Mostrando entradas con la etiqueta a. Control social. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta a. Control social. Mostrar todas las entradas

18.7.26

¿Cuándo es posible afirmar que una sociedad ha pasado de ser una democracia liberal a un régimen autoritario? La cruda realidad es que el Reino Unido ya se encuentra muy avanzado en este camino... Si es posible identificar un momento concreto en el que el nuevo autoritarismo salió de las sombras, fue cuando se lanzó la campaña contra Julian Assange para difamarlo y encarcelarlo... El abuso sufrido por Assange supuso un doble beneficio... Los papeles de víctima y agresor se invirtieron... así, ahora, llevar pancartas en protesta contra el genocidio, se convirtió en «apoyo al terrorismo»... y además, el Estado británico —y sus servicios de seguridad— dejaron claro que no tolerarían un periodismo verdaderamente crítico que pudiera hacerles rendir cuentas... La Unión Europea impuso una prohibición aún más draconiana —ratificada este mes por el Tribunal de Justicia de la UE— que tipifica como delito penal la difusión de cualquier información publicada por Rusia Today y otros medios prohibidos, incluso si se demuestra que es cierta... En este nuevo clima autoritario, la verdad se define como aquello que el Estado quiere que sus ciudadanos crean... como era de esperar, los medios de comunicación occidentales, propiedad de multimillonarios, han respaldado este nuevo régimen... así periodistas británicos independientes han sido detenidos en el aeropuerto o han sufrido redadas en sus domicilios por parte de la policía antiterrorista por «pensamientos incorrectos» sobre el genocidio de Gaza y la complicidad británica en el mismo. También ellos se enfrentan a hasta 14 años de cárcel... el abogado Rajiv Menon se enfrenta a un proceso por desacato al tribunal tras pronunciar en enero un alegato final que convenció al jurado de no declarar culpables a seis acusados de Palestine Action, es la primera vez que ocurre eso, y ha «causado conmoción en la profesión jurídica»... otra herramienta, especialmente poderosa, es la «exclusión bancaria», que obliga a una persona a salir del sistema financiero, lo que les hace casi imposible desenvolverse en el mundo occidental moderno... así, el Lloyds Bank ha retirado la cuenta bancaria a The Canary, una publicación de izquierdas cuyas críticas a la captura del Partido Laborista por las grandes empresas han sido una espina clavada para la burocracia del partido. The Canary ya no puede pagar a su plantilla ( Jonathan Cook)

"¿Cuándo es posible afirmar que una sociedad ha pasado de ser una democracia liberal —por muy imperfecta que sea su aplicación— a un régimen autoritario? ¿Hay un momento en el que de repente resulta obvio que el cambio se ha producido? ¿Anuncia el autoritarismo su llegada?

¿O se trata de un proceso que se desarrolla gradualmente, en el que las restricciones al poder ejecutivo se desmantelan poco a poco hasta que la marea ya no puede revertirse?

¿Es el giro hacia el autoritarismo algo que solo puede entenderse a posteriori, cuando ya se han perdido todas las oportunidades de detener el deslizamiento?

¿Y cómo admitimos ante nosotros mismos que nos han despojado de nuestras libertades más básicas y preciadas —la de expresión, de reunión y de protesta— cuando ya no somos libres para hablar, reunirnos o protestar?

La cruda realidad es que el Reino Unido ya se encuentra muy avanzado en este camino. Y si no eres consciente del terremoto que se ha estado produciendo, puede que sea porque —tal y como cabría esperar cuando el autoritarismo llama a la puerta— las primeras en ser silenciadas son precisamente las voces que dan la voz de alarma.

Los medios de comunicación propiedad de multimillonarios y del Estado —las partes que, en una época de creciente descontento popular, son las que más tienen que ganar con la acumulación de poder ejecutivo y el silenciamiento de la disidencia— no tienen ningún motivo para arrojar luz sobre la oscuridad que se cierne sobre nosotros.

Un gobierno laborista de nombre, bajo el mandato del saliente Keir Starmer, ha realizado gran parte del trabajo preliminar para dar paso a este nuevo y ominoso clima político.

Fueron precisamente las credenciales de Starmer como abogado especializado en derechos humanos las que proporcionaron al Estado británico la coartada que necesitaba para lanzar un ataque sin precedentes contra las libertades por las que lucharon generaciones anteriores.

Hay pocos indicios de que sus sucesores —ya sea una nueva figura emblemática del Partido Laborista, partidario del genocidio, o el Partido de la Reforma de Nigel Farage, que ataca a los inmigrantes— vayan a cambiar de rumbo.

La lógica que impulsa el deslizamiento de Gran Bretaña hacia el autoritarismo no la marcan solo los políticos, sino también una clase dirigente británica que necesita disimular su complicidad en genocidios y guerras ilegales en el extranjero y encontrar chivos expiatorios fáciles —los inmigrantes— a los que culpar de sus fracasos en el país.

La labor de los principales partidos políticos, que dependen de donantes multimillonarios que también son propietarios de los medios de comunicación corporativos, consiste en reforzar estas narrativas.

El Estado de vigilancia

Fue la ministra del Interior de Starmer, Shabana Mahmood, quien, de forma imprudente, expresó con mayor claridad la visión que tiene el Estado británico de nuestro futuro.

En un discurso pronunciado en enero, expuso su ambición de aprovechar los nuevos avances en inteligencia artificial para crear un Estado de vigilancia tipo «Gran Hermano» todopoderoso y que todo lo ve, tal y como lo predijo George Orwell en su novela distópica 1984.

Mahmood llegó incluso a comparar este futuro con el «panóptico», en referencia a la prisión perfecta del filósofo del siglo XVIII Jeremy Bentham: una torre de vigilancia central (el Estado) rodeada por un círculo de celdas con ventanas desde las que los reclusos (el público) serían visibles en todo momento.

Bentham comprendió que no se trataba solo de control físico. Tal y como observó, la sensación de estar constantemente observado constituiría una «nueva forma de ejercer el poder de la mente sobre la mente». Los reclusos controlarían su propio comportamiento para evitar el castigo.

Según se informa, el sucesor de Starmer, Andy Burnham, está dispuesto a mantener a Mahmood como figura clave en su Gobierno. Pero no se trata de una única ministra del Gobierno.

Mahmood es el síntoma de un malestar más profundo, no su causa. La arquitectura de los nuevos sistemas de control, así como la erosión de las libertades y las tradiciones culturales que las sustentaban, ya estaban muy avanzadas cuando fue nombrada para el Ministerio del Interior.

Quienquiera que ostente las riendas del poder en los próximos meses y años podrá explotar al máximo estos poderes ya existentes y, posteriormente, ampliarlos aún más.

Una vez que el espíritu del autoritarismo se afianza, resulta cada vez más difícil volver a meterlo en la caja. Solo una protesta masiva y concertada puede recordar al Estado dónde reside el poder supremo. Y es precisamente este tipo de protesta la que se está demonizando y criminalizando paso a paso.

Juicio político

Si es posible identificar un momento concreto en el que el nuevo autoritarismo salió de las sombras, fue hace unos quince años. Ese fue el momento en que el Estado lanzó su prolongada campaña contra Julian Assange para difamarlo y encarcelarlo.

El fundador de la plataforma de denuncia de irregularidades WikiLeaks había indignado a Estados Unidos y a su leal aliado británico al publicar detalles de crímenes de guerra en Afganistán e Iraq que ambos querían mantener en secreto.

Probablemente no fue una coincidencia que, en aquel momento, Starmer fuera jefe del Servicio Fiscal de la Corona y realizara repetidos viajes para reunirse con los máximos responsables judiciales de Washington. Contrariamente a los protocolos, sus funcionarios destruyeron las actas de estas conversaciones.

Nunca sabremos qué instrucciones recibió Starmer de Estados Unidos en relación con Assange. Pero una posible pista sobrevivió a la posterior —y altamente irregular— destrucción, por parte del departamento de Starmer, de la correspondencia relacionada entre los fiscales del Reino Unido y de Suecia de aquella época.

Uno de los pocos correos electrónicos que se conservan resulta revelador. Muestra que Suecia estaba considerando archivar una investigación sobre Assange por falta de pruebas, mientras este se encontraba refugiado en la embajada de Ecuador en Londres, temeroso de lo que le deparaba el futuro.

El equipo de Starmer, que se suponía que debía actuar como árbitro neutral entre Suecia y el equipo legal de Assange, espetó airadamente a los suecos: «¡¡¡No se atrevan a echarse atrás!!!»

En otro correo electrónico, el mismo funcionario de la Fiscalía Pública del Reino Unido (CPS) dijo a sus homólogos suecos: «Por favor, no piensen que este caso se está tratando como una extradición más».

Más tarde, con la connivencia activa del Reino Unido y sus tribunales, Estados Unidos mostró sus verdaderas intenciones. Washington inició el proceso de extradición con el pretexto absurdo de que Assange había cometido «espionaje» al publicar detalles de sus crímenes de guerra.

Assange permaneció encerrado durante años en una prisión de alta seguridad en Londres, a menudo sin poder reunirse con sus abogados, con grave deterioro de su salud, acusado de un delito inventado y descaradamente político.

Se trató de un ataque aterrador y sin precedentes contra el derecho de los periodistas a publicar pruebas de las irregularidades cometidas por el Estado en interés público. Y, sin embargo, los medios de comunicación propiedad de multimillonarios apenas pudieron contener sus bostezos.

La realidad invertida

El abuso sufrido por Assange durante una década y el pisoteo de sus derechos legales supusieron un doble beneficio.

En primer lugar, sentó un precedente muy visible en el que se dio la vuelta al Estado de derecho. Los papeles de víctima y agresor se invirtieron.

Assange, que había publicado pruebas irrefutables de crímenes de guerra cometidos por Estados Unidos y el Reino Unido, era quien se encontraba entre rejas. Los funcionarios británicos que aprobaron y ocultaron esos crímenes no solo eludieron la justicia, sino que además tuvieron vía libre para acosar y difamar a Assange.

Este ha sido el tema recurrente desde entonces, a medida que el Estado británico ha intensificado sus restricciones a la libertad de expresión y de manifestación, y la matanza de palestinos por parte de Israel ha servido a menudo como campo de pruebas para autorizar esta nueva represión.

En la segunda mitad de la década de 2010, Jeremy Corbyn —predecesor de Starmer al frente del Partido Laborista— se vio a sí mismo y a sus seguidores duramente tachados de «antisemitas».

¿Por qué? Porque intentaron llamar la atención sobre las acciones criminales de Israel —un presagio de lo que estaba por venir, cuando Israel desató lo que expertos jurídicos, estudiosos del Holocausto, grupos por los derechos humanos e investigadores de las Naciones Unidas han calificado unánimemente como un genocidio en Gaza—.

