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3.2.25

Joseph E. Stiglitz: ¿Es el fin del progreso? La historia efectivamente avanza, pero el progreso podría quedar atrás... Hoy en día es casi un cliché observar lo equivocada que estaba la predicción de que todas las sociedades terminarían convergiendo hacia la democracia liberal y la economía de mercado... ¿Puede continuar el progreso? Los que están ahora en el poder se sienten motivados absolutamente por la búsqueda de riqueza, y no tienen reservas a la hora de acumularla mediante la explotación y la búsqueda de renta... Lo que diferencia a la corrupción norteamericana actual de las formas pasadas es su enorme escala y descaro... Los oligarcas estadounidenses pueden “contribuir” abiertamente con cientos de millones de dólares a la campaña electoral de un político a cambio de favores... Ningún país puede prosperar de verdad si gran parte de la población sufre carencias en educación, salud y alimentación básica... la expectativa de vida es la más baja entre las principales economías avanzadas... lo más probable es que Estados Unidos y China continúan por el camino del capitalismo oligárquico y del capitalismo de Estado autoritario, respectivamente, mientras que el resto del mundo queda rezagado... por supuesto, ni China ni los Estados Unidos de Trump están comprometidos con los valores que han impulsado el progreso desde finales del siglo XVIII... ¿Disfrutarán los estadounidenses de un progreso continuado en forma de prosperidad compartida, basada en la educación, la salud, la seguridad, la comunidad y un medio ambiente limpio? Lo dudo. ¿Y el fin del progreso en Estados Unidos tendrá repercusiones a escala mundial? Casi seguro

 "Hace 35 años, el mundo experimentó un cambio de época con el colapso del comunismo en Europa. Es conocido que Francis Fukuyama llamó a este momento el “fin de la historia”, prediciendo que todas las sociedades terminarían convergiendo hacia la democracia liberal y la economía de mercado. Hoy en día es casi un cliché observar lo equivocada que estaba esa predicción. Con el regreso de Donald Trump y su movimiento MAGA [siglas en inglés del lema “Hacer grande a América otra vez”], tal vez deberíamos llamar a la era actual el “fin del progreso”.

La mayoría de nosotros damos por sentado el progreso. Pero deberíamos recordar que los estándares de vida hace 250 años apenas diferían de los de hace 2.500 años. No fue hasta la Ilustración y la revolución industrial cuando logramos las enormes mejoras en cuanto a la esperanza de vida, la salud y los niveles de vida que han definido la modernidad. Los pensadores de la Ilustración reconocieron que la experimentación científica podía ayudar a las personas a entender a la naturaleza y crear nuevas tecnologías transformadoras, y que las ciencias sociales podían permitir una coordinación más estrecha de los esfuerzos por mejorar las condiciones de todos los miembros de la sociedad. Esos esfuerzos requerían que el Estado de derecho desplazara al absolutismo, que el respeto por la verdad prevaleciera sobre el oscurantismo y que se elevara la experiencia en cuanto a los asuntos humanos. Entre los rasgos más inquietantes de la revolución MAGA está su rechazo frontal de estos valores.

¿Puede continuar el progreso? De la misma manera que los soviéticos consiguieron lanzar el satélite Sputnik, puede que veamos a Trump y a sus seguidores presidir hazañas tecnológicas notables en el espacio y en inteligencia artificial (IA). ¿Pero podemos realmente esperar que la nueva oligarquía estadounidense supervise avances sostenidos y ampliamente compartidos? Los que están ahora en el poder se sienten motivados absolutamente por la búsqueda de riqueza, y no tienen reservas a la hora de acumularla mediante la explotación y la búsqueda de renta. Ya han demostrado su ingenio a la hora de ejercer el poder de mercado y aprovechar los medios de comunicación y las plataformas tecnológicas para promover sus intereses privados mediante la manipulación y la desinformación generalizadas.

