Mostrando entradas con la etiqueta b. Lucha de razas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta b. Lucha de razas. Mostrar todas las entradas

31.8.26

Los de siempre, los que resuelven los problemas: Abdellah Mustafa, presidente de la asociación de vecinos del barrio periférico de Sidi Embarek, es tajante: “Han empezado a atacar a los inmigrantes; y de ahí se ha pasado a atacar a los musulmanes de Ceuta. Si los musulmanes de Ceuta responden, se acabó”. Añade que nadie es más de Ceuta que los musulmanes ceutíes: “Porque no nos reconocen en Marruecos; y en la península nos catalogan de moros. Por eso, no somos de ningún lado, excepto de aquí.” Su número de móvil está abarrotado de mensajes de vecinos musulmanes que reportan agresiones, insultos u hostigamiento por parte de miembros de la comunidad cristiana... Abdellah, que es cocinero y está de vacaciones, atiende a todos, y luego se monta en su patinete y acude a la agotadora pero necesaria tarea que le ocupa desde hace un mes: dirigir, organizar, supervisar y sacar adelante, sin más ayuda que la de su madre, la de un pelotón de voluntarios y la de una guardia de seguridad que habla árabe enviada por el Gobierno de la ciudad hace unos pocos días, resuelve una docena de cosas más sobre la marcha y luego se monta otra vez en su patinete porque hay algo urgente que hacer en otro lado... y los que siempre siembran el odio, ahora quemando los chabolos de los migrantes: Estos vándalos, aplaudidos por insensatos patrioteros, han ensuciado la honra de Ceuta y España (Antonio Jiménez Barca, Mn. Jaime Mercant Simó)

 Mn. Jaime Mercant Simó @JaimeMercant

Por culpa de estas imágenes vergonzosas, España ha perdido la oportunidad de demostrar al mundo que es un país más civilizado que Mohamed VI, nuestro enemigo, y su régimen tiránico. Estos vándalos, aplaudidos por insensatos patrioteros, han ensuciado la honra de Ceuta y España.

vídeo: https://x.com/JaimeMercant/status/2093602502079807710/video/1

9:31 a. m. · 29 ago. 2026 ·123,4 mil Visualizaciones


"(...) A una camarera musulmana de una cafetería céntrica que atendía a los inmigrantes la insultaron algunos participantes de la manifestación del miércoles 26 llamándola mora de mierda y conminándola a irse a su país. (...)

 Esa cafetería es una de las que figura en una lista negra de comercios que atiende o vende a los inmigrantes que circula por Ceuta para que se les boicotee.(...)

 Abdellah Mustafa, presidente de la asociación de vecinos del barrio periférico de Sidi Embarek, es tajante: “Han empezado a atacar a los inmigrantes; y de ahí se ha pasado a atacar a los musulmanes de Ceuta. Si los musulmanes de Ceuta responden, se acabó”. Añade, en un café árabe de su barrio, que nadie es más de Ceuta que los musulmanes ceutíes: “Porque no nos reconocen en Marruecos; y en la península nos catalogan de moros. Por eso, no somos de ningún lado, excepto de aquí.” Su número de móvil está abarrotado de mensajes de vecinos musulmanes que reportan agresiones, insultos u hostigamiento por parte de miembros de la comunidad cristiana. Abdellah, que es cocinero y está de vacaciones, atiende a todos, y luego se monta en su patinete y acude a la agotadora pero necesaria tarea que le ocupa desde hace un mes: dirigir, organizar, supervisar y sacar adelante, sin más ayuda que la de su madre, la de un pelotón de voluntarios y la de una guardia de seguridad que habla árabe enviada por el Gobierno de la ciudad hace unos pocos días (...) resuelve una docena de cosas más sobre la marcha y luego se monta otra vez en su patinete porque hay algo urgente que hacer en otro lado. Está agotado, exhausto, pero no ceja. (...) “Los valores se demuestran en los momentos difíciles”, explica. Denuncia que califiquen a los inmigrantes de invasores. “Eso es verlos como enemigos: no lo son”. Paralelamente, trata con todas sus fuerzas de que regresen a Marruecos. “Pero esto solo se conseguirá con convencimiento, no con violencia. Yo ya he acompañado a más de 2.000 personas a la frontera (...)"

(Antonio Jiménez Barca , El País, 30/08/26)  

14.12.25

La estrategia de enfrentar a pobres con menos pobres es un clásico del discurso reaccionario... el PP de Andalucía plantea aplicar una desgravación fiscal por el gasto en el gimnasio... y un informe del Instituto Juan de Mariana, señala que la pensión media de jubilación es de 1.760 euros, más alta que el sueldo medio de los menores de 35 (1.670 euros)... así pues, la guerra será entre catalanes a los que no se les concede beca de comedor y andaluces que desgravan por ir al gimnasio, y entre jóvenes que no logran alquilar una vivienda y pensionistas que cobran mil euros de jubilación... porque la ayuda del gimnasio te deja sin beca comedor, y la pensión del anciano te impide acceder a una vivienda... cuando te señalen al enemigo, lo mejor es saber en qué clase social se encuentra, porque quizás en realidad es tu compañero (Pascual Serrano)

"Hace unas semanas fue noticia que el gobierno del PP de Andalucía planteaba aplicar una desgravación fiscal de los gastos veterinarios de las mascotas. Poco después añadió otra desgravación por el gasto en el gimnasio o en centros deportivos, clubes, federaciones deportivas u otras entidades «para el desarrollo de actividades de ejercicio físico o práctica deportiva». No voy a entrar en si me parecen oportunos o no esos beneficios fiscales. Lo que quiero destacar fue la respuesta del independentismo catalán: «Con el dinero de los catalanes, los andaluces subvencionan el gimnasio y el perro de compañía, mientras aquí no le podemos dar ayudas a la beca de comedor o a la dependencia a alguna gente de la clase media trabajadora que es financiadora del Estado de bienestar», dijo el secretario general de Junts, Jordi Turull.


Vayamos ahora a otro debate. Un reciente informe del Instituto Juan de Mariana, señala que en 2002 los menores de 35 años poseían el 7,5% de la riqueza nacional; veinte años más tarde, tienen sólo el 2%. En paralelo, la pensión media de jubilación es de 1.760 euros, más alta que el sueldo medio de los menores de 35 (1.670 euros). Las dificultades de acceso a una primera vivienda son mayores que nunca. La tasa de desempleo juvenil cuadruplica a la de países como Alemania.

La conclusión a la que llegan es clara: se está produciendo una falta de solidaridad intergeneracional, porque el mantenimiento del sistema público de pensiones impide que se tomen las medidas necesarias para fomentar el crecimiento y lo terminan pagando los jóvenes.

Obsérvese la tesis común. Se reconoce que hay sectores sociales necesitados y que son desatendidos. Se arrogan además, tanto Junts como el Instituto Juan de Mariana y sus seguidores, una sensibilidad social y una vocación de justicia. Pero, como en tantas ocasiones en la derecha, buscan al responsable de tu precariedad entre un sector popular que, a su vez, se sentirá ahora amenazado por el más precario.

De este modo, en el primer caso, la guerra será entre catalanes a los que no se les concede beca de comedor y andaluces que desgravan por ir al gimnasio. Y en el segundo, entre jóvenes que no logran alquilar una vivienda y pensionistas que cobran mil euros de jubilación. Porque, como dicen los sembradores de cizaña, la ayuda del gimnasio te deja sin beca comedor, y la pensión del anciano te impide acceder a una vivienda.

Hay más ejemplos de esta estrategia de enfrentamiento de pobres con menos pobres. Como cuando, ante la liberación de la mujer, se planteaba que su incorporación al trabajo amenazaría la oferta de empleos para los hombres. Ojo, también algunas veces la izquierda cae en la trampa del enfrentamiento, por ejemplo al decir a las mujeres que el violador está en su casa. “El violador de la niña está en casa”, titulaba una columna Cristina Fallarás. Pues puede que esté en casa o que no, pero lo más normal es que en casa esté el hombre que recoge a la niña del colegio o a la salida de la discoteca para que no la violen.

O cuando te dicen que el emigrante es tu enemigo porque te quitará el trabajo, y no te explican que el trabajo te lo quita la empresa cuando se deslocaliza llevándosela al país del emigrante pagando un sueldo de miseria. O que el emigrante viene porque tu país bombardeó su Siria o Libia donde vivía.

La estrategia de enfrentar a pobres con menos pobres es un clásico del discurso reaccionario, de ahí que también sea un clásico en la izquierda, reivindicar y trabajar por la unidad de los trabajadores y la centralidad de la lucha de clases frente a cualquier otra. De modo que, cuando te señalen al enemigo, lo mejor es saber en qué clase social se encuentra, porque quizás en realidad es tu compañero."

10.7.23

Las democracias liberales arden en los contenedores... surgen muchas preguntas... es insensato pensar que la identificación «racial» es determinante... en Francia, el 21% de los recién nacidos tienen un nombre árabe y el 8,8% son musulmanes, y la policía está llena de reclutas con características étnicas similares... los «perdedores» del sistema tienen la necesidad vital de crearse una identidad cultural que defina una pertenencia a un grupo en el que puedan confiar en caso de dificultades. Y esto ocurre a través de la creación de subculturas defensivas muy problemáticas, subculturas en conflicto con las pretensiones de legalidad, hostiles a la cultura oficial del país en el que viven... El subproletariado no indígena, que, incluso con ciudadanía nacional, no siente pertenencia alguna, construye fortificaciones improvisadas en sus barrios dormitorio, desarrollando subculturas ilegales o parasitarias, utilizando reminiscencias de culturas y tradiciones como ladrillos funcionales para su propia supervivencia... mientras los trabajadores autóctonos intentan defenderse aferrándose a los restos de tradiciones, creencias y costumbres cada vez más efímeras... y acaban identificando a los «invasores culturales» que han destrozado el sentido del mundo que una vez fue, en los desesperados no nativos... mientras las «élites» nacionales han traicionado todo lo que podían traicionar, convirtiéndose en una patética melaza cosmopolita sin afiliaciones, sin lealtades, sin cultura propia (Andrea Zhok)

 "A la luz de los graves enfrentamientos en París tras el asesinato de Nael, de 17 años, a manos de un agente de policía, surgen muchas preguntas.

