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16.7.26

Marco Rubio gestiona a Venezuela desde Washington... El secretario de Estado de EE. UU. controla de facto las finanzas de Venezuela, la distribución de sus recursos naturales y su gobierno... Rubio se ha convertido en el virrey de facto de Venezuela... El Tesoro de Estados Unidos recibe los ingresos de la mayor parte de las exportaciones de Venezuela y luego los distribuye gradualmente al país a través de bancos privados. Rubio y su equipo establecen las condiciones sobre en qué se puede gastar ese dinero y quién puede hacerlo... Delcy Rodríguez depende de ese dinero para pagar a los trabajadores y sostener la moneda nacional... Además, Rubio supervisa la aplicación de las sanciones de Estados Unidos a Venezuela, decidiendo quién puede hacer negocios en el país y cómo. Por su parte, Rodríguez le consulta sobre los nombramientos gubernamentales importantes, como el del ministro de Defensa... Este acuerdo es muy inusual y se está desarrollando 80 años después de que Estados Unidos renunciara a su última gran colonia formal, Filipinas... Hablando en español, Rubio le dijo a Delcy Rodríguez que tenía dos opciones: colaborar con Estados Unidos o presenciar un ataque a mayor escala contra la infraestructura, las bases militares y los altos cargos de Venezuela. Tras algunas negociaciones, Rodríguez aceptó. Pero Trump ha dejado claro que quiere volver a una era de expansionismo estadounidense, y ha llegado a plantearse tomar el control de Groenlandia, Canadá y el canal de Panamá. En Venezuela es donde ha tenido más éxito. Ha insinuado varias veces que Venezuela podría convertirse en el estado número 51... Delcy Rodríguez podría estar intentando agotar el tiempo de la presidencia de Trump (Tyler Pager, The New York Times)

"El presidente Donald Trump estaba sentado en el Despacho Oval a principios de este año con su secretario de Estado, Marco Rubio, cuando se le ocurrió una idea.

Quizá debería enviar a Rubio de forma permanente a Caracas, la capital venezolana, donde los comandos estadounidenses habían llevado a cabo el logro más destacado de la política exterior del segundo mandato de Trump: la captura de Nicolás Maduro, el presidente del país.

Rubio podría ser el próximo líder de Venezuela, sugirió Trump. Y aunque los asesores del presidente dicen que estaba bromeando —y que a menudo se burla de Rubio con lo de un destino en el extranjero—, la realidad es que Rubio no necesita mudarse a Caracas.

Ya gobierna Venezuela desde Washington.

En los seis meses transcurridos desde que las fuerzas estadounidenses derribaron la puerta del dormitorio de Maduro y se lo llevaron en la mitad de la noche, Rubio se ha convertido en el virrey de facto de Venezuela, ejerciendo su influencia sobre una nación soberana de una forma que ningún funcionario estadounidense había hecho desde que L. Paul Bremer III llegó a Bagdad en 2003 para dirigir el Irak ocupado por Estados Unidos.

Actualmente, Rubio controla las finanzas de Venezuela, la distribución de sus recursos naturales y su gobierno, según entrevistas con más de una decena de funcionarios y personas cercanas a ambos gobiernos, tanto en Washington como en Caracas, que han dado detalles sobre su participación en la dirección de las políticas del país. Muchos hablaron bajo condición de anonimato para describir interacciones privadas y debates internos.

Aunque no ha visitado Venezuela en persona desde que Estados Unidos tomó el control, el secretario de Estado está profundamente involucrado en el día a día del país y mantiene un contacto cercano con Delcy Rodríguez, quien fue vicepresidenta de Maduro y ahora dirige su país de forma interina, con el visto bueno de Estados Unidos. Los dos se mandan mensajes en español por WhatsApp, intercambiando chismes, felicitaciones de cumpleaños y selfis.

A pesar de las bromas, la relación entre Rubio y Rodríguez dista mucho de ser una colaboración. Es una muestra del poder estadounidense de la era Trump, en la que el ganador se lo lleva todo, sin importar la soberanía ni el derecho internacional.

El gobierno venezolano no respondió a una solicitud de comentarios. El gobierno de Trump no respondió a preguntas detalladas sobre la autoridad de Rubio en Venezuela. Rubio ha restado importancia a su papel y, en gran medida, evita hablar de su trabajo. Rechazó varias solicitudes de entrevista.

Tommy Pigott, vocero del Departamento de Estado, dijo en un comunicado que “con una cooperación renovada y una gestión económica sólida, Venezuela puede resurgir como un socio estable y próspero cuyos ciudadanos se beneficien de su vasta riqueza natural y de unos lazos más fuertes con Estados Unidos”.

El control directo sobre los ingresos públicos de Venezuela, en particular, distingue la influencia de Washington en ese país de la de la mayoría de los demás países que dependen de su poderío militar y financiero.

El Tesoro de Estados Unidos recibe los ingresos de la mayor parte de las exportaciones de Venezuela y luego los distribuye gradualmente al país a través de bancos privados, una relación parecida a la de unos padres que dan mesada a sus hijos. Rubio y su equipo establecen las condiciones sobre en qué se puede gastar ese dinero y quién puede hacerlo.

Este sistema le ha permitido a Rubio detener los mecanismos de corrupción más escandalosos de Venezuela. Además, le aporta algunos beneficios al gobierno venezolano, que aprovecha la protección efectiva del Tesoro de Estados Unidos para recibir ingresos sin que lo acosen los numerosos acreedores que reclaman el pago de millardos en deuda impagada.

Pero este acuerdo también le ha dado a Rubio una influencia enorme sobre Rodríguez, que depende de ese dinero para pagar a los trabajadores y sostener la moneda nacional.

Además, Rubio supervisa la aplicación de las sanciones de Estados Unidos a Venezuela, decidiendo quién puede hacer negocios en el país y cómo. Ha trabajado para reformar el sector petrolero y ha facilitado el acceso de las empresas estadounidenses. Por su parte, Rodríguez le consulta sobre los nombramientos gubernamentales importantes, como el del ministro de Defensa.

Desde que dos terremotos sacudieron Venezuela el mes pasado, Rubio ha intentado fortalecer el gobierno interino del país. Estados Unidos ha enviado 900 militares a Venezuela, ha comprometido casi 400 millones de dólares en ayuda y ha entregado embalajes de dinero al gobierno venezolano.

Los terremotos han complicado la misión que Rubio se había trazado de devolver la democracia a Venezuela (“Es un revés en ese sentido”, reconoció Rubio el mes pasado). La capacidad de recuperación del país es clave para el objetivo final de Trump: asegurarse el petróleo venezolano para los intereses de Estados Unidos.

Este acuerdo es muy inusual y se está desarrollando 80 años después de que Estados Unidos renunciara a su última gran colonia formal, Filipinas.

Pero Trump ha dejado claro que quiere volver a una era de expansionismo estadounidense, y ha llegado a plantearse tomar el control de Groenlandia, Canadá y el canal de Panamá.

En Venezuela es donde ha tenido más éxito. Pero hay riesgos.

Los críticos de Trump acusan a Estados Unidos de desviar los recursos de Venezuela y de apuntalar un gobierno autoritario al dejar en sus puestos a la mayoría de los secuaces de Maduro. Este acuerdo también enreda a Estados Unidos en las vicisitudes de un régimen profundamente impopular y no elegido que se enfrenta a un clamor cada vez más desesperado por un cambio político.

“El secretario Rubio dijo que no estamos en guerra con Venezuela”, le dijo el representante Sean Casten, demócrata por Illinois, al secretario del Tesoro, Scott Bessent, durante una audiencia en el Congreso en febrero. ¿Qué autoridad —preguntó Casten— tenía Estados Unidos para controlar los activos venezolanos?

Bessent le dijo a Casten que le respondería en otro momento.

La política realista y sin concesiones de Rubio en Venezuela implica un cambio radical para alguien que se ha pasado toda su carrera presentándose como un defensor de la democracia en Latinoamérica. Ha dicho que su objetivo es una transición democrática a largo plazo.

El resultado de esta incursión en Venezuela podría marcar el futuro político de Rubio ahora que Trump está pensando en su sucesor.

En la madrugada del 3 de enero, poco después de que capturaran a Maduro, Rubio se puso en contacto con Rodríguez por teléfono. Hablando en español, Rubio le dijo que tenía dos opciones: colaborar con Estados Unidos o presenciar un ataque a mayor escala contra la infraestructura, las bases militares y los altos cargos de Venezuela.

Tras algunas negociaciones, Rodríguez aceptó.

Rodríguez le dijo a Rubio que “básicamente está dispuesta a hacer lo que creamos necesario para que hagamos grande de nuevo a Venezuela”, según Trump. El presidente dijo que Estados Unidos “dirigiría el país” hasta que hubiera una “transición de poder segura, adecuada y prudente”.

Días después, Trump declaró en una entrevista con The New York Times que esperaba que Estados Unidos dirigiera Venezuela durante años.

En el centro de todo está Rubio, a quien otros funcionarios llaman “virrey”, el título que se les daba a los poderosos gobernadores que dirigían el Imperio español hasta que Venezuela y la mayoría de sus otras provincias se rebelaron y obtuvieron su independencia a principios del siglo XIX.

Cuando Rodríguez empezó a formar su gobierno, Rubio intervino en decisiones clave sobre el personal y la animó a purgar a la familia y a los socios comerciales de Maduro. Rodríguez le hizo caso.

La mayoría de los venezolanos se sintieron aliviados por la caída de Maduro, pero luego quedaron sorprendidos al ver cómo el gobierno de Trump se aliaba con la mayoría de sus principales colaboradores. La inflación ha bajado, pero sigue siendo la más alta del mundo, y la moneda del país sigue perdiendo valor. Millones de personas claman por nuevas elecciones, lo que presiona a Rubio para que vaya más allá de los acuerdos económicos e impulse un cambio político. Los inversionistas se muestran nerviosos ante la idea de invertir capital en un sistema que podría derrumbarse en cualquier momento.

Antes de los terremotos, Rodríguez le había estado pidiendo a Rubio mayor autonomía financiera y que se levantaran sanciones económicas, para reducir la presión interna sobre su gobierno.

Rubio se ha mostrado comprensivo con sus argumentos, pero el gobierno de Estados Unidos no ha cedido el control.

La colaboración de Rubio con Rodríguez ha provocado descontento entre algunos diplomáticos de carrera estadounidenses, los venezolanos-estadounidenses y los aliados de Trump, a quienes les molesta la idea de que la mano derecha de Maduro esté en el poder.