Lo que diferencia a la corrupción norteamericana actual de las formas pasadas es su enorme escala y descaro. La idea de meter billetes de 100 dólares en sobres de papel marrón suena pintoresca comparada con lo que tenemos ahora. Los oligarcas estadounidenses pueden “contribuir” abiertamente con cientos de millones de dólares a la campaña electoral de un político a cambio de favores. El préstamo sin condiciones de 465 millones de dólares que Tesla recibió de la Administración del presidente Barack Obama hace 15 años parecerá una miseria en comparación con lo que se avecina.

El progreso requiere inversiones en ciencia básica y una mano de obra calificada. Sin embargo, durante su primer mandato, Trump propuso recortes tan masivos en la financiación de la investigación que incluso sus colegas republicanos se opusieron. ¿Mostrarán la misma disposición a resistirse esta vez? En cualquier caso, ¿sigue siendo posible el progreso cuando las instituciones responsables del avance y la transmisión del conocimiento son objeto de ataques constantes? Al movimiento MAGA nada le gustaría más que acabar con las instituciones de “élite” donde se produce tanta investigación de vanguardia.

Ningún país puede prosperar de verdad si gran parte de la población sufre carencias en educación, salud y alimentación básica. En Estados Unidos, alrededor del 16% de los niños crece en la pobreza, el desempeño global en las evaluaciones educativas internacionales es mediocre, la malnutrición y la falta de vivienda se han generalizado, y la expectativa de vida es la más baja entre las principales economías avanzadas. El único remedio es más y mejor gasto público. Sin embargo, Trump y su equipo de oligarcas están empeñados en recortar el presupuesto todo lo que puedan. Hacerlo dejaría a Estados Unidos aún más dependiente de la mano de obra extranjera. Pero los inmigrantes, incluso los altamente calificados, son un anatema para los seguidores del MAGA de Trump.

Aunque Estados Unidos ha sido durante mucho tiempo líder mundial en el avance de la ciencia y la tecnología, es difícil ver cómo esto puede continuar en un Gobierno de Trump. Veo tres escenarios posibles. En el primero, Estados Unidos finalmente acepta sus problemas profundamente arraigados, rechaza el movimiento MAGA y reafirma su compromiso con los valores de la Ilustración. En el segundo, Estados Unidos y China continúan por el camino del capitalismo oligárquico y del capitalismo de Estado autoritario, respectivamente, mientras que el resto del mundo queda rezagado. Por último, Estados Unidos y China mantienen su rumbo, pero Europa adopta la bandera del capitalismo progresista y de la socialdemocracia.

Lamentablemente, el segundo escenario es el más probable, lo que significa que debemos considerar cuánto tiempo más se podrán seguir gestionando las crecientes deficiencias de Estados Unidos. China cuenta con enormes ventajas en el desarrollo de tecnología e inteligencia artificial, debido a su enorme mercado, a su amplia oferta de ingenieros y a su compromiso con la planificación a largo plazo y la vigilancia integral. Asimismo, la diplomacia china en relación con el 60% de los países no occidentales ha tenido mucho más éxito que la estadounidense. Pero, por supuesto, ni China ni los Estados Unidos de Trump están comprometidos con los valores que han impulsado el progreso desde finales del siglo XVIII.

Trágicamente, la humanidad ya se enfrenta a desafíos existenciales. Los avances tecnológicos nos han dado los medios para destruirnos a nosotros mismos, y la mejor manera de evitarlo es a través del derecho internacional. Además de las amenazas que plantean el cambio climático y las pandemias, ahora también tenemos que preocuparnos por la IA no regulada.

Algunos dirán que, aunque haya una pausa en el progreso, las inversiones pasadas en ciencia seguirán dando valiosos frutos. Además, agregarán los optimistas, todas las dictaduras finalmente terminan y la historia continúa. Hace un siglo, el fascismo asoló al mundo. Pero eso condujo a una ola de democratización, en la que movimientos de descolonización y derechos civiles contrarrestaron la discriminación racial, étnica y de género.

El problema es que esos movimientos exitosos solo llegaron hasta cierto punto, y el tiempo no está de nuestro lado. El cambio climático no esperará a que nos decidamos a actuar. ¿Disfrutarán los estadounidenses de un progreso continuado en forma de prosperidad compartida, basada en la educación, la salud, la seguridad, la comunidad y un medio ambiente limpio? Lo dudo. ¿Y el fin del progreso en Estados Unidos tendrá repercusiones a escala mundial? Casi seguro.

