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19.10.21

Las redes comunitarias, la alternativa 'invisible' que ha ayudado a los más vulnerables durante la pandemia

 "Marimar Amoedo trabajaba como dinamizadora vecinal cuando comenzó la pandemia de la covid-19.  Dos días antes de que se declarara el estado de alarma, escribió a un compañero para proponerle formar un grupo de apoyo mutuo y solidaridad en el barrio de Vallecas. "Creamos un grupo de WhatsApp. En 15 minutos estaba lleno. Al día siguiente había cinco grupos distintos. 

El día 23 de marzo ya había más de 700 personas dispuestas a ayudar a sus vecinos en los que necesitasen", explica la portavoz de Somos Tribu Vallekas, una plataforma vecinal que ya ha ayudado a más de 5.000 personas, derivado a los Servicios Sociales a otras 4.000 y ha recibido el Premio de Ciudadano Europeo 2020 del Parlamento Europeo.

Somos Tribu Vallekas es una de las muchas redes vecinales que se han creado durante este año y medio para apoyar a las personas más vulnerables frente a la covid-19. Son espacios que se crearon porque las Administraciones iban tarde o no llegaban a estos colectivos, aunque en muchos casos, distintos niveles de gobierno empezaron a coordinarse con ellas y a tejer una red de ayuda. 

En el caso de Vallecas se colaboró con la Junta de Distrito —no con el Ayuntamiento de Madrid— y con los servicios sociales. Cuando ellos derivaban personas vulnerables les comunicaban las personas que ya habían recibido una atención para evitar "duplicidades".

 Estas redes funcionaron muy bien durante los primeros meses de la pandemia porque fueron los recursos más rápidos y efectivos. "A nosotros nos llamaba una persona porque necesitaba algo de la farmacia y a los cinco minutos había alguien recogiendo lo que fuera. Con el tiempo los vecinos empezaron a pedirnos comida y comenzamos a hacer compras. Había tanta necesidad y solidaridad que acabamos haciendo una campaña de donación económica y conseguimos cinco despensas solidarias.

 Nos coordinábamos con los centros de salud y con los hospitales de la zona. Si hacía falta acompañábamos a personas que ingresaron por la covid-19 y habían recibido el alta en pleno estado de alarma", relata Amoedo durante las jornadas En-red-ando: gobernanza local participativa, lo que hemos aprendido en pandemia y queremos conservar de la Escola de Salut Pública de Menorca. (...)

 Las redes comunitarias destacan por muchos aspectos pero sobre todo es que llegan a colectivos donde los políticos por sí solo no pueden o no quieren llegar. Son espacios muy próximos a la ciudadanía y desde aquí se identifican tanto las necesidades como los recursos disponibles de la zona. Por ejemplo, la técnica Virginia Muela cuenta que ante la desescalada se creó La Rioja Próxima para impulsar la salud, la economía y la participación comunitaria en el ámbito rural a través de los Comités de Desarrollo y Cuidados Rurales, que están formados por la Administración, el tejido vecinal y médicos de cada zona.

"Teníamos que abordar de forma colectiva cómo conjugar la salud comunitaria y la economía con la participación de toda la sociedad riojana", expuso durante su intervención en el encuentro. Ahora hay ya 12 comités, uno para cada zona básica de salud y sirven para conocer "en tiempo real" los recursos y las necesidades. "Desde el principio se han hecho campañas agrícolas, apoyos a mayores o trabajadores temporales agrícolas, acompañamiento a los municipios en la apertura del ocio para mantener la vida activa en los pueblos", añade.

 Hay mil ejemplos más. La farmacia Plaza de Lavapiés detectó que la comunidad bangladeshí y senegalesa que no hablaba castellano no tenía acceso a la información sobre las medidas contra al covid-19 y editaron vídeos traducidos para difundir entre las comunidades. La Junta de Andalucía lanzó una iniciativa que impulsaron varios municipios para que las mujeres víctimas de violencia machista pudieran pedir ayuda en una farmacia solicitando ahí la "Mascarilla 19".

 En el municipio madrileño de Soto del Real un equipo de voluntarios realizó llamadas durante el confinamiento a las personas vulnerables detectadas y según sus necesidades las derivaron a los recursos que correspondía. Otros Ayuntamientos impulsaron huertos urbanos u organizaron actividades para la soledad no deseada, como explica Rosana Peiró, representante de la Oficina Valenciana d'Acció Comunitària per a la Salut. O políticas comunitarias que aún están en marcha como jornadas de vacunación comunitaria con intervenciones específicas en zonas básicas de salud en las que hay problemas para llegar, según expone Maribel Pasarín, del Observatorio de Salud Pública, que se está realizando en Barcelona.

Pero este trabajo no sale de la nada. Kata Núñez, de la Escola de Salut Pública de Menorca, destacó que donde había antes de la covid-19 una red comunitaria todo el trabajo fue más rápido y efectivo. "En barrios muy similares los resultados fueron muy distintos y como aprendizaje nos llevamos que hay que seguir en esta línea", argumentó. 

De todo esto, además, las responsables del encuentro han coincidido en la importancia de impulsar esto para mejorar la salud poblacional. "Hay que impulsar la gobernanza local y participativa. La pandemia ha conseguido poner de manifiesto que este trabajo en red mejora la cohesión social y la resiliencia y hay que fomentarlo", concluyo Pilar Campos, jefa del Área de Promoción de la salud del Ministerio de Sanidad. Con esta reflexión terminaron unas jornadas que buscaban visibilizar y poner en valor el trabajo de las redes comunitarias que sirven para luchar contra las desigualdades y, sobre todo en tiempos de crisis, salvan a las personas del hambre, de la soledad o de la desesperanza."           (Beatriz Asuar, Público, 25/09/21)

3.8.21

La Comunidad de Madrid excluye de las ayudas de comedor a las familias con Ingreso Mínimo Vital...

 "El PSOE madrileño ha denunciado que la Comunidad de Madrid “excluye” de las ayudas de comedor en periodo estival a las familias que perciben el Ingreso Mínimo Vital (IMV). El portavoz adjunto en la Asamblea, Juan Lobato, y la diputada socialista Lorena Morales han afirmado que hay “hasta un total de 8.300 familias en la Comunidad que han sido expulsadas del Renta Mínima de Inserción (RMI) hacia el IMV y que no podrán beneficiarse de la ayudas este verano”.

Los socialistas madrileños achacan esta decisión a «una decisión unilateral» del Gobierno regional, al que exigen que incluya en las ayudas de comedor de verano a los niños de familias que perciben el IMV. (...)

Por su parte, Lobato ha criticado esta decisión y ha recordado que el Alto Comisionado contra la Pobreza Infantil “acaba de situar a Madrid como ejemplo de desigualdad en la infancia”, algo «inaudito» si tenemos en cuenta que ocurre “en una de las regiones más ricas de nuestro país”.

«Este verano la Comunidad de Madrid ha dejado fuera de las becas de comedor para cubrir esas necesidades básicas de los niños de nuestra comunidad a muchísimas familias que tienen ingresos insuficientes para cubrir estas necesidades», ha asegurado el diputado autonómico, que sostiene que, en consecuencia, son los Ayuntamientos quienes están respondiendo a una competencia de la Comunidad «que esta no está ejerciendo». (...)"              (Contrainformación, 29/07/21)

El hambre no descansa en agosto, la tarjeta Familias de Madrid sí... Pilar, de 55 años y vecina de Fuencarral, tiene de único ingreso 300 euros por limpiar varios portales... le han denegado tanto el Ingreso Mínimo Vital (IMV) del Estado como la Renta Mínima de Inserción (RMI) de la Comunidad de Madrid. “Me da vergüenza decírtelo, pero desde diciembre pido en la puerta de la iglesia del barrio, y gracias a lo que saco allí he pagado algunos recibos”

 "Los servicios sociales de los distritos municipales de Madrid se han colapsado. La justificación del gasto de las 7.075 tarjetas Familias que se han dado desde septiembre hasta hoy, el fin del convenio con la Caixa a fecha 31 de julio, la falta estructural de personal que sigue sin ser cubierta, y la reducción previsible de recursos humanos por vacaciones han hecho que varios distritos hayan decidido no tramitar más, según ha podido saber EL PAÍS.  (...)

A Pilar, de 55 años y vecina de Fuencarral, se la concedieron en marzo y abril, por valor de 270 euros cada mes. “La primera me la pagaron el 29 de marzo y solo tuve dos días para comprar, porque su valor caduca, y hasta mayo no me la recargaron”, explica. Cuando Pilar preguntó por la ampliación a su trabajadora social, le dijeron en la Junta Municipal de Fuencarral que “no se estaba renovando a nadie”.

