso de frambuesa, que ser de ultraderecha no estaba tan mal. Por eso, ni cinco años después del primer aquelarre en Colón, Abascal camina con paso firme, a Casado le están tomando medidas para un traje y Rivera es ya sólo motivo de chiste para redes sociales. 

Quizá, sin él saberlo, es el hermano mayor de la subcultura de las criptomonedas, ya saben, esos postadolescentes que han pasado de la masturbación culpable a hablar de evasión fiscal sentados en sillas de oficina con respaldo de coche de rally. La especie que en occidente mengua con cada año de neoliberalismo que soportan los genes.

 Que unas horas antes de que conociéramos el lunes el affaire laboral de Rivera, viéramos a Hermann Tertsch intervenir desde un mesón en el Parlamento Europeo, no es casualidad. Tampoco que días antes a Casado le diera por cuestionar la legitimidad del sistema de votación del Congreso. O a Olona, tratando a dos individuos vestidos con mono de trabajo como esas presentadoras de programas infantiles tratan a los niños. 

No es casualidad este suma y sigue porque la operación de restauración en torno a Felipe VI, una que contaría a un lado con Susana Díaz, al otro con Soraya Sáenz de Santamaría y de la mano de las dos a Rivera, fracasó estrepitosamente. De un lado, Unidas Podemos consiguió llegar al Gobierno, del otro, las derechas españolas se han convertido en un problema para el propio país cuando, como Ciudadanos, han dejado de entender su papel de mantenimiento de un cierto orden económico, para pasar a creerse sus delirios imperiales y sus santas cruzadas. 

La política nunca se puede trazar con escuadra y cartabón sobre una impoluta mesa de operaciones. La política suele tender a la entropía porque sencillamente es la disciplina que trata de mediar en el conflicto. Y ni con todos los medios a tu disposición vale moldear a un golem de morro fino para que las cosas salgan como tú quieres: fingir que todo ha cambiado para que nada cambie. Es probable que quien eligió apostar justo por alguien como Albert Rivera no pare de echarse la mano a la frente cuando el amigo vuelve a saltar a la actualidad: “anda, hijo, bendita la hora”, se escucha desde una boca sentada en un sillón de cuero. 

En el fondo, más allá del personaje, todo se resume en que, sin cambiar la realidad –una llena de desigualdades de clase, territoriales, de género e incluso productivas–, toda fantasía narrativa acaba sucumbiendo. La pujante, la de Ayuso y Espinosa de los Monteros, el jefe por detrás del portero de discoteca, también juega con lo que se aspira a ser, salvo que, a diferencia de hace unos años, ya entra en la ecuación el cirujano de hierro. "                   (Daniel Bernabé, InfoLibre, 08/02/22)

30.6.21

Daniel Bernabé: la restauración reaccionaria de Aznar... la de los "malos españoles"... si se crea un "enemigo interior" entonces ser de izquierdas ya no es una opción, es estar fuera del debate público y contra el país. ¿Encuentran ya la raíz de ciertos discursos actuales?

 "Octubre del año 2010. La reconocida publicación Foreign Policy, de moderada línea liberal, publica una lista denominada como la de "Los malos ex". Pretende valorar cuáles han sido los gobernantes del planeta que peor se han adaptado tras abandonar sus presidencias y menos han contribuido al bienestar de sus países. 

En la lista, con cinco nombres, José María Aznar se sitúa en el segundo lugar. Quizá sea el resumen perfecto para describir al jefe de Gobierno en España de 1996 a 2004, el hombre que primero renovó la derecha española para luego recuperar su línea más exacerbada.

 Un personaje árido, cáustico y de gesto malencarado, alguien que, como decíamos en esta misma publicación la pasada semana, no ha dicho aún su última palabra. A los individuos que se creen portadores de una misión histórica hay que observarles siempre con cautela, aquellos que además atesoran poder pasan de inquietantes a peligrosos.

 En marzo de 1990 el Partido Popular realiza su primer congreso en Sevilla, tras la refundación de Alianza Popular un año antes. Todo se ha dispuesto para elegir al presidente del nuevo partido que dé el relevo a Fraga, es decir, aquel destinado a dejar atrás las vinculaciones directas con el franquismo: Aznar es el hombre señalado para esa sucesión. 

Se produce entonces una peculiar escena donde el jefe de las derechas, Fraga, al que nadie se atreve a toser pese a su marcha, rompe en medio de su discurso la carta de dimisión sin fecha que Aznar le había entregado: eran tiempos de poca confianza en el éxito. Aznar, ante el gesto, llora tapándose la cara con las dos manos, el auditorio rompe en aplausos mientras que Fraga pronuncia la antológica frase "aquí no hay tutelas ni hay tutías". De ahí a que Aznar se convirtiera en presidente del Gobierno pasaron seis años.

La imagen del candidato popular en aquellos noventa era de todo menos agresiva, a pesar de sus "váyase, señor González", que repetía incansablemente, quizá como venganza al vapuleo que el presidente andaluz le procuró en el segundo debate de 1993. Se diría que nunca se recuperó de aquello, arrastrando esa cara que se les queda a los tenistas cuando creen que tienen el partido hecho y el rival les da la vuelta en el último minuto. En 1996 la victoria fue relativa: España estaba más cansada de González que ilusionada por Aznar. 

Pactó con nacionalistas catalanes y vascos su primera legislatura, negoció con ETA bautizándola como "movimiento de liberación nacional vasco", enfrentó el asesinato de Miguel Ángel Blanco y profundizó las privatizaciones de las grandes empresas públicas que ya había empezado González. Su victoria por mayoría absoluta en el 2000, con una baja participación, fue el final de aquel hombre que se pretendía moderado. Comenzaba a configurarse el personaje que hoy conocemos.

Su segunda legislatura fue la de la lucha con los estudiantes y los sindicatos, la del incidente bélico con Marruecos por el Islote de Perejil, la del conflicto soterrado con el Rey, que no ofreció ningún título nobiliario a Aznar tras el fin de su mandato, a diferencia de a sus antecesores. Fue la legislatura del Euro, del inicio de la especulación inmobiliaria sin contención, de un llamado milagro económico que empezaba a dejar a una parte del país atrás. 

Fue también la del Prestige, acontecimiento accidental donde su Ejecutivo no tuvo ninguna responsabilidad pero que, sin embargo, anticipó lo que serían sus últimos días: una política de comunicación que bordeaba lo indecente. Y fue la legislatura de la Guerra de Irak en el año 2003, donde Aznar metió a España, convirtiéndose en uno de los más firmes defensores de la mentira de "las armas de destrucción masiva" que se buscó como casus belli.

