"(...) Alemania, ¿modelo a seguir? Buena parte de las estadísticas ofrecidas
por los organismos nacionales e internacionales utilizan el país como
unidad de análisis: “Alemania crece”, “Alemania mantiene bajo control su
déficit público”, “Alemania exporta”. En la ceremonia de la confusión a
la que nos tienen acostumbrados la economía dominante y el poder todo
se mete en el mismo saco, país y ciudadanía se funden y se confunden…y,
desafortunadamente, el mensaje cuela.
Pero cabe preguntarse si
hablar de “Alemania” es equivalente a hacerlo de los “alemanes” (o
utilizar el término “España” es igual que decir “españoles”).(...)
Centrándonos en los alemanes, ¿todos ganan cuando la situación
macroeconómica mejora?; y cuando empeora, ¿las pérdidas se distribuyen
entre todos por igual? Para despejar estas dudas, presento a
continuación algunas ratios que pueden dar cuenta del balance social. (...)
El índice de Gini, habitualmente utilizado para medir la desigualdad
de ingreso –que puede alcanzar valores comprendidos entre 0, igualdad
total, y 100, inequidad extrema- nos devuelve un panorama de Alemania
donde la inequidad avanza.
En 2015, último año para el que Eurostat
ofrece información estadística, dicho índice había aumentado en relación
a su nivel de 2010 en 0,8 puntos, situándose en 30,1; en España en el
mismo periodo el crecimiento había sido de 1,1 puntos, alcanzando el
valor 34,6 (ocupando el dudoso honor de ser el cuarto más alto de la UE,
sólo por detrás de los tres países bálticos).
Lo mismo ha
sucedido con el indicador 80/20, que mide la relación existente entre
los quintiles con mayor y menor ingreso. Dicha relación en Alemania ha
pasado entre 2010 y 2015 del 4,5 al 4,8, mientras que en España ha
progresado desde el 6,2 al 6,9. Si sólo tenemos en cuenta el 10% de la
población con mayores y menores ingresos, el primer grupo ha mejorado su
situación, en 2010 acumulaban el 23,4% de la renta y en 2015 el 23,6.
Entretanto, el segundo había conocido una reducción en su cuota, que ha
pasado desde el 3,3% al 2,9%. Los datos para la economía española son
24,6 y 24,8 para los que ocupan la cúspide de la pirámide social; 2,1 y
1,7 para los peor colocados.
El indicador que elabora Eurostat
para conocer las personas que se encuentran en situación de pobreza o
exclusión social (AROPE es el acrónimo en inglés) pone de manifiesto que
en 2015, en la próspera y modélica Alemania, la quinta parte de su
población formaba parte de ese grupo, esto es, 16 millones de personas
no cubrían las necesidades básicas; 121 mil más que en 2010.
El panorama
todavía es más alarmante en nuestro país donde en 2015 el 28,6% de la
población está atrapada en las redes de la pobreza o la exclusión
social, más de 13 millones de personas; superando en más de 1 millón la
cifra de 2010. (...)
De cualquier modo, al igual que entre nosotros, en Alemania ha
aumentado el número de trabajadores pobres, que en 2015 ya representaba
el 9,6% de la población trabajadora entre 18 y 64 años (7,1% en 2010).
Nuestra economía ha evolucionado en la misma dirección y las ratios
eran, respectivamente, el 13,2% y el 10,8%.
Esta cuestión resulta
especialmente relevante, pues la retórica del poder y el mantra
esgrimido por las patronales insiste en que el empleo es la mejor
política social, pues tener un trabajo debería permitir, según ese
relato, escapar de la pobreza. Como demuestran los datos anteriores,
nada más lejos de la realidad. La generalización de la precariedad
laboral y los bajos salarios asociados a la misma están suponiendo que
un porcentaje creciente de los trabajadores se mantenga por debajo de
los umbrales de la pobreza.
En lo que concierne a la distribución
de la riqueza, el informe recientemente presentado por el Credit Suisse
(Global Wealth Report) y la base de datos que lo acompaña (Global Wealth
Databook) revelan una fractura social aun más profunda que la del
ingreso, presente tanto en Alemania como en España, y que, en realidad,
recorre a la mayor parte de los países para los que se dispone de
información.
Se calcula que el índice de Gini en 2016, aplicado a
la riqueza, era para Alemania y España, respectivamente, de 78,9 y 68.
En el primero de estos países, el 1% de la población adulta, con una
riqueza individual superior al millón de dólares, acaparaba el 31,5% del
total, mientras que el 10% reunía el 64,9%. En contraposición, el 60%
de los adultos tenía el 5,6%.
Los datos para nuestra economía también
revelan una intensa polarización en el reparto de la riqueza. Las
proporciones correspondientes al 1%, 10% y 60% de la población adulta
son, respectivamente, del 27,4%, 56,2% y 14,7. En los dos países, este
proceso de concentración ha tendido a intensificarse con el tiempo.
Es
importante destacar que el aumento de la fractura social se ha
registrado en unos años de crecimiento económico. Entre 2010 y 2016 el
producto interior bruto de Alemania ha aumentado cada año, mostrado un
crecimiento acumulado superior al 10%. (...)
Confiar en que el crecimiento ofrece oportunidades para todos es un
grave error. Ya era evidente antes del crack financiero y lo es más
ahora, cuando la correlación de fuerzas se ha inclinado con claridad
hacia el capital, cuando los instrumentos redistributivos asociados a
las políticas públicas han sido en gran medida desmantelados y cuando la
negociación colectiva ha salido debilitada y en muchos casos eliminada.
No
quiero mirarme ni reconocerme en el espejo alemán, no acepto la
fractura social (creciente y permanente) como modelo ni como hoja de
ruta. No deseo para la ciudadanía un país en el que exista un norte y un
sur, donde una minoría de privilegiados se enriquecen sin medida ni
escrúpulos y una mayoría social ha sido excluida o está instalada en la
precariedad. (...)" (Fernando Luengo
, Sin Permiso, 13/12/2016)
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