Sus únicos ingresos son 300 euros por limpiar varios portales. Debe siete meses de alquiler y varios recibos. A pesar de cumplir criterios de vulnerabilidad le han denegado tanto el Ingreso Mínimo Vital (IMV) del Estado como la Renta Mínima de Inserción (RMI) de la Comunidad de Madrid.

 “Me da vergüenza decírtelo, pero desde diciembre pido en la puerta de la iglesia del barrio, y gracias a lo que saco allí he pagado algunos recibos”, cuenta. No sabe cómo afrontar el mes de agosto. Cáritas y Cruz Roja le dan a veces comida seca, pero “al arroz hay que echarle algo más que agua, y los humanos no vivimos de leche y galletas”.

 El convenio con La Caixa acaba en julio

Como la de Pilar, muchas otras familias necesitadas en el municipio dejarán de ser ayudadas durante el mes de agosto, como mínimo: el bloqueo se extenderá más allá en función de la agilidad que tengan los departamentos para empezar de cero la tramitación, para usuarios nuevos y para quienes la soliciten otra vez, ya que estos deberán repetir la solicitud, tras finalizar la fecha de validez de las tarjetas emitidas bajo el convenio con La Caixa que acaba en julio, y que se prorroga pero precisa de nuevas tarjetas. (...)

Villa de Vallecas es uno de ellos, donde vive Ana, de 43 años, junto con su marido y su hija con discapacidad cerebral. Al igual que a Pilar, le han confirmado que en agosto no habrá ayudas de la Junta. Tampoco de las despensas vecinales (ella recibe una vez al mes alimentos de La Tribu, pero también cierran este mes). “Mi trabajadora social me ha dicho que se va de vacaciones y que vuelve el 13 de septiembre, que para entonces intentará ayudarme”, explica. A pesar de ser vallecana, ha sacado cita presencial en el distrito de Tetuán para volver a pedirla de nuevo la semana que viene. “En mi junta no había cita disponible hasta finales de agosto”, asegura.

 La tarjeta Familias se puede pedir de forma telemática en la web municipal, algo que mucha gente no sabe, pero Ana no se apaña con internet y no se la quiere jugar. Tampoco consiguió el IMV: sus rentas del año pasado superaron el umbral requerido por 10 euros, nada que ver con la situación económica actual, en la que únicamente entran al mes 387 euros en su casa, de la ayuda de dependencia de su hija de 17 años. (...)

Precisamente, esta semana se ha conocido que Madrid es la ciudad donde hay más menores en situación de pobreza: cerca de 230.000, el 9% del total nacional. Niñas y niños, y sus familias, que necesitan la ayuda de las instituciones para comer, también en agosto."               (Merche Negro, El País, 30/07/21)

29.6.21

Francia atraviesa una crisis... la de la pobreza los trabajadores precarios... de los jóvenes, dependientes de la solidaridad a menudo esquiva de sus familias... y la ayuda alimentaria ha sido fundamental para la supervivencia de muchos hogares...

 "(...) En enero, el primer ministro francés Jean Castex encargó un informe sobre los efectos de la pandemia de Covid-19 en la pobreza. El informe fue elaborado por el Consejo Nacional de Políticas Antipobreza y Exclusión (CNLE), organismo que agrupa a organizaciones sin fines de lucro, sindicatos, investigadores y personas en situación de pobreza. (...)

El hallazgo clave del informe es que la pandemia ha sido tanto un "revelador" como un acelerador de las desigualdades en Francia. El informe proporciona muchas ideas sobre la situación en el país y contiene algunas lecciones más generales que tienen relevancia para el resto de Europa y más allá.  (...)

El sistema de bienestar francés ha sido eficaz para absorber el costo económico de la pandemia. (...)

Relativamente pocas personas han caído en la pobreza debido a las sustanciales reservas que existen para los empleados estables. Las personas que ya están en el mercado laboral se han beneficiado de uno de los sistemas de protección social más fuertes del mundo, siendo pagados por el estado a una tasa del 86% de su salario anterior cuando sus empresas cerraron debido a la pandemia. En cambio, la pandemia ha sido un gran "revelador" de la dualización del mercado laboral que existe en Francia. 

Los trabajadores a tiempo parcial y los empleados eventuales, principalmente en la región de París, han enfrentado la mayor pérdida de ingresos o de sus puestos de trabajo. Los que se encuentran por debajo del umbral de la pobreza se han enfrentado a una doble sanción. No solo no han podido encontrar empleo, sino que también han perdido el acceso a los recursos de las actividades informales que normalmente les ayudan a mantenerse a flote.

 Así se ha mostrado la lógica bismarckiana del estado de bienestar: fuerte protección para los empleados estables, pero débil protección para los trabajadores precarios, así como para los pequeños empresarios que han soportado el mayor costo económico.  (...)

Para otros ciudadanos, especialmente los más jóvenes, se ha contado una historia mucho más oscura. Muchos jóvenes en Francia no son elegibles para el beneficio de RSA, una situación que contrasta con la mayoría de los sistemas de bienestar europeos donde se brinda apoyo a partir de los 18 años. Sin acceso a la red de seguridad, los jóvenes tuvieron que recurrir a hacer cola para obtener ayuda alimentaria en los peores días del otoño de 2020, así como durante la primavera anterior.

 La pobreza permanente de los jóvenes ha sido particularmente visible durante toda la pandemia. Han aparecido las lagunas del sistema de bienestar y la dependencia de los jóvenes de la solidaridad a menudo esquiva de sus familias y sólo se les han proporcionado respuestas mínimas. 

 Los solicitantes de asilo se han visto en una situación desesperada y muchas personas han tenido que pedir ayuda debido a la falta de recursos. Las organizaciones sin fines de lucro han estado, como en otros lugares, a la vanguardia de la respuesta. Los límites de este tipo de apoyo son obvios y han dado lugar a un debate político sobre la posibilidad de extender la red de seguridad a los adultos jóvenes, una solución rechazada por la mayoría hasta ahora.

 La crisis ha tenido finalmente tres efectos claros. Primero, ha impedido que las personas salgan de la pobreza. En segundo lugar, ha arrojado a la pobreza a personas que estaban cerca del umbral. Y finalmente, ha empujado a un gran número de personas a pedir el apoyo de organizaciones sin ánimo de lucro que luchan contra la pobreza. 

Con los bloqueos, las personas pobres se han enfrentado a dificultades para acceder a los servicios sociales y a la atención médica. Se han movilizado los lazos familiares y el parentesco para hacer frente a tiempos difíciles y se han desplegado nuevas formas de solidaridad.

 Sin embargo, esta solidaridad sigue siendo frágil. Un problema relacionado es que las medidas de encierro atraparon a las personas en viviendas pequeñas e inadecuadas, creando tensiones y conduciendo a la violencia, especialmente durante el encierro en otoño de 2020. (...)"           

(Nicolas Duvoux is a Professor of Sociology at the University of Paris 8 Vincennes-Saint-Denis, EUROPP, 16/06/21)

17.5.21

Cali, un epicentro de la cacería desatada por el gobierno colombiano, es también el lugar donde se juega la reconfiguración de las economías de la cocaína, con sectores institucionales y élites involucradas. Desatar esta violencia en medio de este reacomodo del narcotráfico no puede ser pasado por alto

 "Desde el 28 de abril, la gente en Colombia –y los y las colombianas fuera del país– está en las calles, tumbando estatuas, bailando, haciendo música, gritando, pintando, detonando una de las mayores movilizaciones sociales en la historia, también una de las más cruentas. 

Desde el primer día hasta el pasado viernes, se contabilizaban mil 773 casos de violencia policial, 37 víctimas de asesinato y 936 detenciones arbitrarias. Según las Organizaciones Defensoras de Derechos Humanos se han reportado desde ese día 379 personas de las que no hay rastro. (...)

En Colombia, durante ocho días habían sido asesinadas 37. Es una cacería. Pero los pueblos avanzan, y esto desborda la inconformidad por una reforma fiscal; muchos colombianos ya no son inmunes a la realidad.

Entre las cosas por hacer en Medellín que venden los tours no está, por supuesto, visitar La Escombrera. Medellín ha tenido un crecimiento inmobiliario sostenido, una ciudad colgada azarosamente entre las montañas; La Escombrera es donde se han lanzado los restos de los escombros de este “desarrollo”, tetas y edificios, dicen los turistas. Pero también La Escombrera podría ser la fosa común más grande del país. No se sabe aún cuántas personas fueron y siguen siendo sembradas en esta montaña de escombros. El escenario más crudo fue cuando durante la Operación Orión, una cacería urbana paramilitar en apoyo del ejército sobre la Comuna 13, enterró la población ahí. Esta metáfora, que nos planta frente a los ojos Pablo Montoya en su libro La Sombra de Orión, es la contradicción de una nación en guerra de los que se enriquecen en ella y los jodidos.

