4.9.14

¿Quién teme a la deflación, y quién no?

"(...)  al analizar el posible impacto de la deflación sobre los ciudadanos conviene poner en cuarentena los datos que nos ofrecen, además de las interpretaciones que con demasiada facilidad y simplicidad tienden a realizarse desde la ortodoxia fáctica y académica. O lo que es lo mismo: nunca llueve a gusto de todos, y a continuación veremos por qué.

Si los precios bajan de manera generalizada y persistente (se estima que al menos durante dos trimestres, aunque en esto también hay controversia), la amenaza de la deflación puede convertirse en un serio problema.

 Un problema que, según algunas opiniones, puede ser más grave incluso que la inflación, puesto que perjudica a quienes tienen activos y quisieran convertirlos en liquidez, y perjudica también a los que desean invertir, especialmente si su actividad depende en gran medida del crecimiento esperado de la renta disponible de los residentes en el país.

 Al margen pueden quedar las actividades muy vinculadas a los mercados exteriores, siempre que sus expectativas de crecimiento sean más favorables.

Obviamente, la deflación también perjudica a la Hacienda Pública, que verá mermados sus ingresos por distintas vías. Y por supuesto perjudica de distinto modo a los bancos y entidades financieras, que verán evaporarse algunas fuentes habituales de intermediación beneficiosas para sus intereses, por lo que habrán de buscar fuentes alternativas de actividad para seguir incrementando sus beneficios.  (...)

Así pues, el impacto final de la (supuesta) deflación dependerá de las características de esos y otros efectos sectoriales, y de cómo se extiendan al resto de la economía y la sociedad: por ejemplo, generando “todavía” más desempleo y mayor caída de la actividad económica.

 Por lo tanto, será difícil determinar cómo afecta a cada persona, salvo que la deflación sea tan intensa y persistente que podamos inferir que perjudica a la mayoría de la población. Y ello a pesar de que inicialmente las bajadas relativas de precios pueden beneficiar en mayor medida a quienes tienen una propensión al consumo más elevada, unos niveles de renta menores y unos salarios más estables o menos dependientes de los niveles generales de precios.

Conclusión: no hay —hasta ahora— motivos sólidamente fundados para que la mayoría de la población tema a la deflación, salvo que nuestras autoridades políticas y monetarias sigan obstinándose en profundizar en las políticas neoliberales que nos han llevado a la desastrosa situación actual. 

Aunque algunos se nieguen a reconocerlo, ese es el “problema real”: las políticas restrictivas aplicadas por nuestros gobiernos, orientadas a beneficiar a un reducido grupo de personas e intereses sectoriales, en lugar de a la mayoría a la población. Esas políticas son las que tendrían que darnos miedo, y no, en mi opinión, unos datos de precios que ahora bajan y dentro de poco probablemente volverán a subir. 

Subirán por razones de muy distinta índole, aunque gran parte de su incremento estará motivado por el alza de los precios de los productos energéticos, de los que dependen de un modo cada vez más desproporcionado los niveles reales de los precios intermedios y finales.

Más allá del carácter cíclico de las crisis y sus efectos, los problemas teóricos de la deflación pueden materializarse con particular gravedad en países como España, donde —pese al optimismo oficial— el paro y las desigualdades siguen creciendo, los empresarios brillan por su ausencia o están en la cárcel, y el partido que sustenta al gobierno se empeña en que el Estado, a través de las políticas públicas, no pueda impulsar la economía ni favorecer un modelo social más equitativo y solidario.  (...)

Finalmente, si la deflación es pasajera no debería preocupar a la mayoría de la población. Y si amenaza con convertirse en duradera nuestros gobiernos tendrían que actuar para combatirla, lo antes posible, con políticas públicas y con instrumentos de política monetaria y fiscal. 

El problema reside en la incapacidad que hasta ahora han demostrado nuestros gobernantes para combatir la gran recesión que vivimos y sus efectos. El problema central es que la deflación sea un síntoma más de que la gran recesión continúa e incluso se está profundizando. El verdadero problema vendría si los efectos de la deflación se extienden a la economía global y dan una nueva “vuelta de tuerca” a la crisis que sacude gran parte de la economía mundial.  (...)"          (José Antonio Nieto, Econonuestra, Público, 03/09/2014)

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