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21.12.21

La expansión del sistema penal es una característica esencial de la actual fase del neoliberalismo... los Estados prometen la paz y el orden a través del endurecimiento de los sistemas de castigo, sistemas que, a su vez, se están dirigiendo contra las poblaciones más pobres y más vulnerables... también las políticas que en las últimas décadas ha puesto en marcha el neoliberalismo progresista, a menudo en nombre del feminismo y las políticas LGTBI... es necesario que abramos en nuestro país un debate crítico acerca del papel que ciertas políticas feministas contemporáneas tienen en relación con este giro punitivo actual de los sistemas neoliberales... La figura de la tercería locativa, defendida como una herramienta penal para castigar a los proxenetas, ya ha demostrado en otros países efectos nefastos; vuelve delictiva la conducta de quien alquila una habitación o un piso en el que se pudiera ejercer la prostitución (lo que dificulta el acceso de las mujeres a la vivienda) y criminaliza tanto a un posible arrendador como a las propias prostitutas, muchas de las cuales comparten piso. Este tipo de medidas ha supuesto que sean las mujeres y sus entornos familiares o personales —compañeras, parejas o hijos— quienes acaben perseguidos por el sistema penal

 "El debate sobre la prostitución, durante mucho tiempo circunscrito a los ámbitos más militantes del feminismo, vuelve a estar sobre la mesa. La propuesta del Gobierno de coalición —que, entre otras cosas, consiste en ampliar el delito de proxenetismo y recuperar la figura penal de la tercería locativa— está siendo contestada por distintos colectivos de trabajadoras sexuales. 

Señalan que esta manera de legislar implicará una criminalización de su propia actividad y las abocará a condiciones de mayor invisibilidad, clandestinidad, desprotección institucional y vulnerabilidad.

 La figura de la tercería locativa, defendida por sus proponentes como una herramienta penal para castigar a los proxenetas, ya ha demostrado en otros países efectos nefastos; vuelve delictiva la conducta de quien alquila una habitación o un piso en el que se pudiera ejercer la prostitución (lo que dificulta el acceso de las mujeres a la vivienda) y criminaliza tanto a un posible arrendador como a las propias prostitutas, muchas de las cuales conviven y comparten piso. Este tipo de medidas ha supuesto que sean las mujeres y sus entornos familiares o personales —compañeras, parejas o hijos— quienes acaben perseguidos por el sistema penal.

 En esta línea, una parte de la izquierda parlamentaria —Bildu, ERC, la CUP y En Comú Podem— ya ha mostrado su desacuerdo con este abordaje que comparten tanto el PSOE como Podemos y han criticado el enfoque punitivo que recorre la ley de libertades sexuales en algunos de sus puntos. El propio Sánchez, en el Congreso del partido socialista, prometió abolir la prostitución, y, de hecho, “antes de que acabe la legislatura”. El presidente del Gobierno nos garantiza acabar con la prostitución y hacerlo, además, pasado mañana, a través de rápidas reformas penales.

Cualquier intento de combatir la trata o la prostitución forzosa debe dirigirse, en primer lugar, hacia las leyes de extranjería y las políticas migratorias de nuestros Estados, que son las que justamente ponen en marcha la maquinaria del negocio del tráfico y la explotación sexual y laboral de muchas personas migrantes. Son las propias leyes vigentes en el Estado español las que a día de hoy condicionan la ayuda a las víctimas de trata a su colaboración policial bajo amenaza de ser expulsadas, lo que convierte a nuestras propias instituciones no en un lugar de protección y ayuda para las mujeres, sino en un peligro del que esconderse.

Por otra parte, remover los obstáculos que, sin duda, forman parte del contexto en el que algunas mujeres optan por el trabajo sexual —muchas de ellas ante la ausencia de otras opciones que preferirían— es un objetivo feminista. Pero eso nos compromete con la tarea de ampliar el margen de elección de las mujeres —con más opciones laborales reales, más autonomía económica y más (¡no menos!) derechos sociales—.

 Se trata de dar a las mujeres más opciones para poder elegir, no de decretar por ley la invalidez de su elección y su consentimiento. La primera perspectiva entiende que las mujeres viven en un mundo en el que su libertad está limitada y nos obliga a trabajar en él para ampliarla, la segunda opción hace descansar una parte fundamental del problema en las propias mujeres, que no saben lo que quieren. La primera implica fortalecer el Estado de bienestar y los derechos, la segunda es muy barata.

Existe hoy un debate global acerca del lugar que ocupa la política penal en la construcción de la ciudadanía en el siglo XXI. El sociólogo Loïc Wacquant es uno de los principales referentes de una reflexión crítica sobre el actual avance de los sistemas de castigo en las democracias liberales. Su tesis es que la expansión del sistema penal es una característica esencial de la actual fase del neoliberalismo. Ante el retraimiento del Estado de bienestar y los sistemas de protección social y el aumento de la incertidumbre y la inseguridad, los Estados prometen la paz y el orden a través del endurecimiento de los sistemas de castigo, sistemas que, a su vez, se están dirigiendo contra las poblaciones más pobres y más vulnerables. 

En Estados Unidos diversos teóricos y teóricas provenientes de los estudios legales críticos y el antirracismo llevan años poniendo sobre la mesa la necesidad de reflexionar sobre el avance del sistema carcelario. No señalan solo la agenda de Trump, sino también a las políticas que en las últimas décadas ha puesto en marcha el neoliberalismo progresista, a menudo en nombre del feminismo y las políticas LGTBI. Ni Europa ni el Estado español son una excepción a esta regla. Como dice Ignacio González Sánchez en Neoliberalismo y castigo (Bellaterra, 2021), “hoy tenemos más policías y más personas presas que hace cincuenta años, y un Código penal más duro que el vigente cuando Franco murió”.

La tímida reforma de la ley mordaza que Sánchez prometió derogar es un síntoma preocupante. Como lo es, por ejemplo, que el partido más a la izquierda del Gobierno considere una buena idea legitimar a empresas privadas en la gestión de nuestros derechos fundamentales y darles carta blanca para eliminar por sí mismos contenidos y celebrar que las garantías judiciales sean sustituidas por una política de empresa de Mark Zuckerberg. Llevamos tiempo asistiendo a una mutación por la cual las izquierdas han dejado de apostar decididamente por el debate público, los derechos políticos y las libertades de expresión para entregarles a las derechas la posibilidad de explotar ese campo.

Es evidente cuál es la agenda de las ultraderechas en relación con el papel del derecho penal y las propuestas punitivas. La pregunta es cuál es la de las izquierdas. En este sentido es necesario que abramos en nuestro país un debate crítico acerca del papel que ciertas políticas feministas contemporáneas tienen en relación con este giro punitivo actual de los sistemas neoliberales. Aya Gruber, penalista americana, ha escrito recientemente The Feminist War On Crime: The Unexpected Role of Women’s Liberation in Mass Incarceration (U.C. Press 2020) para denunciar el problemático papel de las políticas contra la violación norteamericanas en el aumento de la política carcelaria de Estados Unidos.

 Junto a Gruber, otras feministas actuales, como la profesora de Harvard Janet Halley, señalan que una parte del feminismo se está volcando en la defensa de leyes contra la violencia sexual que “están criminalizando como primer y no como último recurso para lograr el cambio social” (Janet Halley, 2015). La propuesta de ley de libertades sexuales del Gobierno está influenciada por esos avances legislativos implementados las últimas décadas en Estados Unidos y en el contexto anglosajón. 

Al igual que esas doctrinas penales, incorpora una preocupante renuncia por las políticas sociales y económicas que en otro tiempo fueron la agenda irrenunciable de las izquierdas y las sustituye por promesas de paz y seguridad a través del derecho penal. Debe ser, por tanto, una ocasión para abrir un debate en profundidad y para pensar críticamente uno de los temas de nuestro tiempo: qué usos y abusos de la política penal están haciendo las izquierdas y los feminismos y cuál es su significado y sus consecuencias en nuestra época actual."                      (Clara Serra, El País, 17/11/21)

22.10.21

Si la voluntad de este Gobierno es acabar con esta explotación sexual y abolirla definitivamente, tiene que saber que su principal tarea es garantizar derechos y renta a las personas que se ven abocadas a la prostitución... la política de extranjería está condenando a entre 600.000 y 800.000 personas a la clandestinidad al negarles permisos de residencia y trabajo... Quienes conocemos de cerca esta situación hemos visto a mujeres prostituirse por los 500 euros que cuesta un empadronamiento, o por los 3.000 euros por los que se vende un contrato de trabajo en esos mercados que no se ven... Este verano 4,5 millones de personas, autóctonas y migrantes, vivían en una situación de pobreza severa... en estas condiciones, toda forma de obtención de renta tiene cabida para la supervivencia, también la prostitución... Por eso el punto primero en una agenda abolicionista debe ser garantizar el estatus de ciudadanía y una renta a todas las personas... o el remedio fácil, el castigo: perseguir y multar al putero como forma de abolir la prostitución. Más allá del reproche moral que pueden causar aquellos que consumen prostitución, y que comparto, esta no es la solución al problema... Mientras todas las personas que están en riesgo de prostitución no tengan garantizada la renta para la obtención de los bienes básicos para la vida, no debería implementarse ninguna medida de persecución al putero, por más que nos repugnen... La persecución al putero supondría más clandestinidad y mayores dificultades para quien se prostituye, los empadronamientos y los contratos de trabajo a cambio de sexo saldrían más caros. Esta es una realidad horrible y tenemos que salir cuanto antes de ella... El punitivismo es la falsa creencia de que los problemas sociales se solucionan con más castigo. Nunca funciona... Imaginemos que mañana pusiéramos multas y penas tan altas que todos los puteros se disuadieran de consumir prostitución, las prostitutas que siguieran sin tener garantizada la subsistencia tendrían que buscar la manera de subsistir y se verían abocadas a otras violencias aun mayores que no soy capaz ni de escribir aquí

 "(...) Mi reflexión la situaré dentro de las posturas abolicionistas que proponen reconocer mayores derechos a las prostitutas como forma de erradicación del problema.