Es demasiado pronto para saber cuáles serán las consecuencias de la segunda presidencia de Trump. La historia efectivamente avanza, pero el progreso podría quedar atrás."

( Joseph E. Stiglitz , El País Negocios, 02/02/25)

5.4.18

"Algunas élites políticas, en EE UU, tienen un fuerte interés propio en mantener a la gente en la pobreza". En EE UU no hay voluntad alguna de eliminar sistemáticamente la pobreza... en cambio el presidente Xi Jinping está absolutamente decidido a que en 2020 no haya ni una sola persona debajo de la línea de pobreza extrema... la comparación es muy dramática

"(...) Philip Alston, relator especial de las Naciones Unidas sobre la pobreza extrema y los derechos humanos, presenta ante la prensa nacional e internacional el preinforme de su visita oficial a Estados Unidos. 

Es un informe devastador: 40 millones de pobres, de los cuales los niños representan el 32,6%, y casi la mitad de ellos viviendo en pobreza extrema. 

Para Angus Deaton, premio Nobel de Economía, el informe Alston demuestra que "EE UU tiene un problema urgente y ya no puede ocultarlo". (...)

En su informe preliminar señala que "el sueño americano se está convirtiendo rápidamente en una ilusión". ¿En qué consistió dicho sueño? ¿Por qué se ha convertido en una ilusión? 

En el pasado de EE UU, tanto por la legislación laboral como por factores económicos, hubo una gran nivelación de ingresos económicos. En primer lugar, EE UU fue la tierra de las oportunidades por la expansión de la frontera hacia el Oeste y la fiebre del oro de California. Siguió habiendo muchas oportunidades de hacer fortuna durante el periodo inicial de la industrialización. 

Luego hubo un gran periodo de desequilibrio económico, desde la Primera Guerra Mundial hasta la Gran Depresión, que finalizó con el New Deal y la economía de guerra, lo que originó una nivelación de los ingresos económicos hasta finales de los años setenta. Por lo tanto, hay razones económicas de peso para argumentar que seguía siendo un país de oportunidades, incluso para los más pobres. 

Sin embargo, esto ha comenzado a cambiar económicamente en términos de cifras de desigualdad y, en particular, de movilidad social, que es la más baja de cualquier país de la OCDE. Por lo tanto, considero que es una ilusión decir que el sueño americano está vivo y que la gente puede fácilmente pasar de ingresos bajos a más altos cuando en realidad es mucho más difícil.

¿En qué momento EE UU pasó de ser la tierra de las oportunidades a tener 40 millones de pobres?

Sorprendentemente, muchos académicos están de acuerdo en que incluso en tiempos de Richard Nixon había una gran predisposición para abordar la desigualdad, vestigio de las iniciativas sociales de Lyndon Johnson. Cabía esperar que Jimmy Carter siguiese con las mismas políticas; sin embargo, las estadísticas comienzan a ser mucho más negativas y luego, a partir de Ronald Reagan, se disparan. 

Respecto a Reagan, más importante aún que su política fiscal fue la actitud social y la revolución conservadora que lo acompañó. Desde la perspectiva de los derechos humanos -hablamos de derechos económicos y sociales-, éstos recibieron apoyo nivel nacional en EE UU hasta 1982, con la llegada de la Administración Reagan. 

También se empezó a cuestionar, de forma sistemática, la noción de que estos derechos fueran derechos humanos, y esto no ha cambiado desde entonces, ni siquiera con Clinton y Obama. Hicieron esfuerzos puntuales, diciendo: “sí que apoyamos estos derechos”. 

La realidad es que no sólo no los han apoyado, sino que estaban constantemente bloqueando iniciativas a nivel internacional. A su vez, la retórica interna neoliberal se ha hecho más fuerte asociando los derechos sociales a una dependencia del sistema del bienestar, apareciendo por ello como algo negativo. 

En su informe preliminar afirma de forma contundente que "algunas élites políticas [en EE UU] tienen un fuerte interés propio en mantener a la gente en la pobreza". He leído en entrevistas suyas que un posible contraejemplo es China, donde también realizó una visita oficial para analizar la pobreza extrema.

