"¿Por qué el Gobierno de Estados Unidos ha actuado de una manera que ha
dejado más de 200.000 muertos entre los ciudadanos del país? El
coronavirus ha matado a más estadounidenses que la Wehrmacht, el
Ejército imperial japonés o cualquier otro enemigo en el campo de
batalla. Cada pocos días, sufrimos el equivalente a un 11 de septiembre.
Esta vez, sin embargo, unos estadounidenses han tomado (o han dejado de
tomar) decisiones que han matado a un número espeluznante de otros
estadounidenses. Al igual que las hambrunas, las plagas son políticas.
Esta es, sobre todo, tribal. (...)
La política estadounidense del dolor tiene tres niveles: el sádico, el sadomasoquista, y el sadopopulista.
Nuestra medicina comercial es sádica.
Se supone que todo el
mundo tiene un seguro privado, pero alrededor de 30 millones de
compatriotas no tienen seguro de ninguna clase. Las personas que están
aseguradas esperan que se les dé preferencia sobre las que no lo están.
Los que tienen seguros más caros esperan un tratamiento mejor que el de
los que tienen un seguro menos caro. Los estadounidenses no pueden
evitar sentirse complacidos cuando reciben, o imaginan que están
recibiendo, un tratamiento mejor que el de otros estadounidenses. Este
deleitarse en el dolor de los demás sofoca la crítica.
El privilegio
relativo ciega a los estadounidenses más ricos a la realidad de que todo
el sistema de salud es caótico, que ellos también pueden morir
tontamente, como estuvo a punto de ocurrirme a mí. Atrapados en la
economía del dolor, no se les ocurre que el nivel de cuidado de todos,
incluidos ellos mismos, debería y podría ser mucho más alto.
Cuando
la atención sanitaria y los servicios públicos se encuentran, algunos
americanos asumen el dolor con tal de infligir un dolor mayor a otros.
El sadismo se convierte en sadomasoquismo.
En la década de 1980, Ronald
Reagan popularizó la crítica racista al Estado del bienestar
argumentando que los parásitos de piel oscura se aprovecharían de las
ayudas. La crítica conlleva un llamamiento al orgullo blanco: nosotros,
los verdaderos estadounidenses, somos rudos individualistas que no
necesitamos las limosnas del Gobierno.
Los estadounidenses blancos que
aceptan este razonamiento eligen sufrir por la placentera idea de que
otros sufrirán más. El sufrimiento es real: el retroceso del Estado del
bienestar desde el Gobierno de Reagan perjudica principalmente a los
blancos, y el descenso de la esperanza de vida de estos ha sido el
causante de que la esperanza de vida estadounidense —78,6 años— se haya
estancado.
El sadomasoquismo se convierte en sadopopulismo cuando
aparece un político carismático que verbaliza de manera explícita este
orden tribal y reparte el dolor.
Trump no es un populista. Los
populistas piensan que se puede utilizar el Estado para transferir la
riqueza y el poder de la élite a alguna versión del pueblo. Trump hace
lo contrario: su política comporta transferencia de riqueza a los ricos.
Trump
piensa que la función del Estado no es gobernar a la gente, sino
magnificar una personalidad. Si “mi gente” (cito sus palabras) sufre, lo
importante no es curarla, sino asegurarse de que otros estadounidenses
sufran más. El dolor de los partidarios del presidente tiene sentido si
quienes lo padecen creen que sirve para que los demás sufran más, ya
que, de este modo, los identifica con el jefe de la tribu.
Trump
no es un populista, sino un sadopopulista, y ha creado una unión
visible y poderosa en torno a la idea de que la política no es el arte
de lograr, sino de sacrificar. El sacrificio tiene sentido si lo tiene
para Trump; sacrificarse por los conciudadanos o por el país no tiene
sentido. En opinión del presidente, quienes mueren en el campo de
batalla son unos “perdedores” y unos “pringados”.
Es un error habitual juzgar a Trump por lo que no es en vez
de por lo que es: un ejemplo de líder carismático tal como lo define el
sociólogo alemán Max Weber. Su liderazgo se basa en la concesión de
favor simbólico a sus partidarios mediante el señalamiento de su
enemigo. Este ejercicio se puede entender en sentido prácticamente
literal.
Los partidarios de la teoría de la conspiración QAnon, como la
candidata republicana al Congreso Marjorie Taylor Greene, ven en Trump
un heroico guerrero solitario que combate a una organización satánica de
alcance mundial que secuestra niños y abusa sexualmente de ellos.
(¿Cómo es que los estadounidenses son sensibles a semejante idea? Al no
tener baja por enfermedad, permiso de paternidad ni vacaciones
propiamente dichos, entregan a extraños a sus hijos de pocos días o
semanas, y se sienten profundamente culpables por ello).