En primer lugar, salta a la vista la ausencia de una imagen inteligible en los medios de comunicación sobre las posibles causas de este brote de violencia (que ya es una constante cíclica en Francia). En la descripción de los hechos que se encuentra en la mayoría de los periódicos, es difícil entender con claridad por qué las banlieues se amotinaron. Por la forma en que las autoridades y los periódicos describen el suceso, parece un incidente desafortunado que podría ocurrirle a cualquiera. Pero la percepción de las clases populares de las banlieues es que se trata manifiestamente algo que les afecta a ellos y no a la «juventud francesa» en general. (...)

Los pocos, generalmente de la extrema izquierda francesa, que hacen una lectura no contestataria de los acontecimientos utilizan la habitual e inútil clave del «racismo».

Aunque ante un niño de piel clara, de origen magrebí pero nacido en Francia, en un país donde el 21% de los recién nacidos tienen un nombre de origen árabe y el 8,8% son musulmanes, es insensato pensar que la identificación «racial» es determinante. Además, la policía está llena de reclutas con características étnicas similares. (...)

Ante los recurrentes enfrentamientos económico-culturales que caracterizan a Estados Unidos no menos que a Europa, es interesante observar cómo durante años la sociología se ha dedicado seriamente a intentar establecer si era mejor el sistema «asimilacionista» francés o el «comunitarista» británico.

También en este caso, la categorización no sirve para comprender, sino para encubrir.

De hecho, en el momento en que un problema se plantea sobre esta base de oposición, parece que toda la cuestión radica en averiguar cuál es la solución. En tales casos, se forman serias facciones entre los intelectuales que se comprometen a apoyar uno u otro cuerno de estos dilemas premasticados, lo que les permite llegar a fin de mes alegremente. Una vez comprometidos en este rondo los mejores recursos intelectuales, la realidad puede seguir desplegando su lógica, inalterada.

En realidad, la diferencia entre el sistema «asimilacionista» francés y el «comunitarista» (o «pluralista») británico es meramente retórica para uso público. En ambos casos, la dinámica social es exactamente la misma:

1) La inmigración tiene una función económica a corto plazo en el sentido de que proporciona al sistema de producción mano de obra adulta barata; de ahí que se apoye con argumentos floridos, proclamas de multiculturalismo, glorificaciones del crisol de razas y otras innumerables tonterías de fotograbado.

2) Lo ideal sería que esta función económica del «desarraigado» se dosificara en función de las necesidades económicas minuto a minuto, como en los gráficos de oferta y demanda: cuando se les necesita deberían estar ahí, cuando no se les necesita deberían desaparecer por arte de magia; por desgracia, estos sujetos, además de útiles mano de obra barata, son también engorrosos seres humanos y aquí empiezan los problemas.

3) Toda la palabrería sobre integración con la que se llena la boca la intelectualidad occidental es pura basura bienintencionada, para uso de la plebe: en verdad, las sociedades capitalistas son sociedades que generan desintegración por esencia y continuamente: división, exclusión y compartimentación competitiva. Por supuesto, lo hacen hacia todos, en el proverbial espíritu liberal de igualdad étnica y cultural, donde la única diferencia que realmente importa es la que aparece en el extracto bancario. Pero, por supuesto, los recién llegados que buscan empleo de cualquier tipo tienden a concentrarse en los escalones más bajos y el mecanismo ordinario del sistema es: el dinero engendra dinero, la miseria engendra más miseria. Así que la exclusión social tiende a persistir y a consolidarse intergeneracionalmente.

4) Y aquí es donde vuelve a entrar en juego la cultura. (...) Por mucho que se catequice a los profesores para que a su vez catequicen a la clase baja urbana para que «se sienta integrada», lo cierto es que la identidad cultural de los barrios obreros se autonomiza en función de las clases, que nada tienen que ver con la «cultura oficial».

5) La identidad cultural es esencial cuando tu vida depende de poder confiar en otros (otros a los que no puedes pagar). De ahí que en los suburbios degradados de los grandes centros urbanos se formen subculturas identitarias mucho más sólidas que las que pueden encontrarse en los barrios acomodados. Estas subculturas identitarias tienen poco que ver con auténticos orígenes étnicos o religiosos, pero no por ello dejan de ser distintivas. Los afroamericanos crearon su identidad subcultural en Estados Unidos igual que los magrebíes en Francia: no como herencia real de una cultura diferente, sino como creación funcional para sobrevivir en la nación donde residían sin pertenecer a ella. Si se observa la biografía de los terroristas islamistas en Francia e Inglaterra hace unos años, se ve cómo eran «islamistas retornados», nacidos en Francia, aparentemente «integrados» como laicistas, sólo para descubrir, como segunda generación, que no hay integración en Francia (como en todo Occidente) que cree pertenencia. En Occidente, ni siquiera las clases altas, que estarían en condiciones de escapar en gran medida al juego de la desintegración competitiva, poseen ya pertenencia alguna.

Uniendo los hilos de este cuadro, vemos cómo el callejón sin salida estructural en el que se han metido las sociedades occidentales no se resuelve ni mirando unilateralmente a la «cultura» ni mirando unilateralmente a la «renta».

(...) los «perdedores» del sistema tienen la necesidad vital de crearse una identidad cultural que defina una pertenencia a un grupo en el que puedan confiar en caso de dificultades. Y esto ocurre a través de la creación de subculturas defensivas muy problemáticas, subculturas en conflicto con las pretensiones de legalidad, hostiles a la cultura oficial del país en el que viven (una cultura, además, a menudo en estado de abandono entre los propios nativos).

No hay héroes en este cuadro, sólo diferentes formas de degradación. Las «élites» nacionales han traicionado todo lo que podían traicionar, convirtiéndose en una patética melaza cosmopolita sin afiliaciones, sin lealtades, sin cultura propia, dispuesta a abandonar cualquier barco en el que naveguen si muestra signos de inestabilidad.

Los trabajadores autóctonos han sido seducidos con las cuentas del mercado o chantajeados cuando no se les podía seducir: el resultado, sin embargo, ha sido la desintegración, de la que intentan defenderse aferrándose a los restos de tradiciones, creencias y costumbres cada vez más efímeras.

Los más jóvenes o desinformados engullen las píldoras ideológicas de los influenciadores en nómina de las élites, adhiriéndose a las campañas emancipadoras del momento. Los que tienen un poco más de memoria se atrincheran y acaban identificando a los «invasores culturales» que han destrozado el sentido del mundo que una vez fue en los desesperados no nativos.

El subproletariado no indígena, que, incluso con ciudadanía nacional, no siente pertenencia alguna, construye fortificaciones improvisadas en sus barrios dormitorio, desarrollando subculturas ilegales o parasitarias, utilizando reminiscencias de culturas y tradiciones como ladrillos funcionales para su propia supervivencia.

Tres disfuncionalidades de las que sólo nos damos cuenta cuando arden los contenedores."             (Andrea Zhok , El Viejo Topo, 05/07/23)

26.12.22

Perú, crisis de un régimen sin alternativas... El problema es siempre el mismo: ¿Qué poder tiene el gobierno de la República?, ¿cuál es su margen real de maniobra?, ¿cuál su autonomía para hacer política para los comunes y corrientes?... No es casualidad que en cuatro años haya habido seis presidentes en Perú. No es casualidad que Fujimori y Alejandro Toledo estén condenados y cumpliendo la pena impuesta. No es casualidad que Alan García se suicidara precisamente para evitar la cárcel y la ignominia. Ollanta Humala está procesado. Se podría continuar. ¿Inestabilidad del sistema político? Evidente. La pregunta es ¿por qué? Quienes llegan al gobierno se ven forzado o a pactar con los que mandan o a generar dinámicas de movilización, de conflicto y de lucha social que modifiquen la correlación de fuerzas, en este caso, activando el poder constituyente del pueblo... El dilema es trágico: traicionar o perecer, es decir, o ser cooptado por el poder o ser derribado por él. Pedro Castillo ha jugado a todo y al final ha sido destituido... Lo suyo fue un intento desesperado y ciego... La tragicomedia sigue. La crisis de sistema es, pues, permanente. La inestabilidad oculta la “estabilidad” de los que mandan, su enorme poder. Hay un viejo problema, pero ¿cuál? La gente, las clases populares engañadas una y otra vez, siempre postergadas en sus reivindicaciones básicas... En el horizonte asoma Humala. Un enemigo a las puertas... la corrupción es el fundamento de la gobernabilidad, el sistema funciona por y desde la corrupción

 "No se habla mucho en España del Perú. De vez en cuando nos llegan (malas) noticias de conflictos, de muertes. Casi siempre predomina la corrupción y eso que se llama hoy la anti política. Se nota mucho este juego de los medios de comunicación que hacen invisibles a determinados países y a otros le dedican una atención superlativa. Perú, a pesar de todo, es una democracia de las “buenas”, de las que respetan la economía de mercado, que garantizan y dan seguridad a las inversiones extranjeras, que favorecen los grandes beneficios empresariales y, lo mejor de lo mejor, poco controladas y gravadas por las instituciones estatales.

El intento de golpe de Estado de Pedro Castillo y su posterior destitución es presentado como una especie de mal endémico de la sociedad peruana que engarza inestabilidad y corrupción. La historia es conocida: el expresidente, como tantos otros, emerge del anonimato y de un día para otro gana en unas reñidísimas elecciones –apenas 40 mil votos– a Keiko Fujimori. Como tantos otros, empezaron por la izquierda y terminaron en la nada. Enfrente, una oposición cerrada, articulada en el Congreso de la República y organizada por los medios de comunicación. Detrás, la mano cada vez más visible de los grandes grupos económicos. El problema es siempre el mismo: ¿qué poder tiene el gobierno de la República?, ¿cuál es su margen real de maniobra?, ¿cuál su autonomía para hacer política para los comunes y corrientes? Como siempre, para conocer el presente hay que mirar hacia atrás.

