"La pandemia como momento de cambio, como el punto de inflexión que
transformará todo, es un lugar común en nuestras reflexiones.
Aprenderemos de los errores, corregiremos prácticas y valores, tomaremos
conciencia de que es indispensable girar el rumbo y vendrá una nueva época.
Suele ocurrir en momentos de crisis profunda, todo se impregna de temor
por el futuro y de esperanza en el cambio, pero cuando los momentos más
duros pasan, esas premuras se diluyan y todo tiende a olvidarse.
2008
fue un ejemplo, ese instante en que debía reinventarse el capitalismo y
cuyo camino de salida desvaneció todas las expectativas creadas. Y 2008 es importante porque las ideas que se están manejando para salir de la crisis económica son muy similares a las de aquel momento.
Una señal clara y contundente
La UE ha emitido
una de esas señales negativas. El mensaje que el norte de Europa,
liderado por Alemania, ha enviado a los mercados y a los gobiernos
extranjeros es el de la falta absoluta de confianza en sus socios.
(...) lo que se ha transmitido es que la actitud nada responsable de los
socios del sur impide establecer lazos mayores, porque podrían poner en
peligro al conjunto, y especialmente a los países sanos de la unión. (...)
Lo podemos expresar en términos más coloquiales: si tú no crees en
los tuyos, por qué iban a creer los demás; si vas hablando fatal de tu
pareja, es muy probable que se genere la sensación de que vuestra unión
se romperá pronto.
La advertencia de Macron
Ese es un
problema grave para Italia, pero también para España, porque nos pueden
dejar a los pies de los caballos. Más vale que se ponga en marcha un
plan de reconstrucción europeo a la altura, más allá de la compra de
bonos por el BCE, porque si no vamos a vivir tiempos bastante duros. Pero también la UE, aunque estas advertencias (la última, la de Macron) no se suelan tomar demasiado en serio en Bruselas.
La segunda señal preocupante es la que proviene del ámbito económico. 2008 vuelve a ser un referente (...)
El esquema lo conocemos: gran inversión pública seguida de ajustes
presupuestarios para restaurar las cuentas y devolver la deuda, con los
obvios sacrificios en nivel de vida que iban aparejados. Ahora llega la
tercera gran inversión de dinero público, la de la guerra contra el
Covid-19, que se sustancia en la inyección de grandes cantidades en
“empresas demasiado estratégicas para caer”.
Los gigantes nacionales
En Occidente, las grandes empresas nacionales van a ser las destinatarias de las ayudas.
El plan de EEUU está orientado a salvar los niveles de rentabilidad que
habían perdido, además de a rescatar firmas como Boeing, que estaban en
serias dificultades. Gran Bretaña está insuflando notables cantidades a
su economía a través de la acción del Banco de Inglaterra, y Alemania
ha hecho lo mismo gracias a su superávit. Todos quieren reforzar a sus
gigantes nacionales para que puedan competir en tiempos de recesión, de
modo que conserven músculo estratégico.
España quiere seguir ese camino, pero no puede:
la capacidad de apuntalar esas empresas es escasa porque la deuda
pública es muy elevada y si se incrementa sustancialmente sufriremos
dolorosas consecuencias; y tampoco tenemos un banco central propio o una
moneda que se pueda devaluar.
Las grandes discusiones de estos días sobre nuestro plan de
reconstrucción nacional tienen que ver con qué cantidades se van a
inyectar y en qué sectores. La renta mínima suscita resistencias
entre empresarios, directivos y expertos, que insisten en que, salvo
momentos puntuales, el dinero debe invertirse fundamentalmente en su
dirección. Esa opción, que se reviste de rigor y responsabilidad, tiene
un coste que debe ser subrayado, porque no podemos olvidar que todo lo que se ponga en circulación tendrá que ser devuelto después, y la idea es que se vuelvan a realizar rigurosos planes de ajuste para que los mercados confíen en España.
Sabemos ya de las dificultades que eso supondrá
para los trabajadores, puesto que habrá menos empleo y, por tanto, peor
pagado; para los autónomos, que van a tener que asumir deudas por este
mal momento; y para las microempresas y las pymes, que van a sufrir
enormemente.
No son incompatibles
En este escenario, existe la tentación de pensar que hay en España tejido poco productivo que sería mejor que se destruyera,
de forma que se pudiera reorientar nuestro sistema hacia empresas más
competitivas. Lo cual es un notable error, porque una cosa y otra no son
incompatibles.
Por poner un ejemplo obvio, el turismo continuará siendo
un sector útil para España, y sería absurdo dejarlo caer simplemente
por su falta de productividad. Igual ocurre con pequeñas empresas
locales, o con los bares y restaurantes, o con las peluquerías de
barrio, que seguirán siendo necesarias y demandadas. Lo
inteligente sería no elegir entre lo que se tiene y lo que se sueña con
traer, sino apuntalar lo existente y además buscar nuevas vías.
