"Los kamikazes me dan de comer. No me siento orgullosa,
pero ahora estamos pasando hambre; tengo que hacer masajes y lo que haga
falta, lo que no he hecho nunca”.
Lo cuenta una mujer con estudios,
masajista titulada, dada de alta como autónoma en la Seguridad Social y
con dos hijos menores que no conviven con ella, a la que llamaremos
Sonia.
“Sé que corro un riesgo, pero tengo que comer, tengo hijos, se
trata de la supervivencia. Yo, en la primera semana [del estado de
alarma], me retiré, no trabajé nada de nada. Pero ahora escuchas a Pedro
Sánchez decir: una semana más, otra semana más... Yo sé que me
arriesgo, y no quiero contagiar a nadie. Pero esto es supervivencia”,
añade Sonia en conversación telefónica desde el piso en el que se ha
quedado confinada.
Sonia es una más entre miles de mujeres que, a pesar del
confinamiento decretado por el estado de alarma, se ven obligadas a
seguir trabajando en la prostitución para poder comer.
El
distanciamiento social, en su caso, es solo un eufemismo. Se trata sobre
todo de marginación social; de exclusión y explotación. Desde aquel ya
lejano 14 de marzo, los voluntarios y las responsables de organizaciones
de apoyo a las víctimas de trata sexual no hacen el seguimiento
habitual de las mujeres para proporcionar material preventivo o
información socio sanitaria.
Ahora dedican el día y la noche a
solucionar cuestiones tan urgentes y básicas como la alimentación,
gastos mínimos de teléfono agua, luz y los de alquiler; el alquiler que
deben pagar a sus caseros, que la mayoría de las veces son los mismos
que las explotan.
“La situación es grave y está demostrando, sacando a la luz las
costuras, los puntos más débiles que tiene la sociedad. Estamos
comprobando la marginación que sufren las trabajadoras del sexo, la
desatención en que se hallan. Si existía alguna duda sobre ello, ha
quedado claro”, explica la catedrática de Derecho Mercantil de la
Universidad de Valladolid, Marina Echebarría Sáenz. “Tenemos una
realidad que atender hoy, la necesidad es inmediata. Dejémonos de
discusiones teóricas sobre la prostitución o el sexo”, añade.
Sobre el descenso de la actividad relacionada con la
prostitución durante el estado de alarma no hay datos ciertos. Aunque
alguna asociación afirma que el 80% de los espacios de prostitución
siguen activos, las mujeres con las que se habla cuentan que las
llamadas y servicios se han reducido a más de la mitad. La prostitución
callejera está obviamente parada; los clubes de carretera y
establecimientos como bares o locales de alterne permanecen cerrados.
Pero sigue habiendo pisos invisibles donde se ejerce esta actividad que
mueve cuatro millones de euros al día en España y que llega a generar
1.800 millones de beneficios anuales. ¿Cuántas mujeres dependen, de
forma voluntaria o forzosa, del llamado “oficio más antiguo del mundo”?
Los datos no son fiables. El Ministerio del Interior habla de 12.000
mujeres en situación de trata, pero la cifra se refiere solo a los casos
en los que habido intervenciones de las fuerzas de seguridad. Otras
estimaciones, basadas en datos de organizaciones y activistas, apuntan
al medio millón de mujeres ejerciendo la prostitución en diferentes
situaciones.
Se trata de un cálculo difícil de hacer, porque requiere
profundizar en una actividad que casi siempre transcurre en los márgenes
invisibles de la sociedad. “Si algo demuestra la variedad de cifras es
que no hay una voluntad de hacer un estudio serio; es indignante que no
se ha haya hecho. Está claro que elaborar ese recuento puede resultar
incómodo para todos. Para el Estado, para los ayuntamientos, para las
asociaciones y para los partidos políticos, que tendrían que
posicionarse”, expone Marina Echebarría.
Casos de trata
“El día antes del confinamiento habían
llegado mujeres de Colombia víctimas de trata, y por supuesto los
proxenetas no las recibieron porque eso les complicaba la vida. No solo
porque les tienen que dar de comer, sino porque nos podemos contagiar; y
las han soltado en la calle. En este momento no hay pisos ni recursos
para dar cabida a esas mujeres por parte de las organizaciones que las
apoyan”, apunta Mabel Lozano, escritora, directora de cine y activista a
favor de los derechos de las víctimas de trata y prostitución.
“Con las
que hablo me confirman que sigue habiendo demanda, pero no tanta como
antes. Yo creo que han sido más disuasorios para el prostituyente los
controles de la policía que el propio virus, las multas que el contagio.