 Chile y Perú siempre han estado (mal) relacionadas. Chile se adelanta siempre y señala el camino. Ambas repúblicas tuvieron una sólida y aguerrida dictadura; ambas tuvieron una vocación fundadora; fueron dictaduras constituyentes que cambiaron la sociedad y la relación entre esta y el Estado. Ambas impusieron el modelo socio-económico del “consenso de Washington” a la criolla, es decir, hasta sus últimas consecuencias, por las malas y con espíritu de clase. Es la paradoja del ordo liberalismo: el orden del mercado debe ser impuesto por el poder político; no surge espontáneamente de la naturaleza de las cosas. Eso se lo enseñaron von Hayek y Milton Friedman a Pinochet, hay que frenar dictatorialmente a la política democrática, limitarla y adaptarla al mercado. La construcción político-institucional del neoliberalismo necesitaba de una dictadura soberana que cambiara la sociedad y sus reglas básicas. Sin poder político no hay liberalismo que valga. Así es la vida más allá de los manuales sobre el equilibrio general y demás falsedades administradas.

Las diferencias entre la realidad europea y la latinoamericana no son tantas, pero son significativas. En su centro está la contradicción entre democracia y capitalismo. En el lado americano del Atlántico se impuso el neoliberalismo por la fuerza del poder político-militar y actuaron como regímenes fundacionales. En el lado europeo se hizo de otra forma más sofisticada y flexible: deconstruyendo los Estados nacionales y fragmentado la soberanía popular, es decir, neutralizándola. Los Tratados de Maastricht hicieron obligatorias para todos los Estados las políticas neoliberales, impusieron políticas económicas homogéneas para realidades heterogéneas y desligaron hábilmente la política monetaria de la política fiscal. Conclusión: cuando se gobierna todos hacen las mismas políticas; todos neoliberales y nadie representa ya a las clases populares. La extrema derecha busca aquí su nicho electoral. América Latina es un laboratorio, no es el pasado, es el futuro.

 Las singularidades del modelo peruano tienen que ver, en gran medida, con el fenómeno de Sendero Luminoso. Pinochet derrotó a la izquierda y, en muchos sentidos, la transformó. El régimen fujimorista se construyó en el conflicto militar contra Sendero Luminoso que, es bueno no olvidarlo, aplicó todas las técnicas de la estrategia anti insurgente de la Escuela de las Américas, en el marco de la doctrina de la Seguridad Nacional diseñada por los EEUU y puesta a punto por los militares brasileños. Se impuso una contrarrevolución que arruinó, no solo el imaginario socialista y de izquierdas en un sentido amplio, sino que restó fuerza y protagonismo a las propuestas democráticas y desarrollistas. En definitiva, se construyó desde el poder un nuevo tipo de sociedad que le dio el protagonismo fundamental a los grandes grupos económicos, a los oligopolios empresariales y financieros, con una fuerte presencia del capital extranjero.

Chile y Perú terminaron por institucionalizar la nueva correlación de fuerzas en sendas constituciones que tenían vocación de permanencia en sus aspectos fundamentales. Dicho de otra forma, estaban diseñadas para no ser revisadas ni reformadas. Las transiciones tenían como objetivo construir un tipo de democracias que no pusiesen en peligro la correlación de fuerzas creadas por las dictaduras; la constitución era la garantía del poder y límite al poder constituyente del pueblo. En eso se está, con pequeñas reformas. Las constituciones siguen vigentes en su núcleo fundacional; es decir, imponiendo un modelo socioeconómico que impide políticas democráticas avanzadas, la defensa y desarrollo de los derechos sociales y ambientales fundamentales y, lo más importante, el cambio de modelo económico y su matriz de poder.

 No es casualidad que en cuatro años haya habido seis presidentes en Perú. No es casualidad que Fujimori y Alejandro Toledo estén condenados y cumpliendo la pena impuesta. No es casualidad que Alan García se suicidara precisamente para evitar la cárcel y la ignominia. Ollanta Humala está procesado. Se podría continuar. ¿Inestabilidad del sistema político? Evidente. La pregunta es ¿por qué?  El régimen peruano se vertebra, es bueno repetirlo, por medio de una constitución (la de Fujimori de 1993) cuyo fundamentos económicos y sociales fueron diseñados para ser inmutables, permanentes, pétreos. Es la única parte realmente normativa, todo los demás enunciados son puramente nominales cuando no meras declaraciones sin contenido jurídico alguno. ¿Quién la garantiza? No es el tribunal constitucional, no; son los grandes grupos de poder económico, la oligarquía financiera-empresarial dominante a través de su control monopólico de los medios de comunicación, de los grupos políticos y de las bancadas parlamentarias. Esa es la verdadera “constitución material” que gobierna a la sociedad y al Estado.

 Para entender cómo funciona el sistema político peruano se podría usar la metáfora de un escenario teatral. La clase política haría de actores solo aparentes; por detrás y por delante los coros, los dioses que advierten y dirigen. El público sería el pueblo que hace de espectador interesado de una tragicomedia que tiene principio, pero nunca fin. La dirección de la obra es colectiva, me refiero a los medios de comunicación; ellos quitan y ponen, llevan el ritmo y generan los suspenses y van cambiando el guion según lo que aconsejan unos dioses siempre todopoderosos. El ejercicio es cruel pero muy eficaz. Es la historia de una clase política corrupta, inepta y sin proyecto. Cómo saben muy bien los dioses, la corrupción es el fundamento de la gobernabilidad, el sistema funciona por y desde la corrupción. La dirección colectiva de la obra señala a los corruptos y oculta a los corruptores. La trama es casi perfecta: la oligarquía financiera empresarial corrompe a los políticos y los medios que ellos controlan los denuncian, los denigran. Lo que se transmite al pueblo-espectador es que la política no vale para transformar a la sociedad, que la democracia realmente existente se basa en políticos que tienen intereses propios, que, por naturaleza, son corruptos y que la política es cosa de políticos. No hay salvación en lo colectivo, en lo público. La búsqueda del interés individual nos hará libres y plenos.

Quienes llegan al gobierno se ven forzado o a pactar con los que mandan y no se presentan a las elecciones, o a generar dinámicas de movilización, de conflicto y de lucha social que modifiquen la correlación de fuerzas, en este caso, activando el poder constituyente del pueblo, fortaleciendo el sujeto popular en torno a un proyecto alternativo de país. El dilema es trágico: traicionar o perecer, es decir, o ser cooptado por el poder o ser derribado por él. Pedro Castillo ha jugado a todo y al final ha sido destituido. Siempre careció de estrategia, de una política de alianzas definida y se convirtió en prisionero de una de las redes del poder que nunca consiguió gobernar ni siquiera (re) conocer. Lo suyo fue un intento desesperado y ciego.

 La tragicomedia sigue. La crisis de sistema es, pues, permanente. La inestabilidad oculta la “estabilidad” de los que mandan, su enorme poder. Hay un viejo problema, pero ¿cuál? La gente, las clases populares engañadas una y otra vez, siempre postergadas en sus reivindicaciones básicas, sin voz y sin protección. Donde hay dominación y explotación siempre aparece, tarde o temprano, la rebeldía, la insumisión, el conflicto social en un sentido amplio. Los que mandan y no se presenta a las elecciones ganan de nuevo, una nueva victoria en su larga marcha de acumulación de riqueza, renta y poder. Pronto se pueden encontrar con problemas serios. Al final consiguieron echar a Pedro Castillo, esta vez no la convertirán en derrota popular. En el horizonte asoma Antauro Humala. Un enemigo a las puertas."                   (Manolo Monereo,  El Viejo Topo, 17/12/22)

3.12.20

El único político que aún logra apasionar a sus seguidores con ataques a las élites es Trump, pese a ser el responsable de una transferencia tributaria billonaria hacia el 10% más rico. El Partido Demócrata debe oponerse a las élites si quiere construir una base social fuerte en esta época de extrema desigualdad

 "Hace falta contar con un movimiento social activo en la calle en estos momentos. Gente que crea con pasión en la causa. Y tras pasar un par de semanas en Florida y Georgia durante la extraordinaria campaña presidencial, mi sensación es que el único movimiento así en la política estadounidense es el de Donald Trump. 

En estos momentos de extrema desigualdad e injusticia social es crucial que la gente entienda que su partido se opone a la élite y al statu quo. Pero, por increíble que pueda parecer, el único político que aún logra apasionar a sus seguidores con ataques a las élites es Trump, pese a ser el responsable de una transferencia tributaria billonaria hacia el 10% más rico. 

Merece la pena reflexionar sobre el éxito de la campaña de Trump en Florida donde sus advertencias neomacartistas sobre el “peligro rojo” del castro-chavismo dieron resultados espectaculares. Conduciendo una noche por la interestatal I 95 desde Miami hacia Orlando, me quedé de piedra al ver enormes torres iluminadas a ambos lados de la autopista  que  anunciaban en luces de neón: “AGAINST SOCIALISM o PROTECT AMERICA’S TRADITION”. Eran los mensajes orwellianos de una guerra fría inventada.

Pero si la derecha tilda a sus rivales de socialistas y chavistas, ¿no convendría tener algún movimiento al estilo del chavismo para responder? Los demócratas –y muchos del centro izquierda europeo– sienten pavor al  ser comparados con un movimiento que representaba, al menos al inicio, la transformación social en favor de los más necesitados y el combate a la extrema desigualdad. Pero en Florida quedó claro que si te tachan de radical, más vale serlo de verdad.

Bernie Sanders encabezaba algo con el potencial para convertirse en un verdadero movimiento reivindicativo como los que emergieron en EE.UU. en los años veinte y en los sesenta. No hace tanto, Sanders parecía haber logrado convertir el Partido Demócrata en un vehículo de oposición al sistema y la oligarquía, un partido que asustaba a Wall Street. Esto no es un sueño de revolucionarios de salón sino un requisito para el éxito político en estos momentos, tal y como explica el exsecretario de empleo de Clinton, Robert Reich.

“Los demócratas tienen que abandonar la ficción del centrismo político y establecer una fuerza contrapuesta a la oligarquía y , al mismo tiempo, cortar sus propios vínculos con esta oligarquía”, dice Reich. Esto es imprescindible para combatir al movimiento del trumpismo y otras nuevas derechas porque vivimos tiempos de radicalización debido a la grotesca polarización económica que se ve exacerbada por cada crisis financiera y sanitaria.

La moderación ya es un lujo que pertenece al pasado de tiempos en los que existía un contrato social basado en una distribución mucho más equitativa de la renta. Ser del centro ya no funciona.

