"Desde hace varios años, y en particular, desde el 7 de octubre de
2023, la izauierda radical y los movimientos de protesta —especialmente
los antiimperialistas y antirracistas— son objeto de campañas de
intimidación, que se han multiplicado en los últimos meses, y de una
ofensiva represiva. Un buen número de activistas antirracistas,
pro-Palestina, ecologistas, políticas/os y sindicalistas han sido objeto
de numerosos ataques, ya sea en las redes sociales, a través de
declaraciones de responsables políticos o mediante acciones legales.
Si bien la causa palestina ha suscitado la mayor represión y los
intentos de censura más constantes, no es la única, ya que
recientemente, Sophie Binet, secretaria general de la CGT, ha sido
imputada por injurias públicas tras comparar a los grandes empresarios
que amenazan con deslocalizar con "las ratas que huyen del barco". Un
sector de la sociedad del que se habla menos, el de la universidad y la
investigación, también sufre numerosos ataques de este tipo, con una
multiplicación de las amenazas contra las libertades académicas, que son
también ataques contra las libertades públicas.
En este editorial de la revista Contretemps, volvemos
sobre esta ofensiva liberticida que requiere una amplia resistencia por
parte de los círculos universitarios y más allá.
***
El profesorado y las investigadoras e investigadores que se resisten
al rumbo autoritario, militarista y racista del mundo se enfrentan hoy a
una ola de censura, amenazas y procedimientos legales que tienen por
objeto la intimidación y el silenciamiento. Estos ataques a las
libertades académicas, a veces orquestados desde las altas esferas del
Estado, deben entenderse en el contexto de la fascistización de las
élites y del Estado, la radicalización islamófoba del Occidente
imperialista, la represión de la solidaridad con el pueblo palestino
contra la guerra genocida y la alianza entre neoliberales y
neofascistas.
El Código de Educación francés establece claramente que "los
profesores-investigadores, los profesores y los investigadores gozan de
plena independencia y total libertad de expresión en el ejercicio de sus
funciones docentes y de sus actividades de investigación, con las
reservas que les imponen, de conformidad con las tradiciones
universitarias y las disposiciones del presente código, los principios
de tolerancia y objetividad" (artículo L952-2).
Esta disposición recuerda que la libertad académica es la condición
misma de la producción científica, basada en la autonomía respecto a los
poderes, el rigor metodológico y la validación por pares. No es un
privilegio corporativista ni un espacio de ilegalidad, sino una base
indispensable para la vitalidad democrática.
Sin embargo, esta libertad fundamental se ve hoy amenazada y
cuestionada por un conjunto de discursos, decisiones políticas y
prácticas institucionales que contribuyen a una restricción general de
las libertades públicas. La libertad académica está estrechamente
relacionada con otras libertades, en particular la libertad de expresión
y la libertad de asociación, y los ataques contra ellas son testimonio
de amenazas más amplias a los principios democráticos. Defender una de
estas libertades implica, por tanto, defenderlas todas.
Desde hace algunos años, varios responsables políticos señalan a la
universidad como un espacio problemático, incluso peligroso. Al afirmar
que «el mundo universitario [era] culpable de haber dividido a la
República en dos» en junio de 2020, al salir del confinamiento, mientras
se desplegaban movilizaciones contra la violencia policial convocadas
por el Comité Adama Traoré tras la muerte de George Floyd en Estados
Unidos, Emmanuel Macron legitima las ofensivas anteriores, procedentes
en particular de la extrema derecha o del Printemps républicain, que ya
habían llevado a la cancelación de algunos coloquios.
Jean-Michel Blanquer siguió por este camino cuando, en el contexto
del asesinato de Samuel Paty, acusó a los enfoques interseccionales de
amenazar a la República. Frédérique Vidal, entonces ministra de
Educación Superior e Investigación, anunció en 2021 una investigación
sobre el «islamoizquierdismo» en la enseñanza superior, apoyada por el
diputado Patrick Hetzel, investigación que finalmente se abandonó, pero
cuyos efectos nocivos se dejaron sentir de forma duradera1/. Más recientemente, Élisabeth Borne, entonces primera ministra, consideró
que el «islamoizquierdismo» era «una corriente [que] existe en la
sociedad y, por lo tanto, necesariamente en la universidad», reactivando
la idea de que ciertas disciplinas y ciertos objetos de estudio
tendrían un sesgo político incompatible con las exigencias científicas.
