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14.4.26

De emigrantes a inmigrantes, cambio de nombres, la misma historia... “Mi hija me dijo un día: Mamá, te quiero mucho, pero no te perdonaré nunca que nos dejaras"... los 3,5 millones que salieron a Alemania, Francia y Suiza, los principales destinos, no quieren recordar aquellos barracones desangelados, las habitaciones atestadas de literas, la suciedad acumulada por falta de saneamiento, las nueve duchas para 900 personas, el hambre de algunos o el aliento de la policía cuando no tenían papeles. Porque la mitad de los que marcharon a esos tres países en ese periodo fueron de forma ilegal... ¿Con papeles? Y una mierda. Un año estuve trabajando ilegal. Eso que dicen ahora de que los españoles íbamos con papeles no es verdad. ¿Que cómo hacía? Pues calladito y en casa, con miedo por si me agarraban”... “Y ahora, cuando veo que critican a los que están aquí, que vienen en esos barquitos, me da asco que se hable así de ellos. Yo por lo menos no tuve que llegar en patera”... “Una colombiana hoy en España podría contar prácticamente lo mismo”, afirma Riera Ginestar... limpié aulas, en un supermercado de lunes a sábado. ¿Y el domingo? A limpiar apartamentos de turistas, eso ya en dinero B, era un riesgo, pero bueno... tampoco aquellos ruidosos españoles gozaban de la mejor fama en el extranjero, ni se libraron del sambenito de la delincuencia que la derecha cuelga ahora a miles de africanos en España... y los acusaban “de sucios y de portar enfermedades, manipulaban los datos obviando la realidad y les culpaban de las pésimas condiciones en las que vivían... De los siete hermanos de Adelina, solo uno quedó en Destriana, otro marchó a Bilbao en la emigración interior, y cinco cruzaron los Pirineos, uno de ellos para siempre... “Las francesas eran libres, nosotras estábamos atadas, ellas no dependían de nadie y a mí tampoco me gusta que me manden mucho, a ellas no les importaba lo que dijeran los demás, aprendí mucho”, se ríe. “Soy feminista desde entonces” (Carmen Morán Breña)

"En 1971, marchó la gallega Casilda Hervés Gómez de emigrante a Francia. Aunque tenía 25 aventureros años, el viaje lo hizo sin parar de llorar. Sola, sin teléfonos como hoy, sin saber ni palabra de francés. Tenía una niña de tres años y otra que no cumplía los dos. “Fue muy negro, muy negro dejar a mis hijas. Cuando llegó el taxista de Vigo a recogerme vi el demonio delante de mí, me las tuvieron que arrancar de los brazos, pero yo sabía que tenía que marchar. Fui llorando todo el camino”. Hasta que otros españoles en el mismo tren le preguntaron: ¿a quién dejas? “A mis hijas y a mis padres”, contestó. “Pues yo dejo tres hijas, mi mujer y mis padres y me voy solo, tú por lo menos vas a ver a tu marido”, le espetó el otro para que calmara el llanto. “Cogí vergüenza y sequé las lágrimas”. A lo largo de su relato para este reportaje, la voz le temblará de nuevo por teléfono desde su pueblo de A Estrada (Pontevedra), cuando rememore la herida de aquel tiempo: “Mi hija me dijo un día: ‘Mamá, te quiero mucho, pero no te perdonaré nunca que nos dejaras’. Eso duele, duele mucho”.

No todo fueron penurias para los españoles que partieron a la emigración europea huyendo de la miseria propia y, de paso, lavando la cara de la España franquista, que envió con gusto al extranjero a quienes le estorbaban en sus estadísticas de desempleo y de los que recibió hasta 9.000 millones de dólares mediante remesas en 15 años. Pero sí fue “la historia de un fracaso y la búsqueda de un éxito que, si se consiguió, dejó heridas en el camino”, dice Joaquín Riera Ginestar, que ha escrito Emigrantes. La historia olvidada de la emigración a Europa (1960-1975), editado por Arzalia, de donde se han extraído los datos de este reportaje.

Catedrático de Geografía e Historia, el autor valenciano apenas encuentra un par de diferencias entre aquella migración y la que hoy vive España, por más que el tiempo se haya empeñado en borrar los peores capítulos de aquel éxodo y muchos de los 3,5 millones que salieron a Alemania, Francia y Suiza, los principales destinos, no quieran recordar ya aquellos barracones desangelados, las habitaciones atestadas de literas, la suciedad acumulada por falta de saneamiento, las nueve duchas para 900 personas, el hambre de algunos o el aliento de la policía cuando no tenían papeles. Porque la mitad de los que marcharon a esos tres países en ese periodo fueron de forma ilegal, eludiendo el Instituto Español de Emigración (IEE) que tantos retrasos acumulaba en las peticiones y que les sometía a tortuosos exámenes médicos, por no hablar de las discriminaciones políticas, laborales y de género que se oponían a sus traslados. Franco no quería dejar escapar la mano de obra cualificada, ni que salieran las mujeres, porque tenerlas en casa garantizaba el envío de dinero cada mes, detalla el autor del ensayo.

Sin papeles y “calladito”

A principios de los sesenta estaba Pepe Vidales cuidando sus vacas en Destriana (León) cuando un paisano le dijo que se iba a Francia. Ahí mismo agarró el muchacho la bicicleta y se fue con él. Y ahí se quedaron las vacas y se quedó el campo y los dineros que no alcanzaban. Por esa vía, la de paisanos, parientes y amigos que hacían de enlace con los empresarios que necesitaban mano de obra en aquella Europa que despegaba sin obstáculos salieron la mitad de los emigrantes. Alemania reclamaba nominalmente a muchos de ellos y aunque a Franco no le gustaba ese método, que consideraba ilegal, tragó con él. Otros pasaron algunos meses en la clandestinidad mientras conseguían los papeles, buscando empleo o trabajando en negro. A Emilio Prieto lo llamó su primo desde Suiza, “que allí se ganaba bien”. “¿Con papeles? Y una mierda. Un año estuve trabajando ilegal. Eso que dicen ahora de que los españoles íbamos con papeles no es verdad. ¿Que cómo hacía? Pues calladito y en casa, con miedo por si me agarraban”.

Suiza, explica Riera Ginestar, era “uno de los países con las normas más racistas, con condiciones casi de libertad condicional, no podían cambiar de sector laboral ni de cantón”, y con fuertes amenazas de expulsión que rara vez se concretaban “porque los necesitaban y se aprovechaban de su vulnerabilidad”. "La reagrupación familiar allí era una odisea”, añade. Así que Emilio, también gallego, recibió en Davos a su mujer, Mari Carmen Fariñas, pero tuvieron que dejar a los chicos al cuidado de los abuelos. “Un día se montó una pelea en un bar y mi primo me dijo que me largara de allí corriendo, por si venía la policía”. Tampoco el empresario podía legalizarlo aunque quisiera, pero Emilio lo recuerda muy honrado: “Me pagó el año entero y hasta el dinero de los impuestos que se había ahorrado por no tener yo papeles”. Cuando su situación se regularizó cobraba menos porque entonces fue él quien tuvo que pagar los impuestos: “Pero no me importaba, no estoy en contra de pagar impuestos”, afirma convencido.

Emilio también estuvo en “una habitación ilegal”, dice. “Y ahora, cuando veo que critican a los que están aquí, que vienen en esos barquitos, me da asco que se hable así de ellos. Yo por lo menos no tuve que llegar en patera”. Tampoco sabía el idioma. “Pues claro que no, es que yo no fui a Suiza a aprender alemán”, dice con sorna. Le releva al teléfono su esposa: “Yo empecé de camarera de habitaciones en un hotel y al inicio estaba aturdida, era todo muy difícil. Muy bonito, eso sí, limpio, ordenado, me gustaba. Después limpié aulas, en un supermercado”. De lunes a sábado. ¿Y el domingo? “A limpiar apartamentos de turistas, eso ya en dinero B, era un riesgo, pero bueno”, se ríe, ya jubilada y disfrutando del futuro que se fueron labrando: una casa, un huertico y unas gallinas. Cuando regresó a España aún estuvo diez años limpiando y cuidando niños, ella, que apenas pudo dedicar el tiempo de vacaciones a los suyos. “Una colombiana hoy en España podría contar prácticamente lo mismo”, afirma Riera Ginestar.

El mismo sambenito

El arquitecto y escritor suizo Max Frisch describió con una frase lapidaria el drama humano inherente a la migración, antes y ahora: “Pedimos trabajadores y vinieron personas”. Con ella arranca otro de los capítulos del libro de Riera Ginestar en el que describe que tampoco aquellos ruidosos españoles gozaban de la mejor fama en el extranjero, ni se libraron del sambenito de la delincuencia que la derecha cuelga ahora a miles de africanos en España.

El ambiente era como mucho “de tensa multiculturalidad”, se lee en el libro. La integración, explica el autor, falló por ambas partes. Los españoles partían de una formación pobre y de ambientes rurales, limitaciones que hacían más cómoda una relación entre paisanos, mientras que los nacionales y los medios de comunicación, en un mundo donde lo políticamente correcto aún no había hecho acto de presencia, los acusaban “de sucios y de portar enfermedades, manipulaban los datos obviando la realidad y les culpaban de las pésimas condiciones en las que vivían”, escribe Riera Ginestar.

Los migrantes salían con la idea de hacer mucho dinero en poco tiempo, dos condiciones que resultaron erróneas. En no pocos casos los sueldos de un matrimonio se dividían, uno iba para España y el otro se quedaba pagando impuestos en Alemania, o en Francia. Pronto descubrieron que necesitaban más tiempo para conseguir el propósito que les aupó al tren con sus fardos. Pero los años iban pasando y un día las lágrimas cambiaron de bando: ahora se vertían por el regreso, cuando ya la adaptación les procuraba momentos felices. Las copas al aire, tras el último brindis con anís, tiraba Adelina López en Bellegarde (Francia), después de beberlas con sus amigas en la Nochebuena. No era para menos, tenía un buen trabajo en una empresa de botes de aluminio y dos niñas que habían nacido en Francia entre el festejo de decenas de paisanos; una casita con jardín, tortuga y lavadero. Si a algunos les arrebataban los embutidos en las aduanas, Adelina y su marido, Toribio Vidales, acabaron incluso haciendo la matanza del cerdo en Francia, donde pasaron 14 años, en barrios donde todos se conocían por el gentilicio: la portuguesa, el yugoslavo, los italianos o aquellos marroquíes que compartieron buhardilla con Adelina un tiempo. “Eran majísimos”, dice, mientras guisa un conejo en casa de su hija en Madrid.

