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15.3.26

A medida que los Estados de bienestar se erosionaron, el trabajo precario se expandió y las protecciones públicas desaparecieron, emergió una nueva atmósfera de inseguridad en la que la bronca, el miedo, el resentimiento, el orgullo herido y el anhelo de pertenencia se convirtieron en poderosas monedas políticas. Este terreno emocional no es teórico: está inscrito en la retórica de los líderes más influyentes de la actualidad... Sus vocabularios difieren, pero comparten la misma gramática afectiva: movilizar el miedo, el orgullo, la humillación y la angustia existencial en sociedades fracturadas por la reestructuración neoliberal.. La lealtad política duradera emerge cuando el afecto se fusiona con los «resultados tangibles»: ganancias económicas, victorias simbólicas o la sensación de que un líder llena un vacío. Cuando las emociones y las expectativas materiales convergen, el lazo político se vuelve duradero... El miedo y el resentimiento solo se vuelven políticamente poderosos cuando se conectan con experiencias vividas de inseguridad, desigualdad y expectativas incumplidas... Los líderes autoritarios explotan las emociones de manera agresiva, a menudo descartando por completo las normas retóricas o institucionales. Este estilo transgresor atrae la atención e intensifica la movilización. Pero las condiciones materiales importan. La manipulación emocional gana tracción porque la angustia económica crea un terreno fértil... Los líderes autoritarios explotan las emociones de manera agresiva, a menudo descartando por completo las normas retóricas o institucionales. Este estilo transgresor atrae la atención e intensifica la movilización... Las consignas vagas permiten que cada persona proyecte en ellas sus propios miedos y deseos. Esto ya era así en los años veinte y treinta: la propaganda autoritaria usaba la ambigüedad para encender la imaginación colectiva... Pero las condiciones materiales importan. La manipulación emocional gana tracción porque la angustia económica crea un terreno fértil. Las emociones se vuelven políticamente decisivas solo cuando están enraizadas en la erosión material, el colapso de la capacidad estatal y la fragmentación social producida por el neoliberalismo (Mabel Berezin)

 "Durante las últimas décadas, el neoliberalismo vació los fundamentos sociales y afectivos de la vida política. A medida que los Estados de bienestar se erosionaron, el trabajo precario se expandió y las protecciones públicas desaparecieron, emergió una nueva atmósfera de inseguridad en la que la bronca, el miedo, el resentimiento, el orgullo herido y el anhelo de pertenencia se convirtieron en poderosas monedas políticas.

Este terreno emocional no es teórico: está inscrito en la retórica de los líderes más influyentes de la actualidad. Donald Trump promete hablar en nombre de «los olvidados». Viktor Orbán advierte que Europa está «bajo asedio». Narendra Modi enmarca la transformación política como un «renacimiento nacional». Giorgia Meloni reivindica su identidad —«mujer, madre, italiana, cristiana»— como una fortaleza bajo amenaza. Javier Milei grita que «todo va a colapsar» si no hay una ruptura radical. Benjamin Netanyahu presenta cada crisis como una batalla por la supervivencia nacional.

Sus vocabularios difieren, pero comparten la misma gramática afectiva: movilizar el miedo, el orgullo, la humillación y la angustia existencial en sociedades fracturadas por la reestructuración neoliberal. El ascenso de las formaciones autoritario-populistas de hoy no puede entenderse solo a través del carisma; está enraizado en un paisaje más profundo de precariedad económica, fragmentación social y colapso de la confianza institucional.

Para entender esta convergencia entre emoción y poder conversamos con la socióloga Mabel Berezin, cuyo trabajo explora la relación entre el afecto, la identidad política y el desarrollo histórico de los movimientos de derecha. En esta entrevista, Berezin explica cómo las emociones se convierten en herramientas políticas, por qué las nuevas formaciones de derecha resuenan en distintos continentes y cómo el neoliberalismo preparó el terreno para estos nuevos modos de autoridad.

 DM: Antes de entrar en las fuerzas estructurales, quiero empezar por la materia prima en sí misma: las emociones. La política contemporánea parece estar impulsada no tanto por programas, como sí por el miedo, el orgullo y el resentimiento. ¿Cómo configuran las emociones la pertenencia política hoy y cómo convierten los líderes el lazo afectivo en lealtad duradera?

 MB: Las emociones siempre fueron centrales en la política. Cualquier líder eficaz, ya sea de izquierda o de derecha, sabe trabajar con ellas. Pero las emociones nunca operan solas. Las personas responden a lo que sienten y a lo que creen que pueden ganar materialmente.

La lealtad política duradera emerge cuando el afecto se fusiona con lo que yo llamo «resultados tangibles»: ganancias económicas, victorias simbólicas o la sensación de que un líder llena un vacío. Cuando las emociones y las expectativas materiales convergen, el lazo político se vuelve duradero.

 DM: Sostuviste que la política afectiva no puede explicar por sí sola la resistencia actual de la derecha. ¿Qué pesa más, las emociones o las condiciones materiales? ¿Y cómo combinan ambas cosas los líderes contemporáneos?

 MB: Son inseparables. La movilización emocional es importante, pero sin anclaje material pierde fuerza. En muchos países donde ascendió la derecha neoautoritaria, los líderes combinan narrativas emocionalmente cargadas con gestos simbólicos o concretos que abordan preocupaciones materiales.

El miedo y el resentimiento solo se vuelven políticamente poderosos cuando se conectan con experiencias vividas de inseguridad, desigualdad y expectativas incumplidas.

 DM: Quiero preguntar sobre una herramienta a la que recurren muchos de estos líderes: la división. ¿Por qué la polarización se volvió una estrategia política tan eficaz en la era neoliberal?

 MB:Porque la polarización simplifica un mundo que el neoliberalismo volvió estructuralmente inestable. A medida que las instituciones se debilitan y las personas pierden seguridad económica, las narrativas binarias ofrecen claridad y dirección.

En contextos autoritarios competitivos, la polarización también ayuda a consolidar el poder: presenta al líder como el protector indispensable frente a los «otros» hostiles.

 DM: Una vez que la polarización se instala, su lenguaje se moldea a través de consignas simples, ambiguas, emocionalmente cargadas. ¿Por qué las consignas políticas vagas son tan eficaces para movilizar a la gente hoy en día?

 MB: Su poder reside en su vacuidad. Las consignas vagas permiten que cada persona proyecte en ellas sus propios miedos y deseos. Esto ya era así en los años veinte y treinta: la propaganda autoritaria usaba la ambigüedad para encender la imaginación colectiva.

Bajo la precariedad neoliberal, las promesas vagas se vuelven aún más potentes porque pueden absorber las ansiedades de sociedades fragmentadas.

 DM: Hablemos de las figuras que encarnan esas consignas: líderes que se presentan casi como receptáculos de significado. Cuando un líder dice «yo soy como tú» o «hablo en tu nombre», ¿está construyendo una nueva identidad político-teológica?

 MB: En cierto sentido, sí. Esta retórica transforma a los líderes de actores ordinarios en figuras cuasi teológicas. Se convierten en símbolos antes que en individuos con proyectos políticos o programas de gobierno.

Esto funciona con mayor intensidad en sociedades que ya venían estando marcadas por la fragmentación, la tensión cultural o el deterioro institucional. Y, cuando resuena, genera una adhesión afectiva casi absoluta alrededor del líder.

 DM: Estas dinámicas emocionales se perciben como globales en parte porque las condiciones económicas que las sustentan también lo son. ¿Cómo alimentaron la reestructuración neoliberal y la erosión de los Estados del bienestar el ascenso de los movimientos autoritario-populistas contemporáneos?

 MB: A partir de los años noventa, la erosión de las protecciones del Estado de bienestar debilitó el vínculo entre los ciudadanos y el Estado. La estabilidad laboral se derrumbó, las garantías públicas se achicaron y la previsibilidad a largo plazo desapareció.

Lo que mostró mi investigación comparativa es que la reestructuración neoliberal produjo respuestas emocionales —miedo, frustración, desilusión— que los movimientos autoritario-populistas aprovecharon. En otras palabras: la crisis económica creó la base material; la crisis afectiva creó la oportunidad política.

 DM: Existe un debate de larga data sobre si la derecha actual está impulsada principalmente por la identidad cultural o por el declive económico. ¿La nueva derecha es ante todo identitaria, o la inseguridad económica sigue siendo la fuerza más profunda?

 MB: La identidad es importante, pero la inseguridad económica es el telón de fondo estructural. Sin ella, los llamados identitarios carecen de fuerza política. Cuando los problemas estructurales quedan sin resolverse, las personas se vuelven más receptivas a las promesas de los actores neoautoritarios o autoritarios competitivos.

 DM: Una emoción reaparece constantemente en distintas sociedades: la sensación de abandono. ¿Por qué el sentimiento de que «el Estado ya no nos protege» se volvió tan políticamente decisivo?

 MB: Porque capta la esencia de la era neoliberal. En Estados Unidos, en Europa y más allá, las personas se sienten abandonadas por las instituciones que antes garantizaban estabilidad.

Este sentimiento tiene raíces en condiciones reales: mercados laborales precarios, servicios públicos en declive, protecciones sociales debilitadas, instituciones desbordadas. Cuando las personas se sienten desprotegidas, la política del hombre fuerte se vuelve atractiva.

 DM: Dices que las emociones son necesarias pero no suficientes en política. ¿Qué distingue a los líderes autoritarios en su forma de movilizar las emociones?

 MB: Su disposición a cruzar límites. Los líderes autoritarios explotan las emociones de manera agresiva, a menudo descartando por completo las normas retóricas o institucionales. Este estilo transgresor atrae la atención e intensifica la movilización.

Pero las condiciones materiales importan. La manipulación emocional gana tracción porque la angustia económica crea un terreno fértil.

 DM: Por último, después de todas estas capas —emoción, economía, polarización, identidad, liderazgo—, ¿qué marco analítico nos ayuda a entender la política contemporánea?

 MB: Uno multidimensional. Para entender el panorama actual hay que examinar cómo se politizan las emociones, cómo las economías neoliberales generan inseguridad, cómo las formaciones autoritario-populistas llenan el vacío resultante y cómo las crisis estructurales reconfiguran las identidades políticas.

Las explicaciones puramente emocionales o puramente económicas no alcanzan. Las emociones se vuelven políticamente decisivas solo cuando están enraizadas en la erosión material, el colapso de la capacidad estatal y la fragmentación social producida por el neoliberalismo.

Notas:

1 Periodista, corresponsal de Deutsche Welle y colaboradora internacional en medios como Le Parisien Matin."

(Entrevista a  , Dora Mengüç, JACOBINLAT, 15/03/26)

4.2.26

La enorme agitación que ha generado en redes el caso Epstein en las redes sociales, y la atención limitada que le han prestado los medios de comunicación tradicionales es la señal de una división socialmente significativa... Los archivos de Epstein ponen de manifiesto un entramado de élite, una sociedad de la excepción cada vez más frecuente en nuestro mundo Epstein era el conector entre las distintas redes, un intermediario que favorecía que las aspiraciones, deseos e intereses de personas de esas élites encontraran satisfacción. Como aparece en los archivos, podían facilitar el ingreso en un club que se resistía o la posesión de un yate, mediar para conseguir información privilegiada, proporcionar contactos para incrementar las fortunas, interceder para que políticos encontraran recursos para sus campañas o favorecer carreras profesionales. En esa capacidad de pasar por encima de las normas comunes radican sus ventajas... Epstein era un conseguidor que tenía un precio... Los archivos Epstein no son un asunto menor, y menos aún en esta época, en la que la desconfianza en las élites ha arraigado significativamente en las mentes de los ciudadanos... El efecto será difícil de medir, porque al quedar confinado en las redes sociales y no dar el salto a los medios de masas, es un asunto que circula bajo el radar... los archivos Epstein contienen el material idóneo para avivar la reacción antiélite. Ofrecen una imagen de las clases más afortunadas que afecta a todos sus integrantes, hayan tenido relación o no con Epstein. Tiende a configurarlos como clase, y eso es un salto político... Es probable que no se estén tomando en serio las consecuencias que puede provocar el avivamiento de ese fuego... Es probable que Trump pague un precio por ese descontento, pero el sistema en su conjunto ya lo está sintiendo (Esteban Hernández)

  "La enorme agitación que ha generado en redes como ‘X’ el asunto Epstein, con esa cantidad ingente de correos, mensajes y documentos que circula por ellas, y la atención limitada que le han prestado los medios de comunicación tradicionales es la señal de una división socialmente significativa. Algunos medios han recogido lo que afecta a personajes locales, otros han insistido en la vinculación de Epstein con Trump, otros han seleccionado aquello que conviene a sus intereses ideológicos, ya que solo se han hecho de los personajes del otro espectro político, y muchos han pasado de puntillas. Por la red se difunden un montón de posts que afectan a personajes de esferas políticas, económicas y de las relaciones internacionales, en los que se mezclan informaciones fiables con declaraciones altisonantes, lecturas interesadas y teorías de la conspiración. Los archivos Epstein son una suerte de nuevo Wikileaks, esta vez con la información soltada en bruto, sin que medie la investigación ni los análisis estructurados que realizaron entonces los medios de masas. Las zonas oscuras de la realidad han quedado confinadas en un lugar secundario.