En una democracia que funcionara correctamente, quienes difamaron a Corbyn y a otros críticos de Israel habrían quedado desacreditados de forma permanente.

En cambio, los responsables del Reino Unido —los mismos que colaboran en los crímenes actuales de Israel enviando armas al país, realizando vuelos de vigilancia para guiar las campañas de bombardeos israelíes contra la población civil de Gaza y ofreciendo cobertura diplomática—intensificaron simplemente la campaña de demonización.

Mientras millones de británicos salían a las calles, el Gobierno de Starmer —y el Estado británico que lo respalda— no solo los tildó de antisemitas, sino que reescribió radicalmente los códigos legales para criminalizar la oposición al genocidio de Israel.

El grupo de acción directa Palestine Action, que había estado actuando contra fábricas de armas israelíes que operaban en territorio británico, fue proscrito como grupo «terrorista» equivalente a Al Qaida y al Estado Islámico.

Llevar pancartas en protesta contra el genocidio, como hicieron miles de respetables ciudadanos británicos, se convirtió en «apoyo al terrorismo», lo que conllevaba el riesgo de una pena de cárcel de hasta 14 años.

La realidad se invirtió una vez más.

Gran Bretaña sigue apoyando activamente el terrorismo de Estado israelí.

Pero fueron precisamente quienes dieron la voz de alarma —los que intentaban detener esos envíos, los que se oponían a la connivencia británica con el terrorismo de Estado israelí o los que, sencillamente, se sentían consternados por el menoscabo de los derechos fundamentales a la protesta— quienes fueron detenidos y acusados de terrorismo.

Mientras tanto, los documentos revelan que Elbit Systems sigue disfrutando de acceso sin restricciones a los funcionarios del Gobierno británico.

«Noticias falsas»

En segundo lugar, al estigmatizar y aislar a Assange por publicar detalles de los crímenes de guerra de EE. UU. y el Reino Unido, el Estado británico logró trazar su propia distinción falsa entre el «buen» y el «mal» periodismo —una distinción que los medios de comunicación propiedad de multimillonarios se apresuraron a adoptar con gran entusiasmo—.

Assange, cuya plataforma independiente WikiLeaks había puesto contra las cuerdas a Washington y Londres por cometer crímenes de guerra, había puesto en evidencia, de paso, a los medios de comunicación del establishment por su falta de voluntad para hacer lo mismo.

Puso al descubierto hasta qué punto los periodistas corporativos, que dependen del acceso a los ricos y poderosos para obtener noticias, conspiran con las formas encubiertas e irresponsables en que el Estado ejerce el poder.

Los medios de comunicación no son guardianes; son perritos falderos que representan los intereses de la clase multimillonaria.

El Estado británico —y sus servicios de seguridad— dejaron claro que no tolerarían un periodismo verdaderamente independiente o crítico que pudiera sacar a la luz sus hipocresías o hacerles rendir cuentas.

En respuesta, los medios de comunicación propiedad de multimillonarios no solo dejaron a Assange en la estacada, sino que se unieron al Gobierno en un coro de acusaciones según las cuales los medios independientes o bien difundían «noticias falsas» o bien actuaban como «agentes del Kremlin» que propagaban «desinformación».

Amplificaron la presión ejercida por los políticos sobre las plataformas de redes sociales —el nuevo juguete de los multimillonarios— para que endurecieran sus algoritmos con el fin de ocultar a los periodistas independientes y frenar a estos nuevos y peligrosos competidores en la batalla por la verdad.

Del mismo modo, los medios corporativos aplaudieron la decisión del Gobierno de prohibir Russia Today, el canal de noticias del Estado ruso. Rápidamente se hizo prácticamente imposible para el público británico conocer la versión rusa de los hechos en los medios de comunicación dominantes, a medida que el Reino Unido y los Estados europeos sentaban las bases para una confrontación permanente con Moscú.

La Unión Europea impuso una prohibición aún más draconiana —ratificada este mes por el Tribunal de Justicia de la UE— que tipifica como delito penal la difusión de cualquier información publicada por RT y otros medios prohibidos, incluso si se demuestra que es cierta. El objetivo de la ley es, supuestamente, «proteger el orden público y la seguridad».

En las últimas semanas, a dos destacados comentaristas estadounidenses, Cenk Uygur y Hasan Piker, se les ha denegado la entrada al Reino Unido por sus críticas a Israel. Uygur tenía previsto intervenir en un debate en la Universidad de Oxford.

El retroceso de la Ilustración

En este nuevo clima autoritario, la verdad se define como aquello que el Estado quiere que sus ciudadanos crean. Mientras tanto, la desinformación —la «propaganda rusa» o el «antisemitismo»— es todo aquello que esos mismos Estados insisten en que su ciudadanía no debe escuchar.

Se trata de un descarado giro de 350 años de la Ilustración occidental, con su creencia declarada tanto en la primacía de la razón como en que las ideas deben someterse a prueba mediante el debate y el escrutinio crítico.

Ahora ya no importa lo que se diga, sino únicamente quién lo dice.

Y, como era de esperar, los medios de comunicación occidentales, propiedad de multimillonarios, han respaldado este nuevo régimen. Al fin y al cabo, su voz —que representa los intereses de los superricos— tiene garantizada la posibilidad de ser escuchada.

No es de extrañar, pues, que este mismo grupo mediático privilegiado haya seguido aceptando dócilmente su exclusión de Gaza por parte de Israel mientras se desarrolla el mayor crimen de la historia moderna —incluso ahora, en medio de un supuesto alto el fuego que Israel no deja de romper—.

Porque lo que importa es a quién se le permite hablar: a Israel, no a los palestinos de Gaza, independientemente de si lo que dice Israel es cierto o, como invariablemente resulta ser el caso, una mentira.

En consonancia con este precepto, los medios de comunicación propiedad de multimillonarios apenas han emitido un murmullo mientras Israel ha masacrado a periodistas de Gaza en cantidades sin precedentes —matando a más de ellos que en las dos guerras mundiales, Vietnam, las guerras de Yugoslavia y Afganistán juntos—.

Las vidas de los periodistas palestinos —al igual que la labor informativa que han tenido que realizar en solitario bajo el bombardeo israelí— no cuentan para nada en los medios occidentales debido a quiénes son.

El genocidio —el «qué»— ha dejado de considerarse un delito porque somos nosotros —Occidente— quienes estamos contribuyendo a que se cometa.

El Comité para la Protección de los Periodistas, que al parecer se enfrentaba a una reacción negativa por parte de la política y de los donantes, descartó el año pasado su Índice Global de Impunidad anual —que medía en qué lugares se asesina a periodistas con impunidad— después de que quedara claro que Israel encabezaría la clasificación.

Ahora se acusa a ese mismo comité de ceder a estas presiones al plantear dudas sobre quién puede considerarse periodista en Gaza —dudas que servirán para envalentonar a Israel, que afirma que los periodistas palestinos, de hecho todos los palestinos, son terroristas encubiertos—.

Hay que reescribir el «quién» porque el «qué» no se puede negar.

Lo mismo está ocurriendo en el Reino Unido, donde periodistas británicos independientes han sido detenidos en el aeropuerto o han sufrido redadas en sus domicilios al amanecer por parte de la policía antiterrorista por «pensamientos incorrectos» sobre el genocidio de Gaza y la complicidad británica en el mismo. También ellos se enfrentan a hasta 14 años de cárcel.

Esto ha enviado un mensaje escalofriante a otros periodistas —aquellos que carecen de la protección de un mecenas multimillonario o del Estado— sobre lo que se puede decir.

Autoritarismo creciente

Nada de esto se limita, ni se limitará, a Gaza. El vuelco de los valores de la Ilustración, como ya debería quedar claro, forma parte de un proyecto político mucho más amplio para normalizar y afianzar este autoritarismo creciente.

La prohibición de «Palestine Action» y de la exhibición de pancartas ha allanado el camino para que el Estado británico califique a cualquier opositor —que cuestione sus infracciones legales o impugne su derecho a dictar la verdad— como delincuente o simpatizante del terrorismo. Se ha sentado un precedente, ahora ratificado por los tribunales del Reino Unido, que será difícil de revertir.

El Estado tiene muchas herramientas a su disposición, algunas de las cuales ya está utilizando, una vez más sin que los «guardianes» de los medios de comunicación, propiedad de multimillonarios, protesten.

Una de ellas, especialmente poderosa, es la «exclusión bancaria»: obligar a personas o grupos que perturban el discurso de la autoridad moral y jurídica de los Estados occidentales a salir del sistema financiero, empujándolos a una especie de aislamiento que les hace casi imposible desenvolverse en el mundo occidental moderno.

Cabe destacar, una vez más, que Assange y WikiLeaks fueron una de las primeras víctimas del uso de la exclusión bancaria como arma política. Washington impuso sanciones a finales de 2010, poco después de que WikiLeaks sacara a la luz los crímenes de guerra de EE. UU. y el Reino Unido en Afganistán e Iraq, cortando así casi todos sus ingresos procedentes de donantes.

Las sanciones —lo que algunos describen como una «pena de muerte financiera»— ya se han impuesto a varios jueces y miembros del personal de la Corte Penal Internacional por la emisión de una orden de detención contra el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, por cometer crímenes contra la humanidad en Gaza.

La experta jurídica de la ONU Francesca Albanese, a la vanguardia a la hora de poner de relieve la complicidad occidental en el genocidio de Israel, también ha sido excluida del sistema bancario.

En Gran Bretaña, las organizaciones benéficas palestinas e islámicas llevan mucho tiempo enfrentándose a duras restricciones en su capacidad para operar financieramente, normalmente con el argumento de que podrían estar desviando donaciones a grupos prohibidos.

Pero esto se ha ido extendiendo gradualmente a las principales organizaciones de solidaridad con Palestina y a personas afectadas por la prohibición de «Palestine Action».

En un giro aún más inquietante, aunque previsible, el Lloyds Bank ha retirado ahora la cuenta bancaria a The Canary, una publicación de izquierdas cuyas críticas a la captura del Partido Laborista por parte de las grandes empresas han sido durante mucho tiempo una espina clavada para la burocracia del partido. The Canary ya no puede pagar a su plantilla, y su actividad informativa está en peligro.

Se trata del mismo Canary que el proyecto «Labour Together», liderado por Morgan McSweeney —quien impulsó a Starmer al poder en nombre de la derecha laborista, favorable a los multimillonarios y a la energía nuclear—, identificó desde el principio como una amenaza. Según se informa, su lema era: «Destruyamos a The Canary o The Canary nos destruirá a nosotros».

