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4.4.24

¿Qué hacer con la vivienda? La oferta que hace falta es de vivienda pública y protegida de calidad; la demanda que necesitamos es para vivir... Hacen falta más viviendas, pero viviendas que estén protegidas de los precios de mercado... Tener un parque de vivienda mayoritariamente privado implica que las familias destinan un alto porcentaje de sus ingresos al pago de la vivienda... A la sociedad le cuesta en baja emancipación, en tener menos dinero en el bolsillo, en lastre productivo, en estancamiento vital, en no poder tener hijos... la sociedad gana cuando el acceso a la vivienda es un acceso no mediado por la lógica del mercado: se gana en libertad, tranquilidad y salud mental, en más dinero en el bolsillo, en ahorro de gasto público... En materia de vivienda protegida se tienen que impulsar las asociaciones de lucro limitado que, a cambio de proveer vivienda, reciban ayuda de las instituciones (fiscales, créditos blandos, suelo, asesoría) para que la promoción sea viable. Estas asociaciones están obligadas a reinvertir sus beneficios en mantener los inmuebles y en seguir aumentando el parque de vivienda asequible (Jorge Moruno)

 "El modelo de vivienda es siempre una operación de Estado. Históricamente en España, a diferencia de otros países europeos, se ha orientado la intervención del Estado para impulsar la vivienda de mercado en régimen de propiedad. El peso de la propiedad, aunque ha descendido, es de los más altos de Europa, solo por detrás de países como Rumania y muy por encima de países como Alemania, Austria o Francia. El subdesarrollo de las políticas de bienestar asociadas a la vivienda, junto con un modelo productivo intensivo en sectores que generan mucha precariedad, son efecto y causa de nuestro modelo de vivienda. Un modelo que genera una profecía autocumplida cuando, de facto, alquilar se convierte en tirar el dinero y hacerse mayor sin una vivienda en propiedad aumenta la vulnerabilidad. Sin embargo, que la riqueza de los españoles esté mayoritariamente invertida en ladrillo nos hace ser un país más pobre, salvo que pensemos que por tener un porcentaje más alto de propietarios el ciudadano medio español es más rico que el ciudadano medio austríaco.  

El principal problema de la vivienda es aquello vivido como algo evidente y que ni se piensa ni se problematiza: que la garantía de un derecho fundamental como la vivienda sea principalmente proveída por el mercado y sea guiada por la rentabilidad. ¿Pensamos así la sanidad? ¿Alguien se imagina que el acceso a la sanidad se fundamente y dependa de que unos se lucren con el trabajo de otros? El Estado debe cambiar su política de vivienda para garantizar la seguridad residencial y facilitar la transición a un modelo económico más productivo. Para ello, el Estado debe dejar de hacer lo que ha venido haciendo hasta ahora, a saber, debe dejar de orientar su política y su intervención en promover la vivienda de mercado: deducción por compra, ausencia de leyes de vivienda y mucha liberalización de suelo, vivienda protegida que puede descalificarse, venta de suelo público, enajenación de vivienda pública, avales a la compra y un largo etcétera de políticas que buscan perpetuar la vivienda como bien de mercado en detrimento de la vivienda como un derecho. Donde la vivienda es más un derecho que un bien de mercado, funciona mejor.

Un modelo en el que no hay otra alternativa que la vivienda de mercado es un modelo totalmente disfuncional y por eso es urgente aumentar considerablemente la oferta (pública y social) y también regular el precio de mercado. Se trata de hacer realidad la libertad de elección, porque lo que no funciona y no ha funcionado en ningún sitio es imponer un modelo que obliga a la gente a tener que elegir entre quedarse en casa de los padres, dejarse el sueldo en un alquiler o, si tiene suerte, hipotecarse con el banco durante 30 años. Lo importante es garantizar la seguridad residencial frente al poder del banco y la amenaza de no poder pagar la hipoteca, o de tener que vivir de un alquiler, a precio y condiciones de mercado, que es una fuente de incertidumbre e inestabilidad.

El modelo de vivienda de mercado es un modelo diseñado por el Estado centrado en blindar el negocio privado, que tiene un enorme coste social, económico y supone un lastre para el conjunto del modelo productivo. Y, al contrario, la vivienda segura y asequible es un elemento fundamental para el desarrollo vital, social y económico de un país. Lo importante nunca es fijarse en las medidas de manera aislada, ni en el coste de una política sin tener en cuenta la secuencia entera de impactos, sean estos negativos o positivos. Por ejemplo, es bueno generar deuda para invertir en vivienda pública porque tiene un retorno social y económico, y no tiene sentido endeudarse para pagar gastos corrientes mientras se indulta fiscalmente a los más ricos.

La política de vivienda no es únicamente una cuestión de cantidad, es sobre todo una cuestión de modelo y de definición política del objetivo a lograr. Si lo que se pretende es garantizar la accesibilidad, la asequibilidad y la seguridad residencial, hay que impulsar la vivienda protegida, la vivienda pública, regular (bien) los precios del alquiler privado y ofrecer ayudas en los casos necesarios. La oferta que hace falta es de vivienda pública y protegida de calidad; la demanda que necesitamos es para vivir. Suele decirse: “Hay que sacar más viviendas al mercado”, cuando lo que hace falta es sacar más viviendas del mercado. Hacen falta más viviendas, por supuesto, pero viviendas que estén protegidas de los precios de mercado.

El principal proveedor de vivienda no tiene que ser el mercado, sino operadores sociales que promuevan tanto la vivienda pública y la vivienda protegida como las impulsadas por asociaciones de lucro limitado, lo que en inglés se denomina Housing associations, o las empresas públicas o mixtas de vivienda. Luego, quien quiera y pueda, que compre vivienda de mercado, pero no se puede forzar a la población a tener que comprar o alquilar en el mercado para acceder a una vivienda, y las instituciones tienen la obligación de ofrecer otras alternativas. Tener un parque de vivienda mayoritariamente privado implica que las familias destinan un alto porcentaje de sus ingresos al pago de la vivienda. A la sociedad le cuesta mucho mantener este modelo de vivienda. Le cuesta en baja emancipación, en tener menos dinero en el bolsillo, en lastre productivo, en estancamiento vital, en términos ecológicos, en gasto sanitario, en bonificaciones, en no poder tener hijos, en estrés y salud mental, etc. Y, al revés, la sociedad gana cuando el acceso a la vivienda es mayoritariamente un acceso no mediado por la lógica del mercado: se gana en libertad, tranquilidad y salud mental, seguridad residencial, en más dinero en el bolsillo, en ahorro de gasto público y en mejorar el modo productivo.

En materia de vivienda protegida se tienen que impulsar las asociaciones de lucro limitado que, a cambio de proveer vivienda, reciban ayuda de las instituciones (fiscales, créditos blandos, suelo, asesoría) para que la promoción sea viable. Estas asociaciones están obligadas a reinvertir sus beneficios en mantener los inmuebles y en seguir aumentando el parque de vivienda asequible. Un modelo de vivienda protegida que tienda a la universalidad al que puedan acceder amplios rangos de renta, que sea autofinanciable a través de la financiación cruzada, donde los inquilinos que más tienen más aportan. Un estudio realizado para Canadá indica que el incremento de la vivienda protegida también afecta a la productividad y la economía: “incrementar la vivienda pública y asequible al 7% del total para 2030: aumenta la productividad entre un 5,7% y un 9,3% y tiene un impacto positivo para la economía de entre 67 y 136 billones de dólares.” En otra investigación realizada en el Reino Unido se estima que la construcción de 90.000 viviendas sociales obtendría un retorno económico de 50.000 millones de libras.

En materia de vivienda pública es de sobra conocido que España se encuentra a la cola de Europa. El Gobierno de España, en la parte que le toca porque recordemos que las competencias en vivienda son de las CCAA, ha anunciado su intención de incrementar el parque público de vivienda hasta el 20% del total. Desgraciadamente, ese propósito no cuenta ni con plazos ni con presupuesto: España debería invertir el 1%-2% del PIB en vivienda durante décadas para alcanzar ese propósito.

En un modelo de vivienda donde el acceso no depende del mercado, no solo hay más seguridad residencial y tranquilidad, sino que también es más eficaz. ¿Cómo empezar a transitar hacia ese cambio partiendo de la realidad concreta de nuestro actual modelo? Con normas, presupuesto e instrumentos. Hay que pensar las políticas de vivienda de manera integral y en conjunto, no de manera aislada, acorde a un objetivo que siempre es fruto de una posición política. Hay que hacer muchas cosas al mismo tiempo. 

