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3.8.26

El vicio de Isabel Díaz Ayuso con los áticos es algo digno de psicoanálisis. Quizá haberse criado en ese barrio y mirar hacia arriba viendo esas terrazas imposibles le ha traumatizado... Su terapia nos está saliendo cara... personas psicológicamente como Ayuso pueden entenderse con dos palabras francesas: "parvenu" o nuevo rico.. y "aisance" o naturalidad. La primera marca a la persona de clase social más baja que alcanza un estatus relacional más elevado no destinado a los de su clase y que la aristocracia usa para despreciarlos, la segunda palabra se refiere a la soltura para relacionarse, una marca de clase. La que Ayuso jamás podrá alcanzar por mucho que le paguemos con nuestros impuestos ese intento de ascenso de clase... Ayuso es una "parvenu" de las muchas que pululan por la geografía madrileña... pero Ayuso ni siquiera ha podido pagarse ese ascenso social. Hay pocas cosas más bajas que ser una intrusa de clase con el dinero propio, y es serlo con el de la plebe, que paga sus impuestos para comprarle esa posición social bastarda... El hecho de que el ático que le hemos comprado a la Quironesa era de Astrid Gil-Casares, una eminente miembro de la elite aristócrata madrileña, es una muestra más de cómo Ayuso busca emular los usos y costumbres de una clase con la que se codea por su cargo, pero que la desprecia por no ser más que una advenediza de clase... Isabel Díaz Ayuso es una lideresa política que se mueve por sus complejos, traumas, miedos y fobias. Todo lo que hace en su labor pública se entiende desde la disforia que sufre entre lo poco que es y lo mucho que querría ser porque el poder no le otorgará jamás aquello que en su subconsciente sabe que le falta. No hay ático que pueda disimular los usos y costumbres clasemedieros que la nobleza huele desde arriba (Antonio Maestre)

"Ayuso, la pijoaparte.

El vicio de Isabel Díaz Ayuso con los áticos es algo digno de psicoanálisis. Quizá haberse criado en ese barrio y mirar hacia arriba viendo esas terrazas imposibles le ha traumado y ahora somos los madrileños los que tenemos que cerrar ese vacío existencial con nuestros impuestos. Su terapia nos está saliendo cara. Molière explicó lo que le pasa a gente como la presidenta de la Comunidad de Madrid ya en el siglo XVII en su obra 'El burgués gentilhombre' con el proceder de Mounsier Jourdain intentando emular los modales de los nobles pagando a maestros e instructores sin lograr ni siquiera alcanzarlos, lo que provocaba la burla más absoluta de la clase a la que quiere pertenecer.

Pierre Bourdieu en 'La distinción' nos enseña que el capital cultural no se puede comprar, personas psicológicamente como Ayuso pueden entenderse con dos palabras francesas: "parvenu" y "aisance". La primera marca a la persona de clase social más baja que alcanza un estatus relacional más elevado no destinado a los de su clase y que la aristocracia usa para despreciarlos, la segunda palabra se refiere a la naturalidad y soltura para relacionarse, aplicado a las relaciones sociales se puede considerar la marca de clase. La que Ayuso jamás podrá alcanzar por mucho que le paguemos con nuestros impuestos ese intento de ascenso de clase.

Ayuso es una "parvenu" de las muchas que pululan por la geografía madrileña. No pasaría de ser un especimen común de nuestra ciudad, que dan verdadera lástima, si no fuera porque la mayoría se jode y se aguanta con sus complejos y además tiene que pagarle la factura de su espectáculo patético. El dinero puede comprar casi de todo, jamás la pertenencia, pero es que encima el dinero de Ayuso lo ponemos nosotros. El hecho de que el ático que le hemos comprado a la Quironesa sea a Astrid Gil-Casares, una eminente miembro de la elite aristócrata madrileña, es una muestra más de cómo Ayuso busca emular los usos y costumbres de una clase con la que se codea por su cargo pero que la desprecia por no ser más que una advenediza de clase. No sé si lo sabrá, si lo imaginará, pero a Ayuso alguien tendría que decirle que esa clase social se burlará de ella en cuanto se dé media vuelta.

Hay algo más vergonzoso que ser una "parvenu" y es ser Ayuso, porque ella ni siquiera ha podido pagarse ese ascenso social. Hay pocas cosas más bajas que ser una intrusa de clase con el dinero propio y es serlo con el de la plebe que paga sus impuestos para comprarle esa posición social bastarda. Me resistía a usar la obra 'Últimas tardes con Teresa' con Ayuso porque Pijoaparte emulando una identidad de clase para intentar colarse en la burguesía catalana tenía bastante más estilo, pero es la referencia que seguramente mejor se comprenda aunque le quede demasiado elevada a Isabel Natividad.

Esta descripción social especialmente definida en la cultura francesa podría parecer una broma o exageración si no fuera porque Isabel Díaz Ayuso es una lideresa política que se mueve por sus complejos, traumas, miedos y fobias. Todo lo que hace en su labor pública se entiende desde la disforia que sufre entre lo poco que es y lo mucho que querría ser porque el poder no le otorgará jamás aquello que en su subconsciente sabe que le falta. No hay ático que pueda disimular los usos y costumbres clasemedieros que la nobleza huele desde arriba."

(Antonio Maestre, blog, 29/07/26)

3.11.25

Conflicto generacional, un debate tramposo... El argumento de que el gasto en pensiones va en detrimento de otras necesidades parte de la tramposa premisa de que la riqueza no puede crecer y no se puede distribuir más equitativamente vía un mercado de trabajo más justo y una fiscalidad más redistributiva... A partir de una realidad indiscutible, la precarización laboral y vital de buena parte de las personas jóvenes, se enfrenta a estos con los mayores en una lógica de agravio comparativo, que hace desaparecer las clases sociales y el conflicto entre capital y trabajo de los análisis... En el imaginario de la confrontación intergeneracional como epicentro del conflicto social, la clase y la responsabilidad del capital, en forma de precariedad laboral o especulación, no existen, han desaparecido... En términos económicos lo que resulta insostenible es que por la vía de los beneficios fiscales las arcas públicas dejen de ingresar unos 45.000 millones de euros (PGE 2023), eso sin sumar los de las CCAA. Son recursos que en parte podrían servir para paliar los niveles de pobreza infantil extrema... Debemos preguntarnos: ¿Es posible aumentar la riqueza que generamos como sociedad? ¿Es posible reducir los niveles de pobreza infantil y juvenil? ¿Qué modelo productivo necesitamos para ello? Si se pretende sinceramente abordar la precariedad vital de las personas jóvenes urge transformar un sistema socioeconómico que ha convertido un derecho fundamental como la vivienda en un bien de inversión sometido a las lógicas de mercados globales (Joan Coscubiela)

 "El argumento de que el gasto en pensiones va en detrimento de otras necesidades parte de la tramposa premisa de que la riqueza no puede crecer y no se puede distribuir más equitativamente vía un mercado de trabajo más justo y una fiscalidad más redistributiva

En los últimos tiempos proliferan análisis que sitúan la confrontación entre generaciones como el epicentro del conflicto social. A partir de una realidad indiscutible, la precarización laboral y vital de buena parte de las personas jóvenes, se enfrenta a estos con los mayores en una lógica de agravio comparativo, que hace desaparecer las clases sociales y el conflicto entre capital y trabajo de los análisis. 

Este imaginario forma parte de la estrategia del neoliberalismo, que ha impuesto su hegemonía ideológica, incluso entre sectores de la izquierda, hasta hacernos creer que los conflictos de clase son cosas de nostálgicos izquierdosos anclados en el pasado. 

Es cierto que las sociedades y sus conflictos se han hecho más complejas, aunque en realidad siempre lo fueron, como saben bien las mujeres. Entre esta complejidad aparecen fracturas generacionales fruto de un aumento de los desequilibrios en el reparto de la riqueza entre trabajo y capital, especialmente el rentista. 

Pero clases sociales “haberlas haylas”. Lo explicó con provocadora sinceridad el magnate Warren Buffet: “Hay una guerra de clases, es cierto, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está haciendo la guerra. Y vamos ganando. La clase trabajadora está perdiendo” 

Se utiliza la precariedad laboral y vital de los jóvenes como coartada para presentar a las personas jubiladas como privilegiadas -los más descarados incluso les culpan de la precariedad de sus hijos y nietos. En estos análisis se presenta la generación cómo una categoría social compacta sin diversidad en su composición. 

Es cierto que en los últimos años se ha reducido la tasa de pobreza de las personas mayores mientras aumenta la infantil y juvenil, especialmente en familias monomarentales con un solo ingreso. Pero ese cambio no responde a lógicas de vasos comunicantes. Mientras la reducción de la pobreza entre los pensionistas se ha conseguido gracias a políticas progresistas concertadas con el sindicalismo confederal, los recursos públicos destinados a reducir la pobreza infantil y juvenil han sido insuficientes ante un “libre mercado” que fabrica precariedad laboral, habitacional y vital a espuertas. 

Con los datos en la mesa no se puede afirmar que los pensionistas estén sobreprotegidos. En agosto 2025 el 48,6% del total de pensiones (el 63,3% en las mujeres) es inferior a 1.000 euros/mes. En las de jubilación la pensión media está situada en 1.507,63 euros/mes (1.572 los hombres y 1.081,33 euros/mes las mujeres) mientras un 39% (el 60% las mujeres) de los jubilados perciben menos de 1.000 euros/mes. 

Por supuesto no ignoro las dificultades -casi imposibilidad- de acceder a una vivienda por parte especialmente de los jóvenes, pero aquí también son evidentes las diferencias de clase. Mientras muchos jóvenes ven como se atrasa cada vez más la edad de su emancipación, algunos disfrutan por 2.000 euros al mes de una plaza en residencias de estudiantes. Al tiempo que la precariedad habitacional afecta también a personas mayores con bajos ingresos como se comprueba en las imágenes de algunos desahucios.

En el imaginario de la confrontación intergeneracional como epicentro del conflicto social, la clase y la responsabilidad del capital, en forma de precariedad laboral o especulación, no existen, han desaparecido de sus tramposos análisis.

En realidad, el debate está siendo instrumentalizado al servicio de otro dogma, el de la insostenibilidad económica del sistema de seguridad social, por la imposibilidad, se afirma, de dedicar tantos recursos a pagar las pensiones públicas. 

Aunque el resultado final va a depender de la evolución económica y demográfica, las previsiones de gasto para el 2050, incluyendo pensiones no contributivas y clases pasivas, se sitúan entre el 15,8% y el 17% del PIB. La sociedad española debe decidir si considera oportuno dedicar esta proporción de la riqueza a financiar las pensiones de una población que en el 2050 será el 30% del total. 

El argumento de que el gasto en pensiones va en detrimento de otras necesidades parte de la tramposa premisa de que la riqueza no puede crecer y no se puede distribuir más equitativamente vía un mercado de trabajo más justo y una fiscalidad más redistributiva.  

En términos económicos lo que resulta insostenible es que por la vía de los beneficios fiscales las arcas públicas dejen de ingresar unos 45.000 millones de euros (PGE 2023), eso sin sumar los de las CCAA. Son recursos que en parte podrían servir para paliar los niveles de pobreza infantil extrema

Lo que es insostenible socialmente es obligar a las personas jubiladas a continuar trabajando para complementar sus pensiones de mínimos, como ya sucede en Alemania con más de un millón de “minijobs” de 556 euros al mes.

Otra de las trampas del debate sobre la sostenibilidad de las pensiones consiste en presentar nuestro sistema de seguridad social con la lógica actuarial de los seguros privados. Se afirma que los ingresos por cotizaciones son insuficientes para garantizar las pensiones, obviando que en ningún sitio está escrito -el Pacto de Toledo dice justo lo contrario- que la financiación de la seguridad social deba recaer exclusivamente en el factor trabajo. Recordemos que las cotizaciones, también las empresariales, son salario. 

Presentan la aportación fiscal del estado como déficit cuando en realidad se trata de implicar –aún de manera insuficiente- a otros factores productivos en la financiación de una estructura social como las pensiones.

En esta maraña en la que se mezclan análisis serios, se comparta o discrepe de ellos, con “cuñadísmo retribuido”, algunas voces han planteado una reformulación del debate. ¿Qué sistema de jubilación podemos permitirnos hoy con la riqueza que generamos? 

Sugiero recoger el guante, aunque como el orden de las preguntas determina siempre el terreno del debate y condiciona las respuestas propongo ordenarlo a partir de estos otros interrogantes. 

¿Es posible aumentar la riqueza que generamos como sociedad? ¿Es posible reducir los niveles de pobreza infantil y juvenil? ¿Qué modelo productivo necesitamos para ello? ¿Es sostenible económica ecológica y socialmente nuestro sistema socioeconómico?

Creo que sí, que tenemos margen para aumentar la riqueza colectiva, también para dedicar más recursos públicos a reducir la pobreza infantil y juvenil, aunque sea difícil mientras se mantengan las lógicas de “libre mercado” que tanta precariedad laboral y vital están provocando. 