Tal y como expone el periodista de investigación Paul Holden en su libro The Fraud, que documenta las operaciones encubiertas e ilegales de «Labour Together», McSweeney estuvo a punto de conseguir destruir a The Canary. Creó un grupo ficticio, «Stop Funding Fake News», que presionó a los anunciantes para que boicotearan la publicación.

Labour Together, bajo el mando del sucesor de McSweeney, Josh Simons, lanzaría posteriormente una campaña de desprestigio contra Holden y lo denunciaría a los servicios de seguridad británicos como supuesto agente del Kremlin.

Como una moneda falsa, Simons ha vuelto a aparecer, esta vez cediendo su escaño de Makerfield para que Andy Burnham pueda regresar a Westminster. Simons es ahora uno de los asesores políticos de Burnham.

Represalias políticas

Este ataque sistemático al derecho a examinar la actuación del Estado británico se ha extendido también a la profesión jurídica.

El mes pasado, Dan Kovalik, un respetado abogado y profesor estadounidense especializado en derechos humanos, fue detenido en el aeropuerto de Liverpool por la policía antiterrorista e interrogado por sus críticas a la política exterior occidental en Gaza e Irán.

Fahad Ansari, un abogado británico especializado en derechos humanos, fue detenido por la policía el año pasado al regresar al Reino Unido tras unas vacaciones familiares en Irlanda, en virtud del anexo 7 de la draconiana Ley contra el Terrorismo de 2000.

A ambos hombres se les confiscaron sus dispositivos electrónicos, a pesar de las protestas en las que se alegaba que esto era ilegal y violaba el secreto profesional entre abogado y cliente.

La detención de Ansari parece ser un acto flagrante de represalia política e intimidación. Había presentado alegaciones jurídicas impugnando una decisión del Ministerio del Interior de 2021 de ampliar la proscripción de Hamás a su ala política. Hamás nunca ha lanzado una operación militar en Gran Bretaña.

Para presentar el escrito, Ansari había reunido a un grupo de expertos para argumentar que la ampliación de la proscripción —deseada desde hace tiempo por Israel— estaba teniendo un efecto profundamente disuasorio en la labor de abogados, académicos, grupos de derechos humanos y periodistas a la hora de documentar y debatir los crímenes israelíes en Gaza.

Cinco expertos jurídicos de la ONU escribieron una carta de protesta por la violación de los derechos de Ansari como abogado, advirtiendo de que «tales medidas amenazan con criminalizar, estigmatizar y tener efectos disuasorios contra los abogados y las asociaciones jurídicas que realizan una labor legítima en materia de seguridad nacional y lucha contra el terrorismo».

Ese parece ser precisamente el objetivo. Acosar a los abogados es una característica, y no un error, del nuevo autoritarismo británico.

Una víctima aún más visible de este nuevo ataque a la profesión jurídica es el muy respetado abogado Rajiv Menon.

Ha trabajado en algunos de los casos de derechos humanos más importantes de la era moderna, denunciando los fallos y abusos de poder del Estado en relación con el asesinato del adolescente negro Stephen Lawrence, la muerte de casi 100 aficionados al fútbol del Liverpool en Hillsborough y las 72 víctimas del incendio de la Torre Grenfell.

Actualmente se enfrenta a un proceso por desacato al tribunal tras pronunciar en enero un alegato final que convenció al jurado de no declarar culpables a seis acusados de Palestine Action de ninguno de los cargos presentados por el Estado británico contra ellos. En 2024, los seis habían llevado a cabo una acción contra una fábrica de Elbit.

Se cree que es la primera vez que se procesa a un abogado por desacato al tribunal a raíz de un alegato final. Garden Court Chambers, donde Menon ha ejercido durante tres décadas, afirmó que el proceso había «causado conmoción en la profesión jurídica».

Advirtió de un grave efecto disuasorio sobre los abogados, que podrían mostrarse más reacios a presentar una defensa firme, especialmente en juicios con gran carga política, por miedo a las represalias.

Todo esto debe verse en el contexto de las medidas igualmente sin precedentes del Gobierno para socavar el principio jurídico fundamental del derecho a un juicio con jurado.

Los Estados autoritarios no admiten restricciones significativas a su capacidad para imponer su voluntad. Los abogados y los jurados con espíritu independiente son precisamente ese freno.

Criminalización de la protesta

Pero quizás el ataque más sostenido por parte del Estado británico haya sido contra los derechos de protesta y de reunión, lo que hace que expresar una opinión en el espacio público resulte cada vez más amenazador.

Desde que unos dos millones de personas salieron a las calles para oponerse a la invasión ilegal de Iraq por parte de Gran Bretaña en 2003, se han buscado nuevas formas de restringir la capacidad de los ciudadanos de a pie para alzar la voz contra el abuso del poder gubernamental y estatal.

La legislación reciente permite a la policía prohibir las protestas por ser «demasiado ruidosas» o causar «grave malestar». El concepto de «perturbación» se ha redefinido para incluir ahora cualquier obstáculo a la actividad cotidiana. Las protestas pueden prohibirse si tienen un impacto «acumulativo».

Todas estas son características inherentes a la protesta. Las manifestaciones masivas contra el ataque ilegal de Gran Bretaña a Iraq fueron ruidosas, perturbadoras y repetidas, al igual que lo han sido las marchas contra la connivencia de Gran Bretaña con el genocidio de Israel en Gaza.

Al juzgar la legalidad de las protestas según estos criterios selectivos y en gran medida subjetivos, el Estado ha otorgado a la policía un amplio margen de maniobra para decidir qué protestas deben tipificarse como delito y cuáles deben permitirse. No es de extrañar, pues, que la policía esté centrando actualmente sus esfuerzos en las marchas contra el genocidio, que ponen de relieve la complicidad británica en los crímenes de Israel.

También se está implantando la tecnología de reconocimiento facial —pionera en Israel contra los palestinos—, lo que normaliza el Estado panóptico tan querido por Mahmood.

¿A dónde nos lleva todo esto? La respuesta es a una nueva ley que la ministra del Interior ha hecho aprobar a toda prisa en el Parlamento.

La Ley de Seguridad Nacional (Amenazas al Estado) otorga al Estado poderes sin precedentes para proscribir grupos, tal y como hizo con Palestine Action, pero ahora sin necesidad de alegar que existen pruebas de una amenaza terrorista.

La ministra del Interior puede realizar dicha designación de forma unilateral, sin ningún tipo de supervisión parlamentaria, simplemente porque afirme que el grupo es un actor estatal extranjero «hostil» que supone una amenaza para la seguridad nacional o la seguridad pública.

Mahmood ya lo ha hecho con el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán (CGRI), que es, en la práctica, el ejército de Irán.

Además, cualquier persona que colabore con un grupo proscrito o reciba un «beneficio material» —cuya definición incluye la «información»— de dicho grupo puede ser condenada a hasta 14 años de cárcel. Esto incluye expresar apoyo al grupo o compartir información que este haya facilitado.

El mero hecho de organizar un acto en el que alguien exprese su apoyo al grupo podría dar lugar a un proceso judicial, al igual que publicar algo en las redes sociales que el Estado británico considere un «argumento» de un Estado extranjero hostil, independientemente de que la información sea cierta o no.

Prohibición de la búsqueda de la verdad

Una vez más, se trata de un ataque a los valores más fundamentales de la Ilustración.

En la Ley de Seguridad Nacional, lo único que importa es quién difunde la información, no cuál es esa información ni si es veraz. No existe ninguna defensa basada en el interés público, como la denuncia de actos delictivos cometidos por el Estado británico o sus aliados.

No hay exención para los periodistas, abogados, académicos ni grupos de derechos humanos. Les resultará imposible realizar la parte más esencial de su trabajo: recabar información, contrastar las afirmaciones de una parte con las de la otra y permitir que el público determine la verdad.

Suponiendo que se declare a Hamás como actor extranjero hostil —lo cual parece casi seguro—, se prohibirá a los periodistas recabar datos sobre las víctimas palestinas del Ministerio de Sanidad de Gaza o hablar con los médicos de allí. ¿Por qué? Porque el Gobierno de Hamás dirige el Ministerio de Sanidad y los hospitales.

Peor aún, sería imposible que los periodistas visitaran Gaza para investigar los crímenes israelíes —algo que hará las delicias de Israel—, ya que dicha visita tendría que organizarse a través del Gobierno de Hamás. Hacerlo supondría arriesgarse a 14 años de cárcel.

Lo mismo ocurrirá con los reportajes desde Irán o Rusia, si así lo decide la ministra del Interior.

La única excepción aparente será para los periodistas que obtengan la autorización previa del Gobierno británico.

Esto debería garantizar que solo los periodistas más dóciles y ávidos de acceso, pertenecientes a medios de comunicación estatales o propiedad de multimillonarios, puedan relacionarse con actores extranjeros «hostiles», en formas que el Estado británico pueda estar seguro de que representarán mejor sus intereses.

En virtud de esta nueva ley, la búsqueda de la verdad —y, potencialmente, la propia verdad— se tipificará como delito.

Dentro del panóptico

La Ley de Seguridad Nacional sistematiza todas las demás medidas que hemos señalado anteriormente. Otorga al Estado carta blanca para criminalizar a cualquiera que cuestione o desafíe su autoridad moral o jurídica.

¿Quién debería estar indignado ante este monstruoso ataque legislativo al derecho a buscar la verdad, a exigir responsabilidades al Estado y a actuar como guardián frente al abuso de poder?

Si los medios de comunicación propiedad de multimillonarios hicieran alguna de estas cosas, los medios de comunicación estarían liderando la resistencia. Sin embargo, en su mayoría guardan silencio, porque no hacen nada de eso.

Será a los periodistas independientes, los comentaristas, los abogados y los activistas de derechos humanos a quienes irán eliminando uno por uno, enviando así un mensaje al resto de la población para que mantengan un perfil bajo.

Se espera que la ciudadanía, privada de información veraz y de un análisis crítico de las acciones del Estado británico, se vuelva más ignorante, más dócil y más pasiva a medida que se le vayan privando progresivamente de sus derechos.

A medida que se intensifique la crisis climática, que se aceleren las guerras por los recursos y que la austeridad interna se haga sentir más, se señalará con el dedo no a los verdaderos culpables —los superricos, sus medios de comunicación y el Estado cautivo—, sino a las víctimas anteriores de Occidente: aquellos que huyen de las guerras que nosotros iniciamos, de un clima cada vez más inestable provocado por nuestro consumo desmesurado y de la escasez de recursos tras siglos de saqueo colonial.

Mientras se nos anima a culpar a «los inmigrantes», o a «los musulmanes», o a «la izquierda», o a «los que odian a Israel», el Estado se apresura a erigir un andamiaje de control para protegerse antes de que nos demos cuenta del engaño.