Desde el 7 de octubre de 2023, esta ofensiva política ha subido un
peldaño: los y las investigadoras especializadas en Palestina han sido
amenazadas con sanciones y/o vilipendiadas. A nivel local, presentar
mociones en las instancias universitarias en solidaridad con el pueblo
palestino o contra el genocidio en Gaza se ha vuelto muy complicado,
mientras que las iniciativas académicas o militantes en las
universidades se enfrentan a numerosos obstáculos.
Estos obstáculos llegaron incluso a las prohibiciones, como es el
caso de una conferencia en la Universidad de Estrasburgo con Rima Hassan
en noviembre de 2024, considerada ilegal por una orden judicial.
Esta deriva se vio facilitada por la LRU, una ley impuesta bajo la
presidencia de Sarkozy, que pretendía instaurar la «autonomía de
lasuniversidades», pero que lo que hizo fue sobre todo aumentar la
autonomía de rectores y rectoras, otorgándoles poderes propios mucho más
importantes.
Además, el ciberacoso a profesionales de la investigación ha
aumentado aún más y diversas iniciativas académicas han sido objeto de
amenazas, como el coloquio «Materialismo histórico» en la Universidad
Paris-Dauphine en junio de 2025, con el objetivo de censurar ciertas
voces consideradas demasiado militantes o subversivas, lo que llevó a la
organización, bajo la presión de la dirección de la institución, a
sacar algunas sesiones fuera de la universidad2/.
Este salto cualitativo en la ofensiva reaccionaria condujo, además, a
la elaboración de una ley cuyos decretos de aplicación se promulgaron
durante el verano de 2025. De hecho, la ley del 31 de julio de 2025
sobre la lucha contra el antisemitismo en la enseñanza superior marca un
giro importante y muy preocupante. Si bien sus objetivos declarados se
inscriben en una lucha necesaria contra el racismo y todas las formas de
discriminación, sus modalidades prácticas entrañan numerosos riesgos
para las libertades académicas y la libertad de expresión del
estudiantado.
La reforma del procedimiento disciplinario introduce una nueva
sección académica presidida por un/a magistrado/a, lo que confiere a las
presidencias de los centros un poder disciplinario mayor y
potencialmente excesivo3/. La moción del Consejo Nacional de Enseñanza e Investigación (CNESER) pide la retirada de esta ley
debido al carácter potencialmente represivo de las disposiciones
adoptadas, que podrían dar lugar a un control abusivo de las expresiones
militantes estudiantiles o a la confusión entre posiciones políticas y
comportamientos discriminatorios.
En lo que se refiere al personal de la enseñanza superior y la
investigación, y en particular de investigadoras e investigadores, se
multiplican las campañas de intimidación mediática y política. En
septiembre, se acusó a varios historiadores/as de fomentar el
antisemitismo cuando decidieron retirarse de un coloquio organizado por
la Universidad Paris Cité tras conocer que contaba con el apoyo de la
Universidad Hebrea de Jerusalén y de la Fundación Científica de Israel,
cuya financiación también abarca ámbitos militares4/.
Las personas afectadas, que fueron invitadas por su experticia en la
historia del judaísmo y las comunidades judías, vieron cómo sus nombres
circulaban por las redes sociales y se veían expuestos a amenazas que no
solo iban dirigidas contra su reputación, sino también contra su
seguridad.
Después, se canceló el coloquio «Palestina y Europa», organizado
fundamentalmente por el Centro Árabe de Investigaciones y Estudios de
París (Carep Paris), que debía celebrarse en el Collège de France los
días 13 y 14 de noviembre de 2025, bajo la presión conjunta del
ministerio, un colectivo de abogados y una red de investigadores
reaccionarios reunidos en la Red de Investigación sobre el Racismo y el
Antisemitismo, que no es la primera vez que lleva a cabo una campaña de
delación, fichaje y calumnia, según un artículo bien documentado, publicado por Blast. Afortunadamente, el coloquio pudo celebrarse en las instalaciones del CAREP en París, con una gran participación en línea.