En el contenido que se ha revelado hasta la fecha no hay grandes noticias, más allá de la aparición de algunos nombres, muchos, demasiados, vinculados con Epstein. Hay elementos interesantes, y comentarios sobre muchos aspectos de la realidad, pero pocas novedades significativas, salvo los nombres propios. No hay que rebuscar demasiado en el material, tanto en el que se ha hecho público como en el que puede quedar por salir, porque la conspiración está a la vista. Nassim Nicholas Taleb la ha descrito bien: “Existe una red global de cortesanos; para pertenecer a ella, hay que ser de la élite y tener la mentalidad del establishment y una sumisión moderada a él. Epstein conectaba con la mayor cantidad de personas en esa red”.

Los archivos de Epstein ponen de manifiesto un entramado de élite, una sociedad de la excepción cada vez más frecuente en nuestro mundo

Epstein era el conector entre las distintas redes, un intermediario que favorecía que las aspiraciones, deseos e intereses de personas de esas élites encontraran satisfacción. Como aparece en los archivos, podían facilitar el ingreso en un club que se resistía o la posesión de un yate, mediar para conseguir información privilegiada, proporcionar contactos para incrementar las fortunas, interceder para que políticos encontraran recursos para sus campañas o favorecer carreras profesionales. Epstein era un conseguidor que tenía un precio. La isla de Epstein era el elemento último de su tarea. A los poderosos les gusta sentir que lo son, y gozar de privilegios sin consecuencias es parte del poder. Los abusos sexuales y las relaciones con prostitutas parecían funcionar en el caso de Epstein tanto como un servicio como un ritual de paso.

Más allá de las personas concretas a las que involucren los archivos Epstein, lo que pone de manifiesto es un entramado de élite, una sociedad de la excepción cada vez más frecuente en nuestro mundo: las reglas están operativas para la gran mayoría de la gente, pero hay una parte que puede evitarlas, ya que cuenta con las relaciones y los mecanismos precisos. En esa capacidad de pasar por encima de las normas comunes radican sus ventajas.

El genio fuera de la botella

Los archivos Epstein no son un asunto menor, y menos aún en esta época, en la que la desconfianza en las élites ha arraigado significativamente en las mentes de los ciudadanos, pero también en la política. Sin la revuelta contra las élites, Trump no habría llegado al poder. Olió el signo de la época, dotó de una nueva dirección a ese impulso, y vinculó a él a diversos colectivos que se sentían perdedores o que percibían que su lugar en la sociedad era secundario. No se trató solo de los empleados en la industria o de los trabajadores perjudicados por la globalización, también grupos religiosos, facciones de la élite o empresarios tecnológicos se sentían relegados por el sistema. Trump logró alinearlos gracias a que los puso a combatir contra las élites: las de las costas, las cognitivas, las woke, Wall Street, los burócratas de Washington D.C., las que fueran. Los archivos de Epstein añaden más combustible a ese fuego. Una vez que se saca al genio de la botella, es muy difícil volver a meterlo en ella.

La reacción antiélites se fraguó bajo el radar, y los archivos del caso Jeffrey Epstein contienen el material idóneo para avivarla

En teoría, esta es una situación que podría convenir a los Maga, ya que es el grupo que mejor ha percibido el sentimiento latente. También podría ayudar a esa parte del partido demócrata que identificó a la oligarquía como el enemigo, pero están pasando por el asunto con mucho sigilo. Sin embargo, es posible que genere más fricción entre las filas de los conservadores. Los archivos se han hecho públicos durante el gobierno de Trump, pero el presidente mostró mucha resistencia. Aparecen figuras públicas de un lado y del otro, pero Trump sale a relucir, así como algunos de los actores que le apoyan, como Steve Bannon o Peter Thiel. Es Trump quien gobierna, y por tanto el que debería utilizar las armas judiciales a su disposición para sancionar los abusos y las irregularidades que se pueden colegir de los archivos. Ya ha afirmado que no lo hará. Por otra parte, es complicado que un movimiento como Maga, que afirma querer recuperar una moralidad tradicional, vea con buenos ojos los excesos de las élites millonarias. Hace meses, el asunto Epstein estaba pasando factura entre las filas de Trump por no hacer públicos los archivos. Veremos su repercusión ahora que los archivos están fuera.

El efecto será difícil de medir, porque al quedar confinado en las redes sociales y no dar el salto a los medios de masas, es un asunto que circula bajo el radar. Pero estos canales de distribución de la información han sido muy importantes en los últimos años. La reacción antiélites se fraguó en ellos, y los archivos Epstein contienen el material idóneo para avivar ese tipo de sentimiento. Ofrece una imagen de las clases más afortunadas que afecta a todos sus integrantes, hayan tenido relación o no con Epstein. Tiende a configurarlos como clase, y eso es un salto político.

Los otros campesinos

En una conversación entre Epstein y Bannon que figura en los archivos, el activista Maga afirmó que los chinos eran “un grupo de campesinos que tratan de dirigir la economía mundial”. Epstein apuntaba que había tenido una reunión hace pocos días que giró en torno a “cómo esos campesinos encontraron las herramientas cibernéticas de la NSA que habíamos insertado en sus sistemas y las usaron contra nuestros intereses”. China está en el centro del giro de Trump, es la potencia desafiante, la que se ha desarrollado enormemente en las últimas décadas y ha adquirido un lugar principal en el orden internacional. Llama tanto la atención el calificativo, “campesinos”, típico de la antigua aristocracia, como el hecho de que no les preocupaban los “campesinos” estadounidenses, a los que tenían bajo control, sino los que de verdad desafiaban su dominio, los de Pekín. Epstein afirmó que “los deplorables necesitan un enemigo, China, China, China”. Bannon asintió.

EEUU está en un intenso proceso de cambio. Epstein es un hombre del pasado, el conector caído, típico de una época que ya no existe. Falleció en extrañas circunstancias. Sus archivos son material para el fuego de la época, el sentimiento antiélites. Es probable que no se estén tomando en serio las consecuencias que puede provocar el avivamiento de ese fuego. Los “campesinos” de occidente todavía existen, y cada vez están menos contentos. Es probable que Trump pague un precio por ese descontento, pero el sistema en su conjunto ya lo está sintiendo."

(Esteban Hernández, El Confidencial, 04/02/26) 

17.12.25

Thomas Piketty: El año 2025 estuvo marcado por el impacto Trump: una oleada sin precedentes de brutalidad extrema, nacionalismo desinhibido y extractivismo sin límites que sacudió al mundo como nunca desde 1945... Para comprender mejor qué hizo posible todo esto y cómo afrontarlo en el futuro, hay que empezar por volver a las fuentes, es decir, al Proyecto 2025 de la Heritage Foundation... el informe describe la estrategia a seguir tras la llegada al poder, llegando incluso a precisar el contenido y el calendario de las «órdenes ejecutivas»... la nueva doctrina de seguridad nacional publicada recientemente por la Casa Blanca parece un calco de este proyecto... busca afirmar el poder de Estados Unidos en el mundo, con grandes refuerzos de aranceles aduaneros y extractivismo en todos los ámbitos: incautaciones directas de activos (Ucrania, Panamá, Groenlandia), tributo militar impuesto a los europeos, huida hacia adelante hacia los combustibles fósiles... y rehabilitar el esfuerzo, los valores familiares y el respeto por las jerarquías naturales y culturales. La lacra de la «fatherlessness» (el hecho de crecer sin padre) se denuncia una y otra vez... Pero el Proyecto 2025 está especialmente preocupado por un enemigo que considera mucho más peligroso: los socialistas internacionalistas y sus proyectos de un superestado mundial... los autores del Proyecto 2025 parecen sinceramente traumatizados por los debates sobre la fiscalidad internacional o las reparaciones climáticas... Detestan la propuesta de Brasil de crear un impuesto mundial sobre los multimillonarios... sobre el comercio, defiende una avalancha de aranceles muy similares a los que Trump impuso... pero se teme que, al cuestionar tan abiertamente los principios del libre comercio, se acabe abriendo la puerta a la planificación socialista mundial, la pesadilla absoluta para los conservadores... de hecho, el verdadero enemigo de la derecha nacionalista y extractivista encarnada por los trumpistas es la izquierda socialdemócrata mundial. Esta última puede ganar, siempre que sepa organizarse y salir de los surcos liberales del pasado. La brutalidad trumpista es un signo de debilidad. Estados Unidos está perdiendo el control del mundo. Algunos al otro lado del Atlántico piensan que pueden escapar de ello sacando las armas y ordenando a los europeos que mantengan su pureza racial para preservar la alianza occidental. Lo único que conseguirán es empañar aún más la imagen de su país y convencer al resto del mundo de que el futuro deberá escribirse cada vez más a menudo sin ellos

 "El año 2025 estuvo marcado por el impacto Trump: una oleada sin precedentes de brutalidad extrema, nacionalismo desinhibido y extractivismo sin límites que sacudió al mundo como nunca desde 1945.  

Para comprender mejor qué hizo posible todo esto y cómo afrontarlo en el futuro, hay que empezar por volver a las fuentes, es decir, al Proyecto 2025, un informe de  920 páginas publicado en 2023 por la Heritage Foundation, el think tank conservador más influyente de Washington. Ministerio por ministerio (seguridad, inmigración, educación, energía, comercio, etc.), el informe describe la estrategia a seguir tras la llegada al poder prevista para enero de 2025, llegando incluso a precisar el contenido y el calendario de las «órdenes ejecutivas», esos decretos presidenciales firmados en público y en cascada por Donald Trump desde su investidura. El informe se basa en el trabajo de cientos de expertos conservadores —así es como se autodenominan— reunidos por esta fundación ricamente dotada (empresas y multimillonarios).

Lo que más llama la atención al leer este informe hoy en día es el grado de preparación técnica, política e ideológica que hay detrás de la administración Trump, que durante el último año ha seguido casi al pie de la letra los planes establecidos en el marco del Proyecto 2025. Del mismo modo, la nueva doctrina de seguridad nacional publicada recientemente por la Casa Blanca parece un calco de este proyecto.   