El tiempo se agota en todos los frentes. La falta de urgencia para abordar estas crisis no se debe a que las crisis no existan, sino a que nuestra pasividad ha sido orquestada. La verdad es que ya estamos en el panóptico, y nuestras mentes ya están profundamente moldeadas para la obediencia." 

(Jonathan Cook, blog, 16/07/26, traducción Voces del Mundo)  

22.4.26

Gafas ICE... El Departamento de Seguridad Nacional está fabricando “gafas inteligentes” para recopilar información sobre los estadounidenses... "Podría ser tratado como un intento de identificar a los inmigrantes ilegales en las calles, pero la realidad es que un impulso en esta dirección afecta a todos los estadounidenses, particularmente a los manifestantes"... serán bidireccionales, no solo capaces de detectar y, con la ayuda de la IA, cotejar con sospechosos ya en bases de datos, sino también de grabar secretamente a personas para añadirlas a nuevas listas de vigilancia nacional... estas gafas especializadas permiten fusionar la "inteligencia de identidad" para incluir atributos biológicos, biográficos, conductuales, contextuales y de reputación... Aunque el Congreso ha sido notificado del proyecto, ningún miembro ha dicho nada públicamente... Cuando ese agente federal cerca de una protesta de ICE en Maine dijo: "Tenemos una pequeña y agradable base de datos", no estaba bromeando. La única broma aquí es el Congreso... las gafas ICE deberían estar disponibles para septiembre de 2027 (Ken Klippenstein)

 "El Departamento de Seguridad Nacional está desarrollando gafas inteligentes especializadas que permitirán a los agentes federales en las calles estadounidenses identificar automáticamente a los "extranjeros ilegales" a distancia, revelan documentos presupuestarios.

Estas nuevas gafas ICE, que se basan en las gafas disponibles que permiten la grabación de video y la visualización de datos en la cabeza, podrán procesar vastas bases de datos federales de datos biométricos, desde el reconocimiento facial hasta la forma de caminar, para identificar a las personas en tiempo real.

Según el documento presupuestario:

El proyecto entregará hardware innovador, como prototipos operativos de gafas inteligentes, para equipar a los agentes con acceso a información en tiempo real y capacidades de identificación biométrica en el campo.

Un abogado del Departamento de Seguridad Nacional que habló conmigo bajo condición de anonimato dijo sobre el proyecto ICE Glasses: "Podría ser retratado como un intento de identificar a los inmigrantes ilegales en las calles, pero la realidad es que un impulso en esta dirección afecta a todos los estadounidenses, particularmente a los manifestantes". El funcionario también dice que las tecnologías y algoritmos detrás de las gafas inteligentes son tan aplicables a la vigilancia gubernamental general como lo son a la actual guerra de inmigración.

Las gafas inteligentes comerciales ya enfrentan importantes obstáculos en cuanto a privacidad, ética y seguridad de datos, y las gafas ICE solo profundizarán esas preocupaciones. Presumiblemente serán bidireccionales, no solo capaces de detectar y, con la ayuda de la IA, cotejar con sospechosos ya en bases de datos, sino también de grabar secretamente a personas para añadirlas a nuevas listas de vigilancia nacional.

Cuando Google presentó sus propias gafas inteligentes a principios de la década de 2010, apodadas "Google Glass", la reacción pública fue tan feroz que dio lugar a un apodo para los usuarios: "glassholes".

La comunidad de inteligencia y los enclaves clasificados del ejército han estado experimentando con gafas inteligentes durante años, y tales pantallas se han utilizado para ayudar a los operadores especiales a encontrar e identificar objetivos de alto nivel que figuran en varias listas de muerte terroristas.

Según un documento filtrado que revisé, estas gafas especializadas permiten fusionar la "inteligencia de identidad (I2)" para incluir atributos biológicos, biográficos, conductuales, contextuales y de reputación "con el fin de identificar y evaluar a individuos y redes de amenaza, sus capacidades y potencial, centros de gravedad, objetivos e intenciones".

Las gafas de ICE presumiblemente se beneficiarán de esta investigación, proporcionando a los agentes federales conocimiento en tiempo real de las identidades de cualquier persona a la vista que se encuentre en una de las diversas listas de vigilancia del Departamento de Seguridad Nacional (cuya existencia he informado aquí).

El documento presupuestario dice que las gafas ICE deberían estar disponibles para septiembre de 2027. 

 La biometría son métodos automatizados para identificar o verificar la identidad de una persona basándose en características físicas (o de comportamiento) únicas. Las huellas dactilares, los rasgos faciales, los patrones del iris e incluso las huellas de voz son analizados por la tecnología para el control fronterizo o el acceso.

Tras el 11 de septiembre, la biometría —y más tarde la inteligencia de identidad— se convirtió en una herramienta fundamental para identificar y rastrear a los terroristas.

A partir de la lista original de vigilancia terrorista, el ejército estadounidense desarrolló su propia "Lista de Vigilancia Habilitada Biométricamente" (BEWL), un repositorio de información de identificación de prácticamente todas las personas con las que entró en contacto en Oriente Medio: detenidos, prisioneros, presuntos terroristas, viajeros, contratistas, etc. BEWL es el equivalente militar del Sistema Automatizado de Identificación Biométrica (ABIS), una base de datos biométrica de una agencia civil que rastrea a los viajeros internacionales. ABIS creció hasta contener más de 15 millones de presentaciones biométricas en su primera década de funcionamiento, según un informe de 2015.

En diez años, ABIS duplicó con creces su tamaño y, según datos de seguridad nacional, contiene hoy en día unos 75 millones de registros biométricos. El contratista principal del sistema, Leidos, afirma que el sistema es capaz de procesar alrededor de 45.000 presentaciones biométricas por día, con una capacidad de aumento de hasta aproximadamente 100.000 durante operaciones importantes.

Durante la guerra global contra el terrorismo, dispositivos portátiles como el Equipo Portátil de Detección de Identidad Interagencial, o HIIDE, se convirtieron en los caballos de batalla de la recopilación, recogiendo datos biométricos y alimentando el ABIS y, finalmente, el BEWL. HIIDE es un dispositivo robusto alimentado por batería, del tamaño de una videocámara pequeña, con sensores integrados para escaneos de iris, huellas dactilares y fotos faciales.

Las tropas en Irak y Afganistán utilizaron el HIIDE para registrar a las personas encontradas en puestos de control, patrullas o redadas, capturando sus huellas dactilares, imágenes del iris y rostros, vinculando esos datos a un nombre o alias y detalles biográficos básicos, y luego sincronizando esos registros con la comunidad de inteligencia. Una vez que los datos biométricos de una persona estaban en ABIS y los analistas decidían que podrían merecer un seguimiento más cercano, la identidad se promovía a la BEWL, convirtiendo un escaneo en un dispositivo portátil en un "acierto" de la lista de vigilancia que le indica a un soldado que esta es alguien a quien el ejército estadounidense está buscando activamente.

Las gafas ICE eventualmente harán todo eso de manera más compacta. Los recovecos secretos del gobierno ya recopilan lo que literalmente se llama "biometría no cooperativa", donde los datos se capturan sin el consentimiento del sujeto. (El Departamento de Defensa a veces prefiere el término más eufemístico "biometría no intrusiva" para la recopilación que es silenciosa, a distancia o de otro modo invisible para la persona que está siendo grabada).

Ese es el mundo de la vigilancia ubicua que el Departamento de Seguridad Nacional busca reproducir aquí en suelo estadounidense.

El director del FBI, Kash Patel, insinuó la magnitud del esfuerzo biométrico en una publicación en redes sociales el pasado diciembre, diciendo que la Oficina "emprendió un proyecto a principios de este año para expandir enormemente nuestro programa biométrico en el extranjero", y añadió: "Hemos trabajado con socios de todo el gobierno federal en @DHSgov @CBP y más... para implementar mejoras en todos los niveles".

Luego, en enero, Patel anunció que el FBI había "duplicado la producción de inteligencia en nuestro Centro de Detección de Amenazas" —que mantiene la lista de vigilancia de terrorismo doméstico— señalando "coincidencias biométricas agudamente aumentadas..."

El proyecto ICE Glasses es supervisado por la rama de investigación y desarrollo del Departamento de Seguridad Nacional, llamada Dirección de Ciencia y Tecnología.

Aunque el Congreso ha sido notificado del proyecto, ningún miembro ha dicho nada públicamente, incluidos los líderes del Comité de Seguridad Nacional, Bennie Thompson, Rand Paul, Andrew Garbarino y Gary Peters.

Cuando ese agente federal cerca de una protesta de ICE en Maine dijo: "Tenemos una pequeña y agradable base de datos", no estaba bromeando. La única broma aquí es el Congreso." 

Ken Klippenstein , blog, 21/04/26, traducción Quillbot, enlaces en el original) 

8.3.26

Los algoritmos pueden inducir polarización política en apenas diez días... Un algoritmo prueba miles de versiones de un mismo feed. Mide cuánto tiempo nos quedamos, si comentamos, si volvemos. Descubre, por ejemplo, que el contenido que llama “ellos” contra “nosotros” genera un 67% más de interacciones. Descubre que las imágenes manipuladas provocan más clics que las verificadas. Descubre que la irritación es adictiva... El odio es eficiente porque es inmediato. Una mentira escandalosa viaja más rápido que una verdad matizada porque no requiere contexto, no pide pausa, no invita a la duda. Solo pide reacción. Y cada reacción es un dato, cada dato es una predicción, cada predicción es un anuncio mejor dirigido... el odio se concentra en las primeras dos horas de una conversación, cuando la visibilidad es máxima y el impacto puede ser explosivo. No es espontáneo; es táctico. Es contenido diseñado para secuestrar la atención en su momento más vulnerable... Publicar algo moderado, veraz y matizado es la vía rápida al anonimato. Publicar algo incendiario, simplista y maniqueo es la vía rápida a la viralidad. El mercado ha establecido sus precios, y la honestidad no cotiza... Las redes han perfeccionado la ingeniería de la adicción emocional. Saben que el miedo vende más que la esperanza, que la furia retiene más que la calma, que la simplicidad rinde más que la complejidad. Han construido imperios sobre la explotación de nuestros peores instintos, y lo han hecho con nuestro consentimiento expresado en clics... Y mientras nosotros discutimos si el problema es la izquierda o la derecha, los algoritmos siguen aprendiendo (Alejandro Marcó del Pont)

 "Imagina esta escena. Son las once de la noche, estás en el sofá, el dedo se desliza mecánico por la pantalla. Llevas cuarenta minutos viendo vídeos de recetas que no cocinarás, discusiones políticas que no votarás y la sonrisa impostada de influencers que no conoces. De repente, aparece un post. Algo sobre inmigración, o sobre fútbol, o sobre lo que dijo aquel político. No lo sabes bien, pero algo dentro de ti se contrae. Escribes un comentario afilado, lo envías, esperas la réplica. Cuando levantas la vista, ha pasado otra hora. Te prometes que mañana será diferente, pero no lo será.