Continúa Reich: “Si hubiera perdurado la distribución de  la renta imperante durante las tres décadas después de la Segunda Guerra Mundial (1945 a 1975), un estadounidense de bajos ingresos que cobra 35.000 dólares anuales estaría ganando 61.000 y un trabajador con estudios universitarios que cobra 72.000 estaría cobrando 120.000”. Es decir que la era neoliberal ha supuesto una trasferencia de renta desde el 90% de la población más pobre hacia el 10% más rico equivalente a 47 billones de dólares.

Pese a la victoria demócrata en las elecciones presidenciales y las sonrisas de la CNN, yo no vi muchos indicios en las dos semanas que estuve en el sur de Estados Unidos de que la gente crea mucho en el partido de Biden. Pasé una semana en el estado de Georgia, que supuestamente representa el nuevo sur demócrata, tras la primera victoria de un candidato presidencial demócrata desde Bill Clinton y la esperanza de que la victoria de sus dos candidatos al Senado pueda reestablecer la mayoría demócrata en Washington. Puede ser que Stacey Abrams haya movilizado al voto afroamericano en Atlanta, pero en el sur de Georgia las únicas personas que vi celebrar la victoria de Biden eran una pareja blanca que conducía un BMW descapotable en la elegante ciudad de Savannah. 

Más que un movimiento de cambio para la era post Trump yo percibí una confusión total. Hablé con un joven afroamericano de Atlanta que había viajado a Florida para un fin de semana en la playa. Esto es lo que me dijo: “Trump tiene buenas intenciones, el problema es que es una persona de mal carácter; Biden es débil. Los afroamericanos nos beneficiamos del muro fronterizo de Trump porque los inmigrantes indocumentados trabajan por salarios muy bajos, los hispanos con papeles se benefician también”.

En Miami hablé con un inmigrante marroquí ya nacionalizado estadounidense que dijo: “Yo apoyo a Trump porque está en contra de las multinacionales; voté a Bernie Sanders en las primarias, pero no voté a  Biden”. Sin duda se le habían cruzado los cables. Pero cabe recordar que la victoria de Biden ha cotizado al alza en Wall Street en parte porque ya se da por hecho que el nuevo presidente firmará el Tratado Transpacífico (TPP), un acuerdo multilateral de liberalización de inversiones transnacionales redactado por los abogados  de  las grandes corporaciones multinacionales que Trump rechazó.

Tal vez Black Lives Matter es el movimiento. Desde luego, Biden se debe mucho al voto negro –solo se impuso a Sanders en las primarias gracias al voto afroamericano del sur, empezando por las Carolinas–. Si su administración no responde mediante una transferencia del poder político y económico hacia la comunidad afroamericana, los demócratas perderán las elecciones del 2022 contra un partido republicano que seguirá siendo de Trump. Pero por esa vía hay muchos problemas. 

Puede dividir ese 90% que, como explica Reich, constituye la verdadera clase trabajadora frente al 10% de superricos. “Los demócratas no deben buscar el centro porque no existe”, dice Reich, una frase que valdría en Europa también. “Tienen que demostrar a los trabajadores blancos que el racismo y la xenofobia les han perjudicado a ellos también. Tienen que cambiar la narrativa demócrata de kumbaya a justicia social”.            (Andy Robinson, CTXT, 17/11/20)

5.11.20

La política estadounidense del dolor tiene tres niveles: el sádico, el sadomasoquista, y el sadopopulista. Los blancos aceptan una atención médica deficiente y el riesgo de morir siempre que los negros, entre otros, soporten una atención peor y un riesgo más alto

 "¿Por qué el Gobierno de Estados Unidos ha actuado de una manera que ha dejado más de 200.000 muertos entre los ciudadanos del país? El coronavirus ha matado a más estadounidenses que la Wehrmacht, el Ejército imperial japonés o cualquier otro enemigo en el campo de batalla. Cada pocos días, sufrimos el equivalente a un 11 de septiembre. 

 Esta vez, sin embargo, unos estadounidenses han tomado (o han dejado de tomar) decisiones que han matado a un número espeluznante de otros estadounidenses. Al igual que las hambrunas, las plagas son políticas. Esta es, sobre todo, tribal. (...)

 La política estadounidense del dolor tiene tres niveles: el sádico, el sadomasoquista, y el sadopopulista.

 Nuestra medicina comercial es sádica. 

Se supone que todo el mundo tiene un seguro privado, pero alrededor de 30 millones de compatriotas no tienen seguro de ninguna clase. Las personas que están aseguradas esperan que se les dé preferencia sobre las que no lo están. Los que tienen seguros más caros esperan un tratamiento mejor que el de los que tienen un seguro menos caro. Los estadounidenses no pueden evitar sentirse complacidos cuando reciben, o imaginan que están recibiendo, un tratamiento mejor que el de otros estadounidenses. Este deleitarse en el dolor de los demás sofoca la crítica. 

El privilegio relativo ciega a los estadounidenses más ricos a la realidad de que todo el sistema de salud es caótico, que ellos también pueden morir tontamente, como estuvo a punto de ocurrirme a mí. Atrapados en la economía del dolor, no se les ocurre que el nivel de cuidado de todos, incluidos ellos mismos, debería y podría ser mucho más alto.

Cuando la atención sanitaria y los servicios públicos se encuentran, algunos americanos asumen el dolor con tal de infligir un dolor mayor a otros. 

El sadismo se convierte en sadomasoquismo. 

En la década de 1980, Ronald Reagan popularizó la crítica racista al Estado del bienestar argumentando que los parásitos de piel oscura se aprovecharían de las ayudas. La crítica conlleva un llamamiento al orgullo blanco: nosotros, los verdaderos estadounidenses, somos rudos individualistas que no necesitamos las limosnas del Gobierno.

 Los estadounidenses blancos que aceptan este razonamiento eligen sufrir por la placentera idea de que otros sufrirán más. El sufrimiento es real: el retroceso del Estado del bienestar desde el Gobierno de Reagan perjudica principalmente a los blancos, y el descenso de la esperanza de vida de estos ha sido el causante de que la esperanza de vida estadounidense —78,6 años— se haya estancado.

 El sadomasoquismo se convierte en sadopopulismo cuando aparece un político carismático que verbaliza de manera explícita este orden tribal y reparte el dolor. 

Trump no es un populista. Los populistas piensan que se puede utilizar el Estado para transferir la riqueza y el poder de la élite a alguna versión del pueblo. Trump hace lo contrario: su política comporta transferencia de riqueza a los ricos.

Trump piensa que la función del Estado no es gobernar a la gente, sino magnificar una personalidad. Si “mi gente” (cito sus palabras) sufre, lo importante no es curarla, sino asegurarse de que otros estadounidenses sufran más. El dolor de los partidarios del presidente tiene sentido si quienes lo padecen creen que sirve para que los demás sufran más, ya que, de este modo, los identifica con el jefe de la tribu.

Trump no es un populista, sino un sadopopulista, y ha creado una unión visible y poderosa en torno a la idea de que la política no es el arte de lograr, sino de sacrificar. El sacrificio tiene sentido si lo tiene para Trump; sacrificarse por los conciudadanos o por el país no tiene sentido. En opinión del presidente, quienes mueren en el campo de batalla son unos “perdedores” y unos “pringados”.

Es un error habitual juzgar a Trump por lo que no es en vez de por lo que es: un ejemplo de líder carismático tal como lo define el sociólogo alemán Max Weber. Su liderazgo se basa en la concesión de favor simbólico a sus partidarios mediante el señalamiento de su enemigo. Este ejercicio se puede entender en sentido prácticamente literal. 

Los partidarios de la teoría de la conspiración QAnon, como la candidata republicana al Congreso Marjorie Taylor Greene, ven en Trump un heroico guerrero solitario que combate a una organización satánica de alcance mundial que secuestra niños y abusa sexualmente de ellos. (¿Cómo es que los estadounidenses son sensibles a semejante idea? Al no tener baja por enfermedad, permiso de paternidad ni vacaciones propiamente dichos, entregan a extraños a sus hijos de pocos días o semanas, y se sienten profundamente culpables por ello).

Pensar que Trump es un mentiroso es erróneo, ya que solo alguien que entiende la verdad como un valor puede mentir. No es que no diga la verdad; es que se resiste a ver los hechos y la coherencia como restricciones, y está preparado para cambiar de línea en cualquier momento.

Si uno es ajeno a la tribu, esto le puede parecer cómico, como cualquier ritual con el que no esté familiarizado. Pero si forma parte de la tribu, funciona. Aunque estemos viviendo una pandemia y una depresión al mismo tiempo, el índice de aprobación de Trump ronda el 40%, y va a seguir así. Se trata de una sorprendente victoria del tribalismo por encima del individualismo que los estadounidenses creen que está en el corazón de la política.  (...)

Según un sondeo nacional, una tercera parte de los estadounidenses reconoce que evita el tratamiento médico por miedo a los gastos. Sin derecho a la baja, las personas enfermas siguen teniendo que ir a trabajar, como hicieron cuando llegó la covid-19. La epidemia trajo consigo paro, de manera que dejó sin seguro aproximadamente a otros cinco millones de estadounidenses más. Otro presidente y otro Senado podrían haber visto en la epidemia la razón para abordar el problema de la sanidad. Pero con Trump y sus aliados, lo que ha habido ha sido mortalidad en masa, o tal vez un asesinato masivo.

Un jefe de tribu tiene que adaptar la realidad externa a un lenguaje de “nosotros y ellos”. Su poder depende de su habilidad para conjurar y repartir emociones. Cuanto más se le resiste la realidad, más tiene que esforzarse. (...)

El presidente espera que su tribu resista el golpe para que otros puedan sufrir más. La prensa nacional informó de las desigualdades raciales en cuanto a contagio por coronavirus y tasa de mortalidad, pero, por desgracia, la información no tuvo el efecto esperado. Una vez estuvo claro que la enfermedad se cebaba desproporcionadamente en la población negra e hispana, el sadismo se desbocó.

Cuando la política anticoronarivus salió de la Casa Blanca, tenía algo más que un tufillo a limpieza étnica. En marzo, Trump anunció que no habría un plan federal, y que en su lugar los 50 estados competirían por los recursos necesarios. Lo que se esperaba era que malgastasen sus presupuestos limitados en guerras de puja entre ellos. Sus gobernadores recibieron instrucciones de mostrar fidelidad al jefe de la tribu si querían recibir respiradores u otros equipos del Gobierno federal.