 Si la voluntad de este Gobierno es acabar con esta explotación sexual y abolirla definitivamente, tiene que saber que su principal tarea es garantizar derechos y renta a las personas que se ven abocadas a la prostitución. Sin duda, la derogación de la ley de extranjería y la aprobación de una renta básica universal debe estar entre las primeras tareas de una agenda abolicionista.

 No existen datos oficiales, pero, según diversas estimaciones, la política de extranjería de este país está condenando en este momento a entre 600.000 y 800.000 personas a la clandestinidad al negarles permisos de residencia y trabajo, los famosos “papeles”. Eso significa que estas personas no pueden trabajar con un contrato de trabajo ni un alta en la Seguridad Social. Sus posibilidades en la elección de un trabajo son, por tanto, mínimas y se ven obligadas a escoger los trabajos con menor reconocimiento social y salarial. 

Si las mujeres ya jugamos de por sí en desventaja en el acceso al empleo, cuando eres una mujer migrante “sin papeles” aún es más difícil. Con esta estrechez de margen, para algunas mujeres en esta situación la prostitución se convierte en la única posibilidad de obtención de renta. Los y las menores extranjeros extutelados, a quienes hasta ahora la ley no les concedía el permiso de trabajo cuando cumplen la mayoría de edad, engrosan también estos grupos de personas en riesgo de verse abocadas a la prostitución. 

Para obtener la residencia y el permiso de trabajo, la ley exige demostrar tres años de permanencia en el Estado español y tener un contrato de trabajo de un año. Requisitos ambos muy difíciles de cumplir, sobre todo un contrato de un año, algo de difícil obtención para todas. Conseguir un empadronamiento o un contrato de trabajo se hace vital para poder obtener los “papeles” que permitirá un trabajo con derechos.

  Quienes conocemos de cerca esta situación hemos visto a mujeres prostituirse por los 500 euros que cuesta un empadronamiento o por los 3.000 euros a los que se vende un contrato de trabajo en esos mercados que no se ven. Situaciones todas estas evitables si la ley de extranjería concediera los permisos de residencia y trabajo a todas la personas que se encuentren en este país realizando una actividad –cuidando, en el campo, en el top manta o en las bicis de reparto, por ejemplo– sin exigir más requisitos.

 Pero no solo las personas migrantes pueden verse abocadas a la prostitución como única forma de obtener una renta, las personas autóctonas pobres también. Este verano 4,5 millones de personas, autóctonas y migrantes, vivían en una situación de pobreza severa en el Estado. Esto significa no poder acceder a una vivienda digna, a la canasta básica de alimentos o a los suministros como la luz y el agua. Combatir esta pobreza extrema es el primer paso para erradicar la prostitución. 

(...)  toda forma de obtención de renta tiene cabida para la supervivencia, también la prostitución.

 Por eso el punto primero en una agenda abolicionista, por encima de cualquier otro, debe ser garantizar el estatus de ciudadanía y la renta a todas las personas. Lamentablemente esto no suele abordarse porque ello supone desafiar, en parte, las sacrosantas reglas del neoliberalismo. Entonces queda el remedio fácil, el castigo: perseguir y multar al putero como forma de abolir la prostitución. Más allá del reproche moral que pueden causar aquellos que consumen prostitución, y que comparto, esta no es la solución al problema. 

Al menos, desde luego, no es la primera solución que debe aparecer en una agenda abolicionista. Ni siquiera es simultánea. Mientras todas las personas que están en riesgo de prostitución no tengan garantizada la renta para la obtención de los bienes básicos para la vida no debería implementarse ninguna medida de persecución al putero, por más que nos repugnen. Hablo aquí de los consumidores de prostitución, y no de la trata con fines de explotación sexual o del proxenetismo, cuestión que me merece otra opinión que excede de este artículo. 

Hay que salir de las consignas y ser consciente de la dura realidad material de las personas que se ven abocadas a la prostitución. La persecución al putero supondría más clandestinidad y mayores dificultades para quien se prostituye, los empadronamientos y los contratos de trabajo a cambio de sexo saldrían más caros. Esta es una realidad horrible y tenemos que salir cuanto antes de ella, por eso es urgente la regularización de las personas migrantes (...)

El punitivismo es la falsa creencia de que los problemas sociales se solucionan con más castigo. Nunca funciona. Imaginemos que mañana pusiéramos multas y penas tan altas que todos los puteros se disuadieran de consumir prostitución,  las prostitutas que siguieran sin tener garantizada la subsistencia tendrían que buscar la manera de subsistir y se verían abocadas a otras violencias aun mayores que no soy capaz ni de escribir aquí.  

Si la persecución a los puteros no soluciona el problema sin antes abordar las realidades materiales, mucho menos lo soluciona la persecución a las mujeres y jóvenes que ejercen la prostitución. Lamentablemente muchas ordenanzas municipales en los últimos años han ido encaminadas a perseguir el ejercicio de la prostitución en la vía pública en aras de garantizar la “seguridad ciudadana”. Cualquier postura que tenga vocación de erradicar verdaderamente la explotación sexual debe alejarse rápido de estas soluciones que no borran el problema, si no que borran a quienes lo padecen."                (Pastora Filigrana García, CTXT, 20/10/2021)

20.4.20

Sonia es una más entre miles de mujeres que, a pesar del confinamiento, se ven obligadas a seguir trabajando en la prostitución para poder comer... “Los kamikazes me dan de comer. No me siento orgullosa, pero ahora estamos pasando hambre; tengo que hacer masajes y lo que haga falta, lo que no he hecho nunca”

"Los kamikazes me dan de comer. No me siento orgullosa, pero ahora estamos pasando hambre; tengo que hacer masajes y lo que haga falta, lo que no he hecho nunca”. 

Lo cuenta una mujer con estudios, masajista titulada, dada de alta como autónoma en la Seguridad Social y con dos hijos menores que no conviven con ella, a la que llamaremos Sonia.

 “Sé que corro un riesgo, pero tengo que comer, tengo hijos, se trata de la supervivencia. Yo, en la primera semana [del estado de alarma], me retiré, no trabajé nada de nada. Pero ahora escuchas a Pedro Sánchez decir: una semana más, otra semana más... Yo sé que me arriesgo, y no quiero contagiar a nadie. Pero esto es supervivencia”, añade Sonia en conversación telefónica desde el piso en el que se ha quedado confinada.

Sonia es una más entre miles de mujeres que, a pesar del confinamiento decretado por el estado de alarma, se ven obligadas a seguir trabajando en la prostitución para poder comer.

 El distanciamiento social, en su caso, es solo un eufemismo. Se trata sobre todo de marginación social; de exclusión y explotación. Desde aquel ya lejano 14 de marzo, los voluntarios y las responsables de organizaciones de apoyo a las víctimas de trata sexual no hacen el seguimiento habitual de las mujeres para proporcionar material preventivo o información socio sanitaria. 

Ahora dedican el día y la noche a solucionar cuestiones tan urgentes y básicas como la alimentación, gastos mínimos de teléfono agua, luz y los de alquiler; el alquiler que deben pagar a sus caseros, que la mayoría de las veces son los mismos que las explotan. 

“La situación es grave y está demostrando, sacando a la luz las costuras, los puntos más débiles que tiene la sociedad. Estamos comprobando la marginación que sufren las trabajadoras del sexo, la desatención en que se hallan. Si existía alguna duda sobre ello, ha quedado claro”, explica la catedrática de Derecho Mercantil de la Universidad de Valladolid, Marina Echebarría Sáenz. “Tenemos una realidad que atender hoy, la necesidad es inmediata. Dejémonos de discusiones teóricas sobre la prostitución o el sexo”, añade.

Sobre el descenso de la actividad relacionada con la prostitución durante el estado de alarma no hay datos ciertos. Aunque alguna asociación afirma que el 80% de los espacios de prostitución siguen activos, las mujeres con las que se habla cuentan que las llamadas y servicios se han reducido a más de la mitad. La prostitución callejera está obviamente parada; los clubes de carretera y establecimientos como bares o locales de alterne permanecen cerrados. 