 Por una parte, nos robaron la posibilidad de un futuro sin armas. Nos dijeron que se iban las FARC y el país mejoraba y no, se han encargado de romper uno a uno los compromisos, y nos empujan a una espiral de violencia y de degradación humana a la que las élites vándalas han estado acostumbradas a lo largo de la historia de la nación. Quieren volver a asperjar con glifosato, quieren volver a criminalizar a los campesinos y los pueblos étnicos, quieren impedir la justicia transicional. Hace un par de semanas asesinaron a una gobernadora indígena y la lista de dirigentes regionales y nacionales, y ex combatientes asesinados crece diariamente. “El silencio de los fusiles” temporal nos permitió escuchar el país muerto, sus víctimas, que como dice Pablo Montoya, es “este enjambre descomunal y aturde cuando se oye”.

De otra, el bolsillo no aguanta. Antes de la pandemia, el gobierno hizo una reforma fiscal que benefició al gran capital y descapitalizó el Estado. Entramos a la crisis del coronavirus y la manera de corregir el hueco fiscal provocado por el gobierno de Iván Duque fue redactar una reforma que desconoce que se vive en un país donde 90 por ciento de la población gana menos de mil 100 dólares. Hace un par de semanas, el Departamento Nacional de Estadísticas informó que el último año aumentó el número de personas en pobreza en 3 millones y ahora hay 46 por ciento de pobres, casi la mitad. Los edificios llenos de trapos rojos de gente pidiendo comida en los barrios populares de toda la nación son la voz del hambre. La imposibilidad de controlar la pandemia, que en este momento está en su tercer pico, con un país que ha estado encerrado sin alternativas económicas, pero aun así contagiándose, detonaron en legítima rabia.

 La historia nos enseña que en los periodos más agudos del conflicto armado en el país (2002-2010) se llevó a cabo el boom del sistema financiero; el crecimiento del Grupo Aval no se da por fuera de este contexto de guerra. No se está marchando por un mal gobierno, la nación se levanta porque ya no es inmune a la realidad de que la guerra para muchos era un velo; ha habido gente que se ha beneficiado en medio de la guerra, y quieren, ahora en medio de la pandemia, seguir haciéndolo. A esto hay que sumarle que Cali, un epicentro de la cacería desatada por el gobierno colombiano, es también el lugar donde se está jugando la reconfiguración de las economías de la cocaína, en la cual hay sectores institucionales y élites involucradas. Desatar esta violencia en medio de este reacomodo del narcotráfico no puede ser pasado por alto."              

Vandalizaron la economía, la paz, el futuro, la salud, la vida. ¿Quiénes son los vándalos? No los vemos. Vemos una camioneta blanca que le dispara a un punto de misión médica organizada por ciudadanos para atender las emergencias del Paro en Cali. Le dispara a los y las doctoras y enfermeras que voluntariamente están atendiendo ahí. Vemos que desde una moto disparan a quemarropa una ráfaga a tres marchantes en el Viaducto de Cali. Vemos un helicóptero aterrizando en un colegio en Bogotá, vemos a la policía disparándole sin control a las personas que persigue en sus motos. Vemos las nuevas tanquetas del Esmad lanzando ráfagas de aturdidoras. Es un escenario de guerra.

Vemos también a las Altas Cortes violando la independencia constitucional y escribiendo comunicados conjuntos con el gobierno de Iván Duque creyendo que un papel va a detener este hilo que se hizo quebrada ahora es un río.

Vemos fotos. La imagen es en blanco y negro, la de un hombre encapuchado vestido de militar señalando una casa. Es una foto de 2002 de Jesús Abad Colorado, durante la Operación Orión, en el barrio San Javier, en Medellín. Va señalando a quién asesinar, capturar, desaparecer. Vemos tuits. Vemos a un ex presidente dando vía libre a la policía para el uso de armas de fuego porque, según él, están en su derecho. También vemos tuits del mismo ex presidente diciendo que la bandera del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) es la de un grupo guerrillero. Lo vemos gritando en CNN que los muertos de las marchas no son de las marchas.

Y por supuesto, no son de las marchas, son de la esperanza de rescribir nuestro mito. Ahora o nunca."              

 (Estefanía Ciro , Doctora en sociología, investigadora del Centro de Pensamiento de la Amazonia Colombiana, La Jornada, 11/05/21)

25.1.21

El hambre, la herencia de Trump en el país líder del primer mundo: Biden amplía el programa de cupones de comida para 30 millones de estadounidenses que sufren por no tener suficiente para comer... “No podemos y no vamos a permitir que la gente pase hambre”

 "La tarjeta electrónica EBT es en los Estados Unidos del coronavirus el equivalente a los antiguos cupones de alimentos, o a la aún más vetusta cartilla de racionamiento. Dinero de plástico para comprar comida en la mayoría de los supermercados del país; el subsidio de beneficencia actualizado por la pandemia. 

Acuciado por un horizonte de empobrecimiento de la población cuando el virus, lejos de remitir, sigue matando, el presidente Joe Biden ha firmado este viernes dos nuevas órdenes ejecutivas, la primera de ellas para aumentar la ayuda alimentaria a millones de estadounidenses, muchos de los cuales engrosan las colas ante los bancos de alimentos. (...)

“No podemos y no vamos a permitir que la gente pase hambre”, ha dicho Biden al anunciar las nuevas medidas. “Es una obligación moral y un imperativo económico, [porque] los beneficios van a superar con creces el coste”.

La crisis económica se está agudizando, avisó Biden, porque además “no podemos hacer nada para cambiar el curso de la pandemia en los próximos meses”. “Tenemos herramientas para ayudar a la gente, así que usémoslas. Debemos actuar decisiva y audazmente, como si estuviéramos en una emergencia nacional; y hacerlo unidos, como estadounidenses, no como demócratas o republicanos”, subrayó el presidente en una breve alocución antes de firmar los decretos. (...)

A la espera de que el Congreso vote el ambicioso plan de ayudas de emergencia por 1,9 billones de dólares que presentó el jueves pasado, Biden sabe que no hay tiempo que perder y, en su segundo día completo en la Casa Blanca, ha vuelto a dejar patente la prioridad de su mandato, ese apoyo explícito a las comunidades más afectadas, a las familias y las pequeñas empresas amenazadas de cierre. Ampliar la moratoria contra los desahucios y la del pago de la deuda de los estudiantes universitarios -una carga insoportable, como el demócrata denunció repetidamente en campaña- son otras medidas, que al formularse vía orden ejecutiva evitan la demora de una tramitación parlamentaria. (...)

“Casi 30 millones de estadounidenses sufren por no tener suficiente para comer”, dijo Brian Deese, director del Consejo Económico Nacional de la Casa Blanca, en una reunión con periodistas previa al anuncio de las medidas. “Esto incluye a uno de cada cinco adultos negros y latinos, según el cómputo más reciente”. Uno de cada siete hogares pasa dificultades para comer adecuadamente. En un país donde las escuelas hoy cerradas proporcionaban comidas diarias a los estudiantes de familias desfavorecidas, se estima que alrededor de 12 millones de niños tampoco comen lo suficiente, de ahí la insistencia del presidente en reabrir los colegios cuanto antes, en sus primeros 100 días de mandato, una vez garantizadas las salvaguardas sanitarias decididas por su Administración.

Biden también quiere aumentar en un 15% la cantidad de dinero que el Gobierno deposita en las tarjetas EBT (siglas de Electronic Benefit Transfer) “para reflejar correctamente el coste de las comidas perdidas” por el cierre de las escuelas, subrayó Deese. Actualmente se ingresan hasta 5,7 dólares al día por niño en edad escolar. De la miseria pandémica no se libran los barrios acomodados, a la vista de la multitud de establecimientos en zonas acomodadas de Nueva York que aceptan, con carteles bien visibles, el pago mediante la EBT. Biden también solicitará al Departamento de Agricultura que amplíe su programa de alimentos para personas y familias de bajos ingresos y sin ingresos, conocido como SNAP en sus siglas inglesas, y uno de los pagaderos con la tarjeta EBT.

Con todo, se trata de una ayuda insuficiente, subrayó el jefe del Consejo Económico Nacional, un puesto que en su día ocupó Janet Yellen, la designada secretaria del Tesoro, que este viernes logró la aprobación unánime del comité de Finanzas del Senado como aval previo a la votación del pleno. “Estas son acciones concretas y ayudarán a las familias que necesitan asistencia ahora mismo. Pero no son suficientes para solucionar la crisis alimentaria que afrontamos”, admitió Deese. “De ahí la necesidad de un plan de rescate para la economía”, cuyas negociaciones comenzarán pronto en el Congreso.