Para conseguirlo hay que abordar algunas transformaciones de calado. Entre ellas, trabajar para que nuestro sistema productivo deje de malgastar tanto potencial humano, después de los esfuerzos personales y colectivos dedicados a la formación. O combatir la idea de que las empresas para subsistir requieren de precarización salarial y vital, con largas jornadas de trabajo. 

Para aumentar la riqueza es imprescindible mejorar la productividad del capital, incrementando la inversión. Pero eso casa mal con un sistema productivo en el que los beneficios empresariales en sectores como el turismo son muy superiores a otros que requieren de niveles mucho más importantes de inversión y riesgo. 

Para que este crecimiento de la riqueza sea sostenible hay que abandonar un modelo de competitividad construido sobre la externalización de riesgos y costes sociales y ecológicos a terceros. Como sucede, entre otros, en el sector de la logística, con los explotados autónomos del transporte y el uso ineficiente de la carretera en detrimento del ferrocarril.

Si se pretende sinceramente abordar la precariedad vital de las personas jóvenes urge transformar un sistema socioeconómico que ha convertido un derecho fundamental como la vivienda en un bien de inversión sometido a las lógicas de mercados globales.

Si se quiere hacer debates rigurosos sobre la precarización laboral y vital de los jóvenes y sobre la sostenibilidad del gasto en pensiones, sin utilizar la tramposa confrontación entre generaciones, hagámoslos. Con algunas condiciones, que la clase social y los conflictos entre capital y trabajo no desaparezcan del debate y que no eludamos las preguntas sobre la sostenibilidad de nuestro sistema socioeconómico. "

(Joan Coscubiela, eldiario.es) 

20.6.25

A pesar de la política de tierra arrasada que ha llevado adelante Milei, sigue manteniendo el mismo respaldo que al principio. ¿Cómo explicar todo esto? Las percepciones en torno al Estado, al Mercado, a las clases sociales, a lo comunitario, etc. son de vital importancia... el capitalismo neoliberal que se impone en el país desde la década de los 70 del siglo pasado ha transformado la clase trabajadora... el trabajo informal ha llegado al 50% de la fuerza laboral. Esto ha provocado una fragmentación de la clase trabajadora y ha hecho crecer un tipo de trabajador/a muy vulnerable al discurso ultraliberal... Los/as jóvenes del capitalismo de plataforma son especialmente carne de cañón del discurso pro-mercado: “El mercado aparece como lugar de oportunidades, mientras que el Estado impide tu crecimiento, además de financiar a los vagos”... y el joven repartidor que trabaja 10 horas al día en una bicicleta, no tiene derechos laborales, ni vacaciones pagadas, ni seguro médico si se enferma, pero se cree su propio jefe, se cree libre, y se ha convertido en el símbolo del votante de Milei... se abre la puerta a la “guerra de pobres contra pobres”, y el enemigo del trabajador informal es el formal, porque disfruta de unos privilegios (que ya no son considerados derechos) inaceptables (vacaciones pagadas, etc.)... y aflora “resentimiento” contra otras franjas de la clase trabajadora, resentimiento contra el empleado público, porque vive mejor que yo gracias a sus “privilegios”; contra el que recibe ayudas sociales, porque vive igual que yo sin trabajar. Milei instrumentaliza este resentimiento para justificar su programa de recorte de “privilegios”... “si no lo tengo yo, entonces, que no lo tenga nadie”... Se produce un deterioro sustancial del papel del Estado, sobre todo entre la gente pobre del interior del país: “Voy al hospital y no me atienden; la escuela de mis hijos está cerrada por huelgas o mal estado de la infraestructura; el transporte público no pasa y llego tarde al trabajo”... en la última década y, especialmente entre las generaciones más jóvenes que no vivieron la “década ganada”, existe un sentimiento colectivo de que lo público no funciona... lo que lleva a la siguiente reflexión: el Estado me tiene que dar salud, educación y servicios públicos y no me los da (o no me los da dignamente), pero me cobra como si me los diera... sucede que “en América Latina, si desmantelas las políticas públicas avanza el narco” (Luismi Uharte, Un. País Vasco)

"Tras más de un año de gobierno y teniendo en cuenta la política de tierra arrasada que ha llevado adelante Javier Milei, cualquiera podría pronosticar que el apoyo inicial que tuvo se hubiera erosionado considerablemente. Sin embargo, si se dan por válidas las encuestas, y también la propia percepción del campo progresista (intelectuales, movimientos…), Milei sigue manteniendo el mismo respaldo que al principio. ¿Cómo explicar todo esto?

Por un lado, como dice el politólogo Sergio Morresi, cada sector que lo apoyó siente, por ahora, que está cumpliendo: controló la inflación, está reduciendo la plantilla del Estado… Por otro lado, y esto es mucho más importante, el proceso de derechización sociológica al que aludía Morresi, se traduce en que algunas de sus ideas-fuerza han logrado afianzarse en la mentalidad de amplios grupos sociales. La ‘batalla cultural’ a la que apelan Milei y su gente, no es más que la batalla de ideas (Fidel Castro) en la que izquierdas y derechas se disputan el sentido común, los valores hegemónicos y la centralidad política. Las percepciones en torno al Estado, al Mercado, a las clases sociales, a lo comunitario, etc. son de vital importancia en esta disputa.

Capitalismo neoliberal y clase trabajadora

Andrés Ruggeri, antropólogo y referente del campo de las empresas recuperadas, señala que hay cambios estructurales que se vienen dando desde décadas atrás y que explican los cambios sociológicos actuales. Afirma que el capitalismo neoliberal que se impone en el país desde la década de los 70 del siglo pasado ha transformado la clase trabajadora. Por un lado, indica que es significativo el crecimiento del trabajo informal, que ha pasado de representar un 30% de la fuerza laboral a aproximadamente el 50% del total. Esto ha provocado una fragmentación de la clase trabajadora y ha hecho crecer un tipo de trabajador/a muy vulnerable al discurso ultraliberal. Los/as jóvenes del capitalismo de plataforma son especialmente carne de cañón del discurso pro-mercado: “El mercado aparece como lugar de oportunidades, mientras que el Estado impide tu crecimiento, además de financiar a los vagos”.

El capitalismo neoliberal no solo rompe la unidad de clase, sino que produce un nuevo tipo de sociedad, en la que la pérdida de conciencia de clase avanza vertiginosamente. Según Ruggeri, en Argentina desde los años 40 la identidad peronista, aunque no fuera expresamente de izquierda, no era una identidad liberal, individualista, sino colectiva y sindical. Eso se ha ido fracturando cada vez más. El joven repartidor que trabaja 10 horas al día en una bicicleta, no tiene derechos laborales, ni vacaciones pagadas, ni seguro médico si se enferma, pero se cree su propio jefe, se cree libre, reflexiona Eva Verde, del Frente Popular Darío Santillán. Ese sujeto, paradójicamente, se ha convertido en el símbolo del votante de Milei.

Conflicto intra-clase

Si el relato de la explotación capitalista de diluye, se abre la puerta a la “guerra de pobres contra pobres”, como advierte Rodolfo Pastore, economista y profesor de la Universidad Nacional de Quilmes. El explotador capitalista desaparece de la ecuación y el enemigo del trabajador informal es el formal, porque disfruta de unos privilegios (que ya no son considerados derechos) inaceptables (vacaciones pagadas, etc.).

El discurso es aún más perverso, porque según Morresi, aflora “resentimiento” contra otras franjas de la clase trabajadora: resentimiento contra el empleado público, porque vive mejor que yo gracias a sus “privilegios”; contra el que recibe ayudas sociales, porque vive igual que yo sin trabajar. Milei instrumentaliza este resentimiento para justificar su programa de recorte de “privilegios” (sic), su receta distópica: “si no lo tengo yo, entonces, que no lo tenga nadie”.

Estado ausente

A todo lo anterior se suma una percepción cada vez más negativa en relación al Estado y lo público. Una de las banderas del kirchnerismo fue el “Estado presente” frente al “Estado ausente neoliberal” de los 90 (Ruggeri) y durante la primera década del proceso de cambio (2003-2013) trajo mejoras sociales indiscutibles. Sin embargo, de ahí en adelante, y sobre todo durante los Gobiernos de Macri y Fernández, se produce un deterioro sustancial del papel del Estado, además de las contradicciones que se venían arrastrando. Por eso, en la última década y, especialmente entre las generaciones más jóvenes que no vivieron la “década ganada”, existe un sentimiento colectivo de que lo público no funciona.

Morresi asegura que la insatisfacción con lo estatal es muy grande, sobre todo entre la gente pobre del interior del país: “Voy al hospital y no me atienden; la escuela de mis hijos está cerrada por huelgas o mal estado de la infraestructura; el transporte público no pasa y llego tarde al trabajo”. Este acumulado de insatisfacciones lleva a la siguiente reflexión: el Estado me tiene que dar salud, educación y servicios públicos y no me los da (o no me los da dignamente), pero me cobra como si me los diera. A esto hay que agregar, siguiendo a Pastore, que no solo es que el Estado no ha estado para garantizar derechos, sino que cuando ha estado, bastantes veces lo ha hecho de manera clientelar.

Núcleo de verdad

Pastore advierte que en este relato anti-estatal y ultra-liberal hay un núcleo de verdad, que tenemos que reconocer. Por eso tiene efecto. Sin embargo, también se produce una disociación con la realidad. La anécdota que cuenta la profesora Bottini, de la Universidad de Quilmes, es muy paradigmática. En una clase, ella reivindicó que había que defender los derechos adquiridos, y un estudiante de sectores populares le respondió: “Ningún derecho que vos querés defender tiene que ver con mi vida. En mi familia nadie tiene derechos”. Por una parte, tenía razón, pero por otra no, ya que estaba estudiando gratis en una universidad pública y no era consciente que estaba disfrutando de ese derecho.

Comunidad

Otro terreno en disputa, no solo discursivo sino también material, es el de lo comunitario. Además del discurso individualista anti-colectivista de Milei y las nuevas subjetividades proclives a interiorizarlo, hay que analizar qué sujetos se están disputando el control de los barrios populares. El reconocido intelectual Atilio Borón alerta del espacio vacío que dejaron la izquierda y la teología de la liberación y la inserción paralela de las iglesias evangélicas y del narco. Por un lado, las nuevas iglesias combinan un discurso emprendedurista y antifeminista y, por otro lado, el narco avanza cooptando para sus redes a jóvenes que estaban condenados a la precariedad. Desde el Frente Darío Santillán, alertan de la preocupante situación: “en América Latina, si desmantelas las políticas públicas avanza el narco”.

¿Cómo hacerle frente?

A pesar del programa de shock mileista y de los citados cambios sociológicos, hay que destacar las movilizaciones populares que se han dado en todo este tiempo. Paula Klachko destaca las tres huelgas generales, la multitudinaria marcha en defensa de la universidad pública, las manifestaciones de marzo del día de la mujer trabajadora y de conmemoración de la dictadura y, la masiva movilización antifascista de febrero.

Sin embargo, no ha sido suficiente para erosionar al Gobierno. Además, gran parte de las/os entrevistadas/os manifiestan su preocupación por la disputa interna que se está dando actualmente dentro del peronismo entre Cristina F. Kirchner y su posible sucesor, el actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof. Por su parte, el movimiento popular, según Eva Verde, está en una etapa de resistencia y subsistencia, ya que la prioridad actual es dar de comer a la gente en los barrios (tras el desplome de los programas sociales) y apoyar psicológicamente para que la gente no se quiebre.

Fuego amigo

Paradójicamente, la mayor debilidad de Milei es él mismo, según Feierstein. Por un lado, se ha enfrentado a cierto sector de la clase dominante, concretamente al poderoso grupo mediático Clarín, posicionándose en contra de la compra de Telefónica por parte de Telecom (controlado por Clarín). Por otro lado, la estafa de las cripto-monedas ha provocado una mega-demanda de inversores en EE.UU. Feierstein cree que Milei “se puede autoametrallar los pies”, pero no significa que la salida venga por la izquierda.

