"(...) Durante años, nuestros dirigentes políticos han actuado como nuevos
ricos, gastando el dinero ajeno e inyectando gasolina en el motor de un
sistema económico gripado, que tarde o temprano explotaría.
Y eso llevó a
algunos a divertirse en esa fiesta de barra libre que montaron,
empezando por los propios políticos y sus partidos que se han dotado de
privilegios y recursos desmesurados, garantizando a cambio a empresarios
y banqueros el reparto del festín.
Y mientras las élites económicas
contaba con presupuestos, políticas e instituciones a su antojo en
sectores clave del país, la sociedad se repartía las migajas de una
economía que transfería fabulosos recursos a muy pocas personas, nuevos
ricos de aluvión, de yate desmesurado y jirafas disecadas en el cuarto
de baño.
Pero la vaca no daba leche para tanto, alimentada como
estaba con pastos tóxicos de la especulación inmobiliaria, de unos
servicios sostenidos desde la precariedad y de un turismo depredador. Y
por ello, nos endeudábamos sin límite para pagar inversiones
especulativas, infraestructuras desmesuradas, gasto inútil, ingentes
hipotecas y mucho consumo.
Sin embargo, en la medida en que Alemania y
los países del norte de Europa convertían su superávit en la balanza
comercial por deuda que colocaban a los países de la periferia de
Europa, necesitados de financiación para cubrir sus elevados déficits,
estos países se endeudaban mientras compraban su excedente comercial a
los mismos países acreedores, de manera que el círculo se cerraba como
una tenaza sobre sus ciudadanos.
Durante la quimera de la abundancia todo funcionaba sin problemas, pero
al comenzar la hipercrisis global, los países del sur de Europa
empezaron a sufrir gravísimos desajustes macroeconómicos debido a que
todo su edificio económico se asentaba sobre cimientos
extraordinariamente débiles y dependientes de la gigantesca deuda que
habían alimentado.
Entonces, nuestros dirigentes políticos actuaron
irresponsablemente viviendo un presente continuo indefinido, mientras la
sociedad trampeaba contagiada por esa aparente nueva prosperidad que
tanto se nos vendía. Estábamos en manos de incompetentes, subidos sobre
burbujas de especulación desde las que nos decían que éramos los “campeones de la Champions League económica” o que “superaríamos en el PIB a Italia y Francia en breve” a quienes “echábamos nuestro aliento en su cogote”.
Nada de pedagogía social, ningún análisis sereno o intentos de examinar
nuestras deficientes bases económicas y sociales para proceder a un
necesario cambio de modelo productivo y social. Las élites se jaleaban
mutuamente y reían sus ocurrencias, al tiempo que seguían pisando el
acelerador para afianzar sus posiciones políticas y económicas,
asegurándose con ello un futuro incierto.
Pero las políticas de
recorte pronto empezaron a cambiar la piel de nuestras sociedades,
justificándose con explicaciones mentirosas e insultantes, mientras
bancos y entidades financieras recibían fabulosas cantidades de dinero
público para enjugar sus desmanes especulativos y sus pillajes.
España
veía, además, cómo se justificaban legalmente actuaciones planificadas y
deliberadas de robo y estafa bancaria gigantesca sobre miles de
familias, muchas de ellas trabajadoras, a las que se las despojó de sus
ahorros en forma de preferentes, cuotas participadas o incluso acciones
emitidas fraudulentamente.
Ha sido uno de los robos más gigantescos de
la etapa moderna amparado por un Estado en un país que se desangraba por
los cuatro costados.
Y en medio de esta locura económica desatada, los ciudadanos se han
encontrado solos y devorados por quienes tenían que defender sus
intereses. Primero, durante la etapa del Gobierno socialista de
Zapatero, que abrió el camino a las políticas austericidas de la Troika,
llegando incluso a reformar la Constitución en días y cuando su
legislatura se encontraba agotada para asegurar a los acreedores el pago
de su deuda de forma prioritaria por encima de cualquier otro gasto
público.
Y todavía lo defiende el expresidente como “una decisión buena para el país”.
Y con el camino allanado, el PP solo tuvo después que poner el cuadro
de mandos bajo las coordenadas que la Troika le señalaba, colocando como
conductores a los grandes empresarios y banqueros del país, quienes han
diseñado a su antojo las grandes políticas aplicadas, desde la
privatización sanitaria hasta el salvamento de las autopistas, desde la
política energética al rescate de bancos y cajas, pasando por la
política laboral o de pensiones.(...)
Y es que las políticas del PP van mucho más allá de la simple
aplicación de ajustes y recortes, para tratar de cambiar un modelo
económico y social a medio y largo plazo, sentando las bases para que un
neoliberalismo extremo se implante con fuerza en nuestra sociedad.
Es
algo que tenemos que comprender para entender mejor la necesidad de un
rechazo frontal, enérgico y amplio a este compendio de barbaridades
históricas que vivimos.
Frente a
ello, se nos plantea un gran dilema: ser capaces de transformar todo ese
malestar latente en nuestra sociedad en energía de cambio político, en
unos momentos en los que no parece existir una alternativa clara y
fuerte al PP, a sus políticas depredadoras y profundamente corruptas.
Porque la derecha sabe que es mucho lo que se juega y por ello quiere
emplearse a fondo en continuar su labor, modificando incluso
instituciones, órganos y leyes esenciales que nos habíamos dado en esa
transición maltrecha que hicimos, como las nuevas sanciones
administrativas gigantescas que el Gobierno del PP quiere implantar en
su mal llamada Ley de seguridad ciudadana, que pueden llegar a 600.000
euros por cuestiones absolutamente caprichosas y sin garantía judicial
alguna. (...)" (Carlos Gómez Gil
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