Rubio y otros funcionarios han restado importancia a esas preocupaciones, señalando que Rodríguez ha cumplido casi todas las órdenes que le ha dado el gobierno de Trump, sobre todo las relacionadas con las finanzas del país. Venezuela vende gran parte de su petróleo a través de dos empresas comercializadoras, Trafigura y Vitol, en un acuerdo establecido por el gobierno de Trump.

Rubio ha eclipsado en gran medida a Chris Wright, el secretario de Energía, a la hora de orquestar la apertura de la industria petrolera venezolana a la inversión extranjera, la piedra angular de la visión de Trump para el país. Ha dado prioridad a la llegada de nuevas empresas estadounidenses a costa de los productores de petróleo europeos que ya operaban en el país.

Ben Dietderich, vocero de Wright, dijo que el secretario ha colaborado estrechamente con Rubio y que ha hablado con frecuencia con los líderes del sector energético y con Rodríguez.

El control de Washington sobre la economía venezolana va más allá de los ingresos petroleros. El equipo de Rubio hace las licencias que otorgan exenciones de las sanciones a las empresas que quieren hacer negocios en Venezuela. Rubio ha advertido al gobierno de Rodríguez que se abstenga de hacer negocios con adversarios de Estados Unidos. Tras la caída de Maduro, por ejemplo, la compañía petrolera estatal venezolana se ha hecho cargo discretamente de las operaciones de los proyectos petroleros que posee conjuntamente con la empresa estatal rusa Rosneft. Rosneft no respondió a la solicitud de comentarios.

El gobierno de Trump también ha presionado con éxito a Rodríguez para que entregue a los venezolanos que se han metido en problemas con el Departamento de Justicia. A instancias de Estados Unidos, el gobierno de Rodríguez detuvo en febrero a Alex Saab, el multimillonario amigo y socio de Maduro, y aprobó su extradición a Estados Unidos, tras quitarle el pasaporte venezolano.

Algunos funcionarios creen que el Departamento de Justicia quiere utilizar a Saab para reforzar el caso contra Maduro, a quien se le imputan varios delitos de tráfico de drogas.

Y en junio, el gobierno de Rodríguez ayudó a Estados Unidos a acabar con un líder del crimen organizado que tenía vínculos desde hace tiempo con funcionarios venezolanos, según varias personas al tanto de la operación.

Las fuerzas estadounidenses utilizaron la información proporcionada por los funcionarios de Rodríguez para matar al Niño Guerrero, uno de los líderes de la banda Tren de Aragua, en un ataque con misiles en una zona remota del sur de Venezuela. Fue la primera colaboración militar entre ambos países en décadas. El gobierno venezolano recuperó posteriormente el cuerpo del líder de la banda y se lo entregó a Estados Unidos.

El gobierno de Trump ha acusado al Tren de Aragua de colaborar con Maduro para enviar a Estados Unidos drogas y migrantes ilegales, aunque las agencias de inteligencia estadounidenses concluyeron el año pasado que Maduro no controlaba la banda.

El gobierno de Trump incluso controla las apariciones públicas y las declaraciones de Rodríguez. En mayo, Rubio anunció que Rodríguez viajaría a la India antes de que el gobierno venezolano lo mencionara, lo que sorprendió a los funcionarios venezolanos y a los diplomáticos extranjeros.

Cuando Bret Baier, presentador de Fox News, se puso en contacto con Rodríguez para que participara en una entrevista, ella le dijo que Trump tendría que dar su visto bueno. A Trump le encantó que Rodríguez le pidiera permiso, y ha contado la historia varias veces a otras personas cuando le preguntan por ella, según varias personas que conocen sus comentarios.

Cuando Estados Unidos atacó Irán, Yvan Gil, el canciller de Venezuela, emitió una condena moderada de la agresión contra el viejo aliado de Venezuela.

El gobierno de Trump le comunicó a Rodríguez que debía eliminar la publicación y le advirtió que no volviera a apoyar públicamente a sus adversarios. Gil borró la publicación unas horas después de publicarla.

En la práctica, fue una admisión de que Venezuela ya no marcaba su propia política exterior.

Gil no respondió a una solicitud de comentarios.

Rubio estaba durmiendo en Baréin el mes pasado cuando lo despertó una llamada desde la Sala de Situación de la Casa Blanca. Dos terremotos de gran magnitud se habían registrado en Venezuela, y las primeras imágenes eran desoladoras. Localidades enteras habían quedado arrasadas y había muchas personas desaparecidas.

Poco después, Rubio habló con Rodríguez y le prometió toda la ayuda de Estados Unidos. Los equipos de rescate estadounidenses llegaron al lugar dos días después. Rubio ha descrito los planes del gobierno para Venezuela en tres fases: recuperar la economía, estabilizar el país y facilitar su transición hacia la democracia.

Antes de los terremotos, funcionarios estadounidenses dijeron que se encontraban en la segunda fase, trabajando para abrir Venezuela a la inversión internacional. Para impulsar ese objetivo, altos cargos del gobierno de Trump viajaron a Venezuela para reunirse con sus homólogos y cerrar nuevos acuerdos en materia de energía y minería.

Sin embargo, los anuncios resultantes han sido, en su mayoría, esbozos optimistas de posibles inversiones.

En marzo, Doug Burgum, el secretario del Interior, visitó Venezuela y se reunió con Rodríguez en el palacio presidencial. Durante la visita, Rubio le mandó un mensaje para preguntarle cómo iba la reunión. Rodríguez dijo que iba bien y le envió una selfi con Burgum.

Pero la reunión se vio empañada por noticias perjudiciales. Reuters informó ese mismo día de que el Departamento de Justicia estaba preparando en secreto un proceso judicial contra Rodríguez.

El gobierno de Rodríguez se quedó atónito y pidió aclaraciones a la Casa Blanca. Para calmar las preocupaciones de Rodríguez, Todd Blanche, por entonces fiscal general adjunto, calificó el reportaje de “completamente FALSO”.

Pero el gobierno venezolano quería más garantías. Así que al día siguiente, Rubio le mandó a Rodríguez un mensaje con el enlace a una publicación del presidente de Estados Unidos en las redes sociales.

“Delcy Rodríguez, que es la presidenta de Venezuela, está haciendo un gran trabajo y colaborando muy bien con los representantes de EE. UU.”, escribió Trump. Rodríguez quedó satisfecha y quiso darle las gracias a Trump con una publicación propia. Pero primero le enseñó el borrador a Rubio. Lo publicó después de recibir su aprobación.

Antes de la captura de Maduro, los fiscales estadounidenses habían estado investigando a muchos funcionarios venezolanos, incluida Rodríguez, aunque no está claro si esas investigaciones han sacado a la luz pruebas de delitos. La agencia Associated Press informó en mayo que el gobierno de Trump había ordenado a los fiscales que dejaran de investigar a Rodríguez.

El éxito de los esfuerzos por llevar estabilidad a Venezuela, la segunda fase del plan de Rubio, depende en gran medida de la inversión extranjera. Pero los inversores se muestran cautelosos. El sector petrolero está deteriorado y es corrupto, y el control de Rodríguez sobre el poder es incierto. Los terremotos han retrasado las negociaciones para los nuevos contratos petroleros.

Trump no parece preocupado. Ha insinuado varias veces que Venezuela podría convertirse en el estado número 51.

Aún no hay certeza sobre quién podría dirigir el país de forma más permanente. María Corina Machado, la líder de la oposición exiliada, sigue siendo la política más popular del país. Pero Machado tiene enemigos acérrimos entre los responsables de seguridad y militares de Venezuela, lo que ha llevado a Rubio a descartarla y decidirse por Rodríguez como líder elegida a dedo para el país.

Aunque antes era un firme partidario de Machado, Rubio se ha distanciado de ella en los últimos meses. El enfriamiento de la relación entre el gobierno de Trump y Machado se convirtió en una ruptura abierta tras los terremotos. Los responsables estadounidenses se han negado a ayudarla a volver a Venezuela por miedo a avivar los disturbios.

El plazo para la fase final del plan de Rubio para Venezuela, las elecciones libres, sigue sin definirse. Cuando The New York Times le preguntó a Rodríguez en mayo cuándo celebraría las elecciones, ella dijo: “No lo sé. En algún momento”.

Los analistas políticos dicen que Rodríguez podría estar intentando agotar el tiempo de la presidencia de Trump, con la esperanza de que la presión para celebrar las elecciones se disipe bajo el mandato de su sucesor.

Por ahora, la decisión sobre cuándo se celebrarán las elecciones no está en sus manos. Está en las de Rubio." 

(Tyler Pager y  , The New York Times, 11/07/26)  

8.7.26

La versión tradicional de la independencia estadounidense presenta la guerra contra Gran Bretaña como una revolución democrática frente al despotismo. Sin negar la importancia de las ideas ilustradas, esa interpretación resulta incompleta si se ignoran otros intereses más espurios que impulsaron buena parte de la rebelión... la Corona británica promulgó la Proclamación Real de 1763, mediante la cual prohibía el establecimiento de nuevos colonos al oeste de los Montes Apalaches. El objetivo era evitar nuevas guerras con las naciones indígenas y estabilizar las fronteras del Imperio. Aquella decisión fue percibida por numerosos colonos como un obstáculo intolerable para sus expectativas económicas... George Washington había adquirido enormes extensiones de tierra y participaba activamente en operaciones especulativas relacionadas con el valle del Ohio. Su familia y buena parte de la aristocracia virginiana esperaban obtener beneficios extraordinarios mediante la ocupación de nuevos territorios indígenas. Thomas Jefferson, propietario de una gran plantación y de centenares de personas esclavizadas a lo largo de su vida, concebía el crecimiento de la nueva república como una expansión continua de la frontera agrícola. Benjamín Franklin también participó en iniciativas empresariales vinculadas a la colonización del interior del continente. Los llamados Padres Fundadores no fueron únicamente filósofos ilustrados. También fueron propietarios, terratenientes e inversores. La independencia eliminó el principal obstáculo jurídico que frenaba la apropiación privada de millones de hectáreas pertenecientes a las naciones indígenas... La nueva República nació vinculada al negocio de la tierra... Paralelamente, la joven República desarrolló otro de los grandes pilares de su crecimiento económico: la esclavitud africana. La paradoja resulta evidente. La nación que proclamaba que «todos los hombres son creados iguales» era al mismo tiempo una de las mayores sociedades esclavistas del mundo atlántico. La riqueza de muchos de sus dirigentes descansaba sobre el trabajo forzado de millones de personas privadas de cualquier derecho. La libertad proclamada en Filadelfia nunca fue verdaderamente universal. Era, ante todo, la libertad de una comunidad política restringida: hombres blancos propietarios. Los indígenas quedaban excluidos porque ocupaban las tierras que debían ser colonizadas. Los africanos esclavizados quedaban excluidos porque constituían la mano de obra indispensable para sostener el sistema económico (Eduardo Luque)

"Del colonialismo de asentamiento en Norteamérica a la tragedia Palestina

El aniversario de la independencia de Estados Unidos sigue celebrándose como el nacimiento de la libertad, la democracia y los derechos individuales. Desde hace dos siglos y medio, el 4 de julio se ha convertido en el gran mito fundacional de la primera potencia mundial. Sin embargo, toda celebración nacional implica también una selección de la memoria. Se recuerdan unos hechos y se silencian otros.