 De manera reveladora, el Proyecto 2025 distingue varios enemigos políticos e ideológicos. En primer lugar, están los liberales globalistas, partidarios del libre comercio absoluto y de la globalización feliz, que parecen ser los tontos útiles del trumpismo. Fáciles de derrotar y odiar, estas élites liberales se burlan de la desindustrialización, la pérdida de puestos de trabajo y la destrucción de las comunidades locales y los lazos familiares. Por el contrario, los orgullosos conservadores del Proyecto 2025 se encargan de proteger estas comunidades. En primer lugar, afirmando el poder de Estados Unidos en el mundo, con grandes refuerzos de aranceles aduaneros y extractivismo en todos los ámbitos: incautaciones directas de activos (Ucrania, Panamá, Groenlandia), tributo militar impuesto a los europeos, huida hacia adelante hacia los combustibles fósiles. A continuación, rehabilitando el esfuerzo, los valores familiares y el respeto por las jerarquías naturales y culturales. La lacra de la «fatherlessness» (el hecho de crecer sin padre, una situación que afecta especialmente a las minorías étnicas) se denuncia una y otra vez y se atribuye a los discursos liberales que niegan los roles y los géneros y pisotean la familia tradicional.  

Pero el Proyecto 2025 está especialmente preocupado por un enemigo que considera mucho más peligroso: los socialistas internacionalistas y sus proyectos de un superestado mundial. Este temor puede parecer ridículo: los trumpistas tienden a veces a confundir a los pacíficos socialdemócratas europeos con aterradores revolucionarios marxistas. Sin embargo, debe tomarse en serio. En primer lugar, porque los defensores del socialismo democrático —Bernie Sanders o Zohran Mamdani— se han vuelto muy populares entre la juventud estadounidense en los últimos diez años.

En segundo lugar, y sobre todo, porque los autores del Proyecto 2025 parecen sinceramente traumatizados por los debates sobre la fiscalidad internacional, las reparaciones climáticas o la reforma del sistema financiero que se han desarrollado desde la crisis de 2008 y los acuerdos de París de 2015. Detestan la propuesta de Brasil de crear un impuesto mundial sobre los multimillonarios, así como la importante emisión de moneda internacional (los derechos especiales de giro del FMI) que tuvo lugar tras las crisis de 2008 y 2020. Sobre todo porque Estados Unidos pronto perderá su derecho de veto sobre estas decisiones, a medida que disminuye su participación en el PIB mundial.   

 Un pasaje especialmente revelador se refiere al comercio, que en el Proyecto 2025 adopta la forma muy inusual de dos capítulos que presentan posiciones opuestas. El capítulo principal defiende una avalancha de aranceles muy similares a los que Trump impuso durante el año 2025. Al igual que Trump, el autor no parece hacerse ilusiones sobre la creación de empleo industrial que podría derivarse de ello. En general, el informe muestra una empatía limitada hacia los más pobres y se basa en un enfoque instrumental, paternalista y jerárquico del voto obrero. El objetivo principal de los aranceles parece ser proporcionar ingresos al Gobierno federal y continuar con la demolición del impuesto progresivo (un proyecto común de liberales y conservadores desde la década de 1980, pero en el que estos últimos siempre han llevado la delantera). 

 El segundo capítulo, dedicado al comercio, desaprueba esta estrategia. El autor conservador disidente teme que, al cuestionar tan abiertamente los principios del libre comercio, se acabe abriendo la puerta a la planificación socialista mundial. En el futuro, los enemigos del mercado se basarán en este precedente para regular los intercambios en función de criterios sociales y climáticos: la pesadilla absoluta para los conservadores. Los trumpistas finalmente optaron por el proteccionismo, por razones tanto electorales como financieras, pero el temor a una deriva socialista está claramente planteado.  

De hecho, el verdadero enemigo de la derecha nacionalista y extractivista encarnada por los trumpistas es la izquierda socialdemócrata mundial. Esta última puede ganar, siempre que sepa organizarse y salir de los surcos liberales del pasado. La brutalidad trumpista es un signo de debilidad. Estados Unidos está perdiendo el control del mundo. Algunos al otro lado del Atlántico piensan que pueden escapar de ello sacando las armas y ordenando a los europeos que mantengan su pureza racial para preservar la alianza occidental. Lo único que conseguirán es empañar aún más la imagen de su país y convencer al resto del mundo de que el futuro deberá escribirse cada vez más a menudo sin ellos."

(Thomas Piketty  , blog, 16/12/25, traducción DEEPL)

16.12.25

Trump ha sido un torbellino. En poco más de 100 días, su gobierno ha reducido drásticamente los servicios de administración pública, anunciado una rápida retirada de Ucrania, iniciado una nueva y agresiva guerra arancelaria y traicionado a sus aliados tradicionales en Europa. Las nuevas políticas de Trump han sumido a Estados Unidos y al mundo en el caos... su base política está compuesta por amplios sectores marginados de la sociedad estadounidense y por los nuevos movimientos sociales conservadores de derecha impulsados por estos grupos marginados. Trump no surgió de la nada, ni actúa por capricho. Más que la causa, es el producto de este poderoso movimiento ideológico, que ya no busca la universalidad de los valores liberales occidentales ni cree en las promesas de una utopía liberal. Se repliega hacia Estados Unidos... sus valores de comportamiento han regresado a los fundamentalismos del cristianismo blanco... la sociedad necesitaba urgentemente un movimiento de protección social para contrarrestar las fuerzas del mercado. El nuevo conservadurismo de derecha es un síntoma de esta necesidad de protección social... El nuevo conservadurismo de derecha es una ideología social que emerge durante el declive del capitalismo liberal... la era Trump es apenas su comienzo... forjará rápidamente conexiones espirituales y materiales profundas con los nuevos movimientos de derecha de Europa... los países del Sur Global se verán marginados, se verán obligados a buscar nuevos caminos... Los aliados tradicionales de Estados Unidos buscarán una autonomía estratégica... los países occidentales se verán dominados por el nacionalismo y el populismo, lo que hace altamente probable los conflictos entre naciones y grupos étnicos... la naturaleza de la confrontación entre China y el Norte Global liderado por Estados Unidos cambiará de manera significativa... Solo el Sur Global, en especial aquellos países que buscan desprenderse del mundo unipolar dominado por Estados Unidos, podría ser aliado de China en la construcción de un nuevo sistema internacional multipolar (Yang Ping, académico chino)

 "Yang Ping (杨平) es un destacado académico y editor de la comunidad intelectual y cultural de China. Es fundador, presidente honorario y editor jefe de la publicación china de Wenhua Zongheng (文化纵横), una revista líder del pensamiento político y cultural contemporáneo en China. Desde su fundación en 2008, esta publicación se ha convertido en una de las plataformas de pensamiento más importantes del país. Asimismo, fundó la revista Estrategia y Gestión (战略与管理) en 1993.

La llegada del segundo mandato del presidente Donald Trump, en adelante, Trump 2.0, ha sido un torbellino. En poco más de 100 días, su gobierno ha reducido drásticamente los servicios de administración pública, anunciado una rápida retirada de Ucrania, iniciado una nueva y agresiva guerra arancelaria y traicionado a sus aliados tradicionales en Europa. Las nuevas políticas de Trump han sumido a Estados Unidos y al mundo en el caos.

¿Cómo debemos interpretar las formas de gobierno de la era Trump 2.0? ¿Qué factores subyacentes explican su comportamiento aparentemente arbitrario? ¿Qué impacto tendrá esta era en China y el mundo? ¿Cómo cambiará el mundo a consecuencia de esto? Estas son preguntas urgentes y apremiantes para una población global sumida en la ansiedad.

El período comprendido entre el primer mandato de Trump en 2016 y el inicio de la era Trump 2.0 en 2024 ha dejado claro que su base política está compuesta por amplios sectores marginados de la sociedad estadounidense y por los nuevos movimientos sociales conservadores de derecha impulsados por estos grupos marginados. Trump no surgió de la nada, ni actúa por capricho. Más que la causa, es el producto de este poderoso movimiento ideológico. Para comprender la lógica subyacente a las acciones de Trump, hay que partir de su base social y del movimiento ideológico que lo sustenta.

Esta nueva ola de conservadurismo de derecha, ampliamente extendida en las sociedades occidentales, se diferencia del neoconservadurismo tradicional estadounidense. Se caracteriza por una clara postura antiliberal, con manifestaciones externas como la oposición a la inmigración, el relativismo de género y el libre comercio. Sin embargo, sus rasgos subyacentes reflejan sentimientos antiglobalización, antidemocráticos y antisistema. Ya no busca la universalidad de los valores liberales occidentales ni cree en las promesas de una utopía liberal. Se repliega hacia Estados Unidos bajo la consigna de America First [Estados Unidos primero]. Además, sus valores de comportamiento han regresado en gran medida a las tradiciones cristianas, particularmente a los fundamentalismos del cristianismo blanco.

El ascenso arrollador del nuevo movimiento conservador de derecha surge de la expansión desenfrenada del capitalismo de libre mercado. En los últimos 30 años, desde el fin de la Guerra Fría, hemos presenciado una imparable expansión global del capital y los valores individualistas bajo el estandarte del liberalismo. La codicia de la burguesía estadounidense ha alcanzado niveles sin precedentes, lo que ha exacerbado la desigualdad de ingresos, erosionado la moral social y desmantelado el tejido de las comunidades. En este contexto, la sociedad necesitaba urgentemente un movimiento de protección social para contrarrestar las fuerzas del mercado. El nuevo conservadurismo de derecha es un síntoma de esta necesidad de protección social.

Desde la perspectiva de la economía política marxista, el capitalismo se caracteriza por patrones cíclicos de expansión y contracción. La acumulación excesiva se generaliza debido a la sobreproducción, lo que conduce a una disminución de la tasa media de ganancia y a la alteración del equilibrio interno del capitalismo. En la era de la globalización, donde las fronteras nacionales se desdibujan constantemente, este movimiento cíclico se manifiesta como una expansión rápida y desequilibrada en todos los rincones del mundo, impulsando así el ascenso de nuevas potencias y el declive de las potencias tradicionales. La nueva ideología conservadora de derecha es un rasgo característico del ocaso de las potencias capitalistas tradicionales.

El nuevo conservadurismo de derecha es una ideología social que emerge durante el declive del capitalismo liberal. Su aparición y desarrollo siguen ciertos patrones. En primer lugar, surge a escala mundial: es producto de la expansión global del modo de producción capitalista. En segundo lugar, es duradero: mientras persistan la brecha de riqueza y la desintegración comunitaria causadas por el capitalismo liberal, perdurará la ideología del nuevo conservadurismo de derecha. La escala e influencia de esta ideología son inversamente proporcionales a deficiencias de gobernanza del capitalismo liberal. En tercer lugar, tiene características locales: el nuevo conservadurismo de derecha se combina con la historia y las condiciones nacionales de diferentes países, dando lugar a ideologías con rasgos distintivos. En cuarto lugar, posee características propias de su época. Por ejemplo, hoy, la nueva derecha en Europa no puede oponerse abiertamente al sistema democrático porque la democracia al estilo occidental se ha vuelto políticamente correcta y negarla tendría un costo significativo.

Dada la naturaleza prolongada de la ideología del nuevo conservadurismo de derecha, la era Trump es apenas su comienzo. Por ello, es extremadamente urgente y necesario analizar su relación con el mundo y con China.

El orden mundial experimentará una drástica reorganización y el caos se convertirá en la norma frente a la nueva ideología conservadora de derecha. Como sus valores son antiliberales, las alianzas lideradas por Estados Unidos y basadas en los valores liberales occidentales se dividirán y las relaciones entre amigxs y enemigxs en el mundo occidental se transformarán. Los aliados tradicionales de Estados Unidos buscarán una autonomía estratégica y romperán con la dependencia. Algunas potencias intermedias de Occidente formarán nuevas alianzas. Al mismo tiempo, el nuevo conservadurismo de derecha que emerge a nivel mundial intentará establecer una coalición de valores de derecha, en particular entre los nuevos movimientos de derecha en Estados Unidos y Europa, lo que forjará rápidamente conexiones espirituales y materiales profundas.