Pensar
que Trump es un mentiroso es erróneo, ya que solo alguien que entiende
la verdad como un valor puede mentir. No es que no diga la verdad; es
que se resiste a ver los hechos y la coherencia como restricciones, y
está preparado para cambiar de línea en cualquier momento.
Si
uno es ajeno a la tribu, esto le puede parecer cómico, como cualquier
ritual con el que no esté familiarizado. Pero si forma parte de la
tribu, funciona. Aunque estemos viviendo una pandemia y una depresión al
mismo tiempo, el índice de aprobación de Trump ronda el 40%, y va a
seguir así. Se trata de una sorprendente victoria del tribalismo por
encima del individualismo que los estadounidenses creen que está en el
corazón de la política. (...)
Según un sondeo nacional, una tercera parte de los
estadounidenses reconoce que evita el tratamiento médico por miedo a los
gastos. Sin derecho a la baja, las personas enfermas siguen teniendo
que ir a trabajar, como hicieron cuando llegó la covid-19. La epidemia
trajo consigo paro, de manera que dejó sin seguro aproximadamente a
otros cinco millones de estadounidenses más. Otro presidente y otro
Senado podrían haber visto en la epidemia la razón para abordar el
problema de la sanidad. Pero con Trump y sus aliados, lo que ha habido
ha sido mortalidad en masa, o tal vez un asesinato masivo.
Un
jefe de tribu tiene que adaptar la realidad externa a un lenguaje de
“nosotros y ellos”. Su poder depende de su habilidad para conjurar y
repartir emociones. Cuanto más se le resiste la realidad, más tiene que
esforzarse. (...)
El presidente espera que su tribu resista el golpe para que
otros puedan sufrir más. La prensa nacional informó de las desigualdades
raciales en cuanto a contagio por coronavirus y tasa de mortalidad,
pero, por desgracia, la información no tuvo el efecto esperado. Una vez
estuvo claro que la enfermedad se cebaba desproporcionadamente en la
población negra e hispana, el sadismo se desbocó.
Cuando la política anticoronarivus salió de la Casa Blanca, tenía algo más que un tufillo a limpieza étnica.
En marzo, Trump anunció que no habría un plan federal, y que en su
lugar los 50 estados competirían por los recursos necesarios. Lo que se
esperaba era que malgastasen sus presupuestos limitados en guerras de
puja entre ellos. Sus gobernadores recibieron instrucciones de mostrar
fidelidad al jefe de la tribu si querían recibir respiradores u otros
equipos del Gobierno federal.
A los Estados republicanos
(“Estados rojos”), como Florida, se les entregó material tanto si lo
habían pedido como si no. Los gobernados por demócratas (“Estados
azules”), como Washington y Nueva York, fueron tratados con arrogancia y
desprecio. En el tribalismo de Trump, “Estados rojos” es una forma
aceptable de decir “blancos”, mientas que “Estados azules” significa
“negros, emigrantes, chaqueteros”.
En abril, la ciudad de Nueva York era el centro del virus, y la Casa
Blanca llegó a la conclusión de que la enfermedad se limitaría a los
“Estados azules”. La idea era permitir que la población de esos estados
muriese y culpar a los gobernadores demócratas. En la lógica tribal del
nosotros y ellos, de los “verdaderos estadounidenses” y los otros, esto
tenía sentido. Como es lógico, al no hacer pruebas, el virus se propagó
pasando desapercibido. Las personas que se negaron a llevar mascarilla o
a obedecer las órdenes de cierre contagiaron a otras.
En verano, Nueva
York y el resto del noreste de Estados Unidos estaban a salvo, mientras
que la covid arrasaba Estados como Florida, con gobernadores
republicanos. En julio, los asesores de Trump intentaron advertirle de
que “su gente” estaba contrayendo la enfermedad. La frase es elocuente:
mientras los estadounidenses que morían no fuesen “su gente” no había
que hacer nada. (...)
En julio, Trump envió una nueva fuerza de la policía secreta
estadounidense a Portland. Supervisada por Chad Wolf, secretario de
Seguridad Nacional en funciones, esta fuerza paramilitar lanzó gases
lacrimógenos, agredió y “secuestró” a los manifestantes. La acción tuvo
el efecto de hacer que las concentraciones de Black Lives Matter en la
ciudad (de unos pocos centenares de personas) pareciesen disturbios.
Los
correos electrónicos de Trump para recaudar fondos utilizaron el
fantasma televisivo de los desórdenes raciales para conseguir
donaciones. La composición de esta nueva policía secreta recuerda
elementos de la historia del autoritarismo y la atrocidad política. Los
hombres enviados a Portland habían servido en la frontera, y muy
posiblemente en los cientos de centros de detención al margen de la ley
de Estados Unidos.