A los Estados republicanos (“Estados rojos”), como Florida, se les entregó material tanto si lo habían pedido como si no. Los gobernados por demócratas (“Estados azules”), como Washington y Nueva York, fueron tratados con arrogancia y desprecio. En el tribalismo de Trump, “Estados rojos” es una forma aceptable de decir “blancos”, mientas que “Estados azules” significa “negros, emigrantes, chaqueteros”.

 En abril, la ciudad de Nueva York era el centro del virus, y la Casa Blanca llegó a la conclusión de que la enfermedad se limitaría a los “Estados azules”. La idea era permitir que la población de esos estados muriese y culpar a los gobernadores demócratas. En la lógica tribal del nosotros y ellos, de los “verdaderos estadounidenses” y los otros, esto tenía sentido. Como es lógico, al no hacer pruebas, el virus se propagó pasando desapercibido. Las personas que se negaron a llevar mascarilla o a obedecer las órdenes de cierre contagiaron a otras. 

En verano, Nueva York y el resto del noreste de Estados Unidos estaban a salvo, mientras que la covid arrasaba Estados como Florida, con gobernadores republicanos. En julio, los asesores de Trump intentaron advertirle de que “su gente” estaba contrayendo la enfermedad. La frase es elocuente: mientras los estadounidenses que morían no fuesen “su gente” no había que hacer nada. (...)

En julio, Trump envió una nueva fuerza de la policía secreta estadounidense a Portland. Supervisada por Chad Wolf, secretario de Seguridad Nacional en funciones, esta fuerza paramilitar lanzó gases lacrimógenos, agredió y “secuestró” a los manifestantes. La acción tuvo el efecto de hacer que las concentraciones de Black Lives Matter en la ciudad (de unos pocos centenares de personas) pareciesen disturbios. 

Los correos electrónicos de Trump para recaudar fondos utilizaron el fantasma televisivo de los desórdenes raciales para conseguir donaciones. La composición de esta nueva policía secreta recuerda elementos de la historia del autoritarismo y la atrocidad política. Los hombres enviados a Portland habían servido en la frontera, y muy posiblemente en los cientos de centros de detención al margen de la ley de Estados Unidos.

El 2 de septiembre, Trump declaró a Portland, junto con Seattle y Nueva York, “jurisdicciones anarquistas”. El decreto, que no hacía referencia a ninguna ley ni citaba autoridad alguna para semejante declaración, se justificó únicamente por la afirmación de que esas ciudades “permitían la anarquía, la violencia y la destrucción”. La idea principal es que los sitios en los que la gente se manifiesta por los derechos de los negros y la justicia social son el enemigo. 

Presumiblemente, la intención es preparar alguna clase de acción especial. Pero lo que no puede ser una coincidencia es que las tres ciudades estén a un máximo de 160 kilómetros de la costa, y por lo tanto, queden comprendidas en una “zona fronteriza” en la que el Departamento de Seguridad Nacional afirma tener autoridad especial para hostigar a los estadounidenses.

Generar una crisis que Trump pudiese manejar era mejor que permitir que la gente prestase atención a la que el presidente no podía controlar. Trump necesita una falsa emergencia que sustituya a la real. A lo largo de su Incendio del Reichstag a cámara lenta, una epidemia asolaba el país y sus partidarios morían. Antes de un mitin presencial en un espacio cerrado en Tulsa el 20 de junio, el personal de la campaña de Trump retiró los adhesivos puestos en los asientos para recordar a los asistentes que guardasen la distancia social. Un destacado partidario que asistió al acto contrajo la covid y murió.

Al igual que otras formas de limpieza étnica, los intentos de dirigir el virus acabaron fuera de control. Actualmente, la mayoría de los que sufren y mueren están en los “Estados rojos”. Se esperaba que los republicanos dejasen de prestar atención a sus amigos y a los miembros de su familia muertos, y se centrasen en los negros supuestamente desleales y en quienes les daban apoyo. Se suponía que el problema era la rebelión de las ciudades plagadas de delincuencia, y no una enfermedad que estaba matando a los estadounidenses. Trump ha advertido de que si los negros se salen con la suya y él pierde la presidencia, la seguridad de las “amas de casa de los barrios residenciales” estará en peligro. En un país en el que se linchaba a los negros acusándolos de agresión sexual, el mensaje de Trump es explícito e imposible de malinterpretar. (...)

La pretensión de Trump de que su propia supervivencia a la covid-19 supone que los demás deberían hacer caso omiso de la enfermedad es un llamamiento a seguir autosacrificándose. Quienes siguen las indicaciones de Trump están arriesgando su vida voluntariamente y, como saben muy bien, poniendo en riesgo la de los demás.

 Ese es nuestro sadopopulismo. 

Los blancos aceptan una atención médica deficiente y el riesgo de morir siempre que los negros, entre otros, soporten una atención peor y un riesgo más alto. Los republicanos que eligen morir por el jefe de la tribu están haciendo un sacrificio importante. Solo si los estadounidenses siguen muriendo, la supervivencia de Trump puede parecer una prueba de su poder. Y van a seguir muriendo. 

La ciudad de Washington tiene dificultades para controlar la enfermedad porque el Gobierno federal se niega a obedecer la normativa municipal. En consecuencia, la propia Casa Blanca se ha convertido en un foco de covid, con más casos activos (mientras escribo) que todo el estado de Vermont. (...)

El otro sacrificio que pide Trump es el de nuestra democracia. El presidente ha dado por perdida la mayoría, así que necesita que los miembros de su minoría actúan al margen de las reglas y la ley. En vez de competir en una campaña normal, ha decidido preparar un golpe. La verdad es que resulta difícil imaginar un golpe anunciado de antemano como este. La tribu sabe lo que se supone que tiene que hacer, pero esto no significa que el golpe vaya a salir bien. (...)

La tribu es real, pero es una minoría, y puede ser derrotada. Y entonces, ¿qué? La situación ya era insostenible. El dolor que hay en el sistema solo se puede aliviar cambiando el sistema. En Estados Unidos, las desigualdades son tan abrumadoras que, con o sin Trump, pronto imposibilitarán cualquier cosa parecida a una democracia.

  Desde Platón hasta George Orwell pasando por Raymond Aron, los pensadores políticos han advertido de que la desigualdad radical hace imposible una república. Para recuperarnos de nuestra epidemia de tribalismo vamos a necesitar algo nuevo, una política de responsabilidad, un verdadero intento de nombrar y resolver simultáneamente la desigualdad racial y la económica. La sanidad universal podría ser el punto de partida. (...)"        (Timothy Snyder , El País, 03/11/20)

3.11.20

La historia de Estados Unidos siempre ha sido cuestión de raza... Trump anunció “una comisión nacional para promover la educación patriótica” que elimine el legado racista de las escuelas... y promueva el nacionalismo blanco

 "¿Qué sabemos sobre la filosofía de la presidencia de Trump después de haber presenciado dos campañas? ¿Nos enseñan algo sobre el país que lo eligió? La campaña de Trump en 2016 prestó una atención casi obsesiva a la inmigración y las fronteras. La campaña de 2020 se ha centrado en los disturbios raciales.

 ¿Cómo interpretar ese alejamiento aparente de una estrategia que le dio el triunfo? La respuesta consiste en identificar el elemento común entre las dos campañas y el tiempo transcurrido entre las dos. Y ese factor es el nacionalismo blanco, la idea de que EE UU es un país definido por el dominio numérico y social de su población blanca. 

El nacionalismo blanco que impulsó la campaña de Trump en 2016 era una batalla para asegurar las fronteras contra los inmigrantes invasores. Ahora esos ataques se dirigen contra los estadounidenses.

En 2016, Trump anunció su candidatura con una diatriba xenófoba. Empezó insultando a China y luego dijo estas famosas palabras: “Cuando México nos envía a su gente, no envía a los mejores. Envía a personas con un montón de problemas. Traen drogas. Traen crimen. Son violadores. Algunos, supongo, serán buenas personas”. La xenofobia envuelta en el lenguaje del orden público formó parte importante de su campaña. Y después fue el principio fundamental en el que se basaron sus primeros años de mandato. (...)

Maureen Craig y Jennifer Richeson, entre otros investigadores, han presentado sólidas pruebas del poder de atracción del nativismo en las circunstancias en las que se desarrolló la campaña electoral de 2016. Dado que seguramente fue un factor crucial para la victoria de Trump en aquella ocasión, es sorprendente que la inmigración no esté ocupando un lugar tan destacado en 2020. Aunque el Gobierno ha continuado con su política de mano dura contra los inmigrantes durante todos estos meses, Trump no está hablando del tema de forma tan obsesiva como en 2016. ¿Por qué?

Después de que un policía matara a George Floyd a finales de mayo, el movimiento Black Lives Matter inspiró en todo EE UU manifestaciones por la brutalidad contra los estadounidenses negros. La respuesta de Trump fue el apoyo a las contramanifestaciones y un uso sin precedentes de su Departamento de Seguridad Interior. Igual que en la campaña contra la inmigración, Trump envuelve la represión del Black Lives Matter en el lenguaje del orden público. 

No hace más que seguir el ejemplo de Nixon y el éxito de su campaña de “Ley y orden” en 1968, también frente a unas protestas por la brutalidad policial contra los negros. Nixon confesaba explícitamente su motivación racista, como ha quedado demostrado en varias ocasiones, la última, por la historiadora Elizabeth Hinton. El nacionalismo blanco de Trump es tan nocivo como el de Nixon y un factor fundamental de su atractivo como candidato.

Durante la campaña, Trump también ha prestado una atención inesperada a la teoría crítica de la raza, en particular los intentos de los investigadores de remitir el racismo contra los negros a la interpretación que hace EE UU de sí mismo. El 22 de septiembre Trump anunció un decreto para prohibir los cursos de sensibilización sobre raza, género y orientación sexual en todas las instituciones que reciben dinero federal. 

La orden prohíbe expresamente decir que EE UU es fundamentalmente racista o sexista y otras formas de “adoctrinamiento”, lenguaje empleado para designar los programas concebidos para concienciar sobre los sesgos inconscientes y la discriminación descarada. También prohíbe, al parecer, la enseñanza de casos de sexismo, racismo y discriminación por orientación sexual.

