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9.8.26

Así frenó el peor incendio de la historia una esta enorme finca de Ávila, que perteneció a Felipe II y que en el siglo XIX fue considerada una de las casas de campo más lujosas de Europa, al ayudar a reducir la intensidad de las llamas y a evitar que el fuego siguiese avanzando sin control, gracias a su estructura vegetal en mosaico, que dejó a los bomberos trabajar en la extinción... “Tiene que servir de lección... no se trata de ”limpiar el monte“, sino de gestionar estratégicamente el combustible en áreas específicas para que los incendios encuentren discontinuidades y pierdan intensidad... el paisaje también es una herramienta de extinción. No se trata de una masa forestal abandonada, sino territorios con menor continuidad de combustible gracias al pastoreo, cultivos, aprovechamientos forestales, pistas, prados y una estructura del paisaje mucho más heterogénea”... Al descender la intensidad del fuego, aparecieron las “oportunidades” para que los equipos pudieran trabajar con mayor seguridad y eficacia, incluso en “ataque directo”, imposible y peligroso en otras zonas... el incendio que tuvo en vilo a España podía haber quemado más de 100.000 hectáreas. ¿Qué lo frenó? El eje de contención entre Cebreros y Robledo de Chavela. Del lado madrileño, la finca el Endrinal, con una gestión agroforestal parecida a la de El Quexigal, también contribuyó a bajar la intensidad de las llamas (Andrés Actis)

" Ferran Dalmau, ingeniero forestal y técnico de emergencias y protección civil, desplegado en el incendio de Ávila, el peor de la historia de España tras arrasar 50.000 hectáreas, lo tiene claro. Una enorme finca, que perteneció a Felipe II y que en el siglo XIX fue considerada una de las casas de campo más lujosas de Europa, ayudó a reducir la intensidad de las llamas y evitó que el fuego siguiese avanzando sin control.

“La gestión agroforestal de este terreno fue clave para contener el avance del incendio. Nos tiene que servir de lección. Ya no podemos seguir confiando únicamente en la extinción. Y no se trata de ”limpiar el monte“, sino de gestionar estratégicamente el combustible en áreas específicas para que los incendios encuentren discontinuidades y pierdan intensidad”, explica este experto.

La finca El Quexigal, de 1.200 hectáreas, ubicada en el municipio de Cebreros, conserva un palacio que fue construido en 1563 por Juan de Herrera, el mismo arquitecto que diseñó la obra maestra de El Escorial. Adquirida por el rey Felipe II para destinarla a actividades recreativas de la Casa Real, la finca estaba a cargo de monjes jerónimos. En ella producían aceite, vino, miel y alimentos, además de madera procedente de la abundancia de árboles, entre ellos el quejigo, que dio nombre a la parcela.

En la actualidad, cuenta Carlos Escorial, representante de la finca, el predio es utilizado como tierra de varios cultivos. El año que viene, el palacio reabrirá sus puertas convertido en un hotel de lujo, proyecto que está en ejecución. La principal diferencia respecto a muchos montes del entorno es que El Quexigal lleva más de dos décadas sometida a una gestión agroforestal continua. Esto incluye un aprovechamiento forestal planificado, la limpieza periódica del sotobosque, eliminación de combustible fino, retirada de árboles muertos, control de la densidad del arbolado y mantenimiento de todos los caminos.

La finca tiene varios cortafuegos —franja de terreno donde se elimina o reduce la vegetación y cualquier material combustible— que dividen al terreno por sectores. “Es estratégico para que si entra el fuego no nos queme toda la finca, sino un sector puntual. Este trabajo ha sido vital en este incendio”, explica Escorial. En esta oportunidad, las llamas ingresaron por cuatro focos. Los cortafuegos contuvieron tres. Más de 200 hectáreas se quemaron por las llamas que se propagaron desde la zona ribereña. El terreno está ubicado junto al cauce del río Sotillo —también conocido como río de las Palizas— y próximo a la confluencia con el río Cofio.

“No fueron un cortafuegos en el sentido clásico, sino paisajes gestionados que ofrecieron capacidad de defensa. Los bomberos aprovecharon esas condiciones para anclar maniobras y contener parte del avance del incendio”, revela Dalmau, testigo de esa contención. Y agrega: “Esta finca ha demostrado algo que los técnicos forestales llevamos años defendiendo: el paisaje también es una herramienta de extinción. No se trata de una masa forestal abandonada, sino territorios con menor continuidad de combustible gracias al pastoreo, cultivos, aprovechamientos forestales, pistas, prados y una estructura del paisaje mucho más heterogénea”.

Al descender la intensidad del fuego, insiste este ingeniero forestal, aparecieron las “oportunidades” para que los equipos pudieran trabajar con mayor seguridad y eficacia, incluso en “ataque directo”, imposible y peligroso en otras zonas.

