“En Estados Unidos, donde alrededor del 2,5% de la población no come carne, existe una gran diferencia entre el nivel de emisiones anuales de CO2 de los vegetarianos y el de la población media. Según un estudio reciente, la dieta habitual estadounidense aporta casi 1,5 toneladas más de CO2 que la vegetariana, y dejar de comer carne y hacerse vegetariano podría reducir hasta en un 6% las emisiones productoras de efecto invernadero que genera EE UU. (…)
En Estados Unidos, si vives en un barrio pobre, puedes verte afectado por las "líneas rojas del supermercado", es decir, por un fenómeno cuyo nombre procede de su similitud con las prácticas bancarias, en las que se trazan líneas rojas en los mapas locales para señalar las zonas en las que el banco no va a conceder créditos. Las líneas rojas de los supermercados son iguales, pero con la comida. Cada vez es más frecuente en la geografía estadounidense que los barrios de pocos ingresos tengan muchísimas menos posibilidades de contar con mercados de productos frescos, y que sean mucho más proclives a tener restaurantes de comida rápida y autoservicios de horarios muy prolongados. (…)
En consecuencia, no elegimos con libertad. Y los ciudadanos más pobres son los que encuentran obstáculos más insalvables para elegir una dieta saludable. En el sur globalizado, la población es de facto vegetariana, simplemente por razones de renta. En el norte, el vegetarianismo es una prerrogativa de la clase media. (…)
En suma, es imposible hablar de carne en Estados Unidos o en otros países sin hablar de clase. Y no tendremos una alimentación sostenible hasta que abordemos el asunto con seriedad.” (RAJ PATEL: Cuando el vegetarianismo es cosa de ricos. El País, ed. Galicia, Opinión, 22/12/2007, pp. 35/6)
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