Por lo visto, lo que movió a Trump a tomar esta medida fue una serie de reportajes de The New York Times, Proyecto 1619, un intento de abordar la historia de EE UU desde la perspectiva de lo que supuso la esclavitud para el proyecto nacional. Trump ha decidido atacar el Proyecto 1619 y ha prometido que eliminará la financiación federal para los distritos escolares que lo utilicen. En septiembre, durante una insólita Conferencia de la Casa Blanca sobre la historia de EE UU, Trump resumió así estas líneas de ataque: “La teoría crítica de la raza, el Proyecto 1619 y la cruzada contra la historia de EE UU es propaganda nociva, un veneno ideológico que, si no se elimina, disolverá los vínculos cívicos que nos unen. Destruirán nuestro país”. En ese mismo discurso, Trump anunció “una comisión nacional para promover la educación patriótica”, idea que encaja con una larga historia de enseñanza del legado racista.

El último capítulo de la obra maestra de W. E. B. Du Bois Black Reconstruction, de 1935, se titula “La propaganda histórica”. En él, Du Bois denuncia los intentos de sumergir la verdad bajo relatos que tratan de absolver a EE UU de sus pecados históricos. La campaña de Trump está cumpliendo su problema de “Hacer que EE UU vuelva a ser grande” regresando a la “propaganda histórica” condenada por Du Bois, una historia que oculta la importancia fundamental del racismo y la esclavitud en la estadounidense.

¿Cómo podemos comprender la decisión de Trump de no utilizar en su campaña las medidas antiinmigración que le han dado sus mayores éxitos políticos? Para las personas a las que dirige sus mensajes, el cierre de la frontera no era más que la primera fase de un largo proceso. Con la inmigración interrumpida y los inmigrantes que aún permanecen obligados a vivir aterrorizados, Trump ha decidido emprender la siguiente fase de su guerra, y ahora sus objetivos son los ciudadanos estadounidenses que llevan tanto tiempo marginados en su propio país. 

Tanto la campaña de 2016 como la de 2020 son celebraciones a mayor gloria del nacionalismo blanco. La raza ha sido el tema central de las dos. El mero hecho de que Trump quiera eliminar la teoría crítica de la raza es prueba de la capacidad que tiene para desenmascarar el nacionalismo blanco. Las campañas de Trump confirman una afirmación central de esta teoría: que la historia de EE UU siempre ha sido cuestión de raza."

(Elizabeth F. Cohen es profesora de ciencias políticas en la Universidad de Syracuse y Rockefeller Visiting Fellow en el Centro de Valores Humanos de la Universidad de Princeton. Jason Stanley es profesor de Filosofía en la Universidad de Yale y autor de Facha. Cómo funciona el fascismo y cómo ha entrado en tu vida (Blackie Books). El País, 17/10/20)

22.11.19

El odio al indio... el odio recorre vorazmente los barrios de las clases medias urbanas tradicionales de Bolivia... ¿cómo es que esta clase media tradicional pudo incubar tanto odio y resentimiento hacia el pueblo? El que los hijos de esta clase media hayan sido la fuerza de choque de la insurgencia reaccionaria es el grito violento de una nueva generación que ve cómo la herencia del apellido y la piel se desvanece ante la fuerza de la democratización de bienes...

"Como una espesa niebla nocturna, el odio recorre vorazmente los barrios de las clases medias urbanas tradicionales de Bolivia. Sus ojos rebalsan de ira. No gritan, escupen; no reclaman, imponen. Sus cánticos no son de esperanza ni de hermandad, son de desprecio y discriminación contra los indios. Se montan en sus motos, se suben a sus camionetas, se agrupan en sus fraternidades carnavaleras y universidades privadas y salen a la caza de indios alzados que se atrevieron a quitarles el poder.
En el caso de Santa Cruz organizan hordas motorizadas 4x4 con garrote en mano a escarmentar a los indios, a quienes llaman "collas", que viven en los barrios marginales y en los mercados. Cantan consignas de que "hay que matar collas”, y si en el camino se les cruza alguna mujer de pollera la golpean, amenazan y conminan a irse de su territorio. En Cochabamba organizan convoyes para imponer su supremacía racial en la zona sur, donde viven las clases menesterosas, y cargan -como si fuera un destacamento de caballería- sobre miles de mujeres campesinas indefensas que marchan pidiendo paz. 

 Llevan en la mano bates de béisbol, cadenas, granadas de gas; algunos exhiben armas de fuego. La mujer es su víctima preferida; agarran a una alcaldesa de una población campesina, la humillan, la arrastran por la calle, le pegan, la orinan cuando cae al suelo, le cortan el cabello, la amenazan con lincharla, y cuando se dan cuenta de que son filmadas deciden echarle pintura roja simbolizando lo que harán con su sangre.

En La Paz sospechan de sus empleadas y no hablan cuando ellas traen la comida a la mesa. En el fondo les temen, pero también las desprecian. Más tarde salen a las calles a gritar, insultan a Evo y, con él, a todos estos indios que osaron construir democracia intercultural con igualdad. Cuando son muchos, arrastran la Wiphala, la bandera indígena, la escupen, la pisan la cortan, la queman. Es una rabia visceral que se descarga sobre este símbolo de los indios al que quisieran extinguir de la tierra junto con todos los que se reconocen en él.

El odio racial es el lenguaje político de esta clase media tradicional. De nada sirven sus títulos académicos, viajes y fe porque, al final, todo se diluye ante el abolengo. En el fondo, la estirpe imaginada es más fuerte y parece adherida al lenguaje espontáneo de la piel que odia, de los gestos viscerales y de su moral corrompida.

Todo explotó el domingo 20, cuando Evo Morales ganó las elecciones con más de 10 puntos de distancia sobre el segundo, pero ya no con la inmensa ventaja de antes ni el 51% de los votos. Fue la señal que estaban esperando las fuerzas regresivas agazapadas (...)

Bandas paramilitares comenzaron a asediar instituciones, quemar sedes sindicales, a incendiar los domicilios de candidatos y líderes políticos del partido de gobierno. Hasta el propio domicilio privado del presidente fue saqueado; en otros lugares las familias, incluidos hijos, fueron secuestrados y amenazados de ser flagelados y quemados si su padre ministro o dirigente sindical no renunciaba a su cargo. Se había desatado una dilatada noche de cuchillos largos, y el fascismo asomaba las orejas.

Cuando las fuerzas populares movilizadas para resistir este golpe civil comenzaron a retomar el control territorial de las ciudades con la presencia de obreros, trabajadores mineros, campesinos, indígenas y pobladores urbanos -y el balance de la correlación de fuerzas se estaba inclinando hacia el lado de las fuerzas populares- vino el motín policial.
Los policías habían mostrado durante semanas una gran indolencia e ineptitud para proteger a la gente humilde cuando era golpeada y perseguida por bandas fascistoides. Pero a partir del viernes, con el desconocimiento del mando civil, muchos de ellos mostraron una extraordinaria habilidad para agredir, detener, torturar y matar a manifestantes populares.  (...)

Lo mismo sucedió con las Fuerzas Armadas. Durante toda nuestra gestión de gobierno nunca permitimos que salieran a reprimir las manifestaciones civiles, ni siquiera durante el primer golpe de Estado cívico del 2008. Y ahora, en plena convulsión y sin que nosotros les preguntáramos nada, plantearon que no tenían elementos antidisturbios, que apenas tenían 8 balas por integrante y que para que se hagan presentes en la calle de manera disuasiva se requería un decreto presidencial.

 No obstante, no dudaron en pedir/imponer al presidente Evo su renuncia rompiendo el orden constitucional. Hicieron lo posible para intentar secuestrarlo cuando se dirigía y estaba en el Chapare; y cuando se consumó el golpe salieron a las calles a disparar miles de balas, a militarizar las ciudades, asesinar a campesinos. Y todo ello sin ningún decreto presidencial.  (...)

La pregunta que todos debemos responder es ¿cómo es que esta clase media tradicional pudo incubar tanto odio y resentimiento hacia el pueblo, llevándola a abrazar un fascismo racializado y centrado en el indio como enemigo?¿Cómo hizo para irradiar sus frustraciones de clase a la policía y a las FF. AA. y ser la base social de esta fascistización, de esta regresión estatal y degeneración moral?

Ha sido el rechazo a la igualdad, es decir, el rechazo a los fundamentos mismos de una democracia sustancial. (...)

Los últimos 14 años de gobierno de los movimientos sociales han tenido como principal característica el proceso de igualación social, la reducción abrupta de la extrema pobreza (de 38 al 15%), la ampliación de derechos para todos (acceso universal a la salud, a educación y a protección social), la indianización del Estado (más del 50% de los funcionarios de la administración pública tienen una identidad indígena, nueva narrativa nacional en torno al tronco indígena), la reducción de las desigualdades económicas (caída de 130 a 45 la diferencia de ingresos entre los más ricos y los más pobres); es decir, la sistemática democratización de la riqueza, del acceso a los bienes públicos, a las oportunidades y al poder estatal. 

La economía ha crecido de 9.000 millones de dólares a 42.000, ampliándose el mercado y el ahorro interno, lo que ha permitido a mucha gente tener su casa propia y mejorar su actividad laboral.

Pero esto dio lugar a que en una década el porcentaje de personas de la llamada “clase media", medida en ingresos, haya pasado del 35% al 60%, la mayor parte proveniente de sectores populares, indígenas.  (...)

Si antes un apellido notable o el monopolio de los saberes legítimos o el conjunto de vínculos parentales propios de las clases medias tradicionales les permitía acceder a puestos en la administración pública, obtener créditos, licitaciones de obras o becas, hoy la cantidad de personas que pugnan por el mismo puesto u oportunidad no sólo se ha duplicado -reduciendo a la mitad las posibilidades de acceder a esos bienes- sino que, además, los “arribistas”, la nueva clase media de origen popular indígena, tiene un conjunto de nuevos capitales (idioma indígena, vínculos sindicales) de mayor valor y reconocimiento estatal para pugnar por los bienes públicos disponibles.

Se trata, por tanto, de un desplome de lo que era una característica de la sociedad colonial: la etnicidad como capital, es decir, del fundamento imaginado de la superioridad histórica de la clase media por sobre las clases subalternas porque aquí, en Bolivia, la clase social sólo es comprensible y se visibiliza bajo la forma de jerarquías raciales. 