No
hay que olvidar que, en las últimas décadas, los ajustes se han hecho
apretando a las partes más vulnerables de la economía productiva, los
trabajadores y las clases medias, que son las que han perdido poder
adquisitivo y nivel de vida, tanto por la vía de los ingresos como por
la de los gastos (impuestos incluidos, porque son esas capas las que
están pagando la deuda pública). Seguir por ese camino, también en una ocasión como esta, llevaría a un empobrecimiento generalizado de la población que sería muy perjudicial para todos.
Ese es un grave error. Y la pandemia, con esa mirada colectiva que nos obliga a tener, nos debería abrir los ojos. En los entornos perdedores, y la UE lo es respecto de China y EEUU, y España respecto de Europa, somos muy conscientes, por experiencia propia, de que la salida será común o no será.
No
es esa la mentalidad dominante: igual que Alemania piensa que puede
colocar un cortafuegos respecto de sus socios de la UE, por si vienen
mal dadas, hay partes del mundo empresarial y del experto que creen que separarse de los demás y buscar un camino segmentado de salida es la mejor solución.
Es una creencia ilusoria, un castillo en el aire que no toma en cuenta las condiciones objetivas de funcionamiento de nuestro sistema.
Para la mayoría de las grandes empresas nacionales y europeas, competir
por el camino de siempre es garantía de declive. La época que viene va a
hacer más profundas las tendencias que hemos comenzado a percibir en
años anteriores, y eso dirige a este tipo de empresas hacia dos grandes
problemas, uno relacionado con la propiedad y otro con la competencia.
El primero proviene de la fortaleza financiera de EEUU y China, y el
segundo del desarrollo de sus tecnológicas.
EEUU y China, a la caza
Los
fondos estadounidenses y las firmas chinas van a tener dinero
suficiente, en un escenario de debilidad general, para entrar en el
accionariado de muchas empresas europeas. En el caso español todavía
más, porque somos un país con una presencia notable de capital no
comunitario, y esa tendencia, que ya hemos visto cómo se intensificaba
durante la crisis, se hará más presente tras ella.
El destino de muchas firmas nacionales va a consistir en ser adquiridas o en dejar entrar capital extranjero en su accionariado
que probablemente acabe dominando la vida de la firma. Esa es la
constante en la época, y si la UE no respalda de verdad, España estará
en la diana, y con ella sus empresas, por mucho ajuste presupuestario
que se quiera realizar. Alemania también es consciente de este peligro, y
está planeando poner en marcha una ley para proteger a sus empresas estratégicas, pero esa clase de escudos solo dura lo que dure la fortaleza del país.
En segundo lugar, las grandes tecnológicas, cuya nacionalidad es estadounidense o china, van a ser las evidentes ganadoras económicas
de esta crisis. Las enormes cantidades de datos recogidos, el cambio de
hábitos, la debilidad de los competidores y la aceptación de su
irrupción en la privacidad les va a permitir gran ventaja no solo en las
áreas en las que ya eran fuertes, sino en aquellas en las que habían
dado pasos para entrar, como el sanitario, el financiero, la gestión de
las ciudades o la prestación de toda clase de servicios. (...)
Una lección política
No sé en qué, a la hora de afrontar
estas dos amenazas, las políticas económicas ortodoxas van a poder
ayudar a las grandes firmas españolas. Tampoco sé en qué van a ser
útiles a las empresas europeas a la hora de competir con los gigantes financieros y tecnológicos estadounidenses y chinos. Más bien parece que se están enrocando en una posición que les permite resistir hoy, pero solo para perder mañana.
Es hora, pues, de que se empiece a tomar en serio la palabra reconstrucción, y que esta crisis no consista únicamente
en derivar recursos hacia las “empresas demasiado estratégicas para
caer” y hacia los países más poderosos a costa de hacer a la sociedad
española y a la europea más débiles, y por tanto más expuestas al
exterior.
Hay varias formas de lidiar
económicamente con esta situación de modo que todos salgamos
favorecidos en lugar de perjudicados, pero la esencia de este momento no
tiene que ver con propuestas técnicas, sino con una lección política:
los sistemas fuertes son aquellos que cuentan con cohesión interior.
No
es momento de hacer las brechas más profundas, sino de cerrarlas. Es
momento de fortalecer el mercado interior, de recomponer el sistema para
elevar el nivel de vida, de cambiar el paso económico. Actuar de otro modo será resistir para perder. Al menos, para Europa. Y a la larga, también para EEUU." (Esteban Hernández, El Confidencial, 17/04/20)
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