Mujeres libres

Si un día Europa celebra los éxitos de su famoso acelerador de partículas, el LHC de Ginebra, tendrá que empezar por agradecer el trabajo de miles de emigrantes griegos, portugueses, italianos, turcos, y de muchos españoles, como Toribio, que se desempeñó abriendo aquellos túneles destinados a la ciencia puntera que hoy enorgullece al continente. En la frontera con Suiza, Toribio salía de mañana y volvía a Francia a dormir. Los fines de semana daba peonadas en el campo si le llamaban para sacar patatas. “Poco, pero ibas ahorrando”, dice. De los siete hermanos de Adelina, solo uno quedó en Destriana, otro marchó a Bilbao en la emigración interior, y cinco cruzaron los Pirineos, uno de ellos para siempre.

Normalmente eran los maridos los que querían volver, explica Riera Ginestar. Para las españolas, el mundo que se abrió al otro lado de la frontera no fue solo el del trabajo y más trabajo. Si alguien aprendió lo que era la libertad lejos de la dictadura, fueron ellas. “En la madrugada del 19 de marzo de 1960, 43 mujeres de la provincia de Salamanca, la mayoría bejaranas, emprendían un viaje en autocar de 2.000 kilómetros y casi tres días de duración hasta Remscheid-Lennep”. Así arranca el libro que escribió la profesora de Literatura Mercedes Riba Hernández. Cuenta en él la historia de aquellas pioneras que partieron antes incluso de que Alemania y España hubieran firmado los acuerdos de migración. En Alemania se necesitaban con urgencia trabajadoras del textil, una industria antaño floreciente en Béjar que había ido cayendo en picado.

En aquel país aprendieron a ser más libres y no fueron pocos los matrimonios mixtos que se formaron. Algunas, explica Riba Hernández, huían de maridos maltratadores de los que no podían divorciarse en España, “de presiones familiares y sociales, de la mediocridad provinciana y de las estrictas normas de la moralidad nacionalcatólica”. Por fin solas en los bares, fumando si querían y vistiendo lo que les daba la gana. Una exposición, que se inaugurará simultáneamente el 3 de junio en el Museo de la Industria Textil de Béjar y en la biblioteca de la Bergische Universität Wuppertal alemana, recuperará aquella memoria.

Cuando Casilda Hervés, hoy de 80 años, dejó de llorar en aquel tren y arribó a la estación de Lyon pasó las de Caín porque no daba con su marido. Pensó: “Yo aquí no me quedo”. Pero Francia le abrió un mundo nuevo. “Me acordaba de mis hijas día y noche, pero puedo decir que tuve buenas amigas francesas. Nos íbamos a las tiendas a probarnos ropa, no comprábamos ninguna, pero eso ya era mucho”. “Las francesas eran libres, nosotras estábamos atadas, ellas no dependían de nadie y a mí tampoco me gusta que me manden mucho, a ellas no les importaba lo que dijeran los demás, aprendí mucho”, se ríe. “Soy feminista desde entonces”, asegura.

Casilda miraba los niños de su amiga Nicole, de la misma edad que las suyas. “Me gustaba mirarlas”. Pero también sacó tiempo para revolucionar su empresa y fue “la culpable de que se montara un sindicato allí”. “A mi marido se le metió en la cabeza que había que regresar, decía que había ganado más dinero en España a la vuelta que en Francia, pero, si te digo la verdad, más me habría valido llevarme a mis hijas a Francia”, cuenta por teléfono. Empoderada, politizada y con conciencia de clase, Casilda siguió manifestándose en Galicia cuando tuvo la oportunidad. Se acordaba de cuando cuidaba vacas con su madre y una pareja de la Guardia Civil dio una paliza a un hombre en el campo. “Y no podías hablar”. Era muy niña entonces y Francia la cambiaría por completo.

Las Casas de España y los curas

La política nunca estuvo ausente del todo entre los emigrantes, a pesar de que ellos sabían bien a qué habían ido: trabajo y ahorro. Pero el franquismo no quería que esas influencias libertarias volvieran a casa con ellos y trató de amarrar la moral mediante el folklore en las Casas de España y el envío de decenas de capellanes que conservaban las tradiciones religiosas, pero que, a la postre, le salieron rana al régimen y colaboraron para paliar las carencias de los españoles en el extranjero, como los curas rojos de las periferias urbanas en el fin de la dictadura.

El dibujante Kim, autor de las famosas viñetas de Martínez el Facha y de varios libros, también se fue a Alemania en los sesenta. Él era distinto, tenía 19 años y estudios. Pensó en sacar algún dinerillo. Vio aquellos albergues donde se hacinaban los españoles y cómo un día llegaron unos falangistas a inocular moralina y fueron expulsados a tomatazos. “¡Vosotros me matasteis a un hermano!”, les gritó alguno. Recuerda las mafias que falsificaban los documentos de los emigrantes para borrar la palabra “turismo” y poner “trabajo”; recuerda también a los españoles frente a los pollos que daban vueltas en el asador mirando con cara de hambre; la megafonía que les pedía no orinar en el parque y hacer uso de los servicios públicos; los rememora tumbados sin nada qué hacer en sus pocos ratos libres escuchando emisoras españolas de canciones con dedicatorias para los emigrantes. Y cómo él les escribía y leía las cartas. De todo aquello salió un libro ilustrado, Nieve en los bolsillos. Alemania, 1963 (Norma Editorial). Las historias de los emigrantes podrían llenar una biblioteca entera.

“Lo que tenemos ahora en España no es una invasión, es un drama, una oportunidad y una necesidad”, concluye Riera Ginestar, a quien le gustaría que su libro, riguroso y lleno de curiosos detalles desconocidos para el común, sirviera para “tomar conciencia de que aquello fue, se está repitiendo y puede volver a repetirse, como la propia historia”. Si algo diferencia aquella migración de la que se vive hoy, reflexiona, son los niños que llegan solos a España ahora, dice el autor, “y quizá la solidaridad, que no se da como entonces, cuando vemos a algunos explotando a sus compatriotas”. Salvo eso, España fue un país de emigrantes, aunque ahora no quiera ya mirarse en aquel espejo." 

(Carmen Morán Breña , El País, 12/04/26) 

13.8.25

Una española de pura raza cruzó el Atlántico hace tres lustros... sufrió una discriminación racial que se tradujo en un ambiente laboral hostil, retenciones de varias horas en la aduana cada vez que viajaba, miradas de desprecio y hasta la expulsión de un bar... Esa española era yo... Esa española, si aún residiese en Estados Unidos, probablemente andaría escabulléndose de las redadas arbitrarias que se están produciendo, al igual que muchos amigos que allí preservo evitan pasear libremente o hablar castellano en público... dos millones y pico de paisanos que atravesaron la frontera en dirección a Francia, Alemania o Suiza para deslomarse en fábricas mientras en el régimen franquista descendía el paro y montones de pueblos subsistían a base de remesas. En la memoria atrofiada de los racistas autóctonos no cabe la sangría del éxodo rural —migrantes en su propia tierra y habitantes de un chabolismo descarnado—, ni las oleadas posteriores de gente joven que partimos huyendo de una economía devastada, una foto de despedida que aún continúa produciéndose, aunque se nos llamase “aventureros” o “emprendedores”... y allá donde hemos llegado no siempre hemos sido bien recibidos... No es descabellado vaticinar que seremos los próximos en huir hacia el Norte en busca de cobijo, trabajo o comida, esta vez como refugiados climáticos... deberíamos estar peleando por fortalecer una legislación internacional que nos ampare ya mismo, a nosotros, españolísimos de impura raza, migrantes todos. Eso sí sería verdaderamente patriótico... Quienes salen de “cacería” contra los que son distintos desconocen que ellos estarían igual de marcados (Azahara Palomeque )

 "Una española de pura raza cruzó el Atlántico hace tres lustros. Aterrizó en Austin (Texas) sola con dos maletas; se puso unos zapatos rojos como pista que ayudara al casero a identificarla en el aeropuerto y, cuando este por fin la encontró, ella se instaló en su nueva vida. El resto de los días sufrió una discriminación racial que se tradujo en un ambiente laboral hostil, retenciones de varias horas en la aduana cada vez que viajaba, miradas de desprecio y hasta la expulsión de un bar. Esa española era yo, con la excepción de que la “pura raza” jamás ha existido: es un invento cultural que ha servido para destrozar familias enteras, arrasar pueblos, y saquear territorios. Esa española, si aún residiese en Estados Unidos, probablemente andaría escabulléndose de las redadas arbitrarias que se están produciendo, al igual que muchos amigos que allí preservo evitan pasear libremente o hablar castellano en público.      

Quienes ahora, en nuestro país, convocan “cacerías” contra los inmigrantes cometen al menos dos errores garrafales, al margen de exhibir su propia falta de ética y practicar una violencia tan deleznable como ilegal. El primero es desdeñar su propia vulnerabilidad dentro de un mapa geopolítico que no dudaría un segundo en arrojarlos a la mayor fosa séptica de no existir un marco jurídico más o menos respetado que los protege. Morenos o bronceados, cabello encaracolado o lacio oscuro, ojos castaños o barba profusa: cualquier excusa les valdría a algunos para menospreciar a los odiadores de turno que actualmente descargan su ira contra la población foránea residente entre nosotros, quizá porque no se han mirado nunca al espejo.

El segundo error imperdonable radica en el desconocimiento de la historia, del cual se vanaglorian enfebrecidos mientras la palabra “patria” se les descuelga entre las comisuras mezclada con tanta mala baba. Para ser patriotas, se les ha olvidado que España —la nación que aseguran defender: ¿de qué?, ¿del conocimiento?, ¿de la solidaridad?— perdió cuatro millones de habitantes rumbo a América, un quinto aproximado del total, entre 1880 y 1930, propulsados por el hambre, la guerra y la persecución política, según explica Nicolás Sánchez Albornoz. No recuerdan tampoco el medio millón de exiliados que provocó la Guerra Civil; ni los dos millones y pico de paisanos que atravesaron la frontera en dirección a Francia, Alemania o Suiza para deslomarse en fábricas mientras en el régimen franquista descendía el paro y montones de pueblos subsistían a base de remesas. En la memoria atrofiada de los racistas autóctonos no cabe la sangría del éxodo rural —migrantes en su propia tierra y habitantes de un chabolismo descarnado—, ni las oleadas posteriores de gente joven que partimos huyendo de una economía devastada, una foto de despedida que aún continúa produciéndose, aunque se nos llamase “aventureros” o “emprendedores”, esgrimiendo un discurso de cariz tan colonialista como falsario.