Pero sigue habiendo pisos invisibles donde se ejerce esta actividad que mueve cuatro millones de euros al día en España y que llega a generar 1.800 millones de beneficios anuales. ¿Cuántas mujeres dependen, de forma voluntaria o forzosa, del llamado “oficio más antiguo del mundo”? Los datos no son fiables. El Ministerio del Interior habla de 12.000 mujeres en situación de trata, pero la cifra se refiere solo a los casos en los que habido intervenciones de las fuerzas de seguridad. Otras estimaciones, basadas en datos de organizaciones y activistas, apuntan al medio millón de mujeres ejerciendo la prostitución en diferentes situaciones. 

Se trata de un cálculo difícil de hacer, porque requiere profundizar en una actividad que casi siempre transcurre en los márgenes invisibles de la sociedad. “Si algo demuestra la variedad de cifras es que no hay una voluntad de hacer un estudio serio; es indignante que no se ha haya hecho. Está claro que elaborar ese recuento puede resultar incómodo para todos. Para el Estado, para los ayuntamientos, para las asociaciones y para los partidos políticos, que tendrían que posicionarse”, expone Marina Echebarría.


Casos de trata

“El día antes del confinamiento habían llegado mujeres de Colombia víctimas de trata, y por supuesto los proxenetas no las recibieron porque eso les complicaba la vida. No solo porque les tienen que dar de comer, sino porque nos podemos contagiar; y las han soltado en la calle. En este momento no hay pisos ni recursos para dar cabida a esas mujeres por parte de las organizaciones que las apoyan”, apunta Mabel Lozano, escritora, directora de cine y activista a favor de los derechos de las víctimas de trata y prostitución.

 “Con las que hablo me confirman que sigue habiendo demanda, pero no tanta como antes. Yo creo que han sido más disuasorios para el prostituyente los controles de la policía que el propio virus, las multas que el contagio. Es brutal. Estamos hablando de seres sin alma. Es ahora cuando se necesitan de verdad los recursos para las víctimas de prostitución”, añade la autora de El proxeneta.

El relato de una de las mujeres consultadas vía telefónica corrobora esa impresión. Cuenta que ahora solo tiene dos o tres servicios por semana. ¿Lo normal en otros tiempos? Ocho servicios al día. “Los precios han bajado. Antes solo hacía masajes sin sexo, solo con final feliz, y cobraba el doble de lo que ahora me pagan por servicios en los que se incluye todo; ahora hago lo que nunca había hecho, necesito dinero y hago lo que me pidan”.

Traducido a números, significa que antes del 14 de marzo, un masaje de una hora suponía 100 euros. Ahora son 50, con final feliz o lo que haga falta. “Antes podía ahorrar. Ahora voy acumulando deudas. No descarto tener que llamar a Cáritas”. En ese momento se le entrecorta la voz y continúa la conversación sin aguantar el llanto. “Es muy duro, ¿sabes? Es horrible, a lo mejor puedo ser transmisora. Me siento culpable. No sabemos cómo funciona este virus. Yo sigo todas las indicaciones, y antes de tener para comer, prefiero tener para comprar lejía o una mascarilla. Si yo me infecto, ¿a quién puedo ayudar? Tengo dos hijos”.

Lo que va quedando claro cuando se habla con las personas o asociaciones relacionadas con la prostitución es que existen multitud de realidades, y ahora, en tiempos de coronavirus, también. “Cada caso es único, y hay que dar respuesta a todos”. Lo dice Ninfa, una puta de la calle que ejerce en el polígono de Villaverde, en Madrid y que milita en AFENTRAS (Asociación Feminista de Trabajadoras Sexuales). 

En estos días se movilizan para ayudarse unas otras; buscar bolsas de comida, resolver el tema de alojamiento de las compañeras que estaban en clubes o en hostales y las han puesto en la calle. “Tenemos claro que las ayudas que está prometiendo el Gobierno a nosotras no nos van a llegar. ¿Cómo vamos a poder acceder a esos préstamos que están prometiendo si no tenemos una nómina? Es como si no existiéramos, no le importamos a nadie”, declara esta mujer de origen latino, que, hasta ahora, compaginaba el trabajo en la calle con contratos de trabajo. 


Hace dos semanas, un grupo de trabajadoras del sexo vinculadas al Comité de Apoyo a las Trabajadoras del Sexo (CATS) lanzaron una campaña de crowdfunding para ayudarse entre ellas. Han logrado reunir 14.000 euros y ya está en marcha otra iniciativa igual a través de la página web de CATS. Nacho Pardo es el coordinador de esta ONG que reivindica el reconocimiento de los derechos laborales de las personas que ejercen la prostitución. 

El pasado año dieron asistencia a 2.000 personas en el sureste del país y visitan 55 clubes de alterne o whiskerías y en estos momentos de encierro y cese de actividad continúan en permanente contacto con todas. La situación que describe es ésta: se han cerrado todos los clubes; en algunos casos, los dueños han permitido que las mujeres se queden dentro; se desconoce si cuando esto acabe les reclamarán lo que hayan consumido, pero en algunos casos las están manteniendo. En otros, las han echado a la calle; algunas se han marchado a sus países, otras se han alojado en pisos de amigas y otras están en la calle en situación precaria”.  (...)

“Aún no ha venido nadie con un perrito, pero tampoco sería raro. Casi todos vienen con la bolsa de la compra”, cuenta una masajista que trabaja en su casa, en Madrid. “Son educados, llegan con la mascarilla. Yo les pregunto si les importa que me ponga la mascarilla y la mayoría me dice que sí, que me la deje puesta. Los clientes que llegan son personas que viven o trabajan cerca; o tienen algún salvoconducto de su empresa”, continúa. “Yo me pongo mascarilla. Pero aún así siento que esto es mirar al cielo y cruzar los dedos; a ver si me libro. Intento esquivar alientos, miradas. El otro día un caballero me quería dar un beso. Y yo le dije, ya nos lo daremos cuando esto acabe”.   (...)

En Madrid, Médicos del Mundo ha tenido que solicitar comida al Banco de Alimentos y ya ha distribuido 1.200 kilos en tres centenares de bolsas individuales, cuyo reparto requiere un ejercicio de logística y coordinación de gran finura que llevan a cabo técnicos y voluntarios de la organización. 

Arroz, legumbres, leche, lejía guantes, mascarilla. Entregar el paquete no les resulta sencillo. Citan a las mujeres en un punto lo más cerca posible de su casa, pero llegar más lejos de 300 metros desde el portal supone una situación angustiosa porque ni conocen Madrid, ni tienen la menor idea de las calles y sus nombres, síntoma claro de estar ante un caso de trata. Además, no tienen papeles y la policía para al que va por la calle. Médicos del Mundo ha conseguido salvoconductos para ello. 

Desde la declaración del estado de alarma, APRAM, una asociación de apoyo integral a la mujer prostituida, lleva a cabo un monitoreo de la situación mediante llamadas por teléfono a 419 mujeres de diversas comunidades autónomas. La conclusión según esa asociación es que ocho de cada diez pisos en los que se ejercía la prostitución siguen activos. En muchos casos emplean métodos no presenciales, como videollamadas, webcams o charlas por whatsapp, que, en contra de lo que pudiera parecer, suponen más obligatoriedad para las mujeres y mayor blindaje del negocio.

“A pesar de la vigilancia, estamos viendo que muchos clientes se están saltando el estado de alarma y están llegando a estos lugares. Las mafias se están transformando para que no se les hunda el negocio. A las mujeres las están trasladando e invisibilizando”, declara Rocío Mora, coordinadora de APRAMP. “Tenemos que ir muy rápido porque las mafias van por delante de nosotros; el negocio tiene que seguir, y para eso ellos marcan estrategias para que el putero llegue a estos lugares sin ser interceptado por los cuerpos y fuerzas de la seguridad del Estado. Es increíble que esto pase, sí, pero tiene que ver con la cuestión de por qué existe la trata, también algo increíble. Lo repetimos continuamente, si existe la explotación sexual y si hay mujeres prostituidas es porque hay demanda”.  


“Lo que ha conseguido el estado de alarma es que los contactos sean mucho más invisibles y mucho más clandestinos. Es casi imposible ayudarles porque no se puede acceder a ellas y no queremos perder lo que habíamos avanzado trabajando con ellas; estamos usando otra metodología para que ellas lleguen a nosotras”, añade la responsable de APRAMP.   

En Médicos del Mundo, con programas de atención sanitaria a víctimas de la prostitución desde hace 30 años en España, han constatado lo mismo. Lo cuenta Érika Chueca, trabajadora social dedicada a mujeres en situación de prostitución, además de portavoz de Médicos del Mundo en España. “Ahora ya nos empieza a llegar que la actividad se ha reactivado. Ellas dicen que sí a servicios sexuales con contacto físico porque tienen que pagar la deuda que están acumulando. Al principio, su actividad fue más mediante webcam o teléfono, pero esta semana yo estoy conociendo muchos casos donde los puteros han ido a sus pisos. (...)