Uno siempre corre el riesgo de que se le malinterprete al decir que el modelo chino es el modelo de política económica y social más eficaz. Es indudable que China es un sistema autoritario que no respeta los derechos civiles y políticos. Sin embargo, hay un auténtico compromiso de las altas autoridades para erradicar la pobreza extrema.

 Aun estando definido en términos muy vagos, la realidad es que el presidente Xi Jinping está absolutamente decidido a que en 2020 no haya ni una sola persona debajo de la línea de pobreza extrema que ha sido fijada. 

Por el contrario, en EE UU, donde hay un 14% de pobreza, no hay voluntad alguna de eliminar sistemáticamente la pobreza, y asumen que otras políticas indirectamente ayudarán a eliminarla. No hay una política per se para la pobreza porque es un problema de los individuos y, por lo tanto, se las tienen que arreglar ellos solos. En mi opinión, la comparación es muy dramática.

Esta comparación no habrá caído muy bien en EE UU...

Los comentaristas estadounidenses me responden: "claro que Xi Jinping quiere erradicar la pobreza, pero lo hace para asentar el poder del partido y crear una cierta legitimidad a ojos de la sociedad". También me dicen que es porque se quiere mantener en el poder. A lo que respondo: "¿acaso el único objetivo de los políticos americanos no es mantenerse en el poder?".

 Creo que sería algo positivo que para mantenerse en el poder eligiesen eliminar la pobreza. Pero hacen todo lo contrario: quieren mantenerse en el poder, pero no les importa lo más mínimo el 20% inferior de la población.

En su informe usted afirma que si algo distingue a EE UU de los demás países es su falta de empatía con los pobres. En España, aporofobia (fobia a las personas pobres o desfavorecidas) ha sido elegida palabra del año y ha sido incluida en el diccionario de la RAE. Parece que se está convirtiendo en un fenómeno global.

Considero fascinante que se haya acuñado esta palabra. Va en línea con las presunciones de la economía neoliberal y la filosofía libertaria que se resume en que cada persona se las tiene que arreglar por sí sola en vez de desarrollar la solidaridad social. No es algo exclusivo de EE UU, pero sí creo que lo ha llevado a las últimas consecuencias.

En una conferencia que impartió en la London School of Economics en diciembre de 2016 usted se mostró crítico con la comunidad de los derechos humanos por no interiorizar los derechos económicos y sociales como derechos humanos. ¿Puede desarrollar esta idea?

Creo que la comunidad de los derechos humanos ha aceptado la ideología diametralmente opuesta a la ideología comunista, es la que EE UU y otros países han promocionado: la idea de que si toda la sociedad disfruta de sus derechos civiles y políticos, inevitablemente disfrutará de sus derechos económicos y sociales porque el sistema electoral asegurará que haya una cierta distribución de los recursos. 

En mi opinión, la comunidad de los derechos humanos ha comprado esta idea aun cuando existen indicios muy claros de que un sistema político dinámico puede ignorar al 20% de la población más pobre o cualquiera que sea ese ratio. Tomemos el ejemplo de EE UU. Su elite política ha erigido sistemáticamente barreras para impedir la participación política de los pobres. 

Por lo tanto, incluso si crees que el pleno disfrute de los derechos civiles y políticos acarreará inevitablemente que se traten los derechos económicos y sociales, en realidad se han tomado las medidas necesarias para que los pobres estén excluidos del sistema electoral. A este respecto un político me preguntó: “¿conoces algún distrito electoral donde haya muchos pobres y vaya algún político a hablarles?” La respuesta es negativa. Su incidencia en las elecciones es tan marginal que ya han asumido que son irrelevantes. 

También señala que en muchas ocasiones se ignora la política fiscal, cuando resulta capital para los derechos humanos.

Sí, la comunidad de los derechos humanos suele estar dominada por abogados y estos suelen estar familiarizados con ciertos fenómenos, como la función de los tribunales, de la policía y en general de los derechos civiles.

