"En 1971, marchó la gallega Casilda Hervés Gómez de emigrante
a Francia. Aunque tenía 25 aventureros años, el viaje lo hizo sin parar
de llorar. Sola, sin teléfonos como hoy, sin saber ni palabra de
francés. Tenía una niña de tres años y otra que no cumplía los dos. “Fue
muy negro, muy negro dejar a mis hijas. Cuando llegó el taxista de Vigo
a recogerme vi el demonio delante de mí, me las tuvieron que arrancar
de los brazos, pero yo sabía que tenía que marchar. Fui llorando todo el
camino”. Hasta que otros españoles en el mismo tren le preguntaron: ¿a
quién dejas? “A mis hijas y a mis padres”, contestó. “Pues yo dejo tres
hijas, mi mujer y mis padres y me voy solo, tú por lo menos vas a ver a
tu marido”, le espetó el otro para que calmara el llanto. “Cogí
vergüenza y sequé las lágrimas”. A lo largo de su relato para este
reportaje, la voz le temblará de nuevo por teléfono desde su pueblo de A
Estrada (Pontevedra), cuando rememore la herida de aquel tiempo: “Mi
hija me dijo un día: ‘Mamá, te quiero mucho, pero no te perdonaré nunca
que nos dejaras’. Eso duele, duele mucho”.
No todo fueron penurias para los españoles que partieron a la emigración
europea huyendo de la miseria propia y, de paso, lavando la cara de la
España franquista, que envió con gusto al extranjero a quienes le
estorbaban en sus estadísticas de desempleo y de los que recibió hasta
9.000 millones de dólares mediante remesas en 15 años. Pero sí fue “la
historia de un fracaso y la búsqueda de un éxito que, si se consiguió,
dejó heridas en el camino”, dice Joaquín Riera Ginestar, que ha escrito Emigrantes. La historia olvidada de la emigración a Europa (1960-1975), editado por Arzalia, de donde se han extraído los datos de este reportaje.
Catedrático
de Geografía e Historia, el autor valenciano apenas encuentra un par de
diferencias entre aquella migración y la que hoy vive España, por más
que el tiempo se haya empeñado en borrar los peores capítulos de aquel éxodo
y muchos de los 3,5 millones que salieron a Alemania, Francia y Suiza,
los principales destinos, no quieran recordar ya aquellos barracones
desangelados, las habitaciones atestadas de literas, la suciedad
acumulada por falta de saneamiento, las nueve duchas para 900 personas,
el hambre de algunos o el aliento de la policía cuando no tenían
papeles. Porque la mitad de los que marcharon a esos tres países en ese
periodo fueron de forma ilegal, eludiendo el Instituto Español de
Emigración (IEE) que tantos retrasos acumulaba en las peticiones y que
les sometía a tortuosos exámenes médicos, por no hablar de las discriminaciones políticas, laborales
y de género que se oponían a sus traslados. Franco no quería dejar
escapar la mano de obra cualificada, ni que salieran las mujeres, porque
tenerlas en casa garantizaba el envío de dinero cada mes, detalla el
autor del ensayo.
Sin papeles y “calladito”
A
principios de los sesenta estaba Pepe Vidales cuidando sus vacas en
Destriana (León) cuando un paisano le dijo que se iba a Francia. Ahí
mismo agarró el muchacho la bicicleta y se fue con él. Y ahí se quedaron
las vacas y se quedó el campo y los dineros que no alcanzaban. Por esa
vía, la de paisanos, parientes y amigos que hacían de enlace con los
empresarios que necesitaban mano de obra en aquella Europa que despegaba
sin obstáculos salieron la mitad de los emigrantes. Alemania reclamaba
nominalmente a muchos de ellos y aunque a Franco no le gustaba ese
método, que consideraba ilegal, tragó con él. Otros pasaron algunos
meses en la clandestinidad mientras conseguían los papeles, buscando
empleo o trabajando en negro. A Emilio Prieto lo llamó su primo desde
Suiza, “que allí se ganaba bien”. “¿Con papeles? Y una mierda. Un año
estuve trabajando ilegal. Eso que dicen ahora de que los españoles
íbamos con papeles no es verdad. ¿Que cómo hacía? Pues calladito y en
casa, con miedo por si me agarraban”.
Suiza, explica
Riera Ginestar, era “uno de los países con las normas más racistas, con
condiciones casi de libertad condicional, no podían cambiar de sector
laboral ni de cantón”, y con fuertes amenazas de expulsión que rara vez
se concretaban “porque los necesitaban y se aprovechaban de su
vulnerabilidad”. "La reagrupación familiar allí
era una odisea”, añade. Así que Emilio, también gallego, recibió en
Davos a su mujer, Mari Carmen Fariñas, pero tuvieron que dejar a los
chicos al cuidado de los abuelos. “Un día se montó una pelea en un bar y
mi primo me dijo que me largara de allí corriendo, por si venía la
policía”. Tampoco el empresario podía legalizarlo aunque quisiera, pero
Emilio lo recuerda muy honrado: “Me pagó el año entero y hasta el dinero
de los impuestos que se había ahorrado por no tener yo papeles”. Cuando
su situación se regularizó cobraba menos porque entonces fue él quien
tuvo que pagar los impuestos: “Pero no me importaba, no estoy en contra
de pagar impuestos”, afirma convencido.
