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10.9.26

En 1970, Suiza votó en referéndum si expulsaba a miles de españoles e italianos bajo el lema de frenar la "extranjerización". Nos trataban de invasores que destruían su identidad. De "depredadores" que venían a por las mujeres. En Suiza se desató una auténtica paranoia social contra los jóvenes españoles. Se les acusaba de ser "hipersexuales", de acosar a las mujeres locales y de poner en peligro la "pureza" y la seguridad de las familias nativas... En la prensa centroeuropea se extendió el estereotipo de que el emigrante español era impulsivo, celoso y que resolvía cualquier discusión sacando una navaja del bolsillo... y de que "roban el trabajo y bajan los sueldos"... La rechazaron: 54% contra 46%... Muchos somos los hijos o los nietos de esas personas. Vivimos aquí. Trabajamos aquí. Pagamos impuestos aquí. Hemos construido algo en este país. Y lo hemos podido hacer porque en 1970 una mayoría de suizos decidió que los extranjeros que trabajaban aquí tenían derecho a quedarse... ¿No os suena todo esto un poco? Schwarzenback impulsó la consulta... fue un admirador del franquismo... Pensaba que el estado suizo debía garantizar la protección del grupo étnico mayoritario y la preservación de la identidad suiza, en lo moral y en lo demográfico.... era el eslabón entre los intelectuales parafascistas de los años 30 y las nuevas derechas europeas de los 70. Pensaba como el francés Renaud Camus, autor de “El Gran Reemplazo”. En los 2000, las ideas de Schwarzenbach regresaron con el Partido del Pueblo Suizo. (Luis Endera, EspañolesenSuiza, Ramon Aymerich)

Luis Endera @Luis_Endera

¿Sabías que en los años 60 y 70 nos decían exactamente lo mismo que algunos dicen hoy de los #inmigrantes? Más de 2 millones de españoles emigraron a Europa y se encontraron con una xenofobia brutal. Abro hilo con las cosas más fuertes que nos decían fuera. 

 "No se alquila a españoles" En las ventanas de París, Ginebra o Zúrich era habitual ver carteles que prohibían explícitamente la entrada a los nuestros: "Chambre à louer (pas de clients espagnols)". Nos consideraban sucios, ruidosos y decían que "olíamos demasiado a ajo".

 El mito de la navaja y la violencia. Nos acusaban de tener un "temperamento primitivo y peligroso". En la prensa centroeuropea se extendió el estereotipo de que el emigrante español era impulsivo, celoso y que resolvía cualquier discusión sacando una navaja del bolsillo.

 "Depredadores" que venían a por sus mujeres. En Suiza se desató una auténtica paranoia social contra los jóvenes españoles. Se les acusaba de ser "hipersexuales", de acosar a las mujeres locales y de poner en peligro la "pureza" y la seguridad de las familias nativas.

  "Roban el trabajo y bajan los sueldos" Aunque los españoles aceptaban los puestos más duros, insalubres y peligrosos (minería, construcción, limpieza), los partidos locales y sindicatos nos acusaban de aceptar condiciones de "semiesclavitud" y revientaprecios.

 La campaña para echarnos: la "Iniciativa Schwarzenbach" En 1970, Suiza votó en referéndum si expulsaba a miles de españoles e italianos bajo el lema de frenar la "extranjerización". Nos trataban de invasores que destruían su identidad. ¿No os suena todo esto un poco?

2:28 p. m. · 9 sept. 2026 ·46,1 mil Visualizaciones

 

 "En 1970, los suizos votaron si expulsar a los españoles e italianos que habían venido a trabajar. Lo rechazaron por 54% contra 46%. El domingo vuelven a votar sobre la inmigración.

 El 7 de junio de 1970, hace exactamente 56 años, los suizos fueron a las urnas con una participación del 74%, un récord para la época. La propuesta era limitar el número de extranjeros al 10% de la población cantonal. En ese momento había en Suiza cientos de miles de trabajadores del sur de Europa, en particular italianos y españoles, llegados con el permiso de temporada: trabajaban aquí pero no podían traer a sus familias, tenían que volver cada invierno, vivían en barracones y pensiones. La iniciativa habría obligado a expulsar a cientos de miles de ellos. La rechazaron: 54% contra 46%.

Muchos de los que estamos en este grupo somos los hijos o los nietos de esas personas. O llegamos unas décadas más tarde. Vivimos aquí. Trabajamos aquí. Pagamos impuestos aquí. Hemos construido algo en este país. Y lo hemos podido hacer, entre otras cosas, porque en 1970 una mayoría de suizos decidió que los extranjeros que trabajaban aquí tenían derecho a quedarse.

El domingo 14 de junio, Suiza vota de nuevo sobre la inmigración. Esta vez la iniciativa del UDC "Pas de Suisse à 10 millions" propone que la población residente no supere los 10 millones de habitantes. Entre las medidas previstas: restringir la reagrupación familiar y revisar los acuerdos de libre circulación con la UE. Las encuestas de abril la daban ganando con un 52%. La mayoría de nosotros no podemos votar, no tenemos el pasaporte suizo o no cumplimos los requisitos. Pero podemos saber lo que está en juego. Y podemos recordar cómo llegamos hasta aquí, y quién votó para que pudiéramos quedarnos.

Fuentes oficiales

 (Españoles en Suiza, 10/06/26)

 

Una historia de miedo en la Suiza de los 70

El político y periodista James Schwarzenbach forzó en 1970 una consulta en Suiza para limitar el número de extranjeros al 10% y deportar 300.000 personas. Un paseo por la vida de este adelantado de la xenofobia y la obsesión por la identidad.

En el vestíbulo de los almacenes Printemps hay unas cabinas en las que escuchar las últimas novedades en discos. Por los altavoces suena el Hot Love de T Rex, con esa melodía pegajosa y esos falsetes andróginos tan de la época. Las cabinas están llenas de adolescentes sobreexcitados. Calzan plataformas, visten pantalones acampanados y se ve algún que otro abrigo de borrego. Uno de los jóvenes lleva sombra de ojos y otro un corte de pelo como el de David Bowie.

A unos metros de distancia, un hombre de mediana edad, traje gris a rayas, gafas de concha y cabello engominado observa la escena. Estamos en 1971 y James Schwarzenbach se dice para sí que esos adolescentes son una prueba de la decadencia de Suiza. Está convencido que son víctimas de la degradación moral que llega del exterior y que algunos de ellos son hijos de inmigrantes.

El Printemps está en el centro de la Chaux de Fonds. La industria relojera está en plena expansión en esta ciudad suiza cercana a la frontera francesa. También el textil, que se ha ido de Francia por el temor a una victoria de la izquierda. La mano de obra escasea y la ciudad está llena de italianos, españoles y yugoslavos, algunos de ellos con familia.

Schwarzenbach no los quiere y habla de ello abiertamente. Piensa que son una amenaza para la identidad suiza. Periodista, político y escritor, este hijo de la burguesía acomodada de Zurich entró en contacto en los años 30 con los intelectuales antiliberales de la Universidad de Friburgo que simpatizaban con el fascismo. En 1961 se afilió a Acción Nacional, partido anti-inmigración y xenófobo creado como reacción a la llegada de trabajadores extranjeros (en su programa se cita específicamente a los italianos). Es también propietario de la editorial Thomas-Verlag, donde edita publicaciones antisemitas, fascistas o völkish.

Schwarzenback es conocido por haber impulsado en 1970 una consulta sobre el Überfremdung (literalmente, el exceso de extranjeros). El referéndum tuvo una participación récord del 75% del electorado. La propuesta de poner freno a la entrada de extranjeros recibió un 45% de votos. De haber ganado, habría obligado al gobierno a limitar la población extranjera al 10% y a deportar 300.000 personas. El referéndum, con banderolas en las que se leía “Antes una Suiza limpia y pobre que una Suiza sucia y rica” creó un clima enrarecido que duró hasta finales de los 70.

Los ‘treinta gloriosos’ son indisociables de los millones de europeos del Sur en las fábricas del Norte

Los treinta gloriosos europeos, el período de mayor crecimiento económico del continente, son incomprensibles sin la participación de millones de trabajadores del Sur de Europa enrolados en las fábricas de Francia, Holanda, Alemania o el Reino Unido. Eran griegos, portugueses, italianos, españoles, yugoslavos o turcos. Entre 1945 y 1970 solo de Italia partieron hacia el norte siete millones de italianos. “Los alemanes, al igual que suizos, franceses, belgas o británicos no recibieron con especial agrado esta súbita irrupción de extranjeros en su país –cuenta Tony Judt en su monumental Postguerra–. La experiencia de vivir entre tantas personas procedentes de tierras desconocidas resultaba extraña a la mayoría de europeos”.

Si las cosas acabaron razonablemente bien, añade el historiador, fue porque los recién llegados vivían a menudo segregados en las periferias, no eran vistos como una amenaza en época de pleno empleo y eran culturalmente “asimilables”. Además, se daba por hecho que un día se marcharían. Volverían a sus países de origen.

En Suiza, sin embargo, las cosas fueron algo distintas. Schwarzenbach fue un adelantado a su tiempo. Pensaba que el estado suizo debía garantizar la protección del grupo étnico mayoritario. Y estaba preocupado por la preservación de la identidad suiza, en lo moral y en lo demográfico. Schwarzenbach era el eslabón perdido entre los intelectuales parafascistas de los años 30 y las nuevas derechas europeas de los 70. Pensaba, y escribía como el francés Renaud Camus, autor de “El Gran Reemplazo” , biblia de todas las teorías conspirativas sobre la inmigración. Solo que cincuenta años antes.

Suiza era, en este aspecto, un país peculiar. Sus autoridades civiles y bancarias fueron sospechosas de haber sido cómplices del esfuerzo de guerra alemán. Tampoco fue un país muy activo en aceptar refugiados judíos procedentes de Alemania. La II Guerra Mundial le sentó bien a Suiza. Su banca se consolidó como referencia internacional. Sus empresas de maquinaria y alimentarias aprovecharon el boom de una Europa que necesitaba de todo.

Schwarzenbach es la prueba de que el rechazo a la inmigración y la angustia por la identidad tiene raíces profundas en algunos países. Gana en intensidad en momentos de crisis económicas. Pero siempre está ahí latente. En los 2000, las ideas de Schwarzenbach regresaron con el Partido del Pueblo Suizo de Christopher Blocher, que obtuvo un 20% de votos en las elecciones del 2003.

Admirador de Franco, con amigos en la dictadura, quería a los españoles, pero los quería lejos

Schwarzenbach fue un admirador del franquismo y defendió la dictadura española en momentos clave (como durante el Proceso de Burgos, cuando pidió a las autoridades helvéticas controlar las actividades de la oposición española en Suiza). Fue en 1930 en Sevilla donde se convirtió al catolicismo (nació protestante). Y cultivó relaciones con intelectuales como Ramón Serrano Súñer, Alberto Martín Artajo, Joaquín Ruiz-Giménez o Gonzalo Fernández de la Mora, entre otros. Pero esas amistades no cambiaron sus ideas.

Schwarzenbach quería a los españoles. Pero los quería lejos."

(Ramon Aymerich , La Vanguardia, 16/06/24) 

3.8.26

Giorgio Agamben: Asistimos al advenimiento del ánomos, de un poder sin ley que produce ruina y proclama ser Dios (por eso los Padres lo identificaban con el Anticristo)... Esto es evidente en Estados Unidos, donde las instituciones ya no parecen funcionar y todo el poder está en manos de un hombre que habla y actúa sin ley alguna (lo mismo puede decirse de Israel) y se disfraza de Dios. Conviene reflexionar sobre esta situación epocal, que involucra a todo Occidente... el ánomos, el sin ley, no es un principio externo, sino la figura que la propia institución asume en su descomposición. Trump y Netanyahu no vienen de fuera: es el propio Estado, el poder que debería retener y retrasar el fin, el que se convierte en el agente que lo acelera y precipita en sus formas más ruinosas

"Si nos referimos a la doctrina contenida en la segunda carta de Pablo a los Tesalonicenses, podemos entonces decir, como ya hemos hecho en esta sección, que el catechón, el poder que retiene y retrasa el fin, que los Padres identificaban con las instituciones (el Imperio romano y la propia Iglesia), está hoy en crisis por doquier y asistimos, por tanto, al advenimiento del ánomos, de un poder sin ley que produce ruina y proclama ser Dios (por eso los Padres lo identificaban con el Anticristo).