La nueva Administración quiere también cerciorarse de que las ayudas directas aprobadas por el Congreso en diciembre, un modesto paquete de 900.000 millones de dólares, lleguen verdaderamente a las familias menesterosas, pues según el Consejo Económico Nacional, se han registrado problemas “para recibir la primera ronda de pagos directos, hasta ocho millones de hogares beneficiarios no recibieron los pagos”. Las irregularidades no resultarían de extrañar, si se tiene en cuenta que el equipo de Biden ha constatado a su llegada a la Casa Blanca la ausencia de un plan integral, sistemático, de vacunación.

Si 30 millones de estadounidenses pasan dificultades para comer, cerca de 18 millones viven de las prestaciones por desempleo, cuya tasa se situaba en diciembre en el 6,7%, casi el doble que un año antes (3,5%). Este subsidio se ha prorrogado hasta finales de septiembre, así como la posibilidad de tomarse una baja remunerada por enfermedad en caso de covid-19. Los trabajadores más precarios, los más expuestos al contagio -con sobrerrepresentación de afroamericanos y latinos-, evitaban en muchos casos realizarse la prueba del coronavirus para poder seguir trabajando. “Los trabajadores no deberían verse obligados a elegir entre el empleo y la salud”, ha dicho Biden en la Casa Blanca(...)"                   (María Antonia Sánchez-Vallejo , El País, 22/01/21)

26.11.20

Los barrios se llenan de carteles de 'se alquila habitación': "La gente necesita el dinero". En Idealista hay ahora mismo 13.500 habitaciones disponibles, el grueso en los barrios de Centro, Chamberí y los más humildes Latina y Tetuán. En Puente de Vallecas están a 300 si es para una sola persona y a 350 si son dos

 "Los paquetes de garbanzos se amontonan en el 'colmado popular' de Tetuán, en Madrid. Como en otras 'colas del hambre', cada tarde desde que empezó la pandemia acuden a este local —un antiguo estanco— entre diez y quince personas para llevarse comida. La mayoría son madres migrantes que trabajaban limpiando casas y perdieron su empleo en los últimos meses. Están permitidos diez paquetes por cabeza: suele hacer falta azúcar, aceite de oliva, compresas y otros productos de higiene personal.

"Cada vez menos gente se lleva garbanzos", comenta Antonio Ortiz, dueño del local y responsable de esta Casa Vecinal. "No es que estén hartas de comerlos, es que no tienen donde cocinarlos. Viven en habitaciones y no siempre tienen acceso a cocina. O no tienen cazuelas". Este martes entre las cinco y las seis pasaron cuatro mujeres, todas con hijos (algunos en su país de origen), y solo una no compartía. El resto vivían en pisos con seis, siete y hasta nueve personas más, por no menos de 250 euros mensuales la habitación.

"Vine de Santo Domingo con 1.500 euros y no he encontrado trabajo aún", cuenta Guillermina, una de las mujeres que entra. "Antes compartía habitación con otra chica. Se fue y me mudé a otra más chiquita". En su casa son siete: ella y dos parejas con niño, cada una en una habitación. A otra la echaron del piso en el que estaba de interna, así que buscó un cuarto individual. De momento lo paga gracias a la ayuda de amigos. "Un poquito de aquí, otro de allá", dice. 

 Los perfiles de pobreza que deja la pandemia en España son diversos y aún están poco estudiados. Quienes mejor los conocen son las organizaciones sociales, las que sostienen con comida, ropa y juguetes a muchos de los que estaban al filo y se han quedado sin ingresos. Una de las cosas que ven es el aumento de adultos que viven en una habitación, ya sea solos, con pareja o en familia. 

 Eso por un lado. Por otro, la pandemia ha disparado la oferta de habitaciones en toda España. Especialmente en Madrid, donde se ha triplicado respecto a marzo. Es la capital de provincia en la que más aumenta, seguida de Murcia, Ceuta, Sevilla y Barcelona. En Idealista hay ahora mismo 13.500 habitaciones disponibles, el grueso en los barrios de Centro, Chamberí y los más humildes Latina y Tetuán.

Este es un fenómeno con varias caras. Por un lado están todas las habitaciones que han quedado libres en los pisos de alquiler turístico; por otro, las de los estudiantes extranjeros que han dejado de venir. Luego están los hostales y hoteles que que se han pasado al alquiler para sobrevivir, que en más de un caso se anuncian en portales inmobiliarios. Y está la calle. Las farolas y paredes de las avenidas que cortan barrios populares —como Bravo Murillo, en Tetuán, o Avenida de la Albufera, en Puente de Vallecas— se han llenado de papelitos ofreciendo habitación, muchas veces ajenos a lo que se cuece en internet.

"Lo vemos a pie de calle", dice Jorge Nacarino, presidente de la Asociación Vecinal Puente de Vallecas. "Es posible que haya gente que alquile como vía alternativa, para no dejar la vivienda porque no aguanta y necesita que alguien le ayude a pagar el alquiler". Ortiz hizo la misma observación. "Se ve mucho cartel. Antes eran de pisos, ahora de habitación".

¿Quién alquila habitaciones con anuncios en la calle? ¿Y a qué precio? En Puente de Vallecas están a unos 300 si es para una sola persona y a 350 si son dos. Los que ofertan son en su mayoría familias sudamericanas, en pisos que tienen alquilados y en los que viven con sus hijos pequeños. "Aquí hay dos habitaciones con parejas y otra con un hombre solo. Todos trabajan: se van por la mañana, vuelven por la noche y apenas usan la cocina", dice la oferente de una habitación en Carabanchel. Antes la usaba su niña pequeña, pero ahora necesita el dinero.

Cobrando 300 euros por una habitación libre se hacen más llevaderos los casi mil de alquiler que paga María (nombre ficticio) en el barrio vallecano de Doña Carlota. Se terminó su contrato en el piso anterior y pasó los meses de verano en una habitación con su hija de 26 años y su marido. Cuando aquello era insoportable, y antes de perder el trabajo, encontraron un piso de tres habitaciones. Alquilan una. Entre la fianza, el mes de agencia, el mes en curso y que ella está en paro, no han tenido más remedio.

Algo parecido le sucede a Anna (nombre ficticio) a pocas calles, en plena Avenida. Dispone de dos habitaciones muy pequeñas, una a 200 euros y otra a 350, en un piso interior que comparte con otras dos mujeres y en el que el salón funciona como habitación. La pequeña es la del servicio, solo cabe la cama; la 'grande' tiene litera, así que caben hasta tres personas. El baño, la estancia más luminosa de la casa, cuenta con un par de silloncitos "para descansar". "Antes sí tenía salón, pero es muy caro y por eso lo alquilo", dice. "¿Y para que lo quiero? ¿Para beber vodka?"

Siendo la última semana de mes está la cosa que arde en Madrid. Todo el mundo busca habitación para entrar el 1 de diciembre. Desde la Asociación de Vecinos del Manzanares alertan de otro perfil: el nómada habitacional. "Hay un montón de familias así. Hasta tres y cuatro por habitación. Y van cambiando, porque no pueden pagarlas", explica Diana, una de las responsables. Conoce los dos tipos de casos: el que necesita el dinero y el que necesita habitación. Los segundos son más dolorosos.

"Hay una madre con un niño de 8 y una niña de 13 en una. También un chico con un niño pequeño en la habitación de un sótano, que estoy por traérmelos a mi casa yo", cuenta. "En general, vemos mucha 'nueva calle' (gente que se ha quedado sin casa) y mucha gente que alquila pensión. Ahí solo tienen microondas, así que se llevan latas de conservas, botes de judías y embutido". En la Parroquia San Ramón Nonato de Puente de Vallecas reparten comida caliente a 500 personas al día, las que están en peor situación: en la calle o sin dinero para pagar la luz. 290 familias con algo más de holgura recogen su cesta tres veces al mes.

Quienes recurren a una habitación y las entidades recalcan que, pese a todo, no son baratas. Algunos de los consultados ofrecían pequeños descuentos (de 300 a 280 euros) por 'cómo está la situación'. Los casos de desahucio, por ejemplo, no terminan así. "Son muy caras", indica Fernando Bardera, del sindicato de inquilinas. "Sabemos que aumenta la oferta pero no vemos que bajen los precios. Los desahucios en los que hay unidad familiar terminan acoplados en casas de familiares o amigos, porque en habitaciones no caben. Y cuando no está esa alternativa, solo les queda la ocupación".        (Analía Plaza, eldiario.es, 24/11/20)

23.10.20

La edad media de quienes piden ayuda por primera vez baja 30 años. De 71 a 41... y entre el 25% de menor edad, la media baja de 40 a 27 años...