Porque resulta que esa cosa fabricada expresamente, imaginada y en ocasiones manoseada con los intereses más espurios llamada “nación” ha sido tradicionalmente una máquina expendedora de migrantes hacia confines insospechados, y allá donde hemos llegado no siempre hemos sido bien recibidos, independientemente de los trámites burocráticos previos. La gran paradoja de nuestros tiempos consiste en que se haya conseguido enfangar con racismo y olvido a esas manos que ahora arrojan objetos, apalizan o golpean a sus vecinos de origen diferente; en que este grado de vileza sea azuzado por algunas formaciones políticas, las mismas que engordan su base electoral comercializando con el dolor ajeno. Sin embargo, ese dolor es también propio, pues forma parte de nuestro pasado, lo albergamos en el caudal genético, se enraíza en la memoria, y se refleja en los espejos. La historia nos ha dejado escenarios terroríficos de antepasados judíos y musulmanes expulsados; de implantación de sistemas coloniales en que los rasgos físicos determinaban el destino de tribus autóctonas o se usaban para instaurar un marco cognitivo que ha continuado jerarquizando a las personas. Nos ha legado, además, valiosas lecciones de lo que ocurre cuando predomina el odio como paradigma: nunca tiene bastantes enemigos, más bien, esta figura se actualiza en un juego macabro que acaba incluyendo a la mayoría —lo aprendimos con Hannah Arendt—.

No obstante, a uno no debe tentarle la idea de considerar el fenómeno migratorio —junto al racismo que indeseablemente lo acompaña— apenas como una herencia o rasgo pretérito; al contrario, las implicaciones que conlleva abarcan asimismo el futuro. Contémplese hipotéticamente la península Ibérica en pocos años: asolada por danas más frecuentes que descalabran cosechas, a las puertas del desierto africano desplegando sus dunas sobre el sur, comida por incendios de magnitud inextinguible… No es descabellado vaticinar que seremos los próximos en huir hacia el Norte en busca de cobijo, trabajo o comida, esta vez como refugiados climáticos. No solo un desalmado se atrevería a ser racista con quien procede de esas circunstancias ahora, sino alguien con muy poca amplitud de miras, alguien que debería estar peleando por fortalecer una legislación internacional que nos ampare ya mismo, a nosotros, españolísimos de impura raza, migrantes todos. Eso sí sería verdaderamente patriótico."

(Azahara Palomeque  , El País , 05/08/25) 

11.8.25

The New York Times: España es un ejemplo para el mundo... España está viviendo un momento de rebeldía contra las tendencias políticas occidentales. El país ha reconocido recientemente a Palestina como Estado, se ha resistido a la exigencia del presidente Trump de que los miembros de la OTAN aumenten su gasto en defensa hasta el 5% del producto interior bruto y ha redoblado sus esfuerzos en programas de desarme, desmovilización e integración. Pero no hay mejor ejemplo de que España sigue su propio camino que la inmigración. En un momento en que muchas democracias occidentales intentan mantener alejados a los inmigrantes, España se atreve a acogerlos... el Parlamento español empezó a debatir un proyecto de ley para amnistiar a los inmigrantes indocumentados. Estas reformas podrían abrir una vía hacia la ciudadanía española a más de un millón de personas... a diferencia de otros países, las reacciones han sido sorprendentemente moderadas... El impulso para la amnistía de los inmigrantes indocumentados no partió del Gobierno, sino de una petición popular que reunió 600.000 firmas... El gobierno, por su parte, ha diseñado un enfoque humano y pragmático, ofreciendo un ejemplo a imitar por otros países... Hasta la década de 1970, España suministró mano de obra inmigrante a granjas y fábricas de toda Europa... Esta historia rica y compleja ayuda a explicar el nivel relativamente alto de tolerancia hacia la inmigración entre los españoles. En 2019, una encuesta de Pew reveló que España tenía, con diferencia, la actitud más positiva hacia los inmigrantes de Europa... Se ha hecho un gran esfuerzo estratégico por utilizar la inmigración para paliar algunos de los mayores problemas de España. La escasez de mano de obra en los sectores de la tecnología, la hostelería, la agricultura y el cuidado de ancianos, por ejemplo, se está abordando mediante la concesión de permisos de trabajo a estudiantes internacionales... Algunos de los 200.000 refugiados ucranianos que se han instalado en España desde 2022 han dado nueva vida a pueblos y ciudades al borde de la extinción... Sánchez no ha evitado hablar en términos morales, recurriendo a la historia de España como nación de emigrantes y refugiados... España está demostrando un punto importante: Una política de inmigración generosa no es una amenaza para la nación ni para una economía próspera. Más que eso, es un recurso para el crecimiento y la renovación que los países de nuestro entorno desdeñan

 "España está viviendo un momento de rebeldía contra las tendencias políticas occidentales. El país ha reconocido recientemente a Palestina como Estado, se ha resistido a la exigencia del presidente Trump de que los miembros de la OTAN aumenten su gasto en defensa hasta el 5% del producto interior bruto y ha redoblado sus esfuerzos en programas de desarme, desmovilización e integración. Pero no hay mejor ejemplo de que España sigue su propio camino que la inmigración. En un momento en que muchas democracias occidentales intentan mantener alejados a los inmigrantes, España se atreve a acogerlos.   

Los detalles son sorprendentes. En mayo entraron en vigor nuevas normas que facilitan a los inmigrantes la obtención de permisos de residencia y trabajo, y el Parlamento español empezó a debatir un proyecto de ley para amnistiar a los inmigrantes indocumentados. Estas reformas podrían abrir una vía hacia la ciudadanía española a más de un millón de personas. La mayoría de ellos forman parte de una oleada histórica de inmigración que entre 2021 y 2023 traerá a España a casi tres millones de personas nacidas fuera de la Unión Europea.

La demanda tiene algo que ver: Como muchas democracias occidentales, España necesita más gente. El año pasado, la tasa de natalidad nacional fue de 1,4, la segunda más baja de la Unión Europea y muy por debajo del umbral de 2,1 necesario para mantener el nivel de población del país, que ronda los 48 millones de personas. España también tiene una gran economía -la cuarta de la UE- impulsada por una industria de viajes y turismo que rebosa de empleos que la mayoría de los españoles no quieren.

Pero, a diferencia de otros países, las reacciones han sido sorprendentemente moderadas. Ello se debe en parte a que algunas de estas medidas a favor de los inmigrantes proceden de la sociedad en general. El impulso para la amnistía de los inmigrantes indocumentados no partió del Gobierno, sino de una petición popular que reunió 600.000 firmas y fue respaldada por 900 organizaciones no gubernamentales, grupos empresariales e incluso la Conferencia Episcopal Española. El gobierno, por su parte, ha diseñado un enfoque humano y pragmático, ofreciendo un ejemplo a imitar por otros países.

Hay, sin duda, algunas razones muy españolas para la excepción. Debido a su vasto imperio de ultramar, España fue durante siglos un exportador masivo de personas. Durante la Guerra Civil española y la dictadura de cuatro décadas del general Francisco Franco, unos dos millones de personas se vieron obligadas a abandonar el país huyendo del hambre, la violencia y la represión política. Hasta la década de 1970, España suministró mano de obra inmigrante a granjas y fábricas de toda Europa. Tras la crisis financiera de 2008, que disparó el desempleo hasta el 25%, miles de profesionales abandonaron España en busca de trabajo en el extranjero.

Esta historia rica y compleja ayuda a explicar el nivel relativamente alto de tolerancia hacia la inmigración entre los españoles. En 2019, una encuesta de Pew reveló que España tenía, con diferencia, la actitud más positiva hacia los inmigrantes de Europa. Esto no fue un caso atípico. Un estudio de 2021 de encuestas que se remontan a unos 30 años mostró que «España ha mantenido consistentemente actitudes más abiertas hacia la inmigración que la media europea, con menos rechazo y una mayor apreciación de sus contribuciones a la sociedad y la economía.»

El fragmentado sentimiento de identidad nacional de España es otro factor importante. La fuerza del nacionalismo regional en lugares como Cataluña, el País Vasco y Galicia dificulta a los políticos de derechas movilizar a la opinión pública contra la inmigración mediante apelaciones nacionalistas y argumentos xenófobos. Una versión española de «Francia para los franceses», la doctrina del Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen, sería absurda en España. Hubo que esperar hasta 2019 para que un partido explícitamente antimigración, el ultraderechista Vox, entrara siquiera en el Parlamento español.

En última instancia, sin embargo, la política de inmigración de España se debe sobre todo a la administración del Presidente Pedro Sánchez, uno de los últimos exponentes de la socialdemocracia en Europa. Aunque decididamente liberal, el enfoque de Sánchez está lejos de ser un experimento de fronteras abiertas. Por el contrario, es tan pragmático como deliberado. Es cierto que cuenta con ventajas que no comparten otros líderes europeos. Pero al combinar soluciones prácticas con un mensaje edificante, ha proporcionado un ejemplo de cómo conseguir apoyo para políticas de inmigración progresistas.

Para empezar, el Gobierno dio prioridad de forma inteligente a los inmigrantes procedentes de América Latina, permitiéndoles solicitar la ciudadanía al cabo de sólo dos años. Los inmigrantes latinoamericanos, que hablan español con fluidez y son mayoritariamente católicos, se integran en la cultura local incluso en las zonas menos cosmopolitas de España. Un ejemplo de ello son los venezolanos, que ahora tienen prohibida la entrada en Estados Unidos gracias al Sr. Trump. Para entrar en España, solo necesitan un billete de avión y un pasaporte válido. En los tres primeros meses del año, 25.000 aprovecharon la oportunidad.

Se ha hecho un gran esfuerzo estratégico por utilizar la inmigración para paliar algunos de los mayores problemas de España. La escasez de mano de obra en los sectores de la tecnología, la hostelería, la agricultura y el cuidado de ancianos, por ejemplo, se está abordando mediante la concesión de permisos de trabajo a estudiantes internacionales. También se ha incentivado a los inmigrantes para que se instalen en la llamada España Vacía, aquellas partes del país donde la población se ha agotado. Algunos de los 200.000 refugiados ucranianos que se han instalado en España desde 2022 han dado nueva vida a pueblos y ciudades al borde de la extinción.