Lo que no ves, detrás de esa pantalla, es a un algoritmo frotándose las manos. Tu enojo acaba de generar ingresos para alguien. Puede llamarse Elon Musk, puede llamarse Mark Zuckerberg. No importa. El sistema ha funcionado a la perfección. No es un error. Es el negocio.

Durante años hemos creído que las redes sociales son una plaza pública ruidosa pero neutral, un lugar donde lo mejor y lo peor de la humanidad compiten en igualdad de condiciones. Nos han contado que el odio, la mentira y la polarización son efectos secundarios del éxito, accidentes lamentables en una revolución tecnológica maravillosa. Esta historia es consoladora, pero es falsa. Como un detective que reconstruye la escena de un crimen corporativo, podemos trazar el recorrido del dinero y descubrir que el odio no se cuela en las redes a pesar del sistema, sino gracias a él.

Este artículo es “Un manual oscuro de las redes sociales”. No un manual secreto filtrado desde Silicon Valley, sino una hoja de ruta construida a partir de tres investigaciones recientes: el análisis sobre la dinámica del odio en X (antes Twitter) publicado en la revista Heliyon (ScienceDirect), el reporte de Petter Törnberg sobre el modelo de negocio de la desinformación en The Conversation, y el experimento de la revista Science que demostró cómo los algoritmos pueden inducir polarización política en apenas diez días. Con estas piezas, podemos armar el rompecabezas completo.

Para entenderlo bien, empecemos por lo más simple. Una red social no es una empresa de tecnología. Es una empresa de publicidad que utiliza la tecnología para vender nuestra atención. Su producto no son las plataformas que usamos gratis, sino nosotros mismos, nuestro tiempo, nuestras emociones, nuestros datos. Los algoritmos no son inteligencias neutrales que nos muestran lo que queremos ver; son sommeliers entrenados para servir el plato que nos hace pedir más bebida, aunque nos siente mal. Si el restaurante descubre que lo picante nos mantiene en la mesa, el mozo no nos traerá agua, nos traerá más picante.

Pero esto no es una metáfora, es una industria. Y como toda industria, tiene su cadena de valor, sus actores, sus márgenes y sus externalidades. El mercado global de publicidad digital alcanzó en 2025 los 690 mil millones de dólares. Para poner esa cifra en perspectiva: es más que el Producto Interior Bruto de países como Suiza o Turquía. Es, sobre todo, un flujo de dinero que no existía hace veinte años y que hoy sostiene a las empresas más valiosas del planeta.

¿Cómo se reparte ese pastel? Las plataformas (Meta, Alphabet, ByteDance, X) se quedan con la mayor parte. Meta ganó 62.300 millones de dólares netos en 2024, un 59% más que el año anterior. Alphabet, matriz de Google y YouTube, superó los 100.000 millones. Son beneficios que no provienen de vender coches o medicinas, sino de administrar nuestra atención. Luego vienen los intermediarios tecnológicos, la llamada industria ad tech: empresas opacas que operan el software que hace que los anuncios nos persigan por internet. Estas compañías, muchas de ellas desconocidas para el gran público, se embolsan comisiones por cada impresión, por cada clic, por cada dato intercambiado. Y al final de la cadena, los creadores de contenido, los influencers que han aprendido que la provocación paga mejor que la moderación, y que un video incendiario puede financiar una casa en Miami.

El manual que desplegaremos a continuación tiene tres niveles de profundidad, como las capas de una cebolla tecnológica. Primero, la capa de la vigilancia, cómo nuestros datos se convierten en petróleo. Segundo, la capa del entrenamiento, cómo los algoritmos aprenden a envenenarnos. Tercero, la capa de la monetización, cómo la ira se transforma en dólares, euros o pesos, y quién se los lleva.

La primera capa es la más silenciosa, quizá por eso la hemos normalizado. Las redes no son gratis. Pagamos con algo más íntimo que el dinero. Pagamos con cada pausa del dedo sobre la pantalla, con cada vídeo que vemos hasta el final, aunque nos aburra, con cada like que delata una emoción. En 2026, la inteligencia artificial ya no necesita preguntarnos cómo nos sentimos; lo infiere de la velocidad con la que escribimos, del brillo de la pantalla a las tres de la madrugada, de si compartimos más gatos o más protestas. Es como si un vecino espía pasara veinticuatro horas asomado a nuestra ventana, tomando notas, prediciendo nuestro humor antes de que nosotros mismos lo sepamos.

Argentina tiene una ley de protección de datos, la 25.326, que en el papel parece frágil. Pero las plataformas operan desde Delaware, Dublín o Singapur, y nuestros datos viajan por cables submarinos que ninguna normativa local alcanza a cortar. Cada vez que aceptamos las condiciones sin leer, entregamos un diario íntimo a cambio de entretenimiento. El negocio funciona porque el trueque es invisible: no vemos el dinero salir de nuestro bolsillo, solo vemos videos. Y, sin embargo, ese trueque es la base de todo lo demás.

La segunda capa es la del entrenamiento. Los algoritmos no nacen sabiendo qué nos enfurece. Asimilan. Lo hacen a través del aprendizaje automático, una palabra sofisticada para describir un proceso casi infantil, ensayo y error a escala planetaria. Un algoritmo prueba miles de versiones de un mismo feed. Mide cuánto tiempo nos quedamos, si comentamos, si volvemos. Descubre, por ejemplo, que el contenido que llama “ellos” contra “nosotros” genera un 67% más de interacciones. Descubre que las imágenes manipuladas provocan más clics que las verificadas. Descubre que la irritación es adictiva.

Un experimento reciente publicado en Science lo demostró con crudeza. Un equipo de investigadores creó una extensión de navegador que alteraba el orden de los posts en X. Cuando aumentaban artificialmente la presencia de contenido con animosidad partidista, los usuarios se volvían más polarizados. Cuando reducían ese contenido, la polarización disminuía. La conclusión es incómoda porque elimina cualquier ambigüedad, el problema no es lo que los usuarios piden, sino lo que el algoritmo sirve. Si el camarero solo trae platos picantes, el comensal acabará creyendo que eso es lo único que hay en la carta.

Documentos internos de Facebook, destapados en 2021 por la denunciante Frances Haugen, revelaban que la compañía sabía perfectamente que Instagram empeoraba la salud mental de las adolescentes. También sabían que el algoritmo amplificaba el extremismo. También sabían que desactivar los mecanismos de propagación viral reducía la desinformación. Pero cada una de estas soluciones reducía el tiempo de pantalla, y el tiempo de pantalla es la materia prima de la publicidad. La decisión empresarial fue siempre la misma, optimizar para el crecimiento, asumir el daño colateral. No es conspiración, es contabilidad.

La tercera capa es la del dinero. El mercado global de publicidad digital ronda ya los 690 mil millones de dólares. El mecanismo es brutalmente simple. Más tiempo en la app significa más anuncios vistos, más anuncios vistos significa más dinero. Para que pases más tiempo, el algoritmo necesita mantenerte activo, comentando, compartiendo, enojándote. El odio es eficiente porque es inmediato. Una mentira escandalosa viaja más rápido que una verdad matizada porque no requiere contexto, no pide pausa, no invita a la duda. Solo pide reacción. Y cada reacción es un dato, cada dato es una predicción, cada predicción es un anuncio mejor dirigido.

El estudio portugués publicado en Heliyon aporta una pieza que completa el cuadro. Los investigadores analizaron miles de conversaciones en X y descubrieron que el discurso de odio no suele nacer dentro de las comunidades, sino que llega desde fuera. Son intrusos que irrumpen en hilos ajenos, lanzan su mensaje agresivo y desaparecen. El patrón es claro: el odio se concentra en las primeras dos horas de una conversación, cuando la visibilidad es máxima y el impacto puede ser explosivo. No es espontáneo; es táctico. Es contenido diseñado para secuestrar la atención en su momento más vulnerable.

Este hallazgo destruye la narrativa de que las redes solo reflejan la maldad humana preexistente. Lo que hacen es amplificarla selectivamente, premiarla con visibilidad, incentivarla con ingresos. Los creadores de contenido lo saben. Publicar algo moderado, veraz y matizado es la vía rápida al anonimato. Publicar algo incendiario, simplista y maniqueo es la vía rápida a la viralidad. El mercado ha establecido sus precios, y la honestidad no cotiza en bolsa.

Hubo un momento, en 2020, en que pareció que algo podría cambiar. Bajo el lema “Detener el odio por lucro”, más de mil marcas se unieron a un boicot publicitario contra Facebook. Grupos de derechos civiles señalaban directamente la complicidad de la plataforma con el racismo y la desinformación. Marcas globales como Coca-Cola, Starbucks y Unilever retiraron millones en publicidad. Mark Zuckerberg anunció cambios: etiquetas en posts problemáticos, eliminación de contenido supremacista, ajustes en los sistemas de recomendación.

El impacto financiero fue imperceptible. Facebook siguió ganando fortunas. El boicot se diluyó. Las marcas volvieron. El sistema demostró su resiliencia. No necesita que todos los anunciantes estén a bordo, solo los suficientes. Y siempre hay suficientes. Mientras la indignación colectiva dure un ciclo de noticias y el miedo a perder ventas dure para siempre, el cálculo empresarial seguirá siendo el mismo.

Lo más inquietante de este manual no es la denuncia, sino la naturalidad con la que lo hemos asumido. Nos indignamos, compartimos, debatimos, nos agotamos. Y al día siguiente repetimos. Las redes han perfeccionado la ingeniería de la adicción emocional. Saben que el miedo vende más que la esperanza, que la furia retiene más que la calma, que la simplicidad rinde más que la complejidad. Han construido imperios sobre la explotación de nuestros peores instintos, y lo han hecho con nuestro consentimiento expresado en clics.

Pero quizá lo más peligroso que han hecho las redes no sea polarizarnos o mentirnos. Es hacernos creer que este es el único mundo posible. Que la publicidad comportamental es el único modo de financiar la comunicación digital. Que el algoritmo debe optimizar para generar like, porque no hay otra métrica disponible. Que la moderación de contenidos es un problema técnico, no una decisión política. Nos han convencido de que no hay alternativa, y esa convicción es la zanja más profunda que han cavado.

El manual que hemos desplegado no es un ataque a la tecnología, ni una nostalgia por un pasado analógico idealizado. Es una invitación a usar estas herramientas con los ojos abiertos. La próxima vez que sientas esa oleada de enojo mientras el dedo se desliza, haz una pausa. Pregúntate: ¿esto me está informando o me está utilizando? ¿Este post existe para comunicarme algo o para provocarme una reacción? ¿Quién gana cuando yo pierdo los estribos?