Nueva época, nuevas recetas

En cuanto a la inevitable pregunta (¿qué hacer?) (Lenin), desde el sindicato ATE tienen claro que “no estamos en el 91 (al inicio del gobierno neoliberal de Menem), ni en el 2001” (a punto de estallar el Argentinazo). Es una nueva época y casi todas las personas entrevistadas coinciden en que no se puede vivir del pasado. Un pasado además que los más jóvenes no disfrutaron. Hace falta un proyecto de futuro, con nuevas estrategias. En el ámbito político-partidario, Gonzalo Armúa propone una renovación profunda, gente más joven, y sobre todo, “gente que se parezca más a nuestro pueblo”, ya que actualmente “la mayoría de los diputados no viajan en transporte público, sus hijos no van a la escuela pública, no utilizan el hospital público. Hay una brecha muy grande entre la sociedad y la política”. En cuanto a la política de base, Federico Díaz, sindicalista, tiene claro que hay dar prioridad de nuevo a trabajar en los barrios, involucrándose y construyendo desde lo colectivo. "

(Luismi Uharte, Un. País Vasco, Other News, 18/06/25)

7.7.24

Esteban Hernández: No se trata tanto de que las poblaciones coincidan con la extrema derecha, sino que cualquier cosa les resulta preferible antes que esa gente extraña que les mira por encima del hombro y que les dice que es conveniente y natural que sigan perdiendo. En este terreno se han anclado los ascensos de las derechas populistas y extremas en Europa y en el mundo anglosajón... las clases formadas urbanas, así como las rentistas, han transitado bien por las sucesivas crisis de los últimos años, mientras que una mayoría social, la que vive de las rentas del trabajo, se ha visto empobrecida. Es lógico que sus mundos tengan referencias muy distintas. Y, en esa separación, las élites no entendieron los efectos que estaban teniendo la desindustrialización del país, el declive de las clases medias y la conversión de las trabajadoras en clases de salario mínimo permanente... al utilizar a los expertos para difundir las narrativas (auto)tranquilizadoras se contribuyó a algo muy peligroso, que sí ha sido utilizado por la extrema derecha, la desaparición de un centro fiable y objetivo en el que la mayor parte de la población confíe... Nuestras élites, las parisinas, las de Washington, las españolas, siguen ancladas en los viejos modelos, y sus recetas sirven fundamentalmente para que se animen las unas a las otras y piensen que, en esencia, pocas cosas han cambiado. Pero, al actuar así, ponen las cosas fáciles a los partidos que quieren cambiar sustancialmente el sistema, que en este tiempo pertenecen a la derecha... La narrativa de que, a pesar de todo, las cosas van bien, que hay que ser optimistas, que vivimos en el mejor momento de la historia y demás, así como todos los datos que la pretenden avalar, ha perdido ya su fuerza. El recurso al moralismo empeora las cosas... para comprender nuestro mundo, las élites tienen que abandonar su burbuja. Es difícil que lo hagan cuando ni siquiera saben de qué se está hablando

 "Las elecciones francesas han contribuido a popularizar una lectura de la sociedad que subraya la división territorial entre las grandes urbes y las pequeñas y medianas ciudades, entre el entorno global y el local, entre las mentalidades y las formas de vida de los núcleos urbanos más poblados y las del resto del país. Esa brecha posee colores ideológicos, pero también subraya cómo el malestar de las poblaciones está concentrándose en la ira contra unas élites que viven encerradas en sus burbujas. Las parisinas están siendo el chivo expiatorio.

No es una cuestión puramente francesa. El ensimismamiento de las élites es una realidad. La separación entre las vivencias de la gente común y las ideas que de las mismas se hace el mundo político, técnico, económico y gestor permite comprender un poco mejor las transformaciones políticas que Occidente está viviendo.

La batalla ideológica

El pasado miércoles, el presidente del Gobierno presentó en Madrid el think tank Avanza. Es un laboratorio de ideas progresistas con el que se pretende dar la batalla ideológica en un momento en que esta es muy relevante. En su discurso, Sánchez mencionó a Michael Gove, un político tory y una figura polémica, ya que había afirmado que "la gente estaba cansada de los expertos". El presidente lo puso como ejemplo de táctica fallida, ya que se avecinaba un gran fracaso de los conservadores en las elecciones británicas, y buena parte de ese desplome estaba basado en el tipo de visión que Gove proponía. Era el tipo de argumento que las derechas duras pueden exhibir en las campañas electorales, porque sirve para promover el resentimiento, pero que, si de verdad se cree en él, causa problemas continuos a la hora de gobernar.

En consecuencia, Sánchez resaltó que uno de los propósitos del laboratorio de ideas era apoyarse en los expertos y en las políticas basadas en la evidencia. No solo era la manera correcta de combatir los bulos en los que se apoya la extrema derecha, sino el camino más útil para desarrollar políticas progresistas. Esa convicción le ha llevado también a crear la figura del asesor científico en el gabinete de cada ministerio, que serán de ayuda a la hora de crear y diseñar políticas públicas. En primera instancia, poco de lo afirmado es refutable, es mucho mejor apoyarse en la evidencia que en el impulso anímico, en la ciencia que en la ideología, etc. Y, sin embargo, Gove tenía razón en lo que afirmaba en diversos sentidos. Es importante hoy resaltar uno de ellos.

Una mesa redonda en una ciudad cualquiera

Una anécdota relativamente reciente puede servir para ilustrar la corriente de fondo. Una persona perteneciente a las élites madrileñas, de esas que trabajan en el entorno experto y a la que no citaré para no personalizar, acudió a provincias para participar en una mesa redonda sobre cohesión territorial. El mundo rural y la España vacía habían cobrado auge en las políticas nacionales, sus problemas comenzaron a ser visibles y los análisis sobre despoblación y el reto demográfico, habitualmente ligados a la transición ecológica y digital, ganaron espacio en el terreno público.

En la localidad en la que se celebró el acto, los problemas no eran muy diferentes de los que tienen otras ciudades pequeñas e intermedias españolas, salvo por dos matices relevantes. Los jóvenes siguen marchándose, la vida de la ciudad es cada vez menos pujante, el futuro que se percibe no es especialmente bueno, pero se trata de una zona que conserva todavía cierto vigor económico. Ese hecho lleva al segundo elemento, ya que, al ser necesaria mano de obra para tareas manuales, hay un tanto por ciento cada vez mayor de población emigrante, en general magrebí. En ese contexto, no hay problemas de convivencia, no hay racismo, no existen quejas por la inseguridad, nada en lo que puedan basarse fuerzas de derecha para crecer allí. Sin embargo, preocupa la evolución, en la medida en que se están formando comunidades separadas. En los colegios, los niños pequeños se relacionan sin ningún problema, pero a partir de una edad temprana, cerca de los 12 años, cada cual comienza a hacer vida con los suyos, lo que entienden como una mala señal de cara a la integración de segundas y terceras generaciones. Y, además, las ayudas que reciben los colectivos emigrantes están empezando a incomodar a los nacionales. De todos modos, las cosas funcionan bien, no hay tensiones y la convivencia general es buena.

A esa localidad llegó nuestro experto. Los mensajes que trasladó no eran estrictamente suyos, sino que representaban a los dominantes en la esfera tecnocrática, aunque él los expresara con mayor sinceridad. En esencia, señaló que a lo mejor los problemas que estas poblaciones planteaban no tenían solución y que quizá estuvieran mirándose demasiado a sí mismas. Subrayó que la falta de trabajo de calidad en esas ciudades es un signo de los tiempos y que estaría muy bien que volvieran (a él también le gustaría tener 30 años otra vez), pero que esa manera de pensar solo conduce a la melancolía. Insistió en que la inmigración forma parte de esta sociedad y en que la necesitamos, lo que nos obliga a aprender a convivir con el distinto, lo que no debería ser un problema angustiante. Aseguró que el incremento de la población tampoco puede ser un objetivo (y si aumentase de golpe no les gustaría, porque habría problemas de vivienda y atascos) y que si en diez años hay 10.000 habitantes menos, tampoco es tan grave, ya que vivimos en un mundo de valores y el libre desplazamiento es uno de ellos. Finalizó diciendo que quizá la dificultad mayor es que sabemos lo que nos pasa, pero no nos ponemos de acuerdo a la hora de afrontar los problemas esenciales. La intervención fue realizada en un tono conscientemente provocador y fue más amable de lo que suena su resumen.

Lo interesante de ella no es que subraye una sustancial falta de comprensión de cuáles son los problemas, el humor social y las necesidades de las ciudades pequeñas e intermedias, sino que transmite la sensación de que su diagnóstico y sus soluciones se emiten desde un mundo superior. Y esto es muy dañino: sin ir más lejos, el desinterés y la suficiencia de los expertos parisinos a la hora de abordar los problemas de la Francia interior fueron lo suficientemente hirientes como para empujar a la gente hacia la indignación. Este es uno de los factores que ha permitido al RN de Le Pen cobrar una ventaja significativa en el mundo rural.

Lo peor, sin embargo, es que este tipo de argumentos relativizadores y apaciguadores llevan mucho tiempo poniéndose en juego por parte de expertos y políticos del establishment: son los que se utilizaron cuando se produjeron las deslocalizaciones, la pérdida de la industria y la conversión en España de un país de servicios y turismo. Fueron los que se emplearon cuando llegaron las crisis económicas para justificar las políticas que empobrecieron a las clases medias y a las trabajadoras y los que sirvieron para culpabilizar al ciudadano común de la recesión. Fueron, además, argumentos que se contaron en todas partes: Obama fue a las zonas desindustrializadas de EEUU y les dijo que no fueran nostálgicos, que los trabajos no iban a volver. Las consecuencias políticas se hicieron evidentes pronto: salió Obama, entró Trump. Ahora, el mismo marco narrativo se está utilizando en la época del declive territorial causado por la globalización, y los efectos son similares: las pequeñas ciudades francesas se han encendido contra Macron y sus expertos y están votando a Le Pen. No es que la gente común dejase de creer en la ciencia, sino que entendió que le estaban contando cuentos en lugar de ayudarles a esquivar el declive. El malestar que se genera en esa situación es muy profundo.

Si no lo vemos, no existe

Es lógico que esa reacción ocurra: rebajar los problemas, insistir en la necesidad de adaptación, utilizar palabras tranquilizadoras y narraciones reconfortantes funciona durante un tiempo. Pero, a medio plazo, se vuelve en contra. En los últimos años, además, esa posición tecnocrática quedaba reforzada porque la otra opción era la extrema derecha: había una línea roja que no debía traspasarse. Sin embargo, lo que se está viviendo en Francia, como en otros lugares antes, es una reacción enérgica contra ese mundo gestor que vive al margen de la sociedad. Llega un instante en que el deterioro social se hace más profundo, todas esas narraciones empiezan a ser entendidas por la gente como un fraude, y se revuelven contra quienes las emiten y representan. No se trata tanto de que las poblaciones coincidan con la extrema derecha, sino que cualquier cosa les resulta preferible antes que esa gente extraña que les mira por encima del hombro y que les dice que es conveniente y natural que sigan perdiendo. En este terreno se han anclado los ascensos de las derechas populistas y extremas en Europa y en el mundo anglosajón, que se basan en un rechazo que afecta tanto a los partidos de izquierda como de derecha tradicionales, en la medida en que ambos actúan dentro de ese marco gestor y experto.

Sin embargo, las narrativas reconfortantes regresan, pero ahora para tranquilizar a las mismas élites. Las parisinas están siendo señaladas como las culpables del ascenso del partido de Le Pen. Resaltar la ceguera del establishment francés, como ocurrió con Cameron en la era del Brexit, resulta útil para acotar responsabilidades. Macron ha recibido numerosas y lógicas críticas por su decisión de adelantar las legislativas, y más por su ese argumento según el cual iba a arrojar una granada electoral a los pies del RN, pero fundamentalmente las han emitido quienes ocupan una posición similar en su mismo país. No es un mal francés: es difícilmente comprensible que se presente como candidato a Biden cuando todos los que le rodean sabían de su deterioro.

Sin embargo, todas estas discusiones contienen un fondo apaciguador, como si en realidad nada pasara salvo que se han tomado malas decisiones aisladas. No es así: estamos ante una historia que se relatan clases encerradas en sí mismas que han perdido el contacto con la realidad. Y es normal: las clases formadas urbanas, así como las rentistas, han transitado bien por las sucesivas crisis de los últimos años, mientras que una mayoría social, la que vive de las rentas del trabajo, se ha visto empobrecida. Es lógico que sus mundos tengan referencias muy distintas. Y, en esa separación, las élites no entendieron los efectos que estaban teniendo la desindustrialización del país, el declive de las clases medias y la conversión de las trabajadoras en clases de salario mínimo permanente. No los tenían a la vista, porque no los sufrían, y creían que a la mayoría de la gente le pasaba lo mismo que a ellos. Y cuando esos efectos se hacían expresos, siempre aparecían expertos (de su misma clase social) para afirmar que todo funcionaba razonablemente bien, que los problemas existentes estaban en camino de resolverse y que no había que dejarse llevar por las emociones negativas, que eran aprovechadas por la extrema derecha.

El segundo problema es que, al utilizar a los expertos para difundir las narrativas (auto)tranquilizadoras se contribuyó a algo muy peligroso, que sí ha sido utilizado por la extrema derecha: la desaparición de un centro fiable y objetivo en el que la mayor parte de la población confíe. La brecha que vemos en la información y en las noticias se produce también con los datos: cada cual cree en los suyos. A partir de ahí se hace mucho más fácil que las narrativas negacionistas de cualquier tipo penetren en la población, porque la confianza sistémica, la base segura, tiende a desvanecerse.

El 'pajaporte' y la impotencia

A pesar de todo eso, el recurso a las especificaciones expertas como elemento de convicción definitivo continúa utilizándose, cada vez con menos éxito. Un ejemplo menor, pero revelador, es Cartera Digital Beta, la solución puesta en marcha por el Ministerio para la Transición Digital y de la Función Pública con el objetivo de que los menores no accedan a contenidos pornográficos, que se ha rebautizado popularmente como el 'pajaporte'. El ministro Escrivá, ante las chanzas continuas, publicó un hilo en X en el que detallaba cómo se había articulado el procedimiento, insistía en que la privacidad estaba garantizada y aseguraba que habían trabajado en la aplicación evaluando la evidencia empírica.