Esto es evidente en Estados Unidos, donde las instituciones ya no parecen funcionar y todo el poder está en manos de un hombre que habla y actúa sin ley alguna (lo mismo puede decirse de Israel) y se disfraza de Dios. Conviene reflexionar sobre esta situación epocal, que involucra a todo Occidente. Dado que las instituciones (el Estado y sus articulaciones históricas) han perdido toda credibilidad, es vano fundar en ellas el poder que retiene el evento escatológico. 

Y esto es tanto más cierto cuanto que el ánomos, el sin ley, no es un principio externo, sino la figura que la propia institución asume en su descomposición. Trump y Netanyahu no vienen de fuera: es el propio Estado, el poder que debería retener y retrasar el fin, el que se convierte en el agente que lo acelera y precipita en sus formas más ruinosas."

 (Giorgio Abamben, blog, 27/07/26, traducción Ficción de la Razón) 

4.7.26

Réquiem por América el Cuatro de Julio... Nuestro país, tal como lo conocíamos, ya no existe. Fue destruido metódicamente por estafadores neoliberales. Las instituciones y protecciones legales que antes nos resguardaban de la tiranía ya no funcionan... El neoliberalismo, el capitalismo despiadado, es el veneno que destruyó nuestra democracia. Proporcionó a la clase multimillonaria y a las corporaciones la cobertura ideológica para empobrecer a la clase trabajadora, imponer una austeridad paralizante, debilitar las instituciones democráticas, comprar a nuestros dos partidos políticos gobernantes y convertir nuestros tribunales en apéndices de las corporaciones y los ricos... El neoliberalismo empujó las víctimas de la desindustrialización neoliberal , 30 millones perdieron sus empleos en Estados Unidos, a los brazos de fascistas cristianos, quienes se aprovecharon de su desesperación y les vendieron la fantasía de un Jesús mágico... Los condujo a los abismos autodestructivos del alcoholismo y la adicción a los opioides, la ludopatía, la violencia doméstica y sexual... Los medios de comunicación tienen gran parte de la culpa. En nombre de la objetividad, entendida mejor como neutralidad, se desentendieron de la lucha de clases. No investigaron los crecientes abusos de los ricos, las corporaciones ni su clase política, comprada y manipulada. No denunciaron lo absurdo del neoliberalismo. Invisibilizaron a las víctimas... La estafa del neoliberalismo ha desmantelado nuestra democracia y ha allanado el camino al fascismo... El fascismo utiliza la brutalidad del miedo, la intimidación y la violencia para sofocar el creciente descontento. Divide al país en facciones enfrentadas: los patriotas contra los enemigos del Estado. Aniquila los valores compartidos. Exalta la crueldad de la hipermasculinidad... Trump y su camarilla fascista, personificada por multimillonarios como Peter Thiel y Elon Musk, están construyendo un estado mafioso. Una nación de gánsteres y víctimas (Chris Hedges)

"La estafa del neoliberalismo ha desmantelado nuestra democracia y ha allanado el camino al fascismo.

El neoliberalismo, mejor comprendido por su término menos edulcorado de capitalismo despiadado, es el veneno que destruyó nuestra democracia. Proporcionó a la clase multimillonaria y a las corporaciones la cobertura ideológica para empobrecer a la clase trabajadora, imponer una austeridad paralizante, debilitar las instituciones democráticas, comprar a nuestros dos partidos políticos gobernantes y convertir nuestros tribunales en apéndices de las corporaciones y los ricos.

El neoliberalismo empujó a decenas de millones de personas marginadas y desesperadas a los brazos de fascistas cristianos , quienes se aprovecharon de su desesperación y les vendieron la fantasía de un Jesús mágico. Los empujó a los brazos de teóricos de la conspiración y charlatanes de derecha. Los condujo a los abismos autodestructivos del alcoholismo y la adicción a los opioides, la ludopatía, la violencia doméstica y sexual. Estas fueron las consecuencias inevitables del estancamiento personal, la falta de poder y los sentimientos de inutilidad, frustración y profunda desesperación.

El neoliberalismo ignora los clamores de sus víctimas. Desestima su sufrimiento y rabia como irracionales, ignorantes y racistas. Neutraliza las reformas liberales, convirtiéndolas en meras apariencias e inútiles. Los apologistas liberales del neoliberalismo, ya despreocupados por la justicia económica, se refugian en un activismo marginal. Pronuncian eslóganes vacíos sobre diversidad y corrección política, fingiendo que la implacable guerra de clases, desatada globalmente desde la década de 1970, no existe. Las víctimas de la desindustrialización neoliberal , 30 millones de las cuales perdieron sus empleos en Estados Unidos en despidos masivos, comprenden que la precariedad de su existencia no preocupa a sus amos neoliberales.

Los comentaristas y políticos de derecha, como Donald Trump, que profieren insultos groseros, vulgares y plagados de improperios contra el establishment neoliberal tradicional, son aclamados por los marginados por desenmascarar la farsa política. Estos demagogos prometen una renovación moral y económica para los traicionados, aunque basada en un pensamiento mágico.

Los neoliberales propagan su propia forma de pensamiento mágico. El neoliberalismo es tan absurdo e infantil como el rapto cristiano y el movimiento «Make America Great Again» (MAGA). Trump miente como quien respira, pero también lo hicieron presidentes anteriores como Joe Biden, Barack Obama y Bill Clinton. Trump se aferra a fantasías, pero ellos también. Trump, al igual que sus predecesores demócratas, se enriquece a sí mismo y a su familia , aunque con mucha más ostentación y avaricia. Él, como ellos, facilita el saqueo continuo de la clase multimillonaria. Trump es la versión fascista de la estafa neoliberal.

La concentración de la riqueza en manos de una élite oligárquica global —los doce multimillonarios más ricos poseen más riqueza que la mitad más pobre del mundo— está diseñada para generar una desigualdad de ingresos masiva y un poder monopólico. Es la antítesis de la igualdad democrática. Está diseñada para alimentar el extremismo político y fomentar las divisiones sociales y culturales. Está diseñada para socavar las instituciones democráticas. La racionalidad económica no es el objetivo. David Harvey denomina al neoliberalismo «acumulación por desposesión».

Como ideología dominante, el neoliberalismo ha sido un éxito rotundo. A partir de la década de 1970, sus críticos keynesianos más influyentes fueron marginados o expulsados ​​del mundo académico, las instituciones estatales y las organizaciones financieras como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. Lo mismo ocurrió con los medios de comunicación. Personajes aduladores y supuestos intelectuales, como Milton Friedman o el columnista del New York Times Thomas Friedman, recibieron plataformas destacadas y una generosa financiación corporativa. Estos difundieron servilmente el discurso oficial de teorías económicas marginales y desacreditadas, popularizadas por Friedrich Hayek y la escritora de tercera categoría Ayn Rand.

Una vez que el país se viera obligado a someterse a los dictados del mercado, una vez abolidas las regulaciones gubernamentales, una vez reducidos los impuestos a los ricos, una vez que se permitiera el flujo de dinero a través de las fronteras, una vez aplastados los sindicatos y una vez firmados acuerdos comerciales que enviaran empleos a talleres clandestinos en México y China, el mundo, nos aseguraban estos farsantes, sería más feliz, más libre y más próspero. Era una estafa. Pero funcionó. Y alimentó la estafa rival de los demagogos y fascistas que surgieron del fango moral y político.

Los medios de comunicación tienen gran parte de la culpa. En nombre de la objetividad, entendida mejor como neutralidad, se desentendieron de la lucha de clases. No investigaron los crecientes abusos de los ricos, las corporaciones ni su clase política, comprada y manipulada. No denunciaron lo absurdo del neoliberalismo. Invisibilizaron a las víctimas. Al aislarse del debate, los medios, pilar fundamental de cualquier democracia, se neutralizaron. También ellos se convirtieron en objeto de desprecio.

La libertad individual, que el neoliberalismo exalta como el bien supremo, y la justicia social son incompatibles. La justicia social, escribe Harvey en «Una breve historia del neoliberalismo», requiere solidaridad social y «la voluntad de subordinar los deseos, necesidades y anhelos individuales a la causa de una lucha más general por, por ejemplo, la igualdad social y la justicia ambiental». La retórica neoliberal logra «separar el libertarismo, la política identitaria, el multiculturalismo y, en última instancia, el consumismo narcisista de las fuerzas sociales que buscan la justicia social mediante la conquista del poder estatal».

El neoliberalismo, como escribe Ece Temelkuran en «Cómo perder un país: Los 7 pasos de la democracia al fascismo», exilia la moralidad de la vida pública. La aísla en el ámbito privado del individuo. La confina en «el corral de la religión», mientras que la religión es «recortada y adaptada a «espiritualidades» afines al mercado». La justicia y la misericordia dejan de ser conceptos compartidos. La moralidad personal y la pública se separan. ¿Cómo, se pregunta, «podemos convencer a la gente de que no cometa el mal en aquellos ámbitos de la vida pública donde la ley está ausente»?

«Los seres humanos», escribe, «son incapaces de funcionar y convivir sin una buena historia que los una y mantenga intacto un conjunto de valores. Por eso, la falta de una historia en el neoliberalismo, la falta de sentido y de propósito , puede resultar insoportable para la mente humana. Dado que los seres humanos se ven obligados a vivir en un estado de leve antipatía —un grado aceptable de antipatía, crucial para el sistema neoliberal—, necesitan constantemente una causa, un punto de referencia central que les permita orientarse en relación con el bien y el mal. El vacío ético del neoliberalismo, su desprecio por la necesidad de sentido de la naturaleza humana y su desesperada búsqueda de razones para vivir, crea un terreno fértil para la invención de causas , a veces incluso las más infundadas o superficiales».

En « La Gran Transformación » , Karl Polanyi distingue entre libertades buenas y malas. Las libertades malas son intocables bajo el neoliberalismo. Permiten a los poderosos explotar a los trabajadores y al medio ambiente hasta el agotamiento o el colapso. Las corporaciones farmacéuticas y de atención médica, por ejemplo, ponen en peligro la vida de quienes no pueden pagar sus precios exorbitantes. La industria de los combustibles fósiles nos está llevando hacia la extinción.

Las libertades fundamentales —libertad de conciencia, libertad de expresión, libertad de reunión, libertad de asociación, libertad de elección de trabajo— son sofocadas por las libertades perjudiciales. La libertad de la mayoría se transforma en la libertad de unos pocos. El resultado es el fascismo.

El fascismo utiliza la brutalidad del miedo, la intimidación y la violencia para sofocar el creciente descontento. Divide al país en facciones enfrentadas: los patriotas contra los enemigos del Estado. Aniquila los valores compartidos. Exalta la crueldad de la hipermasculinidad. Quienes disienten son tachados de terroristas nacionales. Las libertades civiles se suprimen en nombre de la seguridad nacional.

Las condenas de entre 30 y 100 años impuestas a ocho manifestantes anti-ICE en Texas, a quienes se presentó en el tribunal como una «célula terrorista antifascista», se están normalizando. Un noveno acusado, David Rolando Sánchez Estrada, no estuvo presente en la protesta, pero fue condenado a 30 años tras ser declarado culpable de ocultar documentos al trasladar una caja con fanzines políticos y otros materiales. Un segundo grupo de acusados ​​en el caso Prairieland, de mayor envergadura, fue sentenciado el 1 de julio. Seis de ellos, que aceptaron acuerdos de culpabilidad, recibieron penas de prisión que oscilan entre casi dos y quince años, mientras que Inés Soto, quien rechazó un acuerdo y fue a juicio, recibió una condena de 50 años.

La equiparación de la desobediencia civil con el terrorismo es habitual en países como Turquía, Rusia e India. En Europa, esta práctica se está consolidando. Un juez británico, en un fallo similar al ocurrido en Texas, condenó recientemente a cuatro miembros de Palestine Action como terroristas, imponiéndoles penas de prisión de entre cinco y nueve años, a pesar de que no habían sido acusados ​​ni condenados por delitos de terrorismo.

Da igual que Donald Trump, Recep Tayyip Erdoğan, Narendra Modi, Vladimir Putin o Nigel Farage desaparezcan. Las decenas de millones de personas «enardecidas por su mensaje seguirán ahí, y seguirán dispuestas a actuar bajo las órdenes de una figura similar», escribe Temelkuran. «Y, por desgracia, como vimos en Turquía de forma muy destructiva, aunque uno esté decidido a mantenerse alejado del mundo de la política, sus secuaces lo encontrarán, incluso en su propio espacio personal, armados con sus propios valores y dispuestos a perseguir a cualquiera que no se parezca a ellos».