En 1852, el gran abolicionista afroamericano Frederick Douglass formuló una de las preguntas más devastadoras de la historia política estadounidense: «¿Qué significa el 4 de julio para el esclavo?». Su respuesta desmontaba la retórica oficial. Mientras la población blanca celebraba la libertad, millones de hombres, mujeres y niños seguían viviendo bajo la esclavitud. La independencia proclamaba derechos universales, pero esos derechos no alcanzaban a todos.

Hoy esa pregunta nos sigue interrogando.

¿Qué significó la Declaración de Independencia para los pueblos indígenas que habitaban Norteamérica desde hacía milenios? ¿Qué significó para las naciones que fueron expulsadas de sus tierras para permitir la expansión de los colonos? Y, observando el presente, ¿qué puede significar ese mismo discurso sobre la libertad para los palestinos sometidos desde hace décadas a un proceso continuado de ocupación y colonización?

Las tres preguntas apuntan hacia una misma contradicción: la distancia existente entre el lenguaje universal de la libertad y la realidad histórica de un proyecto político construido sobre la expansión territorial, la apropiación de tierras y la exclusión de quienes quedaban fuera de la comunidad política dominante.

La versión tradicional de la independencia estadounidense presenta la guerra contra Gran Bretaña como una revolución democrática frente al despotismo. Sin negar la importancia de las ideas ilustradas, esa interpretación resulta incompleta si se ignoran otros intereses más espurios que impulsaron buena parte de la rebelión.

Tras la Guerra de los Siete Años, la Corona británica promulgó la Proclamación Real de 1763, mediante la cual prohibía el establecimiento de nuevos colonos al oeste de los Montes Apalaches. El objetivo era evitar nuevas guerras con las naciones indígenas y estabilizar las fronteras del Imperio. Aquella decisión fue percibida por numerosos colonos como un obstáculo intolerable para sus expectativas económicas.

No es casual que una de las acusaciones contenidas en la propia Declaración de Independencia denunciara que el rey Jorge III había impedido la inmigración de nuevos colonos y había dificultado «las nuevas apropiaciones de tierras». La cuestión territorial ocupaba un lugar central en el conflicto.

La historia oficial suele presentar a Benjamín Franklin, Thomas Jefferson o George Washington de una forma sesgada, se les presenta exclusivamente como los grandes arquitectos de la democracia estadounidense. Sin embargo, eran también miembros de la élite económica colonial y mantenían importantes intereses en la expansión hacia el oeste. George Washington había adquirido enormes extensiones de tierra y participaba activamente en operaciones especulativas relacionadas con el valle del Ohio. Su familia y buena parte de la aristocracia virginiana esperaban obtener beneficios extraordinarios mediante la ocupación de nuevos territorios indígenas. Thomas Jefferson, propietario de una gran plantación y de centenares de personas esclavizadas a lo largo de su vida, concebía el crecimiento de la nueva república como una expansión continua de la frontera agrícola. Benjamín Franklin también participó en iniciativas empresariales vinculadas a la colonización del interior del continente. Los llamados Padres Fundadores no fueron únicamente filósofos ilustrados. También fueron propietarios, terratenientes e inversores. La independencia eliminó el principal obstáculo jurídico que frenaba la apropiación privada de millones de hectáreas pertenecientes a las naciones indígenas.

La nueva República nació vinculada al negocio de la tierra.

Ese proceso no puede comprenderse únicamente como una conquista militar. Responde a una lógica que numerosos historiadores han definido como colonialismo de asentamiento: un modelo en el que el objetivo no consiste simplemente en dominar a la población originaria, sino en sustituirla progresivamente mediante el establecimiento permanente de nuevos colonos.

Los pueblos indígenas constituían un obstáculo para la ocupación del territorio. Por ello fueron desplazados, confinados en reservas o exterminados a lo largo de un proceso que se prolongó durante generaciones.

Paralelamente, la joven República desarrolló otro de los grandes pilares de su crecimiento económico: la esclavitud africana. La paradoja resulta evidente. La nación que proclamaba que «todos los hombres son creados iguales» era al mismo tiempo una de las mayores sociedades esclavistas del mundo atlántico. La riqueza de muchos de sus dirigentes descansaba sobre el trabajo forzado de millones de personas privadas de cualquier derecho. La libertad proclamada en Filadelfia nunca fue verdaderamente universal. Era, ante todo, la libertad de una comunidad política restringida: hombres blancos propietarios. Los indígenas quedaban excluidos porque ocupaban las tierras que debían ser colonizadas. Los africanos esclavizados quedaban excluidos porque constituían la mano de obra indispensable para sostener el sistema económico.

El líder antiesclavista Frederick Douglass denunció con extraordinaria claridad esa contradicción. Su célebre discurso de 1852 no atacaba la idea de libertad, sino la hipocresía de celebrar la libertad mientras millones de personas permanecían sometidas. Su pregunta sigue siendo una de las críticas más profundas formuladas desde el interior de la propia tradición democrática estadounidense.

La construcción de la nación exigió también un lenguaje capaz de justificar la violencia. La Declaración de Independencia calificaba a los pueblos indígenas como «despiadados salvajes». No era una simple expresión retórica. La deshumanización constituye uno de los mecanismos clásicos de todo proceso colonial. Cuando el otro deja de ser considerado plenamente humano, su expulsión, su confinamiento o incluso su exterminio pueden presentarse como medidas legítimas de seguridad.

Es precisamente aquí donde aparecen algunos paralelismos con la tragedia palestina contemporánea. El conflicto palestino-israelí posee una historia propia y unas características específicas que no pueden reducirse a la experiencia norteamericana. Sin embargo, ambos procesos comparten rasgos estructurales propios del colonialismo de asentamiento. En ambos casos la tierra ocupa el centro del conflicto. En ambos casos la expansión de los asentamientos modifica progresivamente la realidad demográfica del territorio. En ambos casos la población originaria aparece convertida en un obstáculo para el proyecto colonizador. En ambos casos la seguridad sirve como principal argumento para justificar la expansión territorial y en ambos casos la deshumanización del adversario facilita la aceptación social de políticas de desplazamiento, confinamiento o destrucción. Estados Unidos construyó durante el siglo XIX dos grandes mitos: el mito del Destino Manifiesto y el de la nación elegida. Desde esa perspectiva la expansión hacia el oeste constituía una misión histórica casi providencial. El genocidio que conllevaba dejaba así de presentarse como una ocupación para convertirse en el cumplimiento de un supuesto destino nacional.

Determinados sectores del sionismo religioso contemporáneo utilizan argumentos que también apelan a derechos históricos o religiosos sobre la tierra, situando el proyecto político en un marco donde la expansión territorial adquiere una legitimidad superior al derecho de quienes ya habitan ese territorio.

No se trata de afirmar que ambos procesos sean idénticos. Toda comparación histórica exige prudencia. Pero sí resulta posible observar que pertenecen a una misma familia histórica caracterizada por la colonización de asentamiento, la sustitución progresiva de la población originaria y la utilización de discursos de legitimación moral para justificar la apropiación del territorio. Doscientos cincuenta años después de la independencia, la pregunta formulada por Frederick Douglass continúa resonando con fuerza. ¿Qué significa el 4 de julio para quienes quedaron fuera de la promesa de libertad? Para los millones de africanos esclavizados. Para las naciones indígenas expulsadas de sus tierra y para quienes, en otras geografías y otros tiempos, contemplan cómo la expansión de nuevos asentamientos transforma irreversiblemente el territorio donde han vivido durante generaciones.

Quizá la mejor manera de conmemorar el aniversario de Estados Unidos no sea repetir los mitos fundacionales, sino afrontar con honestidad las contradicciones sobre las que se construyó una de las democracias más influyentes de la historia. Solo desde ese reconocimiento crítico puede entenderse que la defensa de la libertad pierde toda credibilidad cuando convive con la esclavitud, el despojo territorial o la negación de los derechos de otros pueblos."

(Eduardo Luque, El Viejo Topo, 08/07/26)  

29.4.26

¿Qué sucede cuando la lógica de la disuasión nuclear deja de ser una fría ecuación militar y se convierte en una cuestión de fe? ¿Cuando el dedo en el gatillo pertenece a quienes se creen instrumentos de un mandato divino irrevocable?... Esto no es un ejercicio de fantasía política. Es la cuestión sin resolver que subyace a la seguridad global... El desarme no ha sido recompensado; la negociación, como ha demostrado el caso libio, puede incluso acelerar su propio fracaso... Un mundo con veinte potencias nucleares, algunas impulsadas por nacionalismos religiosos radicales, otras inmersas en conflictos sin resolver entre sí, y sin mecanismos creíbles de desescalada: esta es quizás la configuración más peligrosa que la historia de la humanidad haya producido jamás... El caso israelí es el más complejo y el más urgente. El concepto de Eretz Israel Hashlemah —la Tierra de Israel en su totalidad, en sus versiones más extensas, desde el Nilo hasta el Éufrates— no es una mera curiosidad teológica, es una categoría política vigente en el actual gobierno israelí... Junto a esto se encuentra el cherem: el mandamiento bíblico del exterminio sagrado de los pueblos de la Tierra Prometida... Es en este contexto que debemos leer la llamada Doctrina Sansón –la doctrina nuclear israelí de último recurso– y la categoría que impone al pensamiento estratégico... Su mensaje es claro: aunque no poseáis la bomba, si nos lleváis al borde de la destrucción, responderemos con armas nucleares contra vuestras ciudades... es creíble no porque se base en la racionalidad instrumental, sino porque se fundamenta en una forma estructurada de irracionalidad... El momento de mayor peligro es la convicción de que las propias acciones son pasos necesarios en un plan que conduce al fin de la historia. En ese momento, la disuasión racional deja de funcionar (Vincenzo Pellegrino)

"DIOS, LA BOMBA ATÓMICA Y EL FIN DE LA DISUASIÓN NUCLEAR RACIONAL

Hay una pregunta que el mundo prefiere no formular, con la misma obstinación con la que evitamos mirar demasiado de cerca un precipicio: ¿qué sucede cuando la lógica de la disuasión nuclear deja de ser una fría ecuación militar y se convierte en una cuestión de fe? ¿Cuando el dedo en el gatillo pertenece a quienes se creen instrumentos de un mandato divino irrevocable?