Normas que, al igual que en el resto de Europa, doten de instrumentos a las instituciones para regular precios, movilizar vivienda vacía, reservar suelo, frenar operaciones especulativas y un largo etcétera de acciones. Presupuesto creciente y sostenido en el tiempo que se invierta en aumentar el parque público y el parque asequible de vivienda. Instrumentos que, más allá del presupuesto, permitan ampliar ese parque de vivienda, ya sea creando operadores que orienten la inversión privada, ya sea creando un banco público de inversión similar al Kreditanstalt für Wiederaufbau (KfW) alemán, a través del cual obtener financiación y canalizar los recursos necesarios para costear el parque público de vivienda. Otro instrumento fundamental pasa por dotar de reconocimiento a la sociedad civil organizada a través de los sindicatos de inquilinos.

Se trata, en definitiva, de buscar por todos los medios recursos y de contar con las leyes que permitan operar y aumentar la oferta de vivienda protegida del mercado. ¿Y cómo se aumenta ese parque de vivienda? Por todas las vías, esto es, comprando mucha vivienda privada, rehabilitando vivienda, movilizando la vivienda vacía y construyendo vivienda nueva. Tenemos que iniciar, de una vez por todas, la transición más importante, necesaria, urgente y estructural que exige nuestro país: la de la vivienda. Tenemos que ser capaces de jugar en la liga de los mejores modelos de vivienda del mundo y que la gente pueda elegir libremente cómo vivir. Para que eso sea real, tienen que existir diferentes opciones donde poder decidir y abandonar el actual “vive como puedas” para abrazar el “vive como quieras”. 

(Jorge Moruno es sociólogo por la UCM y diputado de Más Madrid. InfoLibre, 02/04/24)

6.9.23

El “calvario” de Curro, a unos días de su desahucio, solo y con tres hijos en Sevilla: “Nunca he querido vivir gratis”... Ayuntamiento de Mairena del Aljarafe reconoce que no le puede ofrecer alternativa habitacional... La vivienda donde reside Curro pertenece a Coral Homes, propietaria de uno de los mayores portfolios de activos del sector inmobiliario en España, con más de 70.000 inmuebles

 "Curro tiene 50 años, dos hijas de 21 y 19 años y un hijo de 13 años, y se enfrenta al inminente lanzamiento de su vivienda habitual, en la que reside desde hace unos nueve años en la Plaza de los Donantes de Mairena del Aljarafe. Se quedó viudo hace un par de meses y, entre lágrimas, confiesa que la situación le está superando, que vive “un calvario”. El próximo miércoles 13 de septiembre puede ser desalojado del piso aunque espera que el Juzgado de Primera Instancia Nº 24 de Sevilla acepte el incidente de suspensión extraordinaria de desahucio que su representante legal pidió el pasado 1 de septiembre, primer día habilitado para trámites judiciales tras el verano. Después de varios meses acompañando a su mujer en el hospital antes de su fallecimiento por cáncer, no duerme pensando dónde va a poder vivir con sus hijos.

El apoyo de sus vecinos es notorio mientras durante la mañana de lunes arranca la actividad frente a la sede de la Asociación de Vecinos Barriada Los Alcores, en la misma plaza, ubicada justo entre dos zonas acomodadas de la localidad del Aljarafe (Simón Verde, Ciudad Expo). Bien diferente es la situación de Curro y sus hijos, que el pasado 27 de julio sortearon el intento de la comitiva judicial y la Policía para efectuar el lanzamiento. Integrante de la Plataforma por la vivienda 15M Mairena del Aljarafe, el juzgado paralizó otro lanzamiento previo en 2021, en virtud del Real Decreto-Ley 11/2020, aprobado en plena pandemia para hacer frente a situaciones de vulnerabilidad social y económica, prorrogado hasta diciembre de 2023 y al que ahora se vuelve a agarrar Curro y las personas que desinteresadamente le están ayudando.

El objetivo ahora es ganar tiempo y esperar a que se pueda cerrar algún tipo de acuerdo entre el ayuntamiento y la familia o alguna entidad propietaria para abrir la puerta a un alquiler social antes de que acabe el año en forma de alternativa habitacional para este hombre y sus hijos. “¿Todavía se puede firmar, Curro?”, le pregunta un vecino que quiere sumarse a la campaña de firmas desarrollada en las últimas semanas. Este lunes presentaron unos 400 apoyos ante el Ayuntamiento en favor de un alquiler social, confiando en que su vecino disponga de una vivienda donde poder seguir criando de los suyos pese a todas las dificultades.

“Tengo el apoyo de todo el bloque”, dice algo reconfortado. “Yo quiero pagar un alquiler. Nunca he querido vivir gratis. No quiero quedarme con algo que no es mío. Si la casa fuera de alguien, ya la hubiera devuelto, pero necesito una oportunidad”, explica a SevillaelDiario.es. El Ayuntamiento de Mairena reconoce que la unidad familiar que encabeza Curro está en situación de vulnerabilidad social y económica, y que carece de alternativa habitacional. La administración local tampoco cuenta con alternativa habitacional que ofrecerle, reconocen a este periódico fuentes municipales.

Las firmas se presentaron este lunes en la Oficina de la Vivienda y se ha solicitado la intervención del Ayuntamiento para la suspensión del lanzamiento y una reunión urgente con la concejala de Urbanismo para solicitar, además, “un recurso real de habitabilidad temporal para familias en situación desahucio así como acuerdos con los fondos buitres para soluciones de alquiler social para las familias de la población con problemas de vivienda y en situación de vulnerabilidad social”, informan fuentes de la plataforma por la vivienda.

Intento frustrado en julio

El lanzamiento previsto a finales de julio se suspendió al comprobar que la familia no tenía conocimiento del mismo y que Curro no había sido notificado a través del abogado de oficio que entonces tenía. “Casi me tiran la puerta abajo mientras mi niño estaba temblando”, recuerda con espanto de aquellos tres furgones policiales que se apostaron a las puertas de la entrada a la casa. Era el cuarto intento de lanzamiento y la jueza marcó automáticamente nueva fecha para el 13 de septiembre, que ahora tiene muy a la vista (con un amplio dispositivo policial, según les han anunciado) y sin que su situación haya variado en esencia. Curro está de baja y viene recibiendo atención psicológica en el centro de salud, del que justamente viene para explicar su situación a este periódico, junto a Pepa Peña, de la plataforma, y Marta Balmaseda, la abogada que le asiste en los últimos tiempos, que lamentan la “negligencia” de aquel letrado al no haber contactado con Curro para notificarle el penúltimo lanzamiento.

La vivienda donde reside Curro pertenece a Coral Homes, propietaria de uno de los mayores portfolios de activos del sector inmobiliario en España, con más de 70.000 inmuebles. La gestión y la decisión la toma el fondo Lone Star, que es el propietario mayoritario (80%) de Coral Homes, desde donde no se quiere hacer por el momento ningún comentario al respecto tras la consulta de este periódico. Según la plataforma por la vivienda 15M, este tipo de entidades no suelen ofrecer directamente un alquiler social en casos de viviendas no arrendadas, esto es, habitadas por personas que carecen de título habilitante para ello. 

 Curro y su mujer fueron “arreglando” el piso durante los últimos años. “Un agujero”, resume Fernando, el padre de la recientemente fallecida mujer de Curro, que pasa por el lugar y que tampoco puede evitar emocionarse al hablar de su hija. “Tardaron mucho en su diagnóstico”, recuerda cuando, en mitad de la pandemia, la ingresaron. “Todos los días” habla con sus nietos, comenta. No sube al piso pero se le “encoge el alma” cuando levanta la mirada al balcón del segundo piso.

El Ayuntamiento envía el informe social

La pelota, según la familia afectada y la plataforma, está “en el tejado” de la administración local, desde donde se argumenta que “a día de hoy, el Ayuntamiento no dispone de viviendas que ofrecer para las circunstancias de este caso”, apuntan a SevillaelDiario.es fuentes municipales, que añaden que la Oficina de la Vivienda de Mairena y los Servicios Sociales municipales “no han cesado en su apoyo a este caso de ocupación”. Según confirman, se ha enviado al juzgado el informe de vulnerabilidad actualizado para que, de nuevo, paralice el lanzamiento, y se ha citado a una reunión a su abogada.

“El Ayuntamiento lleva ocho años diciendo que va a aprobar un nuevo Plan Municipal de la Vivienda”, indica Pepa Peña, “mientras los fondos buitre se intentan hacer con los pisos de toda esta zona, que estaban abandonados y muchos fueron ocupados, para luego venderlos”. “Si echas a las familias, se pierde la conexión en los barrios. La propiedad privada quiere recuperar su casa, de acuerdo, pero aquí el ayuntamiento está haciendo dejación de su responsabilidad”, critican desde la plataforma 15M a través de Pepa.