 "Las peores expectativas se cumplen en la segunda ola de la pandemia. Además del golpe sanitario y económico, Madrid soporta el golpe social. El Ayuntamiento tiene un nuevo reto: la media de edad de las personas que solicitan por vez primera ayudas sociales ha bajado 30 años, de 71 a 41. Y, entre el 25% de menor edad, la media baja de 40 a 27 años. La tarjeta de familias para dignificar las ayudas fue enunciada con mucha pompa hace dos meses. Se gestionan ya más de 1.300, pero su instauración choca con la burocracia. Decenas de miles de madrileños acuden mientras tanto a las colas del hambre.

El pasado junio, el Ayuntamiento de Madrid anunció que la pandemia estaba cambiando el perfil de las personas más vulnerables. Cuatro meses después, la capital sigue sumida en la espiral de las consecuencias del virus y nada hace prever ninguna mejora a corto plazo. Los que llaman ante los Servicios Sociales por vez primera, esos a los que se les han cerrado el resto de puertas, son cada vez más jóvenes. Y, además, nunca se habían enfrentado al peso del estigma que supone pedir ayuda.

Si antes del mes de marzo de este año los que acudían a pedir ayuda a esos servicios por vez primera tenían una media de 71 años, ahora esa edad se ha hundido hasta los 41. Y si antes, entre el 25% más joven de los solicitantes, la edad media era de 40, ahora es de 27. Son datos ofrecidos en la comisión de Servicios Sociales de ayer por el director general de Innovación y Estrategia, Héctor Cebolla. Aumenta además “de forma significativa” la demanda de ayuda desde hogares con menores a cargo. (...)

El Ejecutivo municipal presentó como medida estrella a finales de agosto la conocida como tarjeta de familias, con un presupuesto de 27 millones de euros. Lo hizo por todo lo alto con el alcalde y la vicealcaldesa fotografiándose con la visa prepago de La Caixa que pronto iban a recibir los vecinos. Pero dos meses después sigue sin estar en manos de sus destinatarios.

Con esa tarjeta aquellos que la obtengan, que recibirán entre 125 y 630 euros mensuales, pueden comprar en los comercios alimentos y productos de primera necesidad. La justificación de los gastos se hace a posteriori. La oposición se ha mostrado crítica porque el disfrute de la tarjeta es incompatible con otras ayudas de manutención o cestas de comida, el ingreso mínimo vital o la renta mínima de inserción. Es decir, no podrán acceder a ella las familias que superen entre todos sus miembros los 950 euros.

Problemas burocráticos

Detrás de los fuegos de artificio y la expectación que generó una presentación tan mediática, la realidad choca también con la burocracia. Es más, para que esa tarjeta de familias eche raíces y no se esfume el 31 de marzo, como está previsto en estos momentos, es necesario modificar la actual ordenanza que rige las prestaciones económicas municipales. (...)"           (Luis de Vega, El País, 21/10/20)

14.9.20

The New York Times Magazine: Estados Unidos, al borde del hambre... casi uno de cada ocho hogares no tiene suficiente para comer

 "Una sombra de hambre se cierne sobre Estados Unidos. En la economía de la pandemia, casi uno de cada ocho hogares no tiene suficiente para comer. El bloqueo, con sus épicas líneas en los bancos de alimentos, ha revelado lo que estaba oculto a plena vista: que la lucha para hacer que los alimentos duren lo suficiente y para obtener alimentos que sean saludables, lo que los expertos llaman 'inseguridad alimentaria', es persistente para millones de estadounidenses.

 A partir de mayo, Brenda Ann Kenneally partió por todo el país, desde Nueva York hasta California, para capturar las rutinas de los estadounidenses que luchan por alimentar a sus familias, reuniendo varias formas de asistencia alimentaria, apoyo comunitario e ingenio para lograrlo desde un mes. a la siguiente.

La inseguridad alimentaria tiene que ver tanto con la amenaza de la privación como con la privación misma: una vida con inseguridad alimentaria significa vivir con miedo al hambre y el costo psicológico que esto conlleva. Como sucede con muchas dificultades, esta carga recae de manera desproporcionada sobre las familias negras e hispanas, que tienen casi el doble de probabilidades de experimentar inseguridad alimentaria que las familias blancas.

 Como muchos que viven al borde del hambre, los miembros de la familia Stocklas ampliada, a quienes Kenneally ha fotografiado durante años, ganan y pierden cupones de alimentos según la situación laboral fluctuante en una economía inestable. A menudo tienen problemas para estirar sus fondos hasta el final del mes, por lo que juntan recursos para ofrecer cenas al estilo familiar para todos.

 Apenas unos días antes de la llegada de Kenneally, el gobernador cerró las escuelas en todo el estado, creando una nueva fuente de estrés para las familias con inseguridad alimentaria, que a menudo dependen de almuerzos escolares gratuitos para alimentar a sus hijos en edad escolar. Esto hizo que las grandes comidas colectivas de la familia fueran aún más cruciales. "Incluso si es solo $ 10 cuando no tenemos cupones de alimentos", dice Kandice Zakrzewski, "todos colaboramos".

 A fines del año pasado, Doris Hall, de 63 años, se mudó de regreso a Gary, su ciudad natal, para cuidar de sus bisnietos, "para que no tengan que estar en la guardería", dice. Los fines de semana, recibe hasta nueve de los niños, ocasionalmente 14, para que sus padres puedan trabajar.

 Para el almuerzo, son "cosas para microondas", como perritos, perritos calientes y nuggets de pollo que Hall recoge en el banco de alimentos cercano. Las cenas varían: espaguetis, pollo, sopas, tacos. Cuando tiene un raro momento para comer sola, se prepara su comida favorita: verduras y tacos.

 Frente a la privación, las familias que padecen inseguridad alimentaria a menudo aprovechan cualquier oportunidad para obtener y almacenar alimentos cuando están disponibles.

 Kenneally llegó a Illinois a principios de junio, poco después de que las solicitudes de desempleo a nivel nacional presentadas durante la pandemia superaran los 40 millones.

 En Cicero, al oeste de Chicago, Jennifer Villa, de 29 años, vivía en un apartamento con una cocina que necesitaba reparaciones de plomería. Ella y su familia ya estaban luchando (una discapacidad le dificultaba trabajar) y la pandemia había significado menos alimentos frescos e incluso más colas en la despensa.

 Siempre que llegaban las entregas de comida, los niños de Villa celebraban. "Oh, mami, vamos a comer esta noche", le decían. "No nos vamos a dormir sin comida en el estómago".

 En junio, los trastornos sociales que siguieron al asesinato de George Floyd crearon aún más inestabilidad para algunas familias. Kenneally visitó Manausha Russ, de 28 años, unos días después de que las protestas llevaron al cierre de un Family Dollar cercano, donde Russ solía comprar productos básicos como leche, cereales y pañales. “Las tiendas de mi casa fueron saqueadas”, dice.

 Russ vive con sus cuatro hijas en el lado oeste de St. Louis. Ella recibe alrededor de $ 635 por mes en cupones de alimentos, pero con las niñas en casa todo el día y su pareja, Lamarr, allí también, no siempre es suficiente. "Algunos días siento que tengo mucho", dice, "y algunos días siento que no tengo suficiente".

 En muchos lugares, Kenneally descubrió que las familias que padecían inseguridad alimentaria se ayudaban unas a otras a pesar de sus propias dificultades. Aquí, en un complejo de condominios en el lado este de la ciudad, un vecino recogió almuerzos escolares gratuitos y los distribuyó a los niños en el edificio, incluidas las hermanas Boughton: Brooklyn, 4, en el extremo derecho, Chynna, 9 y Katie, 8 , visto aquí con el niño pequeño de un vecino que desde entonces se ha mudado.

 La mayoría de las familias fotografiadas por Kenneally habían luchado por alimentarse adecuadamente durante años. Pero también conoció a familias que habían sufrido inseguridad alimentaria a causa de la pandemia.

 El programa de cupones para alimentos del gobierno federal se ha ampliado drásticamente para hacer frente a la devastación económica de la pandemia. Pero incluso eso no ha sido suficiente, ya que las filas de los necesitados crecen.

 En largas conversaciones en todo el país este agosto, en las mesas de la cocina, en las salas de estar y sentados en autos en filas de comida que se mueven lentamente con niños revoltosos en la parte de atrás, los estadounidenses reflexionaron sobre su nueva realidad. La vergüenza y el desconcierto. La pérdida de elección en algo tan básico como qué comer. La preocupación sobre cómo asegurarse de que sus hijos tengan una dieta saludable. El miedo a que sus vidas nunca vuelvan a encarrilarse. (...)