En este contexto, los países del Sur Global se verán marginados por la nueva derecha estadounidense, ya que sus preocupaciones en torno al desarrollo y la seguridad no serán priorizadas. Esta dura realidad obligará a algunos países del Sur Global que antes seguían al Norte Global a buscar nuevos caminos. Más aún, a medida que la ideología del nuevo conservadurismo de derecha se expanda por el planeta, las reglas y normas que han regido al mundo desde el fin de la Guerra Fría serán quebrantadas (o incluso completamente destruidas). Frente al estrecho nacionalismo de “Estados Unidos primero”, las reglas globales existentes dejarán de funcionar en gran medida, y resultará difícil establecer un nuevo sistema internacional. La eficacia de organismos internacionales como la Organización Mundial del Comercio y la Organización Mundial de la Salud disminuirá de manera significativa.

Bajo la influencia de la ideología neoconservadora de derecha, los países occidentales se ven dominados por el nacionalismo y el populismo, lo que hace altamente probable los conflictos entre naciones y grupos étnicos. En tal entorno internacional, no es difícil imaginar que las contradicciones y conflictos desemboquen en guerra. Para China, el ascenso del nuevo conservadurismo de derecha también presentará desafíos significativos, al mismo tiempo que ofrecerá numerosas oportunidades nuevas.

En primer lugar, bajo la influencia de la nueva ideología conservadora de derecha, las relaciones externas de China experimentarán ajustes profundos. Si la administración Trump continúa viendo a China como su principal competidor estratégico, entonces la Unión Europea (UE), que anteriormente priorizaba los valores como su primer principio diplomático, se distanciará de EE. UU. y reajustará sus relaciones con China por su propio interés. De manera similar, los aliados asiáticos de EE. UU., como Japón y Corea del Sur, también ajustarán sus relaciones con China en respuesta a que Estados Unidos persiga estrictamente sus propios intereses nacionales.

En segundo lugar, la naturaleza de la confrontación entre China y el Norte Global liderado por Estados Unidos cambiará de manera significativa. El eje se desplazará de la lucha ideológica, centrada en los conceptos occidentales de “democracia, libertad y derechos humanos”, hacia una lucha en torno a los intereses nacionales, caracterizada por la política de “Estados Unidos primero”. Como el nuevo conservadurismo de derecha es antiliberal y xenófobo, ya no posee una pretensión de universalidad y, por lo tanto, pierde de manera considerable su atractivo para la humanidad. En consecuencia, la contradicción principal de la lucha ideológica de China en la política internacional pasará de ser una disputa de valores a estar centrada en los intereses nacionales.

En tercer lugar, la defensa por parte de China de una “comunidad de futuro compartido para la humanidad” constituye una respuesta profunda al creciente anhelo de la sociedad humana por nuevos valores universales en tiempos de gran agitación. Con el lanzamiento de la “Iniciativa para el Desarrollo Global” (IDG), la “Iniciativa para la Seguridad Global” (ISG) y la “Iniciativa para la Civilización Global” (ICG), China ha propuesto un conjunto de valores capaces de reemplazar el decadente orden liberal occidental y de trazar un nuevo rumbo para la sociedad humana. En un momento en que el nuevo conservadurismo de derecha se extiende en Estados Unidos, China debería impulsar con más fuerza el concepto de la “comunidad de futuro compartido para la humanidad” y ofrecer interpretaciones político-económicas y filosóficas de sus profundas connotaciones teóricas. Este concepto debe ser teorizado y sistematizado para ganar corazones y mentes en esta era de agitación.

Por último, en un momento en que las relaciones entre amigxs y enemigxs atraviesan cambios drásticos, China debería mantener al Sur Global como su principal orientación estratégica, unir a la mayoría de los países del Sur Global y conformar un frente unido en esta nueva era. El razonamiento detrás de ello no es complicado. Estados Unidos no renunciará a su intención estratégica de contener a China, y la Unión Europea vacilará debido a sus valores liberales. Solo el Sur Global, en especial aquellos países que buscan desprenderse del mundo unipolar dominado por Estados Unidos, podría ser aliado de China en la construcción de un nuevo sistema internacional multipolar. La diferencia respecto a la estrategia de los “Tres Mundos” de Mao Zedong radica en que la estrategia actual de China no se limita a delinear una vasta zona intermedia en medio de la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Busca liderar a las naciones del Sur Global en el esfuerzo por crear un mundo multipolar, igualitario y ordenado.

La llegada de la era Trump 2.0 marca el inicio de una gran era de caos, con una agitación que no hará más que intensificarse y superar constantemente nuestras expectativas. Por ello, debemos estar preparadxs."                        (Yang Ping, Tricontinental)  

10.12.25

Se suponía que los centristas salvarían Europa. Pero la están condenando al horror... En las principales economías europeas, los gobiernos centristas están fracasando de manera estrepitosa... El escenario está preparado para que arrase la extrema derecha... eso no es así ni en España ni en Dinamarca... Pedro Sánchez es el político de centro-izquierda con más éxito de Europa ¿Cómo? Tomando partido. Durante la pandemia, el gobierno limitó los precios de la energía, reconoció a los repartidores por aplicación como trabajadores con derechos y restableció ciertas protecciones laborales. A continuación, aumentó drásticamente el salario mínimo y gravó las grandes fortunas. Y lo hizo al tiempo que aplicaba una política migratoria ampliamente acogedora... dió a sus bases razones para seguir con él... su Partido Socialista Obrero Español obtiene alrededor del 30 por ciento de los votos. No ha sido un camino de rosas... la danesa Mette Frederiksen planificó enormes inversiones en energías renovables, insistió en que la reconversión a los empleos verdes no era el fin de la prosperidad danesa, sino el medio necesario para alcanzarla, y respaldó esta afirmación con financiación... Hoy, las mayores preocupaciones de los daneses son el cambio climático y la salud pública, no la migración... Aunque estos líderes estén más asediados que antes, su historial demuestra el valor de la audacia política... A menos que los gobiernos centristas del continente cambien de rumbo, la extrema derecha puede hacer suya Europa. Después de eso, se acabaron las apuestas (David Broder , The New York Times)

 "Hace aproximadamente una década, una ola de populismo llegó a Europa. Conmocionados por la crisis financiera, los votantes coquetearon con arriesgadas alternativas a los partidos dominantes, lo que amenazó con agitar la política del continente que se caracterizaba por su estabilidad. Fue un momento inquietante para los líderes europeos. Pero los expertos les aseguraron que el riesgo de una toma del poder por la extrema derecha era exagerado. Creían que la solidez de los sistemas electorales, los recuerdos no tan lejanos de las dictaduras y el escaso apoyo de los votantes más ricos limitaban mucho el respaldo hacia los insurgentes.

Hoy está claro que su confianza era errónea. Los partidos de extrema derecha han seguido acumulando votos, se han establecido en las instituciones europeas, han invertido principios clave de la transición verde y han impuesto políticas fronterizas más duras. Gobiernan en Hungría e Italia y pronto lo harán en la República Checa; incluso en Finlandia y Suecia, históricamente socialdemócratas, los líderes conservadores cuentan con su apoyo. Tienen un animador en el Despacho Oval y otro en lo alto de la red social X.

Es posible que suceda algo peor. En las principales economías europeas, los gobiernos centristas están fracasando de manera estrepitosa. En Francia, el gobierno del presidente Emmanuel Macron está en caída libre, mientras que Agrupación Nacional de Marine Le Pen domina las encuestas. En Alemania, el canciller Friedrich Merz parece incapaz de alejar a los votantes del partido nativista Alternativa para Alemania, a pesar de que el servicio de inteligencia del país lo ha calificado como una amenaza extremista. En el Reino Unido, el primer ministro Keir Starmer se hunde casi tan rápido como crece el partido antinmigración Reform UK. El escenario está preparado para que arrase la extrema derecha.

Pero no tiene por qué ser así. En otros lugares de Europa, los gobiernos pluralistas de la corriente dominante han demostrado que es posible hacer retroceder a la extrema derecha, no solo denunciando el peligro populista, sino también convenciendo a los votantes de un proyecto claro de futuro. La extrema derecha apela a los alienados; prospera cuando sus oponentes naturales pierden la esperanza y dejan de acudir a las urnas. Para derrotarla, los gobiernos deben crear consenso en torno a una democracia más fuerte, más verde y más segura, capaz de inspirar a sus propios simpatizantes y de recuperar a los desilusionados.

Afortunadamente, esto sigue siendo posible. Los líderes centristas de París, Berlín y Londres insisten en que el ascenso de la extrema derecha no es inevitable. De hecho, a menudo afirman que detenerlo es una de sus principales misiones. El problema es que están fracasando.

“Haré todo lo posible para que nunca más tengan motivos para votar por los extremos”.

Era mayo de 2017 y Francia acababa de elegir presidente a Macron por primera vez. Hablando ante el Louvre, les hizo una promesa a los votantes de Le Pen, insistiendo en que podía responder a sus inseguridades. En los meses siguientes, a menudo alardeó de su plan para restar apoyo a Agrupación Nacional. Estaba enfocado en un reinicio económico, que convertiría a Francia en lo que él llamaba una dinámica “nación de empresas emergentes”.

Desde el principio, se trataba de una misión desde arriba. Como un presidente “jupiteriano”, por encima de la política ordinaria, Macron les prometió a los franceses dolor ahora para obtener beneficios mañana. Muchos podrían poner reparos a sus políticas, desde los recortes fiscales para los más ricos hasta el aumento de la edad de jubilación. Puede que incluso se escandalicen por la mano dura con la que actúa la policía en las protestas. Pero con el tiempo, parecía creer Macron, recogerían los frutos económicos y se lo agradecerían.

No lo hicieron. En 2022, los votantes le quitaron la mayoría. Macron respondió eludiendo al Parlamento para impulsar su cambio en las pensiones y, en 2024, convocó elecciones parlamentarias anticipadas. En lugar de darle un mandato, los franceses le reprendieron produciendo una legislatura paralizada incapaz de un gobierno estable. Francia ha pasado ya por cinco primeros ministros en dos años. Puede que Macron llegue cojeando hasta el final de su mandato en 2027, pero Le Pen y Agrupación Nacional están esperando entre bastidores.

Si Macron es demasiado enérgico desde una posición de debilidad, Starmer es demasiado cauto desde una posición de fuerza. A pesar de que su Partido Laborista obtuvo una aplastante mayoría parlamentaria el año pasado, ha gobernado con una sorprendente timidez. Su mantra para una astuta administración económica —controlar el gasto hoy y esperar el crecimiento mañana— no ha inspirado a los votantes y su aura inicial de prudencia en la gestión se ha evaporado. Los recortes en el gasto para los pensionistas y los discapacitados resultaron tan impopulares que tuvieron que abandonarse, lo que dejó al gobierno en el caos.

No ayuda que Starmer haya combinado esta falta de propósito con una vena represiva. Tras disciplinar duramente a los legisladores laboristas por sus votos a favor de la asistencia social, reprimió las manifestaciones propalestinas, y designó extravagantemente a la organización activista Palestine Action como grupo terrorista. Las repetidas y multitudinarias protestas contra la prohibición, con imágenes de abuelas de modales suaves a las que la policía sacaba cargando, han hecho de la libertad de expresión una herida abierta para él.

Esto contrasta notablemente con la incapacidad del gobierno para enfrentarse al desafío planteado por Reform UK y su fervoroso líder, Nigel Farage. Starmer ha oscilado erráticamente entre rumiar los peligros que la migración representa para la cohesión nacional —usando un lenguaje del que luego dijo que se arrepentía— y calificar de racistas las políticas del partido. En todo momento, ha fracasado a la hora de combatir la narrativa reformista o de tomar la iniciativa política en otros ámbitos. No es de extrañar que el apoyo a los laboristas se haya desplomado a solo el 18 por ciento, frente al 30 por ciento de los reformistas.

En Alemania, Merz —el líder más reciente de los tres— ha sido más directo. Puede presumir de una gran innovación desde que ganó las elecciones en febrero: flexibilizar los límites del endeudamiento público para invertir en el ejército. Es demasiado pronto para juzgar los resultados, pero hay mucho en juego. Los democristianos de Merz y sus socios de coalición, los socialdemócratas, han apostado el futuro de Alemania a la remilitarización, no solo para defenderse de Rusia, sino también como una estrategia muy necesaria para la reactivación industrial.

