"(...) Puesto
que es probable que las presiones inflacionarias no se acumulen
demasiado a lo largo de la próxima década, algo más ocasionará la
siguiente desaceleración.
Específicamente,
la culpable probablemente sea una repentina y marcada reacción de
“huida a la seguridad” tras la revelación de una debilidad fundamental
en los mercados financieros. Después de todo, ese es un patrón que ha
generado desaceleraciones desde al menos 1825, cuando colapsó el boom de las acciones de los canales en Inglaterra. (...)
No es necesario decir que no es posible predecir el carácter y la forma específicas de la próxima crisis financiera. (...)
Por ejemplo, el golpe de gracia a la economía global en 2008-2009 vino
no del colapso de la burbuja inmobiliaria de mediados de la década de
los 2000, sino de la concentración de la propiedad de los valores
respaldados por hipotecas. (...)
En cualquier caso, la actual curva de rendimiento casi invertida, los
bajos rendimientos de los bonos nominales y reales, y los valores de las
acciones sugieren que los mercados financieros estadounidenses han
comenzado a considerar en sus precios la probabilidad de una recesión. (...)
Si
llega a ocurrir una recesión en los próximos tiempos, el gobierno
estadounidense no dispondrá de las herramientas para combatirla. Una vez
más, la Casa Blanca y el Congreso demostrarán su ineptitud para
utilizar la política fiscal como estabilizador anticíclico, ni la Fed
tendrá margen suficiente para proporcionar un estímulo adecuado mediante
recortes a la tasa de interés. Es probable que la Fed tampoco cuente
con la audacia, por no hablar del poder, de recurrir a medidas menos
convencionales.
Como
resultado, por primera vez en una década, los estadounidenses y los
inversionistas no pueden descartar que se produzca una desaceleración.
Como mínimo, deben prepararse para la posibilidad de una recesión
profunda y prolongada que podría llegar cuando sea que venga el próximo
desastre financiero." (J.
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