Emilio también
estuvo en “una habitación ilegal”, dice. “Y ahora, cuando veo que
critican a los que están aquí, que vienen en esos barquitos, me da asco
que se hable así de ellos. Yo por lo menos no tuve que llegar en
patera”. Tampoco sabía el idioma. “Pues claro que no, es que yo no fui a
Suiza a aprender alemán”, dice con sorna. Le releva al teléfono su
esposa: “Yo empecé de camarera de habitaciones en un hotel y al inicio
estaba aturdida, era todo muy difícil. Muy bonito, eso sí, limpio,
ordenado, me gustaba. Después limpié aulas, en un supermercado”. De
lunes a sábado. ¿Y el domingo? “A limpiar apartamentos de turistas, eso
ya en dinero B, era un riesgo, pero bueno”, se ríe, ya jubilada y
disfrutando del futuro que se fueron labrando: una casa, un huertico y
unas gallinas. Cuando regresó a España aún estuvo diez años limpiando y
cuidando niños, ella, que apenas pudo dedicar el tiempo de vacaciones a
los suyos. “Una colombiana hoy en España podría contar prácticamente lo
mismo”, afirma Riera Ginestar.
El mismo sambenito
El
arquitecto y escritor suizo Max Frisch describió con una frase
lapidaria el drama humano inherente a la migración, antes y ahora:
“Pedimos trabajadores y vinieron personas”. Con ella arranca otro de los
capítulos del libro de Riera Ginestar en el que describe que tampoco
aquellos ruidosos españoles gozaban de la mejor fama en el extranjero,
ni se libraron del sambenito de la delincuencia que la derecha cuelga
ahora a miles de africanos en España.
El
ambiente era como mucho “de tensa multiculturalidad”, se lee en el
libro. La integración, explica el autor, falló por ambas partes. Los
españoles partían de una formación pobre y de ambientes rurales,
limitaciones que hacían más cómoda una relación entre paisanos, mientras
que los nacionales y los medios de comunicación, en un mundo donde lo
políticamente correcto aún no había hecho acto de presencia, los
acusaban “de sucios y de portar enfermedades, manipulaban los datos
obviando la realidad y les culpaban de las pésimas condiciones en las
que vivían”, escribe Riera Ginestar.
Los migrantes
salían con la idea de hacer mucho dinero en poco tiempo, dos condiciones
que resultaron erróneas. En no pocos casos los sueldos de un matrimonio
se dividían, uno iba para España y el otro se quedaba pagando impuestos
en Alemania, o en Francia. Pronto descubrieron que necesitaban más
tiempo para conseguir el propósito que les aupó al tren con sus fardos.
Pero los años iban pasando y un día las lágrimas cambiaron de bando:
ahora se vertían por el regreso, cuando ya la adaptación les procuraba
momentos felices. Las copas al aire, tras el último brindis con anís,
tiraba Adelina López en Bellegarde (Francia), después de beberlas con
sus amigas en la Nochebuena. No era para menos, tenía un buen trabajo en
una empresa de botes de aluminio y dos niñas que habían nacido en
Francia entre el festejo de decenas de paisanos; una casita con jardín,
tortuga y lavadero. Si a algunos les arrebataban los embutidos en las
aduanas, Adelina y su marido, Toribio Vidales, acabaron incluso haciendo
la matanza del cerdo en Francia, donde pasaron 14 años, en barrios
donde todos se conocían por el gentilicio: la portuguesa, el yugoslavo,
los italianos o aquellos marroquíes que compartieron buhardilla con
Adelina un tiempo. “Eran majísimos”, dice, mientras guisa un conejo en
casa de su hija en Madrid.
Mujeres libres
Si
un día Europa celebra los éxitos de su famoso acelerador de partículas,
el LHC de Ginebra, tendrá que empezar por agradecer el trabajo de miles
de emigrantes griegos, portugueses, italianos, turcos, y de muchos
españoles, como Toribio, que se desempeñó abriendo aquellos túneles
destinados a la ciencia puntera que hoy enorgullece al continente. En la
frontera con Suiza, Toribio salía de mañana y volvía a Francia a
dormir. Los fines de semana daba peonadas en el campo si le llamaban
para sacar patatas. “Poco, pero ibas ahorrando”, dice. De los siete
hermanos de Adelina, solo uno quedó en Destriana, otro marchó a Bilbao
en la emigración interior, y cinco cruzaron los Pirineos, uno de ellos
para siempre.
Normalmente eran los maridos los que
querían volver, explica Riera Ginestar. Para las españolas, el mundo que
se abrió al otro lado de la frontera no fue solo el del trabajo y más
trabajo. Si alguien aprendió lo que era la libertad lejos de la
dictadura, fueron ellas. “En la madrugada del 19 de marzo de 1960, 43
mujeres de la provincia de Salamanca, la mayoría bejaranas, emprendían
un viaje en autocar de 2.000 kilómetros y casi tres días de duración
hasta Remscheid-Lennep”. Así arranca el libro que escribió la profesora
de Literatura Mercedes Riba Hernández. Cuenta en él la historia de
aquellas pioneras que partieron antes incluso de que Alemania y España
hubieran firmado los acuerdos de migración. En Alemania se necesitaban
con urgencia trabajadoras del textil, una industria antaño floreciente
en Béjar que había ido cayendo en picado.