Hasta ahora, la estrategia no muestra signos de desestabilizar a la ascendente Alternativa para Alemania. Aunque el partido se ha resistido a la flexibilización de los límites de endeudamiento, también aboga por una enorme expansión de la industria militar y el ejército, aunque bajo dirección alemana y no europea. Lamenta los planes de la UE para la reindustrialización ecológica, pero está más abierto a la creación de empleo en la industria armamentística.

Merz insiste en que un gobierno exitoso contrarrestará el atractivo de Alternativa para Alemania. Pero el partido va viento en popa: actúa como la principal oposición y encabeza regularmente las encuestas nacionales. Parte de su apoyo se debe a su llamamiento a cortar el apoyo militar alemán a Ucrania. Sin embargo, la capacidad del partido para captar el programa estrella del canciller, en el que la militarización es el medio para hacer grande a Alemania de nuevo, debería hacerlo reflexionar.

Estos gobiernos son diferentes, por supuesto. Pero todos han adoptado la antipatía de sus oponentes hacia la migración. En Francia, Macron —que denuncia el “proceso de descivilización” provocado por los recién llegados— se ha apoyado en los legisladores de Agrupación Nacional para limitar los derechos sociales de los inmigrantes. En el Reino Unido, Starmer se ha disculpado por el “daño incalculable” causado por la migración masiva y ha introducido cambios draconianos en las normas de asilo. En Alemania, Merz ha aumentado las deportaciones, se ha comprometido a “llevarlas a cabo a gran escala” y ha presentado a los migrantes como un peligro para las mujeres.

Si esto pretende ganarse a los votantes descontentos con la migración, no ha funcionado. En lugar de premiar a los descoloridos imitadores de centro, los votantes están volteando a ver, cada vez más, a la fuente original.

Al parecer, eso no es así en Dinamarca.

En las elecciones europeas de 2014, el nacionalista Partido Popular Danés obtuvo casi el 27 por ciento de los votos, un avance que auguraba un gran futuro. Sin embargo, en las elecciones equivalentes de 2024, solo obtuvo el 6 por ciento. En una década en la que la extrema derecha creció en toda Europa, retrocedió en Dinamarca. ¿Qué ocurrió?

Para algunos, la respuesta parece clara: el gobierno de centro-izquierda, dirigido por la primera ministra Mette Frederiksen, tomó medidas enérgicas contra la migración. Es cierto que ella, en el cargo desde 2019, ha adoptado un enfoque severo hacia la cuestión. Tratando a los recién llegados como residentes temporales y no permanentes que deben integrarse, ha presionado a los sirios para que abandonen Dinamarca, ha recortado las viviendas sociales en zonas con grandes poblaciones minoritarias y ha firmado un acuerdo con Ruanda para procesar a los migrantes en suelo africano. Este enfoque, dicen sus admiradores, rindió frutos con su reelección en 2022.

Esta narrativa es unidimensional en el mejor de los casos y, en el peor, un mito. El primer mandato de Frederiksen, que contó con el apoyo de los izquierdistas y de un partido liberal, destacó no solo por su estricta actitud hacia la migración, sino también por su ambicioso programa de reindustrialización verde. Planificó enormes inversiones en energías renovables, fijó objetivos internacionalmente avanzados de reducción de emisiones y —de manera singular entre los grandes productores de petróleo— estableció una fecha legalmente vinculante para detener las perforaciones.

El gobierno insistió en que la reconversión a los empleos verdes no era el fin de la prosperidad danesa, sino el medio necesario para alcanzarla, y respaldó esta afirmación con financiación. El intervencionismo económico, unido a una historia convincente sobre cómo enfrentarse a un reto que definía una época, trajo consigo el éxito electoral. Hoy, las mayores preocupaciones de los daneses son el cambio climático y la salud pública, no la migración.

España es mucho más grande, está más dividida internamente y es mucho menos rica que Dinamarca. Pero, en todo caso, sus lecciones para mantener a raya a la extrema derecha son más generalizables. Como presidente del gobierno desde 2018, Pedro Sánchez es el político de centro-izquierda con más éxito de Europa y uno de los jefes de gobierno de la Unión Europea que más tiempo lleva en el cargo. Tras casi seis años en coalición con partidos situados a su izquierda, su Partido Socialista Obrero Español obtiene alrededor del 30 por ciento de los votos.

¿Cómo? Tomando partido. Durante la pandemia, el gobierno limitó los precios de la energía, reconoció a los repartidores por aplicación como trabajadores con derechos y restableció ciertas protecciones laborales. A continuación, aumentó drásticamente el salario mínimo y gravó las grandes fortunas. Al dar a sus bases razones para seguir con él, el partido de Sánchez contrarrestó la tendencia a alejarse de los votantes con menos ingresos y formación. Y lo hizo al tiempo que aplicaba una política migratoria ampliamente acogedora.

No ha sido un camino de rosas. Sánchez se ha enfrentado a tensiones dentro de su coalición, a un poder judicial muy politizado y a conflictos sobre el separatismo catalán. Muchos esperaban que perdiera las elecciones de 2023 frente a una coalición de derechas que incluía al partido ultranacionalista Vox. Sin embargo, Sánchez frustró el ascenso de la coalición aumentando la participación, no solo advirtiendo sobre la amenaza de la extrema derecha, sino también reuniendo a los votantes en torno a los logros de su gobierno. Les contó a los españoles una historia sobre su prosperidad futura y los peligros a los que esta se enfrenta. Y funcionó.

Tanto la primera ministra como el presidente tienen problemas. Tras la reelección de Frederiksen, ella se volvió hacia aliados más centristas y empezó a perder apoyos. Los principales beneficiarios han sido los partidos de izquierda con los que antes se aliaba, pero también están surgiendo pequeños grupos antiinmigración. Frederiksen, cuyos socialdemócratas obtuvieron malos resultados en las elecciones locales del mes pasado, ya no es la fuerza electoral que fue. Sin embargo, el entusiasmo de los votantes por otras opciones progresistas demuestra que el resentimiento nacionalista no es la única alternativa.

Sánchez también ha tenido problemas. Sin mayoría desde 2023, no ha podido aprobar un presupuesto. A falta de nuevas medidas redistributivas, el apoyo popular a sus aliados de izquierda se ha desmoronado, y los escándalos en su partido han generado furiosas peticiones de dimisión. Vox ha subido en las encuestas y se ha formado una extrema derecha más extraña, más joven y más conspiracionista. Lleva el ominoso nombre de Se Acabó la Fiesta.

Aunque estos líderes estén más asediados que antes, su historial demuestra el valor de la audacia política. Cambiaron las agendas nacionales politizando cuestiones de justicia económica y fiscal y mostrando a los votantes obreros que los partidos mayoritarios están de su parte. Otros líderes europeos deberían aprender la lección y aún pueden hacerlo.

En Francia, eso podría implicar un impuesto sobre el patrimonio, lo que estabilizaría al gobierno y recaudaría unos ingresos muy necesarios. En el Reino Unido, el gobierno podría elevar el nivel de vida frenando el aumento de las facturas del gas, gravando a los gigantes de la energía y reactivando los planes de inversión ecológica. En Alemania, el gobierno podría relajar los límites a la inversión para renovar las infraestructuras, desde el ferrocarril a la vivienda, y proporcionar un tipo diferente de estímulo económico.

Todo esto es políticamente factible: los números están ahí en el Parlamento, y todos tienen tiempo antes de las próximas elecciones. Aunque los partidos de extrema derecha se presenten como la voz de la gente común y corriente, la mayoría de los votantes no han sido ganados para su causa y anhelan razones para volver a tener esperanza. No les costaría mucho a estos gobiernos darles alguna.

¿Y si no lo logran? Algunos se conforman con el consuelo de que, cuando los partidos de extrema derecha alcanzan el poder, pronto se les acaba el fuelle.

Podrían señalar las recientes elecciones neerlandesas, en las que el nacionalista Partido por la Libertad de Geert Wilders —la mayor fuerza del gobierno saliente— perdió terreno frente a los liberales Demócratas 66. La breve e infructuosa etapa del Partido por la Libertad en el gobierno es una historia tranquilizadora de la incompetencia inveterada de los populistas. Sin embargo, esta feliz conclusión no refleja del todo el resultado de las elecciones. Aunque Wilders se hundió, sus exsimpatizantes se decantaron principalmente por partidos similares y el voto general de extrema derecha se mantuvo firme. Puede que su marcha se haya detenido, pero la extrema derecha sigue ganando fuerza.

Para 2030, es muy probable que no estemos hablando de votantes que coquetean con el populismo, sino de partidos de extrema derecha al frente de los principales países europeos. Figuras como Farage, Le Pen y Wilders podrían tener influencia en toda Europa. Si lo hacen, heredarán Estados con poderes nuevos y peligrosos. El aumento de las fuerzas armadas continentales, a medida que los países aumentan el gasto militar y vuelven a movilizar a jóvenes uniformados, es un ejemplo de ello. También lo son las medidas represivas que han adoptado los gobiernos para sofocar la disidencia y la protesta, especialmente en cuestiones de guerra y paz.

Aunque los efímeros gobiernos franceses tienen cierto aire a la República de Weimar, no se trata de un retorno al fascismo histórico. Es más probable que los partidos de extrema derecha de hoy convoquen airados ataques en internet que protestas callejeras masivas. Sus intereses nacionales suelen diferir, al igual que sus ideas: algunos son más asistencialistas, otros tecnoliberales o conspiracionistas. Pero a pesar de sus diferencias, es evidente que pueden llegar a acuerdos con los conservadores proempresariales de la corriente dominante. Están preparados para promover un nuevo credo de europeísmo asediado, no abandonando la Unión Europea, sino transformándola desde dentro.

¿Cómo sería una Unión Europea de extrema derecha? Para empezar, la agenda del Pacto Verde Europeo desaparecería. En su lugar, la inversión europea se destinaría probablemente a reconstruir los ejércitos nacionales, ampliar el aparato de deportaciones masivas y endurecer las fronteras exteriores de Europa. La privatización progresiva, especialmente de la atención a la salud, podría combinarse con la vigilancia policial basada en la inteligencia artificial para disciplinar a los pobres y a los precarios.

Los refugiados ucranianos, como parte de un giro más amplio contra Ucrania, serían tratados con recelo, y los musulmanes y otras minorías serían objeto de repatriaciones forzosas en un cruel programa de la llamada “remigración”. Si el continente se sumiera en una guerra total —una amenaza real a medida que se derrumba el orden internacional—, la detención de “indeseables” y el reclutamiento masivo del resto no tardarían en llegar.

Incluso un 2030 tan sombrío diferiría en aspectos importantes de la década de 1930. Todavía no la medianoche del siglo. Pero una Europa entregada a los ideólogos de extrema derecha y en deuda con el nativismo de Estados Unidos podría tener sus propios horrores. A menos que los gobiernos centristas del continente cambien de rumbo, la extrema derecha puede hacer suya Europa. Después de eso, se acabaron las apuestas."