Después de tantos “años de incertidumbre”, “no se puede dejar a una familia en la calle cuando hay un ayuntamiento con 42 millones de presupuesto”, concluye al apuntar que “es cuestión de voluntad política”. Pintor, jardinero, albañil “y todo lo que salga”, Curro tuvo un contrato a través del Plan de Empleo del Ayuntamiento de Mairena del Aljarafe para familias en situación de especial vulnerabilidad entre marzo y septiembre de 2022, si bien percibe actualmente una pensión por incapacidad temporal.(...)"        (Javier Ramajo, eldiario.es, 05/09/23)

28.12.22

La invasión zombi: muchas de las personas que están ahí, familias enteras, estuvieron en algún momento al borde del desahucio: José Antonio, Ana, Celes, Carmen… Ahora son ellas las que echan una mano a las que están a punto de serlo: Eduard, Rosalía, Maribel… En ningún caso, ni antes ni ahora, el Estado, el mismo que salvó a la banca, rescató a estas familias. En ningún caso, el Estado, ni antes ni ahora, ha puesto al servicio de estas personas todo lo que en esa pequeña sala hay esta tarde, cada jueves por la tarde desde hace diez años: una mujer que estuvo a punto de perder su casa que ahora hace de trabajadora social –«tienes que pedir cita en el registro oficial del Ayuntamiento de tu pueblo y explicarles que debe hablar con el fondo de inversión que quiere echaros»–; un hombre que estuvo a punto de ser desahuciado que hace ahora de abogado –«firmaste esa cláusula suelo bajo presión, por tanto, eso hay que denunciarlo y lo ganamos en el juez»

 "Desde fuera, una placita con un parque infantil rodeado de bares, se ve una cortina que se mueve con el aire. No hay mucha brisa a esa hora, las seis de la tarde de un jueves de octubre en el centro de Sevilla –crisis climática mediante–, pero sí la suficiente como para llamar la atención de quien pasa por ahí. Hay una puerta y un letrero que dice El Puma ruge. Y la puerta está abierta. Sobre todo eso, está abierta. 

La cortina protege del sol a quienes van tomando asiento dentro y, de algún modo, marca la línea entre lo que significa tener un techo y quedarse en la calle. Muchas de las personas que están ahí, familias enteras, estuvieron en algún momento al borde del desahucio: José Antonio, Ana, Celes, Carmen… Ahora son ellas las que echan una mano a las que están a punto de serlo: Eduard, Rosalía, Maribel…

En ningún caso, ni antes ni ahora, el Estado, el mismo que salvó a la banca, rescató a estas familias. En ningún caso, el Estado, ni antes ni ahora, ha puesto al servicio de estas personas todo lo que en esa pequeña sala hay esta tarde, cada jueves por la tarde desde hace diez años: una mujer que estuvo a punto de perder su casa que ahora hace de trabajadora social –«tienes que pedir cita en el registro oficial del Ayuntamiento de tu pueblo y explicarles que debe hablar con el fondo de inversión que quiere echaros»–; un hombre que estuvo a punto de ser desahuciado que hace ahora de abogado –«firmaste esa cláusula suelo bajo presión, por tanto, eso hay que denunciarlo y lo ganamos en el juez»–; una mujer que pasó noches en vela pensando en que se quedaría en la calle que hace ahora de psicóloga –«no te preocupes, el desahucio se ha parado, lo que pasa es que el papel que te ha llegado del juzgado aún no conoce el acuerdo con el banco, tranquilo, no pasa nada, todo está bien»–. 

O esa misma mujer, que va citando caso a caso de memoria, intentando encontrar soluciones para cada situación. ¿Cuánto se está ahorrando la Administración con todos estos voluntarios? ¿Cuántos trabajadores sociales necesita? ¿Cuántas psicológas? ¿Cuántos abogados? Hoy se vuelve a hablar de vivienda con las subidas de tipos de interés, con la inflación, y, afortunadamente, con las propuestas de cine social, pero los desahucios nunca se fueron.

Durante todos estos años, la PAH ha estado realizando el trabajo que el Estado, por acción u omisión, no hace o ha dejado de hacer. Quienes están ahí dentro esa tarde y todas las tardes de jueves son personas a la que el sistema excluye, ha excluido, deja o ha dejado en los márgenes, parafraseando la reciente película de Juan Diego Botto. 

Como los niños y niñas que viven sin luz en la Cañada Real de Madrid sin que pase nada, como las personas mayores que malviven en las residencias públicas sin que pase absolutamente nada, como los migrantes que, siguiendo el vocabulario de Josep Borrell –sin que pase nada–, vienen de «la jungla» al «jardín europeo»; como los trabajadores y trabajadoras pobres, que, tampoco sin que pase gran cosa, ni llegan a fin de mes; como las reconversiones que no se terminan; como los trabajadores de Zumosol, que van a cumplir un año acampados en los aparcamientos de la fábrica en Palma del Río (Córdoba), instalados en una pesadilla. 

«Aquí han venido todos los colores políticos y todos dicen lo mismo. Nos hacen muchas promesas, que van a hacer todo lo posible por nosotros, pero ninguno de ellos ha hecho algo en concreto, que nosotros lo veamos, algo físicamente», dice Fernando Trujillo, uno de los 38 trabajadores afectados, en uno de los múltiples vídeos difundidos por las redes sociales. También han dicho, a lo largo de este año, que hace mucho que no se pasa un periodista por ahí. «Desayunad bien, porque esta noche cenaremos en el infierno», recogen en otro vídeo en el que, con un montaje de estética terrorífica, hacen referencia a la batalla liderada por el espartano Leónidas.

 Es ese el adjetivo, terrorífico, con el que mejor se puede definir la situación que viven muchos sectores, personas, en España y quizá sea lo siguiente –ya está siendo, de hecho– que esté por venir en este siglo en el que, como dijo Pedro Sánchez en una entrevista, lo único que faltaba era una invasión zombi.

 ¿Pero qué es un zombi? ¿Espera el presidente, esperamos la sociedad que venga una turba de zombis al estilo The walking dead? Por cierto, Amazon incluye una cláusula en uno de sus documentos legales por si hubiera un apocalipsis como el que hemos visto en las películas. ¿Pero no son zombis quienes van a trabajar día tras día en condiciones lamentables? ¿No son zombis aquellos sectores laborales que siguen sin alternativas a pesar de estar clínicamente muertos? ¿No son zombis a quienes el Estado ha dado ya por perdidos? ¿Quienes repiten consignas sin pensarlas? ¿No somos acaso un poco zombis todos y todas? 

Y, en ese caso, ¿está preparado el Gobierno para una invasión zombi, no ya de película, sino de aquellas, como lo que viene sucediéndose últimamente, que superan la ficción? (...)"                  (Olivia Carballar , La Marea, 27/12/22)

15.7.22

Los sindicatos de inquilinos toman dos hoteles de Blackstone en Madrid y Barcelona

“¡Estamos ocupando dos hoteles de Blackstone simultáneamente!”. Así informaba los sindicatos de inquilinos de Madrid y Barcelona la acción paralela realizada este 14 de julio a media tarde en estas dos ciudades. Los objetivos fueron el Axel Hotel Madrid, en plena calle Atocha de la capital, y el Ramblas Vincci, situado en uno de los barrios más gentrificados de la ciudad condal. Ambos edificios son propiedad de Blackstone, el mayor propietario de viviendas y de hoteles de España, y el fondo de inversión con más denuncias por prácticas abusivas, subidas de precio y diversas tácticas de mobbing inmobiliario. También es la gestora elegida por la nacionalizada Sareb —junto con el fondo de inversión KKR— para gestionar su patrimonio.

Dentro y fuera de los hoteles, cientos de activistas de los sindicatos y otros colectivos de vivienda, como la PAH y asambleas barriales, pegaron pegatinas y carteles, bailaron y gritaron para exigir a Blackstone que se siente a negociar para evitar la “expulsión de varias familias de sus casas”, exigir la renovación de los contratos sin subidas abusivas y la implementación de alquileres sociales para las familias vulnerables.

Además de defender a las familias en peligro de expulsión, estos colectivos pretendían visibilizar los problemas que se derivan de la turistificación y la gentrificación, fenómenos entrecruzados que sufren tanto Madrid como Barcelona, según denuncian en un comunicado. Un fenómeno que se ha traducido en “un millón de desahucios” en la última década en las dos localidades. “Desahuciar familias al imponerles subidas abusivas inabarcables, expandir la presencia de casas de apuestas en barrios trabajadores para potenciar la ludopatía e invertir en hoteles que defienden un modelo de turistificación salvaje vinculado a la gentrificación no son hechos aislados, sino un modelo de negocio estratégico que pone el beneficio propio de un fondo buitre extranjero por encima de las necesidades de las familias afectadas”, señalan desde los sindicatos.