Lo más importante, quizás, es que Sánchez ha sabido enmarcar los argumentos a favor de la inmigración. Ha hecho hincapié en sus beneficios económicos, como la incorporación de trabajadores jóvenes a la seguridad social y la ocupación de puestos de trabajo no deseados por los españoles. Una economía en expansión añade autoridad a estos argumentos. Desde la pandemia, la economía española ha superado a sus homólogas europeas. El año pasado, mientras Alemania, Francia e Italia experimentaron un crecimiento modesto o incluso una contracción, España creció un saludable 3,2%.

Aun así, Sánchez no ha evitado hablar en términos morales, recurriendo a la historia de España como nación de emigrantes y refugiados. «Tenemos que recordar las odiseas de nuestras madres y padres, de nuestros abuelos y abuelas en América Latina, en el Caribe y en Europa», dijo al Parlamento el año pasado. «Y entender que nuestro deber ahora, especialmente ahora, es ser esa sociedad acogedora, tolerante y solidaria que a ellos les hubiera gustado encontrar».

Hasta cuándo seguirá España extendiendo la alfombra de bienvenida es una cuestión abierta. Las encuestas muestran que la preocupación por la inmigración entre los españoles va en aumento, impulsada en parte por la cobertura sensacionalista de la llegada de refugiados africanos. Miles de personas se han ahogado en los últimos años intentando llegar a España, y los que consiguen entrar en el país son generalmente deportados. Los partidos de derechas, especialmente Vox, están explotando esta crisis humanitaria. Si Vox logra entrar en el Gobierno tras las próximas elecciones, que deben celebrarse antes de agosto de 2027, seguramente se producirá un giro contra la inmigración.

Por ahora, sin embargo, España está demostrando un punto importante: Una política de inmigración generosa no es una amenaza para la nación ni para una economía próspera. Más que eso, es un recurso para el crecimiento y la renovación que los países de nuestro entorno desdeñan a su costa."

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20.5.25

Queremos volver a España... Cientos de miles de españoles residimos fuera del país. Muchos queremos regresar. Pero reintegrarse en España tras años de formación y experiencia en el extranjero puede ser mucho más arduo de lo que cualquier persona sensata alcanzaría a imaginar... Mi currículum incluye dos licenciaturas, tres másteres, un doctorado, más de veinte años de experiencia como profesora, publicaciones académicas, nueve libros publicados, artículos en prensa y dominio de cuatro idiomas. A día de hoy no he recibido ni una sola oferta. No es que no haya superado entrevistas: es que ni siquiera me han llamado. Lejos de ser una excepción, mi caso se ajusta a la norma... el 30% de los jóvenes altamente cualificados que emigran no contempla regresar. Según el INE, más de tres millones de españoles viven fuera; el número de emigrados ha crecido un 56% en la última década, mientras que los retornos apenas superan las 70.000 personas. En el ámbito universitario el panorama es especialmente desalentador... Volver cuesta. Y, sin embargo, lo hacemos. Para quienes queremos volver, el retorno es una prueba de resistencia emocional, de desgaste. Pero también puede ser —y así quiero pensarlo— un acto de amor... Volver es una apuesta por el reencuentro, por una forma de vivir más coherente con aquello que sabemos: que el tiempo importa, que la cercanía importa, que los afectos son una forma de riqueza esencial. Me enfrento a un dilema: la paz que busco para mi hija se asienta sobre un suelo económico que se me podría presentar muy frágil... España nos empujó a marcharnos cuando, hace años, no supo ofrecernos salidas laborales. Nos formamos en universidades extranjeras que financiaron nuestros estudios mediante becas que obtuvimos a base de esfuerzo, mérito y, muchas veces, soledad. Aquella formación, de alto nivel, no le costó nada al Estado español. Hoy, más de dos décadas después, me encuentro con un panorama sorprendentemente similar, pese a los miles de millones que la Unión Europea ha destinado al desarrollo del país... Nos tuvimos que ir. Ahora queremos volver a una tierra que no nos vuelva a expulsar

 "Cientos de miles de españoles residimos fuera del país. Muchos queremos regresar. Pero reintegrarse en España tras años de formación y experiencia en el extranjero puede ser mucho más arduo de lo que cualquier persona sensata alcanzaría a imaginar.

Hace unos meses escribí en este mismo periódico sobre la ilusión de regresar a España tras casi veinticinco años en Nueva York. Decidí mudarme con mi hija a un pueblo de Málaga. Hoy, a pocas semanas de afrontar una mudanza colosal, escribo desde una pregunta que me inquieta: ¿he tomado la decisión correcta?

Durante el último año he buscado empleo como docente en España. He dedicado incontables horas a preparar y enviar candidaturas, todas cuidadosamente adaptadas a los perfiles y valores de cada institución. Muchas requieren cartas de recomendación, lo que implica que también otras personas han invertido su tiempo en ayudarme. Mi currículum incluye dos licenciaturas, tres másteres, un doctorado, más de veinte años de experiencia como profesora, publicaciones académicas, nueve libros publicados, artículos en prensa y dominio de cuatro idiomas. A día de hoy no he recibido ni una sola oferta. No es que no haya superado entrevistas: es que ni siquiera me han llamado.

Lejos de ser una excepción, mi caso se ajusta a la norma. Según la OCDE, España ocupa el segundo lugar en Europa en cuanto a temporalidad docente (34%). En Andalucía la situación es aún más grave: casi la mitad de los contratos son de sustituciones o interinidades sin plaza. El Global Talent Competitiveness Index sitúa a España en el puesto 20 de 29 en Europa, por detrás de países como la República Checa, Portugal y Eslovenia. España solo supera a Bosnia-Herzegovina, Serbia y Bulgaria. La fuga de profesionales cualificados sigue siendo una de las grandes fracturas del país: de acuerdo con el Consejo Económico y Social, el 30% de los jóvenes altamente cualificados que emigran no contempla regresar. Según el INE, más de tres millones de españoles viven fuera; el número de emigrados ha crecido un 56% en la última década, mientras que los retornos apenas superan las 70.000 personas.

En el ámbito universitario el panorama es especialmente desalentador. La ANECA, organismo encargado de acreditar al profesorado universitario, representa un absurdo laberinto burocrático. Su funcionamiento parece diseñado —y tal vez lo esté— para dificultar el retorno de quienes hemos desarrollado parte de nuestra carrera fuera. Quienes regresan con doctorados y trayectorias internacionales altamente cualificadas se enfrentan a procesos lentos, rígidos y poco transparentes. Entre 2019 y 2022, solo el 34% de las solicitudes de acreditación para figuras como Ayudante Doctor o Titular fueron resueltas favorablemente, según el Ministerio de Universidades. Numerosos aspirantes denuncian criterios opacos que, lejos de facilitar la reintegración del talento, lo paralizan durante años o directamente lo expulsan.

Muchos compatriotas en mi situación compartimos experiencias y apoyos. Es una red invisible, tejida con decepciones compartidas, pero también con una convicción obstinada: no reclamamos privilegios, sino el reconocimiento de un mérito adquirido con esfuerzo, un sistema de evaluación justo, riguroso y transparente. Queremos contribuir, formar parte activa del tejido profesional del país. Lo que está en juego no es solo la trayectoria individual de quienes regresamos, sino la capacidad de España para reconocer como propios a quienes, habiendo vivido fuera, nunca dejaron de pertenecer. Una sociedad que integra el talento que retorna no solo repara una deuda simbólica, sino que se fortalece: se hace más diversa, más competitiva, más justa.

Pero volver también implica una renuncia. Y esa renuncia duele. Después de años en el extranjero, uno pertenece también al país que lo acogió. Volver es ya, de por sí, un desgarro: amistades que se quedan lejos, una lengua que se ha vuelto propia, paisajes, amores, hábitos. Hijos nacidos en otra tierra. Volver cuesta. Y, sin embargo, lo hacemos.

Para quienes queremos volver, el retorno es una prueba de resistencia emocional, de desgaste. Pero también puede ser —y así quiero pensarlo— un acto de amor. Amor hacia la cercanía de nuestros hijos con la familia, hacia nuestras raíces, hacia un país que sentimos y que es nuestro, aunque la burocracia o el mercado laboral parezcan empeñados en desmentirlo. Volver es una apuesta por el reencuentro, por una forma de vivir más coherente con aquello que sabemos: que el tiempo importa, que la cercanía importa, que los afectos son una forma de riqueza esencial. Me enfrento a un dilema: la paz que busco para mi hija se asienta sobre un suelo económico que se me podría presentar muy frágil.

España nos empujó a marcharnos cuando, hace años, no supo ofrecernos salidas laborales. Nos formamos en universidades extranjeras que financiaron nuestros estudios mediante becas que obtuvimos a base de esfuerzo, mérito y, muchas veces, soledad. Aquella formación, de alto nivel, no le costó nada al Estado español. Hoy, más de dos décadas después, me encuentro con un panorama sorprendentemente similar, pese a los miles de millones que la Unión Europea ha destinado al desarrollo del país.

 Tenemos mucho que ofrecer. Queremos hacerlo con pasión. Porque la cuna donde nos mecieron no es solo un rincón en la casa de la infancia. Es una promesa íntima de pertenencia. Una promesa que, a pesar de todo, deseamos cumplir. Somos muchos. Nos tuvimos que ir. Ahora queremos volver a una tierra que no nos vuelva a expulsar."

(Marina Perezagua , El País, 19/05/25)

11.2.25

La inmigración es la "única alternativa realista" a la despoblación en España... el principal mecanismo de declive demográfico entre 1960 y 1981 fue el éxodo migratorio, aunque en la actualidad se ha sustituido por el "decrecimiento natural asociado al envejecimiento demográfico"... "Si la emigración puede ser mitigada con innovadoras y costosas medidas económicas, la recuperación de la natalidad no está ni se le espera; el progresivo envejecimiento de la población en las áreas rurales augura un inevitable peso creciente de la mortalidad y un aumento de la dependencia en edades avanzadas"... "esta situación deja la inmigración como única alternativa realista para recuperar los territorios despoblados" (Joaquín Recaño, UAB)

 "Un estudio del Centre d'Estudis Demogràfics (CED) de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) señala la inmigración como "única alternativa realista" en la actualidad para combatir la despoblación en España, debido al progresivo envejecimiento de la población rural y a la baja natalidad.

Es una de las conclusiones de la investigación 'Despoblación 1.0: la geografía y los factores del declive demográfico rural en la España del Desarrollismo', publicada en la revista 'Perspectivas Demográficas', ha informado este miércoles la UAB en un comunicado.