Recuperar el mosaico agroforestal

Antonio Jordán López, profesor de Ciencia del Suelo en la Universidad de Sevilla, explica que los veranos secos y calurosos, característicos del clima mediterráneo, crean condiciones de alta inflamabilidad. Las olas de calor, la baja humedad y los vientos intensos son factores que favorecen la propagación rápida de los incendios. El cambio climático —agrega en un artículo de su autoría publicado en The Conversation— agrava esta situación, prolongando la temporada de riesgo, intensificando las sequías y aumentando la mortalidad vegetal.

Ante este diagnóstico, hay estrategias de gestión forestal que pueden reducir la agresividad del fuego. Una central, a juicio de este profesor, es la generación de paisajes heterogéneos. “Mosaicos de cultivos, pastos y masas forestales que interrumpan la continuidad del combustible contribuye a evitar los grandes incendios forestales”, describe.

Uno de los aspectos más destacados de El Quexigal, sostiene Dalmau en este punto, es que la finca “no constituye un bosque continuo”. Combina masas arboladas, cultivos, praderas, dehesas, zonas abiertas, caminos y cortaderos naturales, lo que “reduce enormemente la continuidad horizontal del combustible”.

Para Dalmau, el “incendio 3x1” que tuvo en vilo a España —en Burgohondo en Ávila, San Martín de Valdeiglesias en Madrid y Almorox en Toledo—, tenía la estructura para quemar más de 100.000 hectáreas. ¿Qué lo frenó? El eje de contención entre Cebreros y Robledo de Chavela. Del lado madrileño, la finca el Endrinal, con una gestión agroforestal parecida a la de El Quexigal, también contribuyó a bajar la intensidad de las llamas.

Estas estrategias, en la nueva era de incendios de mayor escala, terminan siendo determinantes. Marcan, por ejemplo, que el fuego llegue a una zona poblada —evacuaciones, destrucción de viviendas, pérdida de vidas— o que se controle en los montes. “Cuando coincide una ignición intencional, natural o fortuita con combustible acumulado, meteorología extrema y grandes superficies forestales continuas, llega un momento en que ningún dispositivo puede compensarlo únicamente con más aviones o más brigadas de bomberos forestales”, aclara Dalmau.

Javier Berenguer Sala, investigador del Departamento de Geografía de la Universitat de València, está especializado en análisis territorial y riesgo. Su disciplina —la geografía del fuego— explica por qué una misma ola de calor puede tener consecuencias muy distintas según el territorio que encuentre a su paso.

“Las condiciones ambientales del momento juegan un papel crucial, pero no son suficientes por sí solas para explicar el riesgo de incendio al completo”. La amenaza depende también de cómo está organizado el territorio: la continuidad de la vegetación, el abandono agrícola, la acumulación de biomasa, las viviendas dispersas, la accesibilidad para los equipos de extinción. El calor enciende la mecha; la geografía y la gestión forestal deciden si recorre dos metros o dos mil hectáreas.

Quienes trabajan en la finca El Quexigal aventuran que, casi con seguridad, el terreno se habría quemado sin este plan forestal. Los incendios tocaron la puerta en varias oportunidades durante las últimas dos décadas. Nunca lograron extenderse por todas las hectáreas del inmenso predio: “Hemos salvado nuestra finca y ayudado a evitar que se quemen otras. Es gratificante”." 

(Andrés Actis , eldiario.es, 08/08/26) 

30.7.26

Inversión pública y tecnología: así ha reducido China sus incendios un 72% en dos décadas... El gigante asiático ha pasado de 14.000 incendios anuales durante la década de los 80 del siglo pasado a apenas 226 el año pasado... China cuenta con la mayor superficie de bosque subtropical del mundo, gracias a una tenaz reforestación, concentrada en el sureste y suroeste... La suma de los vientos cálidos asiáticos hacen de China “uno de los países más propensos del mundo a los incendios”... El éxito descansa en razones previsibles. La inversión pública se multiplicó por 15 entre 1993 y 2017, que explican el aumento de la plantilla de guardabosques, los mecanismos sofisticados de vigilancia aéreos por satélite, drones o avionetas y los sensores en tierra. El objetivo es detectar el fuego de inmediato. Más del 95% son sofocados en menos de 24 horas... la nueva estrategia consiste en perros robots que patrullan rutas forestales programadas y alertan a las autoridades si detectan un potencial incendio, que enviarán primero drones para confirmarlo y después otros cargados de agua para apagarlo. Eficaz, rápido y seguro para los apagafuegos humanos... La responsabilidad política es, probablemente, el factor más decisivo, autóctono y complicado de exportar. La incompetencia se paga en China, si hay un incendio porque faltaron cortafuegos... cualquier funcionario público, desde una aldea polvorienta a una provincia boyante, se preocupará de que todo esté en orden (Adrián Foncillas)

"Fue el peor incendio que sufrió China en tres siglos y uno de los más destructivos de la historia. El Fuego del Dragón Negro nació en mayo de 1987 en la provincia septentrional de Heilongjiang, la antigua Manchuria, y se extendió a la Unión Soviética. Cuando fue sofocado, un mes después, había calcinado 10.000 kilómetros cuadrados, dos tercios de ellos de bosque, matado a 211 personas y dejado a 50.000 sin hogar.

