"Para
el análisis que pretendemos hacer, es fundamental primero delimitar el
concepto de prostitución que manejamos. Prostitución aquí, se entiende
como el intercambio de servicios sexuales por dinero, llevados a cabo
por mujeres que libremente eligieron esa profesión.
Por tanto, en esta
discusión, no tiene cabida la trata de personas, ni la prostitución
forzada, ni la prostitución de niños y jóvenes. Esas prácticas son
criminales y deben ser tratadas como tales.
Dentro
del amplio campo del trabajo sexual, me detendré, solamente, en la
prostitución heterosexual femenina, abogando por su legalización y
reconocimiento como trabajo sexual.
Me
impresiona el discurso abolicionista por reconocer en él una alianza
extraña y peligrosa entre el conservadurismo puritano y misógino con
algún tipo de feminismo e incluso, con alguna izquierda, pero no
suscribo tampoco los discursos que celebran la prostitución.
Para mi,
la cuestión no es tanto si estos comportamientos son o no son
políticamente correctos sino si de partida, y según parece, forman
parte de las manifestaciones sexuales de algunas mujeres (o constituyen
una forma de garantizar los ingresos necesarios para su supervivencia)
y por tanto no tenemos derecho a condenarlos. Después de todo ¿por qué
habríamos de hacerlo?... ¿porque no nos gustan?, ¿porque no nos
convencen?, ¿porque va en contra de nuestras concepciones?... (1).
Creo
que el reconocimiento del trabajo sexual nos obliga, en primer lugar, a
reconocer a las prostitutas como seres humanos con derechos, al mismo
tiempo que nos "des-instalamos" del "confort" de la "moral burguesa",
con la que, a pesar de todo, nos habituamos a convivir.
La
relación entre el feminismo y las prostitutas, en general, ha sido una
no-relación o, en algunos casos, una relación tensa. El debate sobre
la prostitución es heredero de los grandes debates acaecidos en los
años 80 que enfrentaron a las feministas anti-pornografía con las
feministas pro-sexo.
El debate sobre la prostitución es, a mi entender y
dicho de una forma simplificada, una prolongación de aquella
discusión. Por un lado, tenemos a las feministas abolicionistas que ven
a las mujeres prostitutas como víctimas del patriarcado, incluso
ensayando una nueva normativa en relación con dicha expresión (3). (...)
Por
un lado las prostitutas son vistas como traidoras a la causa
feminista, dado que destruyen todo el edificio teórico que sacraliza la
sexualidad y la encierra en el espacio privado de la intimidad;
mientras que, por otro lado, son percibidas como víctimas económicas y
culturales, como mujeres que ejercen esta actividad solo porque no
tienen otro remedio.
Esta visión, a la vez condenatoria y salvadora,
encierra a las prostitutas en el espacio de lo infra-humano y de la
infantilización cognitiva: son contempladas, o bien como "viciosas",
ejemplos de la degeneración de la relación sexual púdica, o bien como
mujeres incapaces de tomar decisiones, dentro de las lamentables
condiciones de su vida y de tomar el camino hacia una supuesta
sexualidad feminista.
Pero, yo me pregunto: ¿no es la sexualidad un
campo de expresión personal que no debe de ser constreñido?; ¿no
propone el feminismo una sexualidad liberada de las constricciones de
la moral patriarcal?... ¿qué sentido tiene, entonces, sustituirla por
otra normativa?; ¿qué lugar queda para la autonomía y para la libertad
de las mujeres cuando se prescribe una sexualidad como la "adecuada"?.
Por otro lado, tenemos a las feministas pro-sexo que defienden la
búsqueda del placer y del disfrute sexual por la mujer, reconocen la
existencia de grandes diferencias entre las mujeres a la hora de
expresar su sexualidad y la necesidad de permitir -sin coerciones- las
búsquedas personales. Todo esto redunda en una especie de proteccionismo
benevolente: las prostitutas son víctimas de una situación económica
que las obliga a "la mala vida" y, por consiguiente, la respuesta
social debe ser capaz de prevenir su entrada en esa actividad, por un
lado y redimir y rehabilitar a aquellas que ya estuvieran en ese mundo,
por otro.
En este imaginario conservador y "salvador", la decisión de
continuar siendo prostituta es ilegítima; las "buenas" prostitutas
deben antes confesar su arrepentimiento y pedir ayuda para "dejar la
mala vida".
Curiosamente,
el debate sobre la prostitución se realiza sin las prostitutas. Kate
Millet decía que para discutir sobre la prostitución la única figura
relevante era la de las propias prostitutas y que, sin su
participación, el debate se convierte en una especie de escolástica. (...)
