12.7.18

Trump, Brexit, Movimiento Cinco Estrellas, Podemos, Orbán… El mapa político de los últimos años ha visto surgir una nueva forma de hacer y de entender la política... ¿Qué ha ocurrido? El surgimiento de un nuevo grupo social, el precariado político...

"Trump, Brexit, Movimiento Cinco Estrellas, Podemos, Orbán… El mapa político de los últimos años ha visto surgir una nueva forma de hacer y de entender la política: ya no se trata de proponer alternativas políticas dentro de los sistemas económicos y constitucionales heredados, sino de impugnarlos y plantear su profunda transformación. 

 ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué surgen estos partidos y movimientos? ¿Cuál es su base electoral y social? ¿Qué efectos y riesgos tienen para nuestras democracias? Y, sobre todo, ¿qué causas estructurales explican que hayan surgido, con signos sin duda distintos y acaso contrarios, en buena parte de los Estados occidentales?  

(...) el surgimiento tanto de un nuevo grupo social, el precariado político, como de su traducción política: la impugnación antisistema a nuestras democracias.

En el título de libro, ¿por qué elige el concepto de “antisistema” en lugar del más común de “populismo” para nombrar esta nueva realidad política que va desde Trump a Podemos pasando por el Brexit?

No es una palabra de la que esté convencido al cien por cien por algunas connotaciones que tiene de rupturismo e incluso de violencia, pero creo que populismo se ha manoseado tanto que deja de funcionar para distinguir lo que tiene de nuevo el ciclo político actual. 

Populismo tiene esa connotación de convivir mal con los opositores, de no representar las instituciones mayoritarias, de tener una retórica fácil del recurso al ciudadano común como fuente de virtudes, y creo que estas ideas no sirven para definir a los nuevos movimientos políticos, de entrada porque los viejos las tienen tanto como los nuevos.

 Con antisistema me remito a algo muy sencillo: movimientos políticos en cuyo discurso es central la idea de que el cambio de políticas tiene que venir del cambio en la forma de organizarnos como sociedad, es decir, en el orden económico, constitucional y político.  (...)

En este sentido, aunque lo distingue en el libro, no desarrolla, porque no es el tema central, la diferencia entre estos movimientos o partidos de signo reaccionario y aquellos de signo progresista, que entiendo pueden compartir elementos comunes en su oposición al sistema político pero no en los enemigos que identifican y en las propuestas que hacen. ¿Cómo piensa esa diferencia? 

Totalmente diferentes, sí. Otro de los argumentos del libro es que hay muy pocas cosas que unen a estos movimientos, tanto en términos ideológicos como programáticos, y que es muy difícil pensar que se puedan poner de acuerdo en casi nada. Y esto es ya una crítica al uso del populismo como forma de caracterizar a los nuevos sistemas políticos entre los que están dentro y los que están fuera. 

La razón por la que no exploro en profundidad por qué estos movimientos contestatarios toman una forma reaccionaria en unos contextos y una progresista en otros es, la verdad, porque no la tengo del todo clara.  (...)

 Discuto algunas posibilidades acerca de cómo la crisis ha afectado de forma diferente en unos lugares y otros, la vinculación más clara del funcionamiento de la economía y la respuesta política, como en Grecia o España y los países del sur de la eurozona, algo que podría explicar que las propuestas que vienen de la izquierda tenga más éxito, y en otras zonas se asocien más a fenómenos de convivencia multicultural, pero la verdad es que no tengo una explicación muy clara de por qué en unos sitios triunfan más unos movimientos que otros.

 En cualquier caso, lo que trata de explicar el libro es por qué hay hoy un caldo de cultivo para que la gente piense que el problema no son las políticas concretas sino el orden económico y constitucional, por más que las respuestas sean luego heterogéneas.

Para los que no han leído el libro, y corríjame si me equivoco, habría una tesis central desarrollada en tres pasos: en primer lugar, se producen cambios estructurales de orden económico que generan una nueva y acrecentada desigualdad y precariedad, agrandando la brecha entre las clases medias y esta nueva precariedad; en segundo lugar, a esta mutación económica le sucede una ineficiente respuesta política que hace que cuanto más necesaria es la redistribución y la compensación a los efectos económicos, menos factible se vuelve y menos incentivos políticos hay para ponerla en marcha y, por último, esta situación acaba generando un “precariado político”, concepto que introduce en el libro como clave explicativa: los perdedores del cambio económico dejan de contar para la política. Esta secuencia me lleva a pensar en un cierto determinismo económico en su hipótesis.