Se han analizado las 264 zonas de España (un 73,3%) que tuvieron pérdidas netas de población entre 1960 y 1981, cuando se concentró el 65% de la despoblación de las zonas rurales, y se indaga sobre aspectos poco conocidos de esa fase del éxodo rural español, para comprender las dinámicas actuales de despoblación en España.

Así, el estudio señala que los mecanismos que "favorecieron la despoblación en la España del desarrollismo (como la pobreza, el capital humano, el aislamiento geográfico y la dependencia de la agricultura) han decaído en la actualidad", y se ha producido un envejecimiento de la población en zonas rurales.

El investigador y profesor de Geografía de la UAB Joaquín Recaño ha apuntado que "esta situación deja la inmigración como única alternativa realista para recuperar los territorios despoblados".

Decrecimiento natural

Según la investigación, el principal mecanismo de declive demográfico entre 1960 y 1981 fue el éxodo migratorio, aunque en la actualidad se ha sustituido por el "decrecimiento natural asociado al envejecimiento demográfico".

"Si la emigración puede ser mitigada con innovadoras y costosas medidas económicas, la recuperación de la natalidad no está ni se le espera; el progresivo envejecimiento de la población en las áreas rurales augura un inevitable peso creciente de la mortalidad y un aumento de la dependencia en edades avanzadas", destaca Recaño.

La investigación añade que las políticas de lucha contra la despoblación "no pueden ser idénticas y deben responder a las peculiaridades de cada territorio rural"."

( El Confidencial, 21/03/23)

27.12.24

2025 podría ser el año del retorno a casa de muchos españoles… y no solo por Navidad... Un plan retorno con medidas ambiciosas y atractivas en 2025 pueden lograr convencer a muchos de esos 3 millones de españoles en el exterior para volver a su país y de hecho en los últimos meses vemos como muchos españoles nacidos en el exterior retornan al país de sus abuelas o padres y lo hacen con éxito... La Ley de Memoria Democrática y la obtención de nacionalidad española por parte de descendientes esta facilitando este crecimiento de población en muchas provincias... Los marcadores de empleo son positivos y la tasa de desempleo ha experimentado una reducción significativa, con expectativas de caer por debajo del 10% para 2027... para muchos esta oportunidad de intentar retornar puede ser uno de esos últimos trenes para volver a las ciudades y pueblos de los que no debimos ser expulsados (David Casarejos, Presidente del Consejo de Residentes de Manchester)

 "Desde 2019 cuando se presentó el último plan retorno por parte del Gobierno he revisitado periódicamente las posibilidades que nuestro país ofrece a los que vivimos en el exterior para retornar.

En marzo de 2019 el Consejo de ministros aprobaba el Plan Retorno, a propuesta del Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social, bajo el título “Un país para volver”.

Este plan era un plan cortoplacista y elitista pero se presentaba como una oportunidad para empezar a marcar un camino para muchos de los emigrantes que desean volver a nuestro país.

…Ya sabemos lo que pasó en 2020 y como este plan nunca llegó a mostrar el potencial real al que pudo o debió llegar.  

Quizás ese mismo plan sin una pandemia de por medio y con una economía como la de los dos últimos años hubiera logrado cumplir muchos más de aquellos objetivos para los que originalmente se creó.

Desde hace unos meses se nos ha prometido un nuevo plan y esperamos que conlleve muchas más ventajas y abra más puertas y ventanas facilitando un retorno mucho más ambicioso del que esperaban con el plan de 2019 y cuyo objetivo era ayudar solo a 23 mil emigrantes con sus 24 millones de presupuesto.

La secretaria de Estado de Migraciones, Pilar Cancela, ha anunciado la creación de este nuevo Plan de Retorno para el regreso de los españoles residentes en el extranjero. El nuevo plan que espero llegue en 2025 buscará “atender las necesidades de quienes desean volver a España, ofreciendo apoyo integral para su reintegración social y laboral”.

Este plan complementa una estrategia más amplia que incluye el desarrollo del Estatuto de la Ciudadanía Española en el Exterior que está retrasándose más de la cuenta ante los continuos malabares que el actual gobierno ha de realizar para conseguir los apoyos suficientes para aprobar cualquiera de sus propuestas.

El estatuto, creado hace dos décadas, carece aún de un reglamento de desarrollo y desde hace meses se nos ha compartido a través de la Secretaría de Estado de Migraciones el trabajo que se está realizando para finalizar un borrador con el Consejo General de la Ciudadanía Española en el Exterior (CGCEE), grupos parlamentarios, ministerios competentes y comunidades autónomas.

Los estatutos, reglamentos, instituciones y planes de retorno pueden tener las mejores intenciones del mundo, pero si llegan en mal momento y con una economía que no pueda atraer y acoger a los que se fueron no sirven de nada.

Un plan retorno con medidas ambiciosas y atractivas en 2025 pueden lograr convencer a muchos de esos 3 millones de españoles en el exterior para volver a su país y de hecho en los últimos meses vemos como muchos españoles nacidos en el exterior retornan al país de sus abuelas o padres y lo hacen con éxito, encontrando puestos de trabajo en una economía que parece que vuelve a necesitar de toda la mano de obra disponible. La Ley de Memoria Democrática y la obtención de nacionalidad española por parte de descendientes esta facilitando este crecimiento de población en muchas provincias.

En los tres últimos años, la economía española ha mostrado una notable recuperación y crecimiento y supera en muchos aspectos a otras economías avanzadas. Ya quisieran Alemania y Reino Unido acercarse al crecimiento español en este momento.

En 2023, la economía española creció un 2,5%, impulsada tanto por la demanda interna como por la externa y para 2024 el Banco de España elevo su previsión de crecimiento al 3,1%, consolidando a España como una de las economías avanzadas de mayor crecimiento.

Para 2025 el crecimiento no parece que se vaya a estancar, y aunque baje su ritmo se situará en torno al 2,5%.

La inflación ha mostrado una tendencia a la baja, situándose en el 3,2% interanual en mayo de 2023, una de las tasas más bajas de la eurozona y se estima que la inflación continúe disminuyendo gradualmente, alcanzando el 2,4% en 2027.

Los marcadores de empleo son positivos y la tasa de desempleo ha experimentado una reducción significativa, con expectativas de caer por debajo del 10% para 2027. En los últimos años, se han creado aproximadamente medio millón de empleos, reflejando una mejora en el mercado laboral y que van de la mano de unas subidas del salario mínimo que muchos agoreros predecían que acabaría con cualquier atisbo de crecimiento económico.

Desde el exterior vemos cómo, a pesar de los datos económicos que son muy positivos y nos ponen a la cabeza del mundo en crecimiento, hay medios, redes sociales y gran parte de la población que prefieren enterrar la cabeza bajo la arena y seguir vendiendo que el país es un desastre, a pesar de los indicadores económicos positivos, solo el 20% de los españoles evalúa favorablemente la situación económica del país, evidenciando una desconexión entre las cifras macroeconómicas y la percepción ciudadana.

Muchos recordamos aquellos tiempos en los que los informativos se abrían con las noticias sobre una prima de riesgo que en 2011 llegó a superar los 600 puntos y a fecha de 20 de diciembre de 2024 está en 68 puntos básicos.

Francia ha superado los 80 puntos básicos tras la reciente rebaja de su calificación crediticia por parte de Moody’s, Italia casi nos triplica con 177 puntos básicos, y Grecia parece que no logra bajar de los 366,16 puntos básicos.

El poder de los medios para enfangar y crear una imagen no realista de lo que sucede se acentúa cuando parte de la población no se entera ni se quiere enterar de lo que sucede fuera de nuestras fronteras.

El martilleo constante de mentiras y de eslóganes populistas se repiten hasta la saciedad, pero los que vivimos fuera vemos cómo los medios internacionales alaban la situación actual de nuestro país y para muchos esta oportunidad de intentar retornar puede ser uno de esos últimos trenes para volver a las ciudades y pueblos de los que no debimos ser expulsados."

(David Casarejos, Presidente del Consejo de Residentes de Manchester, Nueva Tribuna, 21/12/24)

14.8.24

He vivido más de la mitad de mi vida en Nueva York, me emociona hasta la médula cuando veo sus luces desde el avión... Descubrí la compasión en una megápolis. También aprendí de violencia... en esta ciudad se te acumula dentro la metralla cotidiana y un día explota. Pero también sucedían actos de profunda solidaridad... Esto sucedió hace años. La ciudad era cruel y bondadosa al mismo tiempo. Ya no es así... El racismo está en un punto álgido... Personas que mueren porque no pueden pagar la insulina... Se ha incrementado el número de indigentes muriendo en las calles. Hace tiempo que no veo un gesto de solidaridad... los intelectuales de izquierdas son, en su mayoría, masas de desidia, murientes acaudalados... Cansada de golpearme contra la misma pared de huesos descarnados, vuelvo a mi tierra andaluza, sin apenas ahorros, trabajo, ni apoyo familiar... Algunos se indignan... es muy simple: si tengo que elegir entre que mi hija asista a los mejores conciertos, siga con sus clases de trapecio, o que corra libre por las calles sin riesgo de secuestros, tiroteos, y vaya a una escuela sin adoctrinamiento y censura de libros escolares, no tengo duda... Despedirme de mi trabajo, de la que también es mi tierra, de mis grandes amigos. El miedo y la tristeza de esto sólo lo puede entender quien lo ha vivido... Gracias a Manhattan por lo que fue, y a Istán por lo que será (Marina Perezagua)

 "He vivido más de la mitad de mi vida en Nueva York, me emociona hasta la médula cuando veo sus luces desde el avión, y esa oscuridad guarecida en la misma luz. El grito animal, la querencia apasionada de futuro a golpes de empeño, caídas hacia arriba: la esperanza. Tengo la sensación de que cuando el avión desciende, es la propia ciudad la que tira de la máquina.

Llegué con veinte años, trabajé como mula, pasé por una depresión y por la de otros amigos en condiciones similares. Descubrí que el sexo es diferente según la diversidad de culturas. Asimilé el feminismo activo, sin caretas. Terminé mi doctorado. Todos los libros que he escrito los he escrito en Nueva York. Formé mi familia elegida. Me enfermé gravemente varias veces. Descubrí la compasión en una megápolis. También aprendí de violencia. Una noche, un taxista no quiso que una amiga salvadoreña se montara en su coche. La humilló. Me acerqué a la ventanilla, le cogí la cabeza y como endemoniada tiré hacia fuera como si quisiera desraizar una calabaza. No me enorgullece. Sólo lo cuento porque en esta ciudad se te acumula dentro la metralla cotidiana y un día explota. Pero también sucedían actos de profunda solidaridad. Una mañana un indigente se montó en el autobús. Pagó su billete, pero su olor era tan fétido que el conductor le pidió que se bajara. Presencié atónita cómo todos los pasajeros, uno por uno, también se apearon, en silencio.