Nuestro país, tal como lo conocíamos, ya no existe. Fue destruido metódicamente por estafadores neoliberales. Las instituciones y protecciones legales que antes nos resguardaban de la tiranía ya no funcionan. Quienes defienden una sociedad abierta son huérfanos, tachados de traidores, vilipendiados como la «izquierda radical ». Lamento lo que hemos perdido. Lamento lo que estamos a punto de perder. Este aislamiento social pronto se convertirá en aislamiento físico. Seremos criminalizados o forzados al exilio.

Trump y su camarilla fascista, personificada por multimillonarios como Peter Thiel y Elon Musk, están construyendo un estado mafioso. Una nación de gánsteres y víctimas. Una nación donde solo ellos tienen libertad ilimitada para saquear y explotar. Una nación donde el gobierno está privatizado. Una nación donde estamos esclavizados a la tecnología corporativa. Una nación donde no tenemos cabida.

Este 4 de julio debemos nombrar a nuestros enemigos. Son los fascistas que se han hecho con el poder. Y son ellos quienes, vendiéndonos la farsa del neoliberalismo, los pusieron en el poder."

(Chris Hedges, Gaceta Crítica, 03/07/26) 

19.6.26

El año que viene, Francia podría elegir a su primer líder de extrema derecha desde 1944... Jordan Bardella obtendrá más del 30 por ciento de los votos en la primera vuelta. Ningún otro candidato cuenta con el apoyo de más del 17 por ciento... Los partidos franceses tradicionales también están perdiendo el debate económico... se burlaban de la contradicción económica de las peticiones de Le Pen de reducir impuestos y aumentar el gasto social. Pero Macron ha gastado libremente para suavizar el golpe del confinamiento por la COVID-19 y el dolor inflacionario de la guerra en Ucrania, que añadieron 1,1 billones de dólares a la deuda nacional. La deuda nacional acumulada es ahora la tercera más alta de Europa. El país está en bancarrota, y es difícil argumentar que un presidente del RN sería menos responsable fiscalmente... Un gobierno del RN también pondría a prueba el mercado único europeo imponiendo una preferencia por las empresas francesas en los contratos de las administraciones locales y nacionales en Francia, algo que actualmente está prohibido por la legislación de la UE... La propuesta presupuestaria actual del RN también depende de que Francia se niegue a pagar una parte de sus contribuciones a Bruselas, lo que violaría la legislación de la UE. Esto provocaría una crisis de fe en la UE... Le Pen propone sustituir la arquitectura supranacional y basada en el derecho de la UE por la "cooperación libremente acordada entre los estados miembros", poniendo fin a 50 años de compromiso francés con el actual modelo de la UE... Francia no podría imponer un cambio tan drástico unilateralmente, pero podría paralizar la toma de decisiones de la UE, al menos en parte (Mujtaba Rahman)

"Cómo Francia cae ante la extrema derecha.

El año que viene, Francia podría elegir a su primer líder de extrema derecha desde 1944. La campaña para las elecciones, previstas para el próximo abril, ya está en marcha, y sondeo tras sondeo muestra que Agrupación Nacional (RN, por sus siglas en francés) tiene una ventaja abrumadora. La popularidad del RN —fundado en 1972 como Frente Nacional por Jean-Marie Le Pen, antes de ser rebautizado por su hija Marine en 2018— ha crecido de manera constante en los últimos 30 años, impulsada por la inquietud ante el aumento de la inmigración y las dificultades económicas de Francia. En las elecciones presidenciales de 2017 y 2022, este sentimiento llevó a Marine Le Pen a la segunda vuelta, donde perdió contundentemente frente a Emmanuel Macron en ambas ocasiones.

Pero para 2027 no se espera una repetición de esas elecciones. Macron no puede presentarse de nuevo debido a los límites de mandato, y mientras el RN sigue ganando terreno, su base unificada de votantes del establishment se ha dispersado. Es probable que Le Pen tampoco se presente, tras ser hallada cómplice en el desvío de fondos de la UE, aunque está apelando la decisión. Aun así, las encuestas, como una publicada por Odoxa en mayo, sugieren que el presidente del RN y probable candidato, Jordan Bardella, obtendrá más del 30 por ciento de los votos en la primera vuelta. Ningún otro candidato cuenta con el apoyo de más del 17 por ciento de los votantes actuales.

Una victoria de la extrema derecha en la segunda vuelta no está en absoluto garantizada, pero es, por primera vez, una posibilidad seria. El año 2027, en otras palabras, podría terminar siendo el equivalente francés de un momento "2016" estadounidense o británico. Una década después de que el Brexit rompiera el consenso en torno a la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea y de que Donald Trump detonara la política estadounidense convencional, hay razones para anticipar una ruptura en la gobernanza francesa. Y tal ruptura, a su vez, enviaría ondas de choque a través de la propia UE.

Una victoria de la extrema derecha en Francia sería mucho más trascendental que los experimentos de gobierno de extrema derecha en Hungría e Italia en los últimos años. Con la quinta economía occidental más grande, membresía en el Consejo de Seguridad de la ONU y estatus como estado nuclear, Francia ejerce una influencia significativa sobre la UE. Es un miembro central y fundador del bloque y aún posee una docena de territorios soberanos en todo el mundo. En comparación con el ex primer ministro húngaro Viktor Orbán o la primera ministra italiana Giorgia Meloni, un presidente de extrema derecha en el Palacio del Elíseo tendría mucho más poder para llevar a cabo el manual de la extrema derecha de subvertir la arquitectura supranacional y basada en el derecho de la UE. En un momento en que la UE busca fortalecer su unidad e influencia global, afirmar su independencia soberana de Estados Unidos y hacer retroceder a Rusia y China, las próximas elecciones francesas conllevan un riesgo considerable.
**GRADUALMENTE, Y DE REPENTE**

Desde 1958, cuando el líder francés Charles de Gaulle supervisó una nueva constitución y estableció la Quinta República Francesa tras un intento de golpe de estado y un colapso político, la política francesa ha alternado de manera predecible entre el centro-derecha y el centro-izquierda. Los votantes franceses, que suelen ser cautelosos pero también desconfiados de los gobernantes, podían expulsar al bloque que estuviera en el poder sabiendo que nada sustancial cambiaría. Pero para 2017, los franceses habían comenzado a agitarse por algo nuevo. Estaban hartos de los fracasos tanto de la izquierda como de la derecha para reducir el desempleo y ofrecer mejores niveles de vida, educación pública y atención sanitaria. Macron, que fundó un nuevo partido político y se presentó bajo el lema "Ni izquierda ni derecha", ofreció una revolución sin dolor. Su enfoque era algo más audaz y menos corrupto que la gestión improvisada que le precedió, pero no mucho más exitoso. Redujo el desempleo, pero no logró aumentar los ingresos de la clase trabajadora y media. A lo largo de sus nueve años de mandato, sus fracasos han llevado a más votantes a creer que Bardella o Le Pen son ahora, como se dice, la única alternativa.

Muchos votantes urbanos y educados aún sienten cierta repulsión hacia el populismo simplista y los orígenes racistas de la extrema derecha, pero muchos votantes de las clases suburbanas, rurales y trabajadoras se sienten tentados por la agenda del RN de reprimir la inmigración ilegal, la delincuencia y el auge del islam radical. Estos problemas son reales, pero no son tan agudos como los pintan los medios de comunicación franceses de derechas y los candidatos de extrema derecha. Después de que las celebraciones por la victoria de un equipo de fútbol francés en la Liga de Campeones se convirtieran en disturbios en mayo, por ejemplo, Bardella dijo en televisión que las escenas eran "reminiscentes de una guerra civil" e instó a los franceses a "despertar", porque esos alborotadores pronto "estarían derribando las puertas de los edificios de apartamentos y entrando en sus hogares". Atribuyó la violencia, en parte, a la inmigración y al fracaso de las políticas de asimilación de Francia. Los bastiones electorales más fuertes del RN tienden a estar en pueblos con habitantes solo o mayoritariamente blancos, o suburbios con poca delincuencia, pero como en Estados Unidos y el Reino Unido, las burbujas de las redes sociales han reforzado la convicción en torno a esta ira y sensación de pérdida.

Los partidos franceses tradicionales también están perdiendo el debate económico. En elecciones pasadas, los partidos de centro-izquierda y centro-derecha se burlaban de la contradicción económica de las peticiones de Le Pen de reducir impuestos y aumentar el gasto social —una versión muy revisada de las políticas antiestatales de su padre—. Pero en los últimos nueve años, la política económica de Macron ha gastado libremente para suavizar el golpe del confinamiento por la COVID-19 a individuos y empresas y para aliviar el dolor inflacionario de la guerra en Ucrania. Estas iniciativas fueron populares, pero también añadieron aproximadamente 1,1 billones de dólares a la deuda nacional de Francia. La deuda nacional acumulada es ahora de alrededor del 118 por ciento de su PIB —casi un 20 por ciento más que hace una década y la tercera proporción más alta de Europa, después de Grecia e Italia—. El país, en otras palabras, está en bancarrota, y es difícil argumentar que un presidente del RN sería menos responsable fiscalmente.
**PERDER LA BATALLA, NO LA GUERRA**

Hay pocas dudas de que el candidato del RN, ya sea Bardella o Le Pen, ganará la primera vuelta de las elecciones. La pregunta más importante, entonces, es si él o ella podrá reunir una mayoría en la segunda vuelta. Gran parte de esto dependerá del oponente, y de si ese candidato inspira a los votantes franceses a aferrarse a su cautela innata o alimenta su apetito por el cambio.

En 2017 y 2022, Macron reunió un "Frente Republicano" de bloques de extrema izquierda, centro-izquierda, centro y centro-derecha para derrotar contundentemente a Le Pen. Esa coalición no ha desaparecido, pero se ha debilitado. Las elecciones para todos los ayuntamientos de Francia en marzo, que dieron victorias a muchos candidatos tradicionales, sugieren que aún existe un impulso entre muchos votantes de centro-izquierda y centro-derecha para votar tácticamente y mantener a la extrema derecha fuera del poder. Entre los candidatos favoritos de estos votantes se incluyen el expresidente socialista François Hollande, que aún no se ha declarado pero parece creer que puede emerger como campeón de la conflictiva izquierda moderada, y el primer ministro de Macron, Édouard Philippe, que busca unir el fracturado centro y centro-derecha en una versión renovada del movimiento gaullista que dominó la política francesa de centroderecha durante gran parte de finales del siglo XX y principios del XXI. Philippe es el actual favorito para el segundo puesto, con un 17 por ciento de los encuestados en un sondeo de Odoxa de mayo diciendo que votarían por él si las elecciones se celebraran ese domingo.

Pero estos políticos son solo dos en un campo de al menos 20 contendientes, que van desde variedades de la extrema izquierda trotskista hasta otros movimientos nacionalista-populistas. Lo más significativo es que Philippe tendrá que lidiar con el magnetismo y el cinismo del candidato perpetuo de extrema izquierda, Jean-Luc Mélenchon, que obtuvo un 16 por ciento en la encuesta de Odoxa de mayo y cuya base electoral ha mostrado mucha menos disposición a votar tácticamente para mantener al RN fuera del poder. Mélenchon perdió contra Le Pen en la primera vuelta de 2022 por poco más de un punto porcentual y sigue siendo popular, especialmente entre los jóvenes y los habitantes de los conflictivos suburbios multiraciales de las ciudades francesas. Sin embargo, también es temido y detestado por gran parte del resto de Francia, con solo 15 de los encuestados franceses expresando confianza en él en una encuesta de Toluna-Harris de mayo.

La proliferación de candidatos puede reducir la puntuación necesaria para llegar a la segunda vuelta, haciendo que las probabilidades de cada candidato de ganar sean algo así como una lotería. La decisión sobre el segundo puesto podría decidirse por unos pocos miles de votos, de aproximadamente 47 millones. Esos pocos miles de votos podrían, a su vez, determinar el resultado final. Una encuesta de mayo de Toluna-Harris sugiere que Philippe perdería contra Bardella por ocho puntos porcentuales, mientras que Mélenchon perdería por más de 30.