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13.8.25

Descifrando la ideología MAGA... el fascismo es un movimiento político/forma de Estado particular dentro del capitalismo que se opone a la democracia liberal. Surge cuando la clase capitalista y su Estado se encuentran en crisis estructural... el fascismo es una formación de clase que consiste en una alianza principalmente entre una sección del capital monopolista y la clase media baja o pequeña burguesía, que también abarca algunos de los sectores más privilegiados de la clase obrera... Es la clase media baja la que históricamente ha sido la base de todos los movimientos de tipo fascista... La clase media baja en la sociedad capitalista ocupa una relación de clase contradictoria, ya que incluye a pequeños empresarios, gerentes de bajo nivel, pequeños propietarios rurales y poblaciones suburbanas/rurales. Es predominantemente blanca y, en Estados Unidos, incluye a los sectores más nacionalistas, revanchistas, racistas y misóginos de la población, a menudo vinculados al fundamentalismo cristiano evangélico... la movilización de la clase media baja basada en una ideología revanchista (como «Make America Great Again») solo se produce cuando sectores clave de los intereses capitalistas dominantes perciben la situación como cada vez más desesperada, lo que requiere esfuerzos desesperados y el recurso al fascismo... no es una «clase obrera olvidada» la base del fascismo, sino la clase media baja... el movimiento neofascista surgió primero en el Tea Party y luego en relación con Trump... La ideología MAGA está especialmente orientada a promover la ira de la clase media baja contra la clase media alta y los elementos de la clase trabajadora de la sociedad... se culpa a la clase profesional-gerencial, que por supuesto incluye a la mayor parte de la intelectualidad, de los efectos económicos del neoliberalismo, que tuvo un efecto devastador en la clase media baja, junto con la clase trabajadora. La clase trabajadora se presenta en la propaganda MAGA como cada vez menos blanca, con bajos ingresos y pobreza, y llena de esos sectores «indignos» de la población que viven de la generosidad del gobierno... esto proporciona la justificación para desmantelar el Estado liberal democrático, ya corrompido por el neoliberalismo, y convertir no solo el Estado en todas sus ramas, sino también todo el aparato ideológico-estatal, que abarca los medios de comunicación, la educación y las artes, a los fines de MAGA, al tiempo que se debilita el papel de las organizaciones no gubernamentales y se anima a las empresas a eliminar todos los programas vinculados al Estado liberal democrático... La ideología MAGA es, por lo tanto, básicamente un sistema de propaganda agresivo que recuerda en cierto modo al macartismo de los años cincuenta en Estados Unidos (John Bellamy Foster)

 "Zhao Dingqi: En una ocasión señaló que el movimiento MAGA es, en esencia, una alianza entre la derecha capitalista monopolista y la clase media baja. ¿Cómo entiende las razones que hay detrás de la formación de esta alianza y cómo refleja esta las contradicciones de clase en el capitalismo contemporáneo? ¿Por qué las fuerzas capitalistas y de derecha están explotando las reivindicaciones de la «clase trabajadora olvidada»?

John Bellamy Foster: Los movimientos políticos que entran dentro del género fascista no son todos iguales. Sin embargo, comparten ciertas características comunes. El antónimo del fascismo es la democracia liberal, no el socialismo. Es decir, el fascismo es un movimiento político/forma de Estado particular dentro del capitalismo que se opone a la democracia liberal. Surge cuando la clase capitalista y su Estado se encuentran en crisis estructural. El objetivo del movimiento fascista es aniquilar el Estado liberal democrático mediante un proceso que garantiza que las diversas instituciones del Estado y la sociedad civil se ajusten a los requisitos fascistas/neofascistas. En la Alemania de Hitler, este proceso de sincronización se denominó Gleichschaltung. Bajo el fascismo, la clase dominante tiene un control más directo sobre el Estado, mientras que el orden político/constitucional es de emergencia permanente gobernado por un principio de liderazgo (Führer).

Todo ello es producto de una alianza de clase específica. En la teoría marxista, que formuló el análisis clásico del fascismo en los años treinta y cuarenta, el fascismo es una formación de clase que consiste en una alianza principalmente entre una sección del capital monopolista y la clase media baja o pequeña burguesía, que también abarca algunos de los sectores más privilegiados de la clase obrera. La clase media baja en la sociedad capitalista ocupa una relación de clase contradictoria, ya que incluye a pequeños empresarios, gerentes de bajo nivel, pequeños propietarios rurales y poblaciones suburbanas/rurales. Es predominantemente blanca y, en Estados Unidos, incluye a los sectores más nacionalistas, revanchistas, racistas y misóginos de la población, a menudo vinculados al fundamentalismo cristiano evangélico. Las personas de este sector de la población se consideran un escalón por debajo de la clase directiva profesional o clase media alta que se encuentra por encima de ellas, en términos de clase, estatus y poder, y un escalón por encima de la masa de la clase trabajadora, una población mucho más diversa racialmente y menos acomodada que se encuentra por debajo. En consecuencia, perciben tanto a la clase media alta como a la clase trabajadora como sus enemigos. Es la clase media baja la que históricamente ha sido la base de todos los movimientos de tipo fascista. El fascismo suele surgir cuando elementos de la cúspide del capital monopolista movilizan activamente a la clase media baja, la retaguardia del sistema, basándose en su propia ideología nacionalista, revanchista y racista, logrando así una base de masas para un giro hacia la derecha en la sociedad. Pero esta movilización de la clase media baja es en cierto modo peligrosa para el gran capital, ya que estas fuerzas a menudo se oponen a los intereses internacionales e incluso a los intereses de acumulación de la clase capitalista. Esta movilización de la clase media baja basada en una ideología revanchista (como «Make America Great Again») solo se produce cuando sectores clave de los intereses capitalistas dominantes perciben la situación como cada vez más desesperada, lo que requiere esfuerzos desesperados y el recurso al fascismo. Las teorías liberales suelen ocultar la base de clase del fascismo, tratando de asociarlo simplemente con sus formas ideológicas, como el racismo y el nacionalismo militante.

En respuesta a la última parte de su pregunta, no es una «clase obrera olvidada» la base del fascismo, sino la clase media baja. Esto ha sido ocultado por los medios liberales de Estados Unidos, que, una vez que el movimiento neofascista surgió primero en el Tea Party y luego en relación con Trump, de repente declararon que su base era la «clase obrera blanca». Sin embargo, esto es una distorsión de la base de clase y la ideología del movimiento Make America Great Again (MAGA).

ZD: ¿Cuál es la lógica central de la ideología MAGA? El trumpismo consolida el poder incitando al racismo, la xenofobia y el sexismo. ¿Cómo sirve esta estrategia a la acumulación de capital?

JBF: La ideología MAGA se dirige principalmente a la clase media baja, que es la base de Trump. Pero es producto de una serie de think tanks clave, como el Instituto Claremont, la Fundación Heritage, el Centro para la Renovación de Estados Unidos, American Compass, el Instituto Marathon y otros. Todos estos think tanks están financiados por multimillonarios y están estructurados para promover una ideología y formas de propaganda diseñadas para influir principalmente en la clase media baja y en los elementos privilegiados de la clase trabajadora. La ideología está dirigida a explotar el nacionalismo extremo, el militarismo, el racismo (incluido, por supuesto, el odio hacia los inmigrantes), las opiniones patriarcales y misóginas y el evangelismo de este sector de la población. La ideología MAGA está especialmente orientada a promover la ira de la clase media baja contra la clase media alta y los elementos de la clase trabajadora de la sociedad (no contra la clase capitalista). La clase/estrato profesional-gerencial es presentada irracionalmente en esta ideología como la «clase dominante» (como si la clase capitalista no dominara la sociedad) debido a su supuesta influencia dentro del «Estado administrativo». Por lo tanto, se culpa a la clase profesional-gerencial, que por supuesto incluye a la mayor parte de la intelectualidad, de los efectos económicos del neoliberalismo, que tuvo un efecto devastador en la clase media baja, junto con la clase trabajadora. La clase trabajadora se presenta en la propaganda MAGA como cada vez menos blanca, con bajos ingresos y pobreza, y llena de esos sectores «indignos» de la población que viven de la generosidad del gobierno.

Lo que podríamos llamar los aspectos más sofisticados de la ideología MAGA están diseñados para lograr ciertos fines instrumentales, beneficiosos para sectores clave del capital financiero monopolista. Esto incluye proporcionar la justificación para desmantelar el Estado liberal democrático, ya corrompido por el neoliberalismo, y convertir no solo el Estado en todas sus ramas, sino también todo el aparato ideológico-estatal, que abarca los medios de comunicación, la educación y las artes, a los fines de MAGA, al tiempo que se debilita el papel de las organizaciones no gubernamentales y se anima a las empresas a eliminar todos los programas vinculados al Estado liberal democrático. Se fomenta la privatización de todas las funciones del Estado, así como una mayor concentración y centralización del capital.

La ideología MAGA es, por lo tanto, básicamente un sistema de propaganda agresivo que recuerda en cierto modo al macartismo de los años cincuenta en Estados Unidos. Presenta como sus principales enemigos ideológicos, empleando una mezcla de realidad y ficción, entidades como el llamado marxismo cultural, la ideología woke (utilizada como término despectivo por la derecha y como señal racista para referirse a opiniones radicales y humanistas), la teoría crítica de la raza, los programas de diversidad, equidad e inclusión, el activismo por el cambio climático y similares. La mayor parte de esto sirve al objetivo de eliminar toda resistencia al proyecto neofascista, desmantelar las principales instituciones del Estado y la sociedad civil vinculadas a la democracia liberal, al tiempo que se privatiza y corporativiza aún más toda la sociedad. Esto deja al capital monopolista plenamente al mando, capaz de impedir cualquier acción estatal que interfiera con los intereses financieros y de organizar, junto con el Pentágono, la nueva Guerra Fría contra China. Todo el sistema ideológico y propagandístico de MAGA se elabora en los think tanks por un número relativamente pequeño de intelectuales de MAGA y luego se difunde en libros, a través de personas influyentes en las redes sociales, blogs y podcasts, y se difunde aún más al público en general a través de FOX News, Breitbart y otros medios de comunicación masivos. La ideología MAGA ha penetrado ahora de una forma u otra en la mayoría de los medios de comunicación anteriormente liberales, que se encuentran en rápida retirada. El propio Donald Trump, aunque no es el creador de estas ideas, es uno de los principales difusores de los mismos argumentos, que repite como un loro.

 ZD: ¿Por qué se refiere al movimiento MAGA y al trumpismo como neofascismo? ¿Cuáles son las diferencias entre este neofascismo y el fascismo tradicional?

JBF: El fascismo se percibe generalmente en términos del fascismo clásico de la Alemania de Adolf Hitler y, en cierta medida, de la Italia de Mussolini. En la década de 1930, en estos países (e incluso antes en Italia), desempeñaron inicialmente un papel considerable las tropas de asalto militarizadas: las camisas pardas y las camisas negras. Millones de judíos, radicales políticos y disidentes fueron enviados a campos de concentración en el Holocausto. La remilitarización de la sociedad condujo a la Segunda Guerra Mundial. Obviamente, nos encontramos en un periodo histórico diferente. No todas las relaciones son las mismas. Por lo tanto, en lugar de referirnos simplemente al fascismo como si se tratara de una entidad única congelada en el tiempo, es útil reconocer que existen algunas diferencias históricas, a pesar de todas las similitudes, y referirnos, entonces, al neofascismo. Además, el término neofascismo ha sido utilizado a menudo, especialmente en Europa, por los propios movimientos de derecha para describir su orientación. Tanto el fascismo clásico como el neofascismo son formas del género fascista, evidentes sobre todo en el tipo de formación de clases que implican y en su guerra contra el Estado democrático liberal. (...)

ZD: El movimiento MAGA y el trumpismo también son calificados por algunos como «populismo de derecha». ¿Cómo entiende usted el concepto de «populismo»? ¿Cuáles son, en su opinión, las principales diferencias entre el populismo de derecha y el fascismo?

JBF: Es cierto que el término «populismo de derecha» se utiliza a menudo como eufemismo de neofascismo. El propio movimiento MAGA se autodenomina «populista nacional», con la misma intención propagandística que vimos en el movimiento nazi alemán de la década de 1930, que se autodenominaba «nacionalsocialista». Si por populismo se entiende un movimiento basado en la clase media baja, entonces el populismo nacional tiene cierto sentido. Pero el populismo en la historia de Estados Unidos fue una unión más amplia entre trabajadores y agricultores y no tiene nada que ver con el «populismo nacional» neofascista. Además, sugerir que existe un populismo de izquierda con tendencias socialistas en oposición a un populismo de derecha con tendencias fascistas no es más que una forma de confundir las dinámicas ideológicas y de clase esenciales que están en juego. El término «populismo de derecha» se utiliza a menudo, incluso en la izquierda, para eludir la cuestión del resurgimiento de los movimientos fascistas y su base de clase. (...)