A fines de junio, Kenneally había llegado a Mississippi, donde el costo económico de Covid-19 estaba cayendo con fuerza en algunas de las áreas más crónicamente empobrecidas de Estados Unidos, donde los residentes han vivido bajo la sombra del hambre durante años. La pandemia redujo la tasa de participación laboral del estado a solo el 53 por ciento, la más baja del país.

 Incluso antes de la pandemia, más de la mitad de las personas mayores de Mississippi, el 56 por ciento, experimentaron escasez regular de alimentos. Uno de cada 4 habitantes de Mississippi ahora está experimentando inseguridad alimentaria, según la organización sin fines de lucro Feeding America.

 La ciudad de Jackson (población 164.000) a menudo se clasifica como un "desierto de alimentos" por su alta tasa de inseguridad alimentaria y la escasez de tiendas bien abastecidas. Deidre Lyons vive allí con sus tres hijos, su hermana, su sobrina y su padre. Lyons, de 28 años, recibe $ 524 al mes en cupones de alimentos, pero sin acceso a un automóvil, no puede llegar fácilmente a una tienda de comestibles para usarlos.

 “A mis hijos les encanta comer”, dice Lyons, cuyo primo ocasionalmente la lleva a la tienda de comestibles cuando no está cuidando a sus propios hijos. “Mis hijos comen todo lo que cocinamos porque no son quisquillosos con la comida. Espero que se queden así ".

 Las causas de la inseguridad alimentaria crónica son muchas: desempleo; salarios bajos; vivienda inasequible o inestable; aumento de los costos médicos; transporte poco fiable.

 Tratar el hambre como una emergencia temporal, en lugar de un síntoma de problemas sistémicos, siempre ha informado la respuesta estadounidense a ella y, como resultado, los programas gubernamentales se han diseñado para aliviar cada pico, en lugar de abordar los factores que los producen.

 Se supone que los bancos de alimentos llenarán los vacíos, pero más de 37 millones de estadounidenses padecen inseguridad alimentaria, según el U.S.D.A. "Lo llamamos un sistema de alimentos de emergencia, pero es una emergencia de 50 años", dice Noreen Springstead, directora ejecutiva de WhyHunger, que apoya a las organizaciones de alimentos de base.

A principios de julio, la pandemia estaba llegando a su punto máximo en Texas justo cuando llegó Kenneally.

 Kelly Rivera, una madre soltera con tres hijos que gana $ 688 cada dos semanas como asistente de maestra, va al banco de alimentos los miércoles para complementar lo que puede comprar con cupones de alimentos. "Hay momentos en que te dan lo que necesitas y hay momentos en que no te dan lo que necesitas", dice. "No puedes ser quisquilloso".

 La familia tuvo que esperar durante horas en Catholic Charities con un calor de 100 grados. Pero Rivera tiene un mensaje para sus vecinos en apuros que están demasiado orgullosos para visitar los bancos de alimentos: “No se avergüencen. Para eso está la comunidad, para ayudar ”.

 A unas 800 millas al oeste en Nuevo México, cerca de la ciudad de Hatch, los trabajadores cosechan cebollas a $ 15 la caja, lo que se traduce en menos del salario mínimo para muchos trabajadores. No hay despensas de alimentos cerca, por lo que los trabajadores se ven obligados a comer de manera extremadamente simple con sus ganancias, haciendo casi todo lo que comen desde cero.

 Juan Pablo Reyes está usando el dinero que ganó recolectando cebollas para ayudar a pagar la universidad. “Las personas que trabajan en la parte inferior de la cadena alimentaria, cultivando todos estos diferentes cultivos, son básicamente los constructores de nuestro país”, dice.

 Dejando Nuevo México, Kenneally se dirigió hacia el oeste a través de Arizona. Terminó su viaje en el sur de California a fines de julio. La historia no fue diferente a lo que había sido en todo el país, excepto que los incendios forestales también estaban comenzando a devastar el estado, otra crisis en un año lleno de ellos.

 Alexis Frost Cazimero, de 40 años, planificadora de eventos y estilista que ha estado sin trabajo desde el comienzo de la pandemia, ahora pasa sus días conduciendo por el condado con tres de sus hijos: Mason, 6 (no se muestra en la foto); Carson, 5; y Coco, 1 - recolectando comida para su familia y para vecinos y amigos que no pueden salir de sus hogares o son reacios a buscar ayuda.

 Cazimero dice que está agradecida de haber podido ayudar a otros. "Ser esa persona en la comunidad que comparte y aporta recursos a las personas que no pueden conseguirlos aporta un propósito a mi familia".

 Las fotografías de Kenneally revelan la fragilidad de la vida estadounidense, expuesta y exacerbada por la pandemia. Nos muestran cuán cerca del límite viven tantas familias, cuán vulnerables e inseguros son sus arreglos, y también cuán resistentes pueden ser cuando se enfrentan a una crisis.

 Pero nada destaca de estas imágenes más vívidamente que los niños: comiendo lo que puedan, cuando y donde puedan, logrando de alguna manera mantener, en medio de este tiempo históricamente desesperado, algo de inocencia y algo de esperanza.

 Son las mayores víctimas de la crisis de inseguridad alimentaria. Las investigaciones han demostrado vínculos a largo plazo entre la inseguridad alimentaria y una amplia variedad de problemas de salud en los niños: riesgos elevados de asma y otras enfermedades crónicas, retrasos en el logro educativo. Y según un investigador de Brookings Institution, el número de niños estadounidenses que necesitan asistencia alimentaria inmediata es de aproximadamente 14 millones.

 Para la mayoría de estos niños, la pandemia no provocó la inestabilidad que asola sus vidas; cuando termine, enfrentarán una crisis no menos aguda, que ha persistido en este país durante generaciones.

 En la nación más rica del mundo, viven al borde del hambre."

(Brenda Ann Kenneally, Adrian Nicole LeBlanc, Tim Arango, Additional Reporting by Maddy Crowell, Lovia Gyarkye, Concepción de León, Jaime Lowe, Jake Nevins, Kevin Pang and Malia Wollan.  The New York Times Magazine, 02/09/20)

6.7.20

La red de trabajadoras sexuales argentinas que armamos nos está salvando durante el COVID-19. Estamos todo el tiempo buscando comida y donaciones, recibiendo las viandas que se entregan en las escuelas. El sostenimiento diario hoy es muy difícil...

"Me llamo Graciela, tengo 54 años, y vivo en la ciudad de Paraná en Argentina. He sido trabajadora sexual de toda la vida. Empecé cuando tenía 23 años para ayudar a mi familia en una crisis económica. 

Pude ayudar a mi familia, y también pude pagar a una niñera, ser mi propia jefa y elegir mis horarios de trabajo. Ahí decidí que quería trabajar de esto.
Trabajé toda mi vida como trabajadora sexual, pero a pesar de eso no puedo tener una jubilación ni obra social. Eso no es justo.

Hoy más que nunca, en medio de la pandemia, se siente mucho más la precariedad y la vulnerabilidad en la que tenemos que vivir y lo difícil que se hace poder continuar.
Desde mediados del mes de marzo, todo el país está en aislamiento obligatorio por la pandemia del COVID-19. Esto ha transformado mi vida completamente. No puedo salir a trabajar.

En mi casa estamos con mis 4 hijos y 2 nietos. Tenemos muchas necesidades y parece que nuestras vidas no importan. Todos tenemos trabajos precarizados y ‘en negro’, y ahora no tenemos recursos para vivir.

Con mi trabajo como trabajadora sexual sostenemos más de la mitad de los gastos familiares. Hoy no tenemos ni lo básico, no nos alcanza ni para comprar comida.
Nunca trabajé en lugares cerrados. Siempre preferí trabajar en la calle, más que nada porque en la calle estás en comunidad, y tenemos códigos de respeto mutuo.

Con los clientes se perdió totalmente el contacto. Algunas trabajadoras sexuales empezaron a hacer el trabajo virtual, pero yo no tengo internet en el celular. Con algunos hablamos por teléfono pero no tengo medios para recibir un pago por estos servicios. En mi caso es imposible tener sexo virtual o poder cobrar por algún servicio.

Perdí mi fuente de ingresos y la de mi familia. Lo que más me da miedo es la incertidumbre, ¿cuánto tiempo se va a extender? Hoy no hoy noticias de que se vaya a levantar el aislamiento obligatorio. Además estamos viendo que la policía está cada vez más represiva con nuestro sector, y que no hay compromiso desde el Estado con nuestras vidas.  (...)

