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26.7.16

No he vivido una guerra. Pero durante 43 años el terrorismo ha colonizado implacablemente mi cabeza

"Mi liberada: Es indiscutible, no he vivido una guerra. Tú y yo pertenecemos a una de esas generaciones de fortuna. Mis padres la vivieron, mis abuelos la vivieron y han pasado ya cincuenta años y aún no se ha declarado la guerra en mi vida. Es la noticia sensacional de mi generación, de unas consecuencias muy profundas, que pasa inadvertida como sucede a menudo con lo que no pasa. Pero tampoco he vivido en paz.

 La muerte violenta, por causas políticas, ha sido una constante en mi edad. No soy finlandés ni portugués ni austriaco, que no han tenido mayor relación con ella. Pero tampoco francés, alemán u holandés, que la han sufrido esporádicamente.

Los sobresaltos empezaron pronto, con 15 años, la mañana que mataron a Carrero Blanco. A la salida del instituto me esperaba mi padre. Más que el asesinato de Carrero, el sobresalto, la vergüenza del adolescente, fue el verle allí. «He venido a buscarte por si había follón», me dijo cálido y temeroso, mientras pasaba por sus ojos toda la guerra civil. Pero la ternura venció la vergüenza y caminamos amigables y juntos hasta llegar a casa.

El crimen de la transición sucedió en Atocha. Los abogados eran comunistas como yo y era imposible deslindar su asesinato, en aquel Madrid, del asesinato del teniente Castillo. Sin embargo, el Partido Comunista conocía la muerte, y no de oídas, y no hubo luego un Calvo Sotelo, y luego. Los asesinatos de Bultó y Viola pulverizaron mi kilómetro sentimental. Lo redujeron a centímetros. Además de suceder cerca los terroristas forzaron el domus y dieron a sus víctimas una cruel muerte tecnológica.

Luego se instaló en el Norte una sucesión de años infames. Cadáveres y cadáveres y cadáveres: la víctima frecuentaba círculos ultraderechistas de la localidad. Desaparecían en los periódicos por el sumidero de un breve, pero yo no he hecho otra cosa en mi vida que leer periódicos y no se me escapaba uno. A veces era mi madre la que al llegar a casa me daba la noticia: «Han matado a otro», me decía con su furia triste. Ya he escrito que mi vileza de entonces era preguntarle si civil o militar.

 En 1987 explotó Hipercor y ya para siempre algunas de mis amistades de la época. Cuatro años después los periódicos publicaron la última foto verdadera, obra de Carlos Montañés. 

Tan absolutamente verdadera que parece de ficción: el guardia José Ángel Barragán lleva en sus brazos a la niña Isabel Porras, mientras al fondo, entre el humo y los cascotes, una pareja huye con un niño en su cochecito. ETA había lanzado un coche lleno de bombas contra el patio de una casa cuartel. ¡Ésa y no las impracticables fabulaciones es la auténtica conexión islamista!: los españoles todo lo saben sobre el terrorismo.

La máxima sofisticación de los asesinos nacionalistas llegó el fin de semana en que mataron a Miguel Ángel Blanco. Una muerte en directo, alargada en el tiempo, son muchas muertes. Un día da para mucho. Pero ese fue el final. Urgidos por el espectáculo, los españoles se levantaron. ETA se había convertido en un reality show y a partir de entonces sus días estuvieron contados: contra lo que creen los académicos de la legua, el terrorismo prospera en la penumbra.

Al asesinar a Ernest Lluch y al municipal Gervilla el centímetro sentimental de Bultó y Viola se redujo a milímetros. Yo había tratado a Lluch como a ninguna otra víctima del terrorismo. Y en cuanto a Gervilla solo iba a ayudar, en plena Diagonal, cuando los ocupantes de aquel coche averiado le dispararon. Aquellos graves meses del comando Barcelona fui víctima, por primera vez, de la vanidad de que podían matarme.