El 2 de septiembre, Trump declaró a Portland, junto con
Seattle y Nueva York, “jurisdicciones anarquistas”. El decreto, que no
hacía referencia a ninguna ley ni citaba autoridad alguna para semejante
declaración, se justificó únicamente por la afirmación de que esas
ciudades “permitían la anarquía, la violencia y la destrucción”. La idea
principal es que los sitios en los que la gente se manifiesta por los
derechos de los negros y la justicia social son el enemigo.
Presumiblemente, la intención es preparar alguna clase de acción
especial. Pero lo que no puede ser una coincidencia es que las tres
ciudades estén a un máximo de 160 kilómetros de la costa, y por lo
tanto, queden comprendidas en una “zona fronteriza” en la que el
Departamento de Seguridad Nacional afirma tener autoridad especial para
hostigar a los estadounidenses.
Generar una crisis que
Trump pudiese manejar era mejor que permitir que la gente prestase
atención a la que el presidente no podía controlar. Trump necesita una
falsa emergencia que sustituya a la real. A lo largo de su Incendio del Reichstag
a cámara lenta, una epidemia asolaba el país y sus partidarios morían.
Antes de un mitin presencial en un espacio cerrado en Tulsa el 20 de
junio, el personal de la campaña de Trump retiró los adhesivos puestos
en los asientos para recordar a los asistentes que guardasen la
distancia social. Un destacado partidario que asistió al acto contrajo
la covid y murió.
Al igual que otras formas de limpieza étnica,
los intentos de dirigir el virus acabaron fuera de control.
Actualmente, la mayoría de los que sufren y mueren están en los “Estados
rojos”. Se esperaba que los republicanos dejasen de prestar atención a
sus amigos y a los miembros de su familia muertos, y se centrasen en los
negros supuestamente desleales y en quienes les daban apoyo. Se suponía
que el problema era la rebelión de las ciudades plagadas de
delincuencia, y no una enfermedad que estaba matando a los
estadounidenses. Trump ha advertido de que si los negros se salen con la
suya y él pierde la presidencia, la seguridad de las “amas de casa de
los barrios residenciales” estará en peligro. En un país en el que se
linchaba a los negros acusándolos de agresión sexual, el mensaje de
Trump es explícito e imposible de malinterpretar. (...)
La pretensión de Trump de que su propia supervivencia a la covid-19
supone que los demás deberían hacer caso omiso de la enfermedad es un
llamamiento a seguir autosacrificándose. Quienes siguen las indicaciones
de Trump están arriesgando su vida voluntariamente y, como saben muy
bien, poniendo en riesgo la de los demás.
Ese es nuestro sadopopulismo.
Los blancos aceptan una atención médica deficiente y el riesgo de morir
siempre que los negros, entre otros, soporten una atención peor y un
riesgo más alto. Los republicanos que eligen morir por el jefe de la
tribu están haciendo un sacrificio importante. Solo si los
estadounidenses siguen muriendo, la supervivencia de Trump puede parecer
una prueba de su poder. Y van a seguir muriendo.
La ciudad de
Washington tiene dificultades para controlar la enfermedad porque el
Gobierno federal se niega a obedecer la normativa municipal. En
consecuencia, la propia Casa Blanca se ha convertido en un foco de
covid, con más casos activos (mientras escribo) que todo el estado de
Vermont. (...)
El otro sacrificio que pide Trump es el de nuestra democracia. El
presidente ha dado por perdida la mayoría, así que necesita que los
miembros de su minoría actúan al margen de las reglas y la ley. En vez
de competir en una campaña normal, ha decidido preparar un golpe. La
verdad es que resulta difícil imaginar un golpe anunciado de antemano
como este. La tribu sabe lo que se supone que tiene que hacer, pero esto
no significa que el golpe vaya a salir bien. (...)
La tribu es real, pero es una minoría, y puede ser derrotada. Y
entonces, ¿qué? La situación ya era insostenible. El dolor que hay en el
sistema solo se puede aliviar cambiando el sistema. En Estados Unidos,
las desigualdades son tan abrumadoras que, con o sin Trump, pronto
imposibilitarán cualquier cosa parecida a una democracia.
Desde Platón hasta George Orwell pasando por Raymond Aron, los
pensadores políticos han advertido de que la desigualdad radical hace
imposible una república. Para recuperarnos de nuestra epidemia de
tribalismo vamos a necesitar algo nuevo, una política de
responsabilidad, un verdadero intento de nombrar y resolver
simultáneamente la desigualdad racial y la económica. La sanidad
universal podría ser el punto de partida. (...)" (Timothy Snyder , El País, 03/11/20)