En aquel país
aprendieron a ser más libres y no fueron pocos los matrimonios mixtos
que se formaron. Algunas, explica Riba Hernández, huían de maridos
maltratadores de los que no podían divorciarse en España, “de presiones
familiares y sociales, de la mediocridad provinciana y de las estrictas
normas de la moralidad nacionalcatólica”. Por fin solas en los bares,
fumando si querían y vistiendo lo que les daba la gana. Una exposición,
que se inaugurará simultáneamente el 3 de junio en el Museo de la
Industria Textil de Béjar y en la biblioteca de la Bergische Universität
Wuppertal alemana, recuperará aquella memoria.
Cuando
Casilda Hervés, hoy de 80 años, dejó de llorar en aquel tren y arribó a
la estación de Lyon pasó las de Caín porque no daba con su marido.
Pensó: “Yo aquí no me quedo”. Pero Francia le abrió un mundo nuevo. “Me
acordaba de mis hijas día y noche, pero puedo decir que tuve buenas
amigas francesas. Nos íbamos a las tiendas a probarnos ropa, no
comprábamos ninguna, pero eso ya era mucho”. “Las francesas eran libres,
nosotras estábamos atadas, ellas no dependían de nadie y a mí tampoco
me gusta que me manden mucho, a ellas no les importaba lo que dijeran
los demás, aprendí mucho”, se ríe. “Soy feminista desde entonces”,
asegura.
Casilda miraba los niños de su amiga Nicole, de
la misma edad que las suyas. “Me gustaba mirarlas”. Pero también sacó
tiempo para revolucionar su empresa y fue “la culpable de que se montara
un sindicato allí”. “A mi marido se le metió en la cabeza que había que
regresar, decía que había ganado más dinero en España a la vuelta que
en Francia, pero, si te digo la verdad, más me habría valido llevarme a
mis hijas a Francia”, cuenta por teléfono. Empoderada, politizada y con
conciencia de clase, Casilda siguió manifestándose en Galicia cuando
tuvo la oportunidad. Se acordaba de cuando cuidaba vacas con su madre y
una pareja de la Guardia Civil dio una paliza a un hombre en el campo.
“Y no podías hablar”. Era muy niña entonces y Francia la cambiaría por
completo.
Las Casas de España y los curas
La
política nunca estuvo ausente del todo entre los emigrantes, a pesar de
que ellos sabían bien a qué habían ido: trabajo y ahorro. Pero el
franquismo no quería que esas influencias libertarias volvieran a casa
con ellos y trató de amarrar la moral mediante el folklore en las Casas
de España y el envío de decenas de capellanes que conservaban las
tradiciones religiosas, pero que, a la postre, le salieron rana al
régimen y colaboraron para paliar las carencias de los españoles en el
extranjero, como los curas rojos de las periferias urbanas en el fin de
la dictadura.
El dibujante Kim, autor de las famosas viñetas de Martínez el Facha y
de varios libros, también se fue a Alemania en los sesenta. Él era
distinto, tenía 19 años y estudios. Pensó en sacar algún dinerillo. Vio
aquellos albergues donde se hacinaban los españoles y cómo un día
llegaron unos falangistas a inocular moralina y fueron expulsados a
tomatazos. “¡Vosotros me matasteis a un hermano!”, les gritó alguno.
Recuerda las mafias que falsificaban los documentos de los emigrantes
para borrar la palabra “turismo” y poner “trabajo”; recuerda también a
los españoles frente a los pollos que daban vueltas en el asador mirando
con cara de hambre; la megafonía que les pedía no orinar en el parque y
hacer uso de los servicios públicos; los rememora tumbados sin nada qué
hacer en sus pocos ratos libres escuchando emisoras españolas de
canciones con dedicatorias para los emigrantes. Y cómo él les escribía y
leía las cartas. De todo aquello salió un libro ilustrado, Nieve en los bolsillos. Alemania, 1963 (Norma Editorial). Las historias de los emigrantes podrían llenar una biblioteca entera.
“Lo
que tenemos ahora en España no es una invasión, es un drama, una
oportunidad y una necesidad”, concluye Riera Ginestar, a quien le
gustaría que su libro, riguroso y lleno de curiosos detalles
desconocidos para el común, sirviera para “tomar conciencia de que
aquello fue, se está repitiendo y puede volver a repetirse, como la
propia historia”. Si algo diferencia aquella migración de la que se vive
hoy, reflexiona, son los niños que llegan solos a España ahora, dice el
autor, “y quizá la solidaridad, que no se da como entonces, cuando
vemos a algunos explotando a sus compatriotas”. Salvo eso, España fue un
país de emigrantes, aunque ahora no quiera ya mirarse en aquel espejo."
(Carmen Morán Breña , El País, 12/04/26)