Esto sucedió hace años. La ciudad era cruel y bondadosa al mismo tiempo. Ese contraste la hacía única porque debías enfrentarte al acto más humano: cuestionarte cada día. Ya no es así. Las ideas son como los rascacielos, fachadas de un arquitecto que parece haber abandonado a sus hijos de cristal y hierro. El racismo está en un punto álgido. Condenan a pena de muerte a personas con enfermedades mentales tan graves que ni siquiera entienden que van a ser ejecutados. El encarcelamiento sin juicio de menores o inocentes. Personas que mueren porque no pueden pagar la insulina. En las escuelas los niños tienen que pasar por simulacros de tiroteos, pero no les advierten de que son simulacros, con lo cual el trauma de ver a su profesor con un tiro falso en la cabeza equivale al trauma de una situación real. Todo esto ya pasaba, pero empeora a un ritmo frenético. Se ha incrementado el número de indigentes muriendo en las calles. Hace tiempo que no veo un gesto de solidaridad. Incluso los intelectuales de izquierdas son, en su mayoría —con notables excepciones— masas de desidia, murientes acaudalados.

Cansada de golpearme contra la misma pared de huesos descarnados, he tomado una resolución: vuelvo a mi tierra andaluza. Dejo un trabajo que solía adorar cuando me sentía útil, doy un salto al vacío, sin apenas ahorros, trabajo, ni apoyo familiar. Nací en Sevilla, pero he elegido Istán, en la provincia de Málaga, en el centro de una reserva de la biosfera, paraíso de la escalada, fresco. Por todo el pueblo hay fuentes de agua, el oro de Andalucía y la mayor parte del planeta. A 25 kilómetros el mar marca el horizonte de África. Las calles están limpias y los enrejados de los balcones se entretejen con todo tipo de plantas. En otoño las setas crecen como flores de primavera. Me siento española y norteamericana, pero mi hija jugará en una plaza llena de niños y niñas, donde mi vecina Nati se la lleva a comer con su nieta cuando me ve muy apurada. Irá a un colegio de pueblo.

Algunos se indignan. Cómo voy a cambiar el nivel cultural newyorkino —maravilloso, cierto—, por el de un pueblo. Muy simple: si tengo que elegir entre que mi hija conozca uno de los mayores planetariums del mundo, asista a los mejores conciertos, siga con sus clases de trapecio, o que corra libre por las calles sin riesgo de secuestros, tiroteos, y vaya a una escuela sin adoctrinamiento y censura de libros escolares, no tengo duda. Sin olvidar que en este pueblo no se conoce el método educador de pequeños monstruos llamado “gentle parenting”. Para quien no lo sepa, consiste en que a los niños no se les puede decir la palabra “no”, y hay que pedirles su opinión antes de que sepan hablar. Hace unos meses, mi hija de dos años le dio un abrazo a una amiga. En ese momento, la madre se levantó del sofá como si fuera a apagar fuego, corrió hacia su hija, la agarró de los hombros y le preguntó: “¿Cómo te ha hecho sentir el abrazo?”. En Istán he reaprendido a decir “no” sin sentirme juzgada. Es liberador.

Despedirme de mi trabajo, de la que también es mi tierra, de mis grandes amigos. El miedo y la tristeza de esto sólo lo puede entender quien lo ha vivido. Pero también me lanzo a la excitación del cambio, a la cercanía de mi cuna. La vida es sencilla. Huele a jazmín por las noches. El rumor del agua que corre arrulla como el ulular de las lechuzas. He elegido un lugar donde las estrellas son visibles y siguen perteneciendo al cielo, y lo más importante: las personas de Istán han sabido mantener los pies en la tierra.

Gracias a Manhattan por lo que fue, y a Istán por lo que será."                         (Marina Perezagua , El País, 12/08/24)

24.1.24

Cuando Paco se fue a Alemania lo hizo sin papeles. Le acompañaba Mari Carmen, en este periplo que ya habían realizado varios de sus vecinos del pueblo... la gente que migra lo hace para trabajar... «¿Para qué te vas a ir a otro sitio que no es tu hogar si no es para trabajar?», me comenta Mari Carmen... los chavales menores, los MENA, que están en nuestro país sin papeles, lo que quieren es regularizar su situación para poder trabajar, y volver a su casa a ver a su familia... no nos estamos enfrentando a un hecho histórico sin precedentes en el que hordas de migrantes malos nos atacan... tampoco aquellos alemanes... lo que es realmente histórico de nuestra época es ese caos que invierte miles millones en sistemas militares de contención y destrucción aplicados a una población civil que de llegar sana y salva a nuestro países, básicamente solo trabajaría, como lo hicieron nuestros antepasados en Alemania (Lucila Rodríguez-Alarcón)

 "Cuando Paco se fue a Alemania lo hizo sin papeles. Le acompañaba Mari Carmen, en este periplo que ya habían realizado varios de sus vecinos del pueblo. Eran los años 60 y el tema de los permisos de trabajo tampoco representaba un gran problema. Fueron a este pueblecito al que iban todas las personas que ellos conocían, a trabajar honradamente en una de las múltiples fábricas textiles de la zona.

Trabajaron muy duro y ganaron mucho dinero. Nunca tanto como la gente de allí que trabaja en otras cosas, pero lo suficiente para tener una casita propia con muchas cosas que en España todavía ni existían. No se mezclaron la población local, porque todas las personas extranjeras vivían en el mismo barrio, y en la fábrica solo había un par de alemanes en los puestos de dirección. Nunca aprendieron alemán porque se volvieron para Galicia,                después de 15 años dejándose la vida en las fábricas alemanas.

Echaban de menos su tierra, sus raíces. Su hijo mayor murió cuando volvieron. Se puso enfermo y no llegaron a tiempo al hospital que, por otro lado, no tenía las capacidades técnicas necesarias. Si se hubieran quedado en Alemania, el niño habría sobrevivido. Pero no se puede pensar en lo que una hizo que no se puede cambiar, me dice Mari Carmen. Ahora son parte del núcleo de las fuerzas vivas de un pueblo sin juventud de la ría de Arousa. La droga, las mareas rojas y la escasez de pesca están convirtiendo el pueblo en un «resort» de veraneo.

Si alguien se molestara en hacer una encuesta entre personas migrantes sobre cómo ven su futuro es muy probable que saliera que la gran mayoría se ve de vuelta en su lugar de origen. Es muy difícil migrar, y los comienzos en otro país son complicados y llenos de tristeza y morriña. Hace falta una fuerza física y emocional enorme. Por eso, la gran mayoría de la gente que migra, es joven. Por eso, la mayoría de la gente civil que se ha quedado en Ucrania, tiene más de 70 años.

Otra de las cosas que caracteriza a la gente que migra es que, por lo general, suelen querer trabajar, como Mari Carmen y Paco. «¿Para qué te vas a ir a otro sitio que no es tu hogar si no es para trabajar?», me comenta Mari Carmen, sonriendo. Si alguien se tomara la molestia de hacer una encuesta entre los chavales menores, mal llamados MENA, que están en nuestro país sin papeles, sin duda le saldría que lo que quieren es regularizar su situación para poder trabajar y volver a su casa a ver a su familia.

Muchos de esos chavales conseguirán su objetivo pero otros muchos se quedarán por el camino tras sufrir abusos y vejaciones en los centros de acogida para menores. Esos centros son destructivos para todos los chavales, sean extranjeros o españoles, solo que a los de fuera los atan más a las camas que a los autóctonos, porque al fin de al cabo, son la parte más baja de la pirámide.

Nos intentan hacer creer que nos estamos enfrentando a un hecho histórico sin precedentes en el que hordas de migrantes malos atacan nuestros espacios vitales. Los migrantes buenos fueron nuestros abuelos. Algunos migrantes, siempre abuelos de otras, no fueron tan buenos. Los italianos que crearon la mafia en Estados Unidos fueron sin duda la excepción, de ellos nadie se acuerda en Italia cuya opinión pública pide a gritos que alguien ponga orden. Todo esto mientras las zonas rurales cada vez más despobladas sufren de una escasez de mano de obra sin precedentes.

Ese es el orden que queremos: militares en las fronteras y países con pirámide poblacional con forma de bomba nuclear. No nos damos cuenta de que lo que es realmente histórico de nuestra época es ese lobo con piel de cordero, ese caos que invierte miles millones en sistemas militares de contención y destrucción aplicados a una población civil que de llegar sana y salva a nuestro países básicamente solo trabajaría como lo hicieron nuestros antepasados en Alemania."

( Lucila Rodríguez-Alarcón,  Fundación porCausa  , Other News, 23/01/24)

10.1.24

Un amigo de 34 años quiere irse de Madrid porque sobrevive “con 1.500 euros al mes”... su salario está por encima de lo común en España, y si vuelve al pueblo no encontrará trabajo de lo suyo. Es el estado de nuestro ascensor social: muchos jóvenes con estudios superiores no lograrán ya nunca ser aquella clase media, hoy tan depauperada... muchos han defendido la dignidad de las mujeres que fregaron escaleras porque gracias a ellas sus hijos pudieron ir a la universidad. El drama, lo que nadie señala, es que esos casos de éxito no tienen por qué traducirse hoy en un nivel de vida mejor, debido a los bajos salarios en España y la pérdida de poder adquisitivo en la última década... Asistimos al deslizamiento a la baja de la clase media en la cara de la juventud actual... además, raramente se habla de cómo recuperar a la clase media (Estefanía Molina)

 "Un amigo de 34 años quiere irse de Madrid porque sobrevive “con 1.500 euros al mes”. Se ha vuelto un sueldo que se queda muy corto para una persona sola en una gran ciudad, véase Barcelona, donde el alquiler medio se disparó recientemente a 1.200 euros mensuales. Sin embargo, su salario está por encima de lo común en España, y si vuelve al pueblo no encontrará trabajo de lo suyo. Es el estado de nuestro ascensor social: no solo ha reventado para una mayoría, sino que muchos chavales con estudios superiores tampoco lograrán ya nunca ser aquella clase media, hoy tan depauperada.