Lejos de mejorar, la situación se va agravando conforme avanza el estado de alarma, tal y como cuenta la portavoz de Médicos del Mundo en España. “Nos hemos ido enterando que los dueños de los burdeles y los dueños de los pisos les siguen cobrando, aunque ellas no generen dinero; además, cantidades astronómicas, 200 o 250 euros a la semana. Y el 90% son migrantes que suelen vivir en los pisos donde ejercen (...)

Begoña Pablos, técnica de intervención del programa de explotación sexual de Médicos del Mundo. Trabaja doce horas diarias a pie de teléfono, atendiendo llamadas o mensajes de wasap en los que, por ejemplo, preguntan por algún lugar en el que se las dé de comer. “Estamos muertecitas de hambre”, dicen; aluden también a que no pueden pagar el hostal o que no tienen “ni para comer”. 

Escriben mujeres desesperadas sin saldo para llamar. Y también les llegan mensajes que tienen que ver con los tratamientos hormonales que hay que seguir tras una operación de cambio de sexo. Hay ya casos en los que se han quedado sin acceso al medicamento, por no poder pagarlo o porque no está en las farmacias. “Estamos todas jodidas, estamos solas, no tenemos a nadie, y sin un duro. A mí me van ayudando amigos a cambio de servicios en el futuro”, cuenta una mujer.  (...)"                 (Ritama Muñoz-Rojas, CTXT, 16/04/20)

3.12.19

El uso del derecho penal para gobernar los mercados sexuales tiene efectos devastadores en la vida de las trabajadoras sexuales... pueden perder la custodia de sus hijos; enfrentar consecuencias de inmigración; acumular antecedentes penales y los impedimentos que los acompañan en el trabajo, los servicios públicos, la vivienda, etc. Finalmente, la criminalización no funciona...

"Los movimientos por la despenalización del trabajo sexual en los Estados Unidos han cobrado impulso en los últimos años. En Nueva York, el movimiento Decrim NY a propuesto una ley que despenalizará la compraventa del sexo. 

El debate ha sido intenso. Defensores de la descriminalización, incluyendo trabajadores sexuales y sus aliados, sostienen que las leyes criminales mantienen a los que venden sexo pobres, sin techo y en lucha continua por sobrevivir. Muchos de los que se oponen a la despenalización argumentan que el trabajo sexual genera una mercantilización del cuerpo humano y, por consiguiente, es inmoral. Algunas feministas creen que los hombres que compran sexo deben ser procesados judicialmente ​​por participar en la explotación de mujeres y niñas.

Entre las diversas perspectivas utilizadas para comprender y argüir a favor o en contra del trabajo sexual, un enfoque político-económico dirige la atención a la naturaleza fundamentalmente política y moral de los mercados. Los mercados no son espacios abstractos para las transacciones económicas, sino más bien terrenos políticamente disputados de lucha social donde los actores competidores manejan herramientas legales técnicas y creencias moralizadas tratando de dar forma a las estructuras de gobierno social. 

Por lo tanto, una economía política del trabajo sexual podría hacerse preguntas como: ¿cómo se crean las categorías morales que justifican las regulaciones del mercado, distribuyen los recursos y gobiernan las poblaciones? ¿Cómo cambian las normas legales la distribución del poder y el control entre los actores involucrados en las transacciones del mercado sexual? Y crucialmente, ¿qué actores sociales ganan y pierden cuando el trabajo sexual es deslegitimado y criminalizado?

Una declaración moral importante que justifica la criminalización es que el sexo no debe ser objeto de transacción en el dominio de los mercados donde se venden bienes y servicios mercantilizados. Esta clasificación moral refleja la observación clásica de Emile Durkheim de una distinción entre lo sagrado y lo profano en las sociedades religiosas. 

Esta tensión se ha aplicado a los análisis sociológicos de los mercados, donde lo que está asociado con la vida humana se considera sagrado y debe separarse estrictamente del dominio profano del intercambio de mercado. Los ejemplos incluyen mercados para humanos, bienes corporales como órganos y sangre o materiales reproductivos como esperma y óvulos, y por supuesto, sexo.

Sin embargo, el trabajo académico, desde Max Weber hasta Viviana Zelizer y otros, muestra cómo las categorías morales en los mercados no son naturales, sino históricamente contingentes y culturalmente específicas, que varían en el tiempo y el espacio como resultado de las luchas sociales por enmarcar, institucionalizar y, en última instancia, regular lo que es permisible y lo que está prohibido en el intercambio de mercado.

Una idea estrechamente relacionada es que el trabajo sexual es una actividad marginal, ya sea operando en la sombra con otras actividades ilícitas e ilegales o circunscrita a "distritos de luz roja" muy delimitados en un puñado de ciudades. Pero los recuentos empíricos recientes del trabajo sexual en Vietnam e India muestran que, en muchos contextos, el trabajo sexual no es marginal; en cambio, a menudo es una parte integral de la economía en general. En su libro, Dealing in Desire: Asian Ascendancy, Western Decline, and the Hidden Currencies of Global Sex work, Kimberly Hoang muestra cómo los mercados sexuales son vitales para el rápido crecimiento y transformación de la economía vietnamita. 
En la ciudad de Ho Chi Minh, los bares donde las mujeres entretienen a los hombres son sitios cruciales del desarrollo económico, desde la consolidación de las relaciones comerciales que conducen a negocios inmobiliarios multimillonarios que están remodelando el horizonte urbano hasta la facilitación de las remesas de los trabajadores migrantes que apoyan a los niños en edad escolar y a los ancianos en aldeas rurales vietnamitas. A través de diferentes escalas y dominios espaciales, el trabajo sexual se muestra central y no marginal para el funcionamiento más amplio de la floreciente economía vietnamita.

Del mismo modo, el libro de Svati Shah Street Corner Secrets: Sex, Work, and Migration in the City of Mumbai es una descripción conmovedora de cómo las transacciones sexuales no se limitan a espacios marginales en una metrópolis que busca ocupar su lugar entre otras "ciudades de clase mundial” del Sur global. El trabajo sexual y el trabajo asalariado no son categorías distintas, sino que operan a lo largo de un espectro de prácticas e instituciones del mercado laboral. Por ejemplo, las jornaleras constituyen un segmento importante de la industria de la construcción que literalmente está construyendo Mumbai, y a menudo deben intercambiar sexo para acceder a estos trabajos codiciados.

Estos datos empíricos desafían nuestra comprensión conceptual de la posición que ocupan los mercados sexuales en la economía en general, moviéndolos de la periferia al núcleo. 

Replantear el trabajo sexual como una forma legítima de trabajo que es fundamental para el sustento de individuos, familias y comunidades particulares, así como para el funcionamiento de economías urbanas y nacionales más amplias, proporciona un poderoso conjunto de justificaciones normativas y positivas para despenalizar el trabajo sexual y regularlo como trabajo. Dichas regulaciones podrían proteger y sostener los derechos de las trabajadoras sexuales como miembros legítimos de la fuerza laboral en lugar de como víctimas, o peor, como villanos.

Estas perspectivas alternativas ofrecen un conjunto competitivo de reclamos morales contra las ansiedades sociales sobre la venta del sexo como mercantilización y explotación, lo que a su vez justifica el uso del derecho penal para regular los mercados sexuales. El uso del derecho penal para gobernar los mercados sexuales tiene efectos devastadores en la vida de las trabajadoras sexuales, sobre todo al someterlas a todo el sistema de prejuicios arraigados en el sistema legal penal. 

Para las trabajadoras sexuales, esto significa perfiles de raza, clase y género por parte de la policía. Los daños no terminan ahí: las trabajadoras sexuales pueden perder la custodia de sus hijos; enfrentar consecuencias de inmigración; acumular antecedentes penales y los impedimentos que los acompañan en el trabajo, los servicios públicos, la vivienda, etc.

Finalmente, una de las realidades más preocupantes es que la criminalización no funciona. 

La criminalización ha fallado una y otra vez para mejorar las vidas y las condiciones laborales de las trabajadoras sexuales, y tampoco ha brindado opciones de salida para aquellas que ya no quieren ser parte de la industria. En cambio, ha resultado en la demonización y arresto de personas involucradas en sexo comercial consensuado.

El trabajo sexual es un tema muy cargado que ha generado un debate legal vigoroso. Sirve como un excelente ejemplo de las verdaderas consecuencias materiales y distributivas de las concepciones moralizadas de los mercados en la sociedad. Avanzar hacia la despenalización total del trabajo sexual, incluida la venta y compra de sexo, es el primer paso hacia un régimen de mercado que reconozca la dignidad y la humanidad de las personas que realizan transacciones sexuales."