Es brutal. Estamos hablando de seres sin alma. Es ahora cuando se
necesitan de verdad los recursos para las víctimas de prostitución”,
añade la autora de El proxeneta.
El relato de una de las mujeres consultadas vía telefónica corrobora esa
impresión. Cuenta que ahora solo tiene dos o tres servicios por semana.
¿Lo normal en otros tiempos? Ocho servicios al día. “Los precios han
bajado. Antes solo hacía masajes sin sexo, solo con final feliz, y
cobraba el doble de lo que ahora me pagan por servicios en los que se
incluye todo; ahora hago lo que nunca había hecho, necesito dinero y
hago lo que me pidan”.
Traducido a números, significa que antes del 14 de marzo,
un masaje de una hora suponía 100 euros. Ahora son 50, con final feliz o
lo que haga falta. “Antes podía ahorrar. Ahora voy acumulando deudas.
No descarto tener que llamar a Cáritas”. En ese momento se le entrecorta
la voz y continúa la conversación sin aguantar el llanto. “Es muy duro,
¿sabes? Es horrible, a lo mejor puedo ser transmisora. Me siento
culpable. No sabemos cómo funciona este virus. Yo sigo todas las
indicaciones, y antes de tener para comer, prefiero tener para comprar
lejía o una mascarilla. Si yo me infecto, ¿a quién puedo ayudar? Tengo
dos hijos”.
Lo que va quedando claro cuando se habla con las personas o
asociaciones relacionadas con la prostitución es que existen multitud
de realidades, y ahora, en tiempos de coronavirus, también. “Cada caso
es único, y hay que dar respuesta a todos”. Lo dice Ninfa, una puta de
la calle que ejerce en el polígono de Villaverde, en Madrid y que milita
en AFENTRAS (Asociación Feminista de Trabajadoras Sexuales).
En estos
días se movilizan para ayudarse unas otras; buscar bolsas de comida,
resolver el tema de alojamiento de las compañeras que estaban en clubes o
en hostales y las han puesto en la calle. “Tenemos claro que las ayudas
que está prometiendo el Gobierno a nosotras no nos van a llegar. ¿Cómo
vamos a poder acceder a esos préstamos que están prometiendo si no
tenemos una nómina? Es como si no existiéramos, no le importamos a
nadie”, declara esta mujer de origen latino, que, hasta ahora,
compaginaba el trabajo en la calle con contratos de trabajo.
Hace dos semanas, un grupo de trabajadoras del sexo
vinculadas al Comité de Apoyo a las Trabajadoras del Sexo (CATS)
lanzaron una campaña de crowdfunding para ayudarse entre ellas.
Han logrado reunir 14.000 euros y ya está en marcha otra iniciativa
igual a través de la página web de CATS. Nacho Pardo es el coordinador
de esta ONG que reivindica el reconocimiento de los derechos laborales
de las personas que ejercen la prostitución.
El pasado año dieron
asistencia a 2.000 personas en el sureste del país y visitan 55 clubes
de alterne o whiskerías y en estos momentos de encierro y cese de
actividad continúan en permanente contacto con todas. La situación que
describe es ésta: se han cerrado todos los clubes; en algunos casos, los
dueños han permitido que las mujeres se queden dentro; se desconoce si
cuando esto acabe les reclamarán lo que hayan consumido, pero en algunos
casos las están manteniendo. En otros, las han echado a la calle;
algunas se han marchado a sus países, otras se han alojado en pisos de
amigas y otras están en la calle en situación precaria”. (...)
“Aún no ha venido nadie con un perrito, pero tampoco sería raro. Casi
todos vienen con la bolsa de la compra”, cuenta una masajista que
trabaja en su casa, en Madrid. “Son educados, llegan con la mascarilla.
Yo les pregunto si les importa que me ponga la mascarilla y la mayoría
me dice que sí, que me la deje puesta. Los clientes que llegan son
personas que viven o trabajan cerca; o tienen algún salvoconducto de su
empresa”, continúa. “Yo me pongo mascarilla. Pero aún así siento que
esto es mirar al cielo y cruzar los dedos; a ver si me libro. Intento
esquivar alientos, miradas. El otro día un caballero me quería dar un
beso. Y yo le dije, ya nos lo daremos cuando esto acabe”. (...)