Sin embargo, nos deleitamos con relatos nostálgicos de superación. Muchos han alabado al ministro de Economía, Carlos Cuerpo, por su historia familiar: de un abuelo que trabajaba en la mina a todo un doctor en su disciplina, que entró un cuerpo de élite de funcionarios del Estado y cobra un merecido sueldo en la actualidad. Otros han defendido la dignidad de las mujeres que fregaron escaleras porque gracias a ellas sus hijos pudieron ir a la universidad. El drama, lo que nadie señala, es que esos casos de éxito no tienen por qué traducirse hoy en un nivel de vida mejor, debido a los bajos salarios en España y la pérdida de poder adquisitivo en la última década.

Asistimos al deslizamiento a la baja de la clase media en la cara de la juventud actual. Está claro que nunca será lo mismo tener estudios que no tenerlos o dedicarse a unos sectores de más valor añadido que a otros. El salario medio entre 25 y 34 años asciende hoy a 22.206 euros brutos al año, según el INE, lo que en muchos lugares da para emanciparse solo si uno tiene pareja, comparte piso, o recibe ayuda de sus padres, justo en esa edad en la que debería formar familia o emprender un proyecto personal. En conjunto, quienes tienen estudios superiores cobran de media 31.773 euros brutos al año. En definitiva, son sueldos superiores a los de la mayoría de ciudadanos, pero cabe preguntarse si son sueldazos, o incluso si resultan suficientes para la vida actual, pese a haber tenido más oportunidades que sus mayores.

Tanto es así, que hubo un estallido en las redes cuando un dirigente del Partido Popular afirmó que las rentas medias y bajas cobran “entre 30.000 y 60.000 euros al mes”. Muchos usuarios le dieron la razón. Que la mitad de los ciudadanos españoles tuviesen en 2021 una renta de 20.500 euros anuales o que 25.540,8 euros brutos fuera el salario medio en 2022 no quiere decir que formen la clase media. Por clase media uno solía entender la autonomía y la capacidad económica para desarrollar el proyecto personal elegido —en solitario o en familia— y darse algún pequeño capricho, o incluso ahorrar, algo a lo que hoy no puede llegar una mayoría. Que solo un 3% de ciudadanos ingresen en España más de 60.000 euros al año no quiere decir que sean ricos per se. De lo que esas cifras hablan, lamentablemente, es de una mayoría de profesionales que no los cobran, pese a tener brillantes currículos, estudios e idiomas.

Y la foto amaga con ir a peor. En una o dos generaciones, cada vez menos jóvenes disfrutarán de los paliativos del cojín familiar. Si un buen número de jóvenes logran aún atenuar su precariedad es gracias a las pensiones de sus abuelos, o las propiedades y el patrimonio que les legan sus padres. Pero pronto habrá muchos menos mileniales o centeniales propietarios, debido a su incapacidad para ahorrar o ser independientes con su propio sueldo. La vivienda será para los eventuales hijos de esas generaciones un flagrante separador de clase, si no lo es ya, porque muchos ya no tendrán nada a heredar, dependiendo de su renta anual, atrapados en un bucle de pobreza o desigualdad.

El caso es que el progresismo está sensibilizado con la precariedad, pero tampoco ofrece un horizonte mejor a largo plazo. Da la impresión de que se ha asumido la implosión del ascensor social de forma irreversible, conformándose ya solo con que la gente no caiga en la absoluta pobreza. El discurso actual de la izquierda gobernante pivota sobre cuestiones esenciales como el salario mínimo o el apoyo a las clases más vulnerables, pero raramente se habla de cómo recuperar a la clase media. Su visión bebe mucho del determinismo posterior al 15-M, de esa idea de que ya solo queda un Estado asistencial que dé cobijo en las crisis mediante la revalorización de las pensiones o la inyección de ciertas ayudas, tratando de limar la precariedad o la pobreza, sin ofrecer un proyecto ambicioso más allá. Y es que tener un trabajo no resulta hoy garantía de una vida suficiente, por mucho que celebremos los datos de crecimiento del empleo.

Tampoco es que la derecha tenga un programa más esperanzador. Si su buque insignia es Isabel Díaz Ayuso, solo se puede esperar un negacionismo de la pobreza que afirma que hablar de justicia social solo sirve a la confrontación, o bien, comulgar con el fomento de la desigualdad mediante regresivas bajadas de impuestos. Ese mismo PP que ahora alude a las clases medias tampoco impidió su hundimiento durante la crisis de austeridad. Si la alternativa es Vox, su palmarés pasa por llamar cobradores de “paguitas” a los ciudadanos que han caído en la vulnerabilidad o fomentar la desprotección del trabajador. Sin embargo, muchos ciudadanos aún compran la pulsión liberal en Europa porque prefieren entregar su vida a la ilusión de un futuro incierto que asumir la certeza de la precariedad estructural.

Aunque el problema podría ser mucho peor: que más jóvenes decidan emigrar, como está pasando ya. Un informe del BBVA cifra en 154.800 millones de euros el valor del capital humano perdido en España en 2022, debido a la emigración a otros países de personas en edad de trabajar, un 40% más que en 2019, el año anterior a la pandemia. Cada vez que uno de mis amigos me pregunta si vuelven a España desde Copenhague, Londres o Berlín le sugiero que no: cobran mejor allí donde están y concilian más. Aunque el drama siempre puede ser peor: que pese a recibir un sueldo “privilegiado” en España, uno tuviera que sobrevivir o la política no ofreciera alternativas al regreso de la clase media —si es que no está pasando ya—."                    (Estefanía Molina es politóloga, El País, 04/01/24)

14.7.23

Sobre pucherazos... “Te pagaban 50 dólares por ir a votar y votamos todos a Fraga... cuando ibas al correo te daban un bono de 50 dólares”... la confesión de un hijo de emigrantes gallegos en Argentina, en la radio pública gallega... "Quien tiene un problema con la manipulación de votos es el PP"... es precisamente el Partido Popular, que en Galicia fue relacionado con el denominado carretaxe en distintas elecciones municipales y autonómicas... que consisten en llevar a los votantes directamente desde sus casas hasta las urnas para tratar de decantar procesos electorales... en 2012, desplazado en autobuses a unos 300 ancianos de la residencia de Rairo (Ourense) para votar

 "La controversia y la sospecha es desde siempre fiel compañera del voto emigrante en las elecciones gallegas. 

Manuel Fraga, consciente del peso determinante que tenía la emigración gallega y sus descendientes en el extranjero, especialmente en Sudamérica, para las elecciones, celebraba grandes encuentros con los gallegos del otro lado del Atlántico. “Me acuerdo que fue una vez fue Fraga y había llevado como 400 kilos de pulpo para invitar”, hace memoria el músico Juan Carlos Cambas, hijo de emigrantes en Argentina, en una entrevista en la radio pública gallega.

“Bueno, a mí si me traen 400 kilos de pulpo voto a quien sea”, bromea el conductor del programa. Un comentario que no está lejos de la realidad que relata el músico a continuación: “Te pagaban 50 dólares para ir a votar y todos fuimos a votar a Fraga”.

El entrevistado explica que “cuando ibas al correo te daban un bono de 50 dólares”. “Sí, pasaban cosas muy raras”, insiste ante el comentario incrédulo del presentador que zanja la conversación indicando que la situación daría también para un documental como el que es motivo de la entrevista, que narra la historia familiar del músico en la emigración. Juan Carlos Cambas, pianista dedicado a la música de raíz argentina, nació al otro lado del Atlántico hijo de una gallega y un asturiano y desde 2002 reside en Galicia. Su historia es la que cuenta en su último trabajo, A Viaxe / Dende Arxentina ata Galicia (El Viaje / Desde Argentina hasta Galicia) y en el que colaboran músicos como Silvio Rodríguez, Kepa Junkera, Dulce Pontes o Uxía, entre otros.

Cambas narra que tiene la ciudadanía española desde los 18 años y confiesa que ha votado “algunas veces sin saber a quien votaba”. “Incluso hay más votantes gallegos en Buenos Aires que en Lugo y Ourense juntos. Pero de aquel lado no conoces mucho de lo que pasa en este lado”, contextualiza. En realidad, la comunidad con derecho a voto en las elecciones gallegas en toda Argentina, más de 165.000 este año, no supera a los electores de ninguna de las provincias gallegas, tampoco de las menos pobladas. En los datos más antiguos que ofrece el INE, de los comicios al Parlamento gallego de 2001, el censo de residentes ausentes (CERA) refleja que, desde Argentina, podían votar incluso menos, 79.300 personas.

Sin embargo, por aquel entonces, la participación de la comunidad gallega en el exterior era mucho mayor que la actual, ya que no era preciso solicitar el voto rogado -como se debe hacer desde 2011- y las papeletas llegaban sin pedirlas. En las pasadas elecciones autonómicas, en 2016, se abstuvieron el 98% de las 446.000 personas con derecho a voto desde el extranjero. De los más de 10.000 votos emitidos por este censo, el 49% fue para el Partido Popular. En 2001, con un censo mucho menor que en 2016, el número de papeletas enviadas por los residentes ausentes fue de más de 68.500 y el porcentaje de participación superior al 25%. "                 (eldiariodegalicia.es, 30/05/20)

 

"La vicepresidenta segunda del Gobierno y candidata de Sumar a las elecciones generales del 23 de julio, Yolanda Díaz, se ha referido este jueves a las dudas sembradas por el Partido Popular acerca del funcionamiento del voto por correo en estos comicios. 

El presidente de la formación, Alberto Núñez Feijóo, ha puesto en duda la voluntad del servicio de Correos para gestionar todas las peticiones y repartir todos los votos, algo que ha rechazado de manera categórica Díaz en una entrevista en Espejo Público.

La vicepresidenta, de hecho, ha recordado que si hay alguien que tenga "problemas" con asuntos relacionados con "la manipulación del voto" es precisamente el Partido Popular, que en Galicia fue relacionado con el denominado carretaxe en distintas elecciones municipales y autonómicas.

Este fenómeno, muy conocido en la política gallega, engloba aquellas prácticas poco éticas que consisten en llevar a los votantes directamente desde sus casas hasta las urnas para tratar de decantar procesos electorales.

En diferentes elecciones autonómicas y municipales, partidos como el PSdeG, el BNG o, en su día, Alternativa Galega de Esquerda (AGE), acusaron al PP de llevar a personas de avanzada edad desde sus domicilios o desde residencias para que depositen votos a favor de los conservadores. En las elecciones gallegas de 2012, AGE denunció que los conservadores habían desplazado en autobuses a unos 300 ancianos de la residencia de Rairo (Ourense) para votar.