(Aziza Ahmed es profesora en la Facultad de derecho de la Northeastern University,
Jason Jackson es profesor asistente en el Departamento de Estudios y Planificación Urbana del MIT.
Sin Permiso, 29/09/19 . Esta publicación es parte del simposio de Law and Political Economy Blog sobre economía política del trabajo sexual. Puedes leer el resto del simposio aquí. )   

8.10.19

Tras la pista de Ghislaine Maxwell después del suicidio de Epstein... conocida por su alto perfil social y sus conexiones con el príncipe Andrés o los presidentes de Estados Unidos Donald Trump y Bill Clinton, está acusada de ayudar a Epstein a conseguir jóvenes menores como esclavas sexuales

"Ghislaine Maxwell, de 57 años, la menor de las hijas del magnate Robert Maxwell, conocida por su alto perfil social y sus conexiones con el príncipe Andrés o los presidentes de Estados Unidos Donald Trump y Bill Clinton, entre otros, está acusada de ayudar a Jeffrey Epstein a conseguir y preparar a jóvenes menores de edad como supuestas esclavas sexuales. Así figura en la investigación abierta en un juzgado de Manhattan.

Como el empresario ya no está vivo para enfrentarse a los cargos —Epstein apareció muerto en su celda el pasado sábado en lo que aparentemente fue un suicidio—, las miradas se han vuelto hacia Maxwell y los otros empleados de Epstein que, según las víctimas, ayudaron a facilitar sus crímenes.

En los documentos presentados a la corte, los exempleados describen a Ghislaine Maxwell como “gerente” de las casas que poseía en millonario en Florida, Nueva York y Arizona. De acuerdo con esa descripción, ella era la encargada de organizar las fiestas y las reuniones y manejar toda la logística. En un artículo de la revista Vanity Fair de 2003, Epstein se refirió a Maxwell como “su mejor amiga” y negó que ejerciera algún tipo de trabajo remunerado en su nombre.  (...)

A Epstein, que había crecido en Coney Island y no terminó la universidad, Maxwell le abrió las puertas de la jet set. Él ponía el dinero, ella los contactos.

En 2015, una demanda acusó a Maxwell de ser cómplice de Epstein. Un año después cerró su casa en el selecto y caro Upper East Sid. Desde entonces no se sabe nada de ella. Sus abogados afirmaron inicialmente que estaba en Londres. El diario británico Daily Mail cita una fuente que sostiene que la mujer “se ha convertido en una persona hogareña. Es la antítesis de la mujer que viajó mucho y estuvo de fiesta constantemente con Epstein”.  (...)

El cerco a Ghislaine Maxwell se cierra cada vez más. En abril de 2018, Maria Farmer, una antigua empleada del multimillonario, aseguró públicamente que ella y su hermana pequeña, que entonces tenía 15 años, fueron abusadas sexualmente en dos ocasiones por Maxwell y Epstein en los noventa. Farmer también dijo haber visto a menudo cómo jóvenes muchachas entraban en la vivienda de Epstein en Nueva York. “Cuando le pregunté a Maxwell por qué esas chicas venían tan a menudo, me respondió que se postulaban como modelos”. Maxwell también ha sido acusada de amenazar a las víctimas con medidas como la retención de pasaportes y teléfonos.

El pasado miércoles, una de las presuntas víctimas de Epstein se convirtió en la primera en presentar una demanda contra el patrimonio y los cómplices del difunto millonario, presumiblemente incluyendo a Maxwell, en virtud de la nueva Ley de Víctimas de Abuso Sexual Infantil de Nueva York por la que se considera durante un año no prescrito cualquier delito contra menores independientemente de cuando se produjera."                (Mábel Galaz, El País, 16/08/19)

16.11.17

La trata de mujeres es muy sencilla porque es una mercancía muy fácil de importar. Los banqueros nos recibían a cualquier hora y nos ofrecían todo tipo de negocios y los abogados nos asesoraban...

"La trata de mujeres es muy sencilla porque es una mercancía muy fácil de importar"

"Me llamo Miguel, pero me apodan el Músico", comienza el relato. "Fui tratante de mujeres durante más de veinte años. Las compré y vendí como si fueran ganado, para explotarlas salvajemente en nuestros clubes sin compasión. Y pude hacerlo porque, durante muchos años, no supuso ningún problema para mi conciencia. Al contrario. Era mi mundo, mi forma de vida y me sentía poderoso gracias a ella".

"Surtí, durante años, a doce de los mejores macroburdeles que existen en la actualidad en España. Los llené de esa materia prima que los puteros llaman carne fresca, día a día. Y jamás me paré a pensar si la mercancía que yo importaba eran personas como yo, con sentimientos como los míos, traumas como los míos o necesidades como las mías.

 Ellas eran otra cosa. Eran putas. Aunque la mayoría de las mujeres con las que abastecíamos los clubes ( ...) jamas hubieran ejercido la prostitución. Aun así, para nosotros no eran más que putas que aún no habían trabajado como tales. Ya aprenderían el oficio".

Con este crudo y descarnado relato Mabel Lozano, productora, guionista y directora de cine, explica el negocio de la prostitución en nuestro país en El Proxeneta su último libro que se publica este lunes. Lo hace a través de un largo diálogo con el Músico, uno de los mayores criminales de muestro país, y dueño de doce de los macroburdeles más importante de España.  (...)

 "La trata de mujeres es muy sencilla", confiesa el Músico a Lozano. Aunque parezca mentira, "es una mercancía muy fácil de importar". Sólo requiere una sencilla y mínima infraestructura. El resto son todo ganancias. 
"Empezamos a darnos cuenta de la magnitud del beneficio económico que genera la trata el primer domingo que necesitamos la mesas del comedor del personal para poder colocar sobre ellas el dinero procedente de la explotación sexual de las mujeres, que, como tenían que saldar la deuda, nos lo quedábamos directamente", se explaya este personaje. 

Y explica que a la deuda que le han asignado a la mujer, normalmente muy jóvenes y vulnerables, hay que sumar las cantidades de las llamadas diarias (gasto fijo que deben pagar cada día por estar en el club) de cada una de ellas, las multas y un porcentaje de todos sus gastos en cualquier cosa: peluquería, salidas, productos de limpieza, llamadas telefónicas, preservativos, lubricantes.... 

"Los pequeños chochales se convirtieron en grandes salas de lujo, en grandes complejos donde hacinábamos a las mujeres, sin respetar ningún aforo ni permiso municipal. Los banqueros nos recibían a cualquier hora y nos ofrecían todo tipo de negocios y los abogados nos asesoraban..., y ni unos ni otros nos preguntaban por la procedencia del dinero.

 De la noche a la mañana todos nos veían más guapos, más altos, e incluso más cultos... A nadie le importaba de dónde viniéramos, cómo fuéramos o lo que hiciéramos: solo les importaba nuestro dinero".  (...)

"Nadie se levanta una mañana y decide ser puta: pero si reúne las condiciones, si es una mosca fácil de atrapar, nosotros tenemos la tela de araña perfecta tejida donde caben las promesas de una vida mejor para ellas y los suyos, los halagos que le gusta escuchar, algunas ayudas insignificantes que ellas agradecen como si los fueran".

La trampa está servida. La deuda, que crece y crece nunca se llega a pagar. Siempre hay un gasto extra, un engaño más, un permiso de residencia, que aunque sale gratis se les dice que vale más de 1.200 euros. La telaraña cada vez se hace más grande. Sólo cuando se las considera inservibles y no dan más frutos económicos a sus captores, pueden conseguir la libertad. Eso sí, sin dinero. Se les comunica que han pagado la deuda y que si quieren ahorrar para su familia, deberán trabajar para conseguir más.

El libro relata la historia de varias mujeres. Casi todas provenientes de Colombia. Cuenta la desgracias de Lucía, que tras pasar varios años cautiva, explotada y consciente de que nunca sería capaz de pagar la deuda de le decían que había contraído, se cortó las venas una tarde antes de la hora del trabajo. No murió físicamente. Sobrevivió al intento de suicidio, pero tan perjudicada que la propia red decidió "condonarle la deuda". Terminó internada en un hospital psiquiátrico. No volvió a ver a su hijo ni a sus padres. (...)"                (Marisa Kohan, Público, 12/11/17)


"Fui tratante de mujeres durante más de veinte años. Las compré y vendí como si fueran ganado”.

 En primavera de 2000 llegó al aeropuerto de Madrid la selección nacional femenina de Colombia de taekwondo. 19 chicas que salieron por la puerta en fila india, ataviadas con el chándal oficial (azul, amarillo y rojo) y el escudo de la Federación.

 No tuvieron problemas con Inmigración pese a ser un vuelo 'caliente'. Contaban con sus visados obtenidos en el consulado de Colombia. Habían presentado sus fichas federativas y, desde luego, tenían la invitación y el programa de la competición que venían a disputar a España. Entre la documentación también contaban con papeles de un gimnasio de artes marciales de Cali en el que habían sido inscritas.

 Al llegar a Madrid, un autobús las desplazó a Valdepeñas, y allí se cambiaron los chándales por lencería para ser paseadas ante un grupo de hombres antes de ser distribuidas en diferentes clubes de España. 