De aquella pira colosal se esperaría que ejerciera de parteaguas en un país normal, pero China no lo era en 1987. Había decretado las reformas económicas pocos años atrás y su ofuscación por expandir el PIB sobrevolaba banalidades como el medioambiente o las desigualdades sociales. Aprobó variadas leyes que ayudaron poco. Hubo que esperar a que brotara una mentalidad ecológica para aceitar la estricta normativa que explica el milagro actual.

La cifra más baja de la historia

China padecía unos 14.000 incendios anuales durante la década de los 80 del siglo pasado, según el Ministerio de Gestión de Emergencias. En 2021, registró 616; el pasado año, apenas 226, la cifra más baja desde que hay estadísticas. Los incendios forestales no agrícolas cayeron un 72,23 % entre 2003 y 2023. Durante el XIV Plan Quinquenal (2021-2025), la reducción respecto al anterior se situó en el 80%. La media de terreno quemado se recortó un 92,5% desde 1988, un año después del fuego del Dragón Negro, a 2024, según datos oficiales citados por la International Association of Wildland Fire.

Las crónicas durante la canícula china abundan en sequías, tifones, inundaciones y otros dramas que ha agravado el calentamiento global. No hay noticias de esos incendios que martirizan a Europa a pesar de que las condiciones lo sugieren. China cuenta con la mayor superficie de bosque subtropical del mundo, gracias a una tenaz reforestación, concentrada en el sureste y suroeste.

La suma de los vientos cálidos asiáticos hacen de China “uno de los países más propensos del mundo a los incendios”, según el estudio 'Acelerando la caída de incendios en China en el siglo XXI', elaborado por investigadores chinos de la Academia China de Ciencias y la Universidad Estatal de Mississippi. “Indudablemente, la cuesta debajo de los incendios está relacionada con el desarrollo e implementación de las políticas de prevención en China”, asegura.

Bajan los incendios cuando el riesgo sube

Un estudio publicado este año con el revelador título de 'La gobernanza eficaz reduce la frecuencia de los incendios bajo el cambio climático' sienta la paradoja: bajan los incendios cuando el riesgo sube. En palabras de sus autores, “la evolución de los incendios forestales en China ha experimentado un desacoplamiento estructural entre la propensión climática a que se produzcan y el número de incendios registrados”.

El documento, elaborado por científicos chinos, aporta una investigación rotunda. Compara los datos sobre incendios en una superficie de 60 kilómetros a un lado y otro de las fronteras chinas con Mongolia, Nepal, Pakistán, Corea del Norte, Rusia, Myanmar y Vietnam. A pesar de las idénticas condiciones ecológicas, la densidad de incendios en el territorio chino es apenas una sexta parte que en el de sus vecinos. El estudio sostiene que las reformas legales de 2006 y 2018 han agilizado la respuesta con sistemas de teledetección, índices de peligro de incendio y drones.

El éxito descansa en razones previsibles. La inversión pública, por ejemplo. La partida para prevención y extinción de incendios se multiplicó por 15 entre 1993 y 2017, según un artículo de la revista Nature. El presupuesto del actual Plan Quinquenal asciende a 3.070 millones de yuanes, unos 370 millones de euros, que explican el aumento de la plantilla de guardabosques, los mecanismos sofisticados de vigilancia aéreos por satélite, drones o avionetas y los sensores en tierra. El objetivo es detectar el fuego de inmediato. Más del 95% son sofocados en menos de 24 horas y la superficie media de terreno quemado ha caído de las 59 hectáreas a las cinco, según el anterior estudio.

Perros robots patrullan los bosques

Tampoco sorprende la tecnología. La robótica, la IA y los drones, campos en los que China le pelea el liderazgo a Estados Unidos, se aúnan para proteger los bosques. Chongqing, la macrourbe ciberpunk del centro del país, mostró meses atrás su nueva estrategia coordinada. Los perros robots patrullan rutas forestales programadas y alertan a las autoridades si detectan un potencial incendio, que enviarán primero drones para confirmarlo y después a otros cargados de agua para apagarlo. Eficaz, rápido y seguro para los apagafuegos humanos.

La ley forestal atribuye la responsabilidad de la prevención a los gobiernos locales y sus medidas son evaluadas anualmente por las autoridades centrales. Es un viraje fundamental: hasta no hace tanto tiempo, Pekín solo premiaba o castigaba atendiendo al desempeño económico. Algunas provincias aplican la “gestión de malla” o la división del territorio en cuadrículas con un encargado y funciones delimitadas. Si hay un incendio, ya saben por quién preguntar.

La responsabilidad política es, probablemente, el factor más decisivo, autóctono y complicado de exportar. La incompetencia se paga en China, da igual un incendio porque faltaron cortafuegos o un puñado de contagios durante una pandemia global. Así que cualquier funcionario público, desde una aldea polvorienta a una provincia boyante, se preocupará de que todo esté en orden." 

(Adrián Foncillas, el Periódico, 28/07/26)