Aquella agresión dejó al derecho internacional tocado, restó poder a la ONU y costó, a lo largo de la primera década del siglo, incontables vidas. Configuró una endeble foto de las Azores de la que España sacó un escaso rendimiento, no así el presidente, que acabó recibiendo la medalla de oro del Congreso de EEUU, previa intermediación de un lobby pagado con dinero público. La guerra de Irak fue un movimiento geoestratégico de gran calado que sin embargo fracasó estrepitosamente en lograr los mezquinos fines que la impulsaron.

  Quizá Aznar vio una oportunidad de negocio para las multinacionales españolas previa masacre de iraquíes. Quizá aquel movimiento tan sólo fue el deseo atolondrado de un señor de provincias que pasó de jugar al dominó en Quintanilla de Onésimo a verse poniendo las piernas encima de la mesa junto a George Bush.

Para las elecciones de 2004, Aznar, que ya parecía más un monarca que un presidente, designó sucesor a Mariano Rajoy. El atentado del 11M trastocó todo lo que estaba previsto. Aznar culpo a ETA "sin ningún género de dudas" sabiendo que había serias dudas sobre la autoría, enrocándose en aquella postura hasta la propia jornada de reflexión cuando ya diferentes medios y Gobiernos extranjeros daban por seguro la autoría islamista. Su gabinete dedujo que si la gente vinculaba aquel atentado con la Guerra de Irak, perderían las elecciones. 

Aunque es indudable que fue la motivación de los terroristas, una buena gestión informativa podría haberle granjeado incluso el apoyo del electorado: rara vez se culpa de algo al agredido aunque antes fuera agresor, más con 193 fallecidos y dos mil heridos en suelo español. La gente votó contra Aznar, sobre todo, por haberse sentido engañada y por haber visto como un presidente mintió a todo un país para ganar unas elecciones. Esa, y no otra, fue la razón.

Y hasta aquí llegó la vida de Aznar en la política institucional. ¿Cómo es posible que alguien que abandonó la primera línea en 2004 siga hoy no sólo siendo centro informativo sino mano en la sombra de la derecha española? 

(...) Aznar, quizás, tenía como plan de jubilación enseñar en alguna universidad, como así hizo por un tiempo, y dedicarse a dar conferencias donde recibiera sonoros aplausos. Aznar tuvo que reconfigurarse en otra cosa porque, sencillamente, no podía soportar haber sido licenciado con deshonor. Pero también por haber perdido las riendas de la derecha española, herramienta decisiva para comenzar la restauración reaccionaria que tenía prevista.

 ¿Cuál era aquel proyecto de restauración reaccionaria? El que surge de su segunda legislatura frustrada, una que a juzgar por los resultados electorales debería de haber sido tranquila pero resultó una tormenta de conflictos. Si la derecha quería además de gobernar España, cambiarla, debía alterar el sentido común mayoritariamente progresista de la ciudadanía.

 Es Aznar quien recupera la rojigualda con la gigantomaquia nacionalista de Colón, es este presidente quien deja puestos los cimientos para un resurgir nacionalista que encontró, sorpresivamente, un aliado inesperado en los éxitos que hasta entonces se habían escapado a nuestros deportistas.

Puede que alguien lea en este resurgir del nacionalismo español un intento de hacer frente a los nacionalismos periféricos: que atienda a cómo acabaron las cosas en Cataluña. Zapatero, que fue continuista en lo económico con respecto a Aznar, giró sin embargo hacia un patriotismo cívico de raigambre republicana, que situaba la nación más que como un sentimiento, peligrosamente manipulable, como la cuna de nuestros derechos y obligaciones: se era español en tanto que se construía España, la gracia de dios quedaba a un lado.

 Lo cierto es que el nacionalismo de Aznar podía tener como impulso confrontar con otras banderas, pero tenía como fin el vincular la idea de España a un tipo concreto de ideología: la suya. Si volvían los "malos españoles" señalados por el franquismo, si se creaba un "enemigo interior" tal y como esgrimía Thatcher, entonces ser de izquierdas ya no era una opción, era estar fuera del debate público y contra el país. ¿Encuentran ya la raíz de ciertos discursos actuales?

 Pero para llevar a cabo este plan hacía falta algo más que los laureles deportivos, hacía falta volver a tener poder sin que bajo tu nombre se vinculara un cargo público. En la década y media larga desde que Aznar salió de la Moncloa, el expresidente ha tenido relaciones empresariales con el magnate de la comunicación Rupert Murdoch, con la inmobiliaria J.E. Robert, con la energética Endesa, con la empresa de datos y software Afiniti, con la extractiva Barrick Gold, con el fondo de inversión Centaurus, con la aseguradora KPMG y con el bufete Latham & Watkins. Sí, de algo hay que vivir, sobre todo si ese algo, además de reportarte unos ingresos notables, te proporciona una red de influencia para tirar de determinados hilos con fuerza.

Pero además de la misión histórica, el dinero y la influencia, se necesita un último elemento: que tus ideas acaben llegando a la gente. FAES, la fundación de pensamiento presidida por Aznar, ha estado detrás de la mayor parte del combustible ideológico que ha animado a los escritores revisionistas, a los radio predicadores y a las cadenas ultra-conservadoras que consiguieron, en ese tiempo que va de mitad de los dos mil hasta mitad de la década pasada, crear un suelo electoral para la derecha más radical. La eclosión vino con el otoño independentista y la posibilidad de referenciarse en un un partido ultra como Vox, pero alguien había sembrado cuidadosamente durante esos años aquel sustrato.(...)

 Aznar, además, no descuidó la rama de la política institucional. Cometió de nuevo un error al apostar a caballo perdedor, tal y como hizo en 1987, salvo que esta vez lo hizo apoyando a la opción más conservadora: Esperanza Aguirre, que se enfrentó contra un Rajoy que ya había sido tildado como traidor y fracasado. La Gran Recesión de 2008 no sólo vino a arruinar al país y encumbrar a Rajoy, sino que, por una de esas extrañas carambolas del destino, frenó los planes de Aznar.

 De nuevo la paciencia, quizás mirando a aquellos dos jóvenes sonrientes que le seguían en 2011 en un acto de la fundación DENAES. Uno era su presidente, Santiago Abascal, mimado con subvenciones por Aguirre, el otro Pablo Casado. Uno acabaría formando Vox en 2014, lo que en principio no fue más que una escisión del PP contra Rajoy. El otro acabaría llegando a presidente del Partido Popular tras el imprevisible congreso de 2018. 

El tercero en discordia, Albert Rivera, recibió también las bendiciones en la sombra de la eminencia gris de la derecha española. La última en ser ungida públicamente ha sido Isabel Díaz Ayuso. El marionetista que llevó a Aznar a la presidencia en 1996, Miguel Ángel Rodríguez, es quien está detrás de la presidenta madrileña. Todo queda en casa.