Al mismo tiempo, se supo de la existencia de una encuesta del
Cevipof, destinada a ser realizada en las universidades, que incluía una
pregunta sobre si la institución era un lugar donde se propagaban
fenómenos como el «odio a Israel», «la manifestación de apoyo a la causa
palestina», «la manifestación de apoyo a Hamás» o el «odio a los
sionistas»5/ todo ello presentado de antemano como indicios de antisemitismo. Para Nicolas Cadène,
antiguo relator general del Observatorio de la Laicidad, tal
yuxtaposición constituye una «confusión peligrosa», ya que asimila
formas de expresión política legítimas, e incluso protegidas, a formas
de odio o violencia punibles.
Las librerías tampoco se libran, y algunas de ellas afirman estar
«especialmente afectadas por las intimidaciones» desde el 7 de octubre
de 2023. La denuncia presentada por el ministro del Interior, Laurent
Nuñez, contra la editorial Libertalia por un juego de las siete familias
que incluye el personaje de «un policía racista de la BAC» ilustra una
preocupante tendencia a criminalizar la sátira. El propio ministro del
Interior también presentó una denuncia contra un humorista,
Pierre-Emmanuel Barré, por haber tenido la osadía de recordar varios
hechos recientes y especialmente impactantes de delitos policiales,
generalmente impunes.
Por último, la suspensión del historiador Julien Théry, amenazado con
perder su puesto por denunciar a los firmantes de un artículo en el que
se pedía a Emmanuel Macron que no reconociera al Estado palestino,
cuando la calidad de su trabajo como profesor no se ha puesto en duda,
pone de manifiesto el progresivo deslizamiento hacia sanciones basadas
no en faltas profesionales, sino en opiniones expresadas públicamente6/.
Todos estos hechos remiten a una dinámica más profunda, característica de un proceso de fascistización,
que se basa especialmente en un vuelco ficticio de las relaciones de
dominación. Así, se acusa a los grupos minoritarios de haberse vuelto
dominantes y tiránicos, capaces de imponer la censura y de instaurar un
clima de terror intelectual. Además, se les reprocha que se presenten
como víctimas, mientras que las verdaderas víctimas serían, según esta
lógica, aquellas personas que, al ver cuestionados sus privilegios, se
consideran desposeídas de sus libertades7/.
La amalgama entre pensamiento crítico, activismo y odio racial
permite entonces criminalizar posiciones intelectuales, deslegitimar
campos de investigación y presentar ciertas disciplinas como
intrínsecamente peligrosas8/.
En particular, se asiste a una confusión deliberada entre
antisemitismo, apoyo a Palestina, críticas al Estado colonial israelí,
defensa del derecho internacional y a fortiori, cualquier análisis crítico del colonialismo y las relaciones sociales de raza.
Pueden existir formas de racismo, en particular de antisemitismo e
islamofobia, pero también de sexismo, homofobia y capacitismo en las
filas de la izquierda social y política, en la medida en que las
opresiones estructuran y atraviesan todas las capas de la sociedad, pero
son contrarias a los valores y compromisos mayoritarios de nuestras
organizaciones, y deben combatirse sin tregua.
En lo que respecta específicamente al antisemitismo (pero esto es
válido para todos los tipos de racismo), es importante recordar,
basándonos en el último informe de la CNCDH
(2023), que son, con diferencia, las personas simpatizantes de la
izquierda quienes se declaran con mayor frecuencia «totalmente a favor
de una lucha enérgica contra el antisemitismo»; lo mismo ocurre con la
islamofobia y, en general, con el racismo.
Ante esta ofensiva, se han organizado movilizaciones colectivas.