Porque mientras usted se enoja, alguien en California está contando la plata. Y mientras nosotros discutimos si el problema es la izquierda o la derecha, los algoritmos siguen aprendiendo. Y mientras los gobiernos debaten comisiones y los periódicos publican análisis y los académicos escriben papers, las acciones de Meta suben otro punto porcentual.

El odio no es un error del sistema. Es el sistema funcionando a pleno rendimiento. La pregunta no es si las redes pueden cambiar. La pregunta es si nosotros podemos exigirlo antes de que el costo de no hacerlo sea irreversible. La próxima vez que abras la aplicación, recuerda. No eres el cliente. Eres el producto. Y el producto más rentable es aquel que no sabe que lo están vendiendo." 

(Alejandro Marcó del Pont, blog, 15/02/26) 

20.2.26

Los cachivaches domésticos que te espían... Los televisores modernos tienen algo en los términos de servicio llamado «reconocimiento automático de contenido», lo que básicamente significa que tu televisor graba todo lo que reproduces en él... Los coches nuevos controlan todo, desde tu ubicación, la velocidad a la que conduces y la fuerza con la que frenas, hasta cosas como tu raza, peso, salud, gustos musicales, actividad sexual y afiliación sindical... El router supervisa los dispositivos conectados a él, como impresoras, teléfonos o consolas de videojuegos. Si alguien pasa entre el router y el dispositivo, el router podrá detectar la interrupción de la señal, convirtiéndose así en un rastreador de movimiento... Los relojes inteligentes se pueden utilizar para realizar un seguimiento de tu salud personal, y crear un mapa detallado de tu vida. Revela cuándo comes, cuándo duermes, cuándo estás nervioso, cuándo mientes, dónde estabas, si consumías drogas, etc... sus datos ya se han utilizado como prueba en casos penales... si quieres que el asistente de IA haga tus compras, tienes que darle la información de tu tarjeta de crédito. Si quieres que limpie tu escritorio, tienes que darle acceso a tu disco duro. El asistente de IA Clawdbot se hizo viral después de que usuarios ingenuos lo instalaran y los hackers se hicieran con el control de sus asistentes... las cámaras Ring de Amazon vigilan barrios enteros a través de una función llamada Search Party. Esta función permite a los usuarios subir una imagen de algo y, a continuación, todas las cámaras Ring que se encuentran en las proximidades revisan sus propias grabaciones para ver si ese algo ha pasado por delante de ellas... El estadounidense medio tiene 17 dispositivos inteligentes en su hogar y muchas empresas ya tienen acuerdos de cooperación con las fuerzas del orden. Solo haría falta un incidente de seguridad catalizador para que esta infraestructura se utilizara como arma contra nosotros (Kei Pritsker)

 "Seguro que muchos de ustedes vieron el anuncio de Ring durante la Super Bowl, en el que se mostraba cómo las cámaras Ring de Amazon vigilan barrios enteros a través de una función llamada Search Party. Esta función permite a los usuarios subir una imagen de algo y, a continuación, todas las cámaras Ring que se encuentran en las proximidades revisan sus propias grabaciones para ver si ese algo ha pasado por delante de ellas. El anuncio utilizaba el ejemplo de un usuario que utilizaba Search Party para encontrar a su perro perdido.

Los observadores críticos se apresuraron a señalar que esto podría utilizarse fácilmente para espiar a todo el mundo, pero Ring no es el único que te espía. A continuación te presentamos algunos artículos de consumo habituales que quizá no sabías que te están vigilando en este momento.

Tu televisor. Los televisores modernos tienen algo en los términos de servicio llamado «reconocimiento automático de contenido», lo que básicamente significa que tu televisor graba todo lo que reproduces en él, ya sea Netflix, YouTube, videojuegos o incluso algo que hayas visto conectando tu ordenador portátil. Y desconectar tu televisor de Internet no lo detiene. El mes pasado, los principales fabricantes de televisores fueron demandados en Texas por hacer capturas de pantalla de los televisores de los usuarios cada 500 milisegundos.

Tu coche. Los coches nuevos controlan todo, desde tu ubicación, la velocidad a la que conduces y la fuerza con la que frenas, hasta cosas como tu raza, peso, salud, gustos musicales, actividad sexual y afiliación sindical. La Ley HALT contra la conducción bajo los efectos del alcohol exige que, para 2026, todos los coches nuevos cuenten con un mecanismo que los apague automáticamente si considera que alguien no está en condiciones de conducir.

Tu router. Xfinity ha anunciado recientemente su función Wifi Motion, que supervisa la intensidad de la señal entre el router y los dispositivos conectados a él, como impresoras, teléfonos o consolas de videojuegos. Si alguien pasa entre el router y el dispositivo, el router podrá detectar la interrupción de la señal, convirtiéndose así en un rastreador de movimiento. Varios proveedores de servicios de Internet están lanzando funciones similares y comercializándolas como herramientas de seguridad para el hogar.

Relojes inteligentes. Los relojes inteligentes se pueden utilizar para realizar un seguimiento de tu salud personal, como contar calorías o controlar tu frecuencia cardíaca, pero esa información también se puede utilizar fácilmente para crear un mapa detallado de tu vida. Revela cuándo comes, cuándo duermes, cuándo estás nervioso, cuándo mientes, dónde estabas, si consumías drogas, etc. Los datos de los relojes inteligentes ya se han utilizado como prueba en casos penales.

Asistentes de IA. Las empresas tecnológicas compiten por dotar a sus chatbots de IA de la capacidad de realizar tareas del mundo real, como enviar correos electrónicos, crear listas de tareas pendientes, hacer compras o planificar vacaciones. El único inconveniente es que, si quieres que haga compras, tienes que darle la información de tu tarjeta de crédito. Si quieres que limpie tu escritorio, tienes que darle acceso a tu disco duro. El asistente de IA Clawdbot se hizo viral después de que usuarios ingenuos lo instalaran y los hackers se hicieran con el control de sus asistentes.

La cuestión es que el régimen de vigilancia total orwelliano no se va a anunciar un día en un discurso presidencial, sino que ya se está instalando silenciosamente en nuestros hogares a petición nuestra, con nuestro consentimiento tácito y bajo el pretexto de la comodidad y la seguridad. El estadounidense medio tiene 17 dispositivos inteligentes en su hogar y muchas empresas ya tienen acuerdos de cooperación con las fuerzas del orden. Solo haría falta un incidente de seguridad catalizador para que esta infraestructura se utilizara como arma contra nosotros.

Es un recordatorio aleccionador de que, mientras discutimos sobre los espectáculos del descanso de la Super Bowl o sobre demócratas contra republicanos, todos seremos considerados iguales por el estado de seguridad nacional.

(Publicado en: The Household Items That Spy On You – The Grayzone )" 

(Kei Pritsker , en Rafael Poch, blog, 19/02/26)

14.2.26

Andrea Zhok: Chomsky es un idealista que luchaba contra el sistema. Da conferencias en todo el mundo, siempre con un gran número de seguidores. Y, sin embargo, no se enriquece (es acomodado, pero nada más). A los 87 años conoce a Jeffrey Epstein... A los 97 años, su reputación queda destruida porque, al consultar los archivos de Epstein, sale a la luz que se relacionaba con él, que aceptaba favores (ayuda financiera, vacaciones), que mantuvo una conversación en la que intentaba refutar las ideas racistas de Epstein y que, en conversaciones privadas, parecía creer en la inocencia de Epstein... no me interesa defender a Chomsky ni a nadie, pero hay algo que no puedo evitar preguntarme. ¿Alguien tiene claro en qué túnel nos hemos metido? ¿Quién puede decir que invertir en los valores tradicionales de la honradez, la lealtad, la reputación, esforzarse en la búsqueda común de un ideal tiene sentido hoy en día? ¿Entienden lo que está en juego? Hemos construido un mundo en el que puedes matar a tu prójimo, masacrar pueblos, sumir en la miseria a regiones, violar, comprar y vender órganos, hacer cualquier cosa y, al final, si tu círculo de chantajistas te apoya lo suficiente, te libras con una mención al margen... Por otro lado, puedes dedicar tu vida a las ideas que consideras justas, discutir con todo el mundo, no rehuir nunca, participar, firmar peticiones, escribir sin cesar, mantener la coherencia incluso en situaciones difíciles, no aceptar chantajes, no dejar que el poder te dicte lo que debes decir y, al final, si alguien encadena diez episodios «inoportunos» en la vejez, eso es suficiente para despreciarte y tirar a la incineradora todo lo que has hecho. Bueno, no sé si está claro qué lección está llegando a las nuevas generaciones. Entonces no se sorprendan

 "(...) Lo que me llama la atención aquí es un elemento relacionado con la dinámica de la reputación.

Chomsky parece un idealista que luchaba contra el sistema y, por lo que puedo entender, creía firmemente en ello. Escribe algo así como cuarenta volúmenes de crítica severa al sistema de poder estadounidense; claro, críticas en el marco de la Constitución estadounidense, no es un revolucionario, y sin embargo. Dos generaciones lo perciben como una figura ejemplar. Da conferencias en todo el mundo, siempre con un gran número de seguidores. Y, sin embargo, no se enriquece (es acomodado, pero nada más).

A los 87 años conoce a Jeffrey Epstein.

A los 95 años sufre un derrame cerebral que lo incapacita.

A los 97 años, su reputación queda destruida porque, al consultar los archivos de Epstein, sale a la luz que se relacionaba con él, que aceptaba favores (ayuda financiera, vacaciones), que mantuvo una conversación en la que intentaba refutar las ideas racistas de Epstein y que, en conversaciones privadas, parecía creer en la inocencia de Epstein.

Como he dicho, no me interesa defender a Chomsky ni a nadie, pero hay algo que no puedo evitar preguntarme. ¿Alguien tiene claro en qué túnel nos hemos metido?

Quiero decir: si alguien puede labrarse una reputación impecable e incluso gloriosa a los ojos de la opinión pública de todo el mundo hasta la cuarta edad y esta puede quedar reducida a cenizas en una semana por una mala compañía senil, ¿quién está a salvo exactamente?

¿Quién puede decir que invertir en los valores tradicionales de la honradez, la lealtad, la reputación, esforzarse en la búsqueda común de un ideal tiene sentido hoy en día?

¿Entienden lo que está en juego?