La otra gran incógnita es el efecto Bardella. Le Pen, la líder de facto del RN, ha estado posicionándose para presentarse durante años, y las encuestas le otorgan alrededor del 33 por ciento de los votos en la primera vuelta, a pesar de la sentencia judicial de marzo de 2025 que la declaró cómplice en el desvío de aproximadamente 5 millones de dólares en fondos de la UE. Si pierde su apelación a la sentencia, que se anunciará el 7 de julio, se le prohibirá presentarse durante cinco años, y la candidatura recaerá en Bardella, que según las encuestas obtendría incluso más votos —alrededor del 35 por ciento, pero posiblemente hasta el 38 por ciento—. El RN ya se está preparando para este escenario, y Bardella está en una buena posición, habiendo forjado una personalidad política eficaz para el siglo XXI, con un trato educado y accesible y un talento para hablar con frases tranquilizadoras en televisión y en Tik Tok.

La principal debilidad de Bardella es su edad. Tendrá 31 años en el momento de la votación del año que viene, y los votantes de la segunda vuelta probablemente se preguntarán si tiene lo necesario para ser jefe de estado y cómo se enfrentaría a matones experimentados como Trump y el presidente ruso Vladimir Putin. En privado, algunos estrategas del RN han sugerido que a Bardella le iría mejor como candidato del RN en 2032. Si gana el año que viene, podría verse desbordado por crisis domésticas e internacionales y dañar al RN a largo plazo.
**SOLO EL PRINCIPIO**

Si un gobierno liderado por el RN podría realmente cambiar Francia dependería de las elecciones legislativas que Bardella o Le Pen casi con toda seguridad convocarían después de asumir el cargo. Casi todos los presidentes recién elegidos han hecho esto desde 1958, y típicamente su partido gana. Pero gran parte de lo que hizo que el segundo mandato de Macron fuera tan difícil y, en última instancia, un fracaso, fue su incapacidad para obtener esa ventaja en 2022: sin una mayoría clara en la legislatura, no pudo conseguir suficiente apoyo para aprobar muchas de sus iniciativas sobre la economía, el déficit presupuestario y la deuda nacional. El RN podría caer en una trampa similar, especialmente dada su impopularidad en la Francia metropolitana, y si lo hiciera, el país podría verse obligado a soportar varios años más de estancamiento parlamentario.

Sin embargo, tuviera mayoría o no, el primer gran desafío de gobierno del RN sería su presupuesto de 2027. Bardella ha dicho que respetaría el compromiso de Macron de reducir el déficit presupuestario del cinco por ciento del PIB al límite del tres por ciento de la UE para 2029. Pero la plataforma económica del RN contiene tensiones internas que harían difícil predecir su enfoque de gobierno. El partido está atrapado entre impulsos y facciones estatistas y de libre mercado, favorecidos los primeros por Le Pen y los segundos por Bardella. El partido ha prometido impuestos más bajos pero más gasto social, y una edad de jubilación reducida para algunos trabajadores pero más alta para aquellos que entran tarde al mercado laboral. Sus planes presupuestarios dependen de estimaciones poco realistas de ahorros por la ralentización de la inmigración, y por tanto de las prestaciones sociales de los inmigrantes, y por la lucha contra el fraude. Tal incertidumbre económica significaría que si el RN fuera elegido, los mercados de bonos probablemente se rebelarían, vendiendo bonos franceses y aumentando el coste del endeudamiento público y del servicio de la deuda.

En privado, los estrategas del RN dicen que moderarían muchas de sus políticas económicas siempre que pudieran reclamar victorias en materia de inmigración y delincuencia. La prueba económica definitiva para ellos será, por tanto, si pueden mantener el presupuesto francés en condiciones aceptables. Aquí, irónicamente, están parcialmente protegidos por la pertenencia de Francia a la unión monetaria de la UE, que es mucho más grande y, por tanto, más estable de lo que sería una moneda francesa. Aun así, si el RN gestionara mal las finanzas lo suficiente, las consecuencias no solo perjudicarían a Francia; la economía del país es lo bastante grande como para que una profunda crisis presupuestaria francesa sacuda la confianza en toda la moneda euro en sí misma.

Una victoria de la extrema derecha también podría provocar otro agudo espasmo de los disturbios urbanos y suburbanos que han estallado regularmente desde 2005. Los políticos del partido de extrema izquierda de Mélenchon, La Francia Insumisa, han prácticamente prometido tal resultado, diciendo que se negarían a reconocer una victoria de la extrema derecha y que habría "cinco rondas" de votos el año que viene —dos en la elección presidencial, dos en la parlamentaria y una en las calles—.

Los estrategas del RN saben que se enfrentarían a una intensa presión por parte de los mercados de bonos y la tecnocracia francesa desde el primer día y que, para evitar el tipo de colapso que podría destruir su gobierno, tendrían que comprometerse. Sin embargo, también estarían bajo presión de su triunfante base para demostrar que están cumpliendo su promesa de abandonar lo que consideran políticas antialemanas, proélite y eurocéntricas. Cualquier señal de que el RN se está volviendo convencional provocaría burlas de los opositores e ira de los partidarios.
**JOVEN, PELEADOR Y HAMBRIENTO**

El RN ya no es el partido antisemita, antieuropeo, antinorteamericano y antiotanista que era cuando fue fundado en la década de 1970, pero sigue siendo introvertido y escéptico ante el poder de la UE. Un gobierno de extrema derecha que tomara el control en Francia cambiaría el país, pero probablemente sería aún más desestabilizador para la Unión Europea. Francia es un gran estado miembro fundador con una tradición de liderazgo en la integración europea y la política de la UE, no de socavar el club desde dentro, como hizo el gobierno de extrema derecha de Orbán en Hungría. Muchas de sus figuras importantes simpatizan con Rusia y Putin, y un gobierno del RN podría bloquear más ayuda a Kiev, tratar de deshacer las sanciones de la UE contra Rusia y oponerse a la adhesión de Ucrania a la UE.

Incluso si el RN no lograra una mayoría parlamentaria, tener la presidencia le otorgaría, según la constitución francesa, una amplia autoridad sobre la política exterior, incluida la política de Francia hacia Europa. Como segunda economía del bloque después de Alemania, único miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y única potencia nuclear, podría perturbar la UE a través de una serie de largas batallas legales y constitucionales con Bruselas.

Bardella ha intentado tranquilizar a los europeos nerviosos sobre tal posibilidad. En mayo, sugirió en una entrevista con medios alemanes que podría formar una alianza con el canciller de centroderecha Friedrich Merz para hacer Europa más competitiva y menos burocrática. Sin embargo, es probable que aún provoque una serie de conflictos en torno a cuestiones como la contribución de Francia al presupuesto de la UE, la política común europea de inmigración y las normas de la UE sobre fijación de precios de la electricidad. Bardella ya ha argumentado que la libre circulación de personas permitida en la UE debería aplicarse solo a los ciudadanos de la UE, recreando de hecho las fronteras internas. Un gobierno del RN también probablemente pondría a prueba el mercado único europeo imponiendo una preferencia por las empresas francesas en los contratos de las administraciones locales y nacionales en Francia, algo que actualmente está prohibido por la legislación de la UE.

La propuesta presupuestaria actual del RN también depende de que Francia se niegue a pagar una parte de sus contribuciones a Bruselas, lo que violaría la legislación de la UE. Esto provocaría una crisis de fe en la UE. Ningún país se ha negado jamás a pagar su contribución al presupuesto de la UE —ni siquiera el Reino Unido en la década de 1980, cuando la primera ministra Margaret Thatcher exigió que la UE devolviera el "dinero de su país" por lo que ella alegaba eran pagos excesivos— (finalmente, se redujeron los requisitos de contribución británicos para compensar lo que la UE reconoció como pagos excesivos). Si Francia se negara a pagar por completo, la UE se vería sumida en una larga crisis política y posiblemente fiscal.

La política oficial del RN en las elecciones europeas de 2024, que no ha cambiado, era proponer sustituir la arquitectura supranacional y basada en el derecho de la UE por la "cooperación libremente acordada entre los estados miembros", poniendo fin a 50 años de compromiso francés con el actual modelo de la UE. Francia no podría imponer un cambio tan drástico unilateralmente, pero podría paralizar la toma de decisiones de la UE, si no toda, al menos en parte.

Bardella podría no destruir la UE, pero congelaría todas las esperanzas de progreso hacia una Europa más capaz de hacer frente a China, Rusia y Estados Unidos. Mientras que la UE busca promover un mayor endeudamiento común, un presupuesto más grande y políticas comunes en materia de industria, inmigración y defensa, el RN quiere reducir el presupuesto y la autoridad de la UE en estos ámbitos. El RN favorece aumentar el presupuesto de defensa francés, pero se opone a una política de defensa europea común y sigue comprometido, a largo plazo, con que Francia abandone la estructura militar integrada que subyace a la OTAN. Una Francia liderada por la extrema derecha también probablemente abandonaría el plan de Macron de crear un embrión de disuasión nuclear europeo posicionando aviones franceses con capacidad nuclear en otros estados de la UE y Noruega. Y aunque el RN ha condenado la invasión rusa de Ucrania, también se ha opuesto sistemáticamente a la ayuda de la UE y Francia a Kiev, una posición que probablemente llevaría aún más lejos si se le diera el poder para hacerlo.

No se sabe cómo sería la relación entre París y Washington bajo un gobierno francés de extrema derecha. Trump y Bardella comparten cierta ideología y actitudes, especialmente en materia de inmigración, pero Bardella ha criticado los enfoques de Trump sobre Groenlandia, Venezuela, el comercio transatlántico y las restricciones a los gigantes tecnológicos estadounidenses como ataques a la soberanía nacional. El homólogo estadounidense de Bardella durante la mayor parte de su mandato ni siquiera sería Trump, sino quien le suceda en 2029.

Lo que las próximas elecciones deparan a Francia no es, por tanto, en absoluto seguro. Pero ya están acercando al país mucho más a un futuro de extrema derecha que en cualquier otro momento desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y las posibles ondas de choque se extenderían por toda Europa. Cualquier presidente del RN estaría, por supuesto, dividido entre el compromiso y alimentar las expectativas y prejuicios de la base del partido. Pero, como mínimo, tal escenario empujaría a Francia y Europa a cinco años de confusión y parálisis. En medio de la agitación del orden mundial de posguerra provocada por China, Estados Unidos y Rusia, esa posibilidad es algo que Francia y Europa no pueden permitirse.

(, Revista de prensa, 18/06/26, traducción Deep Seek, enlaces en el original, fuente Foreign Affairs )

14.6.26

¿Por qué el fascismo aún atrae a millones de personas en todo el mundo? El fascismo triunfó porque hablaba directamente a un vacío emocional ya presente en la sociedad. Se basó en esperanzas, miedos, anhelos, prejuicios, odios y fantasías utópicas existentes —re- ensamblándolos en un poderoso movimiento político... Promete restaurar la grandeza perdida, recuperar una civilización herida, devolver la nación a su «verdadera» identidad... La retórica del nacionalismo hindú invoca constantemente la idea de la recuperación civilizatoria: una civilización hindú que una vez fue gloriosa, debilitada por el dominio musulmán, el secularismo constitucional, los disidentes, las minorías, los liberales o la traición histórica... Si la esperanza atrae a la gente hacia los movimientos fascistas, el miedo les enseña a quién culpar. La política fascista prospera al convencer a las sociedades de que la decadencia está siendo causada por «conspiradores externos» que operan desde dentro... El objetivo no es solo la discriminación, sino también un condicionamiento emocional a largo plazo. Hay que enseñar a asociar a todo un grupo con el peligro mismo. Como en la India actual los ciudadanos musulmanes... la población excluida por el movimiento fascista ya no es simplemente mal vista; es redefinida como un problema. En la India, este cambio se puede apreciar en el lenguaje cotidiano. Términos despectivos como «infiltrados», «terroristas» y «yihadistas» circulan ahora sin esfuerzo... Convierten los prejuicios en odio... La soledad es una de las condiciones esenciales que preparaban a las sociedades para los movimientos totalitarios y los regímenes autoritarios...«que la soledad se haya convertido en una experiencia cotidiana»... Los movimientos fascistas entienden este vacío emocional y ofrecen pertenencia... El individuo aislado de repente se siente parte de algo más grande, eterno e históricamente importante... La gente marchaba junta. Cantaban juntos. El movimiento fascista transforma las ansiedades privadas en una identidad colectiva... El individuo en la sociedad fascista queda liberado de inmediato del peso de la insignificancia... todo movimiento fascista promete alguna versión de un futuro purificado... Una nación sin musulmanes. Sin disidentes. Sin oposición ideológica (Deep Sharma)

" Por qué el fascismo aún atrae a millones de personas en todo el mundo.