En Madrid, la ocupación del hotel Axel estuvo protagonizada por familias de Alcorcón, Aranjuez, Carabanchel, Torrejón de Ardoz y Vallecas, organizadas en el Sindicato de Inquilinas de Madrid, la PAH y el Sindicato de Vivienda de Carabanchel. El objetivo no es otro que volver a sentar al fondo de inversión en una negociación colectiva, como ya consiguió en 2021. Entonces, el sindicato negoció con Blackstone alquileres estables para más de 200 personas sin subidas abusivas durante siete años.

Entre las familias afectadas está la Antonio y Mari, de 84 y 80 años, que llevan 22 años viviendo en la misma casa, que ahora pueden perder. Se trata de una vivienda de promoción pública en Alcorcón, que pasó a manos de Blackstone cuando perdió la protección. Ahora, el fondo pretende aumentar en un 40% el alquiler, “un caso más en este bloque”, denuncian desde el sindicato. Los ingresos de la pareja y de sus hijos no permite hacer frente a ese aumento. El 30 de junio finalizó su contrato, pero no se han ido, sino que se han sumado a la estrategia clave del Sindicato de Inquilinas y de sus “bloques en lucha”: permanecer en la vivienda fuera de contrato, consignar el alquiler en los juzgados y “luchar para que el fondo acepte una negociación colectiva”.

Sin embargo, Blackstone se niega a negociar, cuentan, y al igual a otras decenas de familias les daban elegir entre aceptar el nuevo alquiler o aceptar un desahucio. Después de la presión, el fondo ha aceptado dar a Antonio y Mari un año de margen para abandonar la vivienda, pero se niegan a aceptar una solución individual: “Sin mis vecinos y vecinas no voy a aceptar nada, no podría vivir tranquilo en mi casa, sabiendo que vosotros (sus vecinos) aún lo estáis pasando mal”, decía Antonio.

El nuevo conflicto con Blackstone se hizo público el 3 de mayo y ahora afecta a cientos de familias, 80 de ellas organizadas en el Sindicato de Inquilinas y con nuevos “bloques en lucha” en Vallecas, Alcorcón, Aranjuez, Carabanchel y Hortaleza, todos ellos integrados en la campaña #NosQuedamos, que consiste en quedarse en las viviendas y no aceptar la subida del alquiler impuesta.

En Barcelona, la ocupación del hotel Ramblas Vincci estuvo coordinada por el Sindicat de Llogaters de Catalunya, la PAH y Raval Rebel, colectivo vecinal contra la especulación del barrio donde se ubica este negocio de Blackstone. Según denunciaba el Sindicat, más de 2.000 familias podrían perder sus hogares ante la negativa de Blackstones de renovar sus contratos. "               (El Salto, 15/07/22)

12.7.22

El Sindicato de Inquilinas ocupa un bloque de la Sareb en el Penedès

"Ocurrió el pasado fin de semana y este 7 de julio se hacía público. El Sindicat de Llogaters (Sindicato de Inquilinas) del Penedès ocupó una finca propiedad de la Sareb, entidad nacionalizada desde principios de año, para realojar a 11 familias afiliadas al sindicato que no podían acceder a pisos de alquiler. En Vilafranca, localidad en la que tuvo lugar la recuperación, los precios han subido un 31% desde 2016.

Esta situación de “alquileres desorbitados”, cuentan desde el Sindicat, provoca que muchas familias, incluso con trabajo, “no pueden llegar a final de mes” y se ven expuestas a desahucios por impago del alquiler. A este problema, añaden, se le suma el “racismo inmobiliario”. Según denuncian, muchos integrantes de esta asociación de arrendatarios “aun disponiendo de medios económicos para pagar el alquiler se les excluye cuando van a buscar piso porque se las racializa”. Es, sin ir más lejos, el caso de la familia de Kawtar, que cobra 1.200 euros al mes pero lleva más de seis meses buscando sin éxito una vivienda “porque el arrendador del piso en el que vive no le quiere renovar el contrato”, cuentas desde el sindicato.

Frente la inacción de las administraciones locales y la existencia de vivienda vacías “pagadas con dinero público”, el Sindicat de Llogaters decidió “pasar a la acción y hacer aquello que debería hacer la administración pública”: realojar a 11 familias en el bloque de la Sareb de la calle Falcons de Vilafranca, vacío desde 2016.

Tras la ocupación, los activistas del sindicato en la zona están adecuando el espacio para que las 11 familias puedan “vivir adecuadamente”. Desde esta organización solicitan a la población “todo tipo de ayuda” y al Ayuntamiento exigen que empiecen a tramitar con el banco malo un contrato de cesión para regularizar la situación de las familias.

“Es de sentido común, y es urgente, que las viviendas de la Sareb pasen a formar parte del parque público de vivienda y a ser gestionadas de manera pública, para hacer frente a la emergencia habitacional”, dicen desde el Sindicato de Llogaters."            (El Salto, 08/07/22)

8.7.22

La batalla de dos octogenarios por salvar a sus vecinos del desahucio de Blackstone... Antonio y Mari han renunciado a blindar su alquiler sin subidas porque el fondo buitre se lo había ofrecido solo a ellos y quieren una negociación conjunta que beneficie a sus vecinos: “Van a lo individual para desactivar la fuerza del Sindicato de Inquilinas. Divide y vencerás”

 "Antonio, de 84 años y Mari, de 81, llevan viviendo más de dos décadas en Alcorcón. En el año 2000 accedieron a una vivienda de protección oficial en esa localidad madrileña, construida en suelo público pero que fue vendida pocos años después al Banco Santander, como muchos otros bloques de pisos sociales después de que estallara la burbuja inmobiliaria. 

El edificio acabó finalmente, como tantos otros, en manos de Blackstone, uno de los principales fondos buitre que operan en España, y cuyo ingresos vienen en parte de los alquileres que pagan quienes antes ocupaban un piso de alquiler social y ahora se encuentran con que su casero es una multinacional. 

 El negocio de Blackstone –que opera normalmente a través de diversas filiales– es redondo: compra bloques de pisos sociales cuyos inquilinos pagan rentas muy bajas, y aplica paulatinamente subidas cuando sus contratos expiran. A veces, esos incrementos se disparan hasta el 60%. Cuando quienes viven en esas casas no pueden hacer frente a los alquileres, el fondo buitre les desahucia.

 En el caso de esta pareja de pensionistas, el contrato expiró el pasado 30 de junio. Poco antes de que llegara esa fecha sus nuevos caseros les ofrecieron un contrato “aceptable”, dicen, que han rechazado por solidaridad con el resto de afectados por Blackstone, porque la multinacional solo le ha ofrecido ese contrato a esta pareja de ancianos, pero al resto de los 150 inquilinos del bloque les aplicará una importante subida de la mensualidad. “Luchamos por lo colectivo”, explica Antonio.

A la pareja de pensionistas les han ofrecido un contrato de siete años, prorrogable cada año, por el mismo precio que estaban pagando hasta ahora, 650 euros. Antonio cuenta que él y Mari entraron a ese piso pagando 200 euros al mes a principios de siglo y que para pagar el alquiler actual necesitan ayuda económica de sus hijos. “No lo firmé por estar con el sindicato, que está luchando por una negociación colectiva”, cuenta Antonio, que señala que desde el fondo buitre “van a lo individual para desactivar la fuerza del sindicato. Divide y vencerás”.

Todos los vecinos afectados, no solo los de Alcorcón sino también los de zonas como Torrejón de Ardoz o Vallecas, y muchos otros barrios y municipios de la Comunidad de Madrid, han recibido, y reciben, propuestas con condiciones diferentes de alquiler, lo que entienden como una estrategia para separarlos y debilitarlos de cara a futuras negociaciones. Es por eso que la idea del Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Madrid es plantear una negociación colectiva para lograr las mismas condiciones para todos.

Después de declinar la oferta, al matrimonio de ancianos les han dado un año de prórroga y les han dicho que a lo largo de ese año recibirán una llamada con una propuesta para mudarse a una vivienda distinta. “Pero no la quiero, yo quiero estar aquí. ¿Me van a desarraigar ahora, después de 50 año viviendo en este pueblo?”, se pregunta indignado Antonio, que ha asumido que cuando pase el periodo estipulado no se marchará. “No me voy de aquí, me tendrán que sacar... de aquella manera”, dice refiriéndose a la posibilidad de que Blackstone opte por lo que ha hecho con otros vecinos rebeldes: desahuciarles.

