"Román Lucero se suicidó el domingo 7 de junio del 2009 en la empresa de suministros sanitarios y de grifería donde trabajaba. Tenía 52 años y medía un metro sesenta y cinco aproximadamente, moreno, con la cara alargada y las patillas en hacha. (...)
El domingo se levantó a las nueve, camisa de manga corta a rayas verticales azules y blancas, pantalones vaqueros, zapatillas de tela con suela lisa, de esas que conservan la forma del pie, y bajó al bar donde se reunía con sus amigos los viernes para jugar al euromillón, a tomarse un café. Volvió a casa media hora después, vio un rato la televisión y almorzó. De vuelta al bar, sin la cartera con la documentación ni el móvil, invitó a la mujer de un amigo a un bitter kas, adelantándole, como en broma, que era el último que le pagaba. A las dos menos cuarto la Citroën berlingo color visón que se había comprado hacía cinco meses -su economía era desahogada- permanecía aparcada en la calle.
Media hora después, ya no. Minutos antes de las cinco, llamó al móvil de su compañero de trabajo desde el inalámbrico del almacén. Le dijo que se iba a ahorcar, que no subiera y que llamara a la guardia civil. Al juez, añadió. La puerta pre-leva de dos hojas estaba bajada, pero la puerta peatonal incorporada, estaba totalmente abierta. La furgoneta estaba en el patio. (...)
Román debió embocar la cuerda que utilizaban para transportar tubos de cobre con el montacargas, por uno de los alveolos, desde el suelo. Su hijo le había visto hacerlo para trasladar vigas en la casa de dos plantas que le estaba ayudando a reformarse desde el 2006. Y atar bien es una de las primeras lecciones del campo. Hizo un nudo corredero y después debió lanzarlo a la planta superior, antes de subir por la escalera.
Sobre el mostrador de madera dejó una nota. Estaba escrita con rotulador negro permanente en el reverso de una hoja del calendario erótico que colgaba de un poste: “Ni lloros ni flores/para mi madre/perdonar/todo donanado”. El final es ininteligible y su caligrafía dista de la que utilizaba en los albaranes. Sobre una mesa lateral, al lado de un sillón desvencijado, había una lata de cerveza a medias y un cenicero con colillas de ducados. Por el suelo había más. Los restos del almuerzo del día anterior estaban recogidos. (...)
En el bolsillo tenía un monedero con veinticinco euros en billetes y monedas pequeñas. Estaba descalzo y tenía los pies sucios. En casa le gustaba andar así. Las zapatillas todavía no han aparecido. Desde donde vivía su compañero hasta el almacén hay cinco minutos en coche." (Braulio García Jaén, Sergio González Ausina: 'La primera viga', Factual, Martes 8 de Diciembre de 2009)
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