"(...) El Imperio existe, y lo llevamos en el bolsillo. Los amortiguadores
de la superestructura europea han funcionado, bajo mandato alemán, y la
devaluación interna ha rebajado salarios y precios, con destrozos
sociales difíciles de recoser y curar. Paisaje después del shock: la
prima de riesgo baja que es una maravilla, y el cuadro político da
miedo. La política está peor que la sociedad. Ese es el resumen.
España
vuelve a ser un caso singular. Ya lo fue en el siglo XIX, en la etapa
de formación de los estados liberales, y vuelve a serlo ahora, en la
confusa y traumática fase de transición al Imperio europeo de nuevo
tipo. España ha soportado el golpe con gran estoicismo social y presenta
en estos momentos daños políticos que no se dan en otros países
gravemente afectados por el estropicio económico.
La crisis no ha
provocado en España un Amanecer Dorado, pero asistimos a un ocaso con
tintes escarlatas del régimen pactado en 1977-78. España, fuerte por
fuera –aparentemente fuerte–, débil por dentro.
No ha surgido en
España un partido de extrema derecha directamente propulsado por la
crisis. Más de un lector apuntará que esa extrema derecha no acaba de
surgir orgánicamente porque se halla subsumida en el interior del
Partido Popular.
El macizo de la raza –así lo definía en sus escritos
democráticos Dionisio Ridruejo, retomando una expresión de Antonio
Machado en el poema El mañana efímero (“España, país de
charanga y pandereta…”)– quizá tenga más poder político en el interior
del PP que organizado como partido propio. Alianza Nacional, pongamos
por caso.
La observación es cierta, pero no es lo mismo una derecha
extrema subsumida en el actual magma de las derechas autonómicas
unificadas y pilotadas desde la calle Génova de Madrid que una extrema
derecha rampante y lanzada a una feroz competición electoral.
Pese
a todo lo que está cayendo, tampoco hay movimientos abiertamente
populistas y antieuropeos en España. No hay un Beppe Grillo, por el
momento. Aquí caben otras dos observaciones. Europa ha transferido mucho
dinero en los últimos 25 años, y dice el refrán castellano que es de
bien nacido ser agradecido.
El populismo existe en España, pero está
repartido, en dosis más o menos controladas, entre todas las ofertas
políticas, incluidas las fuerzas soberanistas que hoy plantean la
independencia –la independencia de Catalunya– como un parto sin dolor y
con la anestesia epidural a cargo del contribuyente alemán.
Un
prodigioso tránsito a un “país nuevo”, con los zurrones llenos y
milagrosamente exentos de los actuales flagelos europeos. Una Nueva
Jerusalén construida sobre la virtud, como la que predicaba el fraile
Savonarola a finales del siglo XV en la república de Florencia.
España,
sin extrema derecha, sin populismos a la italiana, con estabilidad
parlamentaria y con mucho vértigo. Un caso único. Fuerte por fuera,
débil por dentro. En ningún otro país de la Unión se habla con tanta
angustia de la necesidad de cambios constitucionales.
“No entiendo la
cíclica tendencia de España a los espasmos institucionales”, afirmaba
hace unos meses el empresario y ensayista francés Alain Minc.
Aparentemente
fuerte por fuera, débil por dentro. Los daños políticos son graves. Lo
sabemos. La institución monárquica, en su hora más baja. Los dos
partidos grandes, con fidelidades de voto inferiores al 50%. Los dos
principales líderes, el presidente del Gobierno y el secretario general
del PSOE, con índices de impopularidad superiores al 80%.
Los casos de
corrupción cada día en las portadas, en perfecto turno: hoy, Bárcenas,
mañana, la UGT. El monolitismo de los partidos –ingeniería 77/78–,
rompiéndose por momentos: ahí tenemos la discusión en el PP sobre el
aborto y la presión por las primarias en el PSOE.
“Vi el otro día el
telediario de las nueve y quedé bastante impresionado”, me comentaba
esta semana un diplomático de un importante país europeo.(...)" ('La última inflamación', de Enric Juliana en La Vanguardia, en Caffe Reggio, 12/01/2014)
No hay comentarios:
Publicar un comentario