El que los hijos de esta clase media hayan sido la fuerza de choque de la insurgencia reaccionaria es el grito violento de una nueva generación que ve cómo la herencia del apellido y la piel se desvanece ante la fuerza de la democratización de bienes. 

Así, aunque enarbolen banderas de la democracia entendida como voto, en realidad se han sublevado contra la democracia entendida como igualación y distribución de riquezas. Por eso el desborde de odio, el derroche de violencia; porque la supremacía racial es algo que no se racionaliza, se vive como impulso primario del cuerpo, como tatuaje de la historia colonial en la piel. 

De ahí que el fascismo no sólo sea la expresión de una revolución fallida sino, paradójicamente también en sociedades postcoloniales, el éxito de una democratización material alcanzada.

Por ello no sorprende que mientras los indios recogen los cuerpos de alrededor de una veintena de muertos asesinados a bala, sus victimarios materiales y morales narran que lo han hecho para salvaguardar la democracia. Pero en realidad saben que lo que han hecho es proteger el privilegio de casta y apellido.

El odio racial solo puede destruir; no es un horizonte, no es más que una primitiva venganza de una clase histórica y moralmente decadente que demuestra que, detrás de cada mediocre liberal, se agazapa un consumado golpista."                     (Álvaro García Linera, Página12, 17/11/19)



hace 3 días
Siempre cuento la misma "anécdota" para resaltar el apartheid que sufría el pueblo originario: Cuando llamabas a una agencia de colocaciones, para solicitar personal doméstico, te preguntaban: "¿la quiere con pegue o sin pegue?". Vale decir, si querías a alguien a quien pudieras aplicar ¡CASTIGOS FÍSICOS O NO!!! 

Así era la Bolivia pre-Evo y a ella quieren retornar los "culitos blancos", como llaman las clases populares a los desclasados clasemedieros.


Y, por las dudas, aclaro que esto no me lo contaron. Lo viví en mis siete años de residencia en La Paz.


¿Había también "con o sin derecho a pernada"?

Eso estaba implícito.


Solo dependía de si tu mujer te dejaba o no...

16.5.19

Frontex empezó a hacer caso omiso de las solicitudes de auxilio en el Mediterráneo... «2016 será recordado» escribe Barbara Spinelli, «como el año en el que la Unión Europea rompió definitivamente el pacto de civilización sobre el que se fue fundada después de la Segunda Guerra Mundial»...

"Para cualquier gobierno, la gestión de la inmigración supone un banco de pruebas: fracasar en ello significa fracasar en todo lo demás. (...)

La ruta marítima clandestina ha sido el resultado de una decisión política, la de cerrar toda posibilidad de concesión de visados de trabajo para Europa a los países africanos. Pero cerrar los accesos legales significa abrir decenas de accesos ilegales. «Somos como un asilo de ancianos frente a un jardín de infancia», así ha definido Emma Bonino la Europa que mira hacia África.

 Análisis que ha sido rechazado a menudo como mera aspiración del «mundo rico» en relación con el «mundo pobre», la de obtener mano de obra barata, y es precisamente aquí donde se crea el cortocircuito. 

Tomemos como ejemplo el caso de Italia: para 2025, el número de italianos disminuirá en un millón ochocientas mil personas a causa de la baja tasa de natalidad y de la emigración; para garantizar la capacidad productiva actual y el modelo de bienestar social del país, sería necesario que llegaran en los próximos años al menos un millón seiscientos mil inmigrantes, circunstancia que, merece la pena repetirlo, no pondría en peligro la estabilidad social y democrática del país. 

Pero los inmigrantes sirven a la política por otra razón, no del todo noble y en absoluto útil para la comunidad: sirven para ganar las elecciones. ¿Cómo? Hay muchas mentiras sobre los inmigrantes que se vuelven virales y el método es siempre el mismo: partir de una información verosímil —no necesariamente verdadera, casi siempre falsa— y usarla contra el «enemigo» que, cuando trata de defenderse, termina propagando la mentira. 

La negative campaigning es una técnica perfecta que no deja escapatoria a la víctima, puesto que se basa en el estudio de los temores y en la facilidad para instrumentalizarlos. La iluminación que la alimenta es la siguiente: para ganar las elecciones, ¿qué sentido tiene ocuparse de las causas de los miedos y tratar de resolverlos, cuando es infinitamente más fácil crearlos y alimentarlos? (...)

Ya no era suficiente con decir: hemos derrotado a nuestros adversarios políticos, porque el riesgo hubiera sido una falta progresiva de interés en los asuntos públicos. Lo que hacía falta era el temor a un peligro (la invasión del extranjero) para forzar a las personas a estar siempre listas para la movilización.

Así nació el inmigrante invasor, el inmigrante posible terrorista, las ONG que favorecen esa invasión y los financiadores ocultos de las ONG que trabajan para debilitar a Europa, para empobrecerla con hordas de bárbaros y someterla a continuación. Se trata de una reconstrucción que roza el absurdo pero que, sin embargo, ha condicionado las políticas en materia de inmigración de muchísimos gobiernos europeos.

El análisis de cómo nace la patraña de las ONG como «taxis marinos» resulta interesante porque muestra cómo la Europa que los soberanistas aspiran a derrocar el próximo 26 de mayo, en realidad ya no existe, si es que alguna vez ha existido realmente.

El copyright «taxi marino» no pertenece a Italia, fue en otro sitio donde nació y se propagó la teoría de la invasión de Europa, de las ONG financiadas por George Soros que actúan con fines económicos junto con los traficantes de seres humanos. 

Entre los primeros en insinuar dudas sobre las actividades de las ONG está la fundación holandesa GEFIRA, que el 16 de noviembre de 2016 publica un artículo en el que básicamente afirma no estar convencida de los objetivos filantrópicos de las operaciones de rescate de las ONG en el mar Mediterráneo sugiriendo motivaciones económicas («Their motive can be money»), aunque admite que «las operaciones están coordinadas por la Guardia Costera Italiana». 

El artículo se cierra así: a causa de las ONG, los migrantes «terminan» en las calles de las ciudades europeas «incrementando el caos, amenazando la seguridad y elevando el nivel de las tensiones sociales en el continente». La idea del asedio, de la invasión empieza así a deslizarse en el debate público, identificando a las ONG como las responsables de la catástrofe, como chivos expiatorios.

Para obtener una imagen más clara de quiénes inspiraron a los youtuber soberanistas e identitarios, así como a los políticos europeos e italianos de todas las formaciones, en su violento ataque a las ONG, vale la pena leer las tesis de GEFIRA tal como se recogieron el 2 de agosto de 2017 en la página openmigration.org: «El multiculturalismo no es solo la posibilidad de una alimentación étnica: es también educación, raíces, valores de base. Aquí sabemos cuáles son los derechos fundamentales de las personas, los hemos inventado nosotros. Si te traes, en cambio, a todos los africanos a Europa, lo que obtendrás será África. Y eso no es lo que quieren los europeos» y luego insiste: «La inmigración no es un problema si seguimos al mando, pero es solo cuestión de tiempo el que la situación acabe fuera de control».

Conocemos los números, sabemos cuántos inmigrantes hay en Europa, así pues, ¿cómo es posible dar crédito a estas teorías?

Barbara Spinelli, eurodiputada, hija de Altiero Spinelli, padre fundador de la Unión Europea, en su prólogo al estudio Muerte por rescate: los letales efectos de las políticas marítimas de no asistencia de la UE escribe: «En este contexto, no debe olvidarse la mentira que circula entre los países de la Unión acerca de los refugiados. Se habla de una invasión, de un éxodo bíblico hacia Europa, cuando basta con estudiar las cifras para descubrir la evidencia: de los 60 millones de refugiados en todo el mundo, solo un millón ha llegado hasta ahora a los países de la Unión.

 Apenas el 1,2 % de su población. La mayor parte de los refugiados sirios viven ahora en el Líbano, Jordania y Turquía».
No estamos siendo invadidos, no estamos rodeados, hablamos de la crisis de inmigrantes, para no decir que se trata de una crisis humanitaria de dimensiones épicas y para no decir que Europa está perdiendo miserablemente el desafío más importante desde su creación.

El 15 de diciembre de 2016, el Financial Times anticipa el contenido de algunos informes confidenciales de Frontex, la agencia de control de las fronteras externas de la Unión Europea, según la cual los emigrantes reciben supuestamente instrucciones precisas, antes de salir de Libia, sobre cómo llegar hasta las embarcaciones de las ONG. El 27 de febrero de 2017, el director de Frontex, Fabrice Leggeri, en las columnas de Die Welt, afirmaba que las ONG se acercan demasiado a las costas de Libia y que, por este motivo, las embarcaciones utilizadas por los traficantes son menos estables.

 La acusación que se hace a las ONG es la de poner en riesgo la vida de los inmigrantes.
Todos estos razonamientos parten del supuesto de que quienes escuchan y leen carecen de memoria: los traficantes utilizan medios de transporte más económicos y menos estables que los barcos de madera y hierro porque estos fueron destruidos en una campaña de la operación EUNAVFOR MED Sophia en 2015. 

Recuerdo bien que en ese momento fuimos muchos los que pensamos que las muertes en el mar aumentarían a causa de embarcaciones más inestables. Y al mismo tiempo, acusar a las ONG de actuar como factor de atracción es solo una forma de evitar que se realicen rescates en el mar; la misión Mare Nostrum fue cancelada por el mismo supuesto.

Pero incluso antes de que el fango salpicara con abundancia a las ONG y a las actividades de búsqueda y rescate en el mar, Barbara Spinelli denunció la falta de intervención de los medios de Frontex, que hacían caso omiso de las solicitudes de auxilio. 

Mientras las autoridades italianas, de conformidad con las leyes internacionales y la ley del mar, continuaron interviniendo para prestar ayuda a los botes inflables llenos de inmigrantes, Frontex (y por lo tanto, Europa) empezó a moverse en otra dirección. «2016 será recordado» escribe Barbara Spinelli, «como el año en el que la Unión Europea rompió definitivamente el pacto de civilización sobre el que se fue fundada después de la Segunda Guerra Mundial».

Lo que ha allanado el camino a las nuevas derechas xenófobas ha sido en buena medida la incapacidad de las inadecuadas viejas izquierdas para afrontar el mayor problema al que se enfrenta hoy el mundo rico: un envejecimiento irreversible y sin precedentes de la sociedad.