En Madrid, Médicos del Mundo ha tenido que solicitar comida al Banco de
Alimentos y ya ha distribuido 1.200 kilos en tres centenares de bolsas
individuales, cuyo reparto requiere un ejercicio de logística y
coordinación de gran finura que llevan a cabo técnicos y voluntarios de
la organización.
Arroz, legumbres, leche, lejía guantes, mascarilla.
Entregar el paquete no les resulta sencillo. Citan a las mujeres en un
punto lo más cerca posible de su casa, pero llegar más lejos de 300
metros desde el portal supone una situación angustiosa porque ni conocen
Madrid, ni tienen la menor idea de las calles y sus nombres, síntoma
claro de estar ante un caso de trata. Además, no tienen papeles y la
policía para al que va por la calle. Médicos del Mundo ha conseguido
salvoconductos para ello.
Desde la declaración del estado de alarma, APRAM, una
asociación de apoyo integral a la mujer prostituida, lleva a cabo un
monitoreo de la situación mediante llamadas por teléfono a 419 mujeres
de diversas comunidades autónomas. La conclusión según esa asociación es
que ocho de cada diez pisos en los que se ejercía la prostitución
siguen activos. En muchos casos emplean métodos no presenciales, como
videollamadas, webcams o charlas por whatsapp, que, en contra de lo que
pudiera parecer, suponen más obligatoriedad para las mujeres y mayor
blindaje del negocio.
“A pesar de la vigilancia, estamos viendo que muchos
clientes se están saltando el estado de alarma y están llegando a estos
lugares. Las mafias se están transformando para que no se les hunda el
negocio. A las mujeres las están trasladando e invisibilizando”, declara
Rocío Mora, coordinadora de APRAMP. “Tenemos que ir muy rápido porque
las mafias van por delante de nosotros; el negocio tiene que seguir, y
para eso ellos marcan estrategias para que el putero llegue a estos
lugares sin ser interceptado por los cuerpos y fuerzas de la seguridad
del Estado. Es increíble que esto pase, sí, pero tiene que ver con la
cuestión de por qué existe la trata, también algo increíble. Lo
repetimos continuamente, si existe la explotación sexual y si hay
mujeres prostituidas es porque hay demanda”.
“Lo que ha conseguido el estado de alarma es que los
contactos sean mucho más invisibles y mucho más clandestinos. Es casi
imposible ayudarles porque no se puede acceder a ellas y no queremos
perder lo que habíamos avanzado trabajando con ellas; estamos usando
otra metodología para que ellas lleguen a nosotras”, añade la
responsable de APRAMP.
En Médicos del Mundo, con programas de atención sanitaria a
víctimas de la prostitución desde hace 30 años en España, han
constatado lo mismo. Lo cuenta Érika Chueca, trabajadora social dedicada
a mujeres en situación de prostitución, además de portavoz de Médicos
del Mundo en España. “Ahora ya nos empieza a llegar que la actividad se
ha reactivado. Ellas dicen que sí a servicios sexuales con contacto
físico porque tienen que pagar la deuda que están acumulando. Al
principio, su actividad fue más mediante webcam o teléfono, pero esta
semana yo estoy conociendo muchos casos donde los puteros han ido a sus
pisos. (...)
Lejos de mejorar, la situación se va agravando conforme avanza el estado
de alarma, tal y como cuenta la portavoz de Médicos del Mundo en
España. “Nos hemos ido enterando que los dueños de los burdeles y los
dueños de los pisos les siguen cobrando, aunque ellas no generen dinero;
además, cantidades astronómicas, 200 o 250 euros a la semana. Y el 90%
son migrantes que suelen vivir en los pisos donde ejercen (...)
Begoña Pablos, técnica de intervención del programa de explotación
sexual de Médicos del Mundo. Trabaja doce horas diarias a pie de
teléfono, atendiendo llamadas o mensajes de wasap en los que, por
ejemplo, preguntan por algún lugar en el que se las dé de comer.
“Estamos muertecitas de hambre”, dicen; aluden también a que no pueden
pagar el hostal o que no tienen “ni para comer”.
Escriben mujeres
desesperadas sin saldo para llamar. Y también les llegan mensajes que
tienen que ver con los tratamientos hormonales que hay que seguir tras
una operación de cambio de sexo. Hay ya casos en los que se han quedado
sin acceso al medicamento, por no poder pagarlo o porque no está en las
farmacias. “Estamos todas jodidas, estamos solas, no tenemos a nadie, y
sin un duro. A mí me van ayudando amigos a cambio de servicios en el
futuro”, cuenta una mujer. (...)" (Ritama Muñoz-Rojas, CTXT, 16/04/20)
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