 ZD: ¿Cómo cree que debería responder el movimiento socialista mundial a los retos que plantea el neofascismo?

JBF: Debe luchar. Hay dos posibilidades principales: un frente popular entre socialistas y liberales. Esto no parece posible en los Estados Unidos en la actualidad, dado que el liberalismo se ha convertido en neoliberalismo y existe una especie de alianza neofascista-neoliberal, con los neofascistas cada vez más al mando y los neoliberales en gran medida aquiescentes. La otra posibilidad se inspira en la Resistencia de la Segunda Guerra Mundial, liderada por comunistas y socialistas que entendían, como defendían figuras como Bertolt Brecht, que no se podía oponerse eficazmente al fascismo sin oponerse al capitalismo. Los socialistas deben ser la punta de lanza de cualquier resistencia colectiva en nombre de la humanidad en su conjunto." 

 (Entrevista a John Bellamy Foster, Zhao Dingqi , MROnline , 08/08/25, traducción DEEPL)

12.8.25

¿Por qué los oligarcas tecnológicos y la derecha tecnológica, representada por Musk, han decidido aliarse con Trump y la facción MAGA? Para la Nueva Guerra Fría es crucial lo que ahora se denomina a veces la guerra de la IA con China por el dominio en el ámbito de la inteligencia artificial. Todo el sector tecnológico, en particular la parte centrada en Silicon Valley, está plenamente integrado en el gran impulso digital y de la IA que se está produciendo, en el que la financiación crucial y todo el marco jurídico-político del desarrollo de la IA se basa en el Estado, principalmente a través del Pentágono. Por lo tanto, los monopolistas digitales necesitaban un control más directo del Estado para garantizar sus operaciones... Es importante reconocer que la segunda administración Trump, cuando llegó al poder, incluía a trece multimillonarios, con un patrimonio neto combinado de 460 000 millones de dólares, lo que indica un gobierno oligárquico más directo. En comparación, el patrimonio neto del gabinete de Biden era de 118 millones de dólares (John Bellamy Foster)

 "(...) ZD: ¿Por qué los oligarcas tecnológicos y la derecha tecnológica, representada por Musk, han decidido aliarse con Trump y la facción MAGA? ¿Qué intereses y contradicciones comunes existen entre ellos?

JBF: Aquí creo que es útil analizar cómo surgió el movimiento MAGA y por qué. Para ello, tenemos que remontarnos a la Gran Crisis Financiera de 2007-2009. Esta crisis fue tan grave que amenazó con el colapso de todo el sistema financiero. El colapso financiero no se produjo, pero se detuvo gracias a la intervención masiva de la Reserva Federal de los Estados Unidos y otros bancos centrales de Europa y otros lugares. Sin embargo, el peligro era real y la crisis financiera dio paso a la Gran Recesión. Las principales economías capitalistas de Estados Unidos, Europa y Japón experimentaron un periodo considerable de crecimiento negativo y una lenta recuperación posterior. Pero en China, la economía se desplomó momentáneamente y luego se recuperó rápidamente. Esto supuso la primera señal definitiva de que el crecimiento económico chino era prácticamente imparable, dejando claro que China representaba una amenaza real para la hegemonía económica mundial de Estados Unidos en un futuro próximo, algo que no se había percibido hasta entonces.

En 2011, la Administración Obama reaccionó con un giro hacia Asia, destinado a contener de alguna manera a China. Sin embargo, existía un cierto grado de incertidumbre debido al cambio de liderazgo en China. Durante algún tiempo, se creyó que Xi Jinping, como nuevo líder emergente, sería un Gorbachov chino que desmantelaría el «socialismo con características chinas» e introduciría el neoliberalismo total en China, lo que permitiría a Estados Unidos y a toda la «tríada» formada por Estados Unidos, Europa y Japón reafirmar su dominio mundial y someter a China. Sin embargo, en 2015, la clase dirigente estadounidense tuvo claro que el ascenso de Xi significaba la renovación de la vía socialista de China, liderada por el Partido Comunista Chino (PCCh). El resultado fue que, cuando Trump llegó al poder en 2017, Estados Unidos lanzó agresivamente una nueva Guerra Fría con China. Esto supuso, entre otras cosas, un gran aumento del gasto militar.

Para la Nueva Guerra Fría es crucial lo que ahora se denomina a veces la guerra de la IA con China por el dominio en el ámbito de la inteligencia artificial. Todo el sector tecnológico, en particular la parte centrada en Silicon Valley, está plenamente integrado en el gran impulso digital y de la IA que se está produciendo, en el que la financiación crucial y todo el marco jurídico-político del desarrollo de la IA se basa en el Estado, principalmente a través del Pentágono. Por lo tanto, los monopolistas digitales necesitaban un control más directo del Estado para garantizar sus operaciones. SpaceX, de Musk, es uno de los mayores contratistas del Pentágono. En general, tanto el capital financiero como el tecnológico percibieron una mayor necesidad de asegurar el control gubernamental y el control de la sociedad civil. El capital de los combustibles fósiles también es un gran partidario de Trump, que quiere eliminar las subvenciones a las energías alternativas y que el Gobierno renuncie a todos los esfuerzos para combatir el cambio climático. Por último, el capital privado, es decir, el capital privado que no cotiza en bolsa y, por lo tanto, está menos sujeto a regulación, a menudo controlado por multimillonarios concretos, ha respaldado fuertemente el movimiento neofascista de Trump-MAGA. Todos estos intereses querían el desmantelamiento de la democracia liberal. Gran parte de la justificación era la necesidad de una nueva Guerra Fría con China y un nuevo tipo de economía de guerra digital que impregnara toda la sociedad.

]El otro gran acontecimiento derivado de la Gran Crisis Financiera fue el auge casi inmediato del Tea Party, un partido de derecha basado en la clase media baja, que demostró por primera vez que la movilización de este sector de la sociedad bajo la hegemonía del capital monopolista era posible en la coyuntura histórica actual, lo que acabó conduciendo al fenómeno Trump y a la hegemonía del neofascismo, o al menos de una alianza neofascista-neoliberal.

ZD: Desde el segundo mandato de Trump, ¿quiénes conforman su actual equipo de gobierno? ¿Qué políticas internas ha aplicado en Estados Unidos? ¿Cómo reflejan estas políticas los intereses del capital monopolista?

JBF: Es algo más difícil decir quiénes conforman el equipo principal de la administración Trump que en administraciones anteriores, porque Trump opera como un César, al margen de las normas habituales y apoyándose en gran medida en asesores ad hoc que no tienen una designación oficial clara y operan entre bastidores.

Es importante reconocer que la segunda administración Trump, cuando llegó al poder, incluía a trece multimillonarios, con un patrimonio neto combinado de 460 000 millones de dólares, lo que indica un gobierno oligárquico más directo. En comparación, el patrimonio neto del gabinete de Biden era de 118 millones de dólares.

Las figuras más importantes asociadas al nuevo régimen son, en mi opinión, el multimillonario Elon Musk, antiguo jefe del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), aunque ahora ha cortado en gran medida sus vínculos con la administración; el vicepresidente J. D. Vance, muy vinculado, mucho más que el propio Trump, a los principales think tanks neofascistas del MAGA; el secretario de Estado Marco Rubio, un ideólogo anticomunista convencido; el secretario de Defensa, Pete Hegseth, que se ve a sí mismo como un guerrero cruzado moderno; Steve Miller, que ahora opera como principal planificador antiinmigración de Trump; Peter Navarro, gran promotor de Trump de la guerra arancelaria contra China; Stephen Miran, economista jefe de Trump, que desarrolló la estrategia económica detrás de los aranceles de Trump (conocida como el posible Acuerdo de Mar-a-Lago); Russell Vought, director de la Oficina de Gestión y Presupuesto y figura clave tanto en la Heritage Foundation como en el Center for the American Way, quien se cree que redactó muchas de las primeras órdenes ejecutivas de Trump. En cuanto al Departamento de Estado, el verdadero cerebro que determina la política es Michael Anton, director de planificación política y uno de los principales ideólogos del MAGA vinculado al Claremont Institute. El gran pensador detrás de la planificación de la defensa de Estados Unidos y la nueva Guerra Fría con China, incluidos los planes para una guerra nuclear limitada, es el subsecretario de Defensa para Política, Elbridge Colby. Peter Thiel, multimillonario de Silicon Valley y fundador de Palantir, está detrás de todo esto, con seis miembros del Consejo de Seguridad Nacional directamente subordinados a él. La combinación de multimillonarios y figuras del MAGA que surgen de think tanks financiados por multimillonarios es clave para la nueva agenda corporativa hipernacionalista.(...)

 ZD: Las políticas exteriores de Trump, como el lanzamiento de una nueva Guerra Fría contra China y la promoción de la estrategia «America First», reflejan tendencias nacionalistas e imperialistas extremas. En su opinión, ¿qué repercusiones de largo alcance tendrán estas políticas en el orden mundial y las relaciones internacionales?

JBF: La política exterior y militar de Trump se centra exclusivamente en China como su único enemigo. No es aislacionista, como algunos han pensado erróneamente debido a su rechazo al internacionalismo liberal, sino hipernacionalista, en línea con movimientos anteriores del género fascista. La doctrina Trump, tal y como la articula Anton, tiene cuatro pilares: (1) populismo nacional, (2) reconocimiento del nacionalismo de todos los Estados-nación, (3) oposición al internacionalismo liberal y (4) una definición del nacionalismo basada en la etnicidad, incluida la oposición a todos los imperios multiétnicos, ambos con respecto a Estados Unidos. Esto equivale a una definición racial del mundo y del imperialismo estadounidense, con Estados Unidos concebido como un poder blanco. «America First» fue el nombre adoptado por el movimiento fascista en Estados Unidos en la década de 1930, aliado con la Alemania nazi. No era antimilitarista ni antiimperialista, sino que veía estos conceptos desde una definición hipernacionalista y racista de la geopolítica. (...)" 

 (Entrevista a John Bellamy Foster, Zhao Dingqi , MROnline , 08/08/25, traducción DEEPL)

7.5.25

La extraña muerte de la Gran Bretaña socialdemócrata... Se trata de un gran cambio en el comportamiento de los votantes... En las elecciones generales de 2010, el voto combinado laborista/conservador cayó al 65,1 %, pero en 2024 se produjo un nuevo cambio radical a la baja. Todas las encuestas de opinión realizadas desde entonces han demostrado que se trata de un declive sistémico, no de un fenómeno pasajero... en las elecciones locales el voto combinado de ambos fue del 37 %, con el Partido Laborista en solo el 14 %, que sufrió una derrota casi total... no hay duda de que tanto los laboristas como los conservadores se dirigen hacia el abismo... la simple verdad es que la mayoría de los votantes de Reform están motivados por el racismo y el rechazo a los extranjeros... pero eso no significa que los votantes de Reform sean «de derechas» en el sentido económico... la mayoría de sus votantes están a favor de la renacionalización de los servicios públicos, de la nacionalización de la industria del agua y de la nacionalización de la industria siderúrgica. También están a favor del control de los alquileres, la protección del empleo y la legislación sobre el salario mínimo... los votantes de Reform se sitúan mucho más a la izquierda que la dirección de su partido, que casi con toda seguridad no cree realmente en ninguna de esas cosas, aunque a veces pueda fingirlo... mientras la agenda thatcherista de austeridad, recortes de prestaciones y ataques a los desempleados y discapacitados, monetarismo, militarismo y patrioterismo, con políticas antiinmigrantes aliadas al sionismo incondicional, es quizás un fiel reflejo de las creencias fundamentales del laborismo de Starmer... Nos encontramos al comienzo del mayor cambio en el sistema político del Reino Unido en más de un siglo. Mi opinión personal es que lo que va a surgir en Inglaterra va a ser un período oscuro, en el que se acentuará aún más el extraordinario autoritarismo del Gobierno británico, como ya se ha visto en la Ley de Orden Público, la Ley de Seguridad en Internet y el acoso policial a los disidentes (Craig Murray)

 "El sistema electoral mayoritario de primera vuelta del Reino Unido puede dar resultados sorprendentes y es capaz de provocar revoluciones políticas extraordinariamente rápidas, como ocurrió con el triunfo y la rápida caída del gran Partido Liberal en el primer cuarto del siglo XX. Nos encontramos ahora en un momento similar.