Quizá tenga toda la razón, pero hay un hecho que es fácilmente comprensible: es muy mala idea obligar a registrarse a los adultos para evitar que los niños vean porno. Casi nadie lo va a entender y solo puede parecer una medida inteligente a quienes viven en un mundo aparte. Envolverse en explicaciones técnicas avaladas por la evidencia solo empeora las cosas, porque la distancia con la población se hace aún más grande. Y todo esto sin contar que la medida lo que revela en realidad es la impotencia de los poderes públicos a la hora de lidiar con las profundas disfunciones legales que provoca el ámbito digital, y que todavía no saben, o no quieren, combatir.

Quizá aquí resida el mayor problema. Es consolador pensar que colocando parches en forma de políticas públicas basadas en la evidencia, la sociedad estará mejor gestionada y los problemas de la gente se irán solucionando. Pero lo cierto es que la época es lo suficientemente turbulenta como para necesitar algo más que eso y, para afrontarla, es preciso constatar antes que las ideas dominantes hasta la década pasada no sirven para esta, si es que sirvieron alguna vez. Nuestras élites, las parisinas, las de Washington, las españolas, siguen ancladas en los viejos modelos, y sus recetas sirven fundamentalmente para que se animen las unas a las otras y piensen que, en esencia, pocas cosas han cambiado.

Pero, al actuar así, ponen las cosas fáciles a los partidos que quieren cambiar sustancialmente el sistema, que en este tiempo pertenecen a la derecha. Basta con mencionar algunas palabras mágicas, como inflación, poder adquisitivo, vivienda, salarios, o pacto verde, o migración, dependiendo del lugar político desde el que se pronuncien, para que los argumentos emitidos desde el mundo experto pierdan la aceptación social: "Los nacionalpopulistas simplemente se limitan a enumerar todo lo que se le está quitando a la gente". Con eso les es suficiente.

La narrativa de que, a pesar de todo, las cosas van bien, que hay que ser optimistas, que vivimos en el mejor momento de la historia y demás, así como todos los datos que la pretenden avalar, ha perdido ya su fuerza. El recurso al moralismo empeora las cosas y ni siquiera que esté al otro lado la extrema derecha apaga el malestar. Hay algo que las élites políticas y económicas no han entendido de nuestro mundo, pero, para comprenderlo, tienen que abandonar su burbuja. Es difícil que lo hagan cuando ni siquiera saben de qué se está hablando."                               (Esteban Hernández, El Confidencial,  06/07/24)

6.7.24

En todo Occidente, las dos primeras décadas del siglo XXI se han caracterizado por una creciente ola de ira colectiva contra las instituciones políticas... ¿Podríamos concebir la ira actual como una especie de «insurrección de los fracasados»? El populismo identifica correctamente la raíz del problema: pretende dar voz a un sentimiento generalizado de exclusión —o al menos de marginación— del ejercicio del poder político... Tras el fracaso del populismo «de izquierdas», el resentimiento popular se canaliza ahora, en Italia pero también en Francia, hacia una forma de populismo identitario y nacionalista (Carlo Invernizzi Accetti)

 "(...) En todo Occidente, las dos primeras décadas del siglo XXI se han caracterizado por una creciente ola de ira colectiva contra las instituciones políticas

(...) hay un hilo conductor, un estado de ánimo subyacente que ha impregnado todos los acontecimientos más significativos de las dos últimas décadas: la rabia contra las instituciones políticas. 

Del mismo modo que en Francia se habla de las Trente Glorieuses para describir el periodo de crecimiento económico entre 1945 y 1975, y se utilizó el Fin de la Historia para describir el optimismo triunfalista del periodo inmediatamente posterior al final de la Guerra Fría, podríamos describir los primeros veinte años del siglo XXI como los años Veinte de la rabia. (...) 

La insurrección de los fracasados

La sociología electoral de los últimos veinte años hace tiempo que puso de relieve este fenómeno. 

En los meses que siguieron a la victoria del «no» en el referéndum sobre el proyecto de Tratado Constitucional Europeo —que no fue sino el primero de una larga serie de «noes» contra toda la élite política— se inventó la categoría de «perdedores de la globalización» para identificar a quienes se sentían —y claramente siguen sintiéndose— excluidos y marginados del sistema de valores dominante en el mundo globalizado.

También en este caso, la atención se centró principalmente en la dimensión económica. Según el politólogo Hanspeter Kriesi, creador de la expresión «los perdedores de la globalización», son los que no se benefician materialmente del aumento de los flujos e intercambios internacionales en el mundo globalizado, los que salen perdiendo. Pero el concepto de loser en inglés tiene un significado más amplio, que también se refiere a la dimensión simbólica del reconocimiento social.

En el argot, el loser es la persona que no es reconocida como cool, es decir, como digna de respeto por los demás —el fracasado—. Mientras que la persona cool es aquella a la que los demás aspiran a ser, el fracasado —en el sentido de loser— es tratado con desprecio, humillado. 

¿Podríamos concebir la ira actual como una especie de «insurrección de los fracasados»? Esto es lo que sugiere el filósofo alemán Peter Sloterdijk en su provocador ensayo de 2006 titulado Ira y tiempo, en el que la figura cósmico-histórica del perdedor se eleva a la categoría de clave de interpretación de todo nuestro mundo contemporáneo.

Mientras que, en la filosofía hegeliana —y más tarde marxista— de la historia, la figura clave de la Antigüedad es el «esclavo», definido por la privación de derechos legales, y la de la Modernidad el «proletario», definido por la privación económica, para Sloterdijk los principales sujetos de la rabia contemporánea disfrutan tanto de derechos legales universales como de un relativo grado de bienestar material. En cambio, perciben un ataque a su estatus social. En otras palabras, se sienten relegados a la condición de «fracasados» —y por ello se enfurecen.

Precisemos que no se trata aquí de minimizar el problema, ni de subestimar la importancia de la dimensión jurídica o económica. Pero debe interpretarse como un intento de resolver una paradoja.

 Después de todo, también había algo de verdad en la narrativa autocomplaciente del Fin de la Historia como afirmación global del modelo social de las democracias capitalistas. Hoy, los individuos disfrutan de derechos legales y niveles de bienestar material sin precedentes. Así lo demuestran no sólo las recientes tasas de crecimiento, sino también los niveles de libertad y consumo de las sociedades contemporáneas. Pero entonces, ¿por qué tanta rabia contra el mundo globalizado?

La tesis que aquí se defiende es que no podemos entender los grandes acontecimientos y movimientos políticos de los últimos veinte años sin tener en cuenta la dimensión simbólica del reconocimiento social, es decir, la forma en que ciertos sectores de la población se han sentido percibidos y humillados por el orden mundial al que han desafiado cada vez más.

(...) El populismo y la tecnocracia han sido las dos fórmulas políticas dominantes de los años Veinte de la rabia. Pero en lugar de apaciguar el enfado general, contribuyeron a exacerbarlo, por dos razones diferentes de igual importancia: el populismo y la tecnocracia.  (...)

 En cierto sentido, el populismo identifica correctamente la raíz del problema: pretende dar voz a un sentimiento generalizado de exclusión —o al menos de marginación— del ejercicio del poder político. (...)

La experiencia del Movimiento 5 Estrellas en Italia es esclarecedora a este respecto. El lema de sus orígenes —»Uno Vale Uno» («Todos son iguales»)— recogía perfectamente un deseo generalizado de reconocimiento, es decir, de dignidad y, por tanto, en última instancia, de participación en el ejercicio del poder político.(...)

 Tras el fracaso de este experimento de populismo «de izquierdas» —o al menos, en sus intenciones, de populismo democrático—, el resentimiento popular se canaliza ahora, en Italia pero también en Francia, hacia una forma de populismo identitario y nacionalista. Este último ofrece una respuesta aún más fácil al deseo generalizado de reconocimiento, es decir, de afirmación de un estatus. (...)

La tecnocracia, por su parte, pretende practicar la «buena gobernanza», pero ignora por completo la dimensión de la participación colectiva. En este sentido, propone abiertamente lo que el populismo pretende combatir pero de hecho reproduce: la reducción del pueblo al papel de receptor pasivo de la acción gubernamental. En la medida en que la rabia de nuestro tiempo procede de un sentimiento generalizado de exclusión o marginación del ejercicio del poder político, sólo puede contribuir a exacerbarlo, sea cual sea la calidad de las decisiones que así se tomen.

Una vez más, la experiencia italiana puede servir de ejemplo a la francesa. En Italia, ha habido dos «gobiernos técnicos» en los últimos veinte años: el dirigido por Mario Monti de 2011 a 2013 y el dirigido por Mario Draghi de 2021 a 2022. Ambos gobiernos han trabajado duro para llevar a cabo las reformas que los expertos llevan tiempo calificando de «necesarias», y han logrado resultados bastante decentes: las cuentas públicas han mejorado, la economía ha vuelto a crecer y las tasas de pobreza y desempleo también han descendido. Sin embargo, en las primeras elecciones, tanto Monti como Draghi fueron rotundamente rechazados por los votantes, lo que refleja el descontento generalizado con las fórmulas tecnocráticas de gobierno.  (...)

Estos veinte años de la rabia que acabamos de vivir podrían prolongarse fácilmente: veinticinco, o incluso treinta —antes de que la inagotable imprevisibilidad de la historia nos depare algunas sorpresas más—"                 

(Carlo Invernizzi Accetti , El Grand Continent, 05/07/24)

14.6.24

Hay un fenómeno en estos comicios europea que se está analizando poco y que merece ser estudiado... Se trata del partido alemán Alianza Sahra Wagenknecht Por la Razón y la Justicia (BSW)... este nuevo partido reniega y se desmarca de la evolución dominante en los partidos de izquierda europeos. Según ellos, la izquierda europea actual ha adoptado lo que llaman unas posiciones alejadas de los sectores populares y trabajadores, se ha pasado a reivindicar luchas identitarias que fragmentan a la población en lugar de cohesionarla hacia reivindicaciones sociales universales... Sus críticas también se dirigen contra los discursos medioambientales mayoritarios que castigan a los sectores más humildes con tasas e impuestos ecológicos, mientras no afectan a las personas de mayor poder adquisitivo que pueden asumir todos esos gastos o incluso disfrutar de ayudas públicas ecológicas. Su discurso estaba calando cada vez más entre los sectores más humildes de Alemania y se han cumplido las previsiones de éxito, al menos comparada con la izquierda hasta ahora existente... Es por ello que grandes sectores populares se están incorporando a las filas de la ultraderecha ante la orfandad que sienten en las organizaciones de izquierda... se reivindican conservadores, pero no se trata de un conservadurismo político, sino de conservadurismo de los valores frente a lo que consideran una agresión del capitalismo globalizado. Son sencillamente gentes que no quieren ser profesionales móviles y flexibles, sino que prefieren quedarse en su tierra. Gente que desea vivir en un entorno social estable, cohesionado con una menor desigualdad, y con sus valores y tradiciones. Wagenknecht piensa que si seguimos despreciando a todas esas personas y, desde nuestra arrogancia y superioridad moral, llamandoles fascistas porque creen que esos valores solo se los ofrece la ultraderecha, solo lograremos más enfrentamiento con vecinos a los que no hemos sido capaces de presentarles unas propuestas sugerentes desde la izquierda. Porque quizá ha sido el supremacismo con el que les está mirando la izquierda universitaria y cosmopolita el que les está arrojando en los brazos de la ultraderecha... La realidad es que en las anteriores elecciones europeas el voto español de la izquierda más allá del PSOE fue del 18% y ahora se ha quedado en el 8%. Quizá va siendo hora de mirar a esos barrios obreros y regiones rurales que antes votaban izquierda y ahora se están yendo a la ultraderecha (Pascual Serrano)

"A estas alturas ya todos conocemos los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo y hemos sacado las principales conclusiones: victoria de la derecha, salto de la ultraderecha, mantenimiento de la socialdemocracia y fracaso de la izquierda y los verdes. Con ligeras variaciones, este panorama es el más generalizado en los diferentes países europeos. Sin embargo, hay un fenómeno en estos comicios que se está analizando poco y que merece ser estudiado porque puede ser perfectamente viable para llevarse a cabo en muchos países. Se trata del partido alemán Alianza Sahra Wagenknecht Por la Razón y la Justicia (BSW), un partido que se fundó hace cinco meses como una escisión de la izquierda (Die Linke) y les ha superado en más del doble de votos.

Pero vayamos a su inicio. El partido BSW nació en el pasado enero a partir de una asociación creada en septiembre por la diputada Sahra Wagenknecht, tras abandonar la directiva de Die Linke (La Izquierda). Doctora en Ciencias Económicas, Wagenknecht fue miembro del Parlamento Europeo desde julio de 2004 hasta julio de 2009, y desde 2009 es miembro del Bundestag alemán.