 Desde 1978 España no había tenido una derecha en las instituciones tan radical, unos medios de comunicación tan descaradamente parciales, una judicatura tan enconada y unos cuerpos armados tan susceptibles de ser mirados con desconfianza, como ya les conté por aquí a principios de diciembre de 2020. Pueden pedir cuentas al procés, pueden asumir que el coronavirus ha sido un generador de incertidumbre o pueden acordarse del hombre que ha ocupado todo este artículo, uno que llamaba a "apuntar y no olvidar" al lado de una Ayuso que, unos días antes, dejó al rey señalado para que los más exaltados le acabaran calificando como traidor.

Apunten que esta rama de la derecha española, una que ahora llamamos ultra, quizá trumpista, dependiendo de su cara visible, tiene un mismo fondo común: Aznar, bajo cuya égida se desarrolló la Gürtel y se trajo el nacionalismo rojigualdo de vuelta. Fue de los primeros, junto a Aguirre, en pedir una derecha desacomplejada, cuando los complejos eran lealtad democrática. (...)

Importó diversas guerras culturales despertando el lado "políticamente incorrecto" de la derecha. Boicoteó con denuedo cualquier medida política que condujera a la distensión del nacionalismo periférico. Sentenció el fin de ETA como una traición. Sirvió como abrevadero de agitación para la creación de unos medios y una audiencia ultra. Movilizó a los sectores más conservadores del PP contra Rajoy. Abrió la caja de pandora de las teorías de la conspiración para tapar su desastrosa gestión del 11M. Se atrevió a ilegitimar abiertamente a sus rivales políticos, los que se sentaron en Moncloa y el que se sentó en la Zarzuela.

(...)  puede que la fortuna no siempre marque lo que necesitas, pero lo que es seguro es que para poder ganar hay que estar sobre el tablero. Tómense en serio a Aznar de una vez por todas: mientras la mayoría le minusvalora, él sigue librando su partida."                   (Daniel Bernabé , Público, 29/06/21)

13.4.21

Arcadi Espada (fundador de Ciudadanos) llama a una reflexión tras el tamayazo murciano: “Pido acabar dignamente”

 "Arcadi Espada, uno de los fundadores de Ciudadanos, ha alzado la voz después de que tres diputados naranjas hayan traicionado al partido y hayan votado en contra de la moción de censura que los naranjas y PSOE presentaron en la Región de Murcia contra el Gobierno de Fernando López Miras. Espada lo ha hecho en 'El Mundo' en una columna titulada 'Manifiesto por la Extinción'.

“El problema clave de la política española es que se dedican a ella, en una proporción abrumadora, personas como esas tres de Murcia que se echaron atrás a las pocas horas de firmar la moción de censura contra el presidente de la Comunidad”, comienza criticando Espada. “La corrupción de las formas siempre es la más dañina”, señala el fundador de Ciudadanos.

Asimismo, Espada recuerda que “Ciudadanos nació como un partido realista” y que “nunca descartó tener que lidiar, desde dentro, con la ignorancia y la corrupción”. No obstante, subraya que si hoy Albert Rivera “no es vicepresidente de Sánchez” no es simplemente por “su error garrafal a cuadrarlo con un pacto, sino por el olor a leche corrompida que exhalaba desde que salió en la tele abusando de aquel perrillo”. 

“Un partido como el Ciudadanos que fue, aquel que no encendía hogueras con papel de periódico sino con leños, sigue siendo imprescindible en España. No es mérito especial: cualquier higiene es imprescindible en este país reculado. Pero vistas las crecientes e insuperables dificultades y la pulsión de muerte que acompaña a cada acto de sus dirigentes, pido acabar dignamente, a lo Pániker”, escribe Espada.

 “Así que con toda solemnidad convoco a mis antiguos compañeros. A los que murieron, en espíritu; a los vivos, sin mascarilla, para redactar el Manifiesto por la Extinción. Advirtiéndoles, severamente, que esta vez no podemos tardar un año, y fiado de que el tiempo habrá hecho bajar el suflé de los egos revueltos. Como dije, la realidad fue siempre nuestro principal afán”, sentencia el fundador de Ciudadanos."                (El Plural, 13/03/21)

17.3.21

Daniel Bernabé: Albert Rivera, todo Ciudadanos, nunca pasaron de hacer otra cosa que playback... Ciudadanos ya no vale para nada ni representa a nadie: ¿para qué se necesitan bisagras en una batalla a cara de perro? A Pablo Casado se le empieza a poner cara de Arrimadas, mientras aplaude a Ayuso

 "(...) Los naranjas aparecieron en el momento que más falta hacían, como Los vengadores del Ibex 35. La Gran Recesión dejó muchas cicatrices pero sobre todo la sensación de que lo que había valido hasta entonces había dejado de valer. 

Podemos entendió aquello y se presentó como los nuevos portadores del descontento popular, lo que les funcionó. Los morados fueron preocupación para los poderes establecidos pero, más aún, todo ese quinquenio de la protesta donde mucha gente salió durante mucho tiempo a la calle. Los sillones de cuero de las torres acristaladas, por muy altos que estuvieran, sintieron la conmoción.

Y fabricaron a Ciudadanos como los científicos de Jurassic Park fabricaban los dinosaurios, tomando la genética de un partido nacionalista español surgido en Cataluña contra el independentismo y mezclándola con frases motivacionales, ideología de la no ideología y gente guapa. Y también les funcionó, al menos en la medida suficiente para crear la bisagra del bipartidismo. 

Rivera pudo haber formado gobierno con el PSOE en un par de ocasiones, pero el único apoyó que acabó constatándose fue al Rajoy moribundo por la Gürtel. Cuando más alto estaban en las encuestas llegó la moción de censura de la primavera de 2018, un movimiento que les dejó fuera de juego. Estar arriba no es decisivo cuando la astucia y el arrojo son de otros: Iglesias supo ver cómo podrían ser las cosas, Rivera tan sólo lo imaginó ebrio de codicia.

 En febrero de 2019 llegó Colón, donde esa genética primigenia, que se expresaba mediante pulsiones esporádicas, tomó definitivamente ventaja sobre el partido del diseño y la ginebra rosa. Ciudadanos había triunfado en las elecciones catalanas del 155 y el procés, aún descarrilado, seguía marcando la política española. 

Sánchez tenía que aprobar unos presupuestos y había que apretar, se sabía que el Gobierno era débil y se intuía que la legislatura iba a ser corta. Rivera pensó que su papel de bisagra se le quedaba pequeño y que ante un Casado torpe y agostado era el momento de intentar ser el primero, al menos en la derecha. (...)

A Ciudadanos se le sacó de una probeta, quizá sin contar con que el instinto y la codicia siempre queda por encima de la función encomendada. Y, en esa relación de doble vía que los partidos tienen con sus electores, los de Rivera se auparon sobre una capa de la población a la que dieron forma. La clase media aspiracional, aquellos a los que la crisis les arrebató lo que pensaban que era suyo: gente que caminaba impulsada entre el recuerdo del PAU floreciente y la hipoteca a cuarenta años. 

