"(...) al analizar el posible impacto de la deflación sobre los ciudadanos
conviene poner en cuarentena los datos que nos ofrecen, además de las
interpretaciones que con demasiada facilidad y simplicidad tienden a
realizarse desde la ortodoxia fáctica y académica. O lo que es lo mismo:
nunca llueve a gusto de todos, y a continuación veremos por qué.
Si los precios bajan de manera generalizada y persistente (se estima
que al menos durante dos trimestres, aunque en esto también hay
controversia), la amenaza de la deflación puede convertirse en un serio
problema.
Un problema que, según algunas opiniones, puede ser más grave
incluso que la inflación, puesto que perjudica a quienes tienen activos y
quisieran convertirlos en liquidez, y perjudica también a los que
desean invertir, especialmente si su actividad depende en gran medida
del crecimiento esperado de la renta disponible de los residentes en el
país.
Al margen pueden quedar las actividades muy vinculadas a los
mercados exteriores, siempre que sus expectativas de crecimiento sean
más favorables.
Obviamente, la deflación también perjudica a la Hacienda Pública, que
verá mermados sus ingresos por distintas vías. Y por supuesto perjudica
de distinto modo a los bancos y entidades financieras, que verán
evaporarse algunas fuentes habituales de intermediación beneficiosas
para sus intereses, por lo que habrán de buscar fuentes alternativas de
actividad para seguir incrementando sus beneficios. (...)
Así pues, el impacto final de la (supuesta) deflación dependerá de
las características de esos y otros efectos sectoriales, y de cómo se
extiendan al resto de la economía y la sociedad: por ejemplo, generando
“todavía” más desempleo y mayor caída de la actividad económica.
Por lo
tanto, será difícil determinar cómo afecta a cada persona, salvo que la
deflación sea tan intensa y persistente que podamos inferir que
perjudica a la mayoría de la población. Y ello a pesar de que
inicialmente las bajadas relativas de precios pueden beneficiar en mayor
medida a quienes tienen una propensión al consumo más elevada, unos
niveles de renta menores y unos salarios más estables o menos
dependientes de los niveles generales de precios.
Conclusión: no hay —hasta ahora— motivos sólidamente fundados para
que la mayoría de la población tema a la deflación, salvo que nuestras
autoridades políticas y monetarias sigan obstinándose en profundizar en
las políticas neoliberales que nos han llevado a la desastrosa situación
actual.
Aunque algunos se nieguen a reconocerlo, ese es el “problema
real”: las políticas restrictivas aplicadas por nuestros gobiernos,
orientadas a beneficiar a un reducido grupo de personas e intereses
sectoriales, en lugar de a la mayoría a la población. Esas políticas son
las que tendrían que darnos miedo, y no, en mi opinión, unos datos de
precios que ahora bajan y dentro de poco probablemente volverán a subir.
Subirán por razones de muy distinta índole, aunque gran parte de su
incremento estará motivado por el alza de los precios de los productos
energéticos, de los que dependen de un modo cada vez más
desproporcionado los niveles reales de los precios intermedios y
finales.
Más allá del carácter cíclico de las crisis y sus efectos, los
problemas teóricos de la deflación pueden materializarse con particular
gravedad en países como España, donde —pese al optimismo oficial— el
paro y las desigualdades siguen creciendo, los empresarios brillan por
su ausencia o están en la cárcel, y el partido que sustenta al gobierno
se empeña en que el Estado, a través de las políticas públicas, no pueda
impulsar la economía ni favorecer un modelo social más equitativo y
solidario. (...)
Finalmente, si la deflación es pasajera no debería preocupar a la
mayoría de la población. Y si amenaza con convertirse en duradera
nuestros gobiernos tendrían que actuar para combatirla, lo antes
posible, con políticas públicas y con instrumentos de política monetaria
y fiscal.
El problema reside en la incapacidad que hasta ahora han
demostrado nuestros gobernantes para combatir la gran recesión que
vivimos y sus efectos. El problema central es que la deflación sea un
síntoma más de que la gran recesión continúa e incluso se está
profundizando. El verdadero problema vendría si los efectos de la
deflación se extienden a la economía global y dan una nueva “vuelta de
tuerca” a la crisis que sacude gran parte de la economía mundial. (...)" (José Antonio Nieto, Econonuestra, Público, 03/09/2014)
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