Esto no es un ejercicio de fantasía política. Es la cuestión sin resolver que subyace a la seguridad global, una cuestión que la arquitectura de paz posterior a 1945 ha optado por ignorar, con la misma sistematicidad con la que ignoró lo más aterrador. Y es en torno a este vértigo que gira «La bomba de Abraham: Armas nucleares a la luz de la revelación bíblica», un dossier editado por el Centro de Estudios Aurora y cuyas líneas esenciales este artículo retoma y desarrolla. Un análisis interdisciplinario que abarca la geopolítica, la teología comparada y la teoría de la disuasión para ofrecer una visión clara de uno de los temas más explosivos —en el sentido más literal del término— de la actualidad: la relación entre las tres grandes tradiciones abrahámicas y las armas nucleares.

Un sistema que se puede desmontar pieza por pieza.

Para comprender nuestra situación actual, debemos analizar la secuencia de los últimos veinte años sin excepciones: Corea del Norte abandona el Tratado de No Proliferación Nuclear en 2004, Estados Unidos se retira del acuerdo nuclear con Irán en 2018, Rusia suspende el Nuevo START en 2023 y el Tratado de Euromisiles queda prácticamente anulado en 2019. Cada episodio, considerado de forma aislada, parecía una crisis manejable, una alteración en el orden establecido. Leídos en secuencia, estos acontecimientos revelan algo mucho más inquietante: el desmantelamiento progresivo del consenso internacional que hacía posible un mundo sin proliferación descontrolada.

La lección que esta secuencia ha dejado a los gobiernos es cruel por su sencillez: quienes poseen la bomba no se ven afectados. Quienes han renunciado a ella —o nunca la desarrollaron— permanecen expuestos. El desarme no ha sido recompensado; la negociación, como ha demostrado el caso libio, puede incluso acelerar su propio fracaso. Esta cruel pedagogía nos empuja inevitablemente hacia un mundo con muchas más potencias nucleares de las que conocemos hoy. Arabia Saudita, Turquía, Corea del Sur y Japón ya están considerando —con creciente seriedad— si el paraguas de otros países sigue siendo fiable.

Es difícil exagerar las implicaciones. Un mundo con veinte potencias nucleares, algunas impulsadas por nacionalismos religiosos radicales, otras inmersas en conflictos sin resolver entre sí, y sin mecanismos creíbles de desescalada: esta es quizás la configuración más peligrosa que la historia de la humanidad haya producido jamás.

El ingrediente que nadie quiere nombrar

Pero la geopolítica por sí sola no basta para llegar al fondo del asunto. Comprender los mecanismos de proliferación es necesario, pero no suficiente. Porque quienes gestionan esos arsenales lo hacen dentro de un horizonte de significado, una cosmovisión que moldea sus percepciones, sus límites de tolerancia y la propia definición de amenaza existencial. Y ese horizonte tiene cada vez más una dimensión religiosa que la ciencia de las relaciones internacionales ha erradicado sistemáticamente de su campo de visión, en una operación que se asemeja más a la represión que al rigor científico.

El caso israelí es el más complejo y el más urgente. El concepto de Eretz Israel Hashlemah —la Tierra de Israel en su totalidad, en sus versiones más extensas, desde el Nilo hasta el Éufrates— no es una mera curiosidad teológica relegada a las yeshivás. Es una categoría política vigente en el actual gobierno israelí, el más derechista de la historia del país, donde figuras destacadas hablan abiertamente de su mandato histórico y espiritual. Más de 700.000 colonos en Cisjordania están produciendo discretamente sobre el terreno, sin el coste político de la anexión formal, lo que la teología promete para la era mesiánica.

Junto a esto se encuentra el cherem: el mandamiento bíblico del exterminio sagrado de los pueblos de la Tierra Prometida, que se halla en el corazón del Deuteronomio. No es un texto vergonzoso que ocultar: es un precepto central, clasificado entre los 613 mandamientos de la tradición halájica. Su fundamento no es el odio étnico, sino la profilaxis espiritual: los pueblos cananeos amenazan la integridad religiosa de Israel, y su eliminación se concibe como un acto sagrado, una ofrenda. Los críticos históricos y arqueológicos tienen buenas razones para dudar de que esta conquista haya ocurrido realmente en la escala que describe el texto. Pero un texto no tiene por qué ser históricamente cierto para tener poder cultural y político: simplemente tiene que ser creído.

La Doctrina de Sansón, o de la asimetría total.

Es en este contexto que debemos leer la llamada Doctrina Sansón –la doctrina nuclear israelí de último recurso– y la categoría que impone al pensamiento estratégico, que hemos designado en el expediente como CNAD: Destrucción Nuclear Convencional Asegurada.

Para comprender su importancia, debemos recordar la lógica subyacente a la disuasión de la Guerra Fría. La Destrucción Mutua Asegurada (MAD) se basaba en una lógica simétrica: si se usaba la bomba, se perdía junto con el enemigo. Funcionaba porque presuponía dos actores racionales, ambos interesados ​​en su propia supervivencia y capaces de un cálculo frío. Un equilibrio de terror, en su geometría casi elegante.

La CNAD es algo radicalmente diferente y mucho más inquietante. Su mensaje no va dirigido a otra potencia nuclear: va dirigido a cualquier adversario, incluso a uno que no posea armas nucleares, que se acerque al umbral de una amenaza existencial.

Su mensaje es claro: aunque no poseáis la bomba, si nos lleváis al borde de la destrucción, responderemos con armas nucleares contra vuestras ciudades. No se trata de simetría, sino de una asimetría total. Y el umbral de activación no es ni objetivo ni verificable desde fuera: es subjetivo, depende de la percepción de quienes gobiernan, una percepción marcada por el recuerdo del Holocausto, el mandato teológico de Eretz Israel y el arquetipo de Sansón abrazando los pilares del templo enemigo, aceptando su propia muerte junto con la de todos los presentes.

La CNAD es creíble no porque se base en la racionalidad instrumental, sino porque se fundamenta en una forma estructurada de irracionalidad. Esto la hace, paradójicamente, más eficaz como elemento disuasorio, e infinitamente más peligrosa como doctrina operativa, en caso de que la disuasión fracase.

Las tres religiones y la tentación de lo sagrado

Sin embargo, sería miope limitar este análisis únicamente a la tradición judía. Las tres grandes religiones abrahámicas contienen, cada una a su manera, poderosos recursos para limitar la violencia, así como mecanismos igualmente poderosos para sacralizarla. La historia del riesgo nuclear es también la historia de cuál de los dos polos prevaleció y por qué.

En el cristianismo evangélico estadounidense, el dispensacionalismo premilenial —la teología que considera los conflictos de Oriente Medio como pasos necesarios hacia el Armagedón y el regreso de Cristo— produce una paradójica indiferencia estructural hacia la prevención de conflictos. Quienes creen que la escalada forma parte del plan divino no tienen ningún incentivo para detenerla. Esta no es una corriente marginal: ha permeado, explícita o indirectamente, décadas de debate sobre la política exterior estadounidense, influyendo en decisiones con consecuencias reales para millones de personas.

En el islam, el fiqh al-harb —las leyes islámicas de la guerra codificadas en el siglo VIII— es, de hecho, uno de los sistemas más sofisticados para limitar la violencia bélica en la historia del pensamiento humano. El Corán prohíbe explícitamente el fasad fil-ard, la corrupción y devastación de la tierra: una prohibición que, aplicada consecuentemente, haría radicalmente ilegítimas las armas nucleares. Sin embargo, el principio de maslaha —el interés público superior que, en circunstancias excepcionales, puede prevalecer sobre las normas ordinarias— se ha invocado para eludir precisamente lo que prohíben dichas normas, generando la paradoja de la llamada «bomba islámica» de Pakistán.

En cada tradición, la selección que realiza el nacionalismo religioso es la misma: enfatiza los recursos que legitiman la violencia, mientras oculta aquellos que la moderan. El mandato territorial del sionismo religioso eclipsa la crítica profética interna de Amós y Jeremías. El dispensacionalismo cristiano eclipsa las Bienaventuranzas. El islamismo político silencia la prohibición coránica de la devastación y la tradición de Sulh al-Hudaybiyyah —la paz aceptada por el Profeta incluso en condiciones de humillación—. A cada tradición se le amputan sus voces más incómodas.

El punto de no retorno

El momento de mayor peligro —cuando la teología y la estrategia nuclear convergen de forma explosiva— se produce cuando un liderazgo empieza a interpretar su situación desde una perspectiva escatológica. No se trata simplemente de creer que el Estado tiene un mandato divino: es la convicción de que las propias acciones son pasos necesarios en un plan que conduce al fin de la historia. En ese momento, la disuasión racional deja de funcionar. No porque los actores sean malvados —ese sería un análisis demasiado simplista—, sino porque su estructura de pensamiento es cerrada, autorreferencial e impermeable a la evidencia en contrario. Esta es la configuración de mayor riesgo que han identificado los analistas de seguridad: no la intención de destruir, sino la imposibilidad de ser disuadidos.

La elección que ninguna doctrina puede hacer por nosotros

Sin embargo, la historia no es una trayectoria predeterminada, y sería deshonesto concluir que lo es. El Tratado de No Proliferación de 1968 parecía imposible hasta la víspera de su firma. El diálogo entre Kennedy y Khrushchev en octubre de 1962 no estaba escrito: fue la decisión personal, difícil y nada obvia de dos hombres de no destruir el mundo. Sudáfrica desmanteló voluntariamente su arsenal. Mandela optó por la reconciliación cuando la venganza habría sido comprensible. Ninguna de estas decisiones fue inevitable: fueron contingentes, costosas, posibles solo porque quienes las tomaron tenían acceso a una visión del mundo en la que el valor de la vida humana prevalecía sobre la lógica de la confrontación.