Pues bien, este nuevo partido reniega y se desmarca de la evolución dominante en los partidos de izquierda europeos. Según ellos, la izquierda europea actual ha adoptado lo que llaman unas posiciones alejadas de los sectores populares y trabajadores, se ha pasado a reivindicar luchas identitarias que fragmentan a la población en lugar de cohesionarla hacia reivindicaciones sociales universales. Sus críticas también se dirigen contra los discursos medioambientales mayoritarios que castigan a los sectores más humildes con tasas e impuestos ecológicos, mientras no afectan a las personas de mayor poder adquisitivo que pueden asumir todos esos gastos o incluso disfrutar de ayudas públicas ecológicas.

Su discurso estaba calando cada vez más entre los sectores más humildes de Alemania y se han cumplido las previsiones de éxito, al menos comparada con la izquierda hasta ahora existente. Mientras Die Linke logró el 2,7 % de los votos y se conformaba con 3 escaños de los cinco que tenía, los de Wagenknecht llegaban al 6,2 % y seis escaños, incluso más de los que tenía la izquierda en la legislatura pasada. Y todo ello con un partido creado hace cinco meses.

Sahra Wagenknecht explicó en un libro, recién traducido en España, “Los engreídos. Mi contraprograma en favor del civismo y de la cohesión social” (Lolabooks), su ideario, en el que comprobamos que es toda una enmienda a la deriva por la que ha discurrido la actual izquierda europea y parte también de la latinoamericana.

A diferencia de las habituales revisiones de la izquierda, que casi siempre son para abandonar elementos históricos y tradicionales de sus doctrina en aras de una supuesta modernidad, lo que hace Wagenknecht es enfrentar la modernidad de la izquierda para recuperar, incluso con esa tan estigmatizada nostalgia, los principios de lucha, solidaridad y cohesión social que caracterizaba a los obreros industriales de los setenta.

La autora alemana denuncia lo que denomina el “liberalismo de izquierdas”, un relato de la clase media universitaria, que, aunque se considera de izquierda, es individualista y partidaria de una economía globalizada. Para ellos, hablar de derechos es defender colectivos identitarios para lograr cuotas de representación por diversidad étnica, religiosa, de género o de orientación sexual. Es decir, un tratamiento desigual de los diferentes grupos, lo que, desde la perspectiva de Wagenknecht y sus partidarios, supone una clara contradicción con la defensa de las mayorías que debería ser el ADN de la izquierda.

La línea dominante de la izquierda, llamada desde algunos sectores posmoderna o woke, desprecia a los sectores obreros o rurales, a los que observa con arrogancia porque usan coches diesel en lugar de eléctricos, compran carne industrial en Aldi y prefieren tener una familia y quedarse en su pueblo, en lugar de viajar por el mundo.

Es por ello que, según la tesis del partido BSW, grandes sectores populares se están incorporando a las filas de la ultraderecha ante la orfandad que sienten en las organizaciones de izquierda. La alianza BSW ha tenido una acogida especialmente positiva en el este de Alemania. Allí, el nuevo partido obtuvo más del 13 por ciento de los votos, lo que la sitúa en el tercer lugar en esa parte del país. Muchos encuentran la explicación en elementos que se echan de menos de la época soviética como la defensa del Estado Nación y la negativa a enfrentarse a Rusia mediante las sanciones y la entrega de armas a Ucrania que está haciendo la UE.

Aunque los expertos habían pronosticado que la BSW recibiría votos procedentes de la ultraderecha AfD, los análisis del instituto Infratest Dimap lo desmienten. De los antiguos votantes del AfD, sólo 160.000 votaron por el partido de Wagenknecht. En cambio, alrededor de 520.000 votos del socialdemócrata SPD fueron para el BSW. Y 410.000 votos también provinieron de La Izquierda, a la que anteriormente pertenecía Wagenknecht. Es decir, un amplio espectro de la sociedad alemana ha encontrado sintonías con el discurso de BSW.

Por supuesto no le han faltado los ataques desde la izquierda. La han llamado ultraderechista disfrazada de izquierda, xenófoba y hasta negacionista del Covid y del cambio climático. Es decir, el cóctel perfecto para poder presentarla como una especie de Trump, Bolsonaro o Le Pen, pero con piel de izquierda para seducir. Yo he buscado en las más de cuatrocientas páginas de su libro esa xenofobia y ese negacionismo y no lo he encontrado. Por el contrario, he descubierto importantes razonamientos y duras críticas a la izquierda posmoderna y urbana dominante, comprendo bien los ataques que recibe.

Wagenknecht y su BSW se reivindican conservadores, es verdad, pero no se trata de un conservadurismo político, sino de conservadurismo de los valores frente a lo que consideran una agresión del capitalismo globalizado. Son sencillamente gentes que no quieren ser profesionales móviles y flexibles, sino que prefieren quedarse en su tierra; que la familia (por supuesto, no necesariamente de un hombre y una mujer) es una situación deseable a la que no pueden llegar debido a su precariedad económica. Gente que desea vivir en un entorno social estable, cohesionado con una menor desigualdad, y con sus valores y tradiciones.

Wagenknecht piensa que si seguimos despreciando a todas esas personas y, desde nuestra arrogancia y superioridad moral, llamandoles fascistas porque creen que esos valores solo se los ofrece la ultraderecha, solo lograremos más enfrentamiento con vecinos a los que no hemos sido capaces de presentarles unas propuestas sugerentes desde la izquierda. Porque quizá ha sido el supremacismo con el que les está mirando la izquierda universitaria y cosmopolita el que les está arrojando en los brazos de la ultraderecha. Una ultraderecha que ya es mayoría en Francia, Italia y Bélgica.

La realidad es que en las anteriores elecciones europeas el voto español de la izquierda más allá del PSOE fue del 18% y ahora se ha quedado en el 8%. Quizá va siendo hora de mirar a esos barrios obreros y regiones rurales que antes votaban izquierda y ahora se están yendo a la ultraderecha.

Leyendo el análisis del libro “Los engreídos” uno percibe que no está viendo el debate político de Alemania, sino el dilema al que debe enfrentarse la izquierda de toda Europa, como hemos podido ver en estas elecciones. Una izquierda que debe pensar en algo más que en aplaudir las identidades sentidas y airear el espantajo de que viene la ultraderecha, como si fuese por arte de magia y no hubiera ninguna explicación."                          (Pascual Serrano, Globalter, 12/06/24)

5.6.24

En un aguafuerte, Goya muestra a varios juanes desplumados por las majas... Trump fue desplumado por una «seductora sacerdotisa», una Maja llamada Stormy Daniels... en el s. XVIII, las clases nobles y aristocráticas de Francia, España, Inglaterra y otros países empezaron a emular los estilos y hábitos de las clases inferiores... Trump se hace amigo de mafiosos, boxeadores, luchadores, futbolistas, motoristas, modelos y reinas de la belleza. Dice admirar a militares, policías y obreros, pero en privado los llama perdedores. Durante sus campañas presidenciales, exhorta a sus acólitos de la clase trabajadora a la violencia, y promete pagar sus costes legales o indultarlos si son condenados... Trump fue desplumado una vez más por un jurado de miembros de la clase a la que envidia y explota... El ciclo de afirmación del grupo interno y desprecio del grupo externo es interminable y peligroso; es propio de fascistas. Tras la condena de Trump, pronunció una perorata de 35 minutos en la que afirmó hablar en nombre de la clase trabajadora de Estados Unidos, al tiempo que atacaba a los estadounidenses sin hogar, así como a los pobres de Sudamérica y África, a los que calificó de criminales, terroristas y dementes... La de Trump es una forma peculiar de conciencia de clase: la de un narcisista rico y arrogante que busca la validación de sus inferiores putativos al tiempo que castiga o incluso destruye a la clase trabajadora que existe fuera de su círculo de acólitos. Aquellos que no le honran y adoran, deben ser encerrados o destruidos. Condenado, Trump es más peligroso que nunca (Stephen F. Eisenman)

 "Desplumado

Entre la élite de la España de finales del siglo XVIII existía la moda de imitar los estilos y costumbres de la clase trabajadora, en particular, la subcultura de las majas y los majos. El embajador de Francia en España, J. F. de Bourgoing, describió este fenómeno en una carta de 1788:

    "Los Majos son beaux de la clase baja. . . . Su semblante, medio oculto bajo una cofia rígida de color marrón, llamada Montera, tiene el carácter de una severidad amenazadora, o de ira. . . . Las Majas, por su parte, parecen hacer un estudio de effrontery.... Pero si el espectador se acerca a ellas con una disposición, no muy escrupulosa, ve en ellas a las sacerdotisas más seductoras que jamás hayan presidido los altares de Venus."

El artista Francisco Goya sintonizó especialmente con el majismo y lo representó en numerosos cuadros y grabados. En un aguafuerte titulado «Allá van, desplumadas», del álbum titulado Los Caprichos (1799), muestra a un par de Majas y sus ancianas Celestinas (alcahuetas) amenazando y barriendo a un par de gallinas desnudas, con una tercera a punto de salir por la puerta. Son Juanes o clientes que han sido jodidos y desplumados, desplumados de sus plumas y de sus fondos.

 Con los 34 veredictos de culpabilidad emitidos el jueves por un jurado de Nueva York, ahora se demuestra que Donald J. Trump fue desplumado por una «seductora sacerdotisa», una Maja llamada Stormy Daniels. En 2006, la conoció en un torneo de golf de famosos en Lake Tahoe y le propuso una cita en su suite. Allí, le preguntó a Daniels sobre sus antecedentes familiares, así como preguntas detalladas sobre su carrera como estrella del porno. Ella respondió que era hija de una madre soltera con bajos ingresos y que los actores porno se someten regularmente a pruebas de detección de enfermedades de transmisión sexual. Tras una visita al baño, Daniels se encontró con Trump en calzoncillos. Le propuso sexo y Daniels se negó. Encaprichado por su carrera y su origen obrero, Trump insistió: «Pensé que estábamos llegando a algo, que estábamos hablando, y pensé que ibas en serio con lo que querías. Si alguna vez quieres salir de ese parque de caravanas». En su testimonio en el juicio, Daniels dijo que nunca había vivido en un parque de caravanas. Pero accedió a un único, breve y literalmente inmemorable (se desmayó) episodio de relaciones sexuales sin protección, en la posición del misionero. Ella rechazó sus numerosas llamadas posteriores para mantener relaciones sexuales.

Una década después, en 2016, Daniels extorsionó al candidato presidencial Trump con 130.000 dólares para mantener todo el episodio en secreto. El dinero del soborno fue adelantado por Michael Cohen, el bulldog y arreglador de Trump. Tras las elecciones, Cohen exigió al ahora presidente Trump 420.000 dólares en concepto de reembolso, pago anticipado de impuestos, desembolso a un acreedor moroso (dinero que Cohen se quedó para sí) y una bonificación por rendimiento, siendo esta última una expresión consumada de descaro. Una vez más, Trump fue desplumado. Finalmente, la semana pasada, un grupo aleatorio de neoyorquinos, muchos de ellos de clase trabajadora, determinó que los registros empresariales asociados a esos pagos habían sido falsificados para perpetrar un fraude ilegal contra el electorado. Trump fue desplumado una vez más por miembros de la clase a la que envidia y explota. Volverá a los tribunales para dictar sentencia el 11 de julio, pocos días antes de ser nominado por tercera vez por el Partido Republicano para la presidencia de Estados Unidos. Si pierde las elecciones, es muy probable que sea encarcelado. En ese caso, será procesado como cualquier otro preso: desnudado (desplumado), se le entregará un uniforme (nada de corbatas rojas, ya que suponen un riesgo de suicidio) y se le asignará una celda.

Amor y odio

El majismo fue el vástago de una tendencia más amplia de la Ilustración: el culto burgués a la naturaleza. Mientras que la aristocracia y la nobleza europeas se consideraban superiores a la naturaleza -física, corporal y humana-, la clase media o burguesía reivindicaba la naturaleza como un derecho de nacimiento. Poseían tierras de cultivo, minas y fábricas, y las explotaban, no con sus propias manos, sino con el trabajo de otros a los que compraban como esclavos o a los que pagaban salarios. A medida que esta clase ganaba riqueza y poder, sus miembros sentían la necesidad de una autojustificación ideológica. Al carecer del nacimiento y el porte de sus superiores nobles o aristocráticos, afirmaban ser la clase «natural»: honesta, directa y ajena a modas, falsedades o convencionalismos. Su propia falta de educación era un signo de su valía.

En respuesta, las clases nobles y aristocráticas de Francia, España, Inglaterra y otros países empezaron a emular los estilos y hábitos de las órdenes inferiores. En Francia, María Antonieta se vistió de lechera. En Inglaterra, se hizo gran alarde de la productividad agrícola de las tierras nobles. Y en España, la nobleza y la aristocracia -hasta el rey Carlos III y la reina María Luisa- emularon a las Majas y a los Majos en una vana búsqueda de la supuesta esencia auténtica («auténtico ser») de la Castilla antigua y medieval. ¡Volver a hacer grande a España! La vacuidad y el absurdo de esta búsqueda elitista de los orígenes y la autenticidad fueron materia prima para el arte agudo y satírico de Goya.