El hombre explica que para él y su mujer sacarles de su casa sería “traumático”. “A mí me hablan de mudarme y se me abren las carnes. Yo quiero morirme aquí”, cuenta mientras mira las paredes de las que cuelgan cuadros y estanterías repletas de recuerdos. “¿Cuánto llevamos ya, Mari?”, pregunta. “64 años juntos”, le responde su mujer. Antonio mira las paredes: “A lo largo de una vida te llenas de cosas. Me levanto y veo mis colecciones o las de Mari, con sus zapatitos, hay unos apegos. Esto no es nada, ni vale dinero pero es tu vida, y tú la has construido”.

Las “trampas” de Blackstone

En el bloque ya no quedan familias de las que entraron a vivir a principios del 2000. Antonio cuenta que hay una causa, lo que desde el sindicato la llaman los “desahucios invisibles”. El casero sube los precios, porque busca el mayor beneficio posible, y los inquilinos, que dejan de poder poder pagarlos, se van marchando poco a poco.

“Yo he resistido porque tengo hijos que me ayudan pero es inasequible”, denuncia el hombre, que recuerda que ha pasado de pagar 200 euros a 650 euros. “Si a mí la pensión me hubiera subido en esa proporción, estaría ganando 2.000 euros”, añade. A uno de los vecinos del bloque le han subido de los 700 a los 900 euros, “el año que viene con cualquier subida estará por encima de mil”. “Va a parecer La Moraleja —ironiza— y esto es un barrio de Alcorcón”.

Antonio también ha reparado en otra de las “trampas” de Blackstone. Entre los distintos bloques, se ha instalado una piscina y, en consecuencia, el valor de la comunidad y de sus pisos sube, así como también el pago mensual para mantener las zonas comunes. “Cuando se pusieron a hacer la piscina ya me di cuenta de que no era para contentarnos a nosotros, pero eso valía para que los gastos de comunidad pasasen de 45 a 90 euros”, señala.

Hace unas semanas, Juan Pablo Vera Martín, director general de Testa Home, la sociedad que gestiona una parte de las viviendas que Blackstone posee en España, ofreció una entrevista a Idealista. En ella, explicaba que la compañía había invertido “unos 40 millones en zonas comunes” y que se trataba de una reforma “muy enfocada en tener un producto muy competitivo” y “muy atractivo tanto para los inquilinos actuales como para los potenciales inquilinos”.

El gigante de la especulación en España

La de Antonio y Mari solo es una entre las miles de historias que Blackstone lleva a sus espaldas. Muchas de ellas terminan con vecinos abandonando sus hogares por culpa de subidas de precios imposibles de afrontar; otros viven constantemente con miedo a no poder renovar sus contratos, como les pasó a los vecinos de dos bloques de pisos en Torrejón de Ardoz, que, durante la peor parte de la pandemia, recibieron de golpe la devolución de todos los recibos que habían seguido ingresando desde que les venció su antiguo contrato de alquiler; o con la inseguridad de poder ser desahuciados en cualquier momento, como les ocurrió a José, Julia y Mari Carmen en el barrio de Carabanchel hace algunos años.

 Algunas historias terminan bien, como la de cuatro vecinos que consiguieron que Blackstone les diese opción a comprar sus pisos por el mismo precio que ellos lo habían hecho, gracias al fallo de la Audiencia Provincial, que defendía el derecho que habían firmado los vecinos en el anterior contrato con la Empresa Municipal de la Vivienda y el Suelo.

El caso más famoso es el de las viviendas sociales de Madrid. En 2013, durante el mandato de Ana Botella en el Ayuntamiento de Madrid, el fondo de inversiones norteamericano adquirió 1.806 viviendas sociales por 128,5 millones de euros. La venta fue un escándalo que llegó a los tribunales y que sentó en el banquillo de los acusados a los responsables directos de aquella operación: Fermín Oslé Uranga, el entonces consejero delegado de la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo, y Alfonso Benavides Grases, antiguo apoderado de Fidere Vivienda, sociedad de inversión inmobiliaria de Blackstone, aunque finalmente, ambos fueron absueltos. El Tribunal de Cuentas condenó a Ana Botella y a su equipo a pagar 25 millones de euros por esa venta, pero finalmente revocó la condena gracias al voto de dos consejeros propuestos por el PP.

Blackstone es el mayor casero de España. A través de sus cerca de treinta socimis dedicadas al alquiler de vivienda en España, principalmente en Madrid y Barcelona, ya supera las 30.000 propiedades, según datos de 2019 en base a las cuentas anuales de las empresas, las presentaciones remitidas a los inversores y la información disponible en sus páginas web inmobiliaria de Blackstone, aunque finalmente, ambos fueron absueltos. Ahora, los inquilinos de esos pisos, entre ellos el matrimonio que vive en Alcorcón, son los que sufren las consecuencias de la venta de sus casas de protección oficial a un fondo de especulación."                       (María Santos Viñas  , eldiario.es, 7 de julio de 2022)

9.6.22

Ocupan una sucursal de CaixaBank para frenar 13 desahucios de Vallecas... Una treintena de activistas de PAH y afectados por los desalojos han tratado sin éxito negociar soluciones con el banco y evitar la "oleada de desahucios" sufre el distrito en el último mes. Hay casos de ocupación, de ejecución hipotecaria y de alquileres sociales sin renovar en un distrito donde el alquiler aumentó un 20% en el último lustro.

 "El desahucio de Gisela Flores será este viernes. No tiene dudas. "Va a venir la UIP (unidad de antidisturbios de la Policía)", apostilla mientras sostiene un extremo de la pancarta. "CaixaBankia desahucia y extorsiona. ¡Siéntate a negociar!", se lee en el cartel blanco que ocupa gran parte de la sucursal del banco en la Avenida de la Albufera de Madrid. Lo han desplegado la mañana de este martes una treintena de activistas de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) de Vallecas, un distrito que, según la organización, está sufriendo una auténtica oleada de desahucios por parte de este gran banco. Cuentan 13 desalojos en ciernes, alguno de ellos ya ejecutado en el último mes.

Por eso han decidido ocupar una oficina este martes y tratar de forzar una mesa de negociación con la entidad, aunque el plan no ha salido bien, más allá de hacer visible la normalidad de lo que solía ser un barrio humilde que se gentrifica y encarece a marchas forzadas desde hace tiempo.

 Gisela ha perdido la esperanza de conseguir el alquiler social que lleva intentando negociar con el banco desde que ocupó la casa en 2018. El viernes será su sexto intento de desalojo desde que en 2018 entró en esa vivienda vacía. No recuerda si era de La Caixa o de Bankia, la entidad nacionalizada con casi 22.500 millones de euros de dinero público y que fue absorbida el año pasado por La Caixa. En cualquier caso, ahora es de CaixaBank, o de "CaixaBankia", como prefieren llamarlo los activistas. El que ocupó Gisela no era el único apartamento vacío del edificio, recuerda, ni ella fue la única que recurrió a la ocupación por falta de alternativas. Tiene un hijo de siete años que entonces tenía cuatro. "No podía estar en casa de una amiga eternamente", añade.

 Tiene 34 años y llegó a España en 2008, pero la crisis económica dio al traste con su empleo y su alquiler; desde entonces ha encadenado algún que otro trabajo temporal como limpiadora, pero nada con lo que pueda pagar una renta, explica en la sucursal ocupada, junto a la estación de Metro de Portazgo.

Según los datos del portal inmobiliario Idealista, en el distrito de Puente de Vallecas el precio del alquiler ha aumentado más de un 20% en los últimos cinco años. El precio medio del metro cuadrado el pasado mayo era de 12,5 euros, lo que eleva el alquiler de un piso de 70 metros a 875 euros al mes. No hace mucho que Gisela percibe alrededor de 700 euros mensuales por el Ingreso Mínimo Vital, y ni aunque el alquiler medio fuera de 700 euros podría permitirse el mes o meses de fianza y el mes de comisión de la agencia, explica. "Llevo desde 2020 esperando el desahucio, sin saber a dónde iremos mi hijo y yo si nos echan. Es algo traumático", dice.

Alrededor llueve el confeti, suena música a todo volumen de un altavoz portátil y los concentrados corean los gritos de "no toleramos ni un desahucio más" o "hay niños en la calle y no le importa a nadie". Los trabajadores de la sucursal observan la acción estupefactos. Unos reconocen en voz baja que tienen todo el derecho a manifestarse siempre que sean pacíficos (y lo son), otros prefieren alejarse de la protesta y otros graban con el teléfono al grupo mientras llaman a la Policía, que no tarda más de cinco minutos en llegar a la oficina. Las caras de casi todos son ya viejas conocidas, los agentes se permiten incluso bromear con que sigue viendo a la misma gente realizando las mismas acciones a pesar de que hace tiempo que gobierna la izquierda.