El trabajo sexual existe desde siempre pero no tiene derechos ni está reconocido. El Estado dio ayudas de emergencia a los trabajadores informales y a los independientes, pero las trabajadoras sexuales no recibimos nada de eso.
Hoy no podemos acceder a las ayudas de emergencia por la crisis porque no existimos para el Estado.

Todo el riesgo corre por nuestra cuenta, no podemos tener beneficios sociales, ni jubilación, ni obra social. No podemos inscribirnos en el Ministerio de Trabajo, no podemos hacer aportes como monotributistas porque nuestra profesión no existe.
El NO reconocimiento de nuestro trabajo, nos pone en un lugar de trabajadoras precarizadas. Hoy vemos lo importante que es la salud. Nosotras no tenemos opción: tenemos que ir al hospital público que no tiene recursos, tenemos que aguantar también los prejuicios y el maltrato de profesionales de la salud cuando se enteran de nuestro trabajo. Es peor para las compañeras de mi edad.
Hoy en día nos estamos sosteniéndonos con ollas populares. Estamos todo el tiempo buscando comida y donaciones, recibiendo las viandas que se entregan en las escuelas. El sostenimiento diario hoy es muy difícil.

Lo que nos salva son las redes de apoyo y contención.

Hace dos años nos empezamos a organizar en la Red Nacional de Trabajadoras Sexuales con las compañeras trabajadoras sexuales de AMMAR Córdoba junto con compañeras de Rosario, Chaco y Neuquén.

Durante esta pandemia, usamos la tecnología para conectarnos con compañeras de otras partes de Argentina, y de Brasil y Chile.

Esto es un desafía muy grande. Pero son las redes las que nos salvan en la cuarentena. Se hicieron campañas de alimentos y donaciones económicas, AMMAR Córdoba armó la campaña “Lxs trabajadorxs sexuales también importamos”

Lo recaudado se reparte en las sedes para que acá compremos bolsones de alimentos y artículos de limpieza para repartir con las demás trabajadoras sexuales. También se hicieron depósito de dinero para más de 300 familias de trabajadoras sexuales y ayudamos a quince organizaciones de base.

Nosotras ya sabemos que tenemos que hacer estrategias desde las bases. Tenemos que reclamar nuestros derechos laborales y demandar un real acceso a la justicia.
En la organización aprendí que lo que hago no es ilegal, no está prohibido. Aprendí de derechos y leyes para evitar los atropellos policiales que sufrimos. Aprendí a defenderme y poder escapar de la explotación sexual de otros.

Más que nada, aprendí que somos parte de la sociedad."               (Open Democracy, 29/06/20)

2.7.20

Las vecinas del barrio de San Fermín se organizaron por Whatsapp y lograron poner en marcha una despensa que provee a decenas de personas. El barrio ha tenido una capacidad de reacción brutal... pero "No podemos pagar ni crisis ni la alimentación de todas estas familias otras personas trabajadoras"... temen que la “nueva normalidad” en su barrio se traduzca en hambre y una mayor brecha educativa

"El pasado 11 de marzo, se cerraron todos los colegios de Madrid. La medida se tomaba para proteger la vida ante el avance de la covid-19, que iniciaba su escalada en la curva de contagios y muertos. 

Pero la decisión sumió a padres y madres en el caos. Sus trabajos continuaban (a veces en casa), las abuelas se habían convertido en “población de riesgo” y los comedores escolares dejaron de servir a muchos niños la comida más completa de su día. Donde la pandemia puso caos, los vecinos del barrio de San Fermín, en distrito madrileño de Usera, reconstruyeron orden.

Activaron las redes vecinales y han creado en tiempo récord una despensa donde, además de comida, reparten pañales, leche infantil o compresas. Eso sí, demandan ya a la administración que ataje las necesidades mientras ellos siguen construyendo apoyo mutuo en los barrios: "No podemos pagar ni crisis ni la alimentación de todas estas familias otras personas trabajadoras que estamos en un nivel coyunturalmente mejor”, explica Ángel, uno de los voluntarios.

A las 20 de la tarde va cayendo el sol en el distrito de Usera. Mientras algunas vecinas pasean por los soportales de la calle Adora, en el número 1, unas diez personas intercambian opinión, apuntan ideas en un papel y distribuyen tareas. Se están preparando para la “nueva normalidad”, que en el caso de su barrio temen que se traduzca en hambre y una mayor brecha educativa

Cuando llegó el coronavirus, las redes de Usera se activaron en todos los barrios. La rueda empezó a girar empujada por la Asociación Vecinal Barrio de San Fermín, el AMPA del Colegio Público República de Brasil, el grupo de "San Fermín se queda en casa" y otros muchos voluntarios. También ha contribuido el huerto urbano del barrio ayudando a abastecer de alimentos y los comercios locales.

En realidad, el cierre de los colegios funcionó como un dominó. Las vecinas empezaron a plantearse qué podrían hacer padres y madres con trabajo, sin cole y sin abuelas. Ahí afloraron una serie de demandas que no siempre pudieron satisfacerse. Organizar los cuidados fue “imposible”, pero pronto salieron nuevas necesidades: “Nos encontramos con cifras muy elevadas. Se quedaron unos 250 niños y niñas sin menú escolar. No hablamos solo de los que cobran la Renta Mínima de Inserción (RMI), sino también aquellos que estaban becados" explica Mónica, una de las voluntarias. Lo primero fue cubrir los alimentos de los niños, pero el proyecto se fue ampliando hasta consolidar la despensa. 

Con la movilidad restringida bajo amenaza de multa y las estrictas medidas sanitarias que exigía la emergencia, los inconvenientes que se han encontrado han sido muchos: cómo coordinar a los voluntarios sin juntarse en un espacio, cómo conseguir recursos, cómo trasladarse de una zona a otra o gestionar las ayudas sin salir de casa durante el estado de alarma, etc. Aún así, estas vecinas de Usera han ido más rápido que la administración. “Todo ha sido virtual y por Whatsapp

Hay un chat donde se empezaron a mezclar iniciativas del distrito de Usera. Nos dimos cuenta de que había que trabajar en lo local porque incluso para desplazarte al barrio de al lado había dificultades”, recuerda Amaya, el AMPA del Colegio Público República de Brasil. La primera letra de su historia de apoyo mutuo empezó con un Whatsapp a una compañera de Almendrales.  

Ahora en la despensa de San Fermín se amontonan lentejas, garbanzos, maíz o arroz. También hay productos de bebé porque son conscientes de que hay muchas familias que se han quedado por el camino. Cuando comenzaron a organizar necesidades y recursos llamaron también a los colegios concertados de la zona y a las escuelas: “Hemos recibido tanto por donaciones privadas de gente del barrio como de personas con otra posición económica mejor que se lo han pasado pipa comprando pañales”, asegura Amaya. Han recibido desde donaciones de cinco euros hasta lotes de productos de comercios del barrio. 

Sin embargo, Amaya recuerda que estas situaciones de crisis en realidad "ponen en evidencia las brechas sociales que ya existían". Como ejemplo, la educación. Muchas familias del barrio no tiene un ordenador para seguir las clases, ni sus padres y madres tienen tiempo o conocimientos para explicarles las materias: "No puede ser que la proyección de los chicos sea diferente dependiendo del cole del que salen".

 Una de las claves de esta red es que desde la primera semana del estado de alarma se han ido tejiendo complicidades entre diferentes grupos del distrito para ordenar las necesidades y la recepción y distribución de productos: “Lo que ha demostrado esta situación es que el barrio ha tenido una capacidad de reacción brutal”, apunta Mónica. 

Las vecinas comenzaron cosiendo equipos de protección para el personal del Hospital 12 de Octubre y ahora ellos les hacen donaciones. También desde la despensa han hecho envíos a residencias y ahora buscan potenciar el huerto urbano, que se ha mostrado muy útil para proveer alimentos: “Cuanto más rico y nutrido de labor esté ese huerto hay mucha más gente que puede aprender métodos de subsistencia”, explica Ángel.  (...)"               (Sara Montero, El Salto, 28/06/20)

19.6.20

No cabe duda. Un Estado que no es capaz de alimentar adecuadamente a todos sus ciudadanos y de proveerles de un techo, es un país de mierda... solución: comedores sociales donde todo el vecindario pueda acudir, no sólo ni mucho menos indigentes o necesitados, sino trabajadores, estudiantes y jubilados. Cada cual pagaría acorde a sus posibilidades, nada quien nada tiene, el coste del servicio quien se lo pueda permitir... no es una utopía, así funciona el comedor de un centro de día que hace ya años que funciona en mi antiguo barrio, en Madriz. Aunque en principio está pensado para los jubilados, pueden acudir quien quiera y, de hecho, son mayoría los trabajadores jóvenes que comparten espacio con naturalidad con los ancianos

"(...) Largas colas en los bancos de alimentos, parroquias y locales de Caritas, todos ellos sobrepasados por la resaca de miseria que deja el paso de la pandemia. Enhorabuena a los decrecentistas, ahí tenéis las consecuencias del deseado decrecimiento. Empezamos por una caída del 9,6% del PIB. Y el temor de que esto sea sólo el principio, según se agoten las prestaciones por desempleo y los ERTEs se vayan convirtiendo en EREs de extinción.