 El fascismo se presenta como pertenencia, revitalización y esperanza. Este ensayo explica cómo funciona y por qué millones de personas en todo el mundo todavía lo encuentran atractivo.

Los movimientos políticos de extrema derecha en todo el mundo ya no se esconden en los márgenes de la vida pública. Se están volviendo más ruidosos, más fuertes electoralmente, más poderosos financieramente y cada vez más cómodos con el lenguaje del autoritarismo.

En Hungría, Viktor Orbán pasó dieciséis años concentrando el poder en torno a su partido mientras debilitaba las instituciones. En Turquía, los arrestos de periodistas, académicos y figuras de la oposición vaciaron la disidencia tras el fallido golpe de Estado de 2016. En Estados Unidos, Donald Trump desafió repetidamente la legitimidad de las elecciones de 2020, alimentando la crisis política que culminó en el asalto al Capitolio del 6 de enero.

En la India se están desarrollando patrones de populismo autoritario, donde la política nacionalista hindú ha pasado de los márgenes a la dominación —convirtiendo las instituciones públicas en armas para silenciar la disidencia y la oposición, capturando el aparato estatal, los medios de comunicación e incluso el cine. Pero el fascismo en la India debe entenderse en un contexto más amplio.

Desde 2014, las noticias principales en la India se parecen cada vez más a tribunales ideológicos. La propaganda de derecha y los videos de linchamientos multitudinarios circulan como trofeos en grupos de WhatsApp. Los lemas políticos se construyen en torno a la humillación y la purificación nacional. Los ecosistemas de noticias falsas en línea alimentan sin cesar la paranoia, el resentimiento y la sospecha en millones de indios cada día.

Más preocupante es lo normal que se ha vuelto todo esto. Uno debe detenerse y preguntarse:

### ¿Por qué millones de personas comunes y corrientes siguen cayendo bajo el hechizo de los movimientos fascistas —mucho después de que la historia haya demostrado a dónde conducen?

Parte de la respuesta reside en algo que el historiador George Mosse entendió con una claridad sorprendente. El fascismo no triunfó porque fuera original. Triunfó porque hablaba directamente a un vacío emocional ya presente en la sociedad. Se basó en esperanzas, miedos, anhelos, prejuicios, odios y fantasías utópicas existentes —re ensamblándolos en un poderoso movimiento político.¹

El fascismo, en otras palabras, ofrece muy poco que sea original.

## Esperanza: la promesa de un renacimiento nacional

Al principio, los movimientos fascistas no se presentan a sí mismos como destructivos. Se presentan como esperanzadores. En la República de Weimar en Alemania, tras la Primera Guerra Mundial, el nazismo surgió en el seno de una sociedad humillada por la derrota militar, el colapso económico, la inestabilidad política y el orgullo nacional herido. Al principio, Hitler no atrajo a millones de alemanes haciendo campaña abiertamente por la dictadura o el genocidio. Los atrajo prometiendo restauración y reformas radicales.

Alemania, afirmaba, había caído de su grandeza. La nación había sido debilitada, traicionada, contaminada y humillada, especialmente por la política de izquierdas. Solo un movimiento nacional unificado podía hacerla fuerte de nuevo. Esa promesa emocional sigue siendo central en la política autoritaria actual.

Los movimientos fascistas y los líderes populistas casi siempre hablan el lenguaje de la revitalización antes de hablar el lenguaje de la exclusión. Prometen restaurar la grandeza perdida, recuperar una civilización herida, devolver la nación a su «verdadera» identidad.

Esta retórica emocional es visible de manera ostensible en la India. La retórica del nacionalismo hindú invoca constantemente la idea de la recuperación civilizatoria: una civilización hindú que una vez fue gloriosa, debilitada por el dominio musulmán, el secularismo constitucional, los disidentes, las minorías, los liberales o la traición histórica.

El templo de Ram construido sobre la mezquita de Babri, demolida en Ayodhya, es quizás uno de los ejemplos más claros de esta lógica. *The Guardian* informó que Modi enmarcó el evento como el cumplimiento de «el sueño que muchos han acariciado durante años». En el pensamiento hindutva, la construcción del templo representaba una corrección simbólica de la humillación histórica —la recuperación de una civilización que finalmente recupera su lugar legítimo.

## Miedo: la búsqueda de enemigos internos

Si la esperanza atrae a la gente hacia los movimientos fascistas, el miedo les enseña a quién culpar.

La política fascista prospera al convencer a las sociedades de que la decadencia está siendo causada por «conspiradores externos» que operan desde dentro:

- Las minorías y los inmigrantes — los otros
- Los disidentes y los intelectuales — los refunfuñones (como los llamaba Goebbels)
- Los periodistas críticos y los «antinacionales» — los enemigos internos

Esta simplificación es políticamente dañina porque transforma cuestiones complejas en una explicación insulsamente simple.

La Alemania nazi perfeccionó este mecanismo mediante la representación sistemática de los judíos como corruptos, desleales y peligrosos para el cuerpo de la nación. El objetivo no era solo la discriminación, sino también un condicionamiento emocional a largo plazo.

Había que enseñar al público —lenta y repetidamente— a asociar a todo un grupo con el peligro mismo. Como en la India actual, los ciudadanos musulmanes son encuadrados a diario a través de una campaña coordinada de desinformación sobre infiltración, amenazas demográficas, incompatibilidad civilizatoria y teorías de conspiración como el *love-jihad*, la ocupación ilegal de tierras, el terrorismo, y a menudo se les exige que demuestren su lealtad a los hindúes mayoritarios a su antojo.

Crean una atmósfera donde grupos enteros empiezan a parecer culturalmente sospechosos dentro de la propia nación. Hemos llegado a un punto en el que la ciudadanía ya no es suficiente para ser indio —una cuestión que exploré en mi ensayo anterior, «cuando la ciudadanía no es suficiente».

## Anhelo: el deseo de pertenecer

Hannah Arendt advirtió que la soledad era una de las condiciones esenciales que preparaban a las sociedades para los movimientos totalitarios y los regímenes autoritarios. «Lo que prepara a la gente para la dominación totalitaria», escribió, «es que la soledad se haya convertido en una experiencia cotidiana».²

Los movimientos fascistas entienden este vacío emocional de forma instintiva y tienen algo que ofrecer: pertenencia. No una pertenencia democrática construida en torno a la convivencia y el pluralismo, sino una fusión emocional con la nación, la mayoría, el movimiento y el líder. El individuo aislado de repente se siente parte de algo más grande, eterno e históricamente importante. Condiciones como el desempleo, la violencia callejera y los políticos sin escrúpulos se convierten en un costo que una nación debe soportar para volver a ser «grande».

La gente marchaba junta. Cantaban juntos. Repetían lemas juntos. Llevaban símbolos juntos. El movimiento fascista transforma las ansiedades privadas en una identidad colectiva.

En la India, este anhelo de identidad colectiva a menudo toma la forma de restablecer la civilización antigua que fue interrumpida, humillada y obligada a olvidarse de sí misma. Las invasiones extranjeras, el dominio colonial y décadas de fracaso político se convierten en capítulos de una narrativa más amplia de decadencia de su gloria. A la generación actual y a los soldados de infantería del Hindutva se les dice que han heredado una misión histórica: completar la obra inconclusa de la restauración nacional.

La promesa de pertenencia es seductora porque convierte la vida ordinaria en un propósito histórico. En un movimiento fascista, el graduado desempleado ya no solo lucha por encontrar trabajo —está participando en un despertar civilizatorio de la nación. El individuo en la sociedad fascista queda liberado de inmediato del peso de la insignificancia.

Las decepciones y dificultades personales se disuelven en una historia más amplia sobre el destino de la nación. Por eso los movimientos de renacimiento nacional suelen inspirar una lealtad tan feroz. Los líderes de los movimientos autoritarios dicen a sus masas que sus antepasados fueron grandes, que su cultura está amenazada, que se ha negado a su nación el lugar que le corresponde en la historia —y que ellos han sido elegidos para restaurarlo.

## Convertir los prejuicios en odio

Los movimientos fascistas a menudo no empiezan con odio: toman los prejuicios, los miedos a medio formar y los resentimientos, y los arrastran hasta convertirlos en retórica política, dándoles legitimidad, lenguaje y propósito político.

George Mosse observó que los movimientos fascistas se basaban en gran medida en mitos, prejuicios, nacionalismo romántico y fantasías heredadas de la Europa del siglo XIX. No crearon estas creencias de la nada. Las recogieron, las organizaron en forma de propaganda y las fusionaron con la vida política común.

El prejuicio deja de ser vergonzoso cuando se repite en la televisión, es refrendado por políticos, circula en las redes sociales y es repetido por figuras culturales en una sociedad.

En ese momento, la población excluida por el movimiento fascista ya no es simplemente mal vista; es redefinida como un problema. Se cuestiona su lealtad, se escruta su presencia, se condiciona su pertenencia.

En la India, este cambio se puede apreciar en el lenguaje cotidiano. Términos despectivos como «infiltrados», «terroristas» y «yihadistas» circulan ahora sin esfuerzo entre los mítines políticos, los debates televisivos, los feeds de las redes sociales y la conversación cotidiana de la gente común. Repetidos con suficiente frecuencia, dejan de sonar como insultos y empiezan a sonar como descripciones.

El prejuicio por sí solo es inestable. Debe ser afilado, repetido, cargado emocionalmente. La propaganda moderna hace esto con una eficiencia despiadada. A través de estudios de televisión, grupos de WhatsApp, feeds algorítmicos y mensajes coordinados, opera incesantemente, incrustando la sospecha en el pensamiento cotidiano.

La lógica no es nueva. El régimen nazi la perfeccionó: los judíos no eran retratados simplemente como oponentes, el pensamiento y la propaganda nazi los presentaban como contaminantes —algo que corrompía la nación desde dentro. El objetivo no era solo la hostilidad, sino también la deshumanización.

Hoy en día, estos mecanismos se despliegan con herramientas más sofisticadas. En la India, la identidad musulmana es enmarcada a través de insultos, amenazas y como un problema. Los detalles específicos pueden cambiar, pero el efecto es la sospecha constante y la exclusión de los musulmanes de la vida pública.

Con el tiempo, la repetición hace su trabajo. El prejuicio empieza a sentirse como vigilancia. Y cuando esa transformación se completa, el odio ya no se anuncia a sí mismo como odio. Se llama a sí mismo patriotismo.

## Utopía: la fantasía de una sociedad pura

En última instancia, todo movimiento fascista promete alguna versión de un futuro purificado: una nación restaurada, un pueblo unificado, una sociedad finalmente limpia, libre de corrupción y con los enemigos internos completamente desaparecidos.

La política fascista está obsesionada con los pasados míticos y, en esencia, el fascismo ofrece una fantasía de pureza. Por ejemplo, la Alemania nazi idealizaba la pureza racial, la sangre, el suelo, la masculinidad heroica y la fantasía de una comunidad nacional orgánica no contaminada por forasteros. La democracia, el pluralismo, el desacuerdo y la diversidad no eran retratados como fortalezas, sino como síntomas de decadencia e incluso debilidad civilizatoria.

En la India, la imaginación política del Hindutva gira cada vez más en torno al sueño de una civilización hindú culturalmente unificada: una nación purificada de contradicciones internas, permanentemente mayoritaria y liberada de las molestias del pluralismo y del propio secularismo.

Una nación sin musulmanes. Sin disidentes. Sin oposición ideológica. Sin la fricción intelectual y moral que produce la democracia.

La utopía de un movimiento fascista no es un futuro al que llegar, sino un silencio producido por aquello que ha sido eliminado.

También te puede interesar:

1. George Mosse, *The Fascist Revolution: Toward a General Theory of Fascism*. Madison: University of Wisconsin Press, 1999.
2. Hannah Arendt, *The Origins of Totalitarianism*. Nueva York: Schocken Books, 1951." 