Estaban también descontentos, pero nunca se atrevieron con Podemos porque preferían antes el todoterreno del jefe que esa memez de la justicia social. Quizá ya no podían tomar el ascensor social, pero querían pensar que sí al ver a aquel Rivera posando arremangado, jugando al billar, en la portada del Vanity Fair. Si él había podido, ellos también podían. Hacer política sobre lo que ya existe es bastante más sencillo que proponer una alternativa.

 (...) el otoño rojigualdo de 2017 cambió muchas cosas, dio la posibilidad a algo que llevaba incubándose tiempo: un proceso de involución en España. Ciudadanos contribuyó a que la clase media aspiracional pasara a ser la clase media reaccionaria, junto con el PP, al dar estatus de normalidad a Vox con sus pactos municipales y autonómicos. Los ultras no sólo habían conseguido influencia institucional, sino que además tenían toda la atención de aquel segmento social. Cuando nos quisimos dar cuenta, los que aspiraban al todoterreno habían añadido una pulsera rojigualda al traje de mando intermedio.

Inés Arrimadas, que nunca fue diferente de Rivera, sino probablemente más radical en su impostura, le tocó lidiar con el derrumbe y entre cascotes vio la oportunidad de recuperar el papel de bisagra antes que el de azote: era lo único que le quedaba aunque probablemente ya nadie lo comprendiera. 

Sánchez recibió el cambio de postura con interés, para reequilibrarse, temeroso de quedar demasiado condicionado por UP. La desastrosa maniobra murciana hunde sus raíces en esta situación, pero no tuvo en cuenta no sólo que el PP sabe tanto de maletines como de componendas, sino que lo que quedaba de Ciudadanos, que se formó apresurado por gente de moral ambiciosa, estaba ya pensando en donde asentar su carrera. Un barco puede hundirse, una rata siempre sale a flote.

 Con la caída de Ciudadanos en desgracia, difícilmente reparable, ya no se trata de ver si será el PP o será Vox quien acaudille a la derecha española, sino si lo ultra es quien se hace al final con ese mando, bien a través de Vox bien a través del PP. Que ese accidente histórico llamado Ayuso obtuviera una victoria sería preocupante para la izquierda, pero aún más para Pablo Casado, al que se le empezaría a poner cara de Arrimadas mientras aplaude. Para uno, que tendría que volver a su papel de chico malo, ya son demasiados cambios de guion. Para la otra no es más que la magnificación de su papel.

Aguado, daño colateral por ser más cobarde que audaz, se quejaba de los medios a través de las redes sociales sin enterarse aún de lo sucedido. Algún dirigente naranja le ha seguido la corriente, tarde y mal. Arrimadas ya es poco más que aquellas señoras que se paseaban por París declarándose la zarina Anastasia, exigiendo el trono de Rusia, cuando sabían en el fondo de su demencia que a lo más que podían aspirar es que alguien saldara lo debido en absenta y pensión. 

Ninguno de ellos parece entender que, cuando en vez de nacer te nacen, eres mucho menos importante de lo que los cronistas dijeron de ti. Ciudadanos, al que el sistema mediático siempre trató entre algodones, ya no vale para nada ni representa a nadie: ¿para qué se necesitan bisagras en una batalla a cara de perro?

Albert Rivera, todo Ciudadanos, eran como aquellas figuras de la televisión de los ochenta: nunca pasaron de hacer otra cosa que playback. Lo peor es que, como en el caso de Milli Vanilli, fingían cantar sobre una voz que ni siquiera era la suya. Tuvieron todo de cara, al final se han quedado sin nada. (...)"          (Daniel Bernabé, Público, 15/03/21)

22.2.21

Rivera... aquél de Ciudadanos... tuvo la osadía narcisista de liderar a la derecha española como presidente del Gobierno... entendió la política como la apuesta por el éxito personal. Como la vida de un deportista de éxito. El partido sólo había sido un instrumento para su realización personal. A esto se reducía Cs. Y esto lo vieron los votantes

 "(...) El caso de Cs está más emboscado, pero es más triste. El 14-F sólo fue la fecha de una defunción, pero las causas reales del fracaso están en el imperdonable error de no pactar un gobierno de coalición en abril del 2019 cuando los 57 diputados de Cs sumaban mayoría absoluta  con los 123 del PSOE. No sólo fue un error, fue ante todo una traición a la Resistencia que lo había engendrado para sustituir a los nacionalistas como partido bisagra en la gobernabilidad del Estado. 

Y precisamente, la primera vez que lo tenía en su mano en momentos difíciles para la nación, se niega en nombre de haber empeñado su palabra en no pactar con Sánchez. Él, que por entonces ya se le conocía como “el Veleta”. ¡Qué momento tan inoportuno para cumplirla por una vez! Ahora puede comprobar las consecuencias de su “No es No”. Y puede entender por qué le abandonaron millones de votantes.

Pero no fue el error lo peor, sino la causa. En pleno acoso a Mariano Rajoy por los casos de corrupción y con 57 diputados en abril de 2019, a solo 9 de los 66 del PP, tiene la osadía narcisista de liderar a la derecha española como presidente del Gobierno español. La idea la ha ido macerando en plena campaña contra Rajoy, pero la moción de censura y el cambio de líder en el PP le revienta los planes. 

La hecatombe le sobreviene con la misma crueldad que al personaje de la mitología griega Ícaro; quiso volar tan alto que sus alas de cera se derritieron al acercarse al sol. “César o nada”, era la culminación de entender la política como la apuesta por el éxito personal. Como la vida de un deportista de éxito. El partido sólo había sido un instrumento para su realización personal. A esto se reducía Cs. Y esto lo vieron los votantes.

Pero el error y la traición venían aún de antes. Cuando quiso acortar camino para llegar al poder sin importarle los medios, pactando con la coalición europea de extrema derecha “Libertas” en 2008. Ahí acabó con la transversalidad de Cs (lo de la renuncia a la socialdemocracia de 2017 sólo fue una redundancia innecesaria), y abandonó la lucha por desplazar al PSC para centrarse en suplantar al PP. 

Y poco después, con el partido completamente controlado, empezaron a maquillar el lenguaje (la palabra inmersión se debía relegar a conveniencia), a moderar el discurso, y acercarse al espacio convergente. Ese camino de flacidez que le llevó a implantarse en España y crecer en Cataluña, tuvo su culminación en diciembre de 2017 con el triunfo en las elecciones catalanas. Sus 36 diputados eran la desesperación de esa media Cataluña excluida y asfixiada de nacionalismo, convencida de que era su única tabla de salvación.