La pregunta que sigue abierta —y que nos concierne a todos, no solo a los gobiernos— no es si la humanidad es capaz de construir la bomba. Lo ha sido durante ochenta años y siempre lo será. La pregunta es si es capaz de elegir, con los pilares del templo en sus manos, no usarla. ¿Sobre qué fundamento construye esa elección? ¿Y si los libros que considera sagrados la ayudarán o la obstaculizarán?"

(Vincenzo Pellegrino, El Viejo topo, 27/04/26, fuente La Fionda)

26.1.26

Trump está reemplazando a la ONU con una monarquía absoluta, su 'Junta de Paz'... No es difícil ver el plan como lo que es: un proyecto neocolonial que niega al pueblo palestino el derecho a la autodeterminación y prevé un mandato del tipo que la Liga de Naciones confió a las potencias europeas sobre los pueblos "inferiores" de África y Asia... Trump cree que el comité podría ser un "posible reemplazo de la ONU... una especie de organismo paralelo no oficial para resolver otros conflictos fuera de Gaza"... Su presidencia está encomendada al propio Trump, no como presidente de EE. UU. sino como persona privada. Y solo él tendría el poder de invitar o expulsar a los estados, nombrar al Consejo Ejecutivo y vetar decisiones. Su mandato podría cesar solo por renuncia o por un voto unánime del Consejo Ejecutivo – y, por supuesto, él podría nominar al sucesor... o sea, una organización de estados amigos seleccionados por el propio Trump, gobernada por una monarquía absoluta... hemos destacado las contradicciones que yacen en el núcleo de las instituciones globales, hasta el Consejo de Seguridad de la ONU: un directorio de grandes potencias que replica el modelo de la Santa Alianza. Los dobles raseros y las violaciones del derecho internacional y del derecho internacional humanitario han sido la norma en las políticas de los predecesores de Trump, un enfoque adoptado también por el resto del mundo. Pero esto va aún más allá... Es como si la línea inmutable que recorre la vacilante política exterior de Trump – la imposición de los intereses estratégicos y económicos de EE. UU. y las empresas estadounidenses mediante la fuerza bruta – encontrara su forma institucional como un imperio despótico. En lugar de la paz duradera prometida, parece establecer la premisa para un choque – quizás militar – entre el imperio y el resto (Luca Baccelli)

 "La "Junta de Paz" será "única en su género", "la más impresionante y trascendental Junta jamás reunida, que se establecerá como una nueva organización internacional", escribe Donald Trump, tan sereno como de costumbre, en la carta de invitación enviada el 16 de enero a 60 jefes de gobierno.

El contenido de la carta fue rápidamente tuiteado en X por el presidente argentino Javier Milei. Sabemos que la Junta de Paz es el órgano político previsto por el plan de Trump para Gaza. La Casa Blanca había anunciado la creación de un Consejo Ejecutivo fundacional compuesto por miembros de su administración, su yerno Jared Kushner, el perenne Tony Blair, el director de un enorme fondo de inversión y el presidente del Banco Mundial. Ahora la fase 2 del plan está tomando forma, a pesar de que Israel siga matando palestinos, racionando la ayuda humanitaria y expulsando a las ONG. No fue difícil ver el plan por lo que era: un proyecto neocolonial que niega al pueblo palestino el derecho a la autodeterminación y prevé un mandato del tipo que la Liga de Naciones confió a las potencias europeas sobre los pueblos "inferiores" de África y Asia.

Pero, desafortunadamente, hay más. Según el Financial Times, la administración Trump cree que el comité podría ser un "posible reemplazo de la ONU", "una especie de organismo paralelo no oficial para resolver otros conflictos fuera de Gaza". Haaretz ha obtenido el borrador del estatuto del Consejo de Paz. Entre los invitados a participar se encuentran Turquía, Egipto, Argentina, Indonesia, Italia, Marruecos, el Reino Unido, Alemania, Canadá y Australia. El documento critica duramente a la ONU en términos velados: una paz duradera, afirma, requiere "el coraje de apartarse de enfoques e instituciones que han fracasado demasiado a menudo."

Su presidencia está encomendada al propio Trump, no como presidente de EE. UU. sino como persona privada. Y solo él tendría el poder de invitar o expulsar a los estados, nombrar al Consejo Ejecutivo y vetar decisiones. Su mandato podría cesar solo por renuncia o por un voto unánime del Consejo Ejecutivo – y, por supuesto, él podría nominar al sucesor. Para colmo, los estados son miembros por un período de tres años, a menos que contribuyan con al menos mil millones de dólares para seguir siendo miembros permanentes. Así, una organización de estados amigos seleccionados por el propio Trump, gobernada por una monarquía absoluta.

No es necesario ser un jurista experto para entender el carácter regresivo y subversivo de este proyecto. Hemos señalado muchas veces que el derecho internacional nació eurocéntrico y se ha utilizado para legitimar el imperialismo, y hemos destacado las contradicciones que yacen en el núcleo de las instituciones globales, hasta el Consejo de Seguridad de la ONU: un directorio de grandes potencias que replica el modelo de la Santa Alianza. Los dobles raseros y las violaciones del derecho internacional y del derecho internacional humanitario han sido la norma en las políticas de los predecesores de Trump, un enfoque adoptado también por el resto del mundo. Pero esto va aún más allá.

Es como si la línea inmutable que recorre la vacilante política exterior de Trump – la imposición de los intereses estratégicos y económicos de EE. UU. y las empresas estadounidenses mediante la fuerza bruta – encontrara su forma institucional como un imperio despótico. En lugar de la paz duradera prometida, parece establecer la premisa para un choque – quizás militar – entre el imperio y el resto. Es particularmente inquietante que todo esto se haya basado en el respaldo del Consejo de Seguridad con la Resolución 2803 (2025), de la cual China y Rusia decidieron abstenerse. Trump recuerda con tristeza esta Resolución mientras diseña el reemplazo de la ONU.

Mientras crea nuestras peores pesadillas, Trump escribe en su carta que es hora de "convertir ... los sueños en realidad." Intentemos tomarlo en serio. En este momento, los pueblos y movimientos son los que se están movilizando para defender el derecho internacional. Soñamos con un mundo en el que los estados y los gobiernos también se den cuenta de la pendiente resbaladiza en la que nos encontramos y del peligro al que nos enfrentamos. Incluso soñamos con una Europa que retome su papel y sea consciente de su fuerza, y que se oponga a esta locura en lugar de someterse con la esperanza de limitar los daños. Desgraciadamente, según las primeras reacciones del Primer Ministro italiano ("Siempre hemos ofrecido y estamos ofreciendo nuestra voluntad de desempeñar un papel de liderazgo en la realización y construcción del plan de paz para Oriente Medio, que consideramos una oportunidad única en un contexto muy complejo y muy frágil"), hay pocas esperanzas de que nuestros sueños se hagan realidad."

(Luca Baccelli, il Manifesto Global, 25/01/26, traducción Quillbot)

23.1.26

El racismo de los daneses hacia los groenlandeses ha sido generalizado... En las décadas de 1960 y 1970, médicos daneses implantaron dispositivos anticonceptivos intrauterinos en el útero de miles de mujeres y niñas groenlandesas sin su consentimiento ni conocimiento, como parte de una campaña para limitar la tasa de natalidad de Groenlandia... Esta es la tragedia del pueblo de Groenlandia: cuando por fin consiguen la influencia necesaria para reivindicar su dignidad y exigir el reconocimiento de su antiguo amo, se enfrentan ahora a un nuevo amo, mucho más fuerte y despiadado... Trump quiere la propiedad, es «psicológicamente necesario», dice... se trata de la ambición que los franceses llamaban «la gloire» (la gloria). Anhela convertirse en un presidente histórico, expandir el territorio estadounidense... Desarrollar Groenlandia costaría cientos de miles de millones... El valor geológico bruto de los recursos minerales conocidos sería de 186 000 millones de dólares en las condiciones actuales del mercado... ¿Cuánto tendría que pagar Trump para comprar Groenlandia a Dinamarca en una «operación inmobiliaria», como la llama Trump, si se llegara a un acuerdo con Dinamarca? El New York Times hizo una estimación de entre 12 500 y 77 000 millones de dólares. Pero, por supuesto, nadie ha consultado a los groenlandeses... Es muy probable que Trump consiga Groenlandia, es probable que se produzca algún «acuerdo inmobiliario»... El primero ministro de Canadá, quiere que las «potencias medias» se organicen por separado: ¿un BRICS del Norte? Canadá acaba de firmar un acuerdo comercial con China y se prepara para defender su independencia de la potencia hegemónica de su frontera, una vez que Trump se haga con Groenlandia. Ahora cada nación vela por sus propios intereses, buscando nuevas alianzas en un mundo multipolar (Michael Roberts)

 "Hoy, el presidente estadounidense Trump pronuncia su discurso ante los líderes políticos y económicos del capitalismo mundial reunidos en el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza. Sorprendentemente, el tema principal es la isla ártica de Groenlandia.

¿Groenlandia? ¿Cómo surgió ese nombre para una zona cubierta en su mayor parte por hielo? Al parecer, fue una estrategia de marketing de los exploradores vikingos que llegaron hace más de mil años. Llamarla «verde» fue un intento de atraer a migrantes a la zona para que la ocuparan. Irónicamente, Groenlandia se está volviendo más verde debido al cambio climático. Una investigación reciente publicada en 2025 muestra que la capa de hielo de Groenlandia se está derritiendo rápidamente, lo que permite que la vegetación se extienda a zonas que antes estaban dominadas por la nieve y el hielo. En las últimas tres décadas, se estima que se han derretido 11 000 millas cuadradas de la capa de hielo y los glaciares de Groenlandia. Esa pérdida de hielo es ligeramente superior a la superficie del estado de Massachusetts y representa alrededor del 1,6 % de la cobertura total de hielo y glaciares de Groenlandia.

Groenlandia forma parte geográficamente del continente norteamericano, pero pertenece (aunque de forma autónoma) a Dinamarca. A los daneses les gusta decir «Reino de Dinamarca», al igual que los británicos hablan del «Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte». El legado colonial monárquico permanece. Y sabemos lo que el colonialismo puede significar para las poblaciones indígenas de América del Norte.