 Los activistas insisten en que no abandonarán la oficina hasta que se comprometan a negociar una solución para los afectados por un procedimiento de desalojo en marcha y hasta que se suspenda el desahucio de Gisela, pero los trabajadores les recomiendan que protesten en Plaza de Castilla, donde está los directivos. "Aquí somos todos curritos, no podemos hacer nada", dice entre dientes uno de los bancarios.

No se negocia con ocupas

La directora acepta recibir un breve informe de cada uno de los casos amenazados de desahucios, aunque al estampar la firma añade una frase muy gráfica con bolígrafo: "La recepción no implica la aceptación del contenido". Firma 19 casos, la mayoría sin fecha concreta para el desalojo, aunque creen que no tardarán demasiado. Varias horas después, la Policía advierte de que los sacarán a la fuerza si no abandonan la sucursal. Todos, incluidos los periodistas, son identificados a la salida. Los activistas temen que la Delegación del Gobierno imponga las sanciones económicas que permite la ley mordaza.

 "Hace mucho tiempo que CaixaBank no acepta negociar alquileres sociales con casos de ocupación", explica Merce López, portavoz de la PAH de Vallecas, que apunta a que estos son mayoría. "Así de claro nos lo han dicho. Se niegan porque genera efecto llamada", asegura, "pero lo que hay es necesidad y especulación", añade.

 Los últimos dos alquileres sociales los firmaron hace dos años, "pero ahora nos encontramos con aumentos de hasta el 11% en algunos de ellos, porque son revisables anualmente para ajustar el IPC", sentencia. La gente que logra uno de estos alquileres sociales tiene dificultades para asumir aumentos tan grandes y algunos incurren en impagos que derivan en demandas, multas e incluso condenas penales en algún caso, enumera.

Sin embargo, entre los casos expuestos en la sucursal hay varios alquileres sociales a punto de finalizar que, según López, están teniendo problemas para renovar. "Estos meses están siendo muy duros en cuanto a desahucios, tanto en Puente de Vallecas como en Villa de Vallecas", sentencia.

Los desahucios aumentaron un 1% en todo el país en el primer trimestre del año, con más de 11.000, según el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Tres de cada cuatro fueron derivados de impago de alquileres. En 2021 fueron hubo más de 110 cada día, más de 41.000 en total, lo que supuso un 30% más que en 2020. A pesar de los decretos antidesahucios del llamado "escudo social" del Gobierno, el 70% de ellos fue por no pagar el alquiler, lo que da una idea de los efectos de un alza de precios que sigue sin una ley que le ponga tope.

 Mientras tanto, son los colectivos activistas los que intentan llegar donde no sirven los decretos ni las ayudas sociales. Desde PAH Vallecas adviertes de que intensificarán su campaña contra Caixabank en todos los frentes, denunciando "alquileres abusivos" en la oficina de Consumo, ocupando más viviendas vacías y tratando de paralizar desahucios en la puerta. La semana pasada no lo consiguieron y una pareja y tres menores fue desahuciada por el banco en Villa de Vallecas."                 (Jairo Vargas Martín , Público,  07/06/22)

27.4.22

La PAH evita 'in extremis' el desalojo por el BBVA de una víctima de violencia de género: "Me iban a desahuciar por 70 euros"

 "Sin muchas expectativas, sin empleo y sin apenas dinero, Fátima llegaba hace más de ocho años al barrio de Entrevías (Vallecas, Madrid) en busca de un techo. En una mano, sus dos hijos; en la otra un nieto de cuatro años y otra en camino. 

Atrás, su pasado como víctima de violencia de género. Y al frente de todo, ella. La oportunidad que buscaba llegó en forma de alquiler social: firmó el contrato de arrendamiento en enero de 2014 y en él encontró el punto de partida para construir su vida. Ahora, ocho años después, ha tenido que convivir con la posibilidad de perder su hogar, pero el impulso de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) ha conseguido frenar la amenaza de desahucio articulada por el BBVA.

Fátima y su familia aguardaban con temor la llegada del miércoles, el que sería el último día en su casa. El BBVA, propietario del inmueble, comunicó solo un día antes a la PAH que "ha pedido la suspensión" del lanzamiento y el juzgado trasladó el mismo martes a la familia que "ha acordado la suspensión del desahucio", señalan fuentes de la plataforma, por un periodo de tres meses. Noventa días de tregua. Aunque la decisión insufla aire en los pulmones de la víctima, los activistas antidesahucios no bajan la guardia: este miércoles a las 8:30 horas se mantendrán firmes a las puertas de la vivienda, "por protocolo y malas experiencias anteriores".  

 Sin ser siquiera consciente, Fátima fue acumulando una deuda con el banco. "El cobro del alquiler se hacía el día 10 y yo suelo ingresar dos o tres días después", explica al otro lado del teléfono. Ninguna alerta, asegura, saltó para dar cuenta del impago, hasta que la deuda final superó los 500 euros. "En un documento decía que la deuda eran 530 euros y en otro 600. Pregunté a la procuradora y pagué la primera cifra en el plazo que me daban", expone la víctima. Lejos de resolverse, el problema se cronifica cuando el banco señala que la cantidad adeudada era la segunda, 600 euros. "Me quieren desahuciar por 70 euros".

Fátima evoca el piso en el que habita como si de un gran regalo se tratase: gracias a poder vivir bajo ese techo, sus hijos han podido formarse y encontrar un empleo. También ella, quien trabaja a domicilio cuidando a personas dependientes para la empresa Clece. La vivienda que echa raíces en la calle Sierra de Contraviesa es la piedra angular de sus vidas. Más aún cuando todavía ronda cerca el hombre que casi las destroza: la expareja de Fátima. Su maltratador. (...)"                     (Sabela Rodríguez, InfoLibre, 26/04/22)

18.4.22

La PAH-Valencia paraliza el desahucio de una mujer con menor a su cargo y víctima de maltrato durente tres meses instado por CaixaBank

 "Gracias a todos; estoy enferma, con un 63% de discapacidad y un menor a mi cargo; me querían echar a la calle, sin concederme un alquiler social; todas las personas tenemos derecho a una vivienda”, afirmaba Encarna el 13 de abril, en el portal del edificio donde reside, en la avenida Amado Granell nº44 de Valencia. Encarna es, además, víctima de violencia machista.

La lucha de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH)-Valencia, con el apoyo de la red de asambleas vecinales EntreBarris y el empeño del abogado de oficio, ha hecho posible que se paralice –durante tres meses- el desahucio de Encarna, instado por CaixaBank.

 Convocados por la PAH, medio centenar de vecinos y activistas se concentraron en la puerta de una sucursal de CaixaBank, a las 9,00 horas de un día lluvioso. “Vecino despierta desahucian en tu puerta”; “Vergüenza me daría desahuciar a una familia”; “Ladrones”; “Visca la lluita de la classe obrera” o “Ni gent sense casa, ni cases sense gent”, fueron algunas de las consignas, entre pañuelos y camisetas verdes (distintivas de la Plataforma), que gritaron los congregados. Un automóvil de la Policía Nacional, varios agentes y una furgoneta de la Policía Local se hallaban muy cerca.

En 2021 CaixaBank obtuvo un beneficio “ajustado sin extraordinarios asociados a la fusión con Bankia” de 2.359 millones de euros (1.381 millones en 2020). 

 Integrantes de la PAH lograron entrar en la oficina de Bankia ubicada en el edificio anexo a la vivienda de Enacarna; el objetivo era que el banco firmara un contrato de alquiler social con esta vecina. Se trataba, asimismo, de que la dirección suscribiera un documento de la Plataforma, extensible a otras entidades financieras ante situaciones como la de Encarna.

 "Se compromete a ofrecer alquiler social a todas las personas y familias vulnerables; y un alquiler asequible al resto antes de iniciar un proceso judicial y de desahucio”, es el primer punto en la propuesta de convenio de la PAH a la banca.

Además se insta a los bancos –en este caso CaixaBank- a la “cesión voluntaria” de las viviendas vacías a las administraciones públicas, durante un plazo de entre 10 y 15 años; al finalizar el periodo, se producirá la devolución de las viviendas, en el mismo estado de conservación que fueron cedidas.

En la movilización del 13 de abril, portavoces de PAH-Valencia recordaron que en el País Valenciano se produjeron 6.181 desahucios durante 2021, lo que supone la tercera autonomía del estado español tras Cataluña y Andalucía (estadística del Consejo General del Poder Judicial). (...)