 ¿Pero qué ocurre con la política fiscal? Es algo capital. En EE UU, como en el resto del mundo, es determinante para saber quién tiene qué, qué grupos se benefician, qué grupos se penalizan, etcétera. A mi parecer, una política integral de los derechos humanos que ignora la dimensión fiscal es una mera ilusión. (...)"                    

 (Entrevista a Phillip Alston, profesor de la Universidad de Nueva York después de serlo en Harvard, experto independiente de las Naciones Unidas, Hernán Garcés, Alternativas Económicas, 10/03/18)

5.3.10

La crisis abre un desafío colosal al ejercicio del poder, desata desconfianza en las élites y abre un nuevo flanco a los populistas

"Las democracias llevan tres años retrocediendo, y se han reducido a 116, según calcula la prestigiosa Freedom House, un centro de estudios independiente estadounidense fundado en 1941 que analiza la situación mundial de libertades y democracia. A los factores específicos, nacionales, de cada colapso, se suma ahora un preocupante temblor global: la crisis económica. Incubada y estallada en el seno del capitalismo, se abate ahora sobre el modelo político liberal con agresividad, alimentando frustración popular y evidenciando fragilidades de su sistema de gobierno. A la ineptitud para regular adecuadamente los mercados financieros, los gobiernos democráticos suman ahora tremendas dificultades para paliar el desastre y tomar medidas necesarias pero impopulares. ¿Está a punto de resucitar la historia? (...)

El populismo es una vieja y conocida plaga de las democracias, y los colapsos económicos son su caldo de cultivo preferido. En otras décadas parieron monstruos.

"Yo creo que el mayor impacto de la crisis actual consiste en una profunda transformación interna a los regímenes democráticos", argumenta Krastev. "Somos testigos de un colapso de la confianza en las élites políticas y empresariales y de la emergencia de una nueva oleada populista global. Ahora, las tensiones estructurales en las democracias modernas no son tanto entre izquierda y derecha, sino entre pueblo y élite. Las elecciones están perdiendo su significado de opción entre alternativas y se transforman en procesos a las élites. Así, la democracia ya no es una cuestión de confianza, sino más bien de gestión de la desconfianza", concluye Krastev. (...)

"No es que haya un nuevo entusiasmo por el autoritarismo, pero después de la crisis mucha gente cree que el capitalismo autoritario tiene sus ventajas", considera Krastev. "Aun así, creo que incluso los admiradores del modelo chino tienen sus dudas en imitarlo", coincide.

En el pasado, algunos analistas han considerado provocativamente la diferencia en la tasa de crecimiento de China (10% anual de media en la última década) y de India (6%) como el precio de la democracia. (...)

Las opiniones son volátiles, y un leve cambio de viento económico soplará sin duda hacia arriba ciertas encuestas. Pero hasta entonces, será necesario cuidar un sentimiento más profundo e importante para las sociedades: la pérdida de la sensación de progreso. La revista The Economist le dedicó en diciembre un interesante artículo de portada.

"La idea de progreso es la espina dorsal de una sociedad. En el extremo, sin la posibilidad de progreso, el avance de uno es la pérdida de otro", escribía el rotativo británico. El problema es acuciante en una etapa de alto paro y recorte de derechos sociales. La falta de progreso agudiza el instinto de mors tua, vita mea sobre el que juegan xenófobos y populistas. Quienes intentan dividir las sociedades entre "nosotros" y "ellos", sobre la base de la raza, o de la clase social.

"Esta crisis económica, como todas, dará un nuevo impulso al populismo", comenta en una conversación telefónica Michael Kazin, profesor de Historia de la Universidad de Georgetown. "Lo bueno, en esta ocasión, es que no hay alternativas tan preocupantes como las de los años treinta. Pero incluso si contenidos en el seno de los regímenes democráticos, los movimientos populistas pueden tener efectos sensibles. El Tea Party, en EE UU, creo que afectará sobre todo al Partido Republicano. Pero a través de esa influencia, polarizará la escena política nacional, y cobrará resultados, como ya está haciendo con la reforma de la sanidad", dice Kazin, autor de The populist persuasion: an American History." (El País, ed. Galicia, 27/02/2010, p. 34/5)