La isla había sido posesión noruega en el siglo XVIII, pero Noruega formaba parte del imperio danés y no obtuvo la independencia hasta 1905. Dinamarca conservó Groenlandia. Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la Alemania nazi invadió Dinamarca, los groenlandeses se inclinaron más hacia Estados Unidos. Pero nunca ha sido territorio estadounidense. Después de la guerra, Dinamarca recuperó el control de Groenlandia y, en 1953, cambió su estatus oficial de colonia a «condado de ultramar» de Dinamarca. No se consultó al pueblo de Groenlandia sobre esta toma de control. De hecho, la Constitución de Groenlandia califica el período comprendido entre 1953 y 1979 como una fase de «colonización oculta». Groenlandia finalmente obtuvo autonomía en 1979 y, en 1985, los groenlandeses decidieron abandonar la CEE, a la que se habían unido como parte de Dinamarca en 1973.

La «guerra fría» desencadenó las demandas de Estados Unidos de hacerse con Groenlandia como base para mantener a la Unión Soviética fuera del Ártico. Estados Unidos ofreció comprar Groenlandia por 100 millones de dólares. Dinamarca no aceptó venderla, pero sí aceptó un tratado que permitía a Estados Unidos tener una base militar permanente en la isla, lo que obligó a algunas familias inuit a abandonar sus hogares para construir la base. Más tarde, se descubrió que Dinamarca también había aceptado permitir la presencia de armas nucleares estadounidenses en la isla, algunas de las cuales se contaminaron con residuos radiactivos en 1968. ¡Una de las bombas sigue desaparecida! Ahí queda la política oficial «libre de armas nucleares» de Dinamarca.

El dominio colonial de Dinamarca tuvo otras consecuencias. En las décadas de 1960 y 1970, médicos daneses implantaron dispositivos anticonceptivos intrauterinos en el útero de miles de mujeres y niñas groenlandesas sin su consentimiento ni conocimiento, como parte de una campaña para limitar la tasa de natalidad de Groenlandia. Aproximadamente la mitad de las mujeres fértiles de Groenlandia fueron obligadas a utilizar anticonceptivos y 22 niños fueron separados de sus familias en Groenlandia y trasladados a Dinamarca, donde se suponía que iban a ser educados como la próxima generación de gobernantes competentes de la colonia. El racismo de los daneses hacia los groenlandeses ha sido generalizado. La expresión coloquial para referirse a una intoxicación grave en Dinamarca es «estar tan borracho como alguien de Groenlandia», un término tan comúnmente utilizado que aparece en el diccionario danés oficial.

Esta es la tragedia del pueblo de Groenlandia: cuando por fin consiguen la influencia necesaria para reivindicar su dignidad y exigir el reconocimiento de su antiguo amo, se enfrentan ahora a un nuevo amo, mucho más fuerte y despiadado. Trump quiere la propiedad, es «psicológicamente necesario», dice. No se trata de seguridad o minerales, se trata de la ambición que los franceses llamaban «la gloire» (la gloria). Anhela convertirse en un presidente histórico, expandir el territorio estadounidense.

Trump hace referencia a la Doctrina Monroe, una máxima que ha dado forma a la política exterior estadounidense durante dos siglos. Ahora se refiere a lo que él llama la «doctrina Donroe». La doctrina Monroe fue formulada por el presidente estadounidense James Monroe en 1823. En ese momento, casi todas las colonias españolas en América habían logrado o estaban cerca de lograr la independencia. Monroe afirmó que el Nuevo Mundo y el Viejo Mundo debían seguir siendo esferas de influencia claramente separadas y, por lo tanto, cualquier esfuerzo adicional de las potencias europeas por controlar o influir en los Estados soberanos de la región se consideraría una amenaza para la seguridad de Estados Unidos. A su vez, Estados Unidos reconocería y no interferiría en las colonias europeas existentes, ni se entrometería en los asuntos internos de los países europeos.

La doctrina Monroe, cuyo objetivo original era oponerse a la intromisión europea en el hemisferio occidental, ha sido invocada repetidamente por los sucesivos presidentes estadounidenses para justificar la intervención de Estados Unidos en la región. El primer desafío directo se produjo después de que Francia instalara al emperador Maximiliano en México en la década de 1860. Tras el fin de la Guerra Civil, Francia cedió a la presión de Estados Unidos y se retiró. En 1904, el presidente Theodore Roosevelt argumentó que se debía permitir a Estados Unidos intervenir en cualquier país latinoamericano «inestable». Esto se conoció como el Corolario Roosevelt, una justificación esgrimida en varios lugares, entre ellos el apoyo a la secesión de Panamá de Colombia, que ayudó a asegurar la zona del Canal de Panamá para Estados Unidos. Durante la Guerra Fría, la Doctrina Monroe se proclamó como una «defensa contra el comunismo», como la exigencia de Estados Unidos en 1962 de que se retiraran los misiles soviéticos de Cuba, así como la oposición de la administración Reagan al gobierno sandinista de izquierda en Nicaragua.

La doctrina Donroe no es solo un capricho de Trump. Está integrada en la última Estrategia de Seguridad Nacional de la administración estadounidense. Como dijo Trump: «Bajo nuestra nueva estrategia de seguridad nacional, el dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado». Trump continuó: «Durante décadas, otras administraciones han descuidado o incluso contribuido a estas crecientes amenazas a la seguridad en el hemisferio occidental. Bajo la administración Trump, estamos reafirmando el poder estadounidense de una manera muy contundente en nuestra región».

¿Merece la pena Groenlandia desde el punto de vista económico? Su economía y su población de 56 000 habitantes son pequeñas, dependen en gran medida de la pesca y sobreviven en gran parte gracias a una subvención anual de Dinamarca de unos 3900 millones de coronas danesas (520 millones de euros), lo que equivale a unos 9000 euros por habitante al año. Según el Banco Mundial, el PIB de Groenlandia es de solo 3500-4000 millones de dólares (3200-3700 millones de euros), y alrededor del 90 % de sus exportaciones proceden de productos relacionados con la pesca.

Hasta ahora, Groenlandia no produce tierras raras, pero el Servicio Geológico de los Estados Unidos estima que posee alrededor de 1,5 millones de toneladas de reservas de tierras raras explotables, vitales desde el punto de vista tecnológico, en comparación con los recursos potenciales de tierras raras en el suelo, que ascienden a 36,1 millones de toneladas. Estos materiales se utilizan en productos que van desde motores de vehículos eléctricos hasta aviones de combate. En total, se han identificado 55 yacimientos de materias primas críticas en Groenlandia, pero solo uno está siendo explotado actualmente. El valor geológico bruto de los recursos minerales conocidos de Groenlandia podría, en teoría, superar los 4 billones de dólares (3,66 billones de euros), según las estimaciones de un estudio publicado por el American Action Forum (AAF). Sin embargo, solo una fracción de esa cantidad —alrededor de 186 000 millones de dólares— se considera realista extraer en las condiciones actuales del mercado, normativas y tecnológicas. La actividad minera es muy escasa. Algunos multimillonarios estadounidenses han creado empresas para extraer níquel; el actual secretario de Comercio de los Estados Unidos, Howard Lutnick, fue director general de una empresa minera de Groenlandia.

Groenlandia está muy subdesarrollada y tiene escasez de población. Cuenta con menos de 160 km de carreteras asfaltadas, sufre condiciones árticas extremas y tiene una mano de obra muy reducida. Desarrollar Groenlandia costaría cientos de miles de millones. La mayoría de los groenlandeses trabajan para el gobierno local (más del 43 % de los 25 000 que tienen empleo). El desempleo sigue siendo elevado, y el resto de la economía depende de la demanda de exportaciones de camarones y pescado, industrias que reciben importantes subvenciones del gobierno. De hecho, los groenlandeses han ido abandonando la isla y la población está disminuyendo.

Los que se marchan han sido sustituidos en cierta medida por trabajadores migrantes asiáticos pobres, que realizan trabajos que los groenlandeses no quieren hacer o han creado pequeñas tiendas y negocios.

¿Cuánto tendría que pagar Trump para comprar Groenlandia a Dinamarca en una «operación inmobiliaria», como la llama Trump, si se llegara a un acuerdo con Dinamarca? El Financial Times ha sugerido que una valoración de 1,1 billones de dólares sería adecuada teniendo en cuenta los recursos de la isla, pero el New York Times ha elaborado una estimación mucho más baja, entre 12 500 y 77 000 millones de dólares.
Pero, por supuesto, nadie ha consultado a los groenlandeses. Una encuesta realizada en enero de 2025 por Verian Group reveló que el 85 % de los groenlandeses se opone a abandonar Dinamarca para unirse a Estados Unidos, mientras que solo el 6 % apoya la idea. Pero quién sabe si eso cambiaría con los incentivos adecuados. La administración Trump está considerando pagos directos, entre 10 000 y 100 000 dólares por residente groenlandés, como forma de inclinar la opinión pública de Groenlandia hacia una realineación con Estados Unidos.

¿Conseguirá Trump lo que quiere? «Groenlandia es imprescindible para la seguridad nacional y mundial. No hay vuelta atrás», afirma Trump. En Davos, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, se burló de los intentos de los líderes europeos de rechazar la amenaza estadounidense de imponer un 10 % adicional a los aranceles de importación de Estados Unidos a menos que se entregue Groenlandia. «Imagino que primero formarán el temido grupo de trabajo europeo, que parece ser su arma más poderosa» (jo, jo). Bessent dijo que Europa es demasiado débil para protegerse de la influencia rusa y china en el Ártico y que por eso Donald Trump está presionando para tomar el control de Groenlandia.

Es muy probable que Trump consiga Groenlandia y se convierta así en el primer presidente estadounidense en expandir el imperio de Estados Unidos en el hemisferio occidental. Se descarta la acción militar, pero la guerra económica está en la agenda a menos que los europeos capitulen, y Europa depende en gran medida de las importaciones de gas natural licuado de Estados Unidos para su energía y del poderío militar estadounidense para continuar la guerra contra la invasión rusa de Ucrania. Por lo tanto, es probable que se produzca algún «acuerdo inmobiliario».

Y luego Trump seguirá adelante: en América Latina, su objetivo es finalmente apoderarse de Cuba; en América del Norte, Canadá sigue siendo un objetivo de anexión. Este último objetivo ha llevado a un cambio radical de rumbo por parte del primer ministro de Canadá, Mark Carney. Carney es el máximo representante de la clase financiera internacional, antiguo ejecutivo de Goldman Sachs y exdirector del Banco Central de Canadá y del Banco de Inglaterra. Regresó a Canadá y se hizo con el control del Partido Liberal, que ganó las últimas elecciones con un programa nacionalista de «independencia» canadiense frente a las exigencias de Trump.

Ahora, en Davos, Carney pronunció un discurso sorprendente.: «Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de la agradable ficción y del amanecer de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no tiene límites… Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en normas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben».