Sí, es cierto, hay un cierto determinismo económico contra el que intento luchar un poco en la parte final del libro. Lo hay en dos sentidos: lo que cambia en las sociedades occidentales en los últimos veinte años es la constancia por parte de unas clases medias bajas de que su vida es mucho más volátil e incierta, sobre todo en regiones desindustrializadas, de que sus expectativas no van a ser como las de sus padres. 

Una desigualdad objetiva y, en definitiva, unos cambios económicos que están en la base de ese cambio. Pero es un poco determinista, también, porque lo que creo que es más original del libro es que estas demandas por más redistribución y más seguridad no son satisfechas porque los grupos afectados han sido marginados políticamente, porque la política deja de tener instituciones intermedias que obligaban a tener en cuenta sus intereses (los sindicatos sobre todo), porque la política se vuelve mucho más volátil, los partidos tiene programas para cortos ciclos electorales… 

Así que estos grupos, que se ven marginados económicamente, ven también que su capacidad de influencia en el sistema es cada vez menor. Y las causas de esta marginación política son también económicas: en el pasado teníamos un capitalismo donde la inclusión de las clases medias y bajas en formas de gestión de la economía colectiva (pactos sociales, sindicatos fuertes que garantizaban moderación salarial, que permitían además inversión estatal en sectores que los empresarios veían favorables), estos pactos se rompen por el tipo de economía actual, y estos grupos ven que sus preferencias ya no importan y que el sistema político puede vivir sin tener en cuenta lo que piensan.

 Hay un doble determinismo económico: el origen es económico pero las razones por las que una parte de la población piensa que ya no tiene voz también vienen dadas por estas transformaciones económicas.  (...)

Hace en el libro un esfuerzo por identificar sociológicamente a lo que llama el  precariado político, que sería el sujeto electoral o político de la deriva antisistema. ¿Quién es y de dónde surge este precario político? 

Es un palabro que no sé cuánto de recorrido tiene. La idea es que en este entorno de transformaciones económicas que generan nuevas desigualdades y sistemas políticos incapaces de responder a ellas, hay unos grupos que perciben que no tienen voz en el entorno político. Que lo que opinan no es importante. Todas las encuestas y estudios comparados sobre cómo han cambiado las opiniones públicas, detectan que hay un grupo cada vez mayor de gente que siente que su voz no cuenta. (...)

La gente que vive en zonas más afectadas por la crisis, que tiene condiciones más precarias, son más proclives a pensar que no cuentan. El hecho de que tenga unas bases reales, que haya grupos que sienten que su voz no pesa, es una señal de alarma bastante grave para nuestras sociedades. Si la mitad de la población piensa que los políticos priorizan cosas ajenas a ellos, si no creen que las elecciones cambien nada, tenemos un problema serio.

 La idea de precariado político es el intento de dar un término a esta población definida por esa sensación de que su voz no es escuchada por el sistema político, y de que el sistema político puede reproducirse,  funcionar y alternar gobiernos, que las políticas siguen o se cambian, sin su consenso o su aprobación. Esa sensación de que no cuentan para nada y son irrelevantes.

Afirma que estos precarios políticos están en la base de la victoria de Trump y analiza que aunque no sea cierta la afirmación de que el voto mayoritario de Trump venga de la clase obrera blanca norteamericana –como se ha afirmado sin mucha finura desde no pocos lugares–, sino de su votante republicano tradicional, señala que el crecimiento decisivo del voto a Trump para su victoria frente a Clinton sí viene de ese obrero blanco en crisis de expectativas y habitante de zonas especialmente golpeadas por la crisis. Entre las dos explicaciones habituales, encuentra una intermedia que me gustaría que desarrollase un poco.  

Y esto pasa igualmente en el Brexit y en otros procesos que vivimos hoy. Mi forma de entender este debate, en el que los dos bandos tienen un poco de razón, es el de preguntarme en qué nos fijamos.

 ¿Hacemos una especie de tabla rasa sobre el sistema político americano y solo nos fijamos en quién ha votado a Trump o a Clinton en términos mayoritarios, y perdemos de vista el fenómeno de esa clase baja o precaria? ¿O nos fijamos en la evolución del voto? En el caso de Trump, ¿hay que fijarse en el votante mediano, acomodado o rico, republicano tradicional, que no ha sufrido particularmente la crisis, o lo interesante de Trump es que ha conseguido ganar a Clinton atrayendo a un nuevo perfil de votantes y perdiendo otro a favor de los demócratas? Y esto es lo interesante. Si nos fijamos en ese perfil de votantes nuevos, aparece ese votante pobre blanco del cinturón industrial norteamericano. 