Los activistas relacionaron estos balances con el coste del rescate de Bankia en 2012, durante el gobierno del derechista Mariano Rajoy: 24.000 millones de euros en ayudas públicas (el proceso de fusión de CaixaBank y Bankia se completó en noviembre de 2021; el Estado español posee, a través del FROB, una parte del accionariado de CaixaBank).

Otro punto planteado en el convenio de la PAH es que CaixaBank ponga a disposición de las familias vulnerables “créditos blandos, que permitan a miles de familias hacer frente a las deudas contraídas”.

El documento agrega que las diferentes administraciones tendrán que desarrollar el parque público de viviendas, de modo que no sea inferior al promedio de la UE (países del entorno español).

Se propone asimismo un “plan de choque”, con la incorporación de viviendas, suelos y activos de la SAREB (también denominado banco malo), sociedad constituida en 2012 para la gestión y venta de los “activos problemáticos” de las entidades financieras que recibieron ayudas públicas, tras la crisis de 2008. El Estado español es, a través del FROB, el accionista principal de la SAREB.

En el texto titulado Per què la SAREB ha de ser nostra?, publicado en enero por el periódico La Directa, las PAH del País Valenciano explican la necesidad de la medida. Por ejemplo el “imparable aumento” de los precios del alquiler de la vivienda en el País Valenciano: del 46% en los últimos cinco años, el segundo incremento, tras las Islas Canarias, del estado español (Índice inmobiliario Fotocasa); o citan el caso de las 754 personas que viven sin techo en la ciudad de Valencia, según el censo municipal.

Las PAH subrayan, además, que existen en el País Valenciano 409.261 hogares con demanda potencial de vivienda en los próximos cuatro años (incluidos acceso y rehabilitación); 205.101 hogares manifestaron la demanda potencial de acceso a la vivienda (datos del Observatorio del Hábitat de la Generalitat Valenciana, periodo 2017-2020).

En una reunión del 4 de abril con representantes de organizaciones sociales –como la PAH, Sillas contra el Hambre o Iaioflautes-, el vicepresidente del Gobierno Valenciano, Héctor Illueca (Unidas Podemos), manifestó que propondrá al ejecutivo central que las viviendas de la SAREB en el País Valenciano se integren en el parque público de la Generalitat.

El comunicado sobre la reunión detallaba el número de viviendas de la SAREB en el País Valenciano -8.532-, que sumadas a las más de 14.000 gestionadas por la Generalitat, representaría un incremento del 64%.

Impulsada por una veintena de organizaciones sociales, colectivos antidesahucios y sindicatos, la Campaña Iniciativa Por una ley que garantice el Derecho a la Vivienda reivindica que se “asegure y amplíe el parque público de alquiler social, como mínimo al 20% del conjunto de viviendas en 20 años”. (...)"                     (Enric Llopis, Rebelión, 16/04/22)

7.4.22

Teresa lloraba esta mañana ante el cordón policial. Unos metros más allá iban a desahuciar por impagos del alquiler a Bienvenida, su madre de 87 años... Estaba rota y reclamaba que le dejaran pasar a recoger una maleta roja con la ropa de una de sus hijas, fallecida hace unos meses... Bankia vendió la casa a un particular con ella dentro, y en el sindicato desconocen si es un gran tenedor de vivienda pero aseguran que "sí que tiene prácticas típicas de las personas que tienen muchas propiedades". Era esta persona quien quería desahuciar a Bienvenida... los vecinos logran paralizarlo un mes

Germán Caballero @gcaballero1

Teresa lloraba esta mañana ante el cordón policial. Unos metros más allá iban a desahuciar por impagos del alquiler a Bienvenida, su madre de 87 años

Estaba rota y reclamaba que le dejaran pasar a recoger una maleta roja con la ropa de una de sus hijas, fallecida hace unos meses. Dolores, psicóloga, la abrazaba y consolaba.
Mientras tanto, un grupo de vecinas y vecinos convocados por @SBarriCabanyal intentaban paralizar el desahucio

Finalmente Bienvenida se ha quedado un mes más en su casa mientras se le busca una alternativa habitacional de urgencia (...)

2:21 p. m. · 6 abr. 2022
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"Las vecinas del Cabanyal evitan el desahucio de una anciana de 87 años en el barrio.

 Bienvenida Torres, de 87 años, ha visto como esta mañana a las 9 dos furgones policiales con casi diez agentes acordonaban su calle. No había ningún criminal allí, habían cortado los accesos al lugar para desahuciarla. Durante dos horas más que angustiosas, Bienvenida se podía quedar en la calle con lo puesto y sus posesiones dentro de la vivienda. Su hija Teresa lloraba desde el otro lado del cordón policial, arropada por los activistas del Sindicato de Barrio del Cabanyal y la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) que protestaban para evitar el desalojo.

Con el furgón policial, cerrajero, y comitiva judicial presentes, una representante del sindicato de barrio logró acceder a casa de Bienvenida con la representación de la otra parte, un particular que compró el piso a Bankia y quería desalojar a esta mujer mayor. "Hemos podido hablar para contarles la situación de Bienvenida, qué es lo que había, y hemos acordado que el desahucio se paralice hasta el próximo 9 de mayo". Un mes que sabe a gloria para Bienvenida, un mes para que el ayuntamiento y las vecinas trabajen en una alternativa de vivienda para que esta mujer no se quede en la calle. 

 El anuncio ha caído entre aplausos de las mujeres en batín y hasta lágrimas de alegría de las vecinas de la finca, que protestaban airadamente porque Bienvenida Torres, de 87 años, lleva toda la vida viviendo en el barrio.

Dos juicios ganados

La afectada, como explican desde el Sindicato de Barrio, había ganado ya dos juicios contra Bankia, la entidad que pretendía desalojarla. El juez entendía que con su situación de vulnerabilidad no era viable echarla sin poder tener acceso a una vivienda alternativa aunque estuviera okupando el piso del banco.

La entidad vendió la casa a un particular con ella dentro, y en el sindicato desconocen si es un gran tenedor de vivienda pero aseguran que "sí que tiene prácticas típicas de las personas que tienen muchas propiedades". Era esta persona quien quería desahuciar a Bienvenida.

Al final de todo el proceso, y mientras las vecinas aplaudían porque Bienvenida se quedaba en casa el sindicato de barrio denunciaba que "esta mujer no ha gozado de asistencia social de calidad y se supone que tenemos un gobierno progresista y de izquierdas. Pero los desahucios los seguimos teniendo que parar la gente en la calle". 

Bienvenida había agotado todos los recursos habidos y por haber, tanto particulares como de servicios sociales y el ayuntamiento. Su intención era conseguir un sitio donde vivir tranquila, poder dejar la vivienda al propietario y precisamente no llegar a la situación que se ha llegado hoy.

Tras media hora de protesta, no estaba nada claro que Bienvenida fuera a quedarse en casa aunque al final se consiguiera. "Por lo menos queremos que nos dejen ayudarla a sacar sus cosas y que no se queden dentro. Pedimos que si se queda en la calle por lo menos sacar sus cosas", explicaba una representante del sindicato tras el cordón policial.

Como recordaron las activistas del sindicato de barrio "el de Bienvenida no es un caso aislado", hay muchos más ejemplos en el Cabanyal de familias. Matizaron que "lo único que queremos es una alternativa digna para que Bienvenida viva tranquila, que las administraciones sean eficaces porque no podemos tener a esta gente viviendo en la calle en València".

Entre cánticos de "este desahucio lo vamos a parar" o "vergüenza me daría desahuciar a una familia (en referencia a la policía) los manifestantes han estado protestando lo más cerca posible del domicilio de Bienvenida, cortado por los agentes. Al retirarse el furgón tras conseguir un acuerdo entre las partes la gente se ha acercado al grito de "¡Viva las vecinas!"."                    (Gonzalo Sánbchez, Levante, 06/04/22)

21.1.22

Una década de resistencia en el corazón de Vallecas: "No somos okupas, solo recuperamos pisos vacíos de los bancos"... llegó aquí después de sufrir un desahucio cuando estaba en paro... el edificio ha servido de resguardo a cerca de 200 personas que habían perdido su casa después de perder sus precarios empleos... "Siempre hemos reservado una casa de emergencia para cuando hay desahucios"

 "Pueden llamarnos okupas y criminalizarnos, pero no lo somos. No entramos en casa de nadie. Nosotros recuperamos pisos vacíos de los bancos rescatados con dinero público y los usamos para alojar a gente que necesita una vivienda". 