Con una honestidad sorprendente (a posteriori, por supuesto), Carney expuso la realidad del orden internacional basado en normas, la globalización y el Consenso de Washington. «Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamábamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, elogiamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Podíamos aplicar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección. Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las normas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor en función de la identidad del acusado o de la víctima. PERO: «Esta ficción era útil y la hegemonía estadounidense, en particular, contribuía a proporcionar bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a los marcos para la resolución de disputas».

Pero todo eso se ha acabado. «Más recientemente, las grandes potencias comenzaron a utilizar la integración económica como arma. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como coacción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades que explotar. No se puede «vivir en la mentira» del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación. Las instituciones multilaterales en las que confiaban las potencias medias —la OMC, la ONU, la COP— la arquitectura de la resolución colectiva de problemas — se han visto muy mermadas».

¿Qué hacer? «Cuando las reglas ya no te protegen, debes protegerte a ti mismo. Pero seamos claros sobre adónde nos lleva esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible». Carney afirma que está liderando el camino para las principales economías capitalistas en esta nueva era. «Canadá fue uno de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar fundamentalmente nuestra postura estratégica. Los canadienses saben que nuestra antigua y cómoda suposición de que nuestra geografía y nuestras alianzas nos conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida».

Otros líderes en Davos deberían reconocer lo que está sucediendo. «Significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el «orden internacional basado en normas» como si aún funcionara tal y como se anunciaba. Llamar al sistema por su nombre: un período en el que los más poderosos persiguen sus intereses utilizando la integración económica como arma de coacción». La realidad global es que «el antiguo orden no va a volver. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esta es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de cooperación genuina. Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de construir nuestra fuerza en casa y de actuar juntos.»

Así pues, Carney es el realista, mientras que los líderes europeos luchan por hacer frente a «Donroe» y al fin del Consenso de Washington, que supuestamente confirmaba una «alianza occidental» contra las fuerzas de la «autocracia» (Rusia, China, Irán). Carney ahora quiere que las «potencias medias» se organicen por separado: ¿un BRICS del Norte? Canadá acaba de firmar un acuerdo comercial con China y se prepara para defender su independencia de la potencia hegemónica de su frontera, una vez que Trump se haga con Groenlandia.

El mundo capitalista supuestamente armonioso de la cooperación global, liderado por un Estado hegemónico en alianza con otras «democracias» capitalistas que establecen las reglas para los demás, ha llegado a su fin. Ahora cada nación vela por sus propios intereses, buscando nuevas alianzas en un mundo multipolar. Ya nada es seguro ni predecible. No es de extrañar que el oro, ese activo refugio del pasado, haya alcanzado un precio récord."

( ,blog, 21/01/26, traducción DEEPL) 

8.1.26

El reciente estruendo de explosiones sobre Venezuela, Palestina, Líbano, Siria, Irán, Irak, Somalia, Yemen y Nigeria no son simplemente los espasmos de un imperio estadounidense en decadencia. Son algo mucho más aterrador: el comienzo de la era de la impunidad... Está naciendo un nuevo mundo, un mundo totalmente libre de las restricciones del derecho internacional, o incluso de los principios morales más básicos y universales... Desde el encarcelamiento masivo y los excesos policiales de la “guerra contra las drogas”, hasta las entregas, ejecuciones y torturas de la “guerra contra el terrorismo”, hasta la pauperización sistemática de la mayoría para consolidar la riqueza y el poder de unos pocos, el imperio estadounidense ha estado en una senda de guerra de décadas que culminó con el exterminio del pueblo palestino y el ataque de esta semana a Venezuela. Estas ondas de opresión en constante expansión, sin control, nos amenazan a todos. Porque en un mundo donde ni siquiera el genocidio es una línea roja, no hay líneas rojas... Este nuevo mundo es hijo de la impunidad... Y todos los supuestos controles dentro de las instituciones del propio imperio han demostrado ser totalmente cómplices, incluidos los tribunales... El atroz hijo de esta impunidad trae consigo los peores rasgos genéticos de sus progenitores del siglo XX: racismo, imperialismo, colonialismo, fascismo, sionismo, agresión y genocidio. Pero ahora está armado con las terribles tecnologías del siglo XXI de vigilancia, silenciamiento y asesinato... los principales motivos de la agresión estadounidense contra los países del Sur global son la posesión de riquezas minerales codiciadas por las corporaciones estadounidenses, la negativa a someterse a la hegemonía estadounidense y la oposición a los crímenes del régimen israelí. Venezuela ha sido culpable de los tres... Aún no es tarde para que el mundo se levante y detenga el surgimiento de este nuevo orden atroz (Craig Mokhiber, ex alto funcionario de las Naciones Unidas)

 "El reciente estruendo de explosiones sobre Venezuela, Palestina, Líbano, Siria, Irán, Irak, Somalia, Yemen y Nigeria no son simplemente los espasmos de un imperio estadounidense en decadencia. Son algo mucho más aterrador: el comienzo de la era de la impunidad.

El 3 de enero de 2026, sin provocación, causa ni justificación legal, Estados Unidos bombardeó Venezuela, invadió su capital, mató a decenas de personas y secuestró violentamente al presidente y a la primera dama del país, atándolos, vendando los ojos y llevándolos a Estados Unidos.  

Sin duda, una violación tan flagrante de todo un conjunto de leyes internacionales, que de hecho cuestiona la pieza central del marco legal posterior a la Segunda Guerra Mundial que prohíbe los actos de agresión, sería recibida con una condena universal. 

En cambio, lo que ha seguido han sido gemidos equívocos de varios líderes occidentales, una respuesta hipercautelosa del Secretario General de las Naciones Unidas, una condena retórica de los miembros del Consejo de Seguridad, pero ninguna acción en absoluto, y un apoyo entusiasta de los medios corporativos estadounidenses y occidentales. 

¿Cómo pudo ser esto? 

En pocas palabras, estamos presenciando el comienzo de una era de impunidad. 

Caminando torpemente hacia Belén 

El reciente sonido de explosiones sobre Venezuela, Palestina, Líbano, Siria, Irán, Irak, Somalia, Yemen y Nigeria, y sobre el Mar Rojo, el Mar Mediterráneo y el Mar Caribe, no es meramente el sonido de un espasmo imperial momentáneo de un imperio estadounidense en decadencia. 

Presagia algo mucho más aterrador. 

Está naciendo un nuevo mundo (o tal vez renaciendo, ya que recuerda los horrores de la primera mitad del siglo XX ) . 

El imperio estadounidense ha estado en una senda de guerra que ha durado décadas y que culminó con el exterminio del pueblo palestino y el ataque de esta semana a Venezuela.

Un mundo totalmente libre de las restricciones del derecho internacional, o incluso de los principios morales más básicos y universales. 

Un nacimiento que podría haber sido predicho por cualquiera que prestara atención a las maquinaciones del imperio y sus aliados y vasallos en las últimas décadas. 

Desde el encarcelamiento masivo y los excesos policiales de la “guerra contra las drogas”, hasta las entregas, ejecuciones y torturas de la “guerra contra el terrorismo”, hasta la pauperización sistemática de la mayoría para consolidar la riqueza y el poder de unos pocos, el imperio estadounidense ha estado en una senda de guerra de décadas que culminó con el exterminio del pueblo palestino y el ataque de esta semana a Venezuela. 

Estas ondas de opresión en constante expansión, sin control, nos amenazan a todos. 

Porque en un mundo donde ni siquiera el genocidio es una línea roja, no hay líneas rojas. 

Un hijo de la impunidad

Este nuevo mundo es hijo de la impunidad. 

Durante más de dos años, el mundo ha observado pasivamente cómo el Eje Estados Unidos-Israel avanzaba por Asia occidental, África y América Latina en una sangrienta campaña de conquista y destrucción.

La Carta de las Naciones Unidas, el Estatuto de Roma, las leyes de la guerra, las normas de los derechos humanos, el derecho del mar, las leyes sobre el uso de la fuerza, todos han sido pisoteados y dejados en ruinas por las acciones y pronunciamientos del Eje, la complicidad de sus aliados y vasallos y la complacencia de otros estados. 

Por su parte, las instituciones internacionales creadas tras la Segunda Guerra Mundial para prevenir y responder a tales horrores han sido sistemáticamente corrompidas, intimidadas o reprimidas por el Eje. La Corte Penal Internacional se encuentra prácticamente paralizada ante las sanciones ilegales de Estados Unidos . La Corte Internacional de Justicia se enfrenta a un acoso y una presión política sin precedentes. 

Los relatores de derechos humanos de la ONU se encuentran bajo una constante campaña de difamación y sanciones . Incluso el Consejo de Seguridad de la ONU se ha rendido ante el imperio estadounidense, como lo demuestra su resolución 2803 de noviembre de 2025, que respalda los planes totalmente ilegales y abiertamente coloniales de la administración Trump para Gaza. 

Los Estados del mundo occidental, que durante mucho tiempo se han erigido en defensores de los derechos humanos y del derecho internacional, en lugar de hacer frente a los excesos del Eje, se han tropezado unos con otros para besar obsequiosamente el anillo del emperador y hacer reverencias a los administradores empapados de sangre de su proyecto colonial en Palestina. 

Y todos los supuestos controles dentro de las instituciones del propio imperio han demostrado ser totalmente cómplices, incluidos los tribunales, que están impulsados ​​políticamente y generalmente desdeñosos del derecho internacional, el Congreso, totalmente corrompido por los lobbies, las corporaciones y los multimillonarios que impulsan los crímenes estadounidenses e israelíes en primer lugar, y los medios corporativos, que se han dedicado por completo a encubrir las causas imperialistas, extractivas, corporativas y sionistas que están en la raíz de la violencia que envuelve al mundo hoy. 

Esta impunidad combina los peores rasgos de sus progenitores del siglo XX: racismo, imperialismo, colonialismo, fascismo, sionismo, agresión y genocidio, con las terribles tecnologías del siglo XXI de vigilancia, silenciamiento y asesinato.

Sí, el pueblo mismo se ha alzado, y en cifras récord, para oponerse a los crímenes del Eje. Pero se ha encontrado con una represión sistemática y brutal dentro del imperio y en todo Occidente, e incluso en los estados de primera línea capturados de Asia Occidental. 

Como resultado, el Eje ha gozado de absoluta impunidad, alentando actos cada vez más atroces, en un creciente crescendo de violencia que ha incluido agresiones contra países de Asia occidental y África, una cadena de asesinatos , ataques a barcos humanitarios en el Mediterráneo, ataques terroristas transnacionales con buscapersonas con trampas explosivas, ocupación ilegal de varias naciones y un genocidio continuo en Palestina. 