175 años más tarde. Donald Trump, hijo del esforzado, exitoso y sin escrúpulos Fred Trump, intenta abrirse camino en el competitivo mundo inmobiliario de Nueva York. A falta del talento, las conexiones y la personalidad de su padre, recibe la tutela de un fiscal, abogado, matón y manipulador corrupto pero hábil, Roy Cohn, famoso por asegurar la ejecución de Julius y Ethel Rosenberg e instigar la caza de brujas anticomunista del senador Joe McCarthy. Fracasado en los negocios, a finales de la década de 1980 Trump encontró la fama alimentándose en el abrevadero del racismo y el miedo mientras afirmaba ser el amigo de los trabajadores. En su programa de televisión, The Apprentice (El aprendiz), ofrece a los trabajadores una oportunidad y los despide sin piedad. Ataca a los pobres, jóvenes y negros sospechosos del caso del corredor de Central Park y pide públicamente su ejecución, incluso antes de que sean condenados (falsamente). Se hace amigo de mafiosos, boxeadores, luchadores, futbolistas, motoristas, modelos y reinas de la belleza. Dice admirar a militares, policías y obreros, pero en privado los llama perdedores. Durante sus campañas presidenciales, exhorta a sus acólitos de la clase trabajadora a la violencia, y promete pagar sus costes legales o indultarlos si son condenados.

MAGA y narcisismo

Más que un deseo de restaurar una supuesta gloria nacional, la búsqueda de Trump de «hacer América grande otra vez» es la búsqueda de su propia «esencia auténtica». Su narcisismo es patológico. Hace gala de pomposidad, grandiosidad y superioridad, buscando constantemente llamar la atención. Espera la lealtad perfecta de los demás para afirmar su propio valor. Elige esposas y amantes basándose únicamente en su aspecto para convencerse de su propia belleza física. Menosprecia y acosa a los demás para reafirmarse a sí mismo. Se hace la víctima para asegurarse de que cualquier fracaso es culpa de los demás, ya que él es intachable. Y exhibe una profunda sensación de vacío: sus peroratas de horas en los mítines de MAGA son formas de llenar el vacío de su espíritu y su alma. Allí, refleja la postura ideológica de sus seguidores de clase trabajadora más dañados y desesperados, y ellos hacen lo mismo con él.

El ciclo de afirmación del grupo interno y desprecio del grupo externo es interminable y peligroso; es propio de fascistas. Tras la condena de Trump la semana pasada por falsificar registros empresariales para encubrir delitos electorales, pronunció una perorata de 35 minutos en la que afirmó hablar en nombre de la clase trabajadora de Estados Unidos al tiempo que atacaba a los estadounidenses sin hogar, así como a los pobres de Sudamérica y África, y de otras partes del mundo, a los que calificó de criminales, terroristas y dementes. Prometió amurallar la frontera contra la inmigración y encerrar y deportar a millones de personas que ya están en el país. La de Trump es una forma peculiar de conciencia de clase: la de un narcisista rico y arrogante que busca la validación de sus inferiores putativos al tiempo que castiga o incluso destruye a la clase trabajadora que existe fuera de su círculo de acólitos. Aquellos que no le honran y adoran, deben ser encerrados o destruidos. Condenado, Trump es más peligroso que nunca.


( es profesor emérito de la Universidad Northwestern. Counter Punch, 04/06/24, traducción DEEPL) 

7.9.23

En Francia, el dinero es más sucio que el sexo... El antiamericanismo alimenta el odio a los ricos... En casi cualquier lugar del mundo, cabría esperar que la gente celebrara que su país ha superado a Japón, el Reino Unido y Alemania, en millonarios... Pero no en Francia... Las acusaciones volaron, densas y despiadadas. "La fuerza histórica de Francia era su modelo social, resistente a todas las crisis, y su nivel de desigualdades, que se encuentra entre los más reducidos de los países ricos del mundo. Ya no. La americanización de Francia impuesta por Emmanuel Macron está aquí para quedarse", tuiteó Sandrine Rousseau

 "En casi cualquier lugar del mundo, cabría esperar que la gente celebrara que su país ha superado a Japón, el Reino Unido y Alemania, con más millonarios que cualquier otro, excepto Estados Unidos y China.

Pero no en Francia. Las acusaciones volaron, densas y despiadadas. "La fuerza histórica de Francia era su modelo social, resistente a todas las crisis, y su nivel de desigualdades, que se encuentra entre los más reducidos de los países ricos del mundo. Ya no. La americanización de Francia impuesta por Emmanuel Macron está aquí para quedarse", tuiteó Sandrine Rousseau, la diputada de Los Verdes que nunca pierde la oportunidad de lustrar sus credenciales de izquierda dura. Marine Tondelier, líder del otro partido verde francés (EELV), ya había bramado que soñaba con una "Francia sin multimillonarios" ni "vampiros". Y ni que decir tiene que l'Humanité, el antaño poderoso diario del Partido Comunista Francés, despotricaba de que eso era "lógico" cuando el fraude fiscal en Francia restaba "entre 80.000 y 100.000 millones de euros" al presupuesto nacional.

 Pero esta crítica es compartida en gran medida por la derecha. El 35% de los votantes de la Agrupación Nacional están de acuerdo con la Sra. Tondelier en esta cuestión concreta (y en poco más). En general, el 38% de los franceses dicen que serían más felices viviendo en un país sin ciudadanos ricos. Esto lleva al periódico de centro-derecha Le Point a un titular probablemente demasiado optimista: "No, los franceses no sueñan con una Francia sin multimillonarios". Pero casi el 40% sí lo sueña.

El pasado mes de enero, Philippe Martinez, entonces líder del sindicato CGT, sugirió que los electricistas e ingenieros del gas "visitaran las hermosas casas de los multimillonarios" para "cortarles las líneas de electricidad y gas". (No era una orden vana: hace casi 20 años, dos miembros enmascarados del mismo sindicato entraron en el domicilio particular del Primer Ministro Jean-Pierre Raffarin, en el oeste de Francia, e hicieron precisamente eso para protestar contra la renacionalización parcial de EDF, la entonces empresa estatal nacional de suministro eléctrico). En Francia se aprecia tanto este tipo de gesto revolucionario simulado, al estilo de Robin Hood, que los (des)electricistas militantes de la PM, asalariados del Estado, nunca fueron sancionados, ni por la justicia francesa ni por sanciones en su lugar de trabajo.

 Para los franceses, el dinero es algo sucio, aunque el sexo no lo sea. (Hasta que Dominique Strauss-Kahn saboteó su propia candidatura presidencial en 2011 abusando de una camarera de hotel de Nueva York, la sabiduría parisina decía que nadie podía chantajear a un político con revelaciones sexuales, ya que la reacción más probable sería nuestro típico encogimiento de hombros galo). Pero las polémicas de dinero acaban con su carrera para siempre. Cuando Le Canard Enchaîné, el equivalente francés del Private Eye, reveló que el popular alcalde gaullista de Burdeos y Presidente de la Asamblea Nacional, Jacques Chaban-Delmas, no había pagado el impuesto sobre la renta entre 1967 y 1970, no importó que se hubiera limitado a aplicar la ley fiscal que permitía a los accionistas deducir los dividendos ya pagados del total de su impuesto sobre la renta. Chaban, pronosticado en su día como el próximo presidente de Francia, desapareció de la escena con una desgracia duradera.

Periódicamente, diarios de izquierda como Libération, pero también medios soberanistas como Marianne, un semanario de opinión euroescéptico y antiglobalización, se permiten portadas de dos minutos de odio contra "los ricos". Su piñata favorita es Bernard Arnault, el jefe del conglomerado de lujo LVMH, que, según quién lleve la cuenta, es el hombre más rico o el segundo más rico del mundo. Las empresas de Arnault -Louis Vuitton, Dior, Givenchy, Moët & Chandon, Hennessy y muchas más- dependen de la exclusiva etiqueta "Made in France" para buena parte de su prestigio, por lo que Arnault emplea, directa o indirectamente, a 160.000 personas en su propio país.

 El sector del lujo aporta más dinero a la economía francesa que las industrias aeroespacial y armamentística juntas. Y el "vampiro" Arnault y sus empresas pagan impuestos en Francia. Pero nada de esto le libra de los ojos de los ciudadanos. "¡Vete a la mierda, rico imbécil!", clamaba una portada de Libération de 2012 al enterarse de que Arnault reaccionaba a la promesa del recién elegido presidente socialista François Hollande de un tramo impositivo máximo del 75% (para ingresos superiores a un millón de euros) trasladándose a Bélgica. El impuesto, que también provocó la marcha del actor Gérard Depardieu, así como de varios futbolistas, se suprimió discretamente un año y medio después, tras haber producido, vaya sorpresa, escasos beneficios para el fisco francés. Arnault, que había adquirido un pasaporte belga, regresó.

 Es significativo que, incluso en la expresión abierta del odio ancestral de los franceses hacia los ricos, los futbolistas, a diferencia de Arnault, no fueran el objetivo. Los franceses odian a los ricos, pero tienen una imagen precisa de cómo son: sus jefes, sus terratenientes, sus banqueros... una serie de tópicos que pertenecen tanto al lenguaje bíblico ("No podéis servir a dos señores... a Dios y a Mammon") como al marxista. Por muy laica que se considere, Francia ha absorbido la visión del mundo tanto de la Iglesia católica como de Das Kapital. Sin embargo, las ganancias del fútbol se ven aquí como el resultado de una casualidad: dinero casi mágico pagado a algunos chicos de la clase trabajadora por su talento impredecible.

El hombre que convenció a François Hollande de bajar su infructuosa tasa impositiva fue su casi desconocido ministro de Economía de 37 años, un tal Emmanuel Macron. Cuando se convirtió en el sucesor de Hollande, Macron se ganó en pocos días el sobrenombre de "Le président des ultra-riches" por haber anulado en su mayor parte el impuesto sobre el patrimonio francés, que duraba ya cuatro décadas.

 El resentimiento se entreteje con el antiamericanismo, cada vez más utilizado como atajo ideológico a ambos lados del pasillo. En la actualidad, gran parte de la derecha francesa, en particular, considera a Estados Unidos como un Mammon especialmente nocivo, que propaga un capitalismo sin límites y destruye el tejido social y cultural. En la política francesa moderna, el regreso de Charles de Gaulle al poder en 1958 se considera el punto de inflexión en las relaciones. La sabiduría convencional sobre las experiencias en tiempos de guerra señala que mientras de Gaulle y Winston Churchill se entendían y respetaban, Franklin D. Roosevelt detestaba al líder francés y trataba de marginarlo a cada paso. Pero situarlo aquí sería pasar por alto el antiamericanismo de inspiración católica de la derecha a lo largo del siglo XIX, ejemplificado sobre todo por Charles Maurras, ideólogo y líder de Action Française, que inspiró parte del patriotismo de De Gaulle en los años veinte y treinta.

 Antes de las acusaciones de Sandrine Rousseau contra Emmanuel Macron, a Nicolas Sarkozy le llamaban desde el principio "L'Américain", lo que no era un cumplido. También era "le Président des Riches", un término acuñado por un par de sociólogos de la tradición de Bourdieu, el difunto Michel Pinçon y su esposa Monique Pinçon-Charlot. A lo largo de 35 años, los Pinçon pasaron de ser académicos especializados en las diferencias de clase a convertirse en los principales cazadores nacionales de ricos, con una serie de libros cada vez más acusadores (27, según el último recuento) sobre sus exploraciones en la alta burguesía francesa. Tras un par de documentales sobre el mismo tema, Monique, la hija de un fiscal de Mende, una pequeña ciudad de Lozère, en el centro-sur de Francia, se ha convertido, siguiendo el ejemplo de su padre, en el rostro del rechazo de Francia al dinero y a las clases acomodadas.

Ella habría aprobado uno de los impuestos más ingeniosos de Francia contra los ricos, el impôt sur les pianos de 1893, que creó un impuesto sobre un instrumento considerado sólo asequible para los ricos. La consecuencia involuntaria (como la de muchos impuestos) fue la destrucción gratuita de miles de pianos, incluidos algunos históricos en los que habían tocado Chopin y Liszt, para evitar el impuesto.

 La política de la envidia siempre ha funcionado bien en Francia, un país donde la ostentación de fortuna era la forma más segura de ser reducido a la mínima expresión, literalmente durante la Revolución Francesa. 