El 11 de septiembre de 2001 daba vueltas, flojo, feliz y soleado, sobre la hierba de un jardín ampurdanés, mientras no daba crédito de hasta dónde había llegado el característico humor negro de mi amigo Jaume Boix, que me estaba contando cómo un avión se había estrellado contra el World Trade Center. Un avión y luego otro, y entonces me incorporé. No es exacto decir que el terrorismo se hizo global: se hicieron globales la zozobra, el desaliento y el duelo.

La segunda matanza de Atocha dispuso, en 2004, a mis ojos, el más grandioso escenario de un acto terrorista. Fueron tan enormes sus consecuencias para la moral pública de los españoles, tanta la degradación de su política y de su periodismo que provocaron el mayor éxito a que puede aspirar una matanza terrorista: convertir a las víctimas en un daño colateral. Toda la putrefacción española arranca de ahí, y aquí sigue. (...)

Me acuerdo de los ecuatorianos de la T4: fue el primer crimen de la paz.

El último otoño sucedió en París. El otoño es la gran época de las ciudades, y es la gran época de París. Las terrazas de los cafés de la Paix no son todavía una lenta forma de muerte por intemperie. Era viernes, dormía el músculo. Desde los coches iban ametrallando la felicidad y se comprende porque no habrá forma humana de que la alcancen ni ellos ni sus hijos ni los hijos de sus hijos.

De modo que no he vivido una guerra, de acuerdo. No la he sufrido.

 Y tampoco la he luchado, lo que es más importante de lo que parece. Pero durante 43 años el terrorismo ha colonizado implacablemente mi cabeza. Sus cataclismos silenciosos, sus insidiosos efectos colaterales deben anotarse. No he vivido una guerra, pero llevo el duelo de innumerables nombres propios. Apellidos, topónimos: una bomba de neutrones que deja el esqueleto de la vida intacto. (...)"           ( Arcadi Espada, El Mundo, 17/07/16)

8.11.10

En cuanto a los derechos fundamentales, España figura en quinto lugar mundial

"Se trata de la aparición de un primer informe, circunscrito a 35 países, de índices cuánticos que aspiran a calibrar cómo se lleva a cabo la traducción a la práctica de los principios fundamentales del Estado de derecho, tal y como se derivan de los convenios internacionales relevantes y desde la óptica del ciudadano normal y corriente. (...)

En este primer informe, España ha sido seleccionada entre los países de alta renta junto con Australia, Austria, Canadá, Corea del Sur, Estados Unidos, Francia, Holanda, Japón, Singapur y Suecia. Forma parte también de un grupo regional determinado: Europa Occidental y América del Norte. No es mala compañía.

A diferencia de otros ejercicios de estadística comparada, los resultados no se engloban en un único índice sintético.

Se exponen según los nueve parámetros a tenor de los cuales se analiza el funcionamiento y la praxis del Estado de derecho (rule of law): los poderes más o menos amplios de los gobiernos; la mayor o menor ausencia de corrupción; una legislación clara, estable y conocida; la situación en materia de orden y seguridad; el estado de protección de los derechos fundamentales; el carácter más o menos abierto del aparato gubernamental; la eficacia de la legislación y de la Administración; la mayor o menor facilidad de acceso a la justicia civil y la eficacia de la justicia penal.

En esta perspectiva comparada sobresale un dato. En lo que se refiere a la situación de los derechos fundamentales España figura en quinto lugar, tanto regionalmente hablando como en el mundo. Está por delante de países tan emblemáticos como Australia, Japón, Francia y Estados Unidos. Le superan solo Austria, Suecia, Holanda y Canadá.

España descuella también en dos parámetros esenciales. Uno es el de la limitación de los poderes gubernamentales. Otro, la facilidad de acceso a la justicia civil. En el primer caso ocupa el quinto puesto regionalmente (por delante de, ¡qué le vamos a hacer!, Estados Unidos y Francia) y el séptimo en el mundo.