En este contexto, nadie debería sorprenderse por la flagrante criminalidad de Estados Unidos al imponer brutales medidas coercitivas unilaterales diseñadas para someter por hambre a la población de Venezuela, varios intentos de golpe de Estado, una serie de ejecuciones extrajudiciales de navegantes en el Caribe y el Pacífico oriental, la piratería de los petroleros del país y la confiscación de su carga, el bombardeo y la invasión del país, y el violento secuestro del Presidente y la Primera Dama. 

Así funciona la impunidad. Cuanto más se la alimenta, más hambre tiene. Y el mundo ha alimentado esta impunidad durante décadas. 

El atroz hijo de esta impunidad trae consigo los peores rasgos genéticos de sus progenitores del siglo XX: racismo, imperialismo, colonialismo, fascismo, sionismo, agresión y genocidio. Pero ahora está armado con las terribles tecnologías del siglo XXI de vigilancia, silenciamiento y asesinato. Los impactos de esta combinación letal se sienten ahora en tres continentes del Sur global, mientras el resto del mundo se tambalea al borde del abismo. 

Crímenes imperiales en Venezuela

Si su comprensión de los acontecimientos en Venezuela proviene de los medios corporativos occidentales cómplices, se le puede perdonar por no saber que el ataque de Estados Unidos al país, y sus acciones en el período previo al ataque, fueron completamente ilegales. 

Legalmente, esto no podía calificarse de operación policial. Se trataba, más bien, de una operación criminal, por la cual los autores, quienes la ordenaron y quienes cumplieron esas órdenes ilegales debían rendir cuentas conforme al estado de derecho. 

De hecho, el complejo de crímenes internacionales perpetrados por Estados Unidos en Venezuela es sorprendente en su alcance. 

Las sanciones impuestas a Venezuela por Estados Unidos como medidas coercitivas unilaterales son ilegales según la Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional de los derechos humanos. Los intentos de golpe de Estado apoyados por Estados Unidos en 2002 , 2019 y 2020 fueron ilegales . La acción encubierta de la CIA en el país ha sido ilegal . El asesinato de navegantes en el Caribe y el Pacífico es ilegal y constituye una ejecución extrajudicial según el derecho internacional de los derechos humanos . 

El bloqueo estadounidense a Venezuela es ilegal . La piratería estadounidense de petroleros venezolanos fue ilegal, pues constituyó un acto de agresión marítima según la Carta de las Naciones Unidas y el Derecho del Mar , y una violación de los principios jurídicos de inmunidad soberana e inmunidad estatal . El bombardeo, la invasión y las posteriores amenazas de mayor fuerza son ilegales según el Artículo 2(4) de la Carta de las Naciones Unidas, un tratado vinculante para Estados Unidos. 

Los secuestros de Nicolás Maduro y Cilia Flores fueron ilegales según la Carta , según el derecho internacional de los derechos humanos, que prohíbe el arresto y la detención arbitrarios , así como según el principio internacionalmente reconocido de inmunidad de los jefes de Estado. La violencia empleada durante el secuestro, basada en un arresto ilegal, y que resultó en lesiones significativas a Flores, fue ilegal . El desfile público y la difusión de fotos de Maduro atado fueron ilegales según el derecho internacional humanitario. La privación sensorial impuesta a Maduro (con vendas en los ojos y tapones para los oídos) fue ilegal . Y, debido a que su arresto (secuestro) fue ilegal, su detención continua también es ilegal , como una cuestión de derecho internacional de los derechos humanos. 

Estados Unidos carece de una defensa legal creíble para sus crímenes internacionales en Venezuela. Sus violaciones son evidentes y su culpabilidad, evidente. Sin duda consciente de ello, intenta sustituir el derecho internacional por su propio derecho interno y aplicarlo extraterritorialmente, lo que constituye en sí mismo un flagrante acto de imperialismo. 

El gobierno de Trump actúa así porque sabe que la legislación estadounidense a menudo está en desacuerdo con los estándares internacionales, y que los tribunales estadounidenses son notoriamente chovinistas, extremadamente deferentes con el gobierno en asuntos internacionales, abiertos a permitir una amplia discreción al gobierno cuando alega preocupaciones de “seguridad nacional”, generalmente desdeñosos del derecho internacional (al que a menudo, de manera despectiva e incorrecta, se refieren como “derecho extranjero”) y, con jueces designados políticamente, sujetos a influencia política. 

También se basa en la «defensa de la palabra mágica», mediante la cual la mera mención de términos como «terrorismo» y su pariente ficticio más reciente, «narcoterrorismo», crea una sensación de excepcionalidad, generando así el consentimiento tanto del público como de una parte del poder judicial. En tales circunstancias, si bien el resultado no está garantizado, la posibilidad de un juicio justo para Maduro y Flores es, en el mejor de los casos, limitada. 

La conexión israelí  

En su primer discurso público desde los ataques estadounidenses, la vicepresidenta venezolana (y ahora presidenta interina) Delcy Rodríguez declaró que el ataque al país tenía connotaciones sionistas . Si bien no dio más detalles, la influencia del régimen israelí en el apoyo a fuerzas de derecha y la desestabilización de gobiernos progresistas en la región es bien conocida. Las armas, la tecnología de vigilancia, la inteligencia, el entrenamiento y la influencia israelíes a través de sus agentes en la región han sido una constante en América Latina durante décadas. 

Por su parte, los dirigentes del régimen israelí se han mostrado eufóricos en su celebración de los ataques y del secuestro del presidente venezolano (y han expresado su esperanza de que los próximos ataques sean en Irán). 

Y esto no es ninguna sorpresa. Desde la elección de Hugo Chávez y el inicio de la Revolución Bolivariana hace más de un cuarto de siglo, Venezuela ha afirmado su independencia, se ha resistido a la hegemonía estadounidense, ha destinado su riqueza petrolera y mineral a mejorar las condiciones de vida en el país y se ha solidarizado con la lucha palestina por los derechos humanos. 

Al igual que Irán, Irak y Libia antes que ellos, esa combinación de factores ha asegurado el lugar de Venezuela en la mira del eje Estados Unidos-Israel. 

Los principales motivos de la agresión estadounidense contra los países del Sur global son la posesión de riquezas minerales codiciadas por las corporaciones estadounidenses, la negativa a someterse a la hegemonía estadounidense y la oposición a los crímenes del régimen israelí. Venezuela ha sido culpable de las tres.

Es más, el régimen israelí tiene un largo historial de ataques a fuerzas progresistas, apoyo a regímenes de derecha, escuadrones de la muerte y dictadores, y de sembrar conflictos en toda Latinoamérica. A lo largo de las décadas, sus huellas sangrientas se han revelado en Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú y Venezuela.

Esto, sumado a los instintos anticoloniales de la región, explica el descontento con el que los gobiernos latinoamericanos de izquierda ven al régimen israelí. Y también explica por qué los movimientos y líderes de extrema derecha de la región declaran sistemáticamente su apoyo fanático al régimen y al proyecto sionista, incluso en medio del genocidio en Palestina. 

Mientras que los gobiernos progresistas de la región han condenado el genocidio, se han sumado a la demanda de genocidio de la CIJ contra Israel y han roto relaciones diplomáticas con el régimen, los gobiernos de derecha, así como los líderes de la oposición de derecha venezolana , han elogiado al régimen israelí y, con servilismo, han prometido una cooperación aún más estrecha. El régimen, como siempre, está profundamente comprometido con derrocar a los gobiernos de izquierda en América Latina y apoyar a la derecha. 

Al mismo tiempo, la oposición de Venezuela al régimen israelí, a pesar de poseer las mayores reservas de petróleo del mundo, es vista por el Eje estadounidense-israelí como un obstáculo potencial para sus nefastos planes de guerra contra Irán. La propia capacidad petrolera de Irán, y especialmente su control efectivo sobre el Estrecho de Ormuz (y, por ende, los mercados energéticos mundiales), hacen que el control del petróleo venezolano sea especialmente atractivo para el Eje, mientras se prepara para renovar sus ataques contra Irán. 

Así pues, los principales motivos de la agresión estadounidense contra los países del Sur global son la posesión de riquezas minerales codiciadas por las corporaciones estadounidenses, la negativa a someterse a la hegemonía estadounidense y la oposición a los crímenes del régimen israelí. Venezuela ha sido culpable de los tres. Y estos son los verdaderos «crímenes» por los que se le está procesando. 

La vida después de la ley

El naciente proyecto de derecho internacional siempre ha sido débil e incipiente. Pero las barreras establecidas desde 1945 ofrecían cierta esperanza de un mundo gobernado, al menos en parte, por el estado de derecho, en lugar de solo por la fuerza. Y se había establecido un consenso global según el cual los peores crímenes —la agresión y el genocidio— estaban fuera de lugar. El Eje Estados Unidos-Israel, tan a menudo acusado de violar el derecho internacional, ha perdido la paciencia con todo el proyecto y, con el genocidio en Palestina, la lluvia de bombas del Eje en países de todo el mundo y, ahora, la agresión en Venezuela, ha declarado al mundo que nace un nuevo orden. Uno en el que todos deben someterse al imperio o perecer. 

Aún no es tarde para que el mundo se levante y detenga el surgimiento de este nuevo orden atroz. Movimientos de personas, dentro y fuera del imperio, pueden desafiarlo con la urgencia y la unidad de propósito que requiere. La mayoría global, liderada por las naciones libres del Sur, podría unirse como lo hizo en las décadas de 1960 y 1970 para desafiar al imperio y trazar una línea de principios centrada en la acción colectiva por la paz, la seguridad, la autodeterminación y los derechos humanos de los pueblos de todo el mundo. Lamentablemente, hasta la fecha, hay poca evidencia que sugiera que esto esté sucediendo. 

Mientras tanto, el mensaje inequívoco e inequívoco que el régimen imperial estadounidense, su perro de ataque israelí y sus legiones de serviles vasallos occidentales envían al mundo, a los estados-nación bajo su mira y a todos los pueblos que resisten la ocupación extranjera, la dominación colonial y los regímenes racistas es este: la diplomacia no los salvará. El derecho internacional no los salvará. Las Naciones Unidas no los salvará. Y vamos por ustedes." 

(Craig Mokhiber es abogado internacional de derechos humanos y ex alto funcionario de las Naciones Unidas, Mondoweiss, 07/01/26, traducción Gaceta Crítica)