"Siendo graves la pandemia del Covid-19 y sus consecuencias económicas, parecería que las administraciones públicas españolas —estatal y autonómicas— están empeorándolas con su precipitación y nerviosismo.
España es sin duda el país que va a ser más duramente golpeado por el
Covid-19, debido a su dependencia de sectores como el turismo y la
virulencia de la pandemia.
Pero el resultado de la acción gubernamental
es desconcierto y enojo entre la población más perjudicada: autónomos sin negocio y sin ayudas;
parados que no acceden ni a prestaciones ni pueden buscar empleo;
pequeños empresarios que contemplan atónitos cómo se bloquean sus
solicitudes de ERTE mientras se hunden sus cifras de negocio.
El comportamiento del Gobierno no podía ser otro. Están aherrojados
por grilletes institucionales e ideológicos. En primer lugar, están las anteojeras ideológicas. Ante una circunstancia tan excepcional como la que está afrontando la economía mundial, en que se ha producido una paralización drástica y repentina de la economía,
sorprende sobremanera que los responsables de las políticas económicas
sigan manteniéndose en una ortodoxia putrefacta.
Recuerdan las políticas
‘liquidacionistas’ de la Gran Depresión del siglo pasado,
cuando los dirigentes rehusaron el recurso a las herramientas que
proporcionan los bancos centrales a la hora de impedir el colapso del
sistema financiero y mantuvieron mucho más allá de lo razonable el
patrón oro provocando un enorme sufrimiento humano. Por otra parte, los
gobernantes españoles están inmovilizados por la carencia de soberanía monetaria.
Las naciones que disfrutan de soberanía monetaria nos muestran un camino alternativo. La semana pasada, el Banco de Inglaterra anunció que estaría dispuesto a financiar directamente al Gobierno del Reino Unido.
A diferencia de España, que por los Tratados de la UE ha tenido que
incorporar a su legislación la independencia del banco central y la
prohibición de que este financie al Gobierno, el Reino Unido siempre
pudo recurrir a la financiación monetaria directa.
Pero la ideología neoliberal imperante había convertido esta opción en
un tabú. Este se abandona ahora, cierto que de forma temporal y
condicionada, pero no deja de ser la ruptura de un precedente. Conforme
Reino Unido asumió que el gasto del Coronavirus se monetizaría,
aparecieron diversos medios de comunicación haciendo referencia a
Zimbabue, Venezuela o la República de Weimar. Ni Zimbabue, ni Venezuela,
ni la República de Weimar son ejemplos del uso pleno de la soberanía
monetaria, y además operaban en entornos en los que el tejido productivo
estaba destruido.
La Teoría Monetaria Moderna nos enseña la capacidad fiscal del monopolista de la divisa.
La comprensión del entorno monetario es vital. El
régimen monetario bajo el cual opera un país importa. Cualquier país que
emita deuda solo en su propia moneda y tenga un tipo de cambio flotante
es monetariamente soberano. Esto significa que no puede ser insolvente.
Es el caso de Estados Unidos, Japón, Reino Unido, Suecia, Suiza,
Dinamarca, Canadá, Nueva Zelanda, Islandia… pero no la eurozona ni la mayoría de los mercados emergentes.
Tras la ruptura de Bretton Woods en
1971, los gobiernos que emiten sus propias monedas, en régimen de tipos
de cambio flotantes y deuda soberana en moneda local, ya no tienen que
financiar su gasto, ya que los gobiernos emisores de moneda nunca pueden
quedarse sin dinero. Los contribuyentes, en un estado monetariamente
soberano, no financian nada1. El dinero es una criatura del
estado, en realidad un simple pagaré. Cualquiera puede emitir dinero; el
problema es conseguir que se acepte. La capacidad de imponer impuestos
consigue ese truco.
Una descripción operativa del sistema monetario es vital. Comprender que los préstamos crean depósitos es un punto de partida mucho más realista que el mito de que los depósitos crean préstamos. Del mismo modo el gasto público crea reservas en el interbancario y reduce los tipos de interés.
No hay razones para temer que un aumento del déficit público pueda
desplazar al sector privado de un pool limitado de fondos prestables.
La contabilidad macro nos demuestra que la deuda de un sector es para otro un activo.
Por lo tanto, la deuda del gobierno es el activo del sector privado.
Entender cómo un sector se relaciona con otro utilizando un marco de
equilibrio sectorial es muy útil. La deuda privada importa incluso en un
Estado monetariamente soberano.
El sector privado no puede imprimir
dinero para pagar sus deudas. Como tal, tiene el potencial de crear una
vulnerabilidad sistémica. Por eso el sector no es quien debe liderar la
respuesta a la crisis causada por la pandemia. Sus balances han
resultado dañados y, por mucho aval y garantía que aporten los países
europeos, difícilmente podrán liderar la recuperación.
En cambio,
para el monopolista de la divisa, los límites a los que se enfrenta su
presupuesto son reales: los recursos y la ecología. Si cualquier sector
de la economía lo empuja más allá de los límites de esa capacidad real,
entonces se producirá una inflación.
La inflación no es un fenómeno monetario. Los límites que importan son
reales —personas, máquinas, fábricas—, no las restricciones de
'financiación'.
Ministras como Nadia Calviño y María Jesús Montero siguen ancladas en un paradigma moribundo, obsesionadas con el mantenimiento de equilibrios presupuestarios.
Reconocen quizá que están en una cárcel a la que nos llevó la renuncia
de nuestra soberanía monetaria. Pero, incluso dentro de la prisión del
euro, el miedo a la inflación, en unas circunstancias como las actuales,
parece una broma de mal gusto.
La demanda está hundida a lo que se
suman las presiones deflacionarias previas y estructurales provocadas
por la combinación de austeridad, globalización y demografía.
Ahora es el momento de apuntalar esa demanda
con el recurso masivo al banco central para sostener las rentas, tanto
de trabajadores como de empresas, que se han esfumado debido a la
paralización de la actividad que ha ocasionado la aplicación de las
necesarias medidas para impedir la expansión descontrolada de la
epidemia. Algo a todas luces necesario para evitar una catástrofe
humanitaria. (...)"
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