 Juan Antonio López, peón de jardinería, de 61 años, resume con claridad el espíritu del edificio en el que ya lleva cuatro años viviendo. Como la mayoría de sus vecinos, que ya son como familia, llegó aquí después de sufrir un desahucio cuando estaba en paro. Ahora, tras conseguir un empleo a través de un programa para personas en exclusión social, pasa los días tranquilo, aunque siempre pensando en un futuro desalojo.

Su piso está en la primera planta del número 24 de la calle Sierra de Llerena, en el corazón del madrileño barrio de Vallecas. El pasado 15 de enero se cumplió una década desde que un grupo de activistas por el derecho a la vivienda decidió ocuparlo, al calor del movimiento 15M y en plena crisis económica, cuando el drama de los desahucios en España llenaba las portadas de todos los diarios extranjeros.

Ha llovido mucho desde entonces, pero el edificio ha servido de resguardo a cerca de 200 personas que, por azares de la vida y, sobre todo, de la economía, habían perdido su casa después de perder sus precarios empleos. Son 14 pisos humildes, de unos 70 metros cuadrados, de esos que ahora superan los 800 euros al mes en el mercado del alquiler de Puente de Vallecas. En realidad, son 15 casas si se cuenta también la de un edificio de enfrente. La ocuparon hace pocos meses para alojar a Cruz, una mujer de 58 años a la que desahuciaron con sus cuatro nietos menores el verano pasado.

Llerena, 24 es uno de los bloques ocupados por la Obra Social la PAH, una iniciativa impulsada por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca en los años más duros de la crisis hipotecaria. La filosofía se resume en ocupar pisos o bloques vacíos en manos de entidades financieras y, una vez dentro, con apoyo popular y del movimiento antidesahucios, tratar de forzar una negociación para conseguir un alquiler social. No siempre funciona, pero en la PAH de Vallecas acumulan más de una decena de victorias.

 "Nunca pensamos que íbamos a aguantar diez años aquí", reconoce Daniel García, de 45 años. Fue de los primeros en llegar, ya hace siete u ocho años, no lo recuerda con exactitud. "Lo normal es aguantar dos o tres, pero aquí nos hemos organizado bien. Hemos pasado varios años sin agua y sin luz y dos largos procesos judiciales. Hemos recurrido hasta al Tribunal Supremo. Siempre hemos perdido, claro, pero seguimos resistiendo y tratando de convertir nuestra situación en un conflicto político", afirma en el salón del piso de Juan Antonio López.

Ocho años negociando sin éxito un alquiler social

Y la política, en esta particular comunidad de vecinos, está más presente que nunca. Sobre todo desde que el Gobierno ha dado el primer paso para tomar el control de la Sareb, el banco malo, que es propietario de casi todas estas casas. El bloque lo construyó una promotora quebrada, Alcalá 70, con créditos hipotecarios de entidades como la extinta Caja Madrid o el quebrado y rescatado Banco de Valencia. Fue uno de esos activos tóxicos que absorbió la Sareb para limpiar la basura de los bancos rescatados en 2012.

 "Si su deuda es nuestra, porque es pública, sus viviendas también deberían ser públicas", argumenta José Luis de la Flor, portavoz de la PAH de Vallecas. Llevan ocho años intentando negociar con la entidad semipública unos alquileres sociales, pero la situación está estancada.

Calculan que, si hubieran firmado un contrato de cien euros al mes desde el principio, el banco malo habría recibido ya cerca de 300.000 euros. Los alquileres sociales que los activistas suelen arrancarle a Sareb son superiores a 200 euros, explica De la Flor, que cifra en 29 las viviendas propiedad de la Sareb en las que viven miembros de plataforma vallecana. "Su método es una tortura psicológica, parece que se interesan por negociar, pero luego nada avanza. Casi siempre esperan hasta el mismo día del desahucio para sentarse a hablar, con toda la ansiedad que supone enfrentarse a un desalojo. Es negociar a punta de pistola", ilustra.

 "Hasta en dos ocasiones hemos recopilado y entregado la información personal de cada familia. No es tarea fácil, es mucha documentación, informes de vulnerabilidad de los Servicios Sociales... Y todo para nada. Queremos pagar, pero aquí nadie puede permitirse un alquiler de 800 euros", dice Marian, de 57 años, que acaba de llegar de su trabajo. Cada día desde hace 17 años cruza la ciudad para cuidar de una anciana del barrio de Salamanca. Prefiere que su cara no salga en el reportaje: "mi jefa seguro que me echaría", asegura. Y por eso le hemos cambiado el nombre.

Sus ingresos, dice, no se ajustan al mercado del alquiler de esta ciudad. Antes trabajaba en un restaurante. A duras penas podía pagar la renta de 700 euros del piso en el que vivían ella y su hijo, que ahora tiene 24 años y estudia para ser técnico de sistemas informáticos. Por eso, en sus dos días libres, empezó a cuidar a cuatro hermanas mayores para sacar un sobresueldo, sin contrato y sin Seguridad Social. "Ya solo vive una y sus herederas empiezan a pelearse por la herencia", asegura. Le da la risa de quien no tiene nada que heredar. Cuando ella perdió su empleo, casi nueve años después, tuvo que buscar un barrio acorde a sus ingresos, así que se mudó a la Cañada Real. Encontró un alquiler por 240 euros y muchos problemas. Entre ellos, una posterior subida del alquiler que no pudo asumir y el incendio de la chabola que se construyó cuando la echaron de la casa.

 "¿Qué haces viviendo en la Caña Real habiendo pisos vacíos en el barrio?", le dijo una compañera de la PAH, donde llevaba años participando. Y así fue como acabó en Llerena, 24. "Somos una piña, una gran familia. Nos apoyamos en todo. Incluso han salido parejas que se han conocido en este bloque", dice la mujer.

Las historias de estos inquilinos sin contrato ni casero son similares, explican. "Muchos de los alojados han sido personas migrantes, que fueron los primeros afectados por la crisis", sentencia Daniel. Es el caso de Marian, que vino de Ecuador hace dos décadas, pero también el de Mohamed, que dormía en su furgoneta después de quedarse en paro hasta que la PAH le facilitó uno de estos 14 pisos.

 "Siempre hemos reservado una casa de emergencia para cuando hay desahucios", comentan. Ahora, esa vivienda la ocupa Miguel Ángel Cabello, de 55 años y una pensión por invalidez de 450 euros. "Yo siempre he compartido piso. No podía permitirme otra cosa", asegura. El último estaba en Moratalaz y le costaba 300 euros por una habitación. "Con mi pensión me iba viendo poco a poco en la calle", reconoce. Acabó yéndose antes de tiempo después de sufrir varias agresiones de su compañero de piso.

 

El bloque de las segundas oportunidades

"Todos los que estamos aquí somos gente trabajadora y honrada que está pasado o ha pasado por momentos duros de la vida", resume Juan Antonio. "Las casas han servido a muchos para salir adelante, para encarar sus problemas sin tener que verse en la calle. Una casa en la que dormir facilita las cosas. En cuanto han arreglado su situación y han podido, han alquilado una casa y se han marchado", resume.

¿Hasta cuándo podrán aguantar? Solo la Sareb lo sabe. "No vivimos con miedo, pero sí con preocupación. Cualquier día pueden llegar los desahucios si no conseguimos un acuerdo", dice Daniel. Marian asegura que, antes de entrar por el portal, da dos vueltas a la manzana, "por si hay policías o alguien vigilando. Lo que sí tienen claro es que los tendrían que desalojar a todos a la vez. "Somos muchos en esta situación solo en Vallecas. Aquí todos nos apoyamos cuando hay un desahucio", advierte Juan Antonio.

De La Flor, el portavoz de la PAH en el barrio, recuerda que este bloque forma parte del Plan Sareb, una plataforma de más de 200 familias que residen en viviendas del banco malo en varias regiones del país. En 2021 ocuparon dos veces la sede del FROB (el Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria, accionista mayoritario de la Sareb) para exigir una negociación colectiva que les permita permanecer en los pisos con un alquiler asequible.

"Que sus máximos representantes se hayan sentado con nosotros para hablar de todos esos casoso en lugar de negociar individualmente ya es una victoria, aunque no hayamos avanzado en una solución", dice. "Así hemos demostrado que el problema de las viviendas de la Sareb tiene un componente político incuestionable, y vamos a seguir presionando mucho más ahora que su deuda cuenta como déficit público y el Gobierno quiere tomar el control", añade. A diferencia del Gobierno, ellos no están dispuestos a dejar escapar la oportunidad de que las casas de la Sareb se conviertan en viviendas sociales."                      (Jairo Vargas, Público, 21/01/22)