Y eso pasa también en Europa. ¿Nos fijamos en la composición agregada de los electorados de cada partido, o en a quiénes están siendo capaces de atraer los movimientos populistas del norte, o el movimiento Cinco Estrellas en Italia y Podemos en España? Si nos fijamos más en las dinámicas que en los niveles, el efecto de la economía es más fuerte de lo que muchas veces se ve.

Señala otro tema clave aunque no lo desarrolla del todo: la mujeres se dejan seducir menos que los hombres por estas dinámicas que llama antisistema. Me encantaría saber qué razón o argumento encuentra sobre ello. 

Tengo algunas hipótesis pero no una explicación… Hay un argumento que podría ser el de que es un artefacto de las propias encuestas, de que las mujeres en las encuestas tienden a responder menos, a expresar menos las preferencias contundentes  (...)

No es seguramente toda la respuesta, es posible que las mujeres todavía confíen más en las viejas estructuras para canalizar sus intereses, o que tengan miedo ante propuestas rupturistas, pero es un tema del que se sabe quizá poco, aunque la brecha de género sea cada vez más importante en muchos fenómenos. 

Sabemos que los populistas de extrema derecha son muy impopulares entre las mujeres, tanto en Alemania como en el Reino Unido o en Ontario y, claro, en EE.UU. con Trump. Y aunque siempre habíamos sabido que hombres y mujeres no votaban igual, ahora la brecha de género es mucho más grande y no tenemos una explicación suficientemente clara de por qué esto es así.   (...)

se pregunta qué se puede hacer para reconducir esta deriva sin poner en peligro la democracia. Y señala dos vías posibles: o esta situación se cronifica, continúan los efectos de los cambios económicos que dividen a la sociedad en sectores cada vez más irreconciliables los unos con los otros y cuyas demandas cada vez son más difíciles de articular políticamente, y vamos a una exacerbación tanto del cortoplacismo electoralista como de las salidas extremas sin programa; o la crisis económica y su respuesta, dice, permite pensar en soluciones que rompan esa atomización de los sectores sociales. Señala a la renta básica universal como una posibilidad. 
 
Es una forma de mirar hacia al futuro. Una vez que hemos detectado unas transformaciones económicas que no tienen pinta de pararse a corto plazo (la globalización, la robotización, cadenas de producción globales), y unos sistemas políticos que no tienen visos de cambiar en el corto, en el sentido incluso de que las propuestas extremistas desde la izquierda tienen problemas para generar consensos porque dan miedo a amplios sectores de las clases medias, o que este descontento también es canalizado por fuerzas extremistas de derechas que no sabemos a dónde nos llevan, tipo Trump… pensando en el futuro, ¿este precariado político qué papel va a jugar? 

Aunque no sabría apostar por ninguna de las dos opciones, creo que es perfectamente posible que este precariado acabe permanentemente marginado del proceso político, que su tamaño no aumente tanto como para que sea una amenaza, y vayamos a un Estado del Bienestar más pendiente de apoyar a “quién se lo merezca”, un Estado del Bienestar segmentado a determinados grupos, pero que margina a otros colectivos, y que las desigualdades sigan aumentando. 

Que las clases medias no quieran que se aumenten sus impuestos para transferirlos hacia ese precariado. Y hemos visto que en EE.UU. o Reino Unido es sostenible desde un punto de vista electoral y político. 

Es cierto, también, que no sabemos cómo avanzarán estas transformaciones económicas, o los niveles de inseguridad y de crisis de expectativas de las nuevas generaciones, y si esta inseguridad se va a extender hacia unas clases medias hoy más preocupadas por no pagar más IVA o IRPF para financiar los colegios públicos de sitios a los que nunca van. 

Si esta inseguridad se extiende y exige al Estado una respuesta más universal, y lo hace a través de políticas, como la renta básica, que podrían articular un conjunto de intereses entre clases medias y clases bajas… esta es una posibilidad también razonable.  (...)"            

(Entrevista a Pepe Fernández Albertos, ha publicado Antisistema. Desigualdad económica y precariado político. Jorge Lago, CTXT, 27/06/18)

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