Además del trabajo cotidiano de las organizaciones sindicales, el
colectivo «Vidal démission», el coloquio «La savante et le politique»
(La sabia y la política) o la creación de la Asociación para la Libertad
Académica y de la Coordinación Antifascista para la Afirmación de las
Libertades Pedagógicas y Académicas, entre otras, dan testimonio de la
voluntad de numerosos investigadores e investigadoras de resistir a este
deterioro de las condiciones de trabajo intelectual.
También se han emprendido acciones legales, en particular un recurso
por abuso de poder contra el anuncio de la investigación de Frédérique
Vidal, mencionado más arriba. Dos años después, el ministerio respondió
que estas declaraciones «no le comprometían», ya que finalmente no se
había llevado a cabo ninguna investigación. Sin embargo, como recuerda
el colectivo que inició el procedimiento, «estas palabras (...) tuvieron
consecuencias realmente perjudiciales para los colegas»9/.
Las movilizaciones sindicales, universitarias y jurídicas demuestran la
capacidad del mundo académico para defenderse colectivamente, aunque
las relaciones de fuerza sigan siendo desfavorables.
La acumulación de censuras, intimidaciones y presiones
institucionales o políticas constituye una señal extremadamente
alarmante para el estado de las libertades académicas en Francia.
Preservar estas libertades implica reconocer su papel esencial en la
construcción de un espacio democrático basado en la pluralidad de
conocimientos y puntos de vista. También se trata de garantizar la
protección y la formación de las personas más expuestas a las diferentes
formas de racismo, rechazando al mismo tiempo las generalizaciones que
sirven a objetivos represivos. Por último, la lucha contra las formas de
discriminación presentes en los medios universitarios nunca debe
conducir a la aceptación de medidas o discursos que reduzcan la libertad
de expresión o de enseñanza.
La defensa de la libertad académica es indisociable de la defensa de
la propia democracia, es decir, del conjunto de las libertades públicas y
los derechos democráticos fundamentales. Supone una vigilancia
constante y un compromiso colectivo para preservar las condiciones de un
debate intelectual abierto, riguroso y contradictorio, sin el cual no
puede existir ni una verdadera investigación ni una sociedad
democrática.
Esta exigencia no es solo francesa: se inscribe en un contexto
internacional donde las universidades se han convertido en objetivos
privilegiados de las fuerzas reaccionarias. En Estados Unidos, el nuevo
mandato de Donald Trump ha venido acompañado de ataques radicales contra
las instituciones científicas y los campus10/.
El ejemplo más emblemático es la publicación, a principios de 2025,
de una lista de palabras que pasaron a estar prohibidas en las
solicitudes de financiación que se eleven a la Fundación Nacional para
la Ciencia —entre ellas «diversidad», «género», «racismo», «justicia
social» o «víctima»— con el fin de descartar sistemáticamente los
proyectos de investigación relacionados con las desigualdades y la
discriminación11/.
Esto también puede adoptar la forma de amenazas físicas, como en el caso del historiador Mark Bray,
especialista en antifascismo y profesor en Nueva Jersey, que se vio
obligado a huir de Estados Unidos tras recibir amenazas de muerte por la
firma de un decreto por parte de Donald Trump en el que se designaba al
«movimiento antifa» como terrorista.
Esta ofensiva también se observa en Argentina, donde el Gobierno de
Javier Milei impone una austeridad brutal y endurece la represión de las
movilizaciones. Las universidades se ven estranguladas financieramente y
acusadas de adoctrinamiento ideológico; el Conicet (CNRS argentino) se
desmantela mediante despidos masivos y congelación de las becas,
mientras que la comunidad universitaria —en particular la de ciencias
humanas y sociales— es estigmatizada: la ciencia solo tiene valor si la
financia el mercado.
Ante estas dinámicas autoritarias, la defensa de las libertades
académicas se presenta más que nunca como un instrumento fundamental
contra el odio racista, la dominación social y la violencia, ya sean
promovidos en Francia o en otros lugares por la extrema derecha y sus
aliados neoliberales y/o libertarios."
(Editorial Contretemps, Viento Sur, 09/01/26, fuente Contretemps)