En Colombia no existía ninguna federación de artes marciales, las chicas nunca se habían subido a un tatami, el chándal fue encargado por un matón, la invitación y el programa del gimnasio eran una patraña, el entrenador era el hombre que las había captado en Colombia y el proxeneta que las recibió en Barajas había ganado una apuesta a sus socios: conseguir meter el mayor número de mujeres en Madrid para ser prostituidas. Como lo consiguió, se quedó con todas las chicas y un BMW. Se trataba de Miguel, el Músico.

 "Hola, soy proxeneta". Ese fue el mensaje que recibió la directora Mabel Lozano, activista contra la trata de mujeres (ha realizado dos películas, la última Chicas Nuevas 24 Horas). Lozano esperaba la llamada. La gestión se produjo gracias a la intermediación de José Nieto Barroso, inspector jefe de la Unidad contra Redes de I nmigración Ilegal y Falsedad Documental (UCRIF).

 Nieto Barroso llevaba años en contacto con El Músico, que en un momento de su carrera criminal empezó a colaborar con la Policía como 'boquerón', chivato. El Músico fue uno de los primeros grandes jefes de la trata y secuestro de mujeres en España en una década, los 90, en la que el negocio de la prostitución cambió de tercio: de ser los chulos los que proveían a los clubes de mujeres españolas, fueron los propios clubes, a través de una estructura mafiosa con infiltraciones en policía, justicia y política, los que empezaron a 'importar' miles de mujeres extranjeras engañadas. Su larguísima confesión en forma de libro ('El proxeneta', Alrevés, 2017)(...)"

 Un país en el que, según datos del Gobierno, se mueven alrededor de este negocio unos cinco millones de euros al día y fueron identificadas, en 2016, 14.000 víctimas de trata: apenas la tercera parte de las mujeres captadas en sus países de origen por las organizaciones criminales. "La primera regla que se aprende es a no mirarlas como tuyas, sino como la materia prima de tu negocio. Es importante no involucrarse en su vida más allá de lo necesario (...) 

Simplemente es una propiedad, como la Coca-Cola que vendes, y hay que tratarla como tal. Si te involucras en su vida o en sus problemas, te puede afectar, porque esa mercancía tiene sentimientos (...) 

Creamos una forma de vida que se sostiene gracias a la esclavitud, sin siquiera saberlo o pensarlo (...) La trata dio paso a los macroburdeles para los clientes, que no eran otra cosa que cárceles de lujo repletas de miseria, para las mujeres esclavas de un sistema nuevo y cruel. Las convertimos en grandes máquinas expendedoras de dinero", dice Miguel, nombre falso cuyo apodo (El Músico) es real 

(...) vidas como la de Lucía, que llegó con 18 años a Madrid, dejando a su hijo en Colombia al cuidado de su madre para trabajar de camarera, pagar su deuda con los tratantes y quedar libre para ahorrar un dinero durante meses que en su país sería una fortuna. Ya en España se le comunicó que tenía que prostituirse. Son reacciones, dice el Músico, "clonadas". Enmudecen. Luego entran en estado de shock y empiezan a llorar. De forma inagotable. Porque saben que no hay vuelta atrás, que se han quedado atrapadas. (...)

"Nadie se levanta una mañana y decide ser puta, pero nosotros tenemos la tela de araña perfectamente tejida donde caben las promesas de una vida mejor para ella y los suyos, los halagos que le gusta escuchar y algunas ayudas insignificantes que le presentamos como grandes favores y que ella nos agradece como si lo fueran. 

En cuanto la mosca pega sus diminutas patitas a la red pringosa, ya le es imposible soltarse. Y ahí se queda. Cazada. Lista (...) La balanza del acuerdo verbal no se inclina a ambos lados por igual. Por eso el supuesto consentimiento de las víctimas no es más que una farsa donde no existen los requisitos éticos imprescindibles en cualquier relación personal, social o laboral (...)

 Asumido el golpe, Lucía hizo de tripas corazón "con enorme disciplina y a destajo". En tres meses consiguió los 6.000 euros del dinero que creía deber a Miguel por sacarla de su país y darle un trabajo. También había pagado cada día los 50 euros que se abonan para poder bajar al salón y ejercer allí. Se presentó en el despacho de su proxeneta con una sonrisa "de satisfacción y felicidad". 

Miguel hizo cuentas delante de ella y le dijo que ya solo le faltaban 425 euros para cumplir la deuda. La convenció de que dentro de un mes volvieran a hablar, pero necesitaba extender su visado por tres meses en España para poder seguir en el club "ya sin deuda" y ahorrar para volver a su país con dinero para su familia. La extensión del visado es gratuita, pero Miguel le dijo que costaría "apenas" 1.200 euros. 

Le explicó que con ese visado estaría tranquila en España en caso de una redada. Quieren todas lo mismo, dice Miguel: estar en España legalmente, ahorrar y volver con dinero a sus casas. Por eso Lucía regresó al mes siguiente creyendo la deuda saldada al despacho de Miguel, pero ésta había crecido; el proxeneta sumó un gasto que "había olvidado", el de la pensión diaria: cama y comidas. Sumado todo, incluido lo anterior, Lucía ya debía más dinero que en su primera visita. "Se empezó a morir por dentro", dice Miguel. (...)

En un país, España, en el que no está perseguido penalmente el proxenetismo en todas sus formas, por ejemplo la consentida. Y en el que las víctimas tiene más miedo a la justicia que a sus captores por la amenaza que estos representan sobre sus familias. "Apenas se invertían mil doscientos o mil quinientos euros, todo lo más", resume El Músico. 

"Pero ellas se convertían en un cheque en blanco. El beneficio de su explotación podía superar los doscientos mil euros. ¡Se hubieran necesitado diez kilos de cocaína para alcanzar la misma cifra que con una sola víctima!".                  ( , El País, 13/11/17) 

24.9.12

¿14.370 personas son las que estan en riesgo de ser víctimas de trata de blancas en España? Sólo...,

"Las cifras son abrumadoras. Y, según el informe sobre trata de personas del Defensor del Pueblo presentado ayer, son solo la punta del iceberg. En los tres últimos años, las fuerzas de seguridad han identificado en España a más de 4.000 víctimas de explotación sexual, es decir, personas que, contra su voluntad, son obligadas a mantener relaciones sexuales una y otra vez. 

Extranjeras casi todas. Sobre todo, rumanas, brasileñas, paraguayas y nigerianas. Por este orden. (...)

¿Cuántas víctimas más podría haber? Según el informe, muchas. Por eso la nueva defensora, Soledad Becerril, denunciaba ayer la ineficacia en la lucha contra esta lacra. (...)

La pregunta previa es si las cifras son fiables. ¿Hay realmente 4.000 mujeres obligadas a prostituirse? ¿Cómo se sabe? ¿Por qué el Defensor cree que en realidad son más? Todo son estimaciones. 

Al menos, los datos tienen una base algo más sólida que cuando, hace unos años, se hablaba de 50.000, o de 100.000 víctimas. Sin más explicación. Ahora la policía cuenta con unos indicadores que aplica.

 El año pasado, por ejemplo, las fuerzas de seguridad detectaron —en distintas redadas en clubes de alterne, pisos, en la calle o en otras situaciones—, a 14.370 personas que parecían estar en riesgo de ser víctimas de trata. De ellas, 1.082 fueron finalmente catalogadas como tales.

 ¿Por qué? Por los indicios que manejan, como que no tienen en su poder su documentación o no tienen control sobre ella; porque no pueden comunicarse con otras personas libremente; porque no tienen libertad de movimientos; porque han sido forzadas a mantener relaciones sexuales; porque están pagando una deuda; porque han sido amenazadas si intentan escapar; porque han sido lastimadas o privadas de comida, agua, sueño, atención médica u otras necesidades vitales...

 Para la defensora, estos indicadores no se aprecian así como así, y el hecho de que de 14.000 víctimas potenciales solo se identifiquen 1.000, implica que algo se hace mal y que la policía carece de herramientas y especialización suficientes.

 “Esto no va de preguntarle a la mujer si es una víctima”, señalan desde el organismo. “Es algo más complejo, porque la trata es un fenómeno complicado”. El informe marca las pautas que deberían seguirse para una correcta identificación: seleccionar adecuadamente al intérprete, evitar crear nuevos traumas, no hacer la misma pregunta una y otra vez... 

Por otro lado, el informe considera que el perfil de víctima que maneja la policía no incluye a las mujeres que son interceptadas tratando de entrar de manera irregular en territorio nacional. (...)

Mientras las autoridades buscan la fórmula para luchar contra estos delitos, las víctimas relatan historias de terror y soledad. Como esta: “Me dijeron que tenía que prostituirme. Si no, matarían a mi hija. Me la ponían al teléfono, llorando...”          (El País, 21/09/2012)

12.10.11

El abolicionismo ha dejado las calles casi limpias de prostitutas, pero la Red arde

"El hombre mayor conduce con obcecación. Una vuelta, otra, otra más. En una hora, su viejo mercedes dobla una decena de veces la esquina roja de Estocolmo, la de las calles Mäster Samuel y Malmskillnad, cerca de la estación central de ferrocarril. Tan claro está lo que busca como lo que no encuentra: compañía femenina de pago.