(...) la idea de que el dinero siempre es mal habido existe en Francia desde hace siglos, y nada va a hacerla tambalear."                  ( , UnHerd, 06/09/23; traducción DEEPL)

24.7.23

Feijóo durante la entrevista en El Hormiguero dijo que eliminaría el impuesto a las grandes fortunas y el público asistente aplaudió. Es seguro que entre los que lo hacían no habría ningún beneficiado por esa rebaja fiscal y es seguro también que los que aplaudían dependen de los impuestos para sufragar la sanidad pública... ¿Cómo es posible comprender que un sector de la población aplauda lo que le inflige dolor? Porque considera que quien lo hace promete más dolor a sus enemigos... Feijóo puede ser presidente prometiendo lo mismo que Donald Trump, dolor para los enemigos sin ninguna contraprestación a cambio, solo por el simple placer de ver cómo sufren los rojos, los maricones, las personas trans, las migrantes y las mujeres... Atender a esa consideración puede hacer más comprensible el hecho de que una parte importante de la población de clase trabajadora con escasos recursos y dependiente de un estado del bienestar robusto pueda votar a quien promete eliminar servicios públicos y reducir la recaudación fiscal haciendo que los ricos sean todavía más ricos. Es una explicación dramática, pero plausible... “A algunos estadounidenses se les puede persuadir para que tengan unas vidas más cortas y peores siempre que tengan la impresión, acertada o no, de que los negros, o los inmigrantes, o los musulmanes, van a sufrir aún más.”... Si la extrema derecha sale victoriosa tendremos que tener presente un grito de ira constante en la pulsión de sus electores

 "Uno de los momentos más contraintuitivos de la campaña ocurrió cuando Alberto Núñez Feijóo durante la entrevista en El Hormiguero dijo que eliminaría el impuesto a las grandes fortunas y el público asistente aplaudió. Es seguro que entre los que lo hacían no habría ningún beneficiado por esa rebaja fiscal y es seguro también que los que aplaudían dependen de los impuestos para sufragar la sanidad pública porque el público de esos programas cobra cincuenta euros y un bocadillo. 

¿Cómo es posible comprender que un sector de la población aplauda lo que le inflige dolor? Porque considera que quien lo hace promete más dolor a sus enemigos. No importa que baje los impuestos a los ricos y a él no le toque nada, puede que incluso sufra más, pero ese líder promete que lo pasarán aún peor aquellos que odian. 

Feijóo puede ser presidente prometiendo lo mismo que Donald Trump, dolor para los enemigos sin ninguna contraprestación a cambio, solo por el simple placer de ver cómo sufren los rojos, los maricones, las personas trans, las migrantes y las mujeres. Timothy Snyder acuñó el término sadopopulismo para hablar de Trump, Fintan O`Toole lo utilizó para explicar el Brexit y me voy a permitir acuñar esa conceptualización para definir lo que sería una victoria de un Alberto Núñez Feijóo indistinguible de la extrema derecha europea. A veces la izquierda tiene problemas para comprender por qué alguien puede votar en contra de sus intereses materiales sin tener en cuenta que también se vota atendiendo a los intereses culturales. 

Atender a esa consideración puede hacer más comprensible el hecho de que una parte importante de la población de clase trabajadora con escasos recursos y dependiente de un estado del bienestar robusto pueda votar a quien promete eliminar servicios públicos y reducir la recaudación fiscal haciendo que los ricos sean todavía más ricos. Es una explicación dramática, pero plausible, se trata de elegir quién te administra el dolor y dirigir ese dolor de manera más intensa hacia sus enemigos. Timothy Snyder en El camino hacia la no libertad lo expresa de la siguiente manera: “A algunos estadounidenses se les puede persuadir para que tengan unas vidas más cortas y peores siempre que tengan la impresión, acertada o no, de que los negros (o tal vez los inmigrantes, o los musulmanes) van a sufrir aún más.”

El Brexit funcionó en esos mismos términos. Una coalición de intereses entre quienes no tenían nada que perder y aquellos que nunca pierden. Entre un obrero blanco rural de la Inglaterra profunda y un aristócrata de la City. Entre un chav y Jacob Reeg Moss pero con un enemigo identificable común: Europa y los inmigrantes. Una alianza entre los privilegiados y los vulnerables  nacionales para suministrar más dolor a los que vienen de fuera y así construir una fantasía nacionalista cimentada en la construcción de un fantasma. 

Cornualles es una región conservadora del Reino Unido en la que viven unos 500.000 habitantes. Entre el año 2007 y 2013 recibió más de 650 millones de euros en subsidios comunitarios y en los siguientes años hasta 2020 acabó recibiendo otros 600 millones más de las instituciones europeas. En total se reciben unos 1.200 euros per cápita, lo que significa un 64% más que la media de Reino Unido debido a que es una zona con muy escaso desarrollo. No hay una región más favorecida por los fondos europeos, pero a pesar de ello El 57% de los habitantes votaron por abandonar la UE. No se trata de no sufrir dolor, sino de sentirse por una vez poderoso y dañar a aquellos que creen los responsables de su situación. No importa que sea mentira. 

Si algo caracterizó el sadopopulismo brexitero fue el uso de la mentira como factor vehicular de la campaña. El asesor Dominic Cummings fue el artífice de una política en la que no importaba lo que se dijera mientras fuera efectivo, la misma estrategia que ha usado Miguel Ángel Rodríguez con Ayuso y Feijóo. El secreto está en mentir tanto y de manera tan flagrante que la mentira acabe por no afectar porque ya todo el mundo asume que Feijóo es un mentiroso. Para comprender hasta qué punto puede llegar a ser una estrategia de un éxito incontestable no hay más que mirar a Boris Johnson. 

El escritor Fintan O`Toole describe de una manera muy descriptiva cómo funciona la protección ante la mentira a través de mentir siempre y de manera desacomplejada: “No puedes desenmascarar a un hombre desnudo: la mendacidad de Johnson siempre ha sido descarada y desnuda. Prosperó no a pesar de ella, sino gracias a ella”. 

Mentir es fácil para llegar al poder. Pero luego es necesario no defraudar las expectativas creadas. “Derogar el sanchismo” no es diferente a ese lema etéreo que consistía en prometer la inversión de los 350 millones de libras semanales que se iban a Europa al sistema nacional de salud británico. Es irrealizable. El problema de basar una campaña entera en un proyecto que no es posible desarrollar porque está basado en una caricatura inexistente es que tarde o temprano pondrá a Feijóo en un callejón sin salida del que solo será posible salir llevando a cabo esa pulsión sadopopulista de infligir un dolor eterno a los enemigos. 

Si la extrema derecha sale victoriosa tendremos que tener presente un grito de ira constante en la pulsión de sus electores. Si gana el amigo del narco será por el apoyo de aquellos que no creen que su vida vaya a mejorar con él en el gobierno, no le votan para eso, sino para que cause dolor a quienes odian en un ejercicio sádico de revancha colectiva. Feijóo es nuestro Brexit."                     ( Antonio Maestre , eldiario.es, 22/07/23)

28.6.23

El voto de clase en las elecciones de la mayoría de Ayuso... según aumenta la renta y por tanto mejoran las condiciones de vida de los votantes, más aumenta su participación política... la población con menor renta ha asumido que las instituciones no les escuchan, por lo que no votan... El partido de la clase obrera es la abstención

"Las elecciones autonómicas en la Comunidad de Madrid han consolidado las tendencias que vienen de 2021: el PP consigue la mayoría absoluta, Más Madrid y PSOE mejoran y empatan como principales fuerzas políticas de izquierdas, Vox mantiene un puesto modesto y Podemos-IU y Ciudadanos, que en 2021 ya habían tenido poca o nula representación respectivamente, se quedan fuera de la Asamblea.

Pero además de darnos la nueva composición de esta cámara, las elecciones nos permiten trazar un mapa de la población de Madrid dividida en sus posiciones políticas según cuestiones demográficas diversas (edad, clase, género…) En el caso de este artículo, me centraré en las relaciones entre renta y voto que aparecen al cruzar, para cada sección censal de la CAM, los resultados electorales de 2023 y 2021 y los datos de renta publicados por el Atlas de Distribución de Renta de los Hogares del INE. (...)

Según aumenta la renta y por tanto mejoran las condiciones de vida de los votantes, más aumenta su participación política. La razón detrás de esta relación entre participación y renta es compleja, pero parece darle la vuelta al sentido común sobre las elecciones: no solo si no votas tu voz no se escucha en las instituciones, sino que la población con menor renta ha asumido que las instituciones no les escuchan, por lo que no votan.
 
El partido de la clase obrera es la abstención

El peso mayor de la abstención entre las rentas bajas en comparación con las altas lleva a que, si tomamos el voto por renta ignorando la abstención, como suele hacerse a menudo cuando se presentan los datos electorales, tengamos una imagen distorsionada del voto según renta, especialmente del voto a la izquierda.

(...) el voto a la izquierda desciende con la renta, mientras que el apoyo a la derecha aumenta con la renta. Por ejemplo, más de la mitad de las votantes en el Decil 2, de renta baja, han votado a la izquierda, mientras que en el Decil 8, de renta alta, son poco más del 40%.

(...) La abstención se perfila como la elección para las rentas más bajas, y aunque este es un análisis para Madrid y no se debe extrapolar a otras zonas o elecciones, es conveniente recordarlo para tener una imagen más realista del comportamiento electoral.(...)" (Arturo Guilarte, El Salto, 14/06/23)

24.2.23

A primeira vez que Feiijóo fala da "xente de ben" foi en 2013, cando preguntado pola súa fotografía co narco Marcial Dorado, o entón presidente da Xunta era contundente e mesmo ironizaba sobre estas fotos: "calquera persoa de ben sabe perfectamente que non hai substancia, nin caso nin causa nestas imaxes"... ouseña, alomenos, os narcos son 'xentiña de ben' para o Feijóo... cousas veredes

 "Non é a primeira, nin será a última que o líder do PP quere distinguir entre "xente de ben" e outro tipo de xente. Unha frase que, curiosamente, utilizou varias veces sendo presidente da Xunta e que pasou case desapercibida. Unha "xente de ben" que ten "pedigrí" no PP e que, cando menos, patentou Manuel Fraga e seguen utilizando conselleiros da Xunta.

"Deje de molestar a la gente de bien"... Esta frase do líder do PP en Madrid, Alberto Núñez Feijóo, está provocando un río de tinta en Madrid, especialmente, nas redes sociais. Unha frase que amosa o discurso ideolóxico do presidente popular que, aínda que cause sorpresa na capital do Estado, é ben coñecida en Galicia.

E é que non é a primeira vez que Feijóo fala de "xente de ben", unha "xente de ben" que non se sabe se é "de primeira ou segunda categoría", "de dereitas ou de esquerdas" ou "boa ou mala". Un discurso que en Galicia era ben dixerido polos partidos da oposición e polos medios de comunicación, ou polo menos, non causaba o impacto que está causando en Madrid.

O caso é que non é a primeira vez que Feiijóo fala da "xente de ben" en Madrid. Alí, en 2013, e preguntado pola súa fotografía co narco Marcial Dorado, o entón presidente da Xunta era contundente e mesmo ironizaba sobre estas fotos: "calquera persoa de ben sabe perfectamente que non hai substancia, nin caso nin causa nestas imaxes", dicía ante multitude de xornalistas da capital. Como naquel momento, Feijóo era un presidente "de provincias" e non o líder do PP, a frase pasou sen pena, nin gloria. 

Pouco despois, nunha sesión plenaria de 2016, o líder dos populares galegos volvía a facer alusión á "xente de ben" para referirse precisamente ás críticas de socialistas, nacionalistas e Marea pola situación sanitaria de Galicia. "A xente de ben sabe o que ten na sanidade pública", indicaba.

Una no despois, e ante 3.000 militantes, na tradicional romaría popular do Pino, Feijóo volvía insistir na "xente de ben" ante a "súa" xente. Nesta ocasión era a conto dunha polémica acrecentada nalgúns medios de comunicación sobre casos de ocupacións de vivendas e acusaba aos gobernos das mareas de "defender aos okupas" e de "menosprezar á xente de ben". 

"XENTE DE BOA FÉ" DA XUNTA

A "xente de ben" de Feijóo tamén é a "xente de ben" dos seus ex conselleiros. A algún deles tamén se lle pegou certos discursos de Feijóo. Hai tan só unhas semanas, e tras as críticas da Confederación Estatal de Sindicatos Médicos en Galicia (CEMS) sobre o funcionamento das áreas sanitarias en Galicia despois da dimisión do xefe de servizo de Xinecoloxía do CHUS, Manuel Macía, o conselleiro de Sanidade, Julio García, Comesaña, apelaba tamén á súa "xente". "Calquera galego de boa fe que vexa o que pasa nos hospitais comarcais é consciente de que grazas ás áreas sanitarias a asistencia nos comarcais está garantida", dicía.

Pero, curiosamente, esta frase que agora causa sensación en Madrid non é unha frase "made in Feijóo". Aínda que sexa o actual líder do PP quen a use con máis frecuencia para sentirse máis preto da "súa xente", o certo é que xa había que botaba maN dela antes que el. 

FRAGA, RECORDADO COMO "XENTE DE BEN"

Foi o seu mentor político e o que o meteu de cheo na política galega, Manuel Fraga, a quen se lle escoitou por primeira vez en Galicia, ou cando menos, que este xornalista teña constancia. Unha frase que repetiu en varias ocasións no Parlamento galego.

Nunha entrevista a finais dos anos noventa, o fundador de AP tentaba aclarar que era iso da "xente de ben". "Traballei durante moitos anos en política, participei en momentos decisivos para a historia de España, pero gustaríame ser lembrado simplemente como un home de ben, no bo sentido da palabra, sen máis puntualizacións. E aínda que agora non estea tan de moda falar do ben ou do mal en sentido absoluto, sigo tradicionalmente apegado á xente de ben, e querería quedar englobado entre eles".