Pero Inés Arrimadas cometió dos errores imperdonables: no hizo ni el ademán de presentarse a la investidura. Albert Rivera no podía permitirse una derrota en sus constantes éxitos electorales camino del sorpaso al PP (recuerden que estamos en 2017). Y poco después huye de la pesadilla nacionalista a Madrid

 Ella lo pide, y Albert necesita su éxito mediático creciente para ayudarle a ganar la presidencia del gobierno. Aquí se quedan sus votantes abandonados a su suerte. ¿Y se preguntan por qué han perdido 30 diputados de 36? ¿Y se preguntan por qué sus votantes se han echado en manos de Vox?

 Los 11 escaños de Vox no son de carambola, ni circunstanciales, borrarán del mapa a Cs. Al menos en Cataluña. (...) Se han quedado sin espacio. Los electores no están para sutilezas.

 Cs, respecto al PP, ya no tiene diferencia alguna. Lo único que les queda es fusionarse. Se harían un favor y reforzarían el centro derecha. Vox ni quiere ni debe formar parte de esa coalición, fusión o reabsorción. En Vox no son constitucionalistas, son nacionalistas españoles. Eso es lo que han votado 217.883 catalanes en nombre del constitucionalismo (...)

Fracasado Cs como partido de centro izquierda, y disuelto en centro derecha liberal con el PP, es urgente que surja una izquierda nacional, con España como espacio del bien común. Es precisamente ahí, donde la nación está a la intemperie."                (Antonio Robles, El Liberal.cat, 19/02/21)

25.2.20

Relato del naufragio del transatlántico Ciudadanos contado desde la sala de máquinas del barco... el secretario de Organización contaba con una red de confidentes por toda España que le mantenían informado sobre cualquier atisbo de disidencia

"Cada vez que un político afirma que su partido aspira a atraer lo mejor de la sociedad civil, alguien debería echarse a temblar en algún sitio.  (...)

Si ese partido es Ciudadanos, antes de salir corriendo o decir que sí, sería conveniente que leyera el libro '¡Vamos?' (Editorial Sloper), de Xavier Pericay, que fue portavoz parlamentario de Ciudadanos en Baleares de 2015 a 2019. "Para triunfar en política, para alcanzar el poder, hay que saber mentir y engañar. Quien vaya con la verdad por delante lo tiene crudo, por no decir que tiene los días contados".

Es cierto que lo escribe en relación a la biografía de Fouché (ministro de Policía con Napoleón, superviviente de varios regímenes), pero ese pesimismo tan amargo se extiende a la descripción que hace de su paso por la cúpula del partido. (...)

Pericay fue uno de los quince intelectuales que firmaron el manifiesto que propulsó la fundación de Ciudadanos. Como alguien que era filólogo, profesor y experto en la obra de Josep Pla, su papel político iba a concluir ahí. Circunstancias fuera de su control, sobre todo el hecho de que el partido no contaba con nadie para encabezar la candidatura autonómica en Baleares, hicieron que diera un paso al frente de forma un tanto reticente. 

Era por tanto un político accidental con lo que ya estaba en desventaja. Los tiburones –aquellos que se profesionalizaron con rapidez– no tuvieron problemas para engullírselo. Perdió las primarias para volver a presentarse a las autonómicas de 2019 y en julio dimitió de su cargo en la Ejecutiva.

Pocas veces alguien que ha estado dentro de la maquinaria de un partido decide contar luego lo que ha visto y enseñar las cicatrices que le han quedado en el cuerpo. Tampoco se estila anunciar que el rey estaba desnudo mientras los cortesanos no cesaban de elogiar la calidad de su vestuario. Pericay vulnera ese acuerdo implícito de no sacar fuera los trapos sucios con los que los mediocres consiguen que perviva la forma de hacer las cosas que les ha permitido prosperar.

No hay muchos partidos que resistan la comparación entre sus mensajes hacia fuera y su realidad interna. Ciudadanos no es una excepción.

(...)  el secretario de Organización, Fran Hervías, contaba con una red de confidentes por toda España –los secretarios de Organización locales– que le mantenían informado sobre cualquier atisbo de disidencia, y todos estaban absorbidos por el "culto a la personalidad" del líder. Esto último, en expresión literal de Pericay.

Albert Rivera ha sido el único líder que ha tenido Ciudadanos. El ascenso del partido hasta el fiasco de las elecciones de noviembre ha estado ligado a su figura, omnipresente en los medios. La prensa de Madrid decidió durante un tiempo que era el salvador de la Constitución en España y hasta los medios más cercanos al PP lo trataban con algo más que respeto. La traducción interna de tanto elogio exterior era evidente: "Ciudadanos se conformaba como un partido fuertemente jerarquizado, de una verticalidad que para sí hubieran querido, pongamos por caso, los mismísimos sindicatos franquistas", escribe Pericay. 

El viaje de Rivera hacia el poder absoluto empezó mucho antes de que acapara titulares. En noviembre de 2006, debía dar su primer gran discurso en el Parlament en la sesión de investidura de José Montilla. Albert Boadella, Arcadi Espada y Xavier Pericay se ofrecieron a ayudarle con el texto de la intervención. En vano. Con 27 años, Rivera ya no necesitaba la ayuda de nadie. "No me cabe la menor duda de que aquel día Albert Rivera tenía ya formado el propósito de desprenderse de la tutela que nuestra condición de abajofirmantes del primer manifiesto podía conferirnos".

 La política es para los valientes, no para los tímidos. Pero si los valientes terminan consumidos por el yo, yo, yo y no aceptan opiniones contrarias a la suya, acaban encerrados en su fortaleza y pensando que cualquier opinión divergente es sinónimo de traición. "Para alguien como Albert, sólo valían las opiniones corroborativas. Y no digamos ya si encima eran encomiásticas. Cuando no eran ni lo uno ni lo otro, cuando se apartaban del análisis que él había hecho o de la línea que él había trazado, se arrinconaban sin miramiento alguno". 

El jefe del aparato policial

Todo líder máximo necesita a alguien que se ocupe de meter en cintura a los que dudan. Siempre hay disidentes. Si no los hay de forma evidente, se crean para justificar la influencia del aparato policial. Esa función correspondía a Fran Hervías, que ha sido durante una década el principal guardaespaldas de Rivera en el partido. Pericay ha esperado a este momento para ajustar cuentas con Hervías, que ha dejado a su paso unos cuantos cadáveres. 

"En consonancia con ello, Hervías se jactaba de no leer libros. De ahí que a la hora de rodearse de acólitos su predilección recayera en los culturalmente yermos, o sea, en los bien llamados herbívoros, en tanto en cuanto no comen carne de libro". Si ya los escribían, como es el caso de Pericay, debían de ser incluso más peligrosos.