A las personas desplazadas con este fin por partidos políticos se las denomina carretada, y a la práctica, el carrexo o carretaxe. "Cuidado con lo que está diciendo el presidente del PP. Yo soy gallega, el que tiene un problema con la manipulación del voto es el PP, con el carretaxe y las sacas de votos. Yo he denunciado en Lugo que votaban personas con discapacidades sin certificados para poder votar. Mandemos un mensaje de tranquilidad. Yo he votado en las pasadas elecciones por correo y no ha fallado nada", ha defendido la candidata de Sumar.

 Feijóo ha sembrado la duda sobre los "jefes" de Correos, a lo que Díaz ha respondido que "los jefes no reparten el voto". La vicepresidenta ha señalado que los trabajadores del servicio postal viene sufriendo "un deterioro de sus condiciones" precisamente desde que Feijóo fue designado como presidente de Correos (2000-2003), durante el Gobierno de José María Aznar.

"La situación de Correos lleva así mucho tiempo por la gestión del PP, que practicó los mayores recortes. Lo que hizo el señor Feijóo es muy grave y yo le pido respeto a los 50.000 trabajadores de Correos. Los jefes no reparten la documentación, las contrataciones ya se están formulando. Cuidado con lo que esta diciendo el presidente del PP", ha insistido la candidata de Sumar."                    (Alexis Romero, Público, 13/07/23)

28.3.23

“Nos han engañado”: científicos atraídos a España por unas ayudas públicas renuncian por la falta de perspectivas

 "Tras casi diez años en el extranjero, Beatriz de Diego vio una oportunidad de retorno en la convocatoria de las ayudas Margarita Salas y María Zambrano, unas ayudas creadas por el Ministerio de Universidades en plena pandemia para recualificar a los científicos españoles y atraer talento investigador, tanto nacional como extranjero. Dada su experiencia, De Diego obtuvo una Zambrano, una ayuda que prometía un salario de 4.000 euros brutos al mes. Pero había letra pequeña, y ante la poca perspectiva de estabilización a futuro –los contratos duran tres años y por el momento no hay perspectiva de renovarlos– o que la universidad descuente de su salario los costes empresariales de la Seguridad Social —unos mil euros menos cada mes—, renunció a su plaza tras apenas medio año. 

 “Aunque ganase menos que en Estados Unidos, la Zambrano parecía un buen puente para volverme a España”, explica la científica de desarrollo del lenguaje en niños en la Universitat Autónoma de Barcelona. Pero no contaba con que iba a ganar tanto menos. “Cuando firmé el contrato mi nómina era de 1.000 euros menos de lo prometido en el BOE. Acepté porque tenía que quedarme. Lo que no imaginaba era la incertidumbre en la que te ves en España con estas ayudas; desvalorizan nuestra experiencia”. Ahora esta científica segoviana trabaja con una plaza pública de profesora ayudante doctor en la Universidad de Valladolid, un puesto “muy por debajo” de la experiencia que ella tiene, asegura. Aunque cobra “más o menos” como con la Zambrano, recibe en su cuenta hasta cinco veces menos de lo que ingresaba en Arizona.

 De Diego lo dejó, pero muchos beneficiarios de una ayuda María Zambrano o Margarita Salas se han quedado. Y están en pie de guerra. Aprovechando que el ministerio redactó una convocatoria ambigua, que daba libertad a las universidades para establecer la relación laboral que quisieran con sus investigadores, la mayoría de los centros les hicieron contratos por los que pagan las cuotas empresariales a la Seguridad Social, el dinero que habitualmente pone el empleador, con los fondos de la convocatoria. Con el dinero que Manuel Castells, el ministro que puso en marcha los programas, anunció como parte de las nóminas. Los científicos creen que es ilegal y el caso está en los juzgados. Con un resultado desigual por el momento.

La Justicia de Castilla y León y la Inspección de Trabajo en Valencia han decretado que es ilegal extraer del salario de los trabajadores los costes de la cuota patronal. Según este razonamiento, solo cuatro universidades lo hacen bien y están pagando la totalidad de las ayudas que prometió el Ministerio de Universidades. Pero los rectorados también tienen una sentencia estimatoria: el TSJ de Murcia falló en su favor. El caso apunta al Supremo, que tendrá que unificar doctrina. La CRUE, que aglutina a las universidades públicas, emitió un comunicado este jueves en el que recuerda que el ministerio permitía a las universidades detraer la cuota patronal de los fondos de los investigadores y defiende esta práctica a la vez que dice que las universidades “apuestan por el desarrollo de la carrera del personal investigador en las mejores condiciones”.

 Estos contratos para investigadores posdoctorales contaban con una inversión de la UE de 387,15 millones de euros para el período 2021-2023. Según indica el Ministerio, se repartieron en las universidades públicas españolas un total de 3.914 plazas: 1.218 de María Zambrano —las más prestigiosas, exigen más experiencia— y 2.696 plazas de Margarita Salas.

“Es un parche sin planificación de futuro”

Como Beatriz de Diego, Miguel Moreno llevaba un tiempo fuera y quería volver. Este paleontólogo acumulaba seis años en la Universidade Nova de Lisboa, en Portugal, cuando consiguió una María Zambrano en la Universidad de Zaragoza. Duró poco: en cuanto llegó una oferta con mayor proyección de futuro canceló la ayuda del ministerio. Aunque ahora cobra menos, recibe la ayuda Ramón y Cajal en el mismo centro y esta ayuda “tiene más garantías de consolidación y facilidades para obtener una plaza de profesor. Cobro unos 300 euros menos al mes, que se compensa con tener 14 pagas en vez de 12, aunque en el cómputo total sigo perdiendo dinero”.

 Con más perspectiva, este investigador, opina que “son unas ayudas parche, sin planificación de futuro”. Además de retraer de su salario los costes empresariales de la Seguridad Social, “tampoco se paga la antigüedad, no se pueden solicitar doctorandos o liderar proyectos”. Aún así, los investigadores beneficiarios de las Zambrano consultados coinciden en que los Margarita Salas, que cobran entre 1.200 y 500 euros menos según la modalidad, son los que están teniendo más problemas económicos, sobre todo en el extranjero.

Los extranjeros que vienen a España

Las ayudas María Zambrano también se usaron con el argumento de atraer talento internacional, no solo de las personas españolas emigradas en el pasado. La brasileña Amalia Pérez era catedrática e investigadora en la Universidad de Brasilia, pero tiene raíces españolas y ya había hecho una estancia internacional en Valencia. Estas ayudas le parecieron una oportunidad para trasladarse a España junto a su familia. Obtuvo una plaza en la Universidad de Zaragoza. Sin embargo, asegura que se sintió engañada cuando vio la primera nómina: “Sabía que la oferta hablaba de euros en bruto, pero no es lo mismo esperar recibir más de 3.000 euros netos que 2.300, más aún cuando vienes con hijos”. “Vine cobrando menos que en Brasil y allí ya teníamos una casa en propiedad. Que te traten así, sumado a toda la burocracia que hay, hasta duele”, lamenta la investigadora en psicología de entornos laborales.

 “Se me va casi todo el sueldo en el alquiler. De no ser porque mi marido trabaja no sé que sería de nosotros”, señala Pérez y espera que con la última sentencia judicial, favorable, “esto se arregle pronto”. En su opinión, lo peor “es que parece que no interesa que nos quedemos, solo ocurre si lo ofrecen desde el departamento”. “Me encanta lo que hago y soy consciente de la falta de financiación de las universidades, pero las instituciones deberían arreglarlo”, demanda. “Te planteas mucho si esto merece la pena. Haces un esfuerzo y mueves a tu familia y tu vida para estar con el agua al cuello en otro país. Cambias todo para no tener ninguna certeza. Tiene un coste humano y psicológico muy duro”.

Al peruano Renzo Espinosa, investigador de energías renovables en simulaciones con departamentos eléctricos, también le pareció una buena oportunidad trabajar en España con una de estas ayudas. “El proyecto de la Universidad Politécnica de Catalunya me interesaba mucho. Dejé mi trabajo y me mudé”, detalla Espinosa que, igual que Amalia Pérez, se marchó con su familia desde Brasil. Él se enteró de que iba a cobrar menos poco antes de venir a España: “Ya tenía los billetes comprados y habíamos vendido el coche. Cuando te enteras piensas: 'Podré con esto'”.

Preguntado por la convocatoria, dice no sentirse engañado, pero que “cuando uno es de fuera y planea las cosas no conoce los pormenores de la ley como para que te avisen a un mes de venir”. “En Brasil cobraba más y tenía un trabajo fijo. Duele apostar todo por venirte y acabar haciendo malabares con el dinero”, reflexiona e insiste en destacar que le encanta su trabajo y el departamento, pero que al darse cuenta de que “las convocatorias tenían negligencias y que te pagan menos uno no puede ser completamente feliz”.

 Otros científicos han encontrado diferentes ayudas para quedarse en España. Le ha sucedido al italiano Neri Marsili, investigador de filosofía de la comunicación. Explica que una vez vio estas ayudas le pareció una buena idea trasladarse a España. Él, relata, se enteró de que le descontarían la cuota patronal poco antes de llegar, por lo que decidió buscar alternativas. “Cuando me lo dijeron no me lo creía y pensé que era ridículo y que nos engañaban”, señala el investigador, que también ha trabajado en Inglaterra. 

 Marsili comenzó el contrato en la UB, pero a los pocos meses lo dejó por otra de un plan de atracción de talento de la Comunidad de Madrid en la UNED, donde cobra más y tiene una duración de cinco años. “Quitando los gastos empresariales de la Seguridad Social del salario, si se compara con con otras ayudas de otros países no es competitiva. Me parece muy hipócrita que pongan estas letras pequeñas”, lamenta.

¿Calidad o cantidad?

Una crítica generalizada de las fuentes consultadas es la falta de estabilización de estas ayudas para el científico que viene del extranjero. “Han apostado más por la cantidad de oferta de plazas y no tanto por las buenas condiciones económicas, laborales y con perspectivas de futuro”, opina Beatriz de Diego, para quien la responsabilidad “es tanto del Ministerio por no ser claro como de las universidades por no ejecutar correctamente sus pagos”.

“Las María Zambrano cobran menos de lo que se les prometió, pero más que casi todos los contratos equivalentes”, subraya por su parte Miguel Moreno. Este científico opina sobre el Ministerio que como es una inyección de dinero puntual, “probablemente no se repita y no quieren ser el Gobierno que subió los salarios un año para bajarlos al año siguiente”. “Si la idea atraer a gente que tuviese un recorrido en la investigación no lo han hecho bien. Desilusiona estar así”, añade por su parte Amalia Pérez."                         (Raúl Novoa , eldiario.es, 23/03/23)