Hemos construido un mundo en el que puedes matar a tu prójimo, masacrar pueblos, sumir en la miseria a regiones, violar, comprar y vender órganos, hacer cualquier cosa y, al final, si tu círculo de chantajistas te apoya lo suficiente, te libras con una mención al margen, mantienes todo tu poder y, en el momento de la muerte, puedes encargar a un director glamuroso que te haga una biografía aduladora, que hará que el espectador diga: sí, era un poco hijo de puta, pero un hijo de puta simpático, vamos.

Por otro lado, puedes dedicar tu vida a las ideas que consideras justas, discutir con todo el mundo, no rehuir nunca, participar, firmar peticiones, escribir sin cesar, mantener la coherencia incluso en situaciones difíciles, no aceptar chantajes, no dejar que el poder te dicte lo que debes decir y, al final, si alguien encadena diez episodios «inoportunos» en la vejez, eso es suficiente para despreciarte y tirar a la incineradora todo lo que has hecho.

Bueno, no sé si está claro qué lección está llegando a las nuevas generaciones. Entonces no se sorprendan."  

(Andrea Zhok, Facebook, 11/02/26)  

11.2.26

Los europeos indignados con el ICE también deberían oponerse a Frontex... También en Europa, la multimillonaria agencia fronteriza Frontex está asumiendo poderes cada vez más preocupantes... Los agentes de ICE no son policías, pero portan armas. Así lo hacen los agentes de Frontex. Una diferencia clave solía ser que mientras que ICE arresta y deporta directamente a las personas, Frontex solo asistía en las fronteras. Pero, a partir del año pasado, eso ya no es así, ya que Bélgica aprobó una ley que permite a los agentes de Frontex vigilar directamente la inmigración en territorio estatal... Frontex es de facto un ejército permanente, una fuerza de miles de agentes uniformados con un presupuesto de miles de millones de euros, que opera en todo el continente y coordina las operaciones antimigratorias de todos los Estados miembros. Proporcionan helicópteros, drones, aviones y lanchas rápidas para detectar migrantes en el mar y en tierra, y para devolver a estos migrantes a los países de los que huían, a pesar de la ilegalidad de estas actividades, como dictaminó recientemente el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Sus operaciones incluyen colaborar con señores de la guerra libios que encarcelan, violan y extorsionan a personas en movimiento, y disparan contra misiones de rescate... Europa también tiene su propio legado de violencia racializada, que Frontex y otras agencias fronterizas ponen en práctica y despliegan: el control imperialista del mar Mediterráneo, la islamofobia de la era posterior al 11 de septiembre, el uso de perros de caza y la construcción de campos de concentración para extranjeros racializados, ahora bajo el nombre de "centros de detención"... Frontex e ICE son el resultado de una ideología muy contemporánea que utiliza todos los medios tecnológicos para deshumanizar y racializar a las comunidades y trabajadores inmigrantes, una ideología de dividir a la clase trabajadora a la que los liberales no han logrado oponerse y que la extrema derecha ahora intenta llevar a extremos aún mayores... la izquierda europea debería resistir la violencia racista y colonial que las propias fuerzas fronterizas de la UE practican día tras día (Richard Braude)

 "Con sangre en las calles y barricadas en llamas en las Ciudades Gemelas, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) ha ocupado las portadas de todo el mundo. Los políticos europeos están cada vez más inquietos por la alianza atlántica, ansiosos por distanciarse de los supuestos excesos de la administración de Donald Trump. Si bien el historial del presidente estadounidense de armar un genocidio en Gaza y presionar a sus antiguos aliados a través de la guerra arancelaria podría tolerarse más o menos, la invasión de Venezuela y los comentarios belicistas contra Groenlandia han puesto en riesgo a la propia OTAN. Los asesinatos a sangre fría a plena luz del día de Renée Good y Alex Pretti han empujado aún más a Washington más allá de los límites para los políticos y líderes del centroizquierda europeo, incluso mientras los asesinatos de Keith Porter, Víctor Manuel Díaz y muchos otros a manos del ICE parecen no haber sido dignos de atención.

Fue en este contexto que el Ministerio del Interior de Italia fue objeto de fuertes críticas la semana pasada cuando se informó que el vicepresidente J. D. Vance estaría acompañado por una banda de matones de ICE cuando visitara Milán para los Juegos Olímpicos de Invierno que se inauguraron este viernes 6 de octubre. El ministro del Interior, Matteo Piantedosi, osciló entre negar que ICE estaría presente y declarar que se limitarían a funciones de seguridad, lo que implicaba que esto aliviaría las preocupaciones sobre su presencia en suelo italiano. Todos los partidos de oposición italianos y el principal sindicato de izquierda criticaron la propuesta presencia de ICE, y el sábado realizaron una manifestación en Milán en solidaridad con los habitantes de Minnesota.

El alcalde de Milán, Giuseppe "Beppe" Sala —cercano al ex primer ministro neoliberal-centrista Matteo Renzi— describió a ICE como "una milicia que mata, que entra en las casas de la gente firmando sus propias órdenes de detención". Claramente no son bienvenidos en Milán. Añadió: "Lo que me pregunto es, ¿podríamos decir no a Trump por una sola vez? Los agentes de ICE no deben venir a Italia porque simplemente no están alineados con nuestro método democrático de garantizar la seguridad". Los eurodiputados de izquierda incluso han enviado una carta a la Comisión Europea pidiendo prohibiciones de viaje de la UE para todos los agentes de ICE — y, de hecho, al final, parece que no se han enviado agentes de ICE a Milán.

De manera similar, la ministra de Defensa francesa, Catherine Vautrin, del partido Renacimiento del presidente Emmanuel Macron, ha criticado a Capgemini, una gran consultora de gestión y empresa tecnológica francesa, por firmar un contrato con ICE. Aunque Capgemini negó que ayudarían al ICE a rastrear a personas para acosarlas, agredirlas, deportarlas e incluso matarlas, el Observatoire des multinationales demostró que lo han estado haciendo desde octubre. Una vez más, la Confederación General del Trabajo (CGT), el sindicato de izquierda más grande de Francia, ha pedido el fin del contrato, al igual que el Partido Comunista Francés y Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon. Como resultado, Capgemini se ha visto obligada a vender su filial estadounidense con el contrato.

Es una pena, entonces, que estos políticos y sindicatos parezcan haber olvidado que algo muy similar al ICE existe en sus propios patios traseros, "defendiendo" este espacio y asesinando a las personas que lo cruzan: Frontex. Agentes armados

La Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas —conocida por el acrónimo de su nombre original en francés, Frontières Extérieures— fue fundada en 2004. ICE se estableció el año anterior, en 2003, también a raíz de la "Guerra contra el Terror". Desde entonces, ambas agencias se han expandido masivamente, tanto geográficamente como en términos de recursos: Frontex es la agencia de la UE que más rápido se expande. Sus enfoques también son extremadamente similares: El ICE ha estado utilizando tecnologías de reconocimiento facial para rastrear los movimientos de las personas durante años, al igual que Frontex. Los agentes de ICE no son policías, pero portan armas. Así lo hacen los agentes de Frontex. Una diferencia clave solía ser que mientras que ICE arresta y deporta directamente a las personas, Frontex solo asistía en las fronteras. Pero, a partir del año pasado, eso ya no es así, ya que Bélgica aprobó una ley que permite a los agentes de Frontex vigilar directamente la inmigración en territorio estatal. Y en 2024, Frontex desplegó a cientos de agentes para vigilar los Juegos Olímpicos en París.

En medio de toda la discusión de los últimos años sobre defensa y el rearme de la UE, poco se ha dicho sobre Frontex, que es de facto un ejército permanente, una fuerza de miles de agentes uniformados con un presupuesto de miles de millones de euros, que opera en todo el continente y coordina las operaciones antimigratorias de todos los Estados miembros. Proporcionan helicópteros, drones, aviones y lanchas rápidas para detectar migrantes en el mar y en tierra, y para devolver a estos migrantes a los países de los que huían, a pesar de la ilegalidad de estas actividades, como dictaminó recientemente el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Sus operaciones incluyen colaborar con señores de la guerra libios que encarcelan, violan y extorsionan a personas en movimiento, y disparan contra misiones de rescate. En 2022, el jefe de Frontex, Fabrice Leggeri, dimitió tras revelaciones de que su agencia encubrió violaciones griegas de los derechos de los solicitantes de asilo, incluyendo el abandono de personas en balsas en el mar. Aunque Leggeri fue expulsado, ha encontrado un lugar como eurodiputado ambicioso en el partido de extrema derecha de Marine Le Pen, el Rassemblement National. Mientras tanto, los horribles actos de violencia y abuso siguen perpetrándose.

Organizaciones legales como Front-Lex, grupos activistas como Refugees in Libya y Abolish Frontex, y misiones de rescate marítimo como Sea Watch continúan criticando a la UE por la muerte y destrucción que Frontex deja a su paso.

Al igual que en Estados Unidos, por supuesto, también existen agencias locales y fuerzas policiales que hacen cumplir la detención y la deportación en cada estado miembro europeo. La policía en Polonia, Bulgaria, Croacia y Francia ha sido acusada de disparar a personas con munición letal y "no letal" en los últimos años; Italia y Grecia han atacado misiones de rescate marítimo con spyware y las han arrastrado por los tribunales penales.

Solidaridad

Esto no quiere decir que la izquierda europea deba concentrarse únicamente en oponerse al ejército de control fronterizo violento y en espiral en Europa, ignorando lo que sucede al otro lado del Atlántico. Las expresiones de solidaridad con todos en Minneapolis y más allá que luchan contra la violencia racializada de ICE deberían ser claramente bienvenidas.

Pero hay una reacción europea generalizada contra los horrores de ICE y de la administración Trump, que juega el viejo juego de criticar asuntos en el Nuevo Mundo, solo para contrastarlos con la respetabilidad y el orden de la Vieja Europa. Tales debates resuenan a través de los siglos. Tomemos las reacciones británicas a la rebelión en Morant Bay en 1865, cuando la sociedad educada quedó conmocionada y dividida por la brutal represión de cientos de trabajadores jamaicanos negros. Por un lado estaban los conservadores como Charles Dickens, que apoyaban la masacre de los insurrectos por parte del gobernador colonial; por otro lado estaban los liberales, como John Stuart Mill, que estaban "preocupados por la violencia colonial" en las Américas, pero no podían obligarse a exigir el fin de la colonización europea.

Al igual que los críticos de la represión en aquel entonces —que eran los principales ideólogos de un capitalismo y colonialismo liberales "ilustrados"—, los partidarios de Renzi y Macron no tienen ninguna base moral para hablar de "métodos democráticos de seguridad".