(Deep Sharma , blog, 31/05/26, traducción Deep Seek, enlaces en el original) 

2.6.26

Paul Krugman: Pogroms, al estilo americano... las atrocidades que está perpetrando el ICE —atrocidades que seguramente son mucho más grandes y peores de lo que sabemos— son en parte instrumentales, una forma de asustar a los inmigrantes para que se autodeporten... Trump está tratando de expulsar a todos los inmigrantes, tanto legales como indocumentados, casi sin pretender que sus pogromos sirvan para ningún propósito social o económico más amplio. Y uso la palabra “pogromos” deliberadamente. La campaña antiinmigrante del MAGA se basa en la crueldad hacia los inmigrantes, la gran mayoría de los cuales son respetuosos de la ley y una fuente clave de la prosperidad estadounidense. Y se está volviendo cada vez más evidente que la crueldad no es solo instrumental. Más bien, es el propósito de todo el esfuerzo... el zar de inmigración de Trump, declaró que "ha pedido a los funcionarios de la Casa Blanca que trabajen con las agencias federales para asegurarse de que están utilizando regulaciones contra los inmigrantes en todas las áreas de la vida estadounidense que supervisan"... y es que “Trump presiona a los inmigrantes cortándoles el acceso a trabajos, atención médica y vivienda”... Así que vamos a negar la atención a los niños nacidos en los Estados Unidos —es decir, ciudadanos por nacimiento— si tienen padres nacidos en el extranjero, presumiblemente incluso padres que llegaron a Estados Unidos legalmente. ¿Qué sigue? ¿Se les exigirá a estos niños que lleven etiquetas en su ropa para revelar que tuvieron un padre nacido en el extranjero? ¿Una insignia de la Estrella de David de los tiempos modernos?

"Hubo un tiempo en que los activistas antiinmigración afirmaban no odiar a los inmigrantes como personas. Su preocupación, insistían, era solo sobre los inmigrantes ilegales, la supuesta ola de delincuencia que causaban o la pérdida de empleos para los nativos.

Si creíste algo de eso, fuiste ingenuo. La administración Trump está tratando de expulsar a todos los inmigrantes, tanto legales como indocumentados, casi sin pretender que sus pogromos sirvan para ningún propósito social o económico más amplio. Y uso la palabra “pogromos” deliberadamente. La campaña antiinmigrante del MAGA se basa en la crueldad hacia los inmigrantes, la gran mayoría de los cuales son respetuosos de la ley y una fuente clave de la prosperidad estadounidense. Y se está volviendo cada vez más evidente que la crueldad no es solo instrumental. Más bien, es el propósito de todo el esfuerzo.

Para entender lo que está sucediendo, un buen punto de partida es el reconocimiento, más o menos oficial, de que prácticamente todos los inmigrantes —hablaré de las pocas excepciones en breve— son vistos como indeseables a quienes hay que expulsar de cualquier manera posible. The New York Times publicó recientemente un artículo con el titular “Trump presiona a los inmigrantes cortándoles el acceso a trabajos, atención médica y vivienda”.

Como explica el artículo,

"Durante más de un año, los funcionarios de la administración han buscado tirar de cada palanca burocrática posible para cortar a los inmigrantes —tanto documentados como indocumentados— de trabajos, atención médica, servicios financieros, créditos fiscales e incluso de la inscripción de sus hijos en guarderías. El objetivo ha sido obligar a los inmigrantes a abandonar el país y, a largo plazo, eliminar los incentivos que atraen a muchas personas a Estados Unidos en primer lugar."

Según el Times, Stephen Miller, el zar de inmigración de Trump,

"ha pedido a los funcionarios de la Casa Blanca que trabajen con las agencias federales para asegurarse de que están utilizando regulaciones contra los inmigrantes en todas las áreas de la vida estadounidense que supervisan."

Así que la política federal en todos los niveles, incluidas las herramientas de política que nunca tuvieron la intención de usarse para la aplicación de las leyes de inmigración, se están utilizando como armas contra cualquier persona nacida fuera de los EE. UU., y algunas personas nacidas aquí, incluidos los niños nacidos en Estados Unidos. Estos días rara vez me sorprenden las acciones de la administración Trump, pero esto es verdaderamente impactante:

"Los funcionarios federales están planeando cambios regulatorios para evitar que los niños nacidos en Estados Unidos reciban subsidios federales de cuidado diurno si uno o más de sus padres no son ciudadanos."

Así que vamos a negar la atención a los niños nacidos en los Estados Unidos —es decir, ciudadanos por nacimiento— si tienen padres nacidos en el extranjero, presumiblemente incluso padres que llegaron a Estados Unidos legalmente. ¿Qué sigue? ¿Se les exigirá a estos niños que lleven etiquetas en su ropa para revelar que tuvieron un padre nacido en el extranjero? ¿Una insignia de la Estrella de David de los tiempos modernos?

Más allá de tratar de hacer imposible la vida diaria de los inmigrantes, la administración Trump está tratando de aterrorizar a los inmigrantes para que se vayan.

Solo tenemos información fragmentaria sobre las condiciones dentro de los centros de detención del ICE, en gran parte porque el ICE ha bloqueado repetidamente la investigación independiente de lo que está sucediendo en estas instalaciones; en particular, ha violado repetidamente la ley al denegar el acceso a los miembros del Congreso. Hace unos días, agentes federales rociaron con gas pimienta al senador Andy Kim fuera de las instalaciones de Delaney en Newark, Nueva Jersey. El ICE también está jugando al escondite con los detenidos, trasladándolos repetidamente entre instalaciones para que sea difícil para las familias y los abogados rastrearlos. Y ha habido un número alarmante de suicidios de detenidos.

Los esfuerzos por suprimir información sobre las condiciones de los detenidos son implícitamente una admisión de que estas condiciones son terribles, que los informes de hacinamiento severo, falta de atención médica y alimentos insuficientes y contaminados son ciertos.

Según un detenido, un guardia le dijo que

"Es parte de mi trabajo. Tengo que hacer tu vida miserable para que solicites tu propia deportación."

Todo lo que sabemos sugiere que esta cita es una descripción precisa de lo que está sucediendo.

Y la campaña de acoso y terror contra los inmigrantes está funcionando. El ICE no tiene que poder encontrar y arrestar a cada inmigrante para hacer que la vida en los Estados Unidos sea imposible de soportar, tal como Irán no tiene que poder atacar a cada petrolero para hacer que el paso por el Estrecho de Ormuz sea demasiado peligroso para intentarlo. La inmigración neta hacia los Estados Unidos probablemente se ha vuelto negativa; es decir, más personas están saliendo del país que entrando.

La administración Trump está complacida. En marzo publicó un comunicado de prensa celebrando las estimaciones del Censo que muestran una caída en la inmigración neta en todas las áreas metropolitanas de los EE. UU.

Hubo dos características notables del triunfalismo del comunicado. Primero, celebró la caída de la inmigración en general; nada sobre distinguir entre la entrada legal e ilegal a los Estados Unidos. Segundo, no dijo nada —absolutamente nada— sobre por qué la caída de la inmigración debería considerarse algo bueno.

La verdad es que ninguna de las afirmaciones hechas por los partidarios de la línea dura antiinmigración sobre los beneficios de expulsar a los nacidos en el extranjero ha sobrevivido al contacto con la realidad.

El fin virtual de la inmigración neta no ha llevado a un auge en los empleos para los nacidos en el país. El crecimiento de la población en edad laboral se ha estancado, pero también lo ha hecho la creación de empleo, y la tasa de empleo de los adultos nacidos en EE. UU. es menor, no mayor, que antes de que comenzaran los pogromos:

Y la idea de que los inmigrantes son, como grupo, especialmente propensos a la delincuencia, ha sido ampliamente refutada. En particular, ciudades como Nueva York que tienen grandes poblaciones inmigrantes también tienen tasas de delincuencia muy bajas según los estándares históricos.

Es importante darse cuenta de que los pogromos, además de no ayudar objetivamente a los estadounidenses nativos, no son populares. El índice de aprobación de Donald Trump sobre inmigración, que era positivo cuando asumió el cargo, se encuentra ahora en territorio profundamente negativo.

Y el pueblo estadounidense es, en general, mucho más benigno en sus puntos de vista sobre los inmigrantes que tipos como Stephen Miller. Por un lado, tenemos a la administración Trump tratando de negar el cuidado infantil a los hijos de todos los inmigrantes. Por el otro, según Gallup, el 78 por ciento de los adultos cree que las personas que inmigraron ilegalmente deberían tener la oportunidad de convertirse en ciudadanos estadounidenses, y el 85 por ciento apoya ofrecer esa oportunidad a los niños traídos ilegalmente por sus padres.

Entonces, ¿de qué se trata todo esto? Gran parte es racismo. La administración Trump ha terminado esencialmente con las admisiones de refugiados en los Estados Unidos, con una sola excepción, para la cual las cuotas de refugiados han sido enormemente ampliadas y respaldadas por ayuda federal a los inmigrantes: los sudafricanos blancos. ¿Necesitamos decir más?

Y una observación final: las atrocidades que está perpetrando el ICE —atrocidades que seguramente son mucho más grandes y peores de lo que sabemos— son en parte instrumentales, una forma de asustar a los inmigrantes para que se autodeporten. Pero, ¿existe alguna duda real de que maltratar y aterrorizar a las personas, especialmente a las personas de color, es para algunos tipos MAGA un objetivo en sí mismo, algo para lo que siempre quisieron licencia para hacer?

Como escribió Adam Serwer de The Atlantic en un ensayo justamente famoso, La crueldad es el punto. Y ¿qué dice de nosotros como nación si aceptamos esto?

Demasiado enojado para una coda musical hoy" 

(Diariojudío.com, 01/06/26, fuente Paul Krugman) 

1.6.26

Lo que define entonces al régimen de Trump es la fusión sistémica del poder autoritario, la codicia organizada, el espectáculo, la crueldad patrocinada por el Estado y la impunidad, una fusión que transforma la corrupción en un principio rector y un ideal cultural... Trump abraza la corrupción no simplemente como un modo de gobierno, sino como un espectáculo diseñado para legitimar la codicia, la crueldad y el poder desenfrenado... La corrupción de Trump va más allá del lenguaje tradicional del escándalo político y se asemeja cada vez más a la lógica operativa de una empresa criminal. La propuesta Fondo secreto de 1.786 millones de dólares, vinculado a acuerdos para insurrectos, oportunistas corruptos y otros aliados de Trump, señala más que gangsterismo financiero; revela una estructura de gobierno en la que enormes reservas de dinero funcionan como instrumentos de lealtad, recompensa, intimidación y protección política... sus acciones revelan un régimen que se parece cada vez más a una empresa criminal... los indultos a más de 1.600 personas condenadas en relación con el ataque del 6 de enero al Capitolio transformaron la violencia política en una insignia de lealtad, señalando que los actos cometidos en defensa del líder no sólo serían excusados sino santificados como servicio patriótico... La familia Trump se ha embolsado aproximadamente 4 mil millones de dólares a través de una vasta red de negocios, operaciones de marca política, empresas de criptomonedas y transacciones basadas en influencias vinculadas directa o indirectamente al poder político de Trump. Lo que surge de estas revelaciones no es simplemente un patrón de violaciones éticas aisladas sino la consolidación de una cultura política en la que la corrupción se normaliza como espectáculo y gobernanza. La extracción de riqueza, el clientelismo, la inmunidad legal y la violencia política convergen en una única maquinaria autoritaria alimentada por el miedo, el agravio fabricado y la lealtad ritualizada al líder... Las interminables estafas, sobornos, especulación familiar, campañas de intimidación, indultos y lealtades transaccionales envían un mensaje claro al público: la democracia ya no es un proyecto ético compartido sino un mercado de crueldad, clientelismo y capitalismo de gánsteres... Los desafíos que tenemos ante nosotros son desmantelar el capitalismo de gánsteres y la política fascista que genera (Henry Giroux)

"La tradición no es el culto a las cenizas. Es la preservación del fuego.

–Gustav Mahler

La corrupción como espectáculo autoritario

La corrupción nunca ha estado lejos del centro de la política estadounidense. Algunos de los escándalos más notorios se extienden desde el favoritismo de Warren G. Harding a la Abusos de poder expuestos durante el escándalo Watergate bajo el gobierno de Richard Nixon. Sin embargo, muchos historiadores argumentan que lo que distingue a Donald Trump de presidencias corruptas anteriores es que la corrupción ya no opera a puertas cerradas, protegida por los rituales liberales de legitimidad institucional y los eufemismos del decoro político. Bajo el gobierno de Trump, la corrupción se representa abiertamente como un espectáculo, se celebra como un signo de fuerza, riqueza, venganza y lealtad personal.

