"(...) lo que le dio una sorprendente ventaja a Donald Trump fue el
apoyo mayoritario de los blancos sin educación superior. ¿Qué pueden
hacer los demócratas para volver a ganarse al menos a algunos de esos
votantes?
No
hace mucho, Bernie Sanders daba una respuesta: los demócratas deberían
"trascender la política de la identidad". Lo que hace falta, según él,
son candidatos que "planten cara a Wall Street, a las empresas
aseguradoras, a las farmacéuticas, y al sector de los combustibles
fósiles".
Pero ¿hay alguna razón para creer que esa estrategia funcionaría? (...)
Piensen en el este de Kentucky, una región con mucha
población blanca que se ha beneficiado enormemente de las iniciativas de
la era de Obama. Fíjense, en concreto, en el caso del condado de Clay, declarado hace unos años por el New York Times
el lugar de Estados Unidos donde más difícil era la vida.
Sigue siendo
muy difícil, pero al menos ahora la mayoría de sus habitantes tienen
seguro médico: según cálculos independientes, el porcentaje de personas
sin seguro se ha reducido del 27% en 2013 al 10% en 2016. Eso ha sido
fruto de una ley que Clinton prometía preservar y ampliar, pero que Trump prometió destruir.
Trump consiguió el 87 % de los votos en el condado de Clay.
Ahora bien, me podrían decir que los seguros médicos están
bien, pero que lo que la gente quiere es un buen trabajo. Hay varias
cuencas carboníferas en el este de Kentucky, y Trump, a diferencia de
Clinton, ha prometido recuperar los puestos de trabajo del sector
minero. (Adiós a la idea de que los demócratas necesitan un candidato
que plante cara al sector de los combustibles fósiles).
Sin embargo, es una promesa sin sentido. ¿Adónde se han ido
los puestos de trabajo de las minas de carbón de los Apalaches? No se
han perdido por la competencia desleal de China ni de México. Al
contrario, van erosionándose desde hace décadas a medida que la
producción carbonífera estadounidense ha pasado de las minas
subterráneas a las explotaciones a cielo abierto (que requieren muchos
menos trabajadores). (...)
Nadie puede prometer de manera creíble la recuperación de
los antiguos puestos de trabajo; lo que sí se puede prometer —y Clinton
lo hizo— son cosas como una asistencia sanitaria garantizada y un
salario mínimo más alto. Pero los blancos de clase trabajadora han
votado mayoritariamente a políticos que prometen destruir esos logros.
¿Qué es lo que ha pasado aquí? En parte, puede que la
respuesta sea que Trump no ha tenido reparos en mentir sobre lo que
podía lograr. De haber sido así, es posible que se produzca una reacción
violenta cuando los puestos de trabajo en los sectores del carbón y la
industria no regresen, y los seguros médicos desaparezcan. Pero puede
que no. Tal vez, el Gobierno de Trump logre conservar a sus seguidores,
pero no mejorando su calidad de vida, sino alimentando su resentimiento.
Porque, seamos serios: no se pueden explicar los votos de
sitios como el condado de Clay diciendo que son una respuesta a las
discrepancias en materia de política comercial. La única forma de
encontrarle un sentido a lo que ha pasado es ver el voto como una
expresión de, bueno, la política basada en la identidad; una mezcla de
resentimiento blanco contra lo que los votantes consideran favoritismo
hacia los no blancos (aunque no lo sea) y cólera de los menos cultos
hacia las élites progresistas que, según creen ellos, los miran por
encima del hombro.
Para ser sincero, no comprendo del todo ese resentimiento.
En concreto, no sé por qué un desdén progresista imaginado inspira mucha
más cólera que el muy real desdén de los conservadores, que ven la
pobreza de sitios como el este de Kentucky como un reflejo de la
ineptitud personal y moral de sus habitantes.
Sin embargo, una cosa está
clara: los demócratas tienen que averiguar por qué la clase trabajadora
blanca acaba de votar mayoritariamente en contra de sus propios
intereses económicos, y no fingir que un poco más de populismo resolverá
el problema." (Paul Krugman, El País, 26/11/16)
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