Comparar no es restar brutalidad a ICE. Esta es una fuerza policial guiada por un gobierno de extrema derecha e hipercapitalista que recluta activamente de grupos supremacistas blancos y neonazis, basándose conscientemente en un legado de patrullas de esclavos y el Ku Klux Klan. Europa también tiene su propio legado de violencia racializada, que Frontex y otras agencias fronterizas ponen en práctica y despliegan: el control imperialista del mar Mediterráneo, la islamofobia similar a la de las Cruzadas de la era posterior al 11 de septiembre, el uso de perros de caza y la construcción de campos de concentración para extranjeros racializados, ahora bajo el nombre de "centros de detención".

Pero esto no es solo una cuestión de coincidencia y fantasmas de fascismos pasados: Frontex e ICE son el resultado de una ideología muy contemporánea que utiliza todos los medios tecnológicos para deshumanizar y racializar a las comunidades y trabajadores inmigrantes, una ideología de dividir a la clase trabajadora a la que los liberales no han logrado oponerse y que la extrema derecha ahora intenta llevar a extremos aún mayores.

Vance y sus matones no deberían ser bienvenidos en los Juegos Olímpicos de Invierno, y todos deberíamos solidarizarnos con los activistas y comunidades estadounidenses que resisten la violencia de ICE. Pero a la izquierda europea le convendría aplicar esa misma presión para resistir la violencia violenta, racista y colonial que las propias fuerzas fronterizas de la UE practican día tras día." 

(Richard Braude , JACOBIN, 07/02/26, traducción Quillbox, enlaces en el original)  

8.2.26

Encerrados, acorralados, almacenados: el auge de los campos de concentración en Estados Unidos... el Departamento de Seguridad Nacional y el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas están comprando activamente almacenes, fábricas y edificios industriales en todo el país para usarlos como centros de detención... Esto ya no es una advertencia... ya no es una cuestión de si el gobierno expandirá la detención masiva para encerrar a los estadounidenses por desafiar sus mandatos, sino de cuándo... Cuando tienes un gobierno que se dedica a detener a personas para llenar almacenes y dar la impresión de ser duro con el crimen, no solo serán los inmigrantes indocumentados los que serán detenidos... Una vez que se toma la decisión de detener a personas en masa, el Estado debe encontrar lugares para mantenerlas: fuera de la vista, fuera del alcance y fuera de la ley. Ahí es donde entran los almacenes... El marco legal ya existe. Según la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA), el Presidente y el ejército están autorizados a detener a individuos, incluidos ciudadanos estadounidenses, sin acceso a familiares, asesoramiento legal ni tribunales si el gobierno los etiqueta como terroristas. Esa etiqueta ahora se puede aplicar de manera tan intercambiable con los términos antigubernamental y extremista que ya no se necesita mucho para ser considerado un terrorista... Se han sentado las bases... los campos de detención no solo requieren edificios, sino también listas de posibles detenidos, y aquí también el gobierno está preparado. Durante décadas, el gobierno ha adquirido y mantenido, sin orden judicial ni orden de la corte, bases de datos de individuos considerados amenazas para la seguridad nacional... sistemas de IA rastrean de forma autónoma las redes sociales, los registros financieros y los datos de geolocalización en tiempo real, creando "perfiles de amenaza" de alta precisión que son prácticamente imposibles de eludir... Una vez que eres marcado por un algoritmo que opera sin supervisión humana, ya no eres solo un nombre en una lista: eres un nodo permanente en una red digital que te sigue desde tu teclado hasta la puerta del almacén. La tecnología simplemente ha alcanzado el deseo del gobierno, de décadas de antigüedad, de categorizar la disidencia como una amenaza a la seguridad nacional (John W. Whitehead, The Rutherford Institute)

 "En 2021, en medio de una pandemia global, las advertencias de que el gobierno federal podría reutilizar almacenes como centros de detención en suelo estadounidense fueron desestimadas como especulativas, alarmistas e incluso conspirativas.

Cinco años después, lo que era especulación es un plan para encerrar a quien el gobierno elija atacar.

Según informes de investigación, el Departamento de Seguridad Nacional y el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas están comprando activamente almacenes, fábricas y edificios industriales en todo el país para usarlos como centros de detención, a menudo con poca notificación pública, supervisión mínima y prácticamente ninguna rendición de cuentas.

Esto ya no es una advertencia.

Es un incendio de cinco alarmas.

Con la administración Trump avanzando con planes para adquirir rápidamente almacenes para lo que podría convertirse en una red de detención masiva a nivel nacional, ya no es una cuestión de si el gobierno expandirá la detención masiva para encerrar a los estadounidenses por desafiar sus mandatos, sino de cuándo.

Así es como empieza.

El gobierno ya tiene los medios, la fuerza y la motivación. Ha pasado décadas construyendo un vasto archipiélago de prisiones, centros de detención e instalaciones de emergencia capaces de encarcelar a un gran número de personas.

Si bien la administración Trump insiste en que solo se dirige a lo "peor de lo peor" —asesinos, violadores, miembros de pandillas, pedófilos y terroristas— la mayoría de los detenidos no tienen antecedentes penales. Ser indocumentado es una violación civil, no un delito.

Aquí es donde tenemos que pisar con cuidado, porque a los regímenes autoritarios les encanta jugar a los juegos de palabras orwellianos, y la administración actual no es una excepción.

Por ejemplo: la secretaria del DHS, Kristi Noem, afirma que cada individuo arrestado o detenido ha cometido un delito, pero ser acusado o incluso sospechoso de un delito es muy diferente a ser condenado por un delito.

Cuando la Secretaria de Seguridad Nacional equipara un arresto con un delito, no solo está jugando con las palabras, sino que está anulando efectivamente la garantía del debido proceso y la presunción de inocencia de la Quinta y Decimocuarta Enmiendas.

Si el umbral para ser arrestado es simplemente cometer un delito, todos estaríamos encerrados.

Puede que llegue a eso eventualmente.

Cuando tienes un gobierno que se dedica a detener a personas para llenar almacenes y dar la impresión de ser duro con el crimen, no solo serán los inmigrantes indocumentados los que serán detenidos.

La historia tiene un nombre para lo que sucede cuando los gobiernos abandonan el debido proceso y comienzan a encarcelar a las personas por lo que son en lugar de por lo que han hecho.

El siguiente paso es siempre logístico. Una vez que se toma la decisión de detener a personas en masa, el Estado debe encontrar lugares para mantenerlas: fuera de la vista, fuera del alcance y fuera de la ley.

Ahí es donde entran los almacenes.

No se equivoquen: estos son campos de concentración en su forma más temprana, renombrados y revividos para una nueva era.

Esto es lo que sucede cuando cualquier gobierno reclama el poder de decidir quién pertenece, quién representa una amenaza y quién puede ser desaparecido por el bien del orden.

El marco legal ya existe.

Según la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA), el Presidente y el ejército están autorizados a detener a individuos, incluidos ciudadanos estadounidenses, sin acceso a familiares, asesoramiento legal ni tribunales si el gobierno los etiqueta como terroristas.

Esa etiqueta ahora se puede aplicar de manera tan intercambiable con los términos antigubernamental y extremista que ya no se necesita mucho para ser considerado un terrorista.

Esto es lo que sucede cuando se pone el poder de determinar quién es un peligro potencial en manos de agencias gubernamentales, tribunales y policía, pero también se les da a esas agencias una amplia autoridad para detener a individuos y encerrarlos por supuestas faltas sin el debido proceso.

Es un sistema que suplica ser abusado. Y ya ha sucedido aquí antes.

Se han sentado las bases.

Ahora bien, si vas a tener campos de internamiento en suelo estadounidense, alguien tiene que construirlos, o reutilizar estructuras existentes para que sirvan a esa función, y luego dotarlos de personal, y eventualmente llenarlos.

Hoy en día, el DHS y el ICE están comprando y convirtiendo almacenes, fábricas y espacios industriales en centros de detención en todo el país. Estos edificios, diseñados para almacenamiento y logística, no para seres humanos, están siendo equipados con vallas, sistemas de vigilancia, áreas de espera y dormitorios improvisados. Muchos operan fuera de los estándares que se aplican a las instalaciones correccionales tradicionales, con menos inspecciones, supervisión limitada y poca visibilidad pública.

El gobierno insiste en que estos centros de detención en almacenes son necesarios para manejar el desbordamiento de prisioneros, responder a emergencias y mantener la flexibilidad.

La historia cuenta una historia diferente.

Lo que empieza como temporal se vuelve permanente. Lo que se justifica como excepcional se convierte en rutina. Y lo que se hace a los no ciudadanos tiene una forma extraña de expandirse, especialmente cuando la disidencia, la protesta o el incumplimiento se rebautizan como amenazas a la seguridad nacional.

Una vez más, se está utilizando el lenguaje de emergencia para normalizar abusos extraordinarios de poder.

Ahora bien, los campos de detención no solo requieren edificios, sino también listas de posibles detenidos, y aquí también el gobierno está preparado.

Durante décadas, el gobierno ha adquirido y mantenido, sin orden judicial ni orden de la corte, bases de datos de individuos considerados amenazas para la seguridad nacional.

En 2026, las listas estáticas del pasado han sido reemplazadas por bases de datos "vivas".

Impulsada por la IA agentiva y el rastreo masivo de datos, la arquitectura de vigilancia del gobierno ya no depende de actualizaciones manuales. Estos sistemas de IA rastrean de forma autónoma las redes sociales, los registros financieros y los datos de geolocalización en tiempo real, creando "perfiles de amenaza" de alta precisión que son prácticamente imposibles de eludir.

Una vez que eres marcado por un algoritmo que opera sin supervisión humana, ya no eres solo un nombre en una lista: eres un nodo permanente en una red digital que te sigue desde tu teclado hasta la puerta del almacén.

La tecnología simplemente ha alcanzado el deseo del gobierno, de décadas de antigüedad, de categorizar la disidencia como una amenaza a la seguridad nacional.

Cualquiera que sea visto como opositor al gobierno, ya sea de izquierda, de derecha o en algún punto intermedio, es un objetivo.

Lo que nos lleva a la inevitable conclusión: cuando el gobierno reclama la autoridad para definir ampliamente quién es una amenaza, utiliza fondos de los contribuyentes para erigir una red de campos de concentración en todo el país y construye metódicamente bases de datos que identifican a cualquiera que se considere opositor al gobierno como un extremista, la pregunta no es si ese poder será abusado, sino cuándo y con qué frecuencia.

Como dejo claro en Battlefield America: La guerra contra el pueblo estadounidense y en su contraparte ficticia Los Diarios de Erik Blair, esta es la pendiente resbaladiza.

Si el precio de combatir la inmigración ilegal es la abdicación completa de nuestra república constitucional, ese precio es demasiado alto.

Los medios no justifican los fines.

Las soluciones del estado policial a nuestros supuestos problemas representan la mayor amenaza para nuestras libertades." 

(The Rutherford Institute , Counter Punch, 06/02/26,