"Los resultados de esta noche en todo el país, y especialmente en
nuestros feudos, son realmente malos para nuestro movimiento. Después de
una animosa campaña realizada por miles de activistas a lo largo de
muchas semanas, este será un trago amargo. (...)
En momentos como este es importante tratar de ganar perspectiva
histórica. El movimiento obrero de este país ha sufrido graves derrotas,
y después se ha recuperado. (...)
Este momento de la historia es diferente, por supuesto, pero está más
cerca de los citados que no la analogía histórica que la derecha
esgrimirá: la larga derrota de 1983, que sacó a la izquierda de la
primera línea política durante toda una generación. En vez de
socialdemocracia, nos dieron neoliberalismo y promesas de crecimiento
económico y una salida de una prolongada crisis económica. Hoy no es
este el caso.
La clase dominante no ha hallado un nuevo modelo de
prosperidad para el pueblo y el capitalismo sigue en crisis. Esta
victoria tory es de calado, pero no necesariamente marcará una
época, siempre que el Partido Laborista y la izquierda aprendan las
buenas lecciones. (...)
En un momento en que la clase reaparece como fenómeno central en las
sociedades occidentales y podemos hablar de nuevo de capitalismo, la
misión del corbynismo consistía sin duda en reconstruir el
Partido Laborista como partido obrero, un partido que no sea cautivo de
los sectores liberales de la elite empresarial, que se vea como una
fuerza de oposición radical a Westminster y que, sobre todo, la mayoría
de clase trabajadora de este país, la gente que depende de su salario
para vivir, considere que puede mejorar su suerte. En esto ha fracasado.
Todos y todas quienes formábamos parte del proyecto, fracasamos.
Pero en la revista Tribune hicimos un intento, tras las
elecciones europeas, de frenar una de las concesiones más dañinas: la
transformación del Partido Laborista en un partido contrario al mandato
democrático del brexit.
En aquel momento, la noción generalizada en gran parte de la
izquierda era que el partido podía apoyarse simplemente en sus votantes
partidarios de salir de la UE, cuya lealtad al partido era muy profunda,
y que la verdadera amenaza era la de perder los votos de quienes
optaban por la permanencia. Esto ha resultado ser fatalmente falso.
Olvidada por la clase política durante décadas, la gente trabajadora de
las zonas postindustriales vio acertadamente que el Partido Laborista
daba por seguros sus votos. Respondieron con la misma moneda: no
votándonos o votando a los tories.
Las consecuencias de este hecho son profundas. Si había algún grano
de verdad en el relato de la lealtad, este era que muchos votantes
laboristas que preconizan la salida de la UE habían votado por el
partido durante años más por costumbre que por convicción. Esta
costumbre ahora se ha quebrado. Repararla exigirá una lucha colosal.
Esto nos lleva, por desgracia, a otro profundo problema del corbynismo:
el hecho de que muchos de los lugares que más necesitan las
transformaciones prometidas por el programa económico laborista nunca
percibieron que este proyecto era suyo. (...)
Mientras que la afiliación al partido crecía exponencialmente en Londres y el sudeste, permaneció estancada en los bastiones
que hemos perdido esta noche. El resultado de 2017 lo disimuló, pero
ahora ya no se puede disimular. El Partido Laborista ha perdido no
porque haya sido demasiado de clase obrera, sino porque lo ha sido
demasiado poco en demasiados lugares. (...)
Esto se debe en parte a que el corbynismo ha sido sobremanera el producto de la izquierda que resultó derrotada en las décadas pasadas.
(...) esta izquierda había quedado varada por mucho tiempo. Su conexión con la
política de masas era mínima. Tenía que aprender con rapidez. No
aprendió con la rapidez suficiente. Cuando las cosas se pusieron
difíciles, demasiado a menudo se inclinó por el conformismo de una
generación joven que había llegado al amparo de una ola de funestas
perspectivas de empleo, endeudamiento estudiantil y alquileres
disparados. Desgraciadamente, esta política progresista generacional no
era un sucedáneo de la clase.
Este es un esfuerzo para juntar una mayoría sobre la base de las
condiciones materiales que unen y no dividir a la sociedad en segmentos
cada vez más pequeños y tratar de contentar a cada uno.
Esto se reflejó tristemente en el manifiesto, que apareció como una
lista de la compra. Muchas de las medidas como tales eran populares y,
de hecho, este es uno de los legados y logros del corbynismo.
Hemos de luchar por mantener estas políticas, que mejorarán la suerte de
la gente de clase trabajadora, y cualquiera que sea la lucha que venga (...)
Sin embargo, esta lista de medidas, combinadas, apareció como una
oferta al por menor: más y más cosas. Sin una visión unificadora que
realmente permitiera venderlas, sin contar el relato de la sociedad a
que aspira el laborismo. No bastó, y la gente, básicamente, no nos
creyó.
Después de décadas de neoliberalismo, no es extraño que esto
sucediera, pero dada la magnitud de la derrota, hemos de preguntarnos
seriamente por qué no conseguimos cambiarlo. Las respuestas se hallan en
el hecho de que simplemente no estuvimos presentes en demasiados
lugares, en demasiadas vidas de la clase obrera, así como en el hecho de
que el corbynismo no coincidió con un ascenso de la lucha de clases, que podría haber arrastrado a más gente nuestra a nuestro bando.
Mañana comienza la lucha por salvar lo que podamos. (...)
Sin embargo, esta noche hemos de recordar que nuestra causa sigue en
pie, y que mientras exista un sistema capitalista habrá necesidad de un
movimiento socialista, y debemos pertrecharnos para el próximo combate." (Ronan Burtenshaw, editor de Tribune, El Viejo Topo, 17/12/19)
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