El régimen de corrupción en constante expansión de Trump ya no es simplemente una mala conducta financiera oculta, sino una exhibición pública de avaricia sociopática diseñada para normalizar la codicia, la anarquía, el poder sin restricciones y el colapso de la responsabilidad cívica. Refleja una política de nihilismo moral en la que el fascismo ya no aparece como una amenaza lejana pero como el futuro ya está tomando forma.

Como insignia de honor, Trump abraza la corrupción no simplemente como un modo de gobierno, sino como un espectáculo diseñado para legitimar la codicia, la crueldad y el poder desenfrenado. Funciona como qué Dominic Wetzel ha llamado a la “pornificación del sueño americano” una cultura en la que el exceso, la anarquía y la depredación se celebran como signos de éxito y fortaleza. En los Estados Unidos de Trump, la corrupción metastatiza en un teatro de crueldad y violencia, saturando la vida política con los valores del miedo, el espectáculo y la descartabilidad. Alimenta una arquitectura más amplia de dominación arraigada en jerarquías tóxicas de raza, clase, misoginia y nacionalismo cristiano blanco, al tiempo que convierte la anarquía y la agresión desenfrenada en formas de entretenimiento político.

La corrupción, en este sentido, es más que un síntoma de decadencia institucional, depravación moral o vulgaridad política. Se convierte en uno de los mecanismos pedagógicos y políticos centrales a través de los cuales se afianza la política fascista, erosionando los valores democráticos y legitimando una cultura organizada en torno a la brutalidad, la humillación y el abandono cívico. En esta formulación, la corrupción funciona como una especie de escenario fascista, creando las condiciones que nutren lo que Jonathan Crary llama Tierra quemada an “motor implacable de adicción, soledad, falsas esperanzas, crueldad, psicosis, endeudamiento, vida desperdiciada, corrosión de la memoria y desintegración social.”

La criminalización de la gobernanza

Lo que define entonces al régimen de Trump no es simplemente corrupción en el sentido convencional de soborno o mala conducta financiera. Más bien, es la fusión sistémica del poder autoritario, la codicia organizada, el espectáculo, la crueldad patrocinada por el Estado y la impunidad, una fusión que transforma la corrupción en un principio rector y un ideal cultural. La muestra de codicia y los escándalos que siguieron tienen un alcance asombroso: el Uso de hoteles y complejos turísticos de Trump como cajeros automáticos políticos para lobbystas, gobiernos extranjeros y agentes republicanos que buscan influencia; la canalización del dinero de los contribuyentes hacia propiedades propiedad de Trump a través del Servicio Secreto y gastos gubernamentales; el Desvío de fondos de inauguración hacia planes privados de enriquecimiento; El uso de empresas de criptomonedas y comités de acción política opacos como fondos ilícitos modernos; la aceptación de regalos lujosos, viajes de lujo y aviones vinculados a benefactores multimillonarios e intereses extranjeros; y la monetización abierta del propio acceso político.

A esto se suman: Las conexiones de inversión multimillonarias de Jared Kushner en Arabia Saudita después de su papel en la Casa Blanca, Acuerdos de marca registrada y expansiones comerciales de Ivanka Trump durante la administración, y el nombramiento nepotista de miembros de la familia en puestos de inmensa influencia política. Lo que surge es una escala de autotrato y anarquía Sin precedentes en la política estadounidense moderna. Pero estos escándalos no son abusos aislados de poder. Señalan una transformación más profunda en la que la corrupción se institucionaliza como una lógica de gobierno, un modo de pedagogía pública y una característica definitoria del poder autoritario.

La corrupción de Trump va más allá del lenguaje tradicional del escándalo político y se asemeja cada vez más a la lógica operativa de una empresa criminal. La propuesta Fondo secreto de 1.786 millones de dólares, vinculado a acuerdos para insurrectos, oportunistas corruptos y otros aliados de Trump, señala más que gangsterismo financiero; revela una estructura de gobierno en la que enormes reservas de dinero funcionan como instrumentos de lealtad, recompensa, intimidación y protección política. Walter Olson citar a Nick Catoggio tiene razón al afirmar que “es un robo simple empaquetado en el argumento de “militarización” y “compensación” … El presidente se comporta con impunidad porque cree que la mayoría de su partido defenderá irreflexivamente todo lo que haga, y tiene razón.”

En conjunto, estas acciones revelan un régimen que se parece cada vez más a una empresa criminal. Estas prácticas se basan en La decisión de Trump de indultar a más de 1.600 personas condenadas en relación con el ataque del 6 de enero al Capitolio, incluidos los participantes involucrados en agresiones violentas contra agentes de policía que defendían el proceso democrático. Los indultos transformaron la violencia política en una insignia de lealtad, señalando que los actos cometidos en defensa del líder no sólo serían excusados sino santificados como servicio patriótico.

Al mismo tiempo, Trump ha utilizado repetidamente el poder del indulto para proteger a aliados políticos, donantes ricos y figuras asociadas con formas espectaculares de criminalidad. Entre los más notorios estuvo el indulto a Ross Ulbricht, asociado con una de las operaciones de tráfico de drogas en línea más grandes en la historia de Estados Unidos. A esto se sumaron los indultos y conmutaciones concedidos a numerosos aliados y partidarios condenados por fraude, corrupción y delitos financieros. Por ejemplo, el indulto a Philip Esformes, quien fue condenado en uno de los mayores esquemas de fraude de Medicare en la historia de Estados Unidos, que involucró aproximadamente 1.300 millones de dólares en reclamos fraudulentos. Esformes se convirtió en un símbolo de una política en la que la criminalidad de cuello blanco no se trata como una amenaza al bien público sino como moneda negociable dentro de un sistema de lealtad transaccional.

Como periodista David D. Kirkpatrick informó en El neoyorquino la familia Trump se ha embolsado aproximadamente 4 mil millones de dólares a través de una vasta red de negocios, operaciones de marca política, empresas de criptomonedas y transacciones basadas en influencias vinculadas directa o indirectamente al poder político de Trump. Lo que surge de estas revelaciones no es simplemente un patrón de violaciones éticas aisladas sino la consolidación de una cultura política en la que la corrupción se normaliza como espectáculo y gobernanza. La extracción de riqueza, el clientelismo, la inmunidad legal y la violencia política convergen en una única maquinaria autoritaria alimentada por el miedo, el agravio fabricado y la lealtad ritualizada al líder.

Corrupción, cultura fascista y muerte de la conciencia cívica

Si una cara de la política fascista aparece en la transformación del Estado en un instrumento de terrorismo interno, la otra emerge en la fusión del poder político y la corrupción sistémica. Aquí, el capitalismo de gánsteres se revela en su forma más depredadora a medida que las instituciones públicas se vacian para enriquecer a las élites gobernantes, recompensar a los leales, castigar a los disidentes y normalizar la anarquía como modo de gobierno. Sin embargo, la corrupción bajo la política fascista no opera sólo a través de instituciones y acuerdos económicos; también funciona a través de la cultura, la emoción, el espectáculo y la configuración de la conciencia cotidiana.

En este sentido, la corrupción no puede reducirse a escándalos aislados o actos delictivos individuales. Se convierte en una fuerza cultural y un arma pedagógica que ataca la conciencia cívica, erosiona los vínculos sociales esenciales para la vida democrática y legitima las pasiones movilizadoras del fascismo a través de espectáculos de degradación, descartabilidad, crueldad y odio fabricado. Funciona como parte de una pedagogía neoliberal más ampliaen el que la vida cívica se reorganiza en torno a los valores del interés propio, la mercantilización, el hiperindividualismo y la competencia despiadada. Décadas de propaganda impulsada por el mercado, cultura de celebridades, antiintelectualismo y máquinas de desimaginación han normalizado un lenguaje moral en el que la codicia se convierte en aspiración, la crueldad se convierte en entretenimiento y los bienes públicos se convierten en objetos de desprecio. En tales condiciones, la corrupción se entrelaza con la conciencia cotidiana como sentido común en lugar de reconocerse como un ataque al ideal y la promesa de una democracia fuerte.

Bajo la política fascista, la corrupción cumple una función aún más profunda e insidiosa. No sólo pudre las instituciones sino que destruye las sensibilidades éticas y cívicas necesarias para la vida democrática misma. Al colapsar la distinción entre servicio público y saqueo privado, entre responsabilidad social y criminalidad, adormece la conciencia, normaliza la deshonestidad y la crueldad y despoja a la política de cualquier obligación moral hacia el bien común.

Lo que surge es una cultura en la que la codicia se convierte en una virtud cívica, la anarquía en una medida de poder y el sufrimiento de los demás en meros daños colaterales en la búsqueda de la dominación. Es precisamente este colapso de la conciencia en entumecimiento moral e irreflexión lo que, como argumentó Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén y más tarde en Responsabilidad y juicio, crea las condiciones en las que florece el autoritarismo.

En el universo político de Trump, la corrupción se convierte en una actuación autoritaria de dominación cruda, exhibida abiertamente porque el objetivo no es ocultar la criminalidad sino normalizarla. Las interminables estafas, sobornos, especulación familiar, campañas de intimidación, indultos y lealtades transaccionales envían un mensaje claro al público: la democracia ya no es un proyecto ético compartido sino un mercado de crueldad, clientelismo y capitalismo de gánsteres.

Como ha argumentado la historiadora Ruth Ben-Ghiat, estos pagos e indultos no deberían verse simplemente como recompensas por la lealtad pasada. Funcionan como sirvientes de futuros actos de violencia política y lealtad autoritaria. Al igual que los sindicatos del crimen organizado y los regímenes autocráticos de todo el mundo (particularmente Hungría antes de la reciente derrota de Orban en las recientes elecciones), estos sistemas vinculan a los seguidores con el líder haciendo desaparecer sus problemas legales mientras los preparan para un futuro servicio al movimiento. Los indultos, los acuerdos financieros, los favores políticos y las protecciones selectivas se convierten en mecanismos para construir lo que equivale a una red de lealtad financiada por el Estado, diseñada para asegurar la obediencia no a través del consentimiento democrático sino a través del miedo, la dependencia, la corrupción y la complicidad compartida.

La corrupción como pedagogía pública

En tales condiciones, la corrupción adquiere una fuerza pedagógica. Enseña que la democracia está en venta, que la injusticia es más importante que la justicia y que el poder pertenece a aquellos lo suficientemente ricos y despiadados como para situarse por encima de la rendición de cuentas. El peligro no reside sólo en las prácticas criminales involucradas, sino en las lecciones culturales más amplias que imparten: que el gangsterismo puede funcionar como arte de gobernar, que la lealtad al líder prevalece sobre la lealtad a la ley y que la democracia puede vaciarse mediante una fusión de indignación coreografiada, corrupción y olvido organizado—fomentado por una interminable variedad de máquinas de desimaginación. Para entender cómo dicha corrupción asegura el consentimiento masivo, es necesario examinar los aparatos culturales y mediáticos que hacen circular sus valores y transforman el autoritarismo en un forma de pedagogía cotidiana y lenguaje que coloniza la conciencia.

El autoritarismo digital y la cultura del espectáculo

La corrupción en el régimen de Trump no opera aislada de la cultura, los medios de comunicación y la vida cotidiana. Se posibilita y amplifica a través de una vasta red de aparatos culturales, plataformas digitales y sistemas de medios propiedad de multimillonarios que normalizan la codicia, celebran intereses personales despiadados y elevan los valores del capitalismo neoliberal a un sentido común gobernante. Los oligarcas tecnológicos Quienes dominan las redes sociales y las comunicaciones digitales hacen más que controlar la información: dan forma a los paisajes emocionales y pedagógicos a través de los cuales las personas aprenden a verse a sí mismas, a los demás y al significado mismo de la política. En este entorno, la corrupción ya no se considera principalmente una violación de la confianza pública. En este entorno, la dominación algorítmica y el feudalismo digital se presentan como astucia empresarial, marca personal y éxito competitivo, y la búsqueda sin complejos del poder en una cultura en la que el ganador se lo lleva todo. En realidad, representa un Forma hipercargada del mal instrumentalizado.

