24.1.17

La partida se juega aquí: en eso que se ha llamado “populismo”. Toda la cuestión gira en torno a la pregunta: quién protege mejor y cómo se protege mejor a la gente.

"(...) La partida se juega aquí: en eso que se ha llamado “populismo”, mucho más criminalizado por las oligarquías temblorosas que el radicalismo de izquierdas, fuera de juego para esta batalla a vida o muerte: un discurso en definitiva corporal --antiglobalizador y anticapitalista-- que puede asociarse a Dios o a la res publica, a la exclusión o a la inclusión, a la xenofobia o a los Derechos Humanos, a los privilegios de clase o a la justicia social, al neomachismo o al feminismo, al autoritarismo o a la democracia. 

En eso ha fracasado la izquierda, como señala Nancy Fraser respecto de Trump y su victoria electoral: ha faltado --dice-- “una narrativa abarcadora de izquierda que pudiera vincular los legítimos agravios de los votantes de Trump con una crítica efectiva de la financiarización, por un lado, y con la visión antirracista, antisexista y antijerárquica de la emancipación, por el otro”. 

Si el neofascismo se ha desembarazado de ciertos significantes radicales clásicos --la raza, el hombre nuevo, el imperialismo, el expansionismo-- para volverse defensivo y concreto, la izquierda no debería dudar en dejar caer su propio lastre para mantenerse atada al suelo mientras vuela.

 Toda la cuestión gira en torno a la pregunta: quién protege mejor y cómo se protege mejor a la gente. La izquierda --da igual cómo la llamemos-- tiene que demostrar que la justicia y la democracia son más eficaces en esa tarea. 

No es fácil, aunque en España los ayuntamientos del cambio (sobre todo en el caso de Ada Colau) demuestran que los bienes pequeños y concretos pueden detener algunos carros y anticipar narraciones más grandes.

 No es fácil pero será imposible si partimos del presupuesto irreal --la realidad sin mundo-- de que “la clase trabajadora” está esperando la llamada a la “dictadura del proletariado” (o a la militancia democrática elitista, permanente y sin descanso) para derrocar al fascismo. “Mi reino no es de este mundo” --recordaba Domenico Losurdo con buen criterio-- no es el eslogan del cristianismo --ni, desde luego, del islam-- sino de la “izquierda”, socialdemócrata o radical. 

En “este” mundo --el nuestro, cada vez más encogido-- la polarización ya no puede ser, como lo fue en el período de entreguerras del siglo pasado, la que enfrenta dos formas de radicalismo sino la que opone dos formas de “conservadurismo”.

Nancy Fraser es optimista y ve en Trump un simple “interregno” y una oportunidad. Yo me he vuelto tan neurasténico que recuerdo sin poder evitarlo que lo mismo dijo la izquierda alemana de Hitler. En este Weimar global los tiempos --el tiempo mismo-- no dan para más. 

Si nos dejamos ganar todos los asideros y perdemos esta ocasión --y no es improbable que la perdamos-- sólo quedan Dios, el hombre premoderno, el capitalismo más salvaje reconstruyéndose con material de desecho. Y con tecnología punta y armamento nuclear."                   (Santiago Alba Rico, CTXT, 18/01/17)