El conductor, un delincuente en potencia -según la ley sueca es delito comprar sexo-, fracasa en su intento. Al contrario de otras noches, en las que llega a haber cerca de una decena de mujeres, este viernes solo hay una candidata y se inclinará por el conductor de un utilitario. La esquina quedará vacía. (...)

La prostitución callejera se ha reducido a la mitad -según los informes oficiales- desde 1999, cuando Suecia dio un paso inédito: penalizar al cliente, pero no a la persona que se prostituye. Fue una medida pionera que las autoridades evalúan con optimismo. La policía muestra cifras: del centenar de detenidos de los primeros años se ha pasado a los 1.277 arrestados en 2010. En total, 3.787 desde la prohibición.

Al aumento de los detenidos ha seguido el agravamiento de su castigo. La pena máxima, seis meses de cárcel, subió a un año el pasado julio. Pero las cárceles siguen sin hospedar reos por comprar sexo: los clientes pagan una multa y evitan ir a prisión. (...)

El abolicionismo ha dejado las calles casi limpias, pero la Red arde. "Internet y los teléfonos móviles han cambiado las cosas", admite la relatora de la lucha contra la prostitución y el tráfico de personas, la policía Kajsa Walhlberg. Se han convertido en la vía de contacto entre clientes y personas que se prostituyen.

En 2008, la policía detectó a 400 ciudadanos que ofrecían servicios sexuales -poco más de 30, hombres- a través de Internet. No hay cifras oficiales actualizadas de cuántas personas venden sexo por cualquier medio. La prostitución, que ejercen en mayor medida extranjeras, a menudo se recluye en hoteles.

La Red es, también, el gran confidente de la policía, en la lucha contra el tráfico de personas con fines sexuales que, según las estimaciones, sufren entre 400 y 600 extranjeras cada año. Los responsables de atajarlo creen que su Código Penal es un buen escudo ante un problema en auge en buena parte del mundo. "Los traficantes ya no eligen Suecia en primer lugar", asegura Walhlberg. Pero tampoco la descartan: su delito es muy lucrativo, difícil de probar y con pocas condenas.

Suecia está satisfecha de haber exportado su modelo. Noruega lo copió en 2009 con una novedad: comprar sexo fuera del país también es delito, lo que permite perseguir todo el turismo sexual. La multa es de 25.000 coronas (3.164 euros). Islandia también ha penalizado a los clientes. El abolicionismo forma parte de la marca país. Casi como Ikea."                    (El País, 02/10/2011, p. 36)

7.7.10

Cuando el mundo es un prostíbulo


Chicas de alterne acompañan a los clientes en un bar de copas de Bangkok (Tailandia)

"Las niñas y jóvenes que se ofrecen por unas pocas rupias en los prostíbulos gigantescos de Kamathipura y Falkland Road, en Bombay, no son muy diferentes de las adolescentes del este europeo encerradas en clubes de alterne de Mestre, cerca de Venecia. O de las jóvenes nigerianas retenidas, bajo amenaza de muerte, en cortijos perdidos entre los invernaderos de Almería, como las que liberó la policía hace unos días.

Unas y otras son esclavas sexuales. Un término aparentemente desfasado en pleno siglo XXI que describe, por desgracia, una realidad nada infrecuente. Más de un millón de adolescentes y de mujeres jóvenes alimentan hoy este sórdido negocio que proporciona a quienes lo explotan miles de millones de euros de beneficios al año. Mujeres vendidas, engañadas o raptadas por los propios grupos mafiosos que controlan el tráfico sexual.

¿Cómo se desarrolla la trata en el mundo global? ¿Quiénes son sus víctimas y quiénes los verdugos? "Las víctimas son mujeres jóvenes, pobres, muchas pertenecen a minorías étnicas, o proceden de países inestables y están desesperadas por emigrar. También los campos de refugiados son terreno propicio para reclutarlas", explica Siddharth Kara, en conversación telefónica desde su casa de Los Angeles.

Es autor de un libro sobre el tema, Tráfico sexual. El negocio de la esclavitud moderna, que publica ahora Alianza Editorial. Kara, de 35 años, ex empleado del banco de negocios Merrill Lynch, dejó su lucrativo trabajo para iniciar en el año 2000 una serie de viajes por el mundo que le llevarían a través de tres continentes al corazón del tráfico sexual.(...)

Dramas como el de Mallaika, una ex esclava sexual que Kara encontró en Bombay. Casada a los 13 años, tras parir dos hijos muertos, el marido la vendió a un proxeneta cuando apenas había cumplido los 16 años. Mallaika trabajó toda su juventud como esclava sexual, obligada a satisfacer a decenas de clientes al día. En el gigantesco burdel imperaba la ley más brutal.

Todos los días morían violentamente esclavas como ella. Después pasó a trabajar como prostituta por el sistema indio de adhiya. La mitad de lo que ganaba era para el dueño del prostíbulo. Infectada con el virus del sida cuando Kara la encontró, Mallaika era consciente de que sus días estaban contados. (...)

"Calculo que ahora mismo hay en torno a 1,3 millones de esclavos sexuales, la mayoría mujeres y niñas", dice Kara. "Pero no debemos olvidar que son muchas más las personas atrapadas como esclavas en el negocio de la prostitución".

Kara cree que una de las razones del auge de este comercio es su rentabilidad, sólo superada por el tráfico de drogas. Pero con un riesgo mucho menor. ¿Por qué se arriesgan menos a ser detenidos los mafiosos que controlan el tráfico sexual? "Hay varias razones. La corrupción policial, la de los guardias fronterizos, la del sistema judicial.

Tampoco hay fondos para atender a las esclavas que consiguen liberarse y es difícil que denuncien a los traficantes. Además, las fuerzas encargadas de luchar contra esta lacra no tienen medios, ni están coordinadas globalmente".

Por no sé que razón la lucha contra la trata está subordinada a otros problemas, como el terrorismo, el tráfico de drogas, o la inmigración. Aparte de que hay una apatía institucional histórica a la hora de reconocer las dimensiones de este problema y darle una solución. Seguramente porque las mujeres están todavía discriminadas en el mundo, reciben menor atención".

La vida de las esclavas sexuales está dominada por un mismo horror, ya sea en Oriente o en Occidente, al Norte o al Sur. Kara ha entrevistado a jóvenes que sobreviven medio drogadas en los prostíbulos más sucios de Bombay y a chicas del este europeo obligadas a hacer la calle en Roma, y ha encontrado trágicas similitudes. "Podría parecer más sórdida la situación de las esclavas sexuales en India, pero el trato que reciben estas jóvenes tiene aspectos comunes en ambos países.

Todas sufren continua violencia, son torturadas y amenazadas constantemente, y obligadas a mantener relaciones sexuales con decenas de individuos al día. En India, la prostitución está prohibida y todo se hace a escondidas, mientras que en Italia, la prostitución callejera está autorizada salvo para las chicas menores de edad".

En la ciudad santa de Benarés Kara se encontró con Devika, una adolescente con una historia estremecedora. "Cuando tenía 13 años, un día un hombre, al que conocía por el nombre de Raj, me abordó camino de la escuela. Me cogió de la mano y me dijo que me mataría si gritaba pidiendo ayuda. Me llevó a su casa y me violó. Abusaba de mi todos los días y traía a otros hombres para que tuvieran relaciones sexuales conmigo". Hasta que pudo ser rescatada, Davika pasó meses trabajando en la casa-prostíbulo de Raj que la obligaba a tener relaciones sexuales con más de 20 hombres al día.

Su historia, salvando las enormes distancias culturales y geográficas, se parece a la de Tatyana, una chica moldava de 18 años que pasó 26 meses como esclava sexual en Italia.

El error de Tatyana (los nombres que cita Kara en su libro no son auténticos) fue presentarse al anuncio publicado por un diario de su ciudad natal, Chisinau (Moldavia), en el que se solicitaban chicas para trabajar en el servicio doméstico en Italia. "Nada más salir de mi casa, mis compañeros me violaron, y luego me tuvieron varios días sin comer. Me obligaron a orinarme encima", relata en el libro. Su primera parada fue Serbia, donde fue comprada por traficantes albaneses.

Más tarde fue vendida de nuevo en Albania. De allí pasó a Grecia, donde los mafiosos que la acompañaban la subieron a un ferry rumbo a Italia. "Allí los albaneses la metieron en el maletero de su coche", relata Kara en su libro, "y la llevaron directamente a Milán, donde fue vendida al propietario de un club nocturno". Todas las noches tenía que alternar con los clientes, y satisfacerles sexualmente. "Cuando no quería beber, el propietario me inyectaba tranquilizantes para animales".