Hervías dimitió como secretario de Organización, pero es de esas dimisiones muy livianas, porque sigue ocupando la misma función en la gestora. Continúa minando el poder de Juan Marín, vicepresidente de la Junta andaluza, con la ayuda de su esposa, la exdiputada Virginia Millán, que se hizo famosa por protagonizar una de las peores intervenciones televisivas que se recuerdan en una campaña. No pareció poner en peligro su futuro político. 

Entre medias, en Ciudadanos había espacio para la extravagancia de los nuevos tiempos. El partido era un laboratorio de candidatos con el que preparar a políticos noveles y en general muy jóvenes para enfrentarse a la realidad con técnicas que pasan por modernas. No era suficiente con saber hablar ante la cámara o escabullirse ante las preguntas de los periodistas. Sí, también recurrían a eso en lo que están pensando. "Albert había descubierto el coaching, Inés tras él, y los dos estaban convencidos de que los demás no podíamos sino beneficiarnos de la experiencia".  (...)

La arrogancia en su lento pero seguro camino hacia la soberbia tuvo su momento culminante tras el éxito de las elecciones de abril. Rivera y su "sanedrín" sabían exactamente qué iba a pasar a partir de ese momento. Ya habían patinado antes con la moción de censura, que trastocó por completo sus planes, porque pensaban que Rajoy se iba a adelantar con su dimisión o la convocatoria de elecciones (qué poco le conocían). No sacaron lecciones de ese error, porque –al igual que con el procés– la idea entre los dirigentes era que todo era bueno para Ciudadanos, tan convencidos estaban de su imparable llegada al poder. Si ocurría lo que tenían previsto, perfecto. Si el desenlace era distinto, aún mejor.

Después de abril de 2019, unos pocos dirigentes reclamaron una revisión de la política de alianzas, desmentir la foto de Colón y buscar un acuerdo con el PSOE que contaría con mayoría absoluta en el Congreso. El no rotundo de Rivera acabó con Toni Roldán y otros fuera del partido, las dosis habituales de triunfalismo y un acto público con todos los dirigentes a mayor gloria del rex imperator.

Lo que la gente como Roldán o el mismo Pericay no admiten es que después de haber demonizado a Pedro Sánchez como una pesadilla para España desde la moción de censura –"un peligro público", repetían constantemente Rivera y Arrimadas– era difícil girar el barco en redondo para navegar en sentido contrario. Iban directos hacia el iceberg contra el que chocaron en noviembre. 

Aún siguen buscando a los supervivientes. "                      (Iñigo Sáenz de Ugarte , eldiario.es, 22/02/20) 

10.1.20

El PSOE en el alambre, pero hay que huir de las hipérboles catastrofistas: las derechas tenían la obligación de no impedir la gobernabilidad a Pedro Sánchez... pero Pablo Iglesias se ha conjurado para que este primer Gobierno bicolor dure lo máximo... y ERC ha dado pruebas de que quieren encauzar su reivindicación por la vía del diálogo sabiendo que el PSOE jamás va aceptar una consulta soberanista... y los políticos presos, a lo largo de este 2020 podrán acogerse al tercer grado, bajando así la tensión en la calle

"Vaya por delante que es un disparate que la viabilidad de la legislatura en España dependa de dos partidos como ERC y Bildu. 

 Es la consecuencia directa de la sempiterna incapacidad de los constitucionalistas para ponerse de acuerdo en nada, una inquina que se ha transformado ahora ya en una brutal guerra cultural entre izquierda y derecha en España. 

Las responsabilidades pueden repartirse de muchas formas pero la actitud de bloqueo que han llevado a cabo tanto PP como CS desde las elecciones del pasado abril es la causa principal. No pudiendo formar una alternativa tenían la obligación de no impedir la gobernabilidad a Pedro Sánchez, más aún cuando este dio sobradas pruebas entre julio y septiembre pasado de no querer gobernar con Unidas Podemos ni depender de los independentistas.


Pero las derechas han preferido atrincherarse en sus acusaciones de “felón y traidor” no dejando a Sánchez más alternativa que subirse al peligroso alambre del entendimiento con ERC o ir a terceras elecciones.


Las pruebas de estrés que deberá enfrentar el nuevo Gobierno de coalición serán constantes y hay sobradas razones para el escepticismo, pero también para entrever que la experiencia pueda no salir del todo mal. De entrada, tanto PSOE como Unidas Podemos saben que un naufragio en menos de un año sería absolutamente letal para sus intereses electorales, el de ambos sin distinción, en beneficio exclusivo de las derechas. 

Observando los silencios y la prudencia tras el 10-N de Pablo Iglesias, es evidente que se ha conjurado para que este primer Gobierno bicolor de izquierdas dure lo máximo posible, a poder ser toda la legislatura, siempre y cuando pueda aprobar un par de Presupuestos Generales con alguna prórroga de por medio si es necesario.

 Más fácil lo tendrá en cuanto a apoyos parlamentarios para sacar adelante un ambicioso paquete de medidas legislativas con el fin de que la agenda social, fiscal y mediambiental tome el protagonismo ante la estéril y divisoria cuestión territorial. Todo ello siempre que el desarrollo de la situación económica no imponga bruscos giros o, peor aún, dolorosos recortes.


Ahora bien, el conflicto en Cataluña es a priori el auténtico talón de Aquiles de la legislatura. Pese al profundo recelo que muchos compartimos, los republicanos han dado pruebas de que quieren encauzar su reivindicación por la vía del diálogo aceptando implícitamente que ningún cambio sustancial es posible sin reformar la Constitución y sabiendo que el PSOE jamás va aceptar una consulta soberanista. Esa mesa de negociación no les va a dar ni la independencia ni el referéndum que desean. Aunque se nieguen a reconocerlo en público o jueguen con las ambigüedades del pacto suscrito, los líderes de ERC son conscientes de ello. 

También las derechas que se refugian en la hipérbole y el catastrofismo para confirmar lo certera de su profecía sobre la traición de Sánchez.


Así pues, esa mesa de negociación no es más que la excusa que necesitaba ERC para abstenerse, un asidero para encauzar un conflicto tras el fracaso de la unilateralidad y ante su falta de estrategia en el posprocés. El independentismo pragmático no tenía otra alternativa para ganar tiempo y, si acaso, plantear otro pulso al Estado dentro de unos años si logra entre tanto ensanchar su base sociológica y electoral en el área metropolitana.

 Por de pronto los republicanos transigen con la vía autonomista y su objetivo es arrebatar a JxCat la presidencia de la Generalitat dentro de pocos meses. Encauzado el conflicto político en esa mesa de negociación, que durará lo que interese a ERC porque como ayer afirmó la hermana de Dolors Bassa desde el atril del Congreso “la gobernabilidad de España” les importa “un comino”, hay otro elemento balsámico a la vista. 