En el segundo, está en cuarto puesto (por delante de Canadá, Francia, Japón y, ¡de nuevo!, Estados Unidos) y el séptimo en el mundo.

Ciertamente, en relación con el resto de los parámetros, España baja, pero no deja de mantener un puesto honroso. En lo que se refiere a la carencia de corrupción, y a pesar de los estragos del caso Gürtel y otras lamentables "hazañas" de parecido tenor, figura en noveno lugar en el mundo y, desde luego, por delante (¡otra vez!) de Estados Unidos.

Su peor score (ocupa el decimoquinto puesto en el mundo, aunque el séptimo regionalmente) se refiere al carácter más o menos abierto del Gobierno. En los demás parámetros se encuentra en los puestos décimo o decimosegundo en el mundo, pero siempre entre los siete mejores del entorno.

No se traen a colación estos datos para entonar un canto ombliguista y de nacionalismo corto. Muy al contrario. Si el objetivo último de las políticas públicas estriba en mejorar el bienestar y la seguridad de los ciudadanos, es obvio que aún queda por avanzar en aspectos fundamentales. (...)

No figuran varios muy importantes de los miembros occidentales de la Unión Europea (por ejemplo, Dinamarca, Bélgica, Finlandia, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Portugal y Reino Unido). Es obvio, por consiguiente, que en cuanto se les considere, habrá desplazamientos en los rankings respectivos.

Ello no obstante, en el informe se han considerado países nada desdeñables con respecto a su tradición y experiencia democráticas. No incurriré en un ejercicio de autoflagelación si afirmo que muy superiores a las españolas, que fueron cortadas por una guerra civil y una larga y sangrienta dictadura de la que hoy muchos quisieran olvidarse. ¡Cómo si fuera posible rehuir la reflexión sobre 40 años de nuestra historia contemporánea y sus secuelas!

Por otro lado, alienta el ánimo comprobar que nuestro país va por delante de otros que habitualmente se nos ponen como modelos. A nuestros particulares neocons, que tomando prestada la idea a Miguel Ángel Aguilar parecen ser más norteamericanos que si hubieran nacido en Virginia o Kentucky, les desazonará quizá que España haya dejado atrás, en poco más de 30 años, a una de las cunas de la democracia occidental.

También la dejó, por cierto, hace ya muchos años en materia de protección médica y social, esa que ahora algunos querrían desmantelar." (ÁNGEL VIÑAS: El Estado de derecho en España. El País, opinión, 05/11/2010, p. 31)

"La ONU sitúa a España en el puesto 20º en calidad de vida.

El mundo es un lugar mucho mejor que en 1990. Es la principal afirmación de las Naciones Unidas, que ayer presentó su último ranking sobre el Desarrollo Humano, que lidera Noruega. El puesto 20º lo ocupa España, que avanza un puesto con relación a la medición anterior, efectuada en 2005, y se sitúa por delante de países como Reino Unido, Hong Kong o Italia.

Pero que las personas sean por lo general más saludables, educadas y ricas que hace 20 años, no evita que haya un aumento de la desigualdad. (...)

Todo sumado, el índice de desarrollo humano subió un 18% de media en las últimas dos décadas, y un 41% si se compara con 1970. Los que registraron las mejoras más significativas fueron Nepal, China, Indonesia, Arabia Saudí, Laos, Túnez, Corea del Sur, Argelia y Marruecos.

Solo en tres cayó, si se compara con hace cuatro décadas: República Democrática del Congo, Zambia y Zimbabue. En la cabeza de la tabla se mantiene Noruega, con un IDH de 0,938 puntos. Le siguen Australia y Nueva Zelanda. EE UU, la mayor potencia económica, está en cuarto lugar.

España mejora un puesto respecto a 2005 y cuatro desde 1980. Se coloca entre Dinamarca y Hong Kong. El IDH español es de 0,863 puntos." (El País, 05/11/2010, p. 36)