El Partido Laborista cuenta hoy con una mayoría de 165 escaños en la Cámara de los Comunes, ligeramente inferior a la mayoría de 174 que obtuvo la noche de las elecciones. Esta cifra es casi idéntica a la mayoría de 178 que obtuvo Tony Blair en 1997. Pero, extraordinariamente, la mayoría de 178 se obtuvo con el 43,2 % de los votos, mientras que la mayoría de 174 de Starmer en 2024 se obtuvo con solo el 33,7 % de los votos, la menor proporción de votos para un gobierno mayoritario de un solo partido en la historia británica y, sin embargo, la que ha dado lugar a una de las mayorías más amplias.

El sistema está arrojando resultados perversos como nunca antes. La razón es que en 2024 se registró el porcentaje de votos combinado más bajo de los conservadores y los laboristas desde 1910, con un 57,4 %. Esto difiere fundamentalmente de la amenaza al dominio bipartidista de los liberales y los socialdemócratas en los años setenta y ochenta, cuando el porcentaje de votos combinado de laboristas y conservadores nunca bajó del 70,0 % (1983). Así que, si piensas que ya has visto esto antes, estás muy equivocado. Se trata de un cambio mucho mayor en el comportamiento de los votantes.

En las elecciones generales de 2010, el voto combinado laborista/conservador cayó al 65,1 %, pero en 2024 se produjo un nuevo cambio radical a la baja. Todas las encuestas de opinión realizadas desde entonces han demostrado que se trata de un declive sistémico, no de un fenómeno pasajero.

Luego llegamos a las elecciones locales celebradas en Inglaterra el jueves pasado, donde el voto combinado del Partido Laborista y el Partido Conservador fue del 37 %, con el Partido Laborista en solo el 14 %. Si bien se trataba principalmente (pero no exclusivamente) de elecciones no metropolitanas en Inglaterra, el Partido Laborista sufrió una derrota casi total, perdiendo el 65% de los escaños que había obtenido bajo el liderazgo de Starmer en 2021, en un resultado ya de por sí devastador.

Es importante señalar que estos resultados, tanto del Partido Laborista como de los conservadores, fueron mucho peores que los obtenidos en las elecciones locales de 2013, en pleno apogeo del UKIP, el anterior punto más bajo para el Partido Laborista y los conservadores en las elecciones locales. Una vez más, se podría pensar: «Oh, ya he visto esto antes. Pasará».

No lo ha visto antes, y no pasará.

La BBC y Sky hicieron proyecciones psefológicas sobre cómo se reflejarían las elecciones locales en las generales. Se trata de cálculos complicados basados en el movimiento de los votantes y con una compensación calculada para el tipo de escaños que se disputan. No es una simple proyección de tipos irrelevantes de zonas conservadoras a toda la nación. La proyección de la BBC para el reparto de votos en las elecciones generales era: Reforma, 30 %; Laboristas, 20 %; Liberal Demócratas, 17 %; Conservadores, 15 %; Verdes, 11 %; y Otros, 7 %. La proyección de Sky era: Reforma, 32 %; Laboristas, 19 %; Conservadores, 18 %; Liberal Demócratas, 16 %; Verdes, 7 %.

Ni la BBC ni Sky proyectaron estos resultados para los escaños de las elecciones generales, pero no hay duda de que tanto los laboristas como los conservadores se dirigen hacia el abismo, el punto de inflexión en el que el sistema de mayoría simple castiga enormemente a quienes cuentan con un apoyo sustancial pero no ganan circunscripciones (la posición de los liberales demócratas y, en cierta medida, la de los verdes durante décadas). Cuál de los partidos Reformista, Laborista, Conservador, Liberal Demócrata y Verde se impondrá en Inglaterra es una pregunta realmente abierta. Antes de pasar a las cuestiones institucionales y políticas, diré que mi opinión personal es que la tendencia del sistema mayoritario uninominal a favorecer los sistemas bipartidistas en todas partes bien podría llevar a que Reform y los liberales demócratas fueran esos dos partidos, lo cual es tan probable como cualquier otra combinación.

Desde el punto de vista institucional, el Partido Laborista parece muy fuerte, ya que está arraigado en el movimiento sindical que lo creó y que todavía lo financia. Incluso con el giro hacia la derecha de Starmer, el Partido Laborista mantiene algunas políticas progresistas relacionadas específicamente con los derechos de los trabajadores, como reflejan el aumento del salario mínimo y del salario digno y la Ley de Derechos Laborales. Se trata de un tributo ineludible a los financiadores sindicales, lo cual es positivo. Las políticas económicas de derecha de Starmer se centran más bien en atacar a los beneficiarios de las prestaciones sociales (algunos de los cuales, por supuesto, tienen trabajo).

Pero el respaldo institucional no garantiza por sí solo la primacía continuada. El Partido Liberal contaba con el respaldo activo de gran parte de los magnates terratenientes e industriales británicos. No se hundió por falta de financiación institucional y poderío. Basta con señalar que los conservadores corren más peligro que los laboristas, ya que sus finanzas dependen de las contribuciones de personas y empresas ricas, que son puntuales y no institucionales, y susceptibles de pasarse sin fricciones a Reform.

Entonces, ¿cuál es la política real de todo esto? Bueno, los votantes de Reform están motivados principalmente por su aversión a la inmigración. Si bien existen argumentos económicos respetables sobre la conveniencia de la inmigración, la simple verdad es que la mayoría de los votantes de Reform están motivados por el racismo y el rechazo a los extranjeros. Sé que hay comentaristas aquí a los que les gusta negarlo, pero, francamente, no vivo bajo una roca, he luchado en elecciones, viví en Thanet, que entonces era un bastión del UKIP, y no tengo una visión romántica de la clase trabajadora, y no me cabe duda de que Reform canaliza principalmente el racismo.

Pero lo interesante es que eso no significa que los votantes de Reform sean «de derechas» en el sentido económico. Las encuestas de opinión han revelado que la mayoría de los votantes de Reform están a favor de la renacionalización de los servicios públicos, por ejemplo, y Farage ha apelado a esto abogando por la nacionalización de la industria del agua y respaldando la nacionalización de la industria siderúrgica. Los votantes de Reform también están a favor del control de los alquileres, la protección del empleo y la legislación sobre el salario mínimo. En el eje izquierda/derecha de la política económica, los votantes de Reform se sitúan muy a la izquierda de la dirección de su partido, que casi con toda seguridad no cree realmente en ninguna de esas cosas, aunque a veces pueda fingirlo.

George Galloway, del Partido de los Trabajadores, ha intentado ofrecer una mezcla de conservadurismo social en las guerras culturales, incluyendo mensajes antiinmigración, combinado con una política económica de izquierdas, lo que podría definir una especie de populismo de izquierdas, pero fracasó estrepitosamente en Runcorn. Es justo que deje clara mi posición, habiéndome presentado por el Partido de los Trabajadores en las elecciones generales con el tema de detener el genocidio. No apoyo la agenda de guerras culturales del Partido de los Trabajadores y no me identifico con el mensaje «Duros con la inmigración, duros con las causas de la inmigración» que el partido utilizó en Runcorn, ni siquiera con la segunda parte del mensaje, que hace hincapié en el fin de la desestabilización imperialista de los países vulnerables. Sigue siendo demasiado ambiguo para mi gusto.

Sigo creyendo que Starmer siempre ha sido un agente del Estado profundo y que está llevando deliberadamente al Partido Laborista a su propia destrucción. Entre las pruebas más contundentes de ello, en mi opinión, está el hecho de que toda la documentación sobre su participación en el caso Assange, el caso Savile, el caso Janner y otros casos de pedofilia de alto nivel mientras era director del Ministerio Público fue supuestamente destruida por el Estado mientras los conservadores estaban en el poder y Starmer en la oposición. El Estado profundo lo protegía y le preparaba el camino hacia el poder.

También es interesante que la única vez que los principales medios de comunicación se volvieron realmente contra Boris Johnson durante su mandato fue cuando atacaron a Johnson por referirse a la implicación de Starmer en el caso Savile, lo que provocó una avalancha de abusos mediáticos contra Johnson en defensa de Starmer, a pesar de que era una de las raras ocasiones en las que Johnson decía la verdad.

Pero incluso si no aceptas mi teoría de que Starmer puede estar destruyendo el Partido Laborista a propósito, tal vez aceptes que Starmer preferiría ver destruido al Partido Laborista antes que verlo en el poder como un partido de izquierda. La agenda thatcherista de austeridad, recortes de prestaciones y ataques a los desempleados y discapacitados, monetarismo, militarismo y patrioterismo, con políticas antiinmigrantes aliadas al sionismo incondicional, es quizás un fiel reflejo de las creencias fundamentales de Starmer; dado que estas se alinean precisamente con la agenda del Estado profundo, la cuestión de si Starmer es un verdadero creyente o un títere del Estado profundo es irrelevante.

Con el Partido Laborista haciendo hincapié en «detener los barcos» y las deportaciones, simplemente no hay ningún partido de izquierda entre el complejo panorama de cinco partidos que está surgiendo en la política inglesa. También cabe señalar que, bajo el liderazgo de John Swinney, el SNP está firmemente controlado por su propia derecha neoliberal en Escocia.

Es tentador creer que debe surgir un partido de izquierda para llenar el vacío en la oferta electoral, pero eso no es automático. Es posible que simplemente nos encontremos en una situación en la que no existe ninguna opción de izquierda de peso. Jeremy Corbyn, a quien respeto, nunca ha demostrado el dinamismo y la dureza necesarios para llevar a un nuevo partido al éxito. Además, sigue rodeado del grupo de «sionistas moderados» que le convencieron, como líder laborista, de que lo mejor que podía hacer era pedir perdón continuamente por un antisemitismo inexistente y acelerar la expulsión de los izquierdistas del partido.

Aunque una época de grandes cambios políticos es una época de grandes posibilidades, mi opinión personal es que lo que va a surgir en Inglaterra va a ser un período oscuro, en el que se acentuará aún más el extraordinario autoritarismo del Gobierno británico, como ya se ha visto en la Ley de Orden Público, la Ley de Seguridad en Internet y el acoso policial a los disidentes.

En Escocia, cada vez tengo más confianza en las perspectivas de independencia para escapar de esto. Los escoceses no quieren un gobierno de derecha, y Reform solo dividirá a parte del voto unionista, sin suponer una amenaza real para el voto independentista. A medida que se hace evidente que el gobierno de Westminster va a ser un gobierno autoritario de derecha en el futuro previsible, los escoceses desearán cada vez más abandonar rápidamente la Unión. Farage es un arquetipo inglés que resulta profundamente repulsivo para los escoceses y, a diferencia de Sturgeon, Swinney no tiene el carisma necesario para alejar al movimiento independentista de su objetivo.

Mi propio enfoque en el próximo año se centrará en gran medida en avanzar hacia la independencia de Escocia. Espero ser adoptado por el Partido Alba como candidato para las elecciones al Parlamento escocés de 2026.

Nos encontramos al comienzo del mayor cambio en el sistema político del Reino Unido en más de un siglo. Prepárense para desempeñar su papel; la inacción no es una opción sensata en estos tiempos peligrosos. (...)"         (Craig Murray , blog, 05/05/25, traducción DEEPL)