A corto y medio plazo habrá un desescalamiento de la tensión independentista en la calle a medida que los condenados por sedición vayan saliendo de la cárcel mediante la aplicación de los beneficios penitenciarios.

 Así pues, no habrá indultos para las penas de cárcel porque ni sería políticamente gestionable para el PSOE ni los interesados quieren ni les hace falta, pues a lo largo de este 2020 podrán acogerse al tercer grado. En definitiva, aunque la situación en España es anómala al depender la gobernabilidad de quien hace dos años participó en un golpe al orden constitucional, hay que huir de las hipérboles catastrofistas. 

No estamos ante ningún proceso deconstituyente, sino ante un Sánchez que se ha tenido que desmentir subiéndose al peligroso alambre del entendimiento con ERC para poder formar Gobierno con Iglesias. Pese a tanta irresponsabilidad partidista y la vuelta al insoportable clima de enfrentamiento entre las dos Españas, la fortaleza de nuestras instituciones democráticas es mucho mayor."                   (Joaquim Coll, Crónica Global, 08/01/20)


"Las cesiones de Sánchez. ERC consigue todo lo que ha exigido.

 La negociación entre el PSOE y Esquerra sobre la investidura de Pedro Sánchez como presidente del futuro Gobierno español ha sido una continua cesión de los socialistas a las exigencias de los independentistas catalanes, que casi no se han movido de sus planteamientos iniciales, según fuentes del PSOE contrarias al pacto con el partido que dirige Oriol Junqueras.

Esquerra exigió al comienzo de los contactos que participasen tres dirigentes de cada partido y que una reunión, al menos, se realizase en Barcelona. Estas peticiones se cumplieron, como también las referentes a que Sánchez no hablase de “crisis de convivencia”, sino de “conflicto político”, ni de la Constitución española, sino de “seguridad jurídica”. Después, plantearon otra exigencia: que Sánchez llamase por teléfono a Quim Torra, presidente de la Generalitat, a lo que el líder del PSOE se había negado desde hacía meses. Y Sánchez llamó a Torra.

Hubo más. El PSOE tuvo que aceptar la futura creación de una mesa bilateral para seguir las negociaciones sobre la futura relación entre Catalunya y el Estado español. Y finalmente, la Abogacía del Estado, respondiendo a la petición del Tribunal Supremo, ha reconocido la validez de la resolución del Tribunal de Justicia de la Unión Europea que declara la inmunidad de Junqueras como europarlamentario electo. Era otra exigencia de Esquerra."             (e-notícies, 10/01/20)

5.7.19

El consenso sobre el rotundo fracaso de la táctica de Albert Rivera para Ciudadanos es total para los observadores de derecha o izquierda... nadie es capaz de entender qué razones puede haber para mantener su subalterna contumacia... a menos que busque algo así como una refundación conjunta del PP y Ciudadanos, uniéndo a la derecha

"Andamos todos los observadores de las negociaciones madrileñas de las derechas desconcertados con Ciudadanos. Hay demasiadas pruebas ya de que muchas veces los actores políticos no actúan racionalmente y se suicidan sin que nadie consiga entender qué estrategia llevó a dar pasos tan incomprensibles (...)

Sin embargo, siempre intentamos entender por qué los partidos hacen lo que hacen en clave racional: si hacen A es porque buscan B.

En el caso de la inmolación de Ciudadanos a manos del Partido Popular uno puede escuchar o leer a analistas y propagandistas de izquierda a derecha y el consenso es el rotundo fracaso de la táctica en la que está inmersa la organización de Albert Rivera sin que nadie sea capaz de entender qué razones puede haber para mantener su subalterna contumacia.

Se podía entender la apuesta por reemplazar al PP y por tanto su nítida ubicación en el bloque de la derecha hasta las elecciones generales; se podía comprender que para las municipales y las autonómicas apenas daba tiempo de girar un discurso sin dar excesiva vergüenza ajena; o que pensaran que en algunos sitios relevantes quedarían por delante del PP y la alianza de las derechas repartiría poder e imaginario. 

Pero tras el 26 de mayo las cartas ya están repartidas y a Ciudadanos le dejaron un recado muy claro: en el bloque de derechas sólo iban a ser una muleta patética del PP en todas partes y siempre acosado por el histrionismo fanático de Vox. Y aún así Ciudadanos persiste en su aparente suicidio sin aprovechar, siquiera, ocasiones para el regate como es el supuesto parón en las negociaciones de gobiernos autonómicos (Madrid, por ejemplo) o incluso del nacional. Nada: Ciudadanos insiste aún a costa de espantosos ridículos como las mentiras sobre Macron o la ruptura con Manuel Valls.

¿Puede ser que haya una estrategia política tras este aparente camino al suicidio de Ciudadanos? Puede ser, pero sólo se me ocurre una.

A los pocos días de la moción de censura que sacó al PP de la Moncloa, Cayetana Álvarez de Toledo escribió un importante artículo en El Mundo. Entonces era importante por venir de uno de los referentes intelectuales de FAES. Cuando Casado la rescató para el Partido Popular debimos interpretar la asunción de aquella propuesta como línea estratégica del PP. 

Aquel artículo, titulado “Una papeleta”, partía de un lúcido diagnóstico: la moción de censura suponía un durísimo golpe para la derecha española del que solo se recuperaría mediante algo así como una refundación conjunta. Y la que ella proponía era clara: que Partido Popular y Ciudadanos buscasen los caminos para ir juntos a las elecciones en una sola papeleta. Si podía ser en un nuevo y único partido, mejor; si eso era demasiado difícil, buscando estrategias unitarias que condujesen a la coalición electoral.

El diagnóstico de Álvarez de Toledo era tan acertado que se quedó corto: en las primeras elecciones que hubo tras la moción de censura irrumpió Vox, una escisión fanática del PP que hacía aún más complicado el rompecabezas de la recomposición de la derecha dividida ya no en dos sino en tres. Es posible, solo posible, que el análisis de Álvarez de Toledo sea también el de Albert Rivera. Que todos sus movimientos estén orientados exclusivamente a la fusión orgánica con el PP.

Ello explicaría algunos de sus movimientos. Si existe el proyecto de construir un bloque con el PP, Albert Rivera no puede permitirse ni una fuga de poder del PP ni siquiera allí donde parezca una necesidad más flagrante tras décadas de corrupción estructural, con un mal resultado electoral del PP, con el atasco de las negociaciones en la derecha: serían dificultades a afrontar, pero el proyecto de fusión con el PP no permitiría que la solución fuera un gobierno decente y demócrata. 

Pero, además, podemos pensar que el proyecto de Rivera pasa por dejar fuera de esa fusión a Vox y arrinconar a los ultras hasta que desaparezcan como un partido fugaz en un momento crítico (algo que, ciertamente, parece un destino cada vez más probable).