Quizais, e aínda que non o saiba, a "xente de ben" a que se refire Feijóo é a "xente de ben" á que antes ca el se referíu Fraga, unha xente que é todo o contrario a súa "xente de mal", ou polo menos, ao que o PP entende por "mal" en "sentido absoluto" ou en "sentido cristiano" da palabra."          (Xurxo Salgado  , Galicia Confidencial, 22/02/2023)

2.2.23

Orgullo de ser de Vallecas: el plan de la izquierda para recuperar los barrios obreros... Las reacciones de Reyes Maroto y Rita Maestre a un vídeo de un programa satírico catalán ofrecen algunas pistas sobre cuál será el terreno de confrontación electoral de las izquierdas en Madrid... La izquierda, en el pasado, dio por perdido el orgullo de ser madrileño, y fue un error grande... Ser de Vallecas o de Orcasitas, del mismo modo que ser de Fuenla o de Móstoles, ofrece una identidad fuerte a muchos madrileños... el orgullo de barrio, la defensa del mismo, cobra un matiz comparativo. La idea podría sintetizarse así: “Somos de Madrid, nuestros barrios están abandonados y queremos que tengan los mismos servicios que los barrios más favorecidos. Tenemos que luchar por nuestro barrio, o por nuestro municipio, para que nos presten la atención que merecemos”... Aquellas reivindicaciones que tuvieron lugar en términos de clase, ahora se resuelven desde los territorios: las grandes divisiones en Francia, Reino Unido o EEUU tienen que ver con zonas claramente delimitadas que se sienten olvidadas y maltratadas, y que perciben que otras regiones se llevan la mayoría de los recursos... aunque ese punto de partida le es desfavorable, la izquierda podría intentar contrarrestarlo a partir de la presencia en los barrios, en especial en aquellos peor dotados. Esa sería la visión del orgullo de barrio... la de que "formamos parte de lo mismo, existimos y queremos los mismos servicios que los demás. Nos habéis relegado y merecemos lo nuestro"

 "Polònia, el programa humorístico de TV3, emitió una sátira del vídeo protagonizado por Mario Vaquerizo con el que Ayuso intentaba promocionar la Comunidad de Madrid. Entre sus diferentes mensajes, resaltaba uno: “Quédate con el mejor estilo de vida el mundo. Ah, solo si eres rico”. Reyes Maroto, candidata del PSOE al ayuntamiento de la capital, lo retuiteó con un “sencillamente geniales, Polònia”.  

Rita Maestre, la alcaldable de Más Madrid, contestó con un tono muy distinto: “Francamente, yo no me veo representada ni en el Madrid rancio del spot del PP ni en esa mirada llena de prejuicios de Polònia. Madrid es imperfecta pero genial: es mi ciudad favorita del mundo. Y claro que seguimos diciendo mazo”. Y añadió el emoticono de una carita sonriente para cerrar su respuesta.

No es una anécdota de Twitter, es la ratificación de una posición política en una competición electoral en la que la izquierda tiene esperanzas de arrebatar el ayuntamiento al PP, y en la que Más Madrid parte con una clara ventaja sobre el PSOE. Las cartas que cada uno va a jugar quedan bien representadas en este ejemplo en apariencia irrelevante.

El punto de partida es la convicción entre los socialistas madrileños de que pueden recuperar terreno en aquellos barrios de Madrid (y en sus municipios, en las elecciones a la comunidad) de origen obrero que les votaron mayoritariamente no hace tanto tiempo. Son barrios cuyo paisaje demográfico ha cambiado, a causa del aumento del coste de la vivienda en los barrios centrales, gentrificación incluida, lo que ha desplazado a la población hacia zonas periféricas, pero también por la llegada de emigrantes a determinados barrios. A pesar de esas transformaciones, son zonas que conservan una identidad definida.

El mensaje de clase, el de pobres contra ricos, el apuntado por Maroto, suena extraño. Pero es justo en ese terreno donde esperan ganar voto

Los estudios de los partidos de izquierda de estos barrios muestran que Madrid es un entorno especial, en el que la clase media aspiracional es la claramente dominante, también en las zonas con menos recursos. Hay un deseo permanente de mejorar el nivel de vida que define a los ciudadanos madrileños, quizá por residir en una gran capital, en un entorno pujante en el que las opciones, aunque sean a veces escasas, son mucho mayores que en otras partes de España.

Desde esta perspectiva, el mensaje de clase, el de pobres contra ricos, el apuntado por Maroto, suena extraño. El electorado, si esos estudios tienen razón, no parece afín a ese tipo de posicionamientos ideológicos: están pensando más en la mejora de su posición que en el enfrentamiento político. Sin embargo, es justo en ese terreno donde esperan hacer valer sus ideas.

Un Madrid como Nueva York

Como describe uno de los expertos que asesoran al PSOE, la mentalidad de los habitantes de la ciudad se ha transformado en los últimos años. “Antes, los madrileños hacíamos gala de no ser de ningún lugar; la capital era un espacio en el que nos juntábamos gente de todas partes. Ahora es diferente, porque hay cierto orgullo de ciudad, de que Madrid lo está petando, que Ayuso percibió muy bien. Es un poco como ocurre en lugares como Nueva York: sus habitantes se quejan de ella, dicen que es un horror por el tráfico o por lo que sea, pero se sienten muy orgullosos”. Es justo este tipo de perspectiva la que permitió el éxito electoral del PP en la comunidad, insiste.

"La izquierda, en el pasado, dio por perdido el orgullo de ser madrileño y fue un error grande"

Coinciden desde Más Madrid en esa perspectiva, que les aporta una lección que Rita Maestre subraya en su respuesta. “La izquierda dio, no hace mucho tiempo, cierta imagen de antimadrileña, y eso no gusta aquí. El discurso catastrofista y hostil no es bien encajado en el Madrid actual. La izquierda, en el pasado, dio por perdido el orgullo de ser madrileño, y fue un error grande”.

Pero si se desciende un peldaño, se aprecia que también hay un orgullo de barrio, más acentuado incluso que el existente respecto de la ciudad. Ser de Vallecas o de Orcasitas, del mismo modo que ser de Fuenla o de Móstoles, ofrece una identidad fuerte a muchos madrileños. Los socialistas entienden que su potencial de crecimiento en esos distritos orgullosos es grande, en la medida en que son los barrios “en los que falló Carmena”, y que son espacios que no han sido tratados correctamente en cuanto a la provisión de servicios públicos. Además, fruto de ese desplazamiento de clases que han tenido que buscar vivienda en barrios más baratos, también han llegado nuevas poblaciones que se identifican con el barrio, pero que tienen nuevas necesidades que no han sido tenidas en cuenta.

El tiempo y el ocio

Tanto PSOE como Más Madrid y Podemos van a poner el foco en la campaña de las autonómicas y municipales en los servicios públicos, con especial énfasis en la sanidad y educación, pero no solo. Rita Maestre lanzó la propuesta de convertir Madrid en una ciudad de los 15 minutos, una idea que es difícilmente realizable en los barrios con menos recursos. Gran parte de sus habitantes trabajan en lugares lejanos y el desplazamiento es uno de sus problemas. El tiempo de la ciudad para ellos será siempre mucho mayor que el de un cuarto de hora

Por eso, en esas zonas, la formación de Maestre adopta otro enfoque. En zonas como San Fermín, Orcasur o Entrevías, “lo más difícil no es tener colegios, centros de salud o centros de mayores, sino contar con actividad económica y comercio vivo": "Se han cerrado 14.000 comercios y la mayoría se concentra en la periferia. Además, las ofertas de ocio y cultura están peor que nunca. No quedan salas de conciertos, por poner un ejemplo, y todo el ocio que tienen fuera de la M30 son las casas de apuestas”. Junto con las propuestas de mejora del transporte público y la regeneración urbana, esperan revitalizar su voto.

La perspectiva del PSOE, que comparte muchos de estos aspectos, cuenta con una diferencia sustancial. El problema es que, cuando los servicios públicos fallan, y es frecuente, son precisamente los habitantes de los barrios con menos recursos quienes más los sufren, porque son quienes más los necesitan. En ese entorno, el orgullo de barrio, la defensa del mismo, cobra un matiz comparativo. La idea podría sintetizarse así: “Somos de Madrid, nuestros barrios están abandonados y queremos que tengan los mismos servicios que los barrios más favorecidos. Tenemos que luchar por nuestro barrio, o por nuestro municipio, para que nos presten la atención que merecemos”.

La importancia del territorio

Es un movimiento constante en la política nacional de los últimos años. Una vez que las grandes cuestiones de clase parecen haber quedado relegadas en el terreno electoral, y que las divisiones entre izquierda y derecha tienen que ver mucho más con diferentes modelos de vida ligados a elecciones personales, lo que ha quedado como vínculo de unión ha sido lo territorial. Lo hemos visto de manera sistemática: Ayuso hacía gala de madrileñismo y Moreno Bonilla de andalucismo, como ejemplo de territorios pujantes con una identidad marcada, del mismo modo que Cataluña o País Vasco reivindican continuamente la especificidad de su territorio.

"Formamos parte de lo mismo, existimos y queremos los mismos servicios que los demás. Nos habéis relegado y merecemos lo nuestro"

Tampoco pueden entenderse formaciones recientes como Teruel Existe sin este sentimiento de que son las fronteras territoriales las que marcan una suerte de unión, la que establecen un vínculo común que puede defender los intereses de todos sus habitantes. El orgullo de barrio no hace más que trasladar a un entorno menor el mismo marco la visión de la España vaciada: formamos parte de esto, existimos y queremos los mismos servicios que los demás. Nos habéis relegado y merecemos más

Esta es una variable llamativa, porque opera con mucha frecuencia en la política contemporánea. Aquellas reivindicaciones que tuvieron lugar en términos de clase, ahora se resuelven desde los territorios: las grandes divisiones en Francia, Reino Unido o EEUU tienen que ver con zonas claramente delimitadas que se sienten olvidadas y maltratadas, y que perciben que otras regiones se llevan la mayoría de los recursos. El muro rojo británico, las zonas interiores de EEUU o las zonas rurales francesas se mueven en este marco continuamente.

Lo curioso es que, en lo que se refiere a Madrid, esta política de la identidad que resuelve las cuestiones de clase aparece justo en esas zonas en que antes el orgullo obrero y el de barrio eran parte de lo mismo. Ahora, el primero apenas juega como elemento político-electoral, mientras que el geográfico se vuelve mucho más relevante. El orgullo de barrio, el orgullo de territorio puede ser una baza clara a la hora de movilizar voto, y las distintas posiciones fijadas por Reyes Maroto y por Rita Maestre ofrecen una pista de lo que puede ser la campaña.

El problema de la identidad

Esta estrategia, que podría generar réditos notables a quienes la sostuvieran, encuentra dificultades serias, sin embargo, en su aplicación. Un experto electoral conocedor de la demoscopia madrileña la resume de esta manera: “No puedes hacer una campaña identitaria si no tienes identidad”. En el caso de los socialistas, es evidente que “sus candidatos están de paso, y así es muy complicado ofrecerse como una opción frente al abandono de los barrios”. El planteamiento continuo del PSOE de hacer aterrizar paracaidistas lleva a la debilidad estratégica: “Tener un guion está bien, pero se necesitan actores creíbles”. Más Madrid, por el contrario, cuenta con una ventaja competitiva: “Son un producto autóctono, han estado presentes durante estos años, cuando los centros sanitarios estaban desasistidos, y los vecinos conocen a sus candidatas”.

En la comunidad, las tornas pueden cambiar, ya que muchos alcaldes socialistas son bien conocidos por sus vecinos, y esa identificación entre la defensa del municipio y unas siglas la puede hacer valer el PSOE por encima de Más Madrid. Podemos lo tiene complicado en ambos lugares, puesto que sus candidatos son poco conocidos y tampoco cuenta con una implantación territorial potente. Serán la fuerza de Iglesias y de las siglas, ambas menguantes, las que empujen.

Los movimientos electorales de la comunidad, no obstante, subrayan las dificultades para hacer política sin un arraigo fuerte. Cuando la derecha domina el discurso por arriba, con Ayuso oponiendo Madrid a Sánchez, con una idea plebiscitaria de fondo, en un territorio que domina electoralmente, por tradición y por implantación, la izquierda podría intentar contrarrestar ese punto de partida desfavorable a partir de la presencia en los barrios, en especial en aquellos peor dotados o que más servicios tienen por desarrollar. Esa es la visión del orgullo de barrio, pero es una posición difícil de llevar a cabo si no ha existido un trabajo previo, cotidiano e incesante, de presencia y de visibilidad, que permita canalizar el descontento en el instante electoral. El PSOE trae a Madrid a una ministra, Podemos a dos candidatos poco conocidos, y Más Madrid, que parte con ventaja, cuenta con debilidades sustanciales en las zonas menos favorecidas, aquellas que menos cuidó cuando gobernó Carmena. Son las dificultades propias de la pérdida de vínculos entre la política y la vida cotidiana de los ciudadanos, que se hacen más evidentes en elecciones como las municipales y autonómicas en las grandes ciudades."       (Esteban Hernández , El Confidencial,  31/01/23)