El terreno pedagógico contemporáneo del capitalismo gangsteril favorece abrumadoramente a los ricos, a los reaccionarios y a los políticamente poderosos. Cada vez más, grandes segmentos del público, especialmente los votantes indecisos y El público más joven ya no recibe información política a través del periodismo tradicional o las esferas públicas democráticas, sino a través de las plataformas de redes sociales, canales de YouTube, redes de influencers y podcasts dominados por personalidades de derecha como Tucker Carlson, mientras que los sistemas impulsados por algoritmos controlados por oligarcas tecnológicos como Elon Musk y Mark Zuckerberg amplifican la indignación, la desinformación y el resentimiento autoritario. Algunos de los podcasts políticos más escuchados están presentados por figuras reaccionarias que trafican con teorías de conspiración, agravios fabricados, nacionalismo blanco, misoginia y retórica antidemocrática.

Al mismo tiempo, las fuerzas políticas conservadoras ejercen una enorme influencia en YouTube, Facebook, TikTok y X, donde la indignación, el miedo, el resentimiento y el espectáculo circulan con extraordinaria velocidad e intensidad emocional. Estas plataformas recompensan el sensacionalismo, la agresión y la manipulación emocional porque la indignación genera clics, atención y ganancias. Fomentan la fragmentación social, la alienación, la atomización y, como señala Jonathan Crary, representan cada vez más una “aparato global integral para la disolución de la sociedad.”

Al hacerlo, crean un entorno cultural y pedagógico en el que los valores autoritarios adquieren una enorme fuerza legitimadora mientras que el pensamiento crítico, la memoria histórica y la alfabetización cívica son cada vez más borrados, castigados o hechos sospechosos. Al mismo tiempo, reproducen y normalizan la gramática venenosa de la política fascista: la anarquía elevada a principio rector, el odio racial y las fantasías de limpieza racial definidas descaradamente como cuestiones de seguridad y pureza nacional, las ideas críticas prohibidas o criminalizadas, la violencia genocida en Gaza racionalizada como política y el asesinato de periodistas en zonas de guerra normalizado como daño colateral en una era de barbarie organizada. En estas condiciones, la cultura digital ya no se limita a comunicar política;Se convierte en una de las principales fuerzas pedagógicas a través de las cuales se producen identidades autoritarias, deseos e inversiones emocionales.

La estética MAGA y la pedagogía de la crueldad

Lo que surge bajo el trumpismo no es simplemente una política de corrupción sino un régimen cultural pedagógico más amplio de criminalidad y terrorismo de Estado. A diferencia de las formas más antiguas de propaganda autoritaria que exigían creencias ideológicas y obediencia disciplinada, la cultura autoritaria contemporánea exige participación superficial, rendición emocional, desempeño antiintelectual y circulación compulsiva a través de los flujos interminables de los medios digitales y El uso peligroso de la IA.La política se transforma en teatro político, guerra de memes e indignación performativa. La participación ya no requiere juicio informado ni alfabetización crítica; requiere inversión emocional en espectáculos de humillación, crueldad, resentimiento y lealtad tribal. La corrupción se convierte en parte de las exhibiciones ritualizadas de dominación, que se hacen alarde abiertamente como un signo de poder, control desenfrenado e inmunidad frente a la rendición de cuentas.

La circulación interminable de memes, fantasías generadas por IA, teorías de conspiración, indignación escenificada y actuaciones políticas impulsadas por celebridades crea una cultura en la que los valores autoritarios se absorben afectivamente antes de ser examinados críticamente. En este universo mediado, el lenguaje de la democracia se disuelve en ejercicios de marca y reacciones emocionales diseñadas algorítmicamente. Aquí La noción de espectáculo de Guy Debord se vuelve indispensable porque la política ya no funciona principalmente a través de argumentos razonados sino a través de un teatro de imágenes mercantilizadas, emociones fabricadas y distracciones interminables. Igualmente importante, De Jean Baudrillard El trabajo ayuda a explicar cómo las fantasías generadas por IA y las imágenes políticas hiperreales circulan no porque sean creíbles en ningún sentido convencional, sino porque producen gratificación emocional sin ataduras a la verdad, la evidencia o la memoria histórica. Al mismo tiempo, Neil Postman previó una cultura en la que la vida pública se disolvería en diversión y espectáculo, erosionando las capacidades mismas necesarias para el juicio democrático y el pensamiento crítico.

Cada vez más, la corrupción de la política se refleja en la corrupción de la cultura cívica, la conciencia pública y el juicio moral. Los grotescos videos generados por inteligencia artificial y los espectáculos escenificados que Trump hace circular sin cesar y que se amplifican a través de los ecosistemas mediáticos de derecha hacen más que entretener. Funcionan como formas de pedagogía pública autoritaria que normalizan la humillación, la crueldad, el racismo, la hipermasculinidad y el analfabetismo cívico como virtudes públicas. En estas fantasías fabricadas digitalmente, Trump aparece como un salvador divinamente ordenado abrazado por Jesús, los críticos quedan reducidos a objetivos de ridículo y fantasías de degradación, y la agresión contra los disidentes se presenta como una fuente de diversión popular y gratificación emocional. En un atroz vídeo racista generado por inteligencia artificial, Trump retrata al expresidente Barack Obama y a Michelle Obama como simios. Estos espectáculos son importantes porque erosionan los fundamentos éticos de la vida democrática, reemplazando la responsabilidad cívica, la compasión, la memoria histórica y el juicio crítico con una política de burla, resentimiento, rabia fabricada y placer autoritario. La política ya no apela al consentimiento informado, a la responsabilidad ética ni al debate razonado. En cambio, entrena al público a disfrutar de la humillación, celebrar el poder desenfrenado y abrazar la crueldad como entretenimiento.

Máquinas de desimaginación y cultura neofascista

Bajo este régimen pedagógico, los valores neoliberales de competencia tóxica, interés propio desenfrenado, descartabilidad, una cultura mercantilizada de inmediatez y supervivencia impulsada por el mercado se fusionan perfectamente con la política autoritaria. La cultura de las celebridades, los sistemas de medios algorítmicos, el nacionalismo cristiano, el antiintelectualismo y la teatralidad fascista se fusionan en lo que en otros lugares he llamado una máquina de desimaginación, un poderoso aparato de pedagogía pública que educa emocionalmente a las personas antes de persuadirlas intelectualmente. Su poder más profundo reside no sólo en difundir mentiras, sino en dar forma a deseos, identidades y disposiciones emocionales que hacen que la corrupción, la crueldad y el capitalismo de gánsteres sean características comunes de la vida cotidiana. El autoritarismo se vuelve placentero, los movimientos nacionalistas blancos y las lealtades sectarias reemplazan la solidaridad democrática,y la vida pública se reduce a un juego brutal organizado en torno a la humillación, la extracción y la emoción de la dominación.

Lo que surge de esta maquinaria es una forma de política neofascista en la que la corrupción ya no es una desviación de la gobernanza sino uno de sus principios organizadores centrales. Sin embargo, los grandes medios de comunicación a menudo tratan la corrupción como poco más que escándalo y espectáculo, oscureciendo su papel dentro de una política más amplia de descartabilidad, extracción y control autoritario. Lo que está en juego es un sistema depredador que vacía las instituciones democráticas mientras concentra la riqueza y el poder en manos de una oligarquía financiera y política unida por el miedo, la lealtad y la codicia organizada. Pero la corrupción por sí sola no es la amenaza más profunda. El mayor peligro reside en las condiciones culturales y pedagógicas que lo normalizan. En una época dominada por máquinas de desimaginación neoliberales, políticas impulsadas por gafas e ignorancia fabricada,el gangsterismo se reformula como fuerza, la crueldad como autenticidad y la anarquía como libertad.

En una época dominada por máquinas de desimaginación neoliberales, políticas impulsadas por los medios de comunicación e ignorancia fabricada, los valores y pasiones fascistas ya no están ocultos; se comercializan, se representan y se celebran. En este escenario, la corrupción funciona como teatro político, un sitio donde la política se disuelve en la gramática visual del fascismo.

Militarismo, hipermasculinidad y nacionalismo cristiano blanco

En su extremo, esta cultura de corrupción y espectáculo autoritario converge con una política que glorifica el militarismo, la violencia y la dominación hipermasculina. Una de las fuerzas impulsoras detrás de la corrupción sistémica que define al régimen de Trump es la fusión del militarismo tóxico, el nacionalismo cristiano blanco y una política hipermasculina que glorifica la violencia, la dominación y la guerra. Esta convergencia mortal es visible en los llamamientos de Trump a la autoridad divina, la retórica bíblica y las imágenes de los cruzados utilizadas para justificar la agresión militar y la violencia a nivel de crímenes de guerra en Irán. También aparece en el lenguaje militarizado de Pete Hegseth, el autodenominado “Secretario de Guerra” de Trump, para quien la guerra se convierte en un teatro de redención masculina en el que la crueldad se define como una insignia de fuerza.El militarismo arrogante de Hegseth podría parecer absurdo si no estuviera vinculado al poder del Estado y a su capacidad para desatar la violencia en el país y en el extranjero. Como observa Jasper Craven, su retórica está impregnada de “islamofobia, misoginia y una versión claramente tóxica de la masculinidad” un lenguaje venenoso que convierte el militarismo en un espectáculo de agresión y al mismo tiempo eleva la brutalidad autoritaria a un modelo de identidad nacional y virtud cívica.

Hacia una política de resistencia y lucha por el socialismo democrático

Vale la pena repetir que la crisis que enfrentamos no es simplemente una crisis de corrupción, sino de destrucción acelerada de la democracia, a medida que la justicia, la memoria histórica, la agencia cívica y la conciencia pública son vaciadas por las fuerzas del neoliberalismo depredador y el gobierno autoritario. El trumpismo revela cómo el capitalismo de gánsteres, fusionado con la política autoritaria, transforma al Estado en un instrumento de terrorismo interno, depredación económica y nihilismo moral. Coloniza la conciencia, borra la memoria histórica y reescribe la historia. En tales condiciones, la resistencia no puede reducirse a reformas legales, comisiones de ética o apelaciones al decoro cívico. La historia ha demostrado dónde culminan tales fuerzas: en las cámaras de tortura, el encarcelamiento masivo, los campos de concentración y la institucionalización de la crueldad como principio rector.

Lo que se necesita es una ruptura fundamental con un orden político y económico que concentre la riqueza y el poder en manos de oligarcas financieros mientras desmantela los bienes públicos, las protecciones sociales y las instituciones democráticas al servicio de la codicia organizada. Esta es una lucha que debe hacer de la educación un elemento central de la política para cambiar la conciencia pública como parte de una lucha más amplia para desmantelar las instituciones económicas y políticas del capitalismo de gánsteres.

Al final, la corrupción en el corazón del régimen de Trump no puede separarse de la cultura autoritaria y neofascista más amplia que la nutre y legitima, una cultura en la que el militarismo, el nacionalismo apocalíptico, la masculinidad tóxica, el capitalismo de gánsteres y una política de descartabilidad se fusionan en una maquinaria de dominación. Se trata de una política que declara la guerra no sólo a las instituciones democráticas, las ideas críticas y los valores públicos, sino también a las condiciones mismas que hacen posible la justicia, la solidaridad, la compasión y la libertad colectiva.

La lucha contra la corrupción autoritaria debe entonces convertirse en parte de una lucha más amplia para recuperar la política como un proyecto moral, social y colectivo arraigado en la memoria histórica, la justicia económica, la responsabilidad compartida y la promesa radical de la vida democrática. Sin embargo, esta lucha debe atender la advertencia de Frederick Douglass de que “El poder no concede nada sin una demanda.” Para Douglass, el poder opresivo nunca retrocede por sí solo. Sólo cede cuando se enfrenta a una fuerza colectiva capaz de perturbar su autoridad, exponer sus injusticias y hacer que la dominación sea cada vez más difícil de sostener. En este caso, la resistencia se vuelve peligrosa para el poder autoritario no simplemente porque se opone a la dominación, sino porque encarna una energía moral y política colectiva capaz de perturbar los cimientos mismos sobre los que descansa ese poder.

Lo que está en juego no es sólo la defensa de las normas democráticas liberales, sino la creación de un futuro fundamentalmente diferente. Los desafíos que tenemos ante nosotros son desmantelar el capitalismo de gánsteres y la política fascista que genera. En su lugar, está la tarea de construir una visión socialista democrática arraigada en la dignidad humana, la solidaridad, la compasión, la justicia, la igualdad y el bien común. Como señaló famosamente Douglass, “Si no hay lucha, no hay progreso.” Éste es el poder del pensamiento crítico, la resistencia masiva y la esperanza militante.

 (Henry Giroux, Jaque al neoliberalismo, 01/06/26, fuente Counter Punch )