Para ese proyecto tendría ciertamente sentido la obsesión de tejer gobiernos mixtos entre el PP y Ciudadanos y recoger gustosos las políticas de Vox evitando en lo posible su entrada en las fotos, los cargos… Es decir: apretar los lazos entre PP y Ciudadanos independientemente de los intereses de la ciudadanía, sin tener en cuenta los años de corrupción o los escándalos judiciales que esperan al PP (y mancharán a sus socios) en los próximos meses; e intentar que esos lazos dejen orgánicamente fuera a Vox. 

Las elecciones de abril y mayo habrían sido una suerte de fase previa de un congreso constituyente en la que se habría repartido el número de delegados; Ciudadanos habría salido peor parado en ese reparto de lo deseado, pero no por ello va a dejar de apostar por el partido en constitución.  (...)

O quizás no; quizás sea sólo que lo están haciendo todo mal. Que siempre es una posibilidad."       

17.6.19

Triunfo 'moral' de Valls en Barcelona... derrota moral de Rivera en Madrid

"La alcaldesa en funciones de Barcelona, Ada Colau, ya puede revalidar su segundo mandato después de que haya recibido este viernes el aval de las bases y simpatizantes del partido para formar gobierno con el PSC con ella al frente. 

A pesar de que previsiblemente conseguirá este sábado la alcaldía, el triunfo 'moral' de estas elecciones habrá sido el candidato Manuel Valls, siendo sus concejales decisivos para que Colau llegue a la alcaldía.
La irrupción de Manuel Valls en la política barcelonesa ya condicionó la campaña electoral barcelonesa, pero ha sido fundamental para decidir la alcaldía de la ciudad. El anuncio de Valls de votar a favor de Colau "a cambio de nada" para evitar que la capital catalana tuviera un alcalde independentista ha sido también clave en los avances para un acuerdo entre los Comunes y el PSC para formar gobierno.

Manuel Valls, a pesar de haber obtenido en las elecciones municipales de Barcelona del 26 de mayo pasado unos resultados que están por debajo de las expectativas iniciales que había provocado su presentación, ha salido reforzado políticamente después de su anuncio de apoyar a Colau."            (e-notícies, 14/06/19)


"Pacto del PP y Vox para la investidura en Madrid y otros municipios con el visto bueno de Cs.

 PP y Vox han alcanzado un pacto de gobierno de coalición en diversos municipios de toda España que permitirá la investidura como alcalde de Madrid del popular José Luis Martínez Almeida, acuerdo que tiene el visto bueno de Ciudadanos. Según han explicado desde Vox, se trata de un pacto de gobiernos en coalición "para impedir ayuntamientos de izquierdas" y la ciudad de Zaragoza está dentro de ese acuerdo.

 Además, se establece que Vox obtendrá concejalías de gobierno en proporción a sus escaños, según fuentes de esta formación. En el caso de Madrid, podría implicar ceder al partido que lidera Santiago Abascal la presidencia de Juntas de Distritos, que tienen capacidad ejecutiva pero cuyos miembros no forman parte de la Junta de Gobierno municipal.

En el acuerdo alcanzado anoche entre PP y Cs se repartían la cesión de las Juntas de los 21 distritos de la capital (12 para los populares y 9 para la formación naranja). Al suscribir a su vez el PP un acuerdo con Vox, parece indicar que los populares cederán la presidencia de algunas Juntas a Vox. (...)

Durante la jornada de ayer y hasta alcanzar el acuerdo, el PP estuvo en contacto telefónico con el equipo negociador de Vox. Su candidato, Javier Ortega Smith, ha escrito a primera hora de la mañana un tuit donde se puede ver un amanecer de la plaza de la Villa con el Ayuntamiento y el texto: “Al servicio de los madrileños, al servicio de España. #AyuntamientoMadrid. #EspañaViva”.      (República de las ideas, 15/06/19)


"Albert Rivera recibe por todos lados.

 El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, es la diana de las críticas de destacados personajes públicos que influyen en la formación naranja, como Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional, fundador del partido y mentor de Rivera, Manuel Conthe, exasesor del partido y expresidente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), (...)

De Carreras, en un artículo publicado en El País y titulado "Querido Albert", se ha referido a Rivera como "un adolescente caprichoso que da un giro estratégico de 180 grados y antepone supuestos intereses de partido a los intereses generales de España". El catedrático considera que Ciudadanos tendría que rectificar su negativa a Pedro Sánchez y pactar con el PSOE para impedir que los socialistas pacten con Podemos y "los nacionalistas". "Muchos no desean que a Cs les una solo un melancólico recuerdo", concluye.

Conthe, a través de Twitter, sido igualmente duro: "Yo llegué a creer que Rivera y Cs era un partido liberal serio, con sentido de Estado y espíritu regenerador. Pero me están empezando a parecer unos payasos, tan poco fiables como otros partidos y líderes. Como consuelo, siempre nos quedará Valls".

Conthe no sólo reaccionaba así a una información según la cual Cs proponía repartirse la alcaldía de Madrid con el PP dos años cada uno, sino que alababa el papel de Manuel Valls, que se ha desmarcado de la línea oficial de Cs en cuanto a Vox y ha ofrecido sus regidores a Ada Colau para impedir que un independentista como Ernest Maragall sea alcalde de Barcelona. (...)

Paralelamente, Rivera también recibe malas noticias de Francia. Durante las últimas horas, el presidente de la República francesa, Emmanuel Macron, ha vuelto a rechazar la aproximación de Cs a la ultradreta de Vox. En concreto, fuentes del Elíseo han trasladado a periodistas españoles que las relaciones entre Cs y Vox son un asunto "importante" que causa "preocupación" en el gobierno francés.

De hecho, según recogen medios como Vozpópuli, Macron rechaza "ambigüedades" y se podría replantear la cooperación de su partido con Cs en función del punto que alcance la aproximación de los naranjas a Vox. En concreto, han avanzado que habrá "consecuencias" si Cs y Vox forman una "plataforma común".

​ Fuentes de Cs citadas por EFE han expresado este viernes que el partido de Rivera no se siente concernido por las amenazas de ruptura procedentes del entorno de Macron."          (El Triangle, 14/06/19)


"Manuel Valls niega el saludo a Torra tras la investidura de Colau como alcaldesa.

 El candidato de BCN Pel Canvi-Cs, Manuel Valls, ha negado el saludo al presidente de la Generalitat, Quim Torra (...)

En una publicación de Twitter recogida por Europa Press, Valls ha dicho que no ha dado la mano al presidente por estar en desacuerdo con unas palabras de Torra sobre él. "No le he dado la mano a Torra en el Palau porque su discurso en el Parlament hablando de mí como una casta fue un escándalo", ha escrito el edil. (...)"               (Vox Populi, 15/06/19)