23.1.17

¿Por qué Trump, con un mismo programa, ha ganado la presidencia, pero década y media antes no atraía a más del 7% del electorado? Sin el fracaso político e institucional para resolver la crisis económica, un candidato como él no tenía nada que hacer



"(...) Y en el momento en el que las promesas del American Dream parecen más difíciles de cumplirse por la desaparición del American Way, aparece un personaje que encarna la imagen del triunfo americano con todo su esplendor y exceso.

Califico a Trump de personaje no porque pretenda descalificarlo, sino por su condición pública en la cultura americana. Trump no es sólo una persona de carne y hueso, es un fenómeno de consumo de la cultura popular. 

Un personaje televisivo hecho carne que aparece para resolver los problemas del americano medio que lleva décadas familiarizándose con él a través de la televisión. Y es que si en Europa el nombre de Trump es relativamente nuevo, o sinónimo vagamente conocido de millonario, en los Estados Unidos no hay apenas un americano que no conozca a Trump y sus excentricidades.

Durante treinta y dos años Donald Trump ha protagonizado cameos en un total de doce películas y catorce series de televisión. Que el formato de aparición sea casi siempre el cameo es un dato relevante, ya que subraya la voluntad de escenificar al personaje construido alrededor de su figura. 

Un personaje que no sólo ha aparecido en piezas de ficción televisiva, sino que ha sido omnipresente en entrevistas, debates e informativos, sin olvidar su propio programa de radio, Trumped!. A esto hay que añadir  la transformación de su apellido y efigie en una marca de consumo. Además de las ya conocidas torres Trump, en el sector inmobiliario, que supone uno de sus principales activos, podemos encontrar hoteles, campos de golf y complejos residenciales con su nombre.

 Pero la cosa no queda ahí, entre la línea de productos Trump podemos encontrar comestibles, bebidas alcohólicas, perfumes, una universidad y hasta un juego de mesa con el que emular las aventuras inmobiliarias del multimillonario.

Pero si hay que destacar dos indiscutibles éxitos de Trump en la industria cultural estos son, primero, su programa de televisión The Apprentice, que se mantuvo en el aire diez temporadas, llegando a ser durante su primer año (2004) el séptimo programa de televisión más seguido con una media de 24 millones de telespectadores. 

Y en segundo lugar su libro The art of deal (1987), escrito en colaboración con el periodista Tony Schwartz, un libro mitad memorias, mitad libro de autoayuda financiera, del que se estima que se han vendido un millón de copias. A lo que se añade una lista de diecinueve títulos más escritos por él o en colaboración con otros periodistas, tratando todos de sus perspectivas financieras y políticas.

Y finalmente, aunque no por ello menos importante, Donald Trump ha sido junto a sus tres mujeres/exmujeres, centro constante de atención por parte de los medios del corazón, que llegan a un público que generalmente no está en contacto con las noticias políticas. Además “ha dirigido” agencias de modelos, de televisión, eventos deportivos, incluidos espectáculos de lucha libre de los que se declara fan. 

Una de sus apariciones estelares fue durante una apuesta con el milmillonario Vince McMahon en la llamada The billionaires battle, en donde no sólo enfrentaron a sus paladines de la lucha libre, sino que Trump se abalanzó sobre el otro milmillonario para partirle la cara en directo, y finalmente humillarle rapándole el pelo.

Imagínense la escena, y luego piensen en Hillary Clinton ofreciendo decenas de charlas remuneradas a todos los consejos de administración de Wall Street. Durante décadas Trump se dedicó a aparecer en los medios y situaciones que conectaban con la cultura popular estadounidense, mientras que Clinton se movió por los círculos más elitistas de la nación. 

El propio Trump en una entrevista realizada a finales de los años ochenta en la CNN reconocía que tenía mejor reputación entre los taxistas y trabajadores de Nueva York que entre sus colegas millonarios. 

En una entrevista realizada por Álvaro Guzmán para CTXT días antes de las elecciones en Pensilvania una mujer de mediana edad se refería a Trump como “a blue collar billionaire”, que se podría traducir como “un milmillonario de clase obrera”, lo que en términos estrictos es un contrasentido, pero en términos simbólicos apunta a una idea capital para entender la identificación de muchos americanos con Trump. Trump es un hombre del pueblo, de su cultura, que además es rico y un hombre de éxito. Es el cumplimiento del sueño americano. 

Y esa clave basta para que un hombre que posee más de tres mil millones y medio de dólares que su rival, Hillary Clinton, cuyo patrimonio se estima en treinta y un millones, consiga que muchos votantes identifiquen a Hillary Clinton con el establishment antes que a él.

 Este hecho, además, es una de las razones por las que a Trump no le pasaron factura las innumerables salidas de tono que protagonizó durante la campaña. Al igual que Paris Hilton, Trump pertenece a un estilo de millonario showman y exhibicionista cuyas transgresiones no son motivo de reprobación real de la población.

 El americano medio les criticará en público, pero la admiración que despiertan entre grandes sectores de la población es mucho mayor. Esto es así porque su riqueza sirve para asegurarles la impunidad de la reprobación moral. La sociedad americana, en comparación con las europeas se encuentra imbuida de una salvaje represión moral de corte comunitario, que censura todo lo que escape a lo convencional. 

Y en este contexto, una de las mayores promesas del American Dream es que a través de la riqueza puedes escapar del juicio social y ganar la impunidad para ser quien tú realmente quieras. Por este motivo las provocaciones, la ostentación y los excesos de estos millonarios hacen que sean admirados como el cumplimiento de la promesa más profunda del sueño americano.