No cabe duda. Un Estado que no es capaz de alimentar adecuadamente a todos sus ciudadanos y de proveerles de un techo, es un país de mierda. Por muchas competiciones deportivas que gane, artilugios militares despliegue en sus fiestas nacionales y obras fabulosas edifique.

 Lo de la corrupción generalizada, el autoritarismo indisimulado y la incompetencia rampante son sólo indicios. La prueba definitiva de que España es un Estado y sociedad de mierda es que aún entrado en el s.XXI toleramos que alguien sólo coma una vez al día o que tenga que buscar cobijo en un cajero o bajo un viaducto.

Desde el gobierno se propone, y de nuevo debo aquí dar gracias al coletas, una renta mínima. Bien está, pero sin menoscabo de que todo el mundo tenga una cierta disposición de efectivo para poder tener una mínima capacidad de consumo discrecional, el problema alimentario se podría y debería resolver de una forma más eficiente: con comedores populares. 

Pero lejos de ser lugares reservados para los más desprovistos de nuestra sociedad, lo que yo propongo es algo muy diferente: comedores sociales donde todo el vecindario pueda acudir, no sólo ni mucho menos indigentes o necesitados, sino trabajadores, estudiantes y jubilados. Cada cual pagaría acorde a sus posibilidades, nada quien nada tiene, el coste del servicio quien se lo pueda permitir. 

Hablaba el otro día del frenillo que los progres, diciéndose muy izquierdosos, tienen en el cerebro. Son incapaces, fisiológicamente incapaces de imaginar que el Estado puede desarrollar muchos cometidos más allá de la provisión de sanidad y educación. Normalmente viene al caso de la creación de empresas industriales de capital público (la cabra tira al monte), pero hay muchas otras necesidades que podrías ser satisfechas con ventaja por servicios públicos. 

Se ofrecería un menú con dos o tres opciones en cada plato, dietética y culinariamente de calidad. Ni mucho menos la sopa del pobre o el caldo negro de los espartiatas, aunque sí recogiendo el espíritu de camaradería e igualitarismo (dentro del cuerpo ciudadano) de éstos. Antes de que nadie camine por el techo echando espumarajos verdes por la boca mientras aúlla “bolcheviqueeees”, hay que recordar que sería sólo una opción que el Estado ofrecería a la ciudadanía. Obviamente, quien quisiera podría comer en su propia casa o acudir a la restauración privada. Es un servicio público, no una obligación.

¿Ventajas? Unas cuantas, dos de las cuales ya las he mencionado: cortar de raíz el problema silencioso e infamante de la malnutrición en la sociedad española, de esos miles de personas que alternan macarrones con arroz, y sólo se pueden permitir proteína animal algún día de la semana. Y, de paso, estimular la vida comunitaria haciendo de la mesa punto de encuentro entre vecinos.

Pero la principal es la eficiencia: en coste, tiempo y energía. Sí, energía, el consumo de energía primaria asociado a la cocina representa sobre un 3% (hablo de memoria) en sociedades desarrolladas. Y se consume mucha menos energía en una cocina profesional para quinientos comensales que quinientas cazuelitas cada uno preparando su comida. 

Aún más importante es el tiempo: ofreciendo a trabajadores y estudiantes una opción de restauración de calidad a buen precio, se eliminan desplazamientos (de nuevo energía) y la necesidad de la interrupción de dos horas para volver a casa, preparar la comida, deglutirla y volver a salir pitando al tajo. Es una distribución racional del trabajo: profesionales de la restauración preparan y sirven una comida más sana y sabrosa, liberando tiempo para que profesionales de otros ámbitos puedan dedicar más tiempo a su especialidad, y no a jugar a las cocinitas.

 Y cuanto antes acaben su cometido, antes pueden iniciar su tiempo dedicado al ocio (la soirée, concepto que, como el honor, no existe en España). Sólo por no fregar los platos o el fastidio de hacer la compra, muchos jubilados con todo el tiempo del mundo escogerían este servicio.

Contad las horas consumidas en ambas opciones: tres profesionales cocinan para 500 personas en jornada completa, y otros siete sirven y recogen. 80 horas de trabajo cada día. La otra opción, 500 personas se preparan el desayuno, comida y cena, desde hacer la compra a fregar los platos y lavar las servilletas. Sí, no hay que echar muchas cuentas.
Y sin duda, esta prestación es para la sociedad también económicamente más eficiente. En el caso de aquellos que recibirían este servicio sin coste, con un coste menor aseguras una buena alimentación.

  ¿Qué estimáis que es más conveniente para la persona necesitada, ponerle en la mano unos billetes a principios de mes y allá te las apañes (que te provea el mercado), u ofrecerle la oportunidad de comer (y desayunar y cenar) sin coste ni molestia alguna en cualquiera de esos comedores? Por supuestísimo, lo mismo reza para la vivienda, pero no quiero alargar en demasía este artículo, pero es de todo punto evidente que es preferible proveer a una persona de comida y alojamiento, y como digo algo de efectivo, a darle 461€ que no llegan ni para alquilar la caseta del perro en una gran ciudad, y luego a comer macarrones todos los días.

Efectivamente, el Estado cubre mejor las necesidades dando parte de esa prestación en especie. De hecho, las prestaciones monetarias suelen acabar en manos de los caseros vía inflación en los alquileres más bajos. Y si subes cien euros la prestación, cien euros más que ganará el casero.
 
Pero insisto, los que no puedan pagar el plato sólo serían una pequeña parte de los comensales potenciales en esos comedores. A la mayoría de las personas, que sí pagarían por el ágape, simplemente les resultaría rentable en tiempo, esfuerzo y dinero acudir al comedor social y comer a mesa puesta. Y es que se nos olvida la inmensa capacidad que puede tener un Estado bien organizado (es decir, tras arrojar al Leteo a los burócratas que lo parasitan). Puede ir a un agricultor y decirle, a cuánto vendes el kilo de patatas, a 15¢? Te pago 17¢ y me llenas ese camión. 

Pero si tú quieres hacer patatas fritas, tienes que pagarlas a 1€ de precio finalista. Por eso, el Estado es capaz de ponerte un menú en mantel de tela, por menos de lo que tú te gastarías en comprar los ingredientes. Se llaman economías de escala, y aunque siempre se citan para la empresa privada, son igualmente válidas para empresas y servicios públicos.

Y una sociedad que cubre sus necesidades de modo más eficiente, es una sociedad más competitiva y, por lo tanto, más próspera. 

Bueno, ¿qué os parece la propuesta? ¿Una utopía, un ensueño irrealizable? ¿Qué respuesta podríamos esperar de la derecha, pero también del grueso de la progresía, miserables pequeñoburgueses que consideran el multiculturalismo como un plato típico en un restaurante étnico en algún barrio chuli de la gran ciudad? Pues la cuestión es que todo esto que os estoy contando no es fruto de mi imaginación, os estaba describiendo el comedor de un centro de día que hace ya años que funciona en mi antiguo barrio, en Madriz. Aunque en principio está pensado para los jubilados, pueden acudir quien quiera y, de hecho, son mayoría los trabajadores jóvenes que comparten espacio con naturalidad con los ancianos. En el barrio lo llaman “los viejitos”, realmente ni he reparado en su nombre oficial. 

  Las escasas ocasiones que bajo a esa mole de fealdad, olores agresivos y materia inerte que es la capital del reino, lo que menos me apetece es ponerme a hacer la compra después del viaje y meterme entre cucharones. Así que me voy a los viejitos y cómo (el diacrítico se lo añado yo, por mi cuenta y riesgo) como Satanás manda, primer plato, segundo plato y postre; buenos alimentos, mejor preparados que podría hacerlo yo y sin perder el tiempo recogiendo y fregando. 

Llego, me sirven, pago menos de lo que, como dije, me costaría a mí preparar todo aquello y ahorro lo menos hora y media para dedicarlas a las gestiones que me han traído a tan ingrato lugar, para resolverlas cuanto antes y escapar escopeteado en procura de aire limpio y un entorno que no oprima el corazón. (...)"            (La mirada del mendigo, 30/05/20)