26.3.09

La sanidad privada americana ¡Comparen, y luego... compren!

"A Deamonte Driver, por ejemplo, una caries le llevó a la muerte. Falleció en Maryland en 2007, a los 12 años, por un dolor de muelas. Su madre no tenía seguro. El niño estaba adscrito a un seguro público conocido como Medicaid. Pero muy pocos médicos de EE UU aceptan esa cobertura, por la que reciben muy poca compensación. En este país un médico se puede permitir rechazar a un paciente, en función del seguro médico que tenga. De este modo, Deamonte se encontró con rechazo tras rechazo.

"Contactamos a muchísimos dentistas, sin éxito", explica Laurie Norris, abogada del Centro de Justicia Pública de Baltimore, que ayudó a la familia de Deamonte. "Al final tuve que exigir ayuda al Departamento de Salud e Higiene Dental de Maryland. El sistema no tiene por qué ser tan complicado".

Por no disponer de 80 dólares para sacarle una muela, Alyce, la madre de Deamonte, decidió esperar. Finalmente, cuando el dolor del niño pasó a ser insoportable, le llevó al centro de urgencias del Hospital Sur de Maryland, donde le dieron antiinflamatorios y le devolvieron a casa. Por entonces, el seguro de Deamonte había caducado. En una nueva visita a urgencias, los médicos descubrieron que las bacterias del diente podrido habían pasado al cerebro. Dos operaciones cerebrales y ocho semanas de cuidados intensivos no sirvieron para nada. Deamonte murió en febrero de 2007. Sus facturas médicas ascendían a 250.000 dólares. Ése es el precio de una vida sin un seguro médico digno.

Los hay que tienen más suerte y disponen de una póliza que puede proveer la empresa para la que se trabaja. También está la opción de pagar un seguro a título individual. Un importe razonable, para una persona de unos 40 años, ronda los 300 dólares mensuales. Cuando la cobertura se debe ampliar a niños o ancianos dependientes, el precio puede superar, ampliamente, los 1.500 dólares.

Con estos precios, hay personas que, aunque podrían hacer el esfuerzo de ahorrar unos dólares para tener cobertura, deciden, simplemente, jugársela. En EE UU hay más de 45 millones de ellos, personas que tienen que encontrar remedios alternativos y para los que prevenir es, forzosamente, curar.

"Yo voy al médico para lo imprescindible", explica Nicole Polec, fotógrafa de 28 años, residente en el barrio de Brooklyn, en Nueva York. El caso de Polec es una muestra de lo duro que es conseguir un seguro médico asequible en una gran capital. (...)

El hacer de la visita a urgencias un hábito de salud puede ser una tirita aplicada sobre una herida profunda. Si alguien acude al hospital después de sufrir un desmayo, se le estabilizará. Pero en el supuesto de que sufra una enfermedad crónica, como cáncer, si no da pruebas de tener un seguro o de poder pagar, el centro médico tratará de darle el alta. "Estos centros podrán dar el alta al paciente y recomendarle que visite a su médico de cabecera para recibir tratamiento a largo plazo. De acuerdo con la ley de 1986, el hospital tiene el derecho de referirle a otro profesional una vez que su vida ya no corre riesgo inmediato", explica Gaskin.

Todos éstos son los resultados de una transformación que, según los sociólogos, tuvo lugar en EE UU en los años ochenta. En aquella década, la cobertura sanitaria pasó de ser contemplada como un derecho de la ciudadanía a ser un bien que debería ser regulado por la ley de la oferta y la demanda. "Entonces, el sector más conservador del Gobierno y la sociedad convenció al país de que las condiciones del libre comercio podrían reducir los precios y aumentar la satisfacción del consumidor", explica James Morone, profesor de Ciencia Política en la Universidad Brown y autor del libro Política de Reforma Sanitaria.

"Entonces, la izquierda decidió negociar algo que hasta la fecha no había sido negociable. Aceptó considerar la sanidad como un bien de mercado siempre y cuando hubiera unas excepciones, como que el Estado pagara las facturas de aquellos que no se lo pudieran permitir". (El País, ed. Galicia, 09/03/2009, p. 32/3)

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