La oferta de esclavas sexuales en Italia es tan abundante, que los precios del acto sexual se han reducido a la mitad. La clientela se ha multiplicado. Hoy día, constata Kara en su libro, "frecuentar prostitutas está cada vez más integrado en la cultura italiana". Después de ser explotadas en los tugurios de Roma, Turín, Mestre o Milán, muchas de estas mujeres son enviadas a otros países de Europa donde continúa su calvario.

Clientes no les faltan. Según Kara, en el mundo entero, entre el 6% y el 9% de los hombres mayores de 18 años compran sexo de esclavas al menos una vez al año. Reconoce que ya sea por entretenimiento, por impulsos violentos o por cualquier otro propósito, no hay rincón del mundo donde los hombres no acudan a los prostíbulos. Estados Unidos, con leyes prohibicionistas muy estrictas e implacablemente aplicadas, es uno de los lugares donde el comercio sexual parece tener menos éxito. Pero no deja de ser una excepción.

"La globalización ha sido un agravante enorme. La trata de seres humanos es una de las consecuencias más horribles del capitalismo global, que ha generado enormes desigualdades económicas. Porque se produce un trasvase neto de riqueza y recursos de las economías pobres a las ricas junto a otro fenómeno, el de la falta de derechos humanos en los países en desarrollo". (...)

El autor de Tráfico sexual ha seguido con interés las leyes liberalizadoras de la prostitución en algunos países europeos, caso de Holanda. Y no parece convencido de que sirvan para erradicar la trata de mujeres. "La legalización de la prostitución es mala porque se utiliza como una pantalla, un escaparate detrás del cual se desarrolla el mismo comercio sexual con esclavas en las condiciones más terribles".

Siddharth Kara relata en su libro sus recorridos por los barrios más degradados de Bangkok donde abundan los prostíbulos inmundos. Allí se encuentran auténticas esclavas, adolescentes que cobran apenas cuatro euros la hora de sexo, y donde la atmósfera es deprimente y sórdida hasta extremos inauditos.

También hay prostíbulos suntuosos para los turistas ricos y hombres de negocios que llegan al país en busca precisamente de eso. Lugares de lujo para los ricos, y tugurios para los pobres. Sexo de pago para todos. Hasta los esclavos traídos de Birmania, Laos y Camboya, para construir carreteras y edificios de viviendas, recibían un salario minúsculo, "con el que podían permitirse el sexo con esclavas", señala Kara.

Frente a este panorama desolador, el autor propone más que soluciones nuevos enfoques del problema. Lo primordial, en su opinión, es hacer la vida de traficantes y explotadores mucho más difícil. Que las mafias no operen con la impunidad actual, que sufran persecución y cárcel. Que la cosecha anual de esclavas sea cada vez más incierta y escasa. ¿Y una mayor concienciación de los clientes? Siddharth Kara lo ve menos factible. Mientras la oferta exista, la demanda no decaerá nunca." (El País, Domingo, 30/05/2010, p. 14)

30.6.10

Europa tiene a 140.000 mujeres esclavizadas en la prostitución



"La ONU cree que una de cada siete meretrices es víctima de redes de trata - La mayoría procede de los Balcanes y sufre la violencia de pequeñas bandas.

Atrapadas en un burdel de carretera, en un salón de masaje, en una residencia privada. Naciones Unidas calcula que hay alrededor de 140.000 mujeres víctimas de la trata de personas con fines de explotación sexual en Europa occidental. Son en su mayoría mujeres y chicas que han sido engañadas, o incluso vendidas por familiares o amigos en sus países de origen para ser prostituidas bajo coacción en Alemania, Holanda o España.

El primer informe de la ONU que traza la radiografía de este negocio clandestino en Europa revela que este mercado -que mueve al menos unos 2.500 millones de euros anuales-, en continua movilidad, integra cada año a 70.000 nuevas víctimas. Personas que pasan a sustituir a aquellas que saldan sus deudas, salen del negocio o pasan a convertirse ellas mismas en traficantes de personas como única alternativa a ser explotadas.

El del sexo es un negocio boyante e invariable. Y así lo han detectado también las organizaciones delictivas. El de la trata de personas es el tercer negocio del crimen organizado, y en algunos países se ha convertido en el primero. Prostitución pero también mendicidad, servicio doméstico o trabajo en fábricas, la trata tiene muchas formas. Los traficantes dedican a la explotación sexual al 84% de las víctimas de trata, según el documento presentado ayer por el director ejecutivo de la oficina de la ONU contra la Droga y el Crimen Organizado, Antonio Maria Costa en Madrid junto a la ministra de Igualdad, Bibiana Aído.

Una de cada siete prostitutas, recalca el informe -elaborado por los relatores de la ONU con sus datos y otros recopilados por los países, las fiscalías, la policía y las ONG-, es víctima de la trata en Europa. Una cifra muy inferior al 90% que baraja el Ministerio de Igualdad, que incluye en a mujeres víctimas de explotación y no solo de trata." (El País, 30/06/2010)

15.9.09

La legalización de la prostitución fracasa en Holanda... por la desidia oficial



"Convertida en una actividad laboral desde su despenalización en el año 2000, los problemas derivados de la prostitución no han mejorado en Holanda. Al contrario. El propio Gobierno califica de fracaso la aplicación de una ley pionera en su momento, que legalizaba los burdeles y castigaba la explotación de personas hasta con ocho años de cárcel. (...)

Para 2010 esperan tener a punto un sistema obligatorio de licencias de apertura destinado a casas de citas, salones de masajes, clubes y servicios de compañía. Las prostitutas que operen por cuenta propia deberán inscribirse en un registro. De ese modo, se dispondrá de un inventario claro del negocio de la prostitución en el país. Los clientes que acudan a redes ilegales serán más visibles, e incurrirán en un delito.

La legalización no ha funcionado bien, y ha proliferado el tráfico de personas. Al tener que pagar impuestos, muchas prostitutas han optado además por ocultarse", señalan fuentes del Ministerio de Justicia. Si legalizar la prostitución parecía la solución, ¿por qué no ha surtido el efecto deseado en Holanda, patria de la tolerancia? La respuesta es desalentadora: por la desidia oficial.

El hecho de que bancos y aseguradoras se hayan resistido a conceder a las mujeres créditos o pólizas de vida, por el alto riesgo de la actividad para su salud, ha desarbolado aún más la norma. Los expedientes de apertura municipales se perdían o retrasaban. Un estudio publicado en 2007 mostró mejoras en la red de burdeles. Pero con un dato negativo: los que sí acataban la ley y cumplían con las normas de higiene, seguridad y permisos de residencia de las empleadas acababan con escasez de personal.

Una vez calificadas de asalariadas o trabajadoras autónomas, los deberes de las prostitutas superan con creces sus derechos: deben pagar impuestos, pero no tienen seguro de paro; muchas abandonan los burdeles y pasan a la clandestinidad, con lo cual crece la amenaza de los proxenetas. Para el Hilo Rojo, el sindicato holandés del ramo, el legislador erró al suponer que solventaría el problema de las prostitutas ilegales y el del tráfico de personas. "El problema de los ilegales compete a Asuntos Exteriores. No mejora con una ley sobre burdeles", opina." (...)

"¿Es aceptable ser puta? Si se considera que la prostitución es una forma de violencia sexual hacia la mujer, no cabe más opción que prohibirla: no se puede regular sobre cómo ser esclava, ni forzada ni voluntaria. Lo coherente sería castigar como delito el consumo de sexo de pago.

Si se considera que puede ser un trabajo más, se puede aceptar la regulación, permitir que sean asalariadas y perseguir sólo la trata y explotación sexual de las mujeres. También hay opciones intermedias, como la de los que creen que, sea o no esclavitud, erradicar la prostitución es imposible y lo mejor es regular condiciones laborales mínimas que protejan a estas mujeres.

Los partidos políticos se inclinan, en su mayoría, por considerar que el tema es tan complejo que es mejor concentrarse en la más grave de sus manifestaciones: la trata de mujeres. (...)

"Hay cosas básicas que no se hacen", señala un portavoz de Médicos del Mundo. "Por ejemplo, las nigerianas, las más vulnerables, muchas veces no tienen pasaporte. En Madrid no pueden empadronarse, de forma que no pueden entrar en el sistema sanitario. En Andalucía se eliminó este requisito y, al menos, tienen acceso a los médicos. Si se piensa en ellas, hay muchas cosas que se pueden hacer para que quien quiera dejarlo pueda hacerlo con la ayuda del Estado. Pero falta dinero. Nosotros atendimos el año pasado a 1.500 mujeres en Madrid y no es nada comparado con lo que se podría hacer. Los recursos definen qué le importa a una sociedad, y este tema no parece prioritario".

La prostitución actual no tiene nada que ver con la de hace 20 años. El tráfico de mujeres ha dado un vuelco al problema. Pero hay grandes dificultades para distinguir una prostituta voluntaria de una víctima de trata." (El País, ed. Galicia, 13/09/2009, p. 38/9)