 Una sociedad demográficamente vieja es también, y sobre todo, una sociedad cerrada, que no se concibe en el futuro y que, no por casualidad, mira con recelo a Greta Thunberg y con respeto a quienes temen las invasiones extranjeras e invitan a armarse para hacerse «justicia» por sus propios medios. Una sociedad demográficamente vieja no se confía a los números y a los hechos, sino a los sentimientos y a los miedos.

En este escenario, resulta aún más evidente lo infame que fue la conducta de aquellos que insinuaron dudas sobre el trabajo de las ONG y lo irresponsable que ha sido alejarlos de ese tramo de mar donde su presencia llenaba el vacío dejado por Europa.

Las acusaron de ser traficantes de hombres, de actuar como un factor de atracción, de ser buenistas por dinero, por intereses, pero la verdad es que, si Europa hubiera cumplido con su deber, las ONG no hubieran sido necesarias. Es más, el único auténtico factor de atracción nunca han sido las ONG, sino Europa, un El Dorado a pocas millas del infierno."                  (Roberto Saviano, El País, 13/05/19)

3.1.17

Triunfo de la resistencia indígena en Standing Rock


"En un triunfo espectacular de la mayor movilización de resistencia indígena en la historia reciente de Estados Unidos, el gobierno federal anunció que no otorgará permisos para continuar con la construcción de un oleoducto en Dakota del Norte que atravesaba tierras sagradas por debajo del río Misuri y buscará rutas alternativas para el proyecto.

El Cuerpo de Ingenieros del Ejército emitió su decisión la tarde de este domingo argumentando que después de extensas consultas determinó que la mejor forma para proceder es “explorar rutas alternativas para el cruce del oleoducto” y elaborar -como se había solicitado durante meses por los indígenas- un estudio de impacto ambiental muchos más amplio.

Dave Archambault II, presidente de la tribu Standing Rock Sioux, expresó su gratitud “por la valentía por parte del presidente Obama, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército, el Departamento de Justicia y el Departamento del Interior para tomar pasos y corregir el curso de la historia y hacer lo que era correcto”.

Después de que el Cuerpo de Ingenieros del Ejército ordenó evacuar este lunes las tierras federales ocupadas por miles de indígenas y sus aliados y de que el gobierno estatal de Dakota del Norte había ordenado que los ocupantes abandonaran la zona ante condiciones invernales severas, se había disparado la tensión e incertidumbre sobre que ocurriría ya que los manifestantes rehusaron acatar tales ordenes.

Ante preocupaciones de represión -fuerzas de seguridad estatales y privadas habían empleado balas de goma, gas pimienta y lacrimógeno y hasta agua en temperaturas bajo cero contra manifestantes en diversos enfrentamientos durante las últimas semanas en que más de 560 fueron arrestados- este domingo llegaron más de dos mil veteranos militares de todo el país para sumarse a la resistencia y servir de “escudos humanos” en campamentos helados de los Sioux en Dakota del Norte.

 Miles de indígenas Sioux y de otros pueblos indigenas, jóvenes, ambientalistas, activistas afroestadunidenses y latinos, artistas y más han mantenido una ocupación -ya era más como un pueblo- en tierras federales desde el verano para frenar el Oleoducto Dakota Access.

 Han recibido el apoyo de más de 300 tribus y naciones indígenas indigenas en este país y agrupaciones nacionales ambientalistas, culturales, de movimientos de derechos civiles como Black Lives Matter y activistas estudiantiles por todo el país (http://standwithstandingrock.net).

El proyecto de un valor de 3.8 mil millones de dólares está construido más de 90 por ciento completo y su último tramo de un total de mil 172 millas para transportar 470 mil barriles diarios de crudo desde tierras petroleras en Dakota del Norte a refinerías en Illinois pasa por tierras federales que fueron otorgadas a los Sioux bajo un tratado de 1851 incumplido hasta y atravesaría por debajo del río Misuri.

Líderes de la Reserva Sioux Standing Rock, la cual colinda con esas tierras y el paso del oleoducto, expresaron su oposición oficial desde hace un año, argumentando que el oleoducto pasa por tierras sagradas y a la vez amenaza la agua potable no sólo de ellos, sino de unas 17 millones de personas por toda la región si hay una ruptura cerca del río. Por ello, muchos participantes se designaron como “protectores de agua” y subrayaron la defensa indígenas de los derechos ambientales para y de todos.

Dirigentes indígenas insistieron que esto es parte de una lucha histórica. “Nos estamos cansando de ser empujados por 500 años. Ellos toman, toman, toman, y ya basta”, comentó Lee Plenty Wolf al New York Times en una entrevista en unos de los campamentos, entre dos jóvenes, una de California y otra de Francia que llegaron en apoyo.  (...)"            (David Brooks

13.12.16

Nelson Mandela, cuando viajó a Cuba: “¿Qué otro país puede mostrar una historia de mayor desinterés que la que ha exhibido Cuba en sus relaciones con África?”

"Voice of America: Salim Lamrani, ¿por qué semejante implicación de Cuba en África? ¿Acaso los cubanos buscaban explotar los recursos naturales del continente? 

(...) es un internacionalista que siempre extendió una mano fraterna a los pueblos del Sur y particularmente a los pueblos que luchaban por su emancipación. Ello explica la intervención de Cuba en África. 

Cuba desempeñó un papel fundamental en la liberación del África austral. Conviene recordar lo que dijo Nelson Mandela cuando viajó a Cuba: “¿Qué otro país puede mostrar una historia de mayor desinterés que la que ha exhibido Cuba en sus relaciones con África?”. Creo que esta cita de Nelson Mandela responde de alguna forma a su pregunta. 

Contrariamente a las demás naciones que intervinieron en África para saquear las riquezas del continente, el único país que intervino para defender el derecho de los africanos a la autodeterminación, a la dignidad y a la libertad, es la nación cubana, es el pueblo cubano y es Fidel Castro. 

Creo que ello explica la popularidad de este personaje no sólo en África, sino también en América Latina y en Asia. Fidel Castro es visto como el arquetipo del combatiente contra la opresión.  (...)

VOA: Sí, pero es un personaje controvertido, Salim Lamrani –disculpe que lo interrumpa– porque en Occidente muchos se muestran indignados por la lluvia de elogios tras la muerte de Fidel Castro. Para ellos era uno de los últimos dictadores comunistas del planeta que se aferró al poder durante cerca de cincuenta años, un hombre que hizo reinar el terror en su isla y que es acusado de haber sometido a los 11 millones de cubanos a la pobreza colectiva.   

(...) La diplomacia estadounidense instalada en Cuba ha mostrado mucha lucidez al respecto. Me refiero a un memorándum de 2009 que redactó Jonathan Farrar, entonces Jefe de la Sección de Intereses Norteamericanos en La Habana, en el cual dice que “ sería un error subestimar el apoyo del cual dispone el Gobierno, particularmente entre las comunidades populares y los estudiantes”. Creo que conviene recordar esta realidad. 

En cuanto a la pobreza –usted habló de pobreza– las instituciones internacionales contradicen su punto de vista. Según la UNICEF, el único país de América Latina y del Tercer Mundo en erradicar la desnutrición infantil es Cuba. 

VOA: Recordamos el apretón de manos histórico entre los presidentes Barack Obama y Raúl Castro en diciembre de 2013. Era en Soweto durante la ceremonia de homenaje a Nelson Mandela; una señal de que se escribía otra página. En efecto, un año más tarde, se anunció el acercamiento. Según usted ¿acaso la muerte de Fidel Castro acercará aún más a Cuba y Estados Unidos?
 
SL: En definitiva todo depende de Estados Unidos porque conviene recordar que el conflicto entre Washington y La Habana es asimétrico. Por una parte hay una potencia, Estados Unidos, que impone sanciones a Cuba.

 La agresión y la hostilidad son unilaterales. Es Estados Unidos el que ocupa de modo ilegal e ilegítimo una parte del territorio soberano de Cuba (Guantánamo). Es Estados Unidos el que exige un cambio de régimen. 

Creo que el Presidente Barack Obama hizo una constatación muy lúcida cuando aceptó dialogar con La Habana. Se dio cuenta de que la política de hostilidad era anacrónica pues se remonta a la Guerra Fría. Es cruel, ya que las sanciones económicas afectan a las categorías más vulnerables de la población.

 Además es ineficiente ya que en vez de aislar a Cuba en la escena internacional, ha aislado a Estados Unidos. Incluso los más fieles aliados de Estados Unidos exigen un levantamiento de las sanciones económicas, que constituyen el principal obstáculo al desarrollo del país. 

Entonces creo que habrá que preguntar al próximo presidente de Estados Unidos si desea mantener relaciones cordiales y pacíficas con Cuba o si desea volver a una política de confrontación y hostilidad. 

VOA: Hubo una advertencia de Donald Trump. Amenazó con poner fin al acercamiento histórico con Cuba si La Habana no daba más contrapartidas en términos de derechos humanos y de apertura económica. ¿Cómo va la apertura económica de Cuba?
 
SL: Permítame una palabra sobre la cuestión de los derechos humanos. Creo que el presidente Donald Trump, quien exige cambios a nivel de la situación de los derechos humanos en Cuba debería leer el último informe de Amnistía Internacional sobre Cuba y compararlo con el de Estados Unidos. 

Cuando uno compara los dos informes se da cuenta de que el peor alumno no es quien uno piensa. Donald Trump y Estados Unidos no tienen la legitimidad necesaria para disertar sobre la cuestión de los derechos humanos. (...)

Voice of America, que empezó sus programas en 1942, es un servicio multimedia financiado por el Gobierno de Estados Unidos a través del Broadcasting Board of Governors. VOA difunde alrededor de 1.500 horas de noticias, informaciones, programas culturales y educativos cada semana, para más de 125 millones de auditores, telespectadores y lectores. En esta entrevistacon el académico francés Salim Lamrani, VOA evoca el papel de Cuba en África, el poder de Fidel Castro, la relación con Estados Unidos y la cuestión de los derechos humanos."           (Entrevista a Salim Lamrani, Salim Lamrani. Doctor en Estudios Ibéricos y Latinoamericanos de la Universidad Paris Sorbonne-Paris IV, Rebelión, 07/12/16)