 Hay otro aspecto de la retórica de Trump que conecta con esta idea. La idea de que él es un ganador y que eso le cualifica para ser un líder. Existe todo un discurso sobre la virilidad, la fuerza y el éxito que forma parte del imaginario del American Way & Dream, que divide el mundo entre “winners” y “losers”, y donde los ganadores cuentan con la patente de corso para hacer lo que quieran, porque en el fondo se lo han ganado. Donald Trump siente una necesidad compulsiva de hablar de sí mismo, y además en términos de ganador, posiblemente el término autodefinitorio que más utiliza. 

Y este recurso egocéntrico no causa rechazo entre buena parte del electorado americano. Primero porque es lo que se espera de un genuino ganador, y en segundo lugar porque eso les transmite esperanza. 

Muchos americanos conciben sus problemas en términos de “losers”, y el hecho de tener a un ganador de candidato les genera la ilusión de que con su ayuda podrán dejar de ser perdedores. Esta mentalidad es el precio más crudo de la cultura individualista americana.

Sobre esta base discursiva del American Dream, y a través de utilizar su carisma para convertirse en un símbolo, Trump puso los cimientos para su victoria. El resto lo fue construyendo con una campaña que supo inspirarse en las dos victorias más genuinas del Partido Republicano. Las dos más anómalas de la trayectoria de dicho partido.

No es ningún secreto que la campaña de Trump tomó inspiración en las campañas de Nixon de 1968 y de 1972, en las que arrebató a los demócratas primero el norte industrial, y luego el sur blanco en lo que se conoció como la Southern Strategy (iniciada en realidad por Barry Goldwater, el padre de todos los ultraconservadores americanos). 

La Southern Strategy vinculó a los afroamericanos con el crimen, y al Partido Republicano como el partido del orden y de la mano dura frente a unos demócratas hippies y licenciosos. Trump realizó su Great Lakes Strategy en los mismos términos, añadiendo a los latinos a la lista de criminales. Nixon conquistó el sur de por vida para el Partido Republicano.

 El reto de Trump es hacer lo mismo con los Grandes Lagos y está por ver su suerte, aunque no cabe duda de que si consigue transformar su ajustada victoria en esa región en una reconfiguración de la coalición de votantes republicana, el partido será imbatible durante décadas.

No resulta sencillo visualizar cuánto hay de estructural  y cuánto de ira pasajero en el cambio de voto de la clase trabajadora de los Grandes Lagos. Ronald Reagan, la segunda fuente de inspiración de Trump, fue pionero en la estrategia de arrebatar el voto obrero a los demócratas, a niveles más profundos que lo que inició Nixon. Pero las políticas neoliberales de su década devolvieron el voto trabajador al Partido Demócrata con Bill Clinton.

Reagan y Trump son figuras fuertemente conectadas en un sentido simbólico y de liderazgo. Ambos son carismáticos exdemócratas y outsiders en su nuevo partido con un mensaje revolucionario para América, el de una revolución conservadora. Trump ha tomado de Reagan hasta el lema de su campaña, pues el famoso “Make America Great Again” es una copia descarada del lema de campaña de Reagan del año 1980 (“Let's make America great again”); ironía de la vida, Bill Clinton también lo utilizó en el año 1992.

El carácter iconoclasta que Trump comparte con Reagan es mucho más acentuado en el primero. De hecho, Trump ha llegado a pertenecer a tres partidos a los que ha abandonado y vuelto de manera constante: Demócrata (desde su juventud hasta 1987, volviendo en 2001-2009), Republicano (1987-1999, 2009 al presente) y reformista (1999-2000). 

Merece una mención, aunque no pueda tratarlo con exhaustividad, el apoyo de Trump al Partido de la Reforma del millonario populista tejano Ross Perot por dos razones. En primer lugar, porque hay mucho del estilo, la retórica y el espíritu de la política de Trump que están inspirados en Ross Perot. En segundo lugar, porque este no es el primer intento de Trump por alcanzar la presidencia. 

En las elecciones del año 2000, en las que George W. Bush se enfrentó a Al Gore, Trump exploró la posibilidad de concurrir por el Partido de la Reforma, incluso comenzó unas primarias. Pero al ver que competía con candidatos cuyo perfil abarcaba desde un casi nazi a un casi comunista, no confió en la consistencia del partido y se retiró.

Esta experiencia sin embargo es importante porque ya en ese momento Trump expuso la mayor parte del que sería su programa político para la campaña presidencial de 2016. En el año 2000 Trump propuso: revisar los acuerdos de libre comercio con China y el NAFTA; endurecer la política fronteriza, endurecimiento del control de la financiación de los políticos por los donantes y lucha contra la corrupción en Washington; reforma de la ley de sanidad del momento y creación de un programa de lotería específico para financiar la lucha antiterrorista (antes del 11-S).

 Esto muestra que Trump es más coherente de lo que se le suele reconocer en los medios de comunicación, aunque abre la discusión a dos interesantes preguntas.

1) ¿Por qué Trump con un mismo programa ha podido conquistar el Partido Republicano y la presidencia, pero década y media antes no atraía a más del 7% del electorado?  (...)

Sobre todo si tenemos en cuenta que en el año 2000 existía una derechización de la sociedad lo suficientemente marcada como para que, a pesar de las trampas, existiera la legitimidad conservadora para que fuera elegido Bush y nadie intentase impugnar el resultado.

Y es que en aquel momento ambos partidos se encontraban en la cúspide de su poder, las contradicciones con su sistema de votantes aún no habían estallado, y la etapa de crecimiento enmascaraba las enormes contradicciones que se estaban gestando en ese momento álgido de la globalización. 

Sin crisis económica, crisis política, y, lo que es más importante, sin el fracaso de la política institucional para resolver la crisis económica desde una perspectiva social, un candidato como Donald Trump no tenía nada que hacer.   (...)"                     (Marcos Reguera, CTXT, 17/01/17)