Escucharlas permite
darse cuenta de que la gran mayoría percibe su actividad como un
trabajo. No tienen baja auto-estima, no se ven como víctimas y tampoco
sienten que su trabajo sea indigno (4). Si se sienten víctimas, no es
por la actividad que ejercen sino por el estigma que las coloca en un
lugar social de sometimiento, siendo este estigma, precisamente, el que
da lugar a sentimientos ambivalentes hacia su trabajo. (...)
Así
pues, el feminismo debe preguntarse sobre la forma en la que se
reproduce la opresión; debe percibir la necesidad de integrar a las
trabajadoras sexuales en el feminismo para que éste sea la suma de un
proyecto emancipatorio donde tengan cabida todas las mujeres.
En
verdad, los derechos de las mujeres están inexorablemente ligados a los
derechos de las trabajadoras sexuales, aunque solo sea porque el
estigma de "puta" se usa para descalificar a cualquier mujer que
manifiesta iniciativa sexual o económica.
A
través del estigma se aísla a la prostituta y se crea una categoría,
la de puta, que nos divide entre putas y no putas; asimismo, se aplica a
aquellas que no entran en la categoría en sentido estricto, pero que
pueden ser calificadas como tales por diversas razones: por el tipo de
trabajo, por el color de su piel, por su clase social, por su
sexualidad, por su orientación sexual, por una historia de abusos, por
su estado matrimonial o, simplemente, por el estatuto de género. (8) (...)
Esta diversidad histórica y los discursos que surgirán, a través de la toma de palabra por parte de las prostitutas, muestran que la categoría de género, que ve en la prostitución una manifestación del dominio masculino sobre el cuerpo de las mujeres, es demasiado estrecha para comprender esta problemática en toda su complejidad.
La opresión sexual no es la única
interpretación posible de la prostitución. Las mujeres no solo tienen
derecho a escoger libremente como usar de su cuerpo –sea interrumpiendo
un embarazo no deseado, sea comercializando servicios sexuales- sino
que también tienen derecho a reivindicar el placer o el sexo como una
fuente de ingresos. (...)
Del mismo modo que la mayoría de las transacciones en el capitalismo, la prostitución se basa en la compra-venta de mercancías o servicios. El sexo es pues convertido en una mercancía, en un bien de las mujeres. Como pregunta la prostituta Margot St. James, "¿Que parte del cuerpo es la que vende usted para pagar sus cuentas? ¿sus dedos de mecanógrafa? ¿Su voz de telefonista?¿El cerebro con el que piensa?... "(16).
Como muchos
servicios e industrias productivas capitalistas, la prostitución adopta
formas muy diversas, teniendo las prostitutas relaciones diferentes con
los medios de producción y con los compradores de servicios sexuales.(...)
La mayor parte de
ellas, trabajan de forma independiente, es decir: venden los servicios
sexuales directamente. En su mayoría, son trabajadoras precarias y sin
ninguna protección social. Sobre todas recae el estigma de la
indignidad que las coloca al lado de la transgresión moral y se las
desprecia como mujeres, fragilizando, en consecuencia, su posición, en
la relación que establecen con los clientes.
Sí, a veces, algunos
clientes oprimen a las prostitutas, tratándolas de forma degradante y
violenta, el Estado, al negarles la dignificación a través del
reconocimiento de su trabajo y la protección laboral consecuente, lo
hace sistemáticamente (17).
El reconocimiento del trabajo sexual es, en
ese sentido, la respuesta más justa para la vida concreta de estas
mujeres. Sin embargo, ¿puede ser considerado el trabajo sexual igual
que los otros trabajos?. Evidentemente que no, puesto que ningún otro
trabajo es estigmatizado como la prostitución. (...)
Aunque
la creciente sexualización de la vida y de la cultura pudieran
conllevar una mayor libertad en las costumbres de las sociedades
actuales, sin embargo y paradójicamente, los discursos y los
posicionamientos sobre la prostitución parecen anunciar precisamente lo
contrario.
Luchar
contra el estigma que la sociedad impone a las trabajadoras sexuales,
reconociendo y legalizando su actividad es, en último análisis,
desestabilizar la teoría y la idea de que existen "buenas" y "malas"
mujeres en consonancia de cómo manifiesten su autonomía, sea sexual o
profesionalmente. Es hora de dejar de "tirarle piedras a Geni"* porque
ella no solo no está "hecha para aguantar" sino tampoco es solo "buena para escupirla" (19).
*(N.d.T: frase sacada del estribillo de la canción de Chico Buarque: "Geni e o zepelim": (La prostitución como punto de ruptura, de
